Política pop

F se ve a menudo a sí mismo reventado en el suelo tras haber saltado de un décimo piso. Es una de las opciones. Pero le falta valor, y prefiere ver cómo y cuan fondo puede caer.
Hay algo que le resulta aberrante en la obstinación con que la mayoría de gente afronta el transcurrir de sus vidas. Muchas veces fantasea también con eso, ser más así, encarar las cosas al modo del fulano anónimo que nunca hará nada importante, relevante, creativo, sólo sobrevivir sin hacer excesivo daño a su alrededor. Disfrutar de lo nimio, desterrar el orgullo, prescindir del ego, conformarse sólo de la cantidad mínima necesaria de dignidad. Poder decir que no ha matado, no ha sido ladrón de profesión y ha sacado lo que ha podido del capitalismo.
F es: todo hijo de vecino.
Fulano de tal. Otro de esos tipos que hace veinte años que no ve a sus primos. Inocente de todo delito pero a la vez “hijo sano del Patriarcado”. Inofensivo pero en estos tiempos esencialmente malo. Un colaborador del Mal por “omisión”. Nunca ha salvado a nadie, ni siquiera ha tenido la oportunidad. F es el civil anónimo al que se etiqueta de un modo u otro según la época. Trabajos de bajo perfil y un folio en blanco en el que ciertos elitistas morales pintan cuales críos de tres años.
F es: gente.
Tiene un nombre sólo porque ayuda para los trámites burocráticos.
Un villano por defecto, tan pasivo que ni siquiera jode lo suficiente para contentar la sed de sangre de los activistas.

F podría estar ahora hablando en tercera persona de sí mismo, pero eso es irrelevante, porque de verdad, en serio, F es John Doe, Juan Nadie, el blanquito hetero que pronto parpadeará y se verá en la mediana edad. Si cayera de un infarto a los 54, o si alguien lo asesinara, a nadie le importaría un carajo; sus padres estarán muertos y sus allegados (no muchos) tendrán que continuar con sus vidas, que bastante es ya.
El “señoro” del siglo XXI. Culpable por no llorar, culpable por hacerlo. Exento de la masturbación por autovictimización.

Culpable de no salvar el mundo, y mira que es fácil.

Recuerda cuando dormía bien todas las noches, cuando se sentía protegido, del presente, pero sobre todo del futuro. Para romper a sudar tenía que jugar durante horas al fútbol. En el colegio se aficionó al baloncesto, en el pueblo de sus padres lo intentó con el tenis. Entonces siempre estaba delgado, siempre ágil, sano, bueno en los deportes, relajado en las clases de gimnasia.
Casi nulo para el resto, hacía amigos a duras penas y las chicas le aterrorizaban. Nunca veía el momento de “crecer”. Luego descubrió que eso nunca se ve, que en todo caso se hace, o más bien se finge. Pierdes agilidad y reflejos, echas barriga o te vuelves fofo, y hablas, largas toda clase de mierda confusa y contradictoria. Puede que te consideren inmaduro o por el contrario seguro y responsable. Tienes que actuar, literalmente, perfilar un personaje convincente, tu versión decidida, mayor, resolutiva. Puedes o no estar acojonado por dentro, pero todo depende de la cantidad de orgullo que estés dispuesto a tragar, de tu valentía para darte el morrazo de turno.
Ya de mayor, empieza a sospechar que, a un nivel personal, ha estado ideológicamente bastante perdido. Se siente utilizado. A los veinte decidió que no se puede ser apolítico, que eso es irresponsable. Así que miró a su alrededor y poco a poco lo fue entendiendo: si quería ser alguien sensato, si quería parecerlo, mejor dicho, tenía que ser “de izquierdas”. O eras de izquierdas o eras como uno de esos skinheads que se veían por la calle, que te atizaban a la menor oportunidad.
De ese modo se alineaba con el Bien. No hay nada más llevadero que un mundo sin matices. Buenos o malos. Inteligentes o tontos. Pacificadores o violentos. Izquierda o derecha. Culturalmente todo eran indicadores en esa dirección. Blanco o Negro.
Conmigo o contra mí.
Llegado casi a los cuarenta, sospecha seriamente de lo bobo, simplista y ridículo que es todo eso, de la pobreza intelectual que potencia.
Codificar el entorno, el mundo, a la gente pensante, es una labor titánica que carece de interés para los políticos, quizá ahora aún más que antes. La conciencia política se ha convertido en una trampa para el ciudadano de a pie. Si se involucra demasiado, corre el riesgo de convertirse en un vocero, un tonto útil, un fanático, un gilipollas. No hace falta ser un neonazi y raparse la cabeza para razonar como un skinhead. Hay distintos grados de pensamiento sectario, y el ateísmo no te salva de convertirte en un individuo que sigue una doctrina y sus escrituras. Hay muchas maneras de ser una persona tremendamente limitada, aunque sólo se cataloguen unas pocas.

