Euforia

1. “¿No quieres probar un poco de esto?”

Esto es el principio. Mi padre, en paz descanse, decía que a veces es bueno recalcar lo obvio. También decía que no le interesaba una película si no quedaba claro cómo se ganaban la vida los personajes.
Yo antes pensaba que no me parecía en nada a mi padre, pero ahora creo que me estoy convirtiendo poco a poco en él. Si no en todo, sí en lo esencial.
He sido y soy un currante habitual de talleres y almacenes. A veces con el mono de turno, otras veces con engañosos uniformes. Puedo manejar casi cualquier tipo de maquinaria que sirva para mover palés u otro tipo de cargas. Me he pegado unos madrugones espectaculares y sé lo que se siente pasando ocho horas frente a una cadena de montaje.
He conocido también el paro, y soy un bicho bastante raro, una especie de cultureta soft, un lector empedernido que sacaba malas notas. Mucha gente no sabe encajar las piezas conmigo; se convierten en amigos aquellos a los que eso no les importa.
No he follado mucho pero he follado bastante bien, o eso creo. En la actualidad no tengo pareja ni rollo ni “amiga”; eso a veces no está muy bien visto cerca de los 40 ni en un tío. Has de tener alguna tara. Podría decir que soy un inconformista, o que los demás se agarraron a un clavo ardiendo, pero la verdad es que me considero bastante romántico. Lo cierto es que he dejado que la pereza me domine ante la perspectiva de un futuro dando explicaciones.
Muchos dicen que son unos solitarios, pero yo he sido un solitario de verdad. No un vaquero atractivo, pero sí un tipo inofensivo con ocasionales arranques de lucidez.
Mi madre es una madre, tiene casi ochenta años y vive todo el tiempo preocupada. Voy a verla a menudo, nunca me ha costado hacerlo, me angustia pensar que está sola. No vive en un barrio chungo, y me consta que sus vecinos son buenas personas, pero las tareas del hogar pueden ser peligrosas para alguien de su edad. Cuando voy, intento ayudar en lo más aparatoso (limpiar donde no se llega fácilmente o regar según qué plantas de difícil ubicación). Suena a buen hijo, pero tengo muy claro que durante muchos años fui un grano en el culo.

Siempre he tenido la suerte de tener buenos amigos. Personas que saben no atosigar y que respetan tu espacio, nadie aficionado al drama o que espere muestras peliculeras de amor. He conocido personalmente a muy pocas personas a quienes pudiese considerar realmente mezquinas o hipócritas por encima de la media.
Se podría decir que, en términos generales, la vida me ha dado más de lo que yo le he dado a ella.
He tenido una suerte del copón.
Al modo del autodidacta un tanto perezoso y atontado, nunca he dejado de hacer mis pinitos como uno de esos escritores entre millones que dan la chapa narrativa en la era digital. Como mínimo he tenido el detalle de no intentar escribir poesía.
Digamos que mi único amor parcialmente desinteresado –no sujeto a movidas biológicas o necesidades de integración en la tribu– ha sido al arte. Los libros, las películas, la música, y ocasionalmente la pintura y la fotografía. Todo lo que tiene que ver con algún modo de expresión inspirado, narrativo, abstracto o impulsivo, me pone alerta inmediatamente. Eso ha hecho que también me aficionara hasta cierto punto a lo que desde la ciencia se denomina a menudo de forma peyorativa: pensamiento mágico. Las cuestiones sobrenaturales o a priori inexplicables, más allá de tu creencia o excepticismo, son una fuente no solo de estafas o circos patéticos, sino también de historias y exégesis mutantes increíblemente inspiradas e inspiradoras.
Si hay algo que me irrita más que los conspiranoicos de pro (antivacunas, terraplanistas…), son los ultraescépticos (irrefrenable superioridad moral). Es evidente que la conspiranoia puede ser dañina, pero el ego del ser humano “cabal” acostumbra a provocar no pocas tormentas de mierda, tsunamis en forma de reaccionarismos. Últimamente creo que casi todo lo malo ha estado surgiendo de la orgullosa inoperancia expresiva de los que se creen buenos e inteligentes.
Si te miran lo suficiente por encima del hombro, si te señalan lo suficiente con el dedo, es probable que acabes votando al gilipollas menos recomendable como forma de autoafirmación kamikaze: prefiero esta mierda a tu puto perfume.

2. “Pega fuerte, puta, en la cara. No sabes follar”

Hay planes para la noche de Halloween. Recuerdo haber odiado Halloween basándome en el argumento de las celebraciones importadas. Tardé poco en reconocer que más o menos todo es importado, todo está mezclado, todo es batiburrillo y mezcolanza. Cualquier tic nacionalista me parece ya obscenamente anacrónico en el fondo. Si hubo un momento en el que eso unió o ayudó a la gente en algún país, parece evidente que hablamos de épocas remotas.
Ahora me encanta Halloween, porque lo asocio a los disfraces y las películas, al tipo de teatralidad que a mí me la pone gorda. A veces literalmente. ¿Recordáis cuando se puso de moda criticar los disfraces sexys? Aún dura, y yo también caí en ello. ¿Qué coño le ha pasado a la gente progresista? ¿Nos hemos vuelto gilipollas tal y como vaticinaba Marty McFly?
Casi todo apunta a que sí.
Ahora parece que todo ese neopuritanismo se empieza a consumir en el ácido de las hipocresías (o quizá me hago ilusiones). Un discurso sólo puede asumir cierto grado de contradicción; a partir de cierto punto se empieza a desmoronar. Una buena señal es cuando la gente evita hablar de ello. No quieren criticar a los suyos y tampoco quieren mentir.
En lo que a mí respecta, Halloween es para montar una gran y jugosa sesión de cine. Dos o tres películas adecuadas a la fecha. Un poco de salsa de tomate y gusto por lo morboso, algún que otro susto, un poco de humanidad desatada y honesta. O dicho de otro modo: inmoralidad controlada. Te ríes a mandíbula batiente ante la recreación de asesinatos y pérfidas tramas. Adoras a los fantasmas y abrazas la idea de la muerte. La válvula de escape de la ficción: aceptarnos como los animales de mirada sospechosa y pulsiones domesticadas que somos.

Y también cenaremos.

Cada uno se llevará lo suyo, me han dicho. Por mí, perfecto. No seremos muchos, eso lo jodería todo. Sólo yo y un par de parejas de relativa confianza. Aunque puede que estemos algo apretados, porque también habrá un elefante en la habitación.

3. “Escúpeme en la boca, cerdo. Méate”

Los anfitriones serán Esteban y Muriel, informáticos de profesión (aunque ella ha heredado una fortuna). Se conocieron en la época de los primeros morreos, y decidieron que ya estaban bien así. Creo que se llevaban bien como amigos, y sólo les quedaba incorporar el sexo. Ambos querían casarse y tener una familia, así que llegada la treintena se desposaron y pusieron a la tarea de follar a pelo y Muriel comenzó a engordar.
Ahora la cría tiene nueve años. No se parece al padre.
Un rumor –quizá una realidad deformada– comenzó a correr por ciertos círculos. Mucha gente conoce a Esteban, es un tipo abierto y entrañable, alguien con quien te sientes cómodo y que nunca se ha vuelto del todo un cínico. Eso hizo que todos no enterásemos de un episodio poco esclarecido sobre una enfermedad de su hija.
Creo que Muriel es muy distinta a Esteban, de hecho creo que se precipitaron llevando ese rollete adolescente al mundo adulto. Creo que Muriel es una gilipollas de tomo y lomo que trata a Esteban como si fuera su mascota. Una gilipollas identitaria, además, y colectivista en el peor sentido. Se sumó a la ola en cuanto esta pasó por dónde ella flotaba con su tabla de clase alta.
Es una gilipollas en muchos ámbitos. Una gilipollas polivalente. Buena persona sólo sobre el papel.
Pero Esteban la quiere.
Estas cosas pasan en las dos direcciones, pese a que no esté incluido en el Relato.
El mundo de la pareja es enormemente sórdido, quizá más en este tipo de relaciones de cimientos tan tempranos. Parece producirse una codependencia de dos personas que nunca tuvieron tiempo de conocerse mínimamente a sí mismas. No sabían quién coño eran y ya tuvieron que comenzar a verlo todo con cuatro ojos.
Tener descendencia parecía la única forma de dar apariencia de solidez al proyecto. A las familias con hijos se les otorga un aura de Construcción Adulta.
No es que todo eso siempre salga mal, pero no estamos ante un ejemplo de buenas decisiones y tranquilidad doméstica.
Más aún cuando un día tu hija despierta por la mañana y te habla en un idioma que no conoces, mientras se retuerce de tal forma que temes que se le parta la espalda en dos.

4. “Ábreme el culo. Quiero el puño de la zorra”

David conduce y Pauline se ríe de él, pero no con mala intención. Van camino a la cita de Halloween. Ha llegado el día. Está anocheciendo y el coche serpentea por las colinas de Periferia.
–Ríete, pero me da un mal rollo que te cagas esa niña.
–¿Una niña que tuvo una gripe?
–No tuvo una gripe, Pauline, no sabes las cosas que se cuentan.
– Tú y J. queréis que pase algo, siempre queréis que pase algo, pero no os dais cuenta de que siempre están pasando cosas, y os las perdéis esperando a que un extraterrestre os sonde o una niña os hable con voz de camionero y os vomite en la cara.
Pauline es francesa, curra en una inmobiliaria aquí desde hace cinco años, y es algo así como todo lo contrario a Muriel: un puñetero sueño físico e intelectual para cualquier tío hetero o lesbiana cabales. Ella y David llevan unos tres o cuatro años juntos. Ella sabe que suele gustar a casi todo el mundo en mayor o menor medida, y yo no soy una excepción. Sabe tratarte y sabe muy bien qué debe decir o callar en cada ocasión. Creo que le caigo bien, aunque piensa que su novio y yo estamos un poco tarados. Los amigos del pensamiento mágico.
–No tenéis ninguna prueba, cariño. Estuvo enferma, se recuperó y eso es todo. Y además ya la hemos visto más de una vez.
No es que los demás veamos mucho a Esteban y familia. Los fuimos perdiendo a medida que su relación se recrudecía. Pauline gusta a todo el mundo, pero Muriel no gusta a nadie, y diría que nadie le gusta a ella.
–La hemos visto en el exterior, de día, en terrazas, rodeados de gente. Ahora es distinto.
A David le encanta bromear en serio, o ponerse serio cuando bromea. Le gusta tirar de la lengua a Pauline, que obviamente sabe que su novio ya formal no cree del todo en los exorcismos, sino que más bien es un fan de los exorcismos, como de tantas otras movidas que especialmente a él y a mí nos divierten y fascinan.
–Si Esteban fuese más cabrón y no un pastelito como es, hoy os podría gastar la broma de Halloween del siglo.
–Me parece que en esa casa no están para bromas.
Pauline apenas conoce a Muriel. Esteban queda alguna vez con nosotros, pero Muriel parece haber desistido de intentar ver algo que apreciar en el ser humano.
–¿Seguro que era por aquí?
–Creo que sí, hace un huevo que no vengo.
–¿Un huevo?
Pauline aún tropieza con ciertas expresiones del idioma. Otro rasgo encantador es su acento, que parece no pulirse, cosa que a David le chifla.
–Hace mucho que no vengo.
–Oooh. Hace un huevo.
David asiente y alarga la mano para sobar la rodilla femenina izquierda. David no para de repetir que un día su novia de ya largo recorrido se va a dar cuenta de que puede conseguir algo mucho mejor que un mecánico/parado del centro de Periferia. Siempre le digo que no creo que haya habido ningún tío a lo largo de la historia que no haya pensado eso respecto a su pareja. Pero se supone que los tíos somos quienes se imponen y defiende el fuerte y controlan la situación. Esta creencia o huella antropológica, por más pasada de moda (o no) que esté, hace que se nos crea poco capaces de sufrir por algo más que habernos pillado el dedo con un martillo. David dice que hay parejas y parejas.
–Todas las mujeres no son iguales, colega, ni los tíos. Todos tenemos preferencias. Todos los cuerpos no son bellos y todos los cerebros no son brillantes. Y tu y yo sabemos que esta chica me da cien vueltas. Soy Mr. Inseguridad el 80% del tiempo; pero no me importa mientras eso le parezca atractivo.
Para completar el contexto, hay que decir que David conoció a Pauline dándole un puñetazo en el estómago a un tipo que la acosaba en una discoteca. Ciertos actos puntuales aportan equilibrio y estabilidad al conjunto de cualquier relación.

