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Tus violadores favoritos

La testosterona se ha devaluado, o al menos eso dicen. Pero ahí estamos, lo que según quién llamaría: cuatro hijos sanos del Patriarcado. Hombres blancos, todos hetero. Tan hetero que escupimos al suelo, nos recolocamos el paquete en público, pisamos flores y pateamos mascotas. Estamos hechos de carne y comemos carne a granel. Quedamos para ver el fútbol, le rezamos a la Diosa Cerveza. Ya no somos un buen ejemplo para nadie.
Sólo queremos sexo, sin compromiso; y de tener un crío, por supuesto queremos un varón; nada de niñas caóticas, frágiles y porculeras.
Lo que se dice en ciertos círculos es que violaremos a una mujer en cualquier momento. Sólo es una cuestión de tiempo. Porque no sabemos contenernos. Nos han educado así, nuestros padres currando como cabrones, nuestras madres dando el callo en la cocina.
Somos los nuevos liberales, lo que queremos es pasta, pasta gansa, y hundiremos aún más a los pobres para conseguirla. Seremos los más ricos del cementerio y se nos recordará como ese pasado neomedieval con móviles inteligentes y fotopollas a tutiplén.
Somos los últimos consumidores de porno. Somos los últimos amantes de los coches, las motos y las chicas jóvenes que aún saben oler bien, sonreír con gusto y follar con ganas.
Somos el atracador, el asesino, el terrorista, el homófobo, el machista, el banquero y el electricista. Somos el altavoz de guarradas vertidas con saña desde el andamio.
Y lo somos todos. Basta de excusas. Ni uno solo de nosotros se libra. El color de la piel y el colgajo entre las piernas nos delata. Y además casi todos somos feos. Acosadores y encima feos. Todos cuñados, primos, hermanos de no sé quién, padres de Fulano, novios de Mengana, abuelos fascistas, racistas, muy racistas. Eso también es típico de nosotros: no queremos negros ni chinos ni moros. Como mucho alguna mulata a la que abrirle el culo y darle el biberón.
Todo eso somos. No hay más que vernos. Y no vamos a lloriquear, no señor. No tenemos salida ética o moral, no podemos decir ya que no tiene sentido generalizar. De modo que lo mejor es aceptarnos, querernos tal y como somos. No existiría nada bueno si no fuera por contraste.
Somos tus mejores amigos. Tu justificación. Tu centro de la diana perfecto, tu centro de gravedad ideológico. Somos tus violadores favoritos. Da igual qué seas, cómo seas o de dónde vengas. Somos escoria, pero sin nosotros no eres nada. Tu símbolo, tu bandera, tu entorno inmediato, tu cámara de eco… todo eso se vendría abajo sin nosotros.
Somos tu gasolina principal.
Mírame a los ojos y di que no nos necesitas.

Vaya cuatro patas para un banco. Gabriel ríe y da asco. Manuel nunca se lava el prepucio. Miguel folla a cualquier precio. Yo les quiero y les admiro, aunque más les quiero que les admiro. Vamos por ahí oliendo culos, comentando culos, señalando escotes y eructando entrecots. Olemos a huevada peluda y frisamos los cuarenta. Puede que la última generación de villanos; todo lo que viene detrás huele bien y está cabreado. Nosotros reímos a carcajadas, casi echando de menos una guerra. Contar chistes entre trincheras, pasear entre cadáveres dando patadas a las piedras. Fingir que no lloramos, que echamos de menos a alguien o que un brazo menos tampoco es para tanto. Hombre mata hombre, hombre gana – hombre pierde. Querríamos ligar con la enfermera de la fábrica reconvertida en hospital.
Matar a alguien otra vez.
Por qué no.
Enterrar a alguien con nuestras manos.
Llevar la medalla al mérito a los padres de algún finado.
Ser los roñosos veteranos de guerra que se espera de nosotros.
Parece evidente que somos menos hombres sin poder combatir.
Volveríamos a casa en nuestra bonita silla de ruedas. Lucy quizá aún nos aceptara, Kimberly puede que se buscara a alguien con piernas.
Si la polla aún nos funcionara, podríamos hacernos unas pajas antológicas pensando en nuestra ex con su nuevo maromo, imaginando que la tiene mucho más grande que nosotros, la usa mejor y a ella le encanta: corriéndonos a base de pura autohumillación.