F siempre ha tenido un respeto reverencial por las mujeres. Se le ha podido considerar incluso caballeroso, puede que algo anticuado. Según a qué tipo de feminista preguntes ahora, puede ser un buen partido, un tipo respetable, un fulano bastante rancio, un misógino o un maltratador potencial. Decir feminismo es una cosa, pero autoproclamarse feminista ya no significa absolutamente nada: podrías ser una persona perfectamente tranquila y cabal, o por el contrario profundamente desequilibrada, agresiva y llena de odio derivado de la militancia. Podrías decir “Soy feminista” igual que podrías decir “Bebo agua”: No das absolutamente ninguna pista, sólo quizá un poquito de miedo.
Quizá sea porque eso pasa en todos los ámbitos, o porque se ha puesto de moda la compra de packs ideológicos. Si no compras ninguno de esos packs se te considerará como mínimo equidistante, con las connotaciones ad hoc según quién te acuse. El pensamiento crítico está cada vez más cercano al espíritu McDonald’s. Todos muy sanos para comer, y luego pura grasa saturada para razonar. Cuando se trata de razonar tenemos que funcionar al estilo franquicia.

F siente que empieza a pensar por sí mismo por primera vez en su vida. No es que esté libre de la influencia ambiental, pero por fin ha confrontado enfoques y opiniones diversas para construir algunas propias.
Se ha dado cuenta de que el debate político parece haber acabado en gran medida en manos de burgueses. Gente acomodada de nuevo cuño que ha encontrado en la política una bicoca para la autoimportancia y el ego. Gente que tiene tan cubierto el aspecto material o práctico de la vida, que parece despreciar su yo animal y se ha vuelto “estudiosa” de lo moral en su vertiente más emocional. Abrazan ideas y palabras enormes que parecen no saber manejar, que a menudo ni siquiera parecen entender. Igualdad. Acoso. Terrorismo. Machismo. Discriminación. Homofobia. Transfobia. Violencia. Adoran las palabras grandes y delicadas, las usan, las manosean, las soban con el descuido y agresividad de un violador. Las utilizan como proxenetas a sus putas. Violación. Prostitución. Capitalismo. Género. Transversalidad.
Pocas palabras y muy mal empleadas, porque para llegar a cierto grado de comprensión de casi cualquier cosa, hacen falta muchas más. Miles de palabras para erigir argumentos relativamente sólidos, razón y no pocas conclusiones incómodas o indigestas.

Pero no. Porque ha llegado la
POLÍTICA POP: Lo mejor de la política de antaño con un toque moderno para los pequeños de la casa. Política para toda la familia, o casi. Política Disney en blu-ray en tu supertelevisiónplanadeimpresión, una calidad de locos, todo tan nítido que el trabajo de foto de la pelí se ha ido al carajo. Ver y repetir y vuelta a empezar, porque de verdad: ¡les encanta a los críos! Adolescentes, universitarios, Peter Panes y Peter Panas. Repetición y golosinas. Mmmm riquísimo, mujeres maltratadas y asesinadas, homosexuales humillados y fritos a hostias, homofobia en aumento, escalada de violencia, “violencia machista”, “terrorismo machista”, el perpetuo puño del Patriarcado en tu cara. Y ¿cómo no te va a afectar todo esto? ¿Es que no tienes alma? Esto es sistemático, de todos los días, de todas las esquinas, de todo el mundo, de –y por culpa de– todos los hombres: tu padre, tu hermano, tu amigo, tu pareja, tu futuro cuñado violador. ¿Es que no lo ves? Nadie vive sin miedo o culpabilidad, ¿lo vas a hacer tú? VÓTANOS, el resto son Hades, Scar, Jafar. Mira qué malos son, se ven tan bien en tu televisor, ¿de qué marca es? Nosotres tenemos uno parecido. ¿Venís un día a casa a cenar? Aix, ¿no chirría esta silla?