5. “¿Te vas a correr dentro, cabrón con pintas?”

Yo, J., el narrador omnisciente, amigo de pocos y novio de nadie, estoy sentado en un sillón de tres plazas del amplio y acogedor salón de la pareja anfitriona. Esperamos a David y Pauline, mientras se me agasaja con todo tipo de bebidas y chuminadas para picar (he traído un kebab y patatas fritas). Cualquier idiota con escasas habilidades sociales se daría cuenta de lo que pasa. Es un plan de Muriel.
Creo que Muriel quiere devolverle poco a poco a Esteban su vida: a sus amigos, al menos a un par de ellos.
Esteban es el mismo Esteban de siempre. Amable e incapaz de tirarte de la lengua, dispuesto en todo momento a escuchar e interesarse, pero sin reaccionar de forma artificial. Esteban es cordial por naturaleza, cortés, sin apenas sujeción al protocolo.
Muriel, sin embargo, está representando algún tipo de nuevo show de Muriel, en el que todo son sonrisas vehementes y atenciones, carcajadas forzadísimas y ofrecimientos constantes. Está tan dispuesta que, cuando me disculpo para ir al baño, pongo el pestillo pensando que se presentará para ofrecerme una mamada.
Me lavo las manos y vuelvo al salón, ya algo ansioso por que lleguen David y Pauline. Ellos siempre aportan una nota inteligente, algo que de algún modo relaja el ambiente y aterriza la situación. Tendré apoyo para lidiar con Muriel; casi comienzo a echar de menos a la Muriel seca que estaba convencida de que todos éramos unos mediocres sin estilo, oficio ni beneficio.
Miro a mi alrededor y me percato de algo:
–Por cierto, ¿y vuestra niña?
–Oh, está en su habitación –murmura Muriel, sin actuar por primera vez–, luego bajará. Le he dicho que… Bueno, vamos a esperar a que estemos todos. Os queremos enseñar una cosa.
–Oh. Vale…
Miro a Esteban, buscando su reposada sonrisa de complicidad, de colegas desde hace más de dos décadas.
No la encuentro. A cambio, luce una mirada de circunstancias, parecida a la de Muriel.
–Bueno… Espero que no sea nada malo.
–Ya… –dice Muriel, retomando su sonrisa de excavadora–, cuando estemos todos ya… Es una cosa importante, y queríamos… Antes de cenar y las pelis y todo eso.
–Vale, de acuerdo, soy un chico paciente.
–¡Claro! ¿No quieres otra cerveza?
Claro, por qué no. Reconozco que la noche se pone interesante. O quizá no. Nunca se sabe con estas cosas.

6. “No sabes ni violar a tu chupapollas”

David y Pauline (traen unos tapers misteriosos) notan la impostura de Muriel desde el saludo en la puerta. No digamos en la reacción cuando ella se percata de que han traído una botella de vino. No hay restos de la Muriel que conocíamos en Muriel. Me pregunto si eso tan importante que nos tienen que decir tendrá que ver con ella.
Luego, estúpido de mí, caigo en la cuenta.
Nos sientan delante de una pantalla plana enorme, a la que conectan una USB. Esteban de pie y de cara a nosotros junto a la parte derecha de la pantalla, Muriel a la izquierda. Parece claro que ella ha dispuesto los elementos.
–¿Nos vais a enseñar un video, entonces? –pregunta Pauline, con esa sonrisa franca que elimina la posibilidad de que nadie se mosquee. Lanza de vez en cuando alguna indirecta amable a Muriel, como intentando que se dé cuenta de su colocón de pose.
–Primero queremos poneros en contexto –dice Muriel, suavizando la voz, también todo ensayado, calculado, repetido cientos de veces en su mente–. Seguro que habréis oído que nuestra hija estuvo enferma.
Asentimos, yo flipando bastante. La única capaz de articular palabra es Pauline.
–Oímos algo, Muriel, pero no sabemos exactamente qué le pasó a vuestra niña.
Esteban no habla, pero parece agradecer el tono contemporizador de Pauline.
–Nuestra hija estuvo muy muy enferma… Hace dos años. Por suerte hubo dos personas, el Padre Luis y el Padre Gómez Infante, que nos ayudaron a…
Muriel calla de golpe, se desata en muecas y rompe a llorar. Prácticamente nos ducha.
Vaya.
No sabría decir si es ensayado o de verdad. Esteban la rodea con el brazo izquierdo. Sonríe un poco, nervioso.
Feliz Halloween.
–Es mejor que lo veáis –dice Esteban–. Lo grabamos casi todo. Lo importante, al menos. No sabíamos qué hacer, los médicos tampoco… Un día mordió a un psiquiatra. El hombre estuvo dos días en coma… Y hacía más cosas, pero hay que verla… Por eso lo grabamos. Aún no ha visto nadie el video, sólo nosotros. Ahora lo veréis vosotros. Si alguien no quiere verlo, no hay problema, pero para nosotros es importante.
Esteban tiene la cara roja y la mirada algo perdida, parece sentirse algo ridículo, torpe, forzándose a contarnos todo eso cuando preferiría comerse un yogur e irse a dormir. O quizá volver a los doce años, cuando estaba todo por decidir.
Él mismo busca el archivo de video y le da al play.
Si inicia enseguida un plano fijo, parece que con trípode.
–Él es el padre Luis –murmura Esteban, lo señala con el dedo, ubicándonos.
El padre Luis está arrodillado y parece susurrar algo a la niña tumbada en la cama. Nadie ha dicho su nombre, por cierto, y yo no lo logro recordarlo (¿Martina?, ¿Valentina?, uno de esos nombres que luego nadie usa enteros).
Tardo un poco en darme cuenta de que la cría tiene los brazos y los pies atados a las propias patas de la cama. Lleva algún tipo de pijama: camiseta y pantalón largos. Ambos parecen sucios, aunque la iluminación del video es un tanto precaria, con dos pequeñas lamparas encendidas en ambas mesillas flanqueando la cama.
La imagen, sí muy nítida, compensa, aunque quizá hubiese preferido no ver según qué cosas tan bien.
El sonido, también claro, acaba resultando especialmente perturbador.
Muriel, a nuestro lado, llora en silencio sentada en un sillón. No quiere o no se ve capaz de decir nada, hace cuenco con las manos en su cabeza, mirando al suelo.
Me da por pensar en lo mucho que me ponía hasta que la conocí bien. Es increíble cómo te puede dejar de interesar el físico de una persona.
Una voz del video irrumpe violentamente en el salón.
Es de la niña atada, en teoría. La voz, un grito ronco de timbre muy extraño, se repite una, dos veces. Luego murmura algunas palabras. No conozco el idioma.
–Un momento –dice Pauline–, Esteban, ¿puedes parar un momento el video?
–Sí.
–¿Esa voz era la niña?
–Sí, Pauline, esa voz era Caterina.
Asiento. Caterina, así se llamaba.
Está claro que Pauline piensa que el video puede ser un montaje.
Yo también he oído la voz, pero empiezo a entrar en una especie de trance.
Siempre he dicho que si alguna vez veía con mis propios ojos algo obviamente sobrenatural, todo mi sistema de creencias se vendría abajo, no podría seguir sosteniéndolo. Pero ahora no sé. No sé si eso se puede hacer. No sé si la gente que “ve cosas” simplemente vuelve a sus raíles después.
Yo no soy científico, para mi casi todo es magia, tocar botones y que sucedan cosas. Pero esto…
–Es mejor que lo veáis entero antes de… Porque aún no habéis visto nada –dice Esteban.

7. “Párteme el culo de una puta vez. Siempre has querido”

