Cuento de invierno

K bucea a menudo perdido en Youtube. Siempre tiene muchas cosas que hacer, de modo que parece inevitable postergarlas y encadenar videos de gente viendo videos de Michael Jackson o Queen. Cada diez minutos, un cigarrillo. Al cabo de un buen rato cambia de tercio y se masturba, casi siempre con éxito.

Diario a bolígrafo de K. Día 9.364.

Algunas cosas sobre Angela White.

Más de una vez me he preguntado cómo sería salir con ella. Me imagino conociéndola e iniciando un tierna y relajada relación de amistad. Con suerte, eso evolucionaría. No saldría el tema del porno a menos que ella lo mencionara. Me pregunto qué pasaría si un día mis amigos me vieran llegar con ella. ¿Cuántos de ellos la reconocerían? ¿Qué pensarían de mí? ¿El contraste entre mi condición de civil mediocre y su poder sexual desaforado sería un obstáculo salvable? ¿Le parecería patético que reaccionara con sus tetas como un niño pequeño con una piscina de bolas?
¿Qué pasaría si me enamor (ilegible, tachones).

K bucea a menudo buscando el “video porno definitivo”. Últimamente el relato social dice que cuanto más porno ves, más porno quieres, y sobre todo más duro. Esto ejercería una influencia terrible en las mentes más jóvenes, ya que serían incapaces de separar las fantasías pornográficas a menudo grotescas de los intercambios en la vida real.
Por la experiencia de K, todo eso es mentira. Nunca volcó la ficción en la realidad, y cuanto más porno ha visto, menos porno del que encuentra le interesa. Raramente da con un video que le motive. De hecho ya nunca sabe qué le va a excitar. A menudo es la cosa más tonta, un sujetador que trasluce en Instagram o la foto de una actriz porno vestida fumando un pitillo. El porno realmente duro –el de los excesivos fluidos (incluido el vómito) y los maquillajes destrozados– le suele aburrir, quizá porque los actores parecen más gimnastas con aguante que personas que disfruten (o al menos lo parezca).

Diario a bolígrafo de K. Día 9.372.

Todo parece disperso y a la vez repetitivo. Y a su vez, parece que bajo las veinte capas de aburrimiento, trabajo tedioso, amistades y cuentas pendientes, puntualmente algo te empuje en una dirección concreta. Como si te sembraran una idea en la cabeza y no pudieras evitar que creciera y comenzaran a salirle hojitas verdes. Es una forma poética barata de hablar del enamoramiento, pero también de muchos otros asuntos. Supongo que pasa parecido con el suicidio, y está claro que pasa con separarse o divorciarse. Tu cabeza es una maceta y no parece que tengas mucho que hacer al respecto. Tomas decisiones pequeñas, pero las grandes parecen grandes mandatos ajenos a tu control.
Todo disperso y repetitivo, pero recientemente pasé el fin de año con amigos y amigos de amigos, y conocí a una chica. Se llama M, tiene 28 años, es diez años más jóven que yo y ridículamente guapa. Y no me refiero a que tenga una cara agradabe o buen tipo, me refiero a guapa de poster, de consenso, de éxito de taquilla. Guapa como cuando alguien dice que no se lo parece sólo para dar la nota.
Gracias al alcohol estuve hablando con ella. Cualquier tío hetero sabe (porque creo que esto les afecta principalmente a ellos) que hablar con una chica así vestida en modo nochevieja, es un ejercicio de autocontrol de la mirada que desafía toda tu naturaleza.
Podrá sonar hiperbólico, pero creo que incluso los activistas son de carne y hueso.

K camina unas dos horas, siempre en la misma dirección (hacia el colegio en el que estudió la primaria) cuando se siente tenso o ansioso. Una tarde se la pasa respirando hondo por la nariz y expulsando el aire por la boca. En el trabajo ha reventado sin querer con las palas de la carretilla un palé de cajas llenas de botellas de amoniaco. Lo que en parte se ha convertido en una lluvia nauseabunda.
Se ha desconcentrado, y sabe perfectamente por qué.
Cuando llega a casa, dispuesto a ducharse por segunda vez, descubre una mancha viscosa en los calzoncillos. No es amoniaco, y desde luego no se ha meado encima. La cuestión de la mancha preseminal siempre te puede dar una pista. El porno no consigue eso. No acabas mojando los calzoncillos porque recuerdes un video de Sasha Grey con James Deen.