Los hombres de la Historia quizá nos entiendan. Somos una masa homogénea de semen, malas decisiones y vomitonas de borrachera.

Aunque hay otras grandes fantasías típicamente heteromasculinas, ¿verdad? Esa cima del rascacielos. Encenderse el puro con un fajo de billetes ardiendo. Vestir trajes ridículamente caros que no sabemos apreciar. Contratar a la secretaria buenorra, entregada y sin planes de embarazo. Follar con ella cada día en su descanso para comer. Hablar por teléfono con otros hijos de puta con los que competir a ver quién mea más lejos. Reírnos sólo de puro ricos, y luego traicionarnos de la forma más rastrera.
Subir y sólo subir. Porque arriba el aire es más puro. Aunque cueste quince horas de despacho al día durante cuarenta años. Podremos presumir de yate, parienta, hijos relucientes, amante y casoplón. Casi como políticos de toda la vida, otros puteros con los que por supuesto nos codearemos. Daremos pequeños paseos entre los esclavos que reman. Hablaremos de piratas como si nosotros no lo fuéramos. Desperdiciaremos nuestra vida mientras no pocas mujeres envidian nuestra vida. Los roles de género están llenos de paradojas, incluso cuando meas de pie y naciste crudo.

Lista de cosas quizá no tan evidentes sobre los tíos blancos hetero:
–De vez en cuando nos palpamos el pene y los testículos, para asegurarnos de que siguen ahí.
–Nuestro pene nos gusta, sobre todo en erección, lo miramos durante horas.
–Nos va la maquinaria pesada, y también las armas. Las vemos como una extensión y/o imitación de nuestro pene.
–Nos miramos el pene en el espejo, lo zarandeamos, siempre en erección.
–Nos medimos el pene, más o menos veces según lo grande que pensemos que es.
–Nos preocupa el grosor de nuestro pene.
–Nos gusta ver cómo nuestro pene entra en una vagina o un culo.
–Si una mujer tiene las manos pequeñas, enseguida calculamos lo grande que parecerá nuestro pene agarrado por ella.
–No gusta más decir polla que pene, pero nos adaptamos a regañadientes según el contexto.
–Nos chiflan los chistes de penes.
–No nos gustan los juguetes eróticos, la mayoría son malas imitaciones de penes. Y sobre todo irreales imitaciones de penes.
–Pene, pene, pene, polla, polla, manubrio, pollón. Nos gusta hablar de ello. Poner el tema sobre la mesa, literal y metafóricamente.

Quizá no eran cosas tan poco evidentes, pero esto forma parte de un proceso de autoaceptación. Está bien decir: Mira, esto es lo que soy, lo que somos, todos. Así mejoraremos el mundo. Lo he aprendido muy bien.

