Noche de chicas

No pienso contestar a sus preguntas una a una, así que tendrá usted que tragarse todo el tocho, señorita P. Puede que todo quede contestado, pero si falta algo, tenga en cuenta que no será por descuido, y que estas líneas son las únicas que obtendrá de mí para su revista digital tope guay y activista.
He notado por cómo escribes que te crees la sal de la tierra. Debes creer que yo también creo que mi mierda no huele, o que deberían exponer mis compresas usadas. Pero déjame no tutearte. No se entera usted de la misa la mitad, señorita P. No le voy a contar la historia de tres chicas injustamente oprimidas, sino la de tres niñas chungas salidas de un entorno burgués de izquierdas, presas del aburrimiento y la paranoia.
Así que olvídese de ningún tipo de ímpetu “feminista” actual, y también del adorado Charles Manson y la pizpireta Susan Atkins. Cada historia tiene su propia esencia entrópica, señorita P.

Yo nací y crecí entre puñeteros algodones. Creo que eso influyó para formar un carácter blando y picajoso. Ahora tengo mucho tiempo para pensar, y no siempre es agradable. Las chicas de mi entorno inmediato entonces, eran clavadas a mí. Niñas ideológicamente de cristal que actuaban ajenas a la responsabilidad personal, cuyos padres no les pegaban una hostia porque ya no eran los 80. A decir verdad, los chicos que yo conocía (heteros o gays) eran igualitos, pero usted quiere una historia de chicas, y yo le daré una historia real de chicas.
Éramos Fanny D., la todopoderosa Matilda y yo.
Dieciocho recién cumplidos y la cabeza llena de pájaros parlanchines. Pájaros identitarios y políticos. Medios como el suyo, señorita P., nos hablaban TODO el tiempo de nuestra terrible condición de mujeres. Antes que cualquier otra cosa, éramos mujeres. El entorno se estaba volviendo irrespirable; pero estaba casi todo en nuestra cabeza, señoritinga P.
La realidad a veces nos veía como mujeres antes que como personas, pero los medios como el suyo, siempre nos veían como mujeres antes que como cualquier otra cosa.
Ahora casi tengo envidia de las niñas de los noventa; con ellas al menos se utilizaban reclamos inofensivos, fotos de niños fibrados que cantaban pop blando.
Que conste que no le echo la culpa a los medios de lo que ha pasado; sólo la pongo en contexto. No voy a usar su retórica efectista. No generalizaré todo el tiempo ni demonizaré colectivos. Tampoco al colectivo de varones. Lo siento, señorita P.
Pero ha de entender que su “periodismo” adaptado a los tiempos, su cantilena sobre el “queda mucho trabajo por hacer”, su pasión desmedida por las mujeres asesinadas, y su discurso sobre hombres malvados y poderosos y mujeres inteligentes pero maniatadas por el “Patriarcado”… en fin, no se puede decir que todo eso ayudara, doña escritora.
Usted podría haber sido una guionista de terror decente, ¿por qué metió sus zarpas en las Ciencias Sociales?