La descripción del entorno no siempre es una cuestión física. El piso en cuestión, sus muebles y su ubicación o incluso quién lo paga, todo eso no importa. Valga todo lo que se ha dicho antes para saber en medio de qué se encuentra F. Por lo demás, cuatro personas cenando un sábado, cinco con F. No es que haya burgueses como tal, pero sí se respira un ambiente burgués. Ahora hay gente a la que, pese a no tener pasta ni de lejos como ciertos políticos “anticapitalistas” de tremendista discurso moral, les gusta sonar como ellos. Les copian palabras e incluso frases completas. Han comprado sin pensárselo determinado pack ideológico, es lo que se vendía ahora en su trinchera política de confianza (medios, gurús, oráculos…). No quieren que parezca que son menos de izquierdas que a los veinticinco años, les aterra que alguien pueda decir o insinuar que sus ideas se parecen a las de un “cuñado”. Ciertas palabras ya secuestradas, el abrazarlas o evitarlas –todo en el único contexto que saben o quieren concebir–, determinan lo que están dispuestos a enseñar de sí mismos. La opinión del escaparate es la que cuenta. Lo que hay en la trastienda puede ser muy diferente, pero no saben cómo articularlo para que nadie piense que han caído en las garras de la equidistancia o la derecha. En realidad: extrema derecha, la derecha como tal hace años que no existe en su vocabulario.

Silvia.
F se la peló tiempo ha pensando en ella. Una vez pareció acercarse a él con planes de algo más. Cualquier arenga pretendidamente profunda le querrá quitar hierro al sexo, pero lo cierto es que el sexo es lo que determina el inicio de un noviazgo. “Algo más” siempre significa: sexo. El sexo es el final del camino o el pistoletazo de salida. Nadie que le haya quitado importancia considerará que estás con una persona si no habéis follado. Lo malo del sexo es casi todo lo que le rodea; es complicado encontrar ahora otra fuente mayor o igual de hipocresía pura.
Y entonces Silvia se lió con Víctor. F está bastante seguro de que él –mejor presencia, mejor curro, mejor en la vida– se lanzó a por ella, y que ella estaba cansada de estar sola o tonteando. Puede que llevara cinco meses sin novio. Para muchos tíos estar sin novia se llama: vida. Muchos más de los que pueda parecer, y la mayoría de veces por razones físicas. No hay que olvidar que la historia la escriben los vencedores.
Un buen físico es un buen punto de partida, un físico del montón requiere más personalidad, y un físico aberrante te cierra puertas que da gusto. Todo cerrado para conseguir pareja, y también para conseguir curro o hacer amigos, porque ser feo no te impide en absoluto ser gilipollas. Y aunque lo de la belleza y la fealdad sea una cuestión subjetiva, no nos engañemos, hay personas que logran un consenso casi imposible en otras áreas.
A quien tú sabes del barrio nadie le quiere ni en pintura, y no importa cuánto se esfuerce, de hecho si algo se castiga es intentar hacer amigos, intentar tener novia. Si se te nota el esfuerzo, estás jodido, y esa fase viene mucho antes que el colegueo o el flirteo.

Ramón odia su nombre y folla con Lara, que odia más o menos a todo el mundo. Y ya están los cinco. Gente es igual a problemas: cuanta más gente, más problemas. Esto no es ningún secreto, pero somos animales sociales, o eso se dice, algo que a veces le hace dudar a F. Le suena a conclusión colectiva a la que se ha llegado por contagio. Ahora F sabe que no hay nada más difícil en términos de crecimiento personal, que no ser otro. Es casi imposible no ser la copia de una copia de una copia. Ser tú mismo, con un buen puñado de ideas que no sean pura contaminación política, no solo es casi imposible, sino que además la mayoría de gente ni se plantea intentarlo. Unos porque creen que lo son, y otros porque, aunque saben en el fondo que son indistinguibles de un títere, no quieren dinamitar su entorno, amigos, contactos, quizá hasta el trabajo.
La política pop ha recrudecido esta dinámica. A veces suena más dramático de lo que es, pero no poca gente ha perdido ya amigos y se ha enemistado con familiares por desencuentros ideológicos. A otros tantos les han pegado la patada en el curro por un roce en redes sociales que la turba digital ha revestido de una importancia y gravedad que no tenía, y que todo el mundo ha olvidado a la semana. Un comentario, un chiste, un exabrupto, gilipolleces, pero gilipolleces que constituyen la droga favorita de quienes adoran la política pop.