Hablaba de mis colegas, pero poco importa, podría ser cualquier grupo de tíos. ¿Gabriel? ¿Manuel? ¿Miguel? Olvidemos sus nombres (además parecen inventados), y también su entidad. Remarquemos su identidad. Somos Hombres o Mujeres, Heteros u Homosexuales, Blancos o Negros, y así un largo etcétera de grupos que ya no pueden cobrar sentido de otra manera. Tu Etiqueta te define como Opresor u Oprimido, y según dónde encajes tienes mucho que sufrir o un huevo de deudas con la Historia. Es un milagro que algunos no se hayan rebanado ya los testículos con un cuchillo jamonero.
Tengo un colega que aún no ha violado a nadie. No diré cuál de los nombres potencialmente inventados. Y le decimos:
–¿En serio, ni siquiera un magreo, ni un morreo a la fuerza?
Un tío que pasa por la vida sin provocar lesiones genitales ni trauma alguno. Y el resto nos lo quedamos mirando como si no tuviera cojones.
Así funciona en nuestras dinámicas de grupo. Las veinteañeras feministas tienen razón. Hacen bien con vivir aterrorizadas. Hay un fulano blanco apestoso con la polla enferma en cada esquina. Lanza gruñidos y pide bragas usadas por correo. ¿Y quién le puede culpar?
Es Míster Construcción Social.
Somos todos clavados. Sólo disimulamos. ¿Padres tiernos y considerados? ¿Novios atentos y cariñosos?
Disfraces. Todos pueden ser tu asesino, tu violador, tu torturador físico o mental. Nos lo dan con el biberón. No son gritos de bebé, son reclamaciones, queremos nuestros privilegios, y los queremos YA.
No nos damos cuenta, pero es tal cual. Sólo algunas personas particularmente lúcidas han sabido verlo. El miedo, el terror, la jerarquía. El mundo es así de sencillo. No lo hemos inventado nosotros. O mejor dicho, sí, de hecho, sí.

Que digo yo, algún Relato habrá que abrazar. Y no querrás ser el facha de la habitación. Te van a intentar confundir con un montón de monsergas sociológicas, biológicas, antropológicas, de complicados grises y matices. Es la extrema derecha, siempre tienen una excusa. Te dirán que no, que son abogados, o científicos, quizá sean feministas desfasadas que eran activistas en los ochenta o los noventa. Te van a llenar la cabeza de pájaros relativistas. Van a tomar en consideración millones de elementos desestabilizadores, apolíticos, fríos, terribles discursos de ultraderecha difrazados de racionalidad.
Nanay.
Los tíos blancos hetero somos tu centro de gravedad ideológico. No puedes olvidarlo. O esa criatura joven e idealista que llevas dentro, se apagará. Se acabará la lucha tal y como la conoces, el enfrentamiento nítido y claro. La motivación morirá. Y no puedes permitirlo.
Cuando me hables parecerá que te tomo en serio, que me estoy deconstruyendo. Quizá incurra en contradicciones y después me sonroje. Parecerá que intento aprender. Pero lo cierto es que sólo estaré pensando en tu coño. En tus bragas mojadas. En la posibilidad de que pierdas de vista la Causa, y me dejes acceder a la causa de casi todo. Lo único que puede competir con el dinero.
Villanos, Malvados, Violadores y Opresores. Estamos más vivos que nunca.
Que se haga el silencio, abrid paso, y traedme a la menor.