Matilda, Fanny D. y yo, mujeres o no, no conocíamos ningún tipo de sufrimiento destacable. Teníamos cuerpos suaves y mentes ingenuas, volubles, predispuestas y con un hambre voraz. Era como si nuestra juventud necesitara de alguna crisis relevante. ¿Cómo se forma el carácter de alguien joven si no puede quejarse de algo?
En poco tiempo descubrimos que ya no hacía falta sufrir de forma personal para poder quejarse. Bastaba con que alguien de tu misma condición sufriera. Es más, bastaba con que se dijera que alguien de tu misma condición sufría. Ni siquiera hacía falta una noticia; bastaba con un viral. La posibilidad era suficiente para que se desatara la ira.
Nuestros problemas se reducían a “madrugones”, uñas rotas, y rabietas con los papis, pero los identitarismos nos dieron la oportunidad de parecer auténticas víctimas.
No se inquiete, señorita P., ya sé que el machismo existe, sé que las mujeres sufren más de determinados males por el hecho de ser mujeres. Pero los hombres, señorita P., también sufren mucho más en determinados ámbitos por el hecho de ser hombres. Sé que conoce las cifras y las estadísticas, es todo eso que siempre deja fuera de su discurso, no la aburriré con datos que están a una búsqueda de Google.
Y si lo que la impulsa en su cruzada es que las mujeres han sufrido más históricamente que los hombres, sepa que ya no encontrará a una aliada en mí para ese sonsonete. No porque no pueda estar de acuerdo en cierta medida, sino porque las mujeres del presente y el futuro no tienen por qué llevar ese lastre para toda la eternidad. ¿No será usted una de esas personas progresistas que odia el progreso, verdad? Ambas sabemos que la lucha social mueve MUCHO dinero e intereses, pero si no reconocemos los avances, cómo coño vamos a avanzar, señorita P.? Si una chica, blanca o racializada, dice que a ella le va bien (cosa fácil de encontrar), ¿cuándo usted y sus compañerxs de discurso podrán alegrarse?

Sepa usted que la mayoría de lo que hay en estas líneas, son pensamientos articulados a posteriori. Una de las pocas ventajas de estar en la cárcel, es que la reflexión, si la hay, es genuina. Ya casi no puedes estar peor de lo que estás, de modo que no hace sentido autoengañarse. Es como si de repente fueras tremendamente hábil para ver lo que ha pasado. De golpe todos los matices que habías obviado se presentan ante ti bailando el Can-Can.
Mi relación con Fanny D. y Matilda se volvió estrecha hasta ese punto en que cualquier injerencia podría haberla desgarrado. Es como intentar el sexo anal. ¿Alguna vez lo ha intentando, señorita P.? ¿Alguna polla patriarcal ha intentado abrirse paso (con su permiso, por supuesto) por ahí? No me engañe, sé que es usted hetero, aunque le joda.
Así que ahí estábamos, tres chicas jóvenes y blancas en el primer mundo. (Recuerdo que mi padre decía que era imposible que me hubiese ido mejor en el sorteo. Chica blanca primermundista. Le odiaba por decir eso. Ahora no sé si llegaría a darle la razón, pero en cualquier caso cerraría la boca.)
Digo que cualquier bachecito podría habernos separado, porque ahora veo así la amistad femenina: profunda y frágil. A diferencia de la masculina: superficial pero sólida. ¿Ha visto cómo generalizo? Quizá haya perdido a una buena escritora para su folletín. Piénselo.
Las tres amigas daban para una serie de blancas novelas juveniles. Hasta que se politizaron al más puro estilo de las universidades norteamericanas del siglo XXI.
A partir de ese momento, señorita P., el desarrollo ya de por sí conflictivo de nuestra etapa adolescente, se convirtió en un puto caos de odio e ideas simplistas. Creímos haber visto la luz, y sólo nos habíamos vuelto gilipollas. Como toda persona que cree haber descubierto los motivos concretos del Mal en el mundo real (a menudo sólo uno o dos), nos metimos poco a poco en un jardín mental del que ya no supimos salir. Recuerdo un día en que mis padres vinieron a verme al trullo, todo ese rollo de hablar por teléfono a través de un cristal. Se pusieron a discutir delante de mí. Ni en la puta cárcel me he librado de eso. Pero ese día mi madre dijo algo que se me grabó a fuego. Lo mío había sido en gran medida mala suerte. De haber pasado un tiempo, de no haber asistido a esa “noche de chicas”, mis ideas habrían cambiado, o simplemente se habrían diluido, y ahora sólo sería una tía más trabajando o buscando trabajo, y quejándose del bobo de su novio.