El video resulta casi insoportable. Casi, porque no te queda más remedio que no colgarte de una viga o tirarte por la ventana. El no suicida se expone a menudo.
Esteban puntualiza algunas cosas. Dice que la voz habla en arameo, pero que ellos no lo sabían. Caterina, completamente ausente, dominada por lo que fuera que tenía dentro, se arquea y convulsiona. Oímos crujir de huesos y la piel en torno a sus costillas se cuartea, se agrieta e incluso se abre. En cierto momento a Pauline se le escapa un grito. La niña ha destrozado las ataduras y ha flotado unos cuatro segundos sobre la cama, temblando, ha lanzado el pie izquierdo como dando una patada, y ha vuelto a caer sobre su costado derecho como un pelele. Los curas han estirado los brazos, como para evitar que cayera fuera de la cama (o incluso subiera hasta el techo), lo cual lo ha hecho todo más impresionante en el peor y más indigesto sentido.
El video tiene cortes. Abarca todo un mes, todo tipo de situaciones y visitas, curas, pero también médicos y otros personajes que se debieron sentir atraídos por el rumor. Un psiquiatra presencia parte del espectáculo y decide irse. Dice que es todo un montaje y que le han hecho perder el tiempo, aunque está visiblemente asustado. Una monja acaba vomitando en un rincón, asegura que por el olor. En otra ocasión la niña se libra de su atadura y le mete el dedo índice entero en el ojo derecho a un curandero, el globo ocular acaba colgando en su mejilla. Aprovechando periodos de letargo, cambian el material de las ataduras varias veces. Se repiten episodios de vómitos, pero nunca es como en la película que todos tenemos en mente. La niña no vomita, pero escupe, muchas veces sangre. Se pudre por dentro, gradual pero decididamente.
Los únicos que no vienen y van, que siempre están ahí, son Esteban y Muriel, y los curas residentes, el Padre Luis y el Padre Gómez Infante. Hacen arqueología bíblica buscando textos adecuados, que repiten hasta la saciedad. Algunos provocan reacciones, otros nada, y puntualmente ciertas frases hacen que “Caterina” se ría. Lo peor es cuando se ríe. No es su voz ni su expresión, no es su mirada. Me invade un terror muy difícil de definir: uno hijo, un familiar así.
La peor parte en cierto modo son los últimos veinte minutos (el video dura una larga y terrible hora y trece), que abarcan los últimos cinco días de pesadilla (cinco de treinta). Y es que lo que sea que la niña tiene dentro, decide que ya ha aprendido nuestro idioma, si no lo traía aprendido ya. Es una parte que ya sin remedio nos lleva a la película. Esteban para el video. Nos habla precisamente de eso. Nos dice que recordemos que la película está basada en un hecho real. Eso hace que muchas cosas tengan sentido de una forma novedosamente retorcida.
–No quiero banalizar esto, pero sé que todos pensáis en ello.
Le miramos fijamente, embobados, cuando nos dice que un agente de William Friedkin les ha contactado. Al parecer Friedkin ha sido un estudioso (“entusiasta”) de los exorcismos del mismo modo que James Cameron lo ha sido de los pecios.
Mientras la niña habla, alguien coge la cámara para hacerle unos planos de cerca durante un minuto. Tiene el cuerpo destrozado, lleno de cortes y ampollas, heridas recientes y otras que parecen intentar cicatrizar. La piel es blanquecina, más bien amarilla, y diría que todas las venas de la muchacha traslucen. El plano de los ojos nos deja sin aliento. Rojos y brillantes, son la única parte del cuerpo que desprende vitalidad, aunque sea una horrenda vitalidad.
Se oye una voz.
–Para que nos digan que esto es un montaje.
Es la voz de Esteban, que asumimos sujeta la cámara.

La criatura mira hacia el objetivo, y luego comienza a decir cosas terribles a sus padres, casi todas de índole sexual. Todo lo que Caterina nunca diría, o lo que sus padres querrían que no dijera nunca, no ya de niña, sino jamás.
Escuchando, atónito, a David le entra una risa floja.
–Disculpa. Tío. ¿Puedes parar el video?
No logra que su mueca se revierta.
–Es que no entiendo nada, Esteban. Perdona que me ría, pero es que nunca…
–No te preocupes.
–No quiero tomarte el pelo. Últimamente nos vemos poco, y apenas conozco a tu hija. Creo que nadie aquí tiene un gran vínculo con ella, excepto a través de ti. No te molestes, Muriel, pero de entre vosotros mi colega es Esteban.
»Y ahora nos enseñas este video y… a ti no te pega nada hacer algo así… Perdonadme, pero intento ver por dónde va esto. ¿Se trata de ti, Muriel? ¿Has pensado que montando algo así vas a lograr “estrechar lazos” con nosotros en una sola noche?… Todos sabemos que es Halloween, la gente hace cosas así… no tan curradas, lo reconozco, el video es espectacular, es verdad. Pero sé que tenéis dinero, tenéis bastante pasta, y que hacer algo así sólo requiere de la voluntad necesaria. Y… No te molestes, tío, pero creo a esta mujer capaz de convencerte para preparar algo así.
»No me malinterpretéis, no quiero joder la fiesta ni nada. Sólo estoy… porque de verdad no sé lo que pasa, y sólo intento darle una explicación… Quiero que me pongáis en contexto de verdad, porque todo esto me está pareciendo un montón de mierda…, y voy a subir a la habitación de la cría y me la voy a encontrar maquillada y con un montón de objetos moviéndose “solos” para el susto final… Y no es eso lo que me preocupa, sino lo que hay detrás de todo esto. Sinceramente.
–Me parece irónico –dice Pauline, cavilando, menos incrédula (parece) y mirando al suelo– que tú precisamente, cariño, tengas tantas ganas de “volver a la realidad”, cuando parece que por fin tienes el OVNI delante, majestuoso, con todas sus luces y aterrizando en tus narices.
–Pauline. Ojalá fuera un ovni…

8. “Tienes una polla de verdad o sólo un llaverito, papaíto?”

Esteban no responde a las, al fin y al cabo, acusaciones de David. Se mira el pecho y no ve el modo. El video se ha quedado congelado en medio de una frase; la cara magullada e irreconocible de la cría, normalmente con los rasgos suavizados de su madre.
Muriel se levanta y, sin decir nada, le arrebata el mando a su marido y vuelve a darle al play.
El resto del espectáculo es un continuo gritar frases bíblicas de los curas. Una repetición tras otra ya sin cortes, dos voces como un sola. Vemos también cómo le lanzan agua bendita (unas botellas minúsculas de cristal), a lo que esa cosa no parece reaccionar especialmente.
Se ve también por primera vez cómo algunos objetos se mueven solos. Las mesillas tiemblan y (contengo el aliento) se abre un grieta en el techo. Caen unos restos en la cama que el Padre Gómez Infante sacude al suelo con una mano, mientras con la otra manosea la Biblia abierta. Me sorprende cómo nunca sueltan sus libros sagrados, aunque obviamente reciten de memoria casi todo el tiempo.
Los dos profesionales sudan copiosamente.
Observo cómo Pauline hace rato que sólo mira al suelo, ahora no sé si incrédula, planteándoselo todo o simplemente muy incómoda. David se ha arrellanado en el sillón, como esperando a que una película tediosa termine. Yo me comienzo a sentir parcialmente eufórico. Esa es la palabra que me viene a la mente: eufórico.

La cámara se vuelve a mover (supongo que el operador vuelve a ser Esteban), y podemos apreciar cómo el cuerpo de la cría, con el pijama hecho jirones, empieza a cambiar radicalmente.
Caterina vuelve a ser quien, poco a poco, controla los gestos y los rasgos de su carita. Las heridas sanan casi del todo, sólo dejando leves magulladuras. Los ojos mutan del rojo al verde genético de Muriel. Todo sucede en unos dos minutos. Es como si despertara, o como si volviera a nacer, porque la muchacha rompe a llorar como si llegara de la nada.
Muriel entra en plano corriendo a abrazarla.
El video termina.

Muriel, ya casi calmada del todo otra vez, se levanta y saca la USB de la trasera de la pantalla, como si acabáramos de ver un episodio de Black Mirror.
–Ha estado muy bien –dice David, visiblemente mosqueado–. ¿Ahora cómo sigue esto? ¿La chiquita bajará por las escaleras del revés con las manos y los pies a cámara rápida?
–¿Tú eres muy listo, ¿no? –dice Muriel.
–No tengo un puto euro y estoy en el paro, así que ¿cómo lo voy a ser, Muriel? ¿Cómo querías que reaccionara exactamente? ¿Qué hacemos ahora después de esto, cenamos y vemos Viernes 13? ¿Nos partimos el culo porque ya hemos “superado esto juntos”?
–David –susurra Pauline.
–No, perdona, cariño, pero es que sigo esperando un contexto para lo que está pasando. No es que yo sea el tío más práctico del mundo, eso es evidente, pero sí exijo unos mínimos. Joder, tan mínimos que hasta mis treinta y ocho tacos no he tenido que exigirlos nunca.
Esteban se sienta con parsimonia en lo que parece su sillón, igual que Muriel parece más apegada al otro. Se hace un silencio que parece no vaya a terminar. Nadie sabe cómo proseguir.
Es Esteban el que, nuevamente muy incómodo, intenta encontrar el modo de hacerse entender.
–Yo sé que el video es fuerte, pero no es una broma, David. No sabíamos cuándo enseñarlo, y puede que hoy no fuera el mejor momento. Pero ¿cuándo lo iba a ser? Sabéis de sobras que se nos considera los locos del barrio, y no solo del barrio. Lo que tú sientes ahora, David… nosotros llevamos ya dos años así. Puede que te parezca egoísta, pero necesitábamos de verdad que alguien más viera lo que pasó.
David parece calmarse un poco, si es que yo sé leer su semblante.
–Ya sé que no somos la pareja perfecta o algo así –prosigue Esteban–, pero hemos sufrido de verdad. Yo nunca prepararía una broma así. Y Muriel tampoco. Ella… lo ha pasado incluso peor que yo. No hay ningún tipo de ayuda para superar esto mentalmente. ¿Lo entendéis?
–Cuéntaselo, Esteban –murmura Muriel.
–No creo que…
–Cuéntaselo, Esteban.
Muevo la cabeza como si fuera el mejor partido de tenis que se haya visto.
–Hace un año ella se intentó cortar las venas.
–No lo intenté, lo hice.
Se arremanga, se pone en pie y nos enseña unas cicatrices atroces en las muñecas.
No parece haber vuelta atrás.
Pauline se disculpa y pregunta por el baño. De hecho no está nada lejos, y enseguida oímos un recital de arcadas, mientras David hace preguntas a través de la puerta.
Me doy cuenta de que no he soltado prenda desde que David y Pauline llegaron e intercambiamos saludos y bromas. Y no pienso hacerlo hasta que no me vea forzado a ello. Es una situación delicada completamente nueva. Puede que haya precedentes, de hecho ahora estoy convencido de que los hay, pero no tenía noticia de todo esto más allá de lo apócrifo.