Lara folla con Ramón, y también con Víctor. Ramón es el único que no lo sabe, en teoría. Silvia lo sabe pero cree que el resto no sospecha que lo sabe. Ni en el ambiente más progresista suele hacer gracia la poligamia. F ha descubierto el placer –culpable o no– de ver cómo las mentes demócratas más abiertas no son tan abiertas como pretenden. Ser el único sin pareja en las reuniones le alivia en cierto modo. Ganas algunos puntos en sinceridad, nadie tiene sus ojos puestos en ti, no hay un protocolo de pareja, no estás en calidad de novio, no tienes que callarte ciertas cosas ni compartir el postre con quien juró que no quería postre.
Como pasa lo que pasa, cada vez han ido hablando menos de política. No es que haya habido una gran pelea en el pasado reciente, pero existe un nuevo tipo de prudencia, quizá de ponerse la tirita antes de la herida. La verdad es que F no tiene ningún problema en evitar ciertos temas, igual que nunca le ha costado guardar un secreto. Los asuntos relacionados con los secretos raramente le suelen interesar. Suelen tener que ver con el elefante en la habitación. Gente que folla más de lo que dice, que miente, que no sigue exactamente las reglas, no se adecua a la moral establecida, etcétera. Seres humanos sucumbiendo a la carne otra vez. Personas marca Persona. El sexo inicia las cosas y las acaba. De hecho la estabilidad conyugal suele ser sinónimo de falta de sexo, al menos con la monogamia de por medio.

Lo interesante para F –al menos algunas veces– no es contar un secreto, es conocerlo. Ahora casi se alegra de que su ex le dejara hace cuatro meses por un muñeco de gimnasio. Más de una vez los ha visto por el centro de Periferia, el tío viste camisetas de tirantes con escote, enseñando durezas. Es gracioso, ella empezaba a sentirse muy a gusto mecida por la política pop; estaba especialmente combativa con la “gordofobia”. El tío tiene fama de –entre otras cosas– no tocar a una chica rellenita ni con un palo. Deben ser tal para cual.
La gente habla y habla, y luego hacen lo contrario de lo que dicen con una soltura pasmosa. Tienen la excusa preparada bajo la lengua, por supuesto (esto no quita lo otro, etcétera). Bondad teórica y lo mismo que todo cristo en la práctica. No ven que a menudo es imposible llegar a la altura en que colocan el listón moral, a veces incluso contraproducente.
Si miras a Silvia, una de las cornudas del lugar, nunca sabes si va a estallar en llanto. Ramón parece ser el único que de verdad no sabe el porqué de las suspicacias a su alrededor. Ramón es el típico tío que confía sí o sí, el trozo de pan, el no celoso por naturaleza, y el que por supuesto lleva unos años “deconstruyéndose”: cree absolutamente en todas las teorías y directrices de la política pop. Probablemente se haya imaginado a sí mismo con horror violando a alguna chiquilla si no desactivaba rápidamente su “masculinidad tóxica” interiorizada por el Patriarcado. Ramón confía, apuesta, te cree, hermana, y saldrá en tu defensa si alguien intenta propasarse contigo. Cierto es que nunca ha podido cortar una situación de abuso, porque no se ha cruzado con ninguna, pero claramente se jugaría el físico por salvar al perfil de mujer frágil, estúpida e indefensa en torno al que teorizan siempre ahora los más arduos defensores de las mujeres (ellos se entienden, supongo). El machista violador de turno acabaría atravesado como un torero por una cornada; y además animalismo de rebote, qué bonito.
Ramón cae bien a todos, a pesar de todo. Siempre ha habido tíos y tías de todo tipo, hay gente muy cortita. Esto no tiene cabida en el pensamiento pop, por supuesto, donde –aparte de no concebirse la maldad en una mujer– se persigue un ideal masculino; quienes cargan contra la cultura del príncipe azul, por otro lado siguen exigiendo un príncipe azul, lo mismo pero distinto, o más bien lo mismo pero igual. Y siguen exigiendo que el príncipe azul vaya al rescate, porque de otro modo sería tan culpable de una violencia como el tío que la ejecuta. O sea que no quieren un príncipe azul pero quieren un príncipe azul. Quizá lo que quieran, piensa F, es un Ramón. Ramones por doquier buscando calles cada vez más anchas, sin entender por qué les pesa cada vez más la puta cabeza.