Lo de “noche de chicas”, como casi todo, es sólo sobre el papel. Era sábado. No sé qué día de la semana se han producido más atrocidades en la Historia, pero quizá el sábado nos sorprendería con sus números. Se asume que las cosas malas se hacen cuando la gente está jodida, desesperada o descontrolada por la ira. Pero no pensamos en lo que se hace desde la euforia, o incluso desde unas teóricas ansias de cambiar el mundo. Eso suele ser una fuente de maldad y salvajismo sobre la que hoy día probablemente aún no haya la suficiente literatura.
Cambiar el mundo, señorita. Quiero dejar clara una cosa. El motivo principal por el que he decidido escribirle este rollo, es porque normalmente la historia la escriben los vencedores. Y pese a que moi sólo votó una vez y a la izquierda (y aunque lo volveré a hacer), no me podrá negar que la izquierda cultural ha monopolizado el Relato.
Es algo completamente enfermizo, señorita P., y usted forma parte del ejército que ha estado minando la pluralidad, la diversidad intelectual.
Qué menos que una tía que está en la cárcel y con mi pasado, no pueda dar su punto de vista. El punto de vista de una perdedora, para variar. Pero una perdedora con lecturas a mansalva, señorita P. Lecturas variadas.
Seguro que ha oído eso de que una mujer que lee o escribe es peligrosa. Ese tipo de cosas que dichas por un tío suenan machistas y dichas por una tía son puro “feminismo” hegemónico. Lo irónico es que yo era peligrosa justo antes de empezar a leer, cuando sólo escuchaba el Relato.
Cuando empiezas a leer (variado, insisto), y esto es curioso, te alejas inevitablemente de cualquier extremo. Asumes tu tamaño. ¿Cuán grande crees que eres, señorita P.? ¿Crees que el ser humano se las arreglará cuando la religión haya muerto definitivamente? ¿Sabes hasta qué punto es difícil arrancarle la polla y los huevos a un tío?

Permíteme que vuelva a no tratarte de tú.

Me doy cuenta de que no he hablado nada de Fanny D. y Matilda, así que antes de concluir con la descripción real de lo que pasó en esa “noche de chicas”, quiero que las conozca un poco. Para ello, en lugar de seguir rajando yo, me han dejado copiar un par de textos escritos por ellas. Teníamos dieciséis o diecisiete años, nos escribíamos todo el tiempo. Creo que se hará una idea de cómo eran. Y que conste que yo no era distinta.
Son mensajes; este es de Matilda. Matilda Portabella.

Yo siempre me lo he imaginado fácil. Siempre me lo he imaginado con un cuchillo jamonero. Alguien sujeta el miembro y sus colgajos, y luego se trata simplemente de cortar y tirar, cortar y tirar.
Tía, estoy tope cocida y no puedo dormir. Mi padre me ha metido la puta bronca del siglo por el olor a porros.
Ayer no quise follar con el tío pelirrojo cachas del Penélope porque tenía la regla. Ya sabes que yo no soy “maniática” con eso, pero paso de follar con un pavo por primera vez con la regla. Si el capullo quiere follar más adelante, que se lo curre otra vez.
Mi madre me ha dicho que vengas a la playa el domingo. Quieren que vaya con ellos a Sonora. Es un puto marrón, pero me gustaría que vinieras. Fanny D. se ha rajado, dice que tiene no sé qué rollo, van a ver a la abuela a la residencia en Periferia.
Estoy leyendo el libro que me dejaste. Un poco tostón pero mola.
Es broma, pero estoy pensando en agenciarme un hacha y convertirme en la asesina de penes. ¿Te imaginas? Un pene muerto cada dos meses. La asesina de penes ataca de nuevo. Escondan sus penes hetero, la asesina de penes lesbiana ha creado la paella con trocitos de pene.
Ojalá fuera lesbiana.
20 a la playa, no me dejes sola con mis padres, no lo podría soportar.
Adiós, puta.