9. “No quiero una gota fuera, violador”

Está claro que esto no es lo mismo que ver un ovni, David tiene razón. En el mejor de los casos, habría que especular sobre algún tipo de enfermedad salvaje de la psique, alguna clase de somatización extrema que te transforma, te cambia el color de los ojos y desafía las leyes de la física, por no hablar de la telequinesis, el arameo espontaneo y toda la basura que la cría largaba por la boca.
Cuando la gente cabal oye hablar de exorcismos, piensa en enfermedades mentales que las personas muy religiosas sólo saben interpretar de una manera.
En lo que a mí respecta, acabo de ver una prueba gráfica de que la gente religiosa tenía una coartada contundente.
Pauline sale del lavabo, algo sudorosa y con ojeras, los ojos llorosos. Dice que necesita hablar con David y conmigo, en privado. Esteban y Muriel conceden sin protesta, incluso nos señalan una habitación.
Nos metemos en lo que parece un dormitorio para invitados del primer piso, no debe ser el único.
–Vosotros dos, decidme lo que pensáis. Porque empiezo a creer que aquí la única que no está informada soy yo.
–¿Cómo? –murmura David, con deje de indignación.
–Si la víctima soy yo, parad ya, porque no…
–Deja de decir eso, Pauline. ¿Tú me ves actuar? ¿Alguna vez te he gastado una broma, aunque fuese minúscula?
Yo procuro seguir en mi papel de observador. Decido que si me veo obligado a hablar, me mostraré simplemente pasmado ante la situación. En parte es como estoy, pero tengo la extraña sensación de que todo el asunto me afecta menos que al resto. Ese sentimiento de euforia sigue ahí, aun con el miedo y la duda. Si todo acabara resultando una broma, creo que me llevaría un chasco.
Obviamente no puedo verbalizar nada de todo esto.
–J., díselo, dile que no es una broma. Por favor.
David está nervioso de verdad. A menudo hemos tenido la misma percepción de las cosas, los mismos enfoques políticamente dudosos, despojados de buenismos o empapados de nihilismo. Lo que pasa es que ahora él tiene algo que perder, y Pauline es mucho que perder.
–Yo no sé lo que está pasando, Pauline –digo–, estoy igual que tú.
A decir verdad, si todo el asunto fuese una broma a Pauline que yo he ayudado a preparar, hace mucho que la habría parado. ¿Quién querría joder así a Pauline?
–¿Qué se supone que…? ¿No os dais cuenta de que esto no es sólo una experiencia desagradable? Esto va más allá de lo metafísico. Yo soy atea, ¿lo entendéis?
–Cariño…
–¿Cariño qué?
–No es… no sabemos lo que ha pasado con esa cría, aunque el video sea verdad.
–Qué me vas a decir, ¿que son “fenómenos físicos a los que la ciencia aún no ha encontrado explicación”? La puta ciencia…
Pauline parece estrujarse el cerebro buscando una salida, o más bien la ilusión de una luz al final del túnel.
–¿No os dais cuenta de que…? Dios mío, el ateísmo sólo era una creencia…
–No creo que se trate de creer o no en Dios.
–David, no lo reduzcas al Cielo y el Infierno. Ahora es imposible saber dónde trazar la línea entre lo demostrable y lo…
Ahora sé que Pauline cavilaba sobre todo esto ya mientras veía o apartaba la vista del video.
–¿Y si ver ese video ha abierto algún tipo de puerta en nuestra mente? No es que yo fuera una fan loca del “mundo real”, pero al menos sabía más o menos a qué atenerme…
Esteban y esa capulla de Muriel deben llevar dos años así. Ahora ser creyentes y no sólo modernitos irónicos nos habría ayudado a sobrellevar esto, eso es evidente.
–Pauline –dice David, suavizando la voz–, tú ya decías antes que el ateísmo es una creencia, ¿no te acuerdas?
–Era todo a nivel teórico, David, era un rollo diplomático, decía que era una creencia, pero en el fondo para mí era la única vía razonable. Así es como piensa la gente, David, casi nadie pone una mierda en duda, todos creemos que nuestro enfoque es el correcto. Y no sólo el correcto, sino el único.
–Tú no eras una fanática, Pauline.
–No. A los veinte años me reía en la cara de los que creían en Dios, y después seguí haciéndolo, sólo que por dentro. Me seguía sintiendo superior.
Pauline habla caminando el círculos, deteniéndose cuando necesita pensar, habla para sí misma en un hilo de voz:
–No. Creo que no se trata del Cielo y el Infierno. O quizá sí. Pero en lo que nos atañe ahora, se trata de la Vida y la Muerte. Eso es. La Vida y la Muerte. Podría ser que por eso Muriel se intentara suicidar.

10. “Aprieta más, y pega fuerte, sarasa de mierda”

–Vas demasiado rápido, Pauline –murmura David–. Esto ha sido como una borrachera de realidad, puede, lo entiendo, pero no podemos dejar que nos aturda tan rápido. Tienes que respirar. Tenemos que salir y hablar esto. De hecho creo que deberíamos cenar, por prosaico que suene ahora.
Pauline intenta respirar por la nariz y expulsar el aire por la boca. Esperamos pacientemente a que recupere su ritmo.
Eso hace que vuelva a ocuparme de mis propias cavilaciones. El sentimiento de euforia se acrecienta, le gana terreno a la incertidumbre y el miedo. Sé que no será tan sencillo como eso, pero ahora respiro hondo y, aunque no disfrute exactamente de la situación, sigo sintiéndome en el margen. Creo que la clave está en el hecho de estar solo, sin pareja, sin otros dos ojos con los que tener íntima complicidad o compartir la experiencia, como si gracias a eso pudiese elegir en parte cómo encajo la extremadamente desconcertante situación. Sigo deseando que no sea una broma, que no sea un sueño. Si la Torre de Babel ha de derrumbarse, tengo las mejores vistas.

11. “Te la vas a comer en un plato, glotón”

Cuando volvemos al salón, David se acerca a Muriel y Esteban y les encauza por donde quiere.
Está bien, cenemos. Hablemos, o no, pero cenemos. Intentemos provocar algo de normalidad. Sembremos costumbrismo.
Dejemos cicatrices, cabreos y lloros de lado un rato.
Pienso en Muriel, y si de verdad intentaría suicidarse convencida de la vida después de la muerte. Yo no pensé en eso, pensé en el sufrimiento causado por la situación de su hija. Pero encajaría con Muriel esa clase de puñetazo en la mesa. Tampoco sé si habrá distintos sitios a los que ir después; de ser así, no creo que el suicidio se premie, no en el contexto católico, desde luego.
Es bueno no hablar, y ahora sólo pienso mientras los demás, ya cada uno en su sitio, se pasan un bol de ensalada.
Esteban y Muriel comen algún tipo de carne, David y Pauline echan mano de sus tapers misteriosos (creo que es algo vegano), y yo ataco mi kebab y las patatas, no sin antes haberles dado un soltero toque de microondas.
A los dos bocados, nos damos cuenta de algo.
La niña sigue arriba, en su habitación.

Vaya. Lo hemos intentado, pero no ha podido ser.

La normalidad se va al carajo, porque de verdad se nos ha olvidado que la cría también tiene que cenar. A nosotros y a sus padres.
Es perfecto, porque ahora Muriel sube por las escaleras –“Esteban, quédate aquí”– y bajará con ella, y tendremos que volver a poner todo de nuestra parte para recuperar el ansiado costumbrismo. Cuchillo y tenedor, pásame la sal, hagamos algo normal. Cosas de vivos mortales.

La niña es una niña. Tiene nueve años y lleva un vestido azul sencillo, bailarinas y una cola de caballo. El pelo rubio de su madre, sus ojos verdes y cero veneno en la mirada, excepto la picardía inocente propia de la edad. Quizá nos tendrían que haber dado algo más antes de que bajara. ¿Se acuerda de algo?, ¿tiene pesadillas?, ¿su habitación es la misma?…
Esteban y Muriel tienen una pequeña disputa sobre lo aconsejable o no de que la cría cene unos macarrones sobrantes del mediodía. Ella se los come.
La muchacha nos ha saludado a todos por orden materna y sin aparente timidez.
No escucha a los adultos, o eso parece, de modo que reiniciamos de forma calmada la conversación, aunque controlando el vocabulario y reduciéndolo a lo genérico.
–Esteban. ¿No habéis pensado en mudaros?
Este era David.
–Sí. Lo pensamos, pero luego fue pasando el tiempo…
Vuelvo a notar ese nerviosismo peculiar en Esteban, creo que nunca se lo había notado hasta esta noche.
–La casa nos gusta, y decidimos darnos un tiempo con ella. No sé si se entiende algo de lo que digo.
Sonríe, intentando controlarse.
A veces hay que darse un tiempo con una casa, como con una pareja. Todos sabemos cómo suelen acabar esas parejas.
–Suena ambiguo –dice David, sonriente–, pero está bien. Y es verdad, la casa mola.
Pauline no ha vuelto a decir una palabra desde que tuvimos la charla aislada en el dormitorio.
Remueve con su tenedor algún tipo de vegetal procesado para parecer carne.
–Los animales y los animales humanos y la materia y todo se descompone… pero no sabéis nada.
Esta era Caterina.
–¿Cómo dices, hija?
–Papá. Eres un papá y hablas como un papá, no te preocupes, no tienes que decir cosas de papá todo el tiempo.
Se oye un resoplido, de Pauline, que niega con la cabeza.
–Soy una niña normal, ya lo sé, papá. Papá el papá normal, mamá la mamá biológica. El colegio es la casa.
La mirada muerta.
–¡Caterina! A comer.
Y esta ha sido Muriel.

12. “Esto sólo es el principio”

Pauline nos arrastra a todos al dormitorio de antes, Caterina se ha quedado en el salón con sus macarrones.
–Cariño, ahora venimos –ha dicho Muriel.
–Conversad tranquilos, padres –ha dicho Caterina.
Eso no ha ayudado.
Pauline vuelve a caminar en círculos, pero esta vez se detiene enseguida y sólo habla y mira fijamente, en este caso a Muriel y Esteban.
–Una pregunta. ¿Vuestra hija habla siempre así? Porque la he visto muy poco, pero no la recuerdo así. Ni siquiera me refiero a lo que dice, que también, pero sobre todo al tono.
No ayuda tampoco que Esteban y Muriel tarden tanto en decir algo.
–Pauline… –intenta intervenir David, pero ella levanta una mano: aún no.
–Dicho de otra forma: ¿Ella ya apuntaba maneras antes del episodio que doy por hecho real del video?
–Sí.
–No.
Esteban ha sido el sincero. Nunca se le ha dado bien maquinar.
–Lo que yo creo –dice Esteban, ahora ¿mosqueado?– es que nadie está obligado a quedarse más en la casa. Podéis acabar de cenar (o no), y podéis marcharos. Yo quiero comer el resto de mi ternera y luego ver una película con mi familia en Halloween. Quien quiera quedarse, lo podrá hacer. No sé qué más deciros.
–Entiendo lo que dices, Esteban –murmura Pauline, suavizando el tono–, pero, asumiendo que ella no sale mucho, ¿has pensado que podría no ser bueno para la niña tener a extraños en la misma casa que…? Podrían ser estímulos que… Joder, ¿nadie más ve lo complicado que es esto?
–Sabemos que es complicado –interviene Muriel–, y hemos pedido todo tipo de ayuda para ella. Ayuda psicológica. Te aseguro que está sobreanalizada. Hemos gastado una cantidad ingente de dinero. No os lo podéis imaginar. O quizá sí.
–Un momento. Y… –interrumpe Pauline, encajando algunas piezas.
–Hemos recorrido un camino muy largo para llegar hasta aquí.
–¿Y no sería más apropiado que tratara con gente de su edad? Vale, no he dicho nada. Entonces somos conejillos de indias.
–Ella no es agresiva, pero no…
–No sabemos lo que puede hacer –dice Esteban–, esa es la verdad. No ha agredido a nadie desde… Pero queremos que haga cosas normales con gente normal.
–Vale.
Pauline deja los brazos muertos, como en señal de rendición.
–No sé qué deciros. Me pongo en vuestras manos. David, a partir de ahora tú tomas las decisiones, yo estoy agotada. Si quieres que nos quedemos, nos quedamos, y si no…
Obviamente yo prefiero que se queden. Si ha de pasar algo, no quiero verlo solo, quiero apoyo cuando llegue el momento de digerirlo, recordarlo o hasta contarlo en el futuro. Esteban y Muriel no cuentan. Ellos son prácticamente material de ficción.

