Psicópatas

Cosas que me gustan menos que los psicópatas: Las familias. Las mascotas. Los planes. Los encuentros. Los protocolos. La agenda. La televisión. Los sensibleros. Los idealistas. Los ideologizados. Los sectarios. Los obsesos de la limpieza. “Madurar”. El mundo del motor. La competitividad en general. Los locos del deporte. El deporte en sí. La puta “comida sana”. La comida moderna escasa y cara. Las lecciones de vida. Los horarios estables. Los esnobs (los putos esnobs). Los antidroga. Los atrincherados. Los aburguesados. Los ricos pagados de sí mismos. Los pobres pagados de sí mismos. Los moralistas. Los tribales. Los amantes de las etiquetas. Las “fuerzas del bien”. Los jodidos tuiteros. Los conservadores autodeclarados. Los modernos autodeclarados. Los mojigatos. Los…

Porque a ver.

¿A quién no le gustan los psicópatas más que todo eso? ¿A quién no le interesan más? Los psicópatas, en el ámbito cultural, son como los cerdos: se aprovecha todo. Y además, qué coño, ellos hacen lo que los demás nos quedamos con las ganas de hacer no pocas veces. Bien es lógico que eso provoque cierta clase de admiración no reconocida. Pero como decía, los psicópatas son sobre todo carne de fenómeno cultural: libros, películas, documentales, retrospectivas. Joder, en algunos círculos hasta se los homenajea. Dime tu psicópata favorito y te diré quién eres.
Dejemos a un lado a Manson o a cualquier político. Están muy sobados, y es más interesante profundizar con el psicópata que no delega. Manchémonos las manos.
Podría ofrecer una larga lista de maravillosos hijos de puta, muchos tíos y algunas tías que decidieron cruzar la línea y nos regalaron toneladas de morbo y sesiones de cine golosísimas para Halloween. Pero sólo voy a mencionar un par de nombres en este editorial. Un ejemplo del psicópata cliché y otro del asesino absolutamente brutal, original y colega total, refrescante para el verano y una cálida manta para el invierno.

El psicópata cliché por excelencia es sin duda Ted Bundy.
Que nadie se enfade, sé que esto puede ser polémico. Todos amamos a Ted, de eso no cabe duda. Es un cabronazo que ha sabido cebar el morbo como pocos telediarios, vecinas, madres o hermanitas de otros. Eso nadie lo discute; y es posible que en su momento se le considerara un asesino original y rompedor. Pero repasemos por encima y con ojos de ahora (los únicos que tenemos) las bondades de Ted.
Theodore Robert Bundy. Nacido en 1946 (Burlington, Vermont), murió frito cuarenta y dos años después debido a sus travesuras. Ted fue un chico joven y atractivo que caía bien a todo el mundo, se ligaba a las muchachas de la zona y luego las torturaba y asesinaba.
¿Tengo que añadir algo más, o ya se intuye por dónde voy?
¿Un psicopata atractivo que caía bien a todo el mundo? ¿Se puede ser más jodidamente cliché? Todos los psicópatas caen bien a todo el mundo, Ted, pero después, cuando ya hemos descubierto la pedrada asesina que tenían. ¿Y matar sólo mujeres? ¿En serio, Ted? Que conste que nadie está en contra de que un psicópata mate mujeres. Joder, incluso en 2020, año de mierda donde los haya, cualquier universitario/a que se adhiera a todo movimiento de justicia social que se tope, por muy “feminista” que sea, se zampará un documental de un asesino de mujeres de diez episodios en Netflix si es lo suficientemente morboso. Está bien, Ted, no querías complicarte, y tu pedrada es tan respetable como cualquier otra. Pero como comprenderás, tampoco ayuda que luego en la cárcel pasaras de inflar tus estadísticas de muertes (oficial: 36) a lloriquear y echarle la culpa de todo al porno. No se puede pasar de ser un psicópata de vecinas medio respetable a una feminista de tercera ola, Ted; un mínimo de coherencia estética para con tus actos.

El psicópata absolutamente brutal, original y colega total, es Ed Gein.
La oscuridad y la tragedia envuelven al bueno de Ed. Edward Theodore Gein (1906-1984, Condado de La Crosse, Wisconsin, apodado El carnicero de Plainfield) tuvo una crianza familiar farragosa, lo reconozco. Su padre era un tarado alcohólico incapaz de cariño, y su madre una loca del coño religiosa que despreciaba a los hombres y consideraba a las mujeres la fuente principal de pecado. Para más señas, papá y mamá impedían al pequeño Ed tener relación con nadie fuera del núcleo familiar.
Algunos podríais decir que esto también es un cliché del psicópata (un pasado enculado hasta sangrar), pero podríamos contar por millones las personas con padres agilipollados que no acabaron tomando el rumbo de Ed.
De hecho, ¿cuántos más han tomado el rumbo de Ed? Probablemente un puñado de locos, pero seguramente casi todos después.
La cosa comenzó cuando Ed fue sospechoso de la desaparición de Bernice Worden, vendedora en una ferretería allá por 1957. La poli pegó una patada a la puerta del Ed ya adulto de padres muertos, y encontró a la mujer colgada de los tobillos, decapitada y con las tripas colgando (¡Ed, cabronazo!). Ante la sugerente imagen, los guripas decidieron hurgar un poco más en la poco perfumada y aseada casa del fulano. Encontraron diez calaveras juntitas que el bueno de Ed usaba como ceniceros y recipientes de todo tipo; también había asientos y pantallas de lámpara hechas con piel humana (Ed, joder, ¡te queremos!); luego muchas más calaveras todas con su uso y creatividad implícita. Los demás órganos de Bernice estaban en el congelador. Más joyas: Un cinturón hecho de pezones humanos, nueve vulvas guardaditas en una caja de zapatos, y decenas de otros objetos que Gein había fabricado con partes de cadáveres. La mayoría se fotografiaron y se quemaron (¡putos guripas!).
Ed no sólo reconoció haber matado, también declaró que abría tumbas de cadáveres recientes, se los llevaba en su camioneta Ford, y ya en casita curtía sus pieles para poder llevar a cabo su auténtica vocación de decorador.
Quizá no lo dijo así, pero ¿a quién coño le importa?

Que sepáis que encontraréis mucho más sobre estos dos mitos en este número.

Sabed ya desde el número uno de Psicópatas, que aquí nunca, y digo nunca, descartamos la leyenda. Somo devoradores de historias, contadores, relatistas, escritores, fanáticos de la vida, y por tanto locos de la violencia, el sexo y la muerte.
Nos moveremos habitualmente por los extremos, indagaremos en el suceso, pero también en el mito. Observaremos a las estrellas del rock que todos sabemos que son los psicópatas, y serviremos fresca y deliciosa la única literatura histórica posible: la que nos ofrecen los relatos que por lógica acaban tan a menudo en la ficción.
Esta revista no encaja en los tiempos que corren, y por eso precisamente la creemos necesaria. Los más despiertos nunca verán una apología irrespetuosa para con el quinto mandamiento. Sencillamente, escribiremos lo que sólo se suele pensar o hablar entre amigos, sobre las atrocidades. Todo eso que nos fascina y atrae, aunque la mayoría (por suerte) jamás caeremos en ello.

¿O sí?

Bienvenidos a Psicópatas. La revista que ha parido –cesárea y numerosas complicaciones mediante–, el enfermo año 2020.

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