Y este es de Fanny D. Escobar:

¿Asumo que me estás dando calabazas? ¿Por qué no quieres venir? Ayer ese pavo me habló de ti en Periferia. Ya se acaba el curso, joder. Te mira las fotos del insta. Creo que quiere beberse tu pis o algo así. Siempre pone cara de pervertido cuando te nombro. A mí no me gusta, o sea que por mí podéis quedar cuando queráis a cagar en vasos y comeros la mierda mutuamente con cucharillas.

Acabé el libro que me dejaste, por cierto. Está bien. Yo prefiero el que te dije de la americana.

Si vienes a Periferia el último día del curso, prometo comerte el culo como si fueras Joseph Gordon-Levitt. Tienes que venir, tía, te quieren conocer, han leído tu blog. No sé qué más quieres, es peña guay y tienes un polvo asegurado.
Me tengo que ir, mi padre ahora siempre está preocupadísimo por que cenemos siempre juntos. Le ha dado algún tipo de soponcio heteroemocional.
Un día voy a matar a martillazos a ese capullo mientras duerme.
Adiós y cómeme el coño.

Fanny D.

La noche de chicas tenía que ser la típica fiesta de pijamas. Tres tías en una habitación tirando de distancia irónica. O al menos ese era nuestro plan inicial, porque nosotras estábamos por encima de cosas como una “fiesta de pijamas”. Pensábamos que la fiesta de pijamas no es más que otra típica fantasía masculina. De modo que si la hacíamos, tenía que ser dejando claro que nosotras no hacíamos esas cosas nunca. Como cuando te follas a un desconocido y le dices que el sexo casual no es lo tuyo, que no sabes lo que te ha pasado. Éramos unas putas idiotas, señorita P., aunque creo que a usted le hubiésemos caído fenomenal.
De hecho lo que viene igual le gusta, estoy segura de que es usted una retorcida de narices.
Conocimos a un fulano justo antes de irnos a la habitación de la todopoderosa Matilda. Sus padres se habían largado a follar por ahí el fin de semana.
Era un chaval un par de años mayor, los brazos llenos de tatuajes. Nosotras éramos mayores de edad recientes. Carne fresca para el pipiolo, pero ambas sabemos, señorita P., que un chico de veinte años es fácilmente más torpe y atontado que muchas chicas de dieciocho. Nosotras manejamos el poder sexual, ese poder en bruto que, por cierto, usted y sus amigas nos quieren arrebatar (¿por qué, señorita P.?). Ya sé que usted piensa en la maldición de la objetivización, pero ¿jamás ha tenido en cuenta lo manejables que se vuelven casi todos los tíos cuando tienen que reunir toda su energía para no mirarte el escote? Fíjese en muchas parejas hetero y verá que ellas casi siempre son más guapas y más listas. Deje que las chicas aprovechen todo lo que tienen, señorita P.
¿Cómo cree que nos llevamos al fulano a la “noche de chicas”, gracias a nuestra verborrea? ¿Cuántas parejas consolidadas cree que se citaron al principio por una “conexión intelectual”? Algo que me sorprende de su revista, señorita, es que parece haber olvidado que todos somos animales.

¿Qué vulgar, verdad?