La euforia, en lo que conocemos por vida real, suele llegar a través de las drogas. Es probable que eso sea lo más habitual. La sobriedad total es actualmente casi una historia del pasado. Y no hace falta ser un drogata; la droga –aceptada o dura– llega por muchos cauces.
Sin drogas físicas hace falta una experiencia lo suficientemente chocante, algo que te revuelva químicamente el cuerpo. El “subidón natural”.
No estoy muy seguro, pero teniendo en cuenta el percal, es probable que ahora estemos en la mansión del litio.
Uno querría ver dónde tienen aquí los medicamentos. Dudo que quepan todos en un armarito en el baño.
Todo el mundo te prepara hablándote de lo dura que es la vida, pero nadie te pone en preaviso con la muerte. Se asume que es un salto a la nada. Que incluso las consecuencias mueren.
Seguimos cenando “como si nada”, incluso cuando la niña sigue hablando. No dice absolutamente nada que te haga pensar en una niña de nueve años. Ahora el discurso es articulado. Las intervenciones ocasionales se acaban transformando en un monólogo a modo de cascada.
–Vosotros sois mayores que yo, es evidente, pero no me podréis negar que no es ni de lejos fácil manejar la política exterior. ¿Alguna vez habéis votado a los conservadores? Ellos siempre hablan de los inmigrantes como si fuesen ratas. Creo que en el fondo muchos autodenominados progresistas piensan igual. No es porque sean racistas, muchos no, es porque tienen miedo. Quizá es xenofobia, o simplemente que son prácticos. Cuanta más gente hay en un sitio, peor. Los progresistas te venden compasión y diversidad, y lo entiendo, el mundo se está mezclando, es inevitable, y hay algo bueno en la multiculturalidad. Pero sólo puedes ignorar los problemas potenciales de la superpoblación desde el más inocente buenismo. O desde el cinismo. Si os fijáis, mucha de la gente que defiende a toda costa la inmigración o espolea a defenderla, son personas de izquierdas de clase media alta, o alta sin más, y mediática. Saben que si comienza a llover mierda, sus techos serán más sólidos, o que incluso aguantarán mientras vivan. Será la gente pobre la que se vea invadida por más gente pobre, mientras los acomodados juegan al ajedrez retórico y político.
Las caras, las miradas, el pasmo, el miedo y la incertidumbre, la incertidumbre. La euforia.
–¿Qué opináis de la polarización? Os diré que hay algo terrible en ella. Pero lo más terrible es que mucha gente parece disfrutarla. Es como si algunos desearan una guerra, o como si hace treinta años tuviese que haber habido una guerra mundial que finalmente no fue. Y ahora tenemos un montón de energía confrontacional extra que quemar como especie.
»Decidme si no parece que vivimos en la sociedad más pija y a la vez belicosa, irritante e irritable de la Historia. ¿De esto iba la Evolución? ¿Cuál es el siguiente paso?

13. “¿No me vas a bañar, mamaíta? Quiero tu peluche”

–¿Hablas de todo eso con más gente, Caterina? –dice Pauline, como si no estuviera ya de los nervios otra vez.
–¿A qué te refieres con más gente, Pauline?
–Sabes a qué me refiero, los otros adultos, los médicos, los psiquiatras.
–¿Los psiquiatras? Los psiquiatras preferirían oler mi ropa interior. Creo que uno lo quería de verdad; la pederastia es más habitual de lo que se cree. Pero había otro peor, un tío de unos cuarenta tacos que supuraba a Freud por todos los poros. ¿Os dais cuenta? Es como si un científico llamara a un curandero para que le tratara el cáncer. El psicoanálisis está complemente muerto.
–Ya… Entonces ¿qué les dices a los psiquiatras?
–Lo que se les dice a los psiquiatras no tiene importancia, esas consultas suelen estar completamente vacías de contenido, Pauline, son pura gimnasia mental. La gente se abre de verdad en otros ambientes, con otras personas. Porque un psiquiatra escucha, ¿y quien quiere que le escuchen en el fondo? La gente no quiere ni escuchar ni que les escuchen.
–¿Entonces qué quieren?
–Quieren movimiento, entretenimiento ligero, luces, colores, fricción, temperaturas agradables, dormir, comer rico o comer político, disfrazar su ego desaforado de humildad, parecer la mar de inteligentes… La gente quiere muchas cosas, pero no un diagnóstico sobre lo capullos que son o lo enfermos que están.
–¿Tú crees que estás enferma, Caterina?
–¿Tú crees que estoy enferma, Pauline?
–Yo creo que sí.
–Y qué tengo, doctora Pauline.
–No lo sé, pero no eres una niña normal.
–¿Y qué es una niña normal?
–Con tu edad nadie habla de esas cosas, o de esa manera.
–¿De qué manera hablo, Pauline?
– Editorializando. Desafiante. Como alguien de cuarenta años.
–¿Desafiante?
–Sí. Y no has tenido tiempo de formarte criterios políticos.
–Quién sabe, mis padres me tienen capado el porno en Internet, o eso creen, pero por lo demás puedo leer y consultar lo que me dé la gana. Quizá estás subestimando mis capacidades, Pauline. ¿Es porque soy una niña? ¿No eres feminista, Pauline? Te van a dar pam pam en el culo; apostaría algo a que eres de izquierdas: tienes que consultar las últimas actualizaciones del relato cultural, Pauline, y tendrás que comprarles todo el pack teórico, desde las ideas lógicas hasta las más estúpidas. Ser de izquierdas se ha puesto complicado, pero yo no hago las normas.
–Entonces sólo estás repitiendo cosas que has leído. ¿Eso debo entender?
–¿Yo tengo que decirte lo que tienes que entender?
–Necesito más vino…
–Haces bien: la sangre de cristo… Quizá eres católica y conservadora, una antiabortista tarada fan de las cámaras de gas, y te estoy tratando como a una activista. Si es así, lo siento, aunque ahora tampoco hay mucha diferencia.
–No sé si quiero seguir con esto.
–Yo creo que es divertido, tú no hablas como los profesionales de despacho. Estás un poco cabreada, y eso está bien. ¿Sabes que a mi madre le encantaría ser como tú?
–Creo que es mejor que…
–La francesita salida de la misma cadena de producción que Marion Cotillard. Preliminares de calidad, largas y habilidosas mamadas: el polvo definitivo. La mejor conversación de alcoba los domingos por la mañana. Una tía buena y con estilo en los años de juventud, y con el tiempo una anciana encantadora e incluso agradable de ver, con la cara aún redondita y una luz que no se apaga en la mirada. ¿Puedo llamarte Marion?

14. “Vas a hacer lo que yo te diga”

He desnudado el diálogo, para atajar, porque ha habido varias intentonas de interrumpirlo o dinamitarlo. Nunca he visto a David más nervioso y fuera de sí, y Esteban aún luce expresiones y miradas inéditas para mí. La noche se ha ido al carajo del todo, o al menos eso parece. No puedo evitar seguir sintiéndome un espectador privilegiado, y vuelvo a preguntarme cómo sería si ahora tuviera una novia estable aquí conmigo. ¿Estaría más preocupado?, ¿tendría más miedo? Crece la sensación de que soy el que menos tiene que perder aquí.
Muriel se ha levantado tras cierta intervención de Caterina, la ha puesto de pie bruscamente y la ha conducido escaleras arriba a su habitación. Castigada sin postre. Se terminó el experimento.
David parece respirar con algo de alivio, aunque pensativo; Esteban tiene pinta de romper a llorar en cualquier momento (¿o reír?); Pauline parece tener un montón de teorías u objeciones en la recámara. Yo estoy en vilo, esperando que todo esto aún pueda ramificarse. Quiero ver hasta qué punto se puede llegar a torcer. Definitivamente creo que, desde mi soltería rodeada de parejas, ya no puedo negarme más que estoy disfrutando hoy y aquí.
No es que no me esté replanteando muchas cosas, estoy alterado como todos, pero algo me dice que, pase lo que pase hoy, lo que conozco por rutina se volverá a imponer a partir de mañana con la implacabilidad habitual. Volverán los domingos deprimentes, los lunes laborales aún peores, los viernes por los que no te suicidas, los festivos, las Navidades, las doce uvas, la ironía y el sarcasmo que lo intoxican todo por exceso, y hasta los putos cumpleaños.
Por eso soy un fan del pensamiento mágico. Claro que el mundo real (o más habitual) es fascinante e inabarcable de por sí, pero para poder explorar todo eso hace falta un montón de tiempo y pasta.
Si hubiera una invasión extraterrestre a escala mundial, ese show absolutamente descomunal me saldría gratis. O lo que pasa esta noche, que aún no sé muy bien lo que es, pero que ya ha puesto patas arriba –temporalmente o no– todo mi sistema de valores y percepciones.
Mucha, mucha gente increíblemente aburrida con su vida querría vivir algo así. Ver lo que yo he visto y oír lo que yo he oído. Imagino futuras veladas con excépticos, dando sorbitos de mi copa de vino mientras les observo desplegar todo su pragmatismo, control teórico y refinado sentido del humor. Un nuevo tipo de placer.
Hay quien podría frustrarse, por conocer la verdad (Hay Algo Más) y no poder contarlo abiertamente, porque eso inmediatamente te haría quedar como un rebuscado ignorante, o un ingenuo en el mejor de los casos, alguien que no sabe que todas las cosas pasan por motivos perfectamente razonables y cero emocionantes cuando se llenan los espacios en blanco. Las luces extrañas en el cielo, las experiencias con teóricos fantasmas, todo el ramillete de fenómenos paranormales que percibirías como normales si no fuera por tu estúpida autosugestión magufa. Simplemente no tienes toda la información, capullo.
No siempre la información es poder; pero a mí nunca me ha costado guardar secretos, podría guardarme para mí sin problema un trío con Magdalena y La Virgen María. La última frase de Caterina a Pauline fue:
–¿Tú eres más de follar o de contar?

Muriel se queda un buen rato arriba con la cría. El resto practicamos abajo distintas clases de silencios incómodos. Disfruto de esa variedad de gestos y miradas dirigidos a rincones que de normal están abandonados a su suerte. La juntura entre las baldosas, el polvo en las esquinas, la pelusa que reaparece por más que barras. Protagonistas absolutos. Quizá se refieren a eso cuando dicen que esta realidad ya está llena de cosas fascinantes. Puede que si miras con suficiente atención esa muesca del techo te acabes corriendo encima.
Pero no quiero desplegar el cinismo más de la cuenta, por más que dé gustito argumentar contra los escépticos con su propia medicina.
Me tengo que cortar las uñas de las manos, eso es evidente. Cuando llevas mucho tiempo sin “amiga”, acabas descuidando bastante la higiene. No hay perspectivas de sexo, hay algunas duchas de menos. Pero lo mejor es que puedes callarte todo el tiempo que quieras. Hacer cosas sin acompañarlas de una justificación. En pareja se ponen a menudo en relieve un montón de detalles que no tienen puta importancia, incluso se forman disputas o discusiones por cualquier gilipollez. Si comes fuera sin pareja (solo o sólo con amigos), tardas unas diez veces menos en decidirte a pedir lo que querías desde el principio. Es verdad que puede ser muy bonito enchocharse, pero hay que reconocerle a la soltería el ademán práctico de quien no ha de fingir que todo es importante.