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Lo de escribir

Sal a vivir aventuras, conoce gente, viaja, peleate, peleate a puñetazos con alguien, ¿nunca lo has hecho?, ¿ni de crío? Folla, folla mucho, o aún más complicado: enamórate, a ser posible que no sea correspondido. Sufre, dale vueltas hasta que el cerebro se dore, provócate unos meses de insomnio. Ve a urgencias sin saber muy bien por qué. Dile al médico que te duele todo, sobre todo el costado izquierdo, el brazo. Torea la ansiedad. Provoca violentas discusiones. Llama un día puta a tu madre, hijo de puta a tu padre. Culpa a los demás de todo lo malo que pase, o cúlpate sólo a ti mismo, encógete y llora por todas las desgracias del mundo. Abraza el miedo, mucho más de lo necesario, piensa en la muerte, que siempre toca. O prueba las DROGAS, deja que te guíen y a ver dónde te llevan.
O tira una colilla encendida en el bosque.
O arriesga aún más: Ten hijos.
Acumula un montón de cosas que perder sin salir nunca de pobre. Invierte emocionalmente todo lo que puedas. Cásate y después búscate una amante. Intima con chicas de veinte, diles que te asombra su inteligencia.
Envejece. No es que sea evitable, pero regodeate, observa tu decadencia en el espejo.
Prueba tu semen, tu pis y tus heces.
Levántate en medio de un convite y di que la novia se tira al hermano de. Y que lo sabes porque también se te ha follado a ti.
Miente cada vez que puedas. O aún peor: di siempre la verdad.
Haz un montón de planes. Eres emprendedor, un explorador, el horizonte te quiere, la montaña te guiña.
Arrástrate. No es que esto sea tampoco evitable. Di que eres demasiado perfeccionista en las entrevistas, y deja ir la risa.
Recalca los identitarismos, márcalos a fuego. Que nadie olvide en ningún momento su condición de mujer, negro, trans o tío blanco hetero. Juega la culpa blanca, enciende la mecha de los fuegos más modernos.
Intenta no suicidarte; impacta en el momento pero es cortante, y a medio plazo, aburrido.
Construye o destruye, no importa demasiado, siempre que el paisaje sea resonante.
Haz el amor en las pausas entre polvos. Descubre a los cincuenta que a los treinta no era amor. Divórciate y celebra con alcohol si no tienes hijos.
Habla con el fantasma de tu abuela. Pasea por el cementerio. Recuerda las maldiciones de tu abuelo.
Acumula espectros. Haz diógenes de intangibles. Fantasea con la salud plena o la enfermedad terminal prematura. Vuelve a reconstruir mentalmente tu funeral, toda esa gente mirándose, con cara de circunstancias.
Haz ejercicio hasta que el cuerpo se marque y seas canon. Úsalo. Destapa la hipocresía alrededor. Trafica con la belleza “objetiva”. Ponles un espejo a todos enfrente: delgaduchas, alfeñiques, gordos sebosos y vacas que ríen. Tumba los discursos “inclusivos” perfectos, toca ese timbre y sal corriendo.
Transita las costuras éticas. Quítale el disfraz de moral al paternalismo, la capa de barniz al victimismo. El mundo es enorme e increíblemente complicado: recolócate el paquete y sácale partido.
O si no di a menudo: “Chúpame el coño”.
Todos aman lo amoral. Haz como tu cerebro, deja fluir las cosas más terribles. Las perlas están en el charco marrón. Vas a tener que hurgar entre el barro, las bacterias y la mierda de gato. Hazte con una mascota, por cierto. Hazle fotos al felino hasta que articule su discurso de odio completo. Reconoce por fin que no mereces el amor de tu perro. Come carne siempre viendo National Geographic. O hazte vegano y cuenta que has encontrado el tesoro al final del arco iris.
Todos aman lo inmoral. ¿Me dices que no vas a matar?, ¿no vas a violar?, ¿a bombardear?, ¿no arrasarás el puñetero planeta? ¿Y pretendes que me lo crea? Te veo revolviendo en el estómago abierto a cuchillo de la persona que más quieres. Te veo metiéndote de cabeza, buscando respuestas, buscando a Dios. Y después el móvil, que se te ha caído. Vas a matar y a vejar, porque quieres la paz eterna pero te hicieron de carne. La estadística de violaciones baja dramáticamente en los países con mayor y mejor acceso al porno. La contradicción no es torpeza, es la norma, la premisa, el sempiterno tablero de juego.
Da igual si la Barbie o el Cromañón. Vas a flirtear con todo eso, tu hondo y jodido fuero interno. La igualdad de resultados no es deseable, la jerarquía es inevitable. El Poder transformaría incluso a tu novio el mosquita muerta. La coyuntura conquistará a tu novia la licenciada. Vas a volcar sin querer un montón de tinteros con tu pluma de ganso. A veces te temblará el pulso, en ocasiones te odiarás, pasarás vergüenza, quizá rías o llores. Puede que incluso olvides que NO se trata de tener razón.
Nunca sale perfecto, nunca perjudica a nadie de verdad. Sólo brilla e inspira o nunca se iluminó.

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