¿Quiere saber lo que pasó cuando ya teníamos al chico en la habitación de la todopoderosa Matilda?
Si publica este texto y sus lectoras han logrado llegar hasta aquí, posiblemente esto les haga mojar las inconformistas bragas.
La primera parte no tiene tanto de especial. Nosotras, las entonces “activistas” contra el porno, le hicimos una peli porno al chaval. En vivo y en directo. Sólo ver las caras que ponía ya merecía la pena. Tres chicas de dieciocho jugando con su seta inflada de carne. El niñato estaba todo el tiempo intentando no salpicar como una manguera de jardín. Antes de plantearnos lo del condón ya había dejado perdida la habitación de Matilda. Una mamada triple no la aguanta casi ningún tío durante mucho tiempo, ni siquiera con el supuesto apoyo de todo el Patriarcado detrás. El chiquito estaba indefenso. En la gloria, pero totalmente aturdido.
Ni siquiera se dio cuenta de que Matilda se había ausentado en cierto momento. Ni nosotras sabíamos dónde había ido. Apenas dejamos descansar al veinteañero premiado con la lotería del sexo legal por los pelos. Le mareamos la polla hasta que se volvió a poner dura. No fue en absoluto complicado. El chico miraba hacia el techo como si estuviese colocado.
No es que no hubiésemos hablado antes de lo que estaba por pasar, pero yo nunca imaginé que se volviera realidad. Creo que a estas alturas ya puede usted fiarse de mi sinceridad; supongo que este texto ya es prohibitivo para la mayoría de los medios de este país por un centenar de razones.
El caso es que Matilda entró en la habitación con el cuchillo jamonero. Yo recordaba alguna mención al mismo. El chaval seguía mirando al techo mientras Fanny D. llevaba a cabo un sonido de succión sobre su capullo. Yo me aparté, ni tan siquiera tuve tiempo de replantear en voz alta la situación. Matilda empujó a Fanny y agarró todo el paquete por la base con la mano izquierda. La polla estaba morada de tan dura, y los testículos estaban medio encogidos, como pasa a menudo con las erecciones al 100% de su capacidad.
Al primer tajo, saltó un chorro al estilo Kill Bill. Tenga en cuenta que la zona estaba a toda presión en lo que a sangre se refiere. Creo que el chico tardó un poco en darse cuenta. Para cuando apartó la vista del techo y volvió la mirada hacia su polla, Matilda ya estaba tironeando mientra seguía mutilando con el cuchillo flauta y platillos.
¿Quiere que le ofrezca algo aún más polémico? Yo en ese momento me reía. Aquello parecía la culminación lógica de una etapa. Ver cómo aquel niñato, que representaba todo lo que ya odiábamos (era un tío) se ahogaba en su propio dolor (literalmente proyectaba sonidos acuosos desde su garganta), en aquel momento me parecía sencillamente tronchante. Mi risa se convirtió en carcajada cuando Matilda logró arrancar todo el paquete de carne, y el muchacho comenzó a vomitarse en la cara. Ni siquiera tenía fuerzas para ladear la cabeza.
Me sorprendió cómo Fanny D. se volvió resolutiva y, sin perder tiempo, tapó con un cojín la zona sangrante (básicamente una cascada), y le dijo al chaval que hiciese presión antes de llamar a urgencias.
Bueno, la cosa más o menos funcionó.

Ahora soy consciente de la gravedad de todo el asunto. Y oiga, deje de marear a sus lectoras y contados lectores. Aquel niño era inofensivo (es, por suerte). Y aquel niño no es los hombres, ni nosotras somos las mujeres. Ahora la verdad es que me alegro de que el chaval siga vivo, pese a que haya sido imposible un reimplante. No sé si es verdad que se ha intentado suicidar. La verdad es que no me siento una responsable directa de lo que pasó. Un cosa es hablar de mutilaciones, y otra muy distinta hacer lo que hizo Matilda.
Echo de menos a mis amigas, a pesar de todo, pero yo al menos saldré pronto de aquí. No me da mucho miedo la vuelta al mundo real. Y tampoco me importa que sepan quién soy y con quién me juntaba. ¿Sabe por qué, señorita P.? Soy una mujer, y soy una mujer que sabe cómo lucir un escote, llevar una falda corta y andar con tacones. No echaré alquitrán en las carreteras, ni me subiré a un andamio, ni bajaré a la mina. Tengo ese poder en bruto, señorita P., así es como a veces salimos adelante.

129425185_ms

Un comentario sobre “Noche de chicas

  1. La otra mirada diría yo : ¡¡Las hijas de puta!! ¡Pobre chico!! Digno para un guión cinematográfoico al estilo de los hermanos Cohen . Bueno, hay que romper los estereotipos y hablar de todo abiertamente. Un abrazo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s