Justo esto, extrapolar según la experiencia propia, es lo que hacemos todos. También los dioses que caminan entre nosotros. A veces hay un consenso general respecto a ciertas actitudes o preferencias. Contrariamente a lo que dirían muchos escépticos de pro, las empresas no crean los estereotipos y el canon, las empresas sólo los recogen.
Incluso los escépticos necesitan sus propias conspiraciones.

Pienso y me repienso, cuando Muriel cae rodando por las escaleras.

15. “Tu niña ya es mayor, una putilla experimentada”

Un estruendo que dura varios segundos. Que se hace eterno. Aunque parezca sorprendente, tardamos un poco en levantarnos para seguir con la noche. Incluso Esteban. O puede que sea la actitud de Esteban lo que nos paraliza a los demás. Muriel se duele en el suelo, mientras el resto, durante un momento, parece que vamos a seguir de sobremesa sin más. A la mierda lo que sea que haya pasado, a la mierda Muriel, a la mierda Caterina, a la mierda los exorcismos y William Friedkin. A tomar viento de una vez, y bendecid a vuestros muertos.
Lo que me inquieta de la forma en que Esteban se acaba levantando para socorrer a su mujer, es que su mirada transmite una sensación de rutina. Como si no fuera en absoluto sorprendente ese tipo de accidentes en la casa.
Una vez nos movemos, todo se vuelve urgente. Pero Muriel se ha dado cuenta.
–¿Me ibas a dejar aquí tirada, joder?
Empieza recibiendo Esteban.
–¿Es que no me has visto, coño? ¿No me has oído caerme por las putas escaleras?
Me percato de que Pauline se ha traído la copa de vino. Gesto lento y hastiado.
Muriel nos mira desde el suelo;
–¿Que narices os pasa, EH?
Intenta recolocarse el vestido. No parece que se haya hecho daño, sólo contusiones de marca temporal.
La violencia se ha vuelto mental en un tiempo récord.
Ante el repentino silencio de Pauline, que era quien podía reconducir mejor la situación, David parece sentirse obligado a decir algo, mientras Esteban levanta del suelo a Muriel.
–¿Qué ha pasado, Muriel…?
–¿Que qué ha pasado? ¿Es que no ves lo que ha pasado, capullo?
–¿Perdona…?
–Capullo. Capullo. He dicho CAPULLO, gilipollas parado.
–Joder –murmura Esteban.
David se queda mudo, intentando procesar el nuevo curso de los acontecimientos.
–HE DICHO CAPULLO. CAPULLO Y GILIPOLLAS. Búscate un trabajo y haz algo con tu vida, mamón. ¿Me oyes?
David intercambia su mirada con Pauline.
–¿Me oyes o no? ¿Te caigo mal? Tú también me caes mal a mí, joder, me caes como el culo. CAPULLO.
David se acerca a Pauline, que mira de reojo a Muriel, y saca su paquete de tabaco.
–Aquí no se fuma, CAPULLO. ¿Me oyes?
David se enciende un cigarrillo, Pauline le acaricia la nuca.
Mi sentimiento de euforia.
Apenas controlado.
–Me vais a comer todos el COÑO.
–Muriel… –murmura Esteban.
–¿Tengo que aguantar a esta GENTUZA? ¿Queréis ver a la niña, EH? Pues NO HAY NIÑA. ¿No habéis visto que no hay niña?… ¿Os gusta eso? Ya tenéis tema de conversación, un poquito de gasolina para vuestras reuniones de chupipandi de MIERDA. ¿A que os gusta?
Yo no digo nada, pero la respuesta evidente sería: SÍ.
Sabía que era una buena idea hablar lo menos posible. Sólo existir. Ser la cucaracha en la explosión atómica.

16. “El Diablo está en los detalles, soplapollas”

Mi madre siempre dice que lo importante es sembrar. Habrá muchas cosas que no te apetezca hacer en la vida. Cosas más allá de lo evidente. No irías a según qué cena o excursión o cita o viaje. Planes para el tiempo libre que a priori te dan mucha, mucha pereza. Te quedarías en casa si no fuera porque no quieres hacerle un feo a alguien o dejar de lado a tus amigos. No quieres minar vínculos.
Aunque a veces sea bueno como paréntesis plantarte y poner alguna excusa, mi madre dice que en general es mejor hacer lo que sea. No sólo por ese miedo a quedar mal o que te piten los oídos, sino porque lo importante es sembrar.
Irás a esa cita o actividad, y lo peor será el momento de levantarse y prepararse y afrontarlo. Pero generalmente la cosa mejora cuanto ya estás en harina. Es algo que pasa incluso cuando te invitan a una boda. No irías, pero luego ir no está tan mal. O esa caminata de montaña que te va a quitar tu tarde de cine y café.
Significa sembrar.
Sembrar es darle de comer a tu viejo y sabio cerebro. No porque tú seas viejo o sabio, sino porque tu cerebro sabe cómo gestionar y digerir lo que le sirves, aunque el menú deje mucho que desear.
Incluso aunque tu día de boda o excursión o cena con demasiada gente no haya sido malo pero sí bastante pesado y a priori poco memorable, tu cerebro se meterá en la sala de edición, y cuando hayan pasado meses o años, tendrás recuerdos brillantes de aquello, casi cegadores. Tu memoria te arrancará auténticas sonrisas, puede que mirando al cielo mientras piensas: Merece la pena. Todo esto merece la pena.
Le pregunté a mi madre:
–¿Eso funciona así porque el futuro siempre es peor?
Ella dijo:
–Tú hazme caso.

17. “El nene bueno no quiere pegarme. El nene maricón”

Yo no quería estar hoy aquí, esa es la verdad. Es cierto que me apetecía mucho más que otras reuniones o actividades, pero casi nada puede competir con mi cama y un buen libro. O con Internet y mi mano derecha, para mencionar la otra vertiente.
Eso que siempre dice mi madre me ha influido más de lo que esperaba. No tengo claro qué hará mi cerebro en la sala de montaje con todo esto, pero no se quejará de no tener material con el que trabajar.
Prefiero obviar la evidencia de que hoy esto no va de chistes malos con amigos en el campo o frente a demasiada comida.
Hoy se trata de una pesadilla real. O al menos así sería si no fuera por mi innegable sentimiento de euforia.
¿Estoy gozando mientras veo cómo sufren mis amigos?
No habría razón para ello. No son malas personas, ni siquiera son de un entorno distinto al mío. Diría que David es como yo en casi todo; Esteban es un trozo de pan que no ha hecho daño a nadie jamás; y Pauline es todo inteligencia y sensibilidad, la buena intención personificada.
¿Tenía más miedo hace un rato que ahora? ¿Puede que las paredes de la casa estén impregnadas de algo que me está afectando? ¿Hay Algo que me esté convenciendo de algo?
Observo la disposición de los elementos.
Muriel se ha vuelto a ir escaleras arriba. No sé si con la cría o a la habitación que en teoría comparte con Esteban. El resto nos hemos dejado caer en los sillones. Esteban en el suyo, yo en el que parece de Muriel, y David y Pauline desparramados en el de tres plazas, ambos fumando y pensando o con la mente en blanco.
Creo que Esteban es la razón de que aún sigamos aquí. Da igual el motivo, yo quiero más: falta al menos un último envite. Ni siquiera hace falta que sea un gran clímax, sólo una porción más del pastel. Nunca he probado este sabor.

Es Pauline la que pone en marcha la máquina otra vez. Así funciona incluso en los días más especiales; hay tiempos muertos, silencio, valles en el desarrollo.
–Esteban.
Voz mortecina, un hilo.
Esteban se limita a dirigir la mirada.
–Sólo quiero saber una cosa. ¿La niña ha matado a alguien?
Esteban mira al suelo y comienza a negar con desmayo.
–No, Pauline, no ha matado a nadie.
–Pero Muriel no se ha caído sola por las escaleras.
–No, Pauline, Muriel no se ha caído sola por las escaleras.
–Entonces Caterina sigue teniendo dentro lo que sea que tiene dentro.
Silencio.
–El Padre Luis murió hace un año, nos dijeron que de cáncer. Gómez Infante no quiere volver… Es un hombre mayor. Lo que se ve en el video es verdad, cuando Caterina recuperó su rostro y se cerraron las heridas, pensamos que ya había acabado todo.
–Pero obviamente no es así.
–No solo queríamos que vierais el video. Queríamos que…
–Así que de cáncer. Y el otro tío ya es muy mayor, dices. En el video me parecían más o menos de la misma edad, y…
–No tenemos cadáveres en el sótano, Pauline, si es eso lo que insinúas. Ni siquiera tenemos sótano. Si quieres te enseño la buhardilla, sólo hay muebles carcomidos.
–¿Y el jardín?
–¿Lo dices en serio?
–¿Te parece que bromeo?
El bajo, afilado tono de voz de ambos, las miradas mutuamente clavadas.
–Puedes ir y cavar tú misma.
–Alguien debería hacerlo.
–Muy bien, Pauline.
Esteban se levanta y se pone una copa.
Regresa con parsimonia al sillón. Pauline, su hilo de voz, algo de sarcasmo:
–Entonces qué tiene dentro, ¿al Diablo?
–Por si lo quieres saber, al parecer sólo se trata de un demonio del montón. Hay mucha literatura al respecto si te interesa.
–Asumo que te has informado.
–Demonio o Jar, si te gusta más. Llámalo religión, folclore, ocultismo o como quieras, pero no se habla de ello en los tratados científicos.
–No puedo creer que nos hayáis metido en esto.
Ya lo sé. No nos quedan fuerzas… Es una guerra personal, al límite, dialéctica y también física, tú misma lo has comprobado. Tienes razón, hemos sido egoístas, queríamos a alguien más involucrado. Estamos agotados; es una vida absurda, Pauline, una cabronada, una putada de vida. Es vivir cada día al borde del suicidio o el asesinato.
–Pero es vuestra vida. No la nuestra.
–No eres tan buena como te crees, ¿verdad? Nadie lo es ya si se le arrincona. En eso Caterina tiene razón.
–¿Caterina?
–Llámala como quieras.
Silencio.
Y Pauline, mirando hacia el techo:
–Una mezcla de nihilismo y violencia calculada.
–Nihilismo, o realismo. Nadie puede convivir con la Verdad todos los días.
–¿Crees que siempre dice la Verdad?
–Basta con que te dé esa sensación. Con eso basta.
–Yo tendría más miedo de que me empujara por las escaleras.
–Todo tiene su momento. Ella lo sabe muy bien.
Esteban se bebe su copa entera de un trago. Se incorpora y mira otra vez fijamente a Pauline;
–Creo que tú le caes bien.
David se despabila, casi cómicamente;
–No, Esteban.
–Ella le cae bien, a lo que sea que tiene dentro. Ella le cae bien.
–Mi novia no es una exorcista, Esteban.
–Creo que no se trata necesariamente de repetir como un loro textos sagrados, y es evidente que no podemos hacer uso de la violencia física. Pero podemos declarar la guerra dialéctica.
–Qué dices, Esteban. No somos curas, ni políticos. Ni filósofos.
–Esto no funciona así, David. No se trata de conocimientos académicos o profesionales. Tiene que ver con los extremos, con defender el Odio o el Amor.
Silencio, mariposas en mi estómago. David:
–Esteban… Escúchame. Tienes el cerebro frito. Y lo entiendo, no creas que no. Yo llevo sólo unas horas aquí y ya estoy jodido para siempre, pero Pauline no te puede ayudar.
–No sé si puede, pero es la primera persona que le cae bien. que le cae bien.
–Pero ¿te estás escuchando, tío? ¿A ti te ha dado esa impresión cuando hablaban antes?
–Esa cosa me odia, y también a Muriel. No quieras saber las cosas que nos ha hecho. Lo que nos ha hecho hacer.
–Es verdad. No quiero.
–Yo sí –interviene Pauline, aún aparentemente hastiada.
–Joder, Pauline.
Ahora se hace un silencio que parece no terminar. Esteban se frota la cara con las manos, intentando sacudirse no sé qué;
–Esa cosa nos amenazó con cortarle el cuello a nuestra hija. Se presentó de madrugada en nuestro dormitorio con un cuchillo de cocina y se lo colocó así. Y sólo es un ejemplo.
–Y qué, sigue –dice Pauline, firme y dispuesta a no dejarse impresionar, como si ya hubiera trascendido eso.
–Nos hace hacer cosas. No…
–¿No habéis probado a esconder los cuchillos? –dice David.
–No es así de sencillo –susurra Pauline.
–No es así de sencillo –repite Esteban–. Recuerda que no es una niña. Ya hemos pasado por todas esas fases, esos juegos de estrategia. Puede cortarse el cuello o simplemente partírselo contra la pared.
–Puede tirase por una ventana; lo que sea –murmura Pauline–. Pero no se iría de casa.
–Yo también lo creo, no se iría –subraya Esteban.
–¿Pero entonces…?
–No sabemos lo que quiere, David. No tenemos ni idea. Que sepamos no tiene ningún objetivo.
–Sólo seguir así –dice Pauline.
–Sólo seguir así.