A estas alturas ya habrá quedado claro que la política pop es una cuestión de fe. No tienes que buscar razonamientos o lógica, no debes ponerte a señalar contradicciones. Simplemente tienes que creer y obedecer los volubles mandamientos, sin querer ponerte nunca a la altura del tuitero intercambiable que los grabó en las tablillas.
Ateos al poder.
F piensa hace tiempo que el ateísmo sólo es otra creencia, aunque no tiene muchas ocasiones para expresarlo. Ahora, además, hay un ateísmo indiferente y otro “activo”. ¿Puede haber algo más devoto y fervoroso que llamar a la quema de iglesias?
F ha virado de una forma natural al agnosticismo, no tanto porque piense que podría haber “algo” como por el rechazo que le provoca cierto ego cientifista. El ser humano puede estar solo en el mundo, pero es evidente que no lo sabe todo.
Lara inicia una perorata ecologista durante la cena. Lara compró todo el pack progresista hace unos años, fresquito y recién llegado de las universidades americanas (franquicias del mencionado McDonald’s cultural). Todo incluido, como si lo hubieran anunciado en la teletienda y le hubiera entrado el ataque consumista. La ideología milagrosa, como los crecepelos, los métodos infalibles para perder peso, los cuchillos que cortan folios y tuberías. Rebaja generosa para las primeras cien llamadas. Todo justo antes del tarot, que por cierto también le interesa, y no de forma irónica o por diversión.
No duda en hablar de “salvar el planeta”, y a F no se le ocurre otra cosa que decir a viva voz que al planeta le importamos un carajo; cuando la humanidad se autodestruya o desaparezca, el planeta seguirá su curso, absorberá toda la mierda y seguirá su camino hasta que se lo coma el sol o cualquier otro fenómeno que somos incapaces de imaginar.
Se hace el silencio.

Es cierto que F podría haber aplicado el principio de caridad, sencillamente hacer un pequeño esfuerzo para entender lo que alguien te quiere decir, aunque detectes lo que a tu juicio serían imprecisiones o algún patinazo. Pero Lara jamás aplica ese principio. Lara es literal, que es lo que parece suceder ahora cuando te pasas a alguna militancia o activismo: te meten un palo por el culo y ya eres incapaz de detectar las intenciones, las ironías, los matices. Es la clase de persona que se pone a discutir muy encendida sin darse cuenta de que le están dando la razón. Si no utilizas las palabras que ella espera oír, da por hecho que pones en tela de juicio sus razonamientos, cosa que según sus recientes valores de teletienda sería una auténtica provocación, no ya de quien tenga enfrente, sino de la “extrema derecha”.
La política pop no entiende de individuos, solo de colectivos. Hablan de colectivos y en nombre de colectivos. Los que quieren salvar el planeta contra los que quieren destruirlo. Los que quieren salvar a las mujeres contra los que quieren violarlas y matarlas. Los que quieren salvar a las personas racializadas contra los que quieren matarlas. Los que quieren salvar a los pobres contra los que quieren hacerse millonarios a costa de ellos. Y más o menos ya estaría.

F aprovecha el silencio para mirar con cara de poker a Víctor y luego nuevamente a Lara. Esto ha pasado millones de veces, y no solo lo ha hecho F, ya es casi un viejo mecanismo de contención. Lara se corta y se traga lo que fuera que quería replicar.
Pequeñas ventajas de conocer secretos. O “secretos”.
La novedad es que esta vez Silvia rompe a llorar, tras meses de desagradable disimulo. Se disculpa y se va al lavabo. Ramón nos mira, interrogativo, parece Ross en Friends.

Ciertas cosas acaban revelándose. F hubiera preferido que no pasara en su “turno”. Que no fuese su mirada la que destara el caos.
¿Cuánto tiempo llevan Lara y Víctor follando? Probablemente unos dos años. ¿Cuánto hace que Lara y Ramón salen juntos? Quizá dos años y un par de meses.
¿Cómo es Víctor? Víctor es una de esas personas más bien apolíticas; el cabrón es gracioso, es guapo, y si le ponen en un brete pop, no tiene problema en otorgar y dar razones, lo que sea para que no le toquen las narices. Es un buen tío, aparte de lo de ser humano y el asunto sexual (quizá sea una redundancia). Probablemente se ha contenido durante su vida –siempre con novia– lo que ha podido, pero casi nunca con éxito. Es muy probable que le pusiera especialmente cachondo follar con Lara, cuyas arengas hacen que te cueste imaginarla en actitud cariñosa, mucho menos sexual. A F le gustaría saber de qué hablan ella y Víctor, aunque probablemente de nada. Resulta de lo más difícil imaginarse cómo debe ver Lara a Víctor. Es posible que para ella sea nada más que una buena polla (la cosificación sólo funciona en una dirección en la política pop). F sabe que Víctor era el trípode de la universidad, ha compartido vestuarios con él, y hay ciertos documentos audiovisuales. No se trata sólo del tamaño, por supuesto, seguramente hubiese follado lo mismo con un lápiz de once centímetros. Alberga cierta cualidad de “toy boy”, y es más que probable que Ramón no sepa follar por comparación con él.

¿Qué pasa con Silvia? Ahora, encerrada en el lavabo, no atiende a las preguntas de Ramón Geller a través de la puerta. Silvia lleva dos décadas enamorada de Víctor. Más o menos desde la época de la universidad, aunque hace cinco años que salen “en serio”. Casi cuarentones, ahora deberán enfrentar una crisis quizá más propia de veinteañeros, sobre todo por Víctor, que además tiene la irritante cualidad de que es muy difícil enfadarse con él, como si fuese alguna clase de peluche adorable con polla. Víctor se lo ha follado todo, lo que es igual que decir que ha follado siempre exactamente con quien ha querido desde los quince años. Nunca tiene que insistirle a nadie o provocar situación alguna que ahora ciertas feministas considerarían acoso o violencia machista. Él habla, no dice gran cosa, sonríe, te escucha, aire somnoliento y atractivo, sin apabullar nunca, cuerpo de sentadillas y mancuernas. Víctor sería algo parecido a Joey en Friends. Un Joey real que además ha tenido también experiencias con tíos, follando en pisos, en lavabos, en la playa, en el bosque, una especie de reguetón bi antropomórfico. Un tío fácil de leer y fácil en general. No busca nada ni lo insinúa, no hace eso de “prometer hasta meter”, sólo hace acto de presencia y decide si ese día va a follar o no. Víctor tiene tanto poder sexual como una mujer atractiva, y eso es MUCHO poder sexual.
Uno de los problemas es que Silvia no es tonta y sabía dónde se metía. Otro de los problemas es que Víctor no le habrá puesto los cuernos sólo con Lara. Buscar monogamia con Víctor era un caso flagrante de pedirle peras al olmo.
Es como si no entiendes los memes de Julio Iglesias.
¿Significa eso que Silvia tiene parte de culpa? Pues sí. A veces la culpa la tiene uno, a veces el otro y muchas veces los dos. La cagan en pareja, se meten en algo que saben que NO va a funcionar, que nace muerto, y que puntualmente incluso mata.
Esto tiene miles de matices, cada caso es de su padre y de su madre, y obviamente todo el asunto es inasumible para la política pop. F sabe que nadie del grupo se preguntará en voz alta por qué Silvia decidió tener algo más que sexo con Víctor, porque eso sería “culpar a la víctima”. Esta lógica pomsoderna asume que si te hacen algo malo, automáticamente todas tus decisiones anteriores al hecho se convierten en lúcidas y jamás contribuyeron a que todo acabara como el culo.
La política pop sólo concibe un villano y una víctima químicamente puros.

Víctor te folla, Silvia te quiere, Lara te odia y Ramón pierde. Pero casi nunca es todo tan sencillo. Por eso la imaginación es tan importante. No lo es sólo para convertirse en un escritor o guionista mediocre. Alguien imaginativo sabe que Víctor ahora se podría estar riendo por dentro de pura indiferencia, que Silvia quizá quiera volver a follárselo aun cabreada y humillada (lo cual podría excitarla aún más), y que Ramón puede esconder dentro al tipo cuya foto acaba en el telediario por haber tirado a su novia por la ventana.
Unos se dejan llevar, otros intentan equilibrarse, y otros aguantan hasta que explotan.

A todo esto, ¿qué hace F? F observa y escucha. Todo libremente, sin meterse pero sin quitarse de en medio. F el soltero, el morboso, el pajero. El tío solo con o sin gente alrededor. Ni siquiera espera pillar algo de rebote. No es como esos tíos que buscan mujeres en momentos vulnerables para fingir con ellas que no quieren follar necesariamente, sólo animarlas, hacerlas reír, enjugar sus lágrimas. Está claro que hay tíos repugnantes, versiones masculinas de Lara; gente que hace un retrato de sí misma completamente falso para conseguir algo, aprobación, sexo, alimento magro para el ego. La política pop ha crecido en parte gracias a eso, fagocitando cimas ética y morales. Una orgía de la banalización, una infantilización alarmante de la izquierda política y cultural, críos que lo quieren todo y lo quieren ahora, que quieren a menudo lo imposible, fuera y dentro de casa, y todo fiable, todo mullido y acorazado.
F recuerda que una vez estaba viendo una película de acción en la tele. Ahora nunca recuerda cuál. Tendría cuatro años. Un avión comercial invadía el edificio de un aeropuerto. F vio la escena fascinado, luego miró a su padre y dijo:
–¿Me lo compras?
Ni siquiera el propio F sabía qué quería, si el avión, los cristales rotos y cascotes o el VHS de la película. Se sentía bien al ver aquello y quería más. Seguro que eso se vendía de alguna forma, esa sensación, ese calor del hogar viendo esa peli a los pies de sus padres. Todo eso que tradujo en una petición que no tenía sentido.
Ahora hay gente así de treinta años.

Silvia sale del lavabo. No dice nada, recoge sus cosas y se va.
Víctor, sin gesto compungido alguno, se mueve con parsimonia y hace lo mismo.
Ramón sigue haciendo preguntas. Todas se resumen en un claro y evidente: ¿Me habéis tomado por gilipollas? El silencio que recibe a cambio es un atronador SÍ.
Lara luce un gesto adusto, y luego empieza a hablar. A nadie le importa que F esté presente, de modo que F se queda a ver los bises.
¿Qué dice Lara? Hay que tener en cuenta que Lara ha hecho MUCHA gimnasia mental. Ha comprado ya a estas alturas ideas y teorías que nadie medianamente cuerdo respaldaría. Pensamientos Big Mac de los que ya es muy difícil que prescinda. Hace mucho que no lee otra cosa que no sea un refuerzo de aquello en lo que ha elegido creer. Las nuevas religiones no tienen un solo libro, lo cual ayuda a alimentar la ilusión de diversidad intelectual. Pero no, si hay algo que encabrona a Lara y sus iguales, es la diversidad intelectual.
Ramón ya estaba prácticamente “deconstruido”, pero F sabe que su cabeza aún no está del todo colonizada. Ramón fue durante muchos años un tipejo corriente, del montón, libre de grandes culpas porque no había hecho nada malo de verdad, un individuo inofensivo y no “parte de un colectivo opresor”.
¿Qué hará o dirá Ramón ahora que juega con ventaja? Por el momento nada, porque Lara ha comenzado a teorizar, se hace preguntas en voz alta sobre cómo “hemos podido llegar a esta situación”. El oportuno plural mayestático no atrapa a F, pero parece hacer dudar un instante a Ramón. Ramón quiere a Lara, está casi convencido de que Lara tiene razón, en todo, en su enfoque vital, en su rabia, porque es mujer, porque una mujer no hace nada malo porque sea mala. Forma parte del colectivo oprimido, su comportamiento no viene sustentado por el sistema. No existe la misandria, sólo un rechazo lógico a los hombres que justifica una respuesta contundente.
Ramón sorprende a F y Lara diciendo de repente:
–Te has follado a Víctor.
Es posible que aún piense que ha sido sólo un “desliz”, o un par de polvos de asiento trasero.
–Sí, Ramón, he tenido sexo con Víctor, pero…
–Te has follado a Victor. ¿Cuántas veces?
Imposible saberlo, decenas, quizá cientos. Víctor habla, incluso se ha llegado a grabar, su polla es una habitual en Pornhub. Nunca enseña la cara, aunque eso casi no lo hace siquiera en la vida real. Víctor es todo polla y diversión, el mundo como parque temático genital.
Víctor nunca folla una vez, más bien encadena polvos en la misma sesión, a veces sin sacarla. La única vez que le he oído criticar algo en serio, hablaba de lo cutre que es echar un polvo rápido (como si él no los echara), que es rebajarse, a ti mismo y a tu pareja sexual. Si se folla se folla en mayúsculas, en una cama que tiene que acabar perdida, empapada, asquerosa.
–¿Cuántas veces te lo has follado?
–Ese no es el tema.
–Me parece que es exactamente el tema.
–No seas tan tío y lo centres todo en el sexo, por favor, Ramón.
–¿Cómo?
–Que todo esto no va del sexo, va de todo un sistema que…
–¿¿Cómo?? –interrumpe Ramón.
–Ramón, cálmate.
–¿De qué hablas exactamente, Lara? ¿Q… qué dices? ¿Eh?
–Ramón, si no quieres hablar en serio, me voy.
–¿Cuántas veces se la has chupado?
–Ramón, esto ya se podría considerar violenc…
–¿Os reíais de mí después de correros?
–Sé que te he mentido, Ramón, pero si sigu…
–¿¿Mentido?? Esto es mucho más que una mentira, Lara. ¿Sabes en qué pedestal llevas subida desde hace años?
F intenta hacerse invisible, pero no por el apuro o la vergüenza, todo lo contrario. Quiere seguir ahí, verlo, oírlo, el punto del inflexión, el final de la comedia.
–Me has dicho mil veces que Víctor es prácticamente un violador. ¿Ahora te gustan los violadores?
–No retiro lo que he dicho de Víctor, lo pienso de verdad, utiliza a las mujeres.
–Aaaah, un momento… ¿le das la vuelta a esto? ¿En serio?
–No digo que me haya utilizado a mí.
–¿Entonces todas las mujeres son idiotas menos tú? ¿En qué quedamos, Lara, cariño? ¿Los tíos que van por ahí follando utilizan a las mujeres o no? A las mujeres que van por ahí follando hay que aplaudirlas en vez de llamarlas putas, ¿no? ¿No será que Víctor follaba con esas mujeres? ¿Son putas o no? ¿O sólo son idiotas? ¿Y Víctor es un violador o simplemente folla con tías que son como él? ¿Me lo explicas, cariño?, porque de verdad que nunca he entendido todo ese rollo, de hecho no entiendo el 90% de lo que dices. ¿Qué se supone que eres, una mujer empoderada, una idiota manipulada o una puta?
Lara no cambia el gesto, mantiene un rictus pétreo de dignidad. A F le empieza a dar pena. Hace siete u ocho años nadie se hubiera atrevido a hablarle así. Todo eran parabienes, aplausos a una nueva y compleja lucidez que había llegado para mejorar el mundo. Ella formaba parte de eso.
Ramón estaba fascinado con ella, se sentía orgulloso de que le hubiera elegido; él no era un señoro ni un machirulo. Él entendía, sabía mirar hacia el futuro, reconocer los errores del pasado, incluso los más pequeños, incluso los que no eran errores. Ramón aceptaba y encajaba y asumía y tragaba. Dicho en plata, Ramón se había convertido en la putita de Lara. Una putita más allá del sexo. Un monigote anulado para la discrepancia y la disidencia.
Ramón ya no era ni un hombre ni una mujer, se había eliminado como individuo. Lara ahora podía dar pena, pero él llevaba ya mucho tiempo dándola.
–Entonces, ¿cuántas veces te lo has follado?

Acaba pasando algo inédito, al menos que F recuerde. Lara, finalmente, no tiene réplica, no tiene nada que decir.

F se da cuenta de que Ramón sólo buscaba eso: tener por una vez la última palabra. Parece saborear el silencio durante unos treinta segundos. Incluso cierra los ojos; un amago de sonrisa en sus comisuras.
Después, sin más voces ni aspavientos, busca sus cosas y se va del piso.
F se queda solo con Lara.

A Lara hace mucho que no le cae bien F, pero F no se siente solo en eso que digamos. A él Lara le cayó bien durante muchos años. Si ahora no es así, ni siquiera es por cómo piensa, sino por cómo trata a los demás, cómo habla de ellos. Ramón, los hombres, las mujeres que no piensan como ella… F duda que ahora Lara esté pensando en todo eso. ¿Cómo se desengancha una persona de la política pop?, ¿cómo puede volver a un estado más o menos equilibrado de votante cuerdo? ¿Cómo podría Lara a estas alturas replantearse conclusiones con ramificaciones teóricas tan abarcantes?

F no sabe qué decir. Ahora se siente incómodo como si a ella se le hubiera muerto la madre. No sabe si no piensa en nada o si está intelectualizando según su filtro todo lo que acaba de pasar. Su mirada anda más bien perdida.

F se levanta y se dirige a la nevera. Trae una cerveza y un zumo de melocotón. Le da el zumo a Lara y se sienta a beber tranquilamente su cerveza.
Es una broma, sutil pero poco sutil para Lara. El momento cristaliza. Lara se queda mirando su zumo. Se ríe, una sonrisa amplia, circunstancial y agotada, pero franca. Al fin y al cabo son amigos, o lo fueron. Parece desatascarse algo en ella. Ambos saben que algo ha acabado, que puede estar bien pasar página, o que igual no queda más remedio. Lara dice:
–Gilipollas.

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