Diario a bolígrafo de K. Día 9.384.

Por conversaciones digitales he sabido que M no tiene pareja. Nadie sacó el tema antes. Al parecer cortó harás dos meses con un fulano de algun bufete. Es abogada, creo que algo primeriza, no sé cómo van esas movidas.
No parecía de las clasistas con el rollo laboral. Tiene un hermano unos años mayor que ella. Parece ser que es periodista, y es –o eso me han dicho– el típico hermano mayor tocapelotas. Tampoco ha de ser fácil que tu hermana parezca el hada del bosque de una novela inconclusa de Patrick Rothfuss que todos quieren leer.
M no tiene redes sociales. Apenas he podido localizar alguna foto suya en cuentas de Instagram ajenas. La chica vive por completo en el mundo real, lo que considero un síntoma de inteligencia. Mi enganche con dichas redes me retrata en parte.

K es informado de una próxima reunión amistosa. Por lo general le da una pereza elefantiásica socializar. Es algo que formó parte esencial de una época concreta, entre los dieciséis y los veinticinco años. Es todo lo que aguanta alguien a quien en el fondo no le gusta ir de fiesta. Cuando eres joven no tienes opción. Es como otro tramo educativo. No es algo que odiara, de hecho peleó con sus padres por poder hacerlo, pero a medio plazo se dio cuenta de que no se le daba bien la gente. Siempre ha tenido amigos, sin embargo, supone que parecidos a él. Los solitarios se reúnen con sus iguales, en la juventud para odiar a los extrovertidos, y en la edad adulta para gestionarlos o intentar evitarlos.
El asunto es que, como animal social, aunque no quieras a la gente necesitas a la gente.
Aunque odie reconocerlo, cada cierto tiempo (calcula unos cinco años) acaba irremisiblemente atraído por alguien concreto. Esa persona no tiene por qué esperarte sola sentada en un banco. Al principio siempre vendrá acompañada de amigas repelentes o amigos protectores que ahora podrían adolecer de cierta actitud de sobrecompensación debido a un pasado de imbéciles desacomplejados. Los llamados aliados.
La figura del “aliado feminista” es sospechosa por definición. A menudo son los tíos que hace diez años tenían comportamientos machistas y ahora señalan con agresividad a los contemporáneos que nunca los tuvieron, o que una vez contaron un chiste.
Es el tipo de fauna que cree que Twitter es una guía fiable sobre el acervo cultural.

Diario a bolígrafo de K. Día 9.390.

Una de las formas más o menos forzadas de reunirse que tiene la gente mayor de treinta años, son las cenas domésticas. Alguna de las parejitas (raramente un soltero) se encarga de organizarlo y poner el salón, y a veces ellos mismos preparan la cena. Aunque cada vez es más habitual que la cena se encargue, ya sea vía pizzero o por otros cauces más apegados a la comida casera. Antes cocinaba la mujer, ahora muy a menudo ninguno de los dos. Ambos tienen trabajos de silla y teclado y son muy críticos con los roles de género, aunque raramente sabrán decirte exactamente por qué. Acostumbran a demonizar la actividad de turno y no las dinámicas según la época. Se trataba del pasado, pero ha acabado pagando la cocina.
Por otro lado, sigue estando muy bien visto –o más bien no le importa un carajo a nadie– que siempre sea un tío el que trepe por torres de alta tensión o eche alquitrán en las carreteras. Este es uno de los temás que de ningún modo se pueden sacar en la mesa. Sería lo que los más lúcidos y avanzados llamarían “cuñadear”. Siempre juguetean con el argumento ad hominem cuando alguien parece poner en entredicho las nuevas luces ideológicas.
Mi relación con la política siempre ha consistido en cagarme en ella si me toca ser mesa el día de las elecciones, votar a algún partido de izquierdas cada vez más estúpido y odioso, intentar olvidarlo rápido y evitar la futbolización como si fuera la peste.
Lo achaco todo a haber visto La lista se Schindler a una edad complicada.

K se da cuenta de que todos se han dado cuenta. Le han montado la “celestinada” de turno. Aunque entiende que también se la están montando a ella, ¿no?
No cuadra tanto. Ahora una mujer abogada sola es toda una figura de “empoderamiento”. No se le busca novio a una chica. Con un tío puedes hacer más o menos lo que quieras, piensa K, siempre está a dos pasos de convertirse en un chiste. La idea del hombre triunfador que habría dominado a las masas en realidad compete a un porcentaje ínfimo de tipos ricos; da igual el siglo. El resto simplemente se han arrastrado buscando sobrevivir mientras creían que merecían más. Tu generosa dosis de patriarcado nunca llega, y sin embargo se supone que formas parte de él. De modo que las pequeñas (o grandes) tocadas de huevos o chanzas o juegos o gilipolleces… las pullitas, las vaciladas o incluso ciertas bromas físicas… todo eso no debería afectarte.
K definitivamente se da cuenta de que todos se han dado cuenta. Quizá le vieron hablar con ella en nochevieja. ¿Cuánto duró eso? No le parece que fuera tanto. Quiza la miraba y mientras tanto se babeaba los zapatos. Puede que le mirara el escote mucho más de lo que pensaba. Quizá bromeó o intentó ser ingenioso. Esperaba no haber sacado temas políticos, que ahora son más o menos todos.
Se sorprende poco cuando alguien le manda un mensaje sólo para decirle que el hermano de M también asistirá a la cena.

Diario a bolígrafo de K. Día 9.393.

Es tentador escribir esta entrada como si fuera una adolescente en una película. Voz de doblaje de actriz de doblaje de treinta y siete años con habilidad para parecer una chiquilla a una semana de ir al baile de fin de curso con Kevin:

Querido diario:

Quiero que el buenazo de Kevin me arranque las bragas con sus manos sólo acostumbradas al manillar de su bicicleta…

Pura literatura. Kevin llegó a sangrar por la rajita del pis de tanto pajearse, pero eso no sale en la peli.
Yo nunca fui un Kevin, ni conocí a una chica que viviera con miedo de que sus padres leyeran su diario. Nunca conocí a nadie que escribiese un puñetero diario, ni que leyese, ni que hiciese otra cosa que no fuese martirizar a sus padres y gastar ropa y zapatillas. Los años 90 de la vida real eran mitad estercolero mitad fantasías de huir de él. Y probablemente eran mejores que lo de ahora.
La vida adulta es una obra de teatro amateur. Aceptas el papel sólo para ver si puedes ligarte a Kimberly.
Las chicas ya nunca se llaman Kimberly en las pelis, ¿te has fijado, querido diario?

K elige su mejor atuendo, uno limpio, y se dispone a lanzarse de cabeza al ritual adulto. Lo más probable es que no pase nada. La chica esta vez le verá sobria y se lo pensará mejor. ¿Un mozo de almacén, por mucho que tenga un vocabulario de más dieciséis palabras?
La mayoría de gente no asocia el fracaso escolar a la lectura. Un gamberro de la EGB no dejaba de leer un libro para leer otro. Se iba a la calle a porculear con el balón o lanzarle piedras a algún gato; se peleaba a puñetazos y patadas con algún otro crío de su mismo pelaje, llegaba tarde a casa y recibía una buena tunda de su padre. Un zángano de a siete suspensos por trimestre no esconde un libro de Stephen King en uno de mates. Para la mayoría de gente todos los libros son iguales; una tarea farragosa y silenciosa, pura nictofobia, algo que hay que alejar de tu vida a la primera oportunidad. K conoce a la tira de gente cuya última lectura completa fue el último año de universidad. Recogen el título y siguen pensando con faltas de ortografía. Los conocimientos académicos prescriben justo antes de tu primer día de trabajo.
¿Qué era lo que hacía falta? Introducir ingeniería social e ideología de género (de un solo género) en los colegios. Por supuesto, piensa siempre K, me encanta vivir en este mundo. Nunca estás del todo seguro de si acabarás sujetando un AK-47 junto al resto de machirulos.

Ducha a conciencia, desodorante, calzoncillos feos, tejanos pintones, camisa (todo un alarde), pelo limpio y más o menos en su sitio, unas zapatillas discretas y una chaqueta bastante molona. Las chaquetas son el único capricho estético de K.
Toda una noche por delante. No es difícil kagarla.
No es que no haya algunos aliados al modo clásico. Y no es que K piense en sus amigos. Más bien se encomienda a la bendita droga legal. Si ella está lo suficientemente cocida con la sangre de Cristo, la más que probable borrachera de K puede resultar productiva. Sumisión química en dos direcciones: la madre de millones de bebés.

K no suele ir a restaurantes. Los restaurantes no son para ir a comer, son para encontrarse con gente; para ligar, declararse, hacer negocios o romperle el corazón a alguien con estilo. A K le gustaría saber cuántos suicidios se deciden después de un postre de a cinco euros. A veces no es una guapa señorita o un señor tipo pincel el que te recibe en la entrada, a veces es un secretario de San Pedro.
¿Cuándo va K a un restaurante? ¿Por qué hace la gente la mayoría de cosas que hace? El sexo y el dinero suelen prevalecer. K piensa que quizá es porque una de las dos cosas da mucho placer, y con la otra logras bienes y servicios. Como ya se ve, a menudo ambas se confunden.
No es que a K no le interese M como persona, pero a veces hay demasiada vida entre polvo y polvo. Demasiada sala de espera de la felicidad. Y la felicidad no siempre está en la puñetera sala de espera. Llega un punto en que necesitas sacar a relucir al cowboy desnudo, hortera y empalmado que llevas dentro.
Como está seguro de que nadie está hecho sólo de contención, nobles intenciones y sutilezas, K decide que esta noche intentará echar un polvo.
A pesar de ser un hombre, nunca ha maltratado o violado a una mujer, lo cual, a juzgar por la narrativa de ciertos políticos y medios, le convertiría en una aberración estadística. Es algo que le hace sentir bastante orgulloso, hasta que recuerda que la inmensa mayoría de tíos no sólo no han maltratado en modo alguno a ninguna mujer, sino que además tienen que hacer un esfuerzo consciente para comunicarse con normalidad con una que les parezca mínimamente atractiva.
K piensa francamente que M se mea en la boca de las mujeres atractivas, y para decir la verdad, está seguro de que podría cumplir sus fantasías pasivas de lluvia dorada con ella. Como se puede ver, se plantean bastantes obstáculos de pensamiento mágico, pero, cuando se quiere dar cuenta, le han sentado a la mesa frente a nada menos que la susodicha.

Siempre se habla de fingir cierto desinterés para interesar a la otra persona. K está seguro de que eso a veces funciona. A mucha gente no le interesa lo fácil, a ciertas personas no les seduce que te lances a sus brazos cuando silban. Es comprensible.
Pero K nunca ha tenido ninguna actitud concreta para con las mujeres. Mas bien se siente algo descompuesto frente a la que le gusta, se le cierra el estómago, procura elegir bien las palabras y, si acaba llegando el momento de desabotonarse o bajar cremalleras, actúa incrédulo por lo que está a punto de suceder.
Es probable que K no tenga una gran autoestima. Baja autoestima + timidez + alto grado de perversión + por qué no decirlo: un pene muy por encima de la media (aunque sin llegar a medidas circenses). Como todo lo demás que no importa, el tamaño no importa hasta que importa. Pero de momento el pene está encogido y expectante, arrugado cual criatura amorfa de Star Wars.

Tampoco hay manera de fingir desinterés ante semejante mujer. Ambos saben lo que está pasando, y lo que pasa es que ella se lo está pensando; porque es ella quien decide, y él está siendo evaluado. O quizá ella ya ha decidido. En cualquier caso, él ahora es el único ciudadano del país M, y M no es una democracia. Sólo puede intentar actuar como alguien follable. De entrada nunca piensa que deba “ser él mismo” en semejantes situaciones. Tiene que parecer mucho mejor que él mismo, olvidarse de él mismo. No tiene que ser una versión mejorada de sí mismo, no tiene que ser él mismo de ninguna de las maneras. Tiene que ser el tío con el que ella se querría acostar, teniendo en cuenta que ella podría acostarse literalmente con quien quisiera, quizá incluso trascendiendo gustos sexuales, teorías de género y todas las chorradas posmo universitarias que se te puedan ocurrir. Lo más cínico que se le puede aconsejar a alguien es: sé tú mismo.
Lo malo es que todo eso sigue formando parte del ámbito téorico. Quizá es más lúcido que decir “sé tú mismo”, pero no más útil.
En la vida real, la acción casi nunca va de guiones, carreras y persecuciones. La acción es más bien invisible. El equivalente real de la explosión a lo Michael Bay de una gasolinera, es el zapato de una chica rozándote a caso hecho por debajo de la mesa. La mayor parte de lo que se dice suele ser insustancial. Hay quien dice que las primeras citas son como entrevistas de trabajo. Por la experiencia de K, eso también es mentira. A menudo una cita es un cúmulo de comentarios inócuos a modo de raíles que sirven para llegar a tener sexo con alguien que al menos no te caiga demasiado mal.
Tinder ya existía antes de Tinder. Internet no inventa, sólo recoge.
M mira a K como si ella no tuviera todo el poder sexual. Lo único parecido al sexo que se desprende de K son las ganas.
Hablan de la nochevieja, la única experiencia que tienen en común. Y K no hace otra cosa que absolutamente lo contrario a lo que aconsejarían todos los manuales honestos de la conversación con intención: ser él mismo.

La mejor versión de sí mismo.

En sí mismo eso no tiene por qué estropear las cosas, pero sin duda puede complicarlas, enfangarlas; dejas la autovía y te metes con tus huevazos por carreteras que desconoces, viendo letreros extraños y perdiendo de vista la vía principal al polvo. Pasas de intentar ser Dylan en Sensación de vivir a ser Frodo en El señor de los anillos. Ni siquiera Frodo, más bien Sam, y si te dejas llevar demasiado, no el Sam noble y valiente, sino el llorica que está deseando volver a Hobbiton para esconderse tras las faldas de Rosita.

–¿Cómo va la resaca? –dice ella.
Es como si fueras por la selva y una pantera te diera conversación. La voz algo rasgada, todo lo que la hace más inteligente que tú al fondo de la mirada.
–Aún la noto un poco –sonríe K.
De la nochevieja a finales de enero, sin solución de continuidad.
El resto charlan intentando no sacar ningún tema político. Suele ser más importante aquello de lo que no se habla. El hermano de M y dos amigos de K. Papeles de reparto.
El hermanísimo se llama A. K ya ha podido saber que escribe en la prensa local y es un militante de izquierdas de los de boquilla. Todo le parece mal y a la vez participa de todo. Está siempre preocupadísimo por algo, en teoría. Quiere ganar en la conversación, la que sea. Está seguro de que hay muchas más lacras sistémicas de las que creemos (se lo ha dicho un pájaro), y de que si no formas parte de la solución, formas parte del problema. Su objetivo teórico: una utopía social con delincuencia cero, sin fronteras, y libre de problemas climáticos y debates que él no pueda ganar.
Los amigos de K siempre dicen que ha de tener la polla pequeña, pero K está seguro de que sólo quieren ser amables. También le han informado de que estuvo unos años liado con una activista climática. La muchacha logró un viral en youtube lanzándole crema de calabaza a un cuadro de Fra Angelico.
El rumor más jugoso dice que ahora A lleva un tiempo cagado. Cortó con la activista hará dos meses, y al parecer ella le ha estado enviando mensajes plagados de dudas morales. No está segura de si hace dos años fue violada por A.

El tío tiene la cabeza hirviendo con eso, y va y saca el tema. Estaban todos tan tranquilos con el primer plato, piensa K, gozando, ni un gramo de bobadas bienqueda, ni una mala señal. Hasta le estaba empezando a caer bien A; apenas hablaba y tenía un semblante inofensivo. Y va se postula a violador posmo retroactivo.
–Ya te lo he dicho muchas veces –dice M–, esa tía está aún más tarada que tú.
–No, no está tarada. Deja de insultarla, por favor.
De golpe el bueno de A se convierte en un faro moral. Se endurece su semblante. El ego del martir autoproclamado; K piensa que posiblemente se esté poniendo cachondo; quizá un leve despertar de micropene al sembrar la duda razonable de si él mismo podría ser un violador sin saberlo.
–Pero vamos a ver, A, te lo he preguntado mil veces. ¿Tú la has forzado de alguna manera? ¿Te ha dicho alguna vez que pararas y has seguido? ¿Has notado alguna vez algo raro fuera del polvo estándar (no quiero ni pensarlo) que solíais echar?
–No. Pero no es tan sencillo, M.
–¿Ahora resultará que a mí me han violado porque alguna vez he echado un mal polvo? ¿Cómo coño –con perdón– se puede dudar con eso? O te han violado o no te han violado.
–Lo que tú digas, hermanita.
–Esa tía es una pancarta andante, es peligrosa y es una cabrona, si quieres saber mi opinión. Si fuera otro tipo de persona, aún habría debate. Esa niñata es salfumán ideológico.
Es entonces cuando interviene K. No lo piensa demasiado (más bien nada), de hecho su intención es relajar el ambiente;
–Esas cosas pasan. Yo no sé si he ido a Port Aventura una vez o ninguna.

No pasa muchas veces, pero en ocasiones el sexo pasa a un segundo plano. Suele ser relegado por algún tipo de violencia (una real). El comentario de K despierta alguna risa, rápidamente sofocada. La cara de A parece llenarse de sangre como una copa menstrual. Y también parece del mismo material.
M le pone una mano en el brazo y susurra algo apaciguador, como si su hermano sufriera de alguna enfermedad mental que el resto desconocen. Por un momento K está convencido de que es así. Se le viene a la mente la trama más aburrida de Love Actually, en la que Laura Linney tiene un hermano enfermo mental que se convierte en un escollo en su proceso de intentar liarse con el buenorro de la oficina.
Pero no es así. M levanta la voz:
–No seas capullo, A, te lo pido por favor.
Evidentemente, piensa K, no es la primera vez que A revienta una reunión amistosa. Aunque quizá yo tengo más culpa, barrunta para sí mismo.
–Perdona –dice A dirigiéndose a K–, ¿qué has dicho?
M resopla mirando al techo.
El gesto de A es tan desafiante que K decide no ceder.
–Que esas cosas pasan. ¿Tú cuántas veces has ido a Port Aventura?
–¿Este tío quién es? –mirando a su hermana.
K decide atacar sus espaguetis carbonara.
–Perdona –insiste A–, que digo que quién eres.
Algo dice M para intentar llevarse a su hermano fuera del restaurante con la excusa de ir a fumar.
–Yo no fumo, M.
–Pero yo sí, y no quiero estar sola.
Una mujer sola de noche, imperdonable. A se levanta y se va con ella.
K respira más tranquilo. Estaba deseando seguir hablando, provocando, avivando el fuego. Mala suerte, el tonto militante esta vez tiene una hermana interesante. De otro modo la cena podría haber sido más o menos divertida.

K inicia una tertulia relajada con sus dos colegas sobre la violación en tiempos de llorera.
Oscar está casado y tiene una niña pequeña. La cría está con su madre en casa de sus abuelos, en Sonora. Él se ha quedado en Periferia por asuntos de trabajo.
Manu está soltero y es una especie de antítesis de A. Sencillamente busca a mujeres de su misma especie y carácter, dejando claro el contrato carnal. Se divierte y aún no ha sentido inclinación por lo que llaman sentar cabeza. Se parecería a K si no fuera porque K folla cada cinco meses (con suerte). Manu tiene habilidad para vivir en una realidad completamente ajena a los medios, el delirio político y las redes. Una realidad hecha de amistades fugaces, polvos brutales, responsabilidad personal y muy poca piel fina. Personas que, para variar, se parecen al año –y mundo– en el que viven.
Ellos no estaban teniendo problemas para charlar con A. Se amoldan con facilidad a la coyuntura ajena. Son sinceros y saben mentir con estilo. Mantienen las aguas en calma, al menos casi siempre.
Oscar dice:
–Ese tío no te va a dejar follar con la reina del baile.
Manu dice:
–Le podrías matar. Ella no sospecharía nada. Sabe que eres un corderito, un asadito de nochevieja.
–Me ayudáis mucho, gracias.

Es entonces cuando vuelve al restaurante A, y no lo hace más tranquilo. Paso largo y decisión. M corre tras él, intenta agarrarle.
A K no le da tiempo a esquivar la determinación de su nuevo enemigo. Recibe el puño derecho en plena cara. Oye algo sobre detener a la extrema derecha. Un dolor eléctrico, un hilo grueso de sangre salpica su camisa. En medio segundo sabe que tiene la nariz rota. Se vuelca la silla.
Corte a negro.

Diario a bolígrafo de K. Día 1.

Es la tercera vez en mi vida que decido escribir un diario. A veces me parece de lo más sano hacerlo. Otras veces se convierte en un incordio. Ya no soy un adolescente, tampoco un veinteañero. En unos años ni siquiera se me considerará joven; a menos que me muera.
No me siento acorde a mi cuerpo desde los veintiséis. Hace poco estuve revolviendo entre cosas viejas. Un puñado de fotos de ayer mismo que resulta que tenían veinte años. Algunos escritos, cartas, incluso trabajos del instituto. Odio haber tirado las revistas porno. Es un material sentimental legítimo.
Encontré también una carta de amor, aunque no pensé que lo fuera mientras la escribía. Es de los pocos textos que he enseñado a menudo a gente de confianza. Bueno, quizá no a menudo, pero unas cuantas veces.
Todos me dicen que es una carta de amor.
La leo cada vez que estoy a punto de sufrir un ataque de ansiedad. Casi siempre por la noche.
La copio aquí para tener otra copia de mi puño y letra:
Si esta carta (a mano, como querías) la viera alguien en el instituto, te aviso de que llenaría la bañera de agua caliente y me cortaría las venas (sé como hacerlo). Valga esto también como carta de suicidio.
Estoy tan colado por ti que no paro de pensar en lo colado que estoy por ti. Colado en bucle. He estado pensando que la gente mayor siempre dice que cuando eres feliz no te das cuenta de que lo eres. No eres consciente hasta que han pasado años. Eso dicen.
Sólo hay una cosa que me preocupa de estar contigo, y es que yo sí soy consciente de lo que está pasando, y de que es fácil que no me vuelva a pasar como me está pasando.
No sé cómo digerirlo o tragarlo, pero no me importaría enfermar o atragantarme con esto.
Si quieres podemos pactar un corte de venas mutuo a los 27. Un homenaje al club. No quiero que los años pasen, porque no me importa hacerme viejo, pero sí hacerme triste.

P.D.: Si tus padres te pillan la carta también me suicido.

K.

–¿Ese tío te gusta?
–Me cae bien, a ti no te importa un carajo, A. Tu ocúpate de tus… cosas feministas.
–Ya. Dijiste que ibas a dejar de fumar.
–No es ilegal fumar en la calle, y además nunca fumo, sólo lo hago cuando tú estás cerca.
–Muy simpática.
–¿Entonces te vas a calmar?
–¿Con ese tío tomándome el pelo, quieres decir?
–¿Sabes una cosa? Tu ex y tú le habéis puesto la broma en bandeja. Eso es lo que creo.
–Oye. Habla de mí todo lo que quieras, pero no de ella.
–Esa tía te ha puesto la cabeza como un bombo. Lo gracioso es que aún no se ha cansado. Ahora directamente está pensando en desgraciarte la vida.
No está pensando en desgraciarme la vida. Escucha, si he hecho algo mal, si la he maltratado, aunque sea sin darme cuenta, quiero saberlo. Porque no quiero ser como ese tío.
–¿Como quién?
–Como el mozo de almacén, ese palurdo que te vas a tirar hoy.
–¿Pues sabes qué? No estaba segura de si me lo iba a tirar, pero ahora ya me has convencido.
–¿Pues sabes qué? No lo pienso consentir. Con el número mil se acaba tu carrera de pollas obreras.
–Oooh, ¿en serio, caballero blanco? ¿Y qué vas a hacer?
–Simplemente no lo voy a consentir.
–¿Me vas a atar a las patas de la mesa? Dime, hermanito, ¿eres un violador o no? A lo mejor tendría que comenzar a creerme a la tarada de tu ex.
–¡¡Yo no la he tocado!!
–Ya. Igual ella lo habría agradecido, un cachete de vez en cuando. Cuanto más puritanas, más marchosas, abad.
–Ella no es como tú, espabilada.
–¿Y cómo soy yo? ¿No estoy empoderada? Trabajo en lo que quiero, follo con quien quiero y pienso lo que quiero. ¿Tendría que comenzar a pensar como tu ex? ¿Le regalo una correa