18. “Cógeme por el cuello, fuerte”

Esteban nos introduce.
La palabra demonio viene del griego demon, que significa genio. Se describe como algo no humano y casi siempre malévolo. Toda la nomenclatura ha ido evolucionando hasta volverse confusa. No hay un canon a no ser que quieras crearlo. La literatura ha ido maleando los conceptos.
–No sabemos con seguridad prácticamente nada –dice Esteban–, hay un exceso de información y es imposible intuir qué es fiable y qué son sólo supersticiones.
–Entonces qué –dice Pauline.
–Muchos textos coinciden en que el objetivo de un demonio es contribuir al ascenso del Maligno, del Ángel Caído. En teoría lo haría seduciendo con mentiras, pero el Padre Luis nos dijo que no han de ser necesariamente mentiras, sino sólo lo que necesitemos oír.
»El objetivo global es hacer uso del “poder de las tinieblas” para combatir a “aquellos que guardan los mandamientos de Dios”. Un demonio odia la Luz, que es Cristo, y busca “arrastrar a los hombres hacia sus propias tinieblas”.
Silencio. Sigo aquí. Esto está pasando.
–Supongo –murmura Pauline– que todo eso te suena a ti tan abstracto e impreciso como a mí. O si no, tendrás que hacerme de traductor.
–Lo que tenemos ahí arriba, dentro de mi hija, estaremos de acuerdo en que no suena como una niña. Pero tampoco suena como muchos adultos. No sé vosotros, pero a mí me da la impresión de que dice lo que sea que necesitemos oír.
–¿Lo que necesitamos oír para qué?
–Para perder la fe.
–La fe en qué, Esteban, que yo sepa aquí nadie se dedica a “guardar los mandamientos de Dios”. Aquí nadie cree, Esteban.
–Ya. Eso piensas al principio, pero si haces un repaso de los mandamientos, en realidad son valores genéricos relacionados con el Bien, y si no se hace una lectura literal, poco importa que te consideres o no católica, Pauline, porque a la práctica lo eres en lo esencial.
»Y no solo eso. Lo somos y no nos suele caer bien la gente que no lo es, que no tiene esos valores.
Pauline da un sorbo de su copa de vino. El discurso de Esteban toma forma. Primero parece disperso, y luego se reordena de un modo estéticamente coherente.
–Lo que me gustaría es que alguien hablara con esa cosa y lograra agrietar el discurso, provocar un toma y daca. Porque creo que hay algo… Creo que hay algo grande cociéndose, creo que lo que pasa aquí puede ser una parte ínfima de algo enorme que está a punto de suceder. Es como si fuera el momento adecuado; ahora hay olas de un neopuritanismo increíblemente hipócrita que abren una puerta que…
–Colega –interrumpe David, gesticulando–, colega… ¿Tú te estás oyendo?
–¿Por qué dices eso? –interviene Pauline, clavando los ojos en Esteban.
–El Padre Luis dijo que había llegado el momento. Que el principio del Fin llegaría cuando los mayores fueran generacionalmente más inteligentes y honestos que los jóvenes por primera vez en la Historia. Es como si se hubiera completado un ciclo: la gente joven vuelve defender valores del pasado, limitaciones, vuelven a apoyar discursos cerrados y a tener actitudes sectarias.
»Aunque os suene absurdo, hasta ahora el mundo era de los de Arriba, pero ahora podríamos estar en un punto de inflexión, donde intervendrán los de Abajo.
–¿Lo que quieres decir es que “los de Abajo” intentarán evitar que los jóvenes nos devuelvan a un mundo teóricamente más católico, para no perder un terreno que estaban ganando?
–Más bien todo lo contrario, Pauline, los de Abajo quieren meter baza porque los jóvenes han abierto una puerta enorme a la Ignorancia, una puerta inédita que cambia el órden habitual. Y por esa puerta entrarán Ellos.

19. “Por dentro es rosa, por fuera mariposa”

–Creo que lo que hace que te pierdas, Pauline, es la estética del Bien y el Mal que hemos tenido siempre. El Bien y el Mal reales no responden necesariamente a la iconografía popular.
–Creo que tendrías que ponernos ejemplos concretos para que entendamos todo este rollo, tío –interrumpe David, algo crispado.
–Está bien. Quizá no sea un ejemplo estrictamente basado en una realidad, pero pensad en la música. Siempre se ha dicho que la gente cuando se hace mayor no entiende la música de los jóvenes, y que por eso piensa que la de su época es mejor. Pensad en la música comercial de ahora y comparadla con la de hace veinte años. La gente mayor sigue diciendo que la de su época es mejor. Lo que intento deciros, es que por primera vez la gente mayor tendría razón. Y no sólo en eso, sino en una cantidad ingente de materias. Los jóvenes pueden seguir siendo académicamente competentes, pero han dejado de tener algo Vital, como si observaras un conjunto de cualidades profesionales con el alma corrupta.
»Se ha abierto una puerta al Mal. Es lo que intento deciros. El Mal no es ponerse una falda corta, sino prohibirla o señalarla. El Mal no es contar un chiste, sino denunciar al cómico porque el chiste no te ha hecho gracia. El Mal no reside en las Ideas, sino en las Ideologías. El Mal no es intentar ver el mundo tal y como es, sino teorizar de forma interesada sobre cómo es.
Pauline y David hacen un silencio. Esteban espera a que se asiente el concepto.
–Es una brecha en Occidente, algo completamente novedoso. Gente de veinte años decidida a poner límites de los que la gente mayor se ríe. Gente muy joven que no entiende de los deberes que conlleva la libertad, de sus riesgos inevitables.
»Que creen que la intimidad y el placer han de ser intervenidos y politizados. Exigen libertad de movimientos sin aceptar los riesgos que esa exposición supone. No creen en Dios y bromean con el Diablo, pero sólo saben jugar a ser dioses para regocijo del Diablo. No es el ímpetu juvenil de toda la vida, es algo muy distinto.
–Soberbia –murmura Pauline.
–Un tipo de soberbia inédita hasta la fecha.
–Entonces qué –dice David, no muy confiado–, ¿los jóvenes son los ejércitos de Satán sin saberlo?
–La mayoría de jóvenes no son así. Pero basta con un colectivo simbólico. Y algunos adultos se ponen de su parte, porque creen ciegamente en la lógica de lo novedoso, en las nuevas sensibilidades.
»Si yo no voy desencaminado, esto es una cuestión de energías que se contraponen, y ahora la energía Negativa tiene refuerzos con los que NUNCA ha contado.

Estoy bullendo por dentro. Me imagino abriendo una silla plegable, con palomitas en alguna azotea. Adelante, estoy listo. Sólo un poquito más, las venas se están marcando.

20. “Me encanta quedar salpicada”

Como casi siempre en la vida, nos falta una parte importante de la información. Pero hoy es un día especial. Fuera empezó a tronar hace unos minutos, y ahora cae una lluvia que azota el casoplón causando un estruendo. Mientras subimos las escaleras, se me escapa una sonrisa silenciosa. Mi actitud no es ni de lejos la misma de hace unas horas. Entonces me hubiese cagado ante esta perspectiva, sea la que sea.
Pauline ha insistido en que la acompañemos, pese a que Esteban prefería que ella conversara sola con Caterina.
Cuando llegamos frente a la puerta de la habitación, Esteban llama con los nudillos.
–Caterina. Voy a entrar.
Apropiadísimos segundos de cortesía.
Cuando entramos, la habitación está casi a oscuras, sólo una lamparita encendida. Pauline se lleva la mano derecha a la boca y aparta la mirada, aunque parece más interpretarlo que sentirlo. David se cruza de brazos, se vuelve de espaldas.
Muriel está desnuda y acostada en posición fetal. Caterina yace en pijama sobre unos almohadones, trasteando en lo que parece el móvil de su madre. Entre ellas hay un consolador negro y muy grueso de unos cuarenta centímetros. Muriel está tumbada sobre un charco.
Pensamos exactamente lo que queremos, pero no tenemos mucho margen.
Esteban decide no soltar prenda; se coloca en un rincón de la habitación cuando ve que Pauline ha respirado hondo y ha cogido las riendas. Ha colocado una silla frente a los pies de la cama. Se ha sentado.
Muriel está dormida, aunque parece en coma. Esteban reacciona y decide despertarla, se la lleva a su habitación. Ella no rechista, como si al vernos aquí hubiera pensado mil veces en ello.
Esteban tarda sólo unos segundos en volver y se instala en el rincón de antes. David y yo nos quedamos de pie cerca de Pauline. Estamos casi en penumbra.
La comisura de mis labios.
La euforia.
La habitación del video.
“Caterina”:
–Los medios generalistas no podrían ser más risibles. En realidad todos los medios que se consideran serios.
Nos enseña la pantalla del móvil un momento, teatralidad.
–Debe haber habido miles de casos de posesión evidente en los últimos dos años, un repunte salvaje, significativo. Niñas, niños, adultos… incluso mujeres, que ahora les encantan. Pero para encontrar alguna noticia al respecto tienes que pasarte horas buceando en blogs y canales de youtube de capullos y pederastas que no tienen ni puta idea de lo que hablan. La mayoría ni siquiera se lo creen.
Sigue navegando, la pantalla parpadea.
–¿Pero sabéis cuál es el peor pecado? Tampoco te saben contar una historia. No saben ni comunicar ni narrar. Sólo dar grima.
Pauline decide usar el respaldo, cruza las piernas. Caterina lanza una mirada, como si se acabara de percartar de su presencia.
–Hola, Marion. ¿Ya te han untado?
–¿Puedes desarrollar todo eso?
–¿Hum…?
–Todo… eso.
–¿Es que no habéis hablado con mi papaíto?… Creo que ya tiene amigos hasta en el Vaticano.
–Hemos hablado, pero queremos oírte a ti.
–Si se trata de la fecha, ha sido simple y llana casualidad. Técnicamente ya no es Halloween. Es verdad que es de noche, y que ahora llega lo interesante, pero, como digo, sólo ha sido casualidad.
Qué ha sido sólo casualidad, si se puede saber.
Silencio.
–Así que era verdad. La buena e inteligente Pauline no era ni tan buena ni tan inteligente. Marion, que es capaz de lucir igual de bien con una copa de champán entre los dedos que con una polla por el ano. Elegante hasta con toda la cara salpicada.
–Hace mucho que no me impresionas. Sigo esperando tu versión de los hechos.
–Me gusta que hables como si esto sólo fuera un caso de dolo. Como si después fuese a salir el sol otra vez.
–Creo que estamos perdiendo el tiempo.
–No. Hoy si una cosa no se pierde es el tiempo. Hoy el tiempo se acaba, Marion. ¿Eres creyente?
–No.
–¿No?
Caterina, su huésped, se comienza carcajear. Risas de niña, hoy no hay “efectos” visuales ni sonoros. Aprieto los puños, me sudan las manos.
–Bueno –añade eso–, tampoco ibas tan desencaminada. Sólo estabas completamente equivocada.
–Por qué la posesión. Qué tiene que ver –dice Pauline, con firmeza.
–Hay que sembrar, Marion, generar las condiciones adecuadas. El mundo se impregna de lo que se hace en él.
Y hemos estado sembrando.
–Hay que abrir muchas puertas.
–¿Se acaba el mundo esta noche? –pregunta Pauline, con tono de cuestionario burocrático.
–Marion no es inteligente pero es la lista de grupo. ¿Verdad, papaíto?
–¿Y cómo se va a acabar exactamente?
–Bueno, no se va a acabar el mundo en sí, se va a acabar tu mundo, Marion. Pero no te puedo negar que va a haber bajas. Las cosas no cambian dejándolo todo intacto. Incluso con vuestro Dios ha sido siempre así.
–Qué pasa con Dios… ¿Ha perdido algún tipo de partida?
–Dios perdió desde que os hizo a su imagen y semejanza. Aquí supongo que no hay creyentes, así que no molestaré a nadie si digo que Dios es mezquino, un hipócrita, extremadamente morboso y cruel. Dios se quita el reloj antes de hacerse una paja, y cuando folla a veces hay que levantar un cadáver después.
Pauline se recoge el pelo en una coleta, lo sujeta con una goma;
–Creo que te has desviado.
–Sólo hablo en vuestro idioma, Marion. La Verdad está enmarcada en unos códigos, en un lenguaje y un desvío de la Ética tal y como la conoces que ahora no te puedo enseñar. Y no hablemos de la moral. Con la moral tenéis la picha hecha un lío fenomenal.
–Qué es lo que nos espera exactamente.
–¿A vosotros?… Qué se yo, Marion. Responsabilidad personal, aprendizaje, quizá una orgía puntual. Depende mucho de vosotros.
–¿Me estás diciendo que no vamos a morir todos?
–¿Sabes? Creo que aún no te lo crees del todo, o que no te importa demasiado ya, y que por eso seguimos aquí de cháchara. La verdad es que no, no vais a morir todos según tu idea de la muerte, pero sí la mayoría. Es lo que pasa cuando dos mundos chocan. Hace falta un tiempo para que se fundan y formen uno nuevo. El futuro siempre es una jodienda, ¿no, Marion?
»Bajo vuestros parámetros, quiero decir.

David y yo no queremos interrumpir el diálogo, pero nos da por mirar por la ventana. Alguien, un crío, se ha lanzado corriendo contra un muro en una casa vecina. Se ha reventado la cabeza. Una mujer ha ido en su busca, todo bajo la lluvia. La tormenta apaga el llanto.

Caterina nos ha visto mirar, creo que con cierto regocijo.
–Estáis aquí alrededor de mí, cuando lo interesante ya no está aquí, Marion, está fuera, por todas partes.
–¿Qué es lo que hay fuera?
–¿Quieres que use una metáfora? Sé que os encantan.
–¿Qué es lo que hay fuera?
–Un capullo floreciendo, Marion. Girasoles dándose la vuelta. Mamá chorreando toda la cama.
Marion se levanta, redirige la mirada. La tormenta sigue atronando, insistente, invariable. David mira a su valiosa y valiente novia, y, como aturdido, como si tuviese cinco años y viera nevar por primera vez, dice:
–Las nubes son rojas.

21. “Mamá y Papá, no lloréis así”

–¿QUÉ es lo que pasa ahí fuera?
–Una mujer acaba de parir, Marion.

22. “Así está bien, pero no te pares”

Nos parece mejor ir todos en un solo coche.
Ahí fuera.
Ni siquiera hemos puesto la tele a ver qué dicen, como si no tuviera sentido.
La digestión más importante de nuestras vidas. Sembrando más de la cuenta. Atragantándonos con la realidad. Hasta nos hemos traído a la “cría”. Muriel no quería “dejarla sola”. Muriel habla como si nada hubiera pasado, como si su niña fuese su niña. Hasta la lleva en sus rodillas.
El cielo es rojo, David no deliraba. Las nubes parecen furiosas, siguen descargando. Llama la atención que aun así varias casas de la colina estén ardiendo. Desde un recodo tenemos un atisbo del centro de Periferia. Varios incendios en disputa con la lluvia.
–¿Quién provoca esos incendios?
Pauline no quiere que la conversación termine.
–En tu mundo a veces los provocaban amas de casa aburridas, Marion.
–¿Por qué el cielo está rojo?
–¿Por qué se enciende la tele cuando aprietas un botón? Las cosas son como son, Marion, yo no lo sé todo.
–Pero… ¿Por qué sigues con nosotros? ¿Por qué sigues en esa cría?
–Aún no puedo materializarme como quisiera, y quiero ver cómo reaccionáis, cómo os adaptáis.
Nos dirigimos al mirador más alto. La Sierra del Zapatero. David conduce, y no tiene nada que decir al respecto, parece en trance, mecánico, práctico; puede que nunca se haya sentido más vivo.
–¿Dónde está esa mujer?
–¿El Vientre? No lo sé, ahora es irrelevante.
–¿Cuándo empezó todo esto?
–Siempre ha estado ahí. Habéis hecho méritos. Habéis agotado Discursos y Sistemas.
–Si te pregunto qué va a pasar ahora, no me vas a responder.
–Puedes intentarlo, Marion.
–Entonces qué va a pasar.
–No lo sé.
Sonrisa. Sonrisa. Pequeña carcajada.
–Tú estás con ellos, con Él, con Ellos o lo que sea, tú vienes de ese mundo ¿no?
–Para qué tú lo entiendas, querida, es probable que pase algo parecido a cuando aquí una civilización más avanzada colonizaba lugares atrasados y más crueles.
–¿Quieres decir que el mundo va a ser mejor?
–No necesariamente, Marion. Pero fácilmente será más justo.
Cuando nos queremos dar cuenta, el coche se detiene. Salimos y nos acercamos a unas vallas de madera.
Esperaba que hubiera gente, más gente, no sé por qué. Gente mirando.
Las vistas son desoladoras, pero también espectaculares. Periferia arde, incluso explosiona. Y no solo Periferia. Al fondo se puede atisbar un resplandor en el cielo, seguramente Sonora, supongo que el mundo entero.
No deja de llover.
Caterina se acerca y me coge de la mano.
Se me pone la piel de gallina. Tira de mí para apartarme un poco del grupo, y luego para que me agache.
–Observa –me dice.
Al paso de los segundos, mis supuestos amigos parecen olvidarse de que llueve. Luego se acomodan en la valla de madera. El hecho terrible parece convertirse poco a poco en experiencia plausible. Al final no llegó la Tercera Guerra Mundial. Al final era esto: esto que no sabemos qué es. Otra vez.
David abraza a Pauline. ¿Se sonríen? Esteban intenta hacer lo mismo con Muriel, pero esta le empuja y le pega en el pecho con los puños cerrados.
Esteban se revuelve, ante los ojos de todos. Tira al suelo a Muriel. Nadie reacciona mientras destroza a puñetazos la cara de su mujer.
Miro a Caterina. Me mira, asiente, como si bajo todo aquello estuviese creciendo algún tipo de lógica horrenda y aplastante.
Cuando la cara de Muriel ya solo es pulpa, Esteban toma aliento, evoluciona con parsimonia y se apoya contra la madera. Pauline, que horas atrás hubiese reprendido cualquier gesto de violencia, acaricia su brazo.
Caterina me dice:
–Ve con ellos.
Por primera vez el día de mañana es una incógnita real y no solo potencial. Pienso en mi madre, ¿habrá muerto? ¿Me importa?
Cuando veo de cerca las caras de mis colegas, con el pelo en sogas empapadas, no puedo evitar sonreír. Lo más extraño sobre el papel es que no me choca cuando ellos también lo hacen.

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6 comentarios sobre “Euforia

  1. Sobrecoge, por lo cotidiano y verosímil que es. Y muy buenos los títulos que comienzan cada parte, salvo algunos con palabras tontis como sarasa… Enhorabuena!

  2. Es tan real que aturde. Es decir, la hipocresía, los sentimientos enterrados bajo toneladas de socialidad, la involución humana a contramano de la evolución tecnológica. Eso y todo reducido a “córrete nene!”, simplemente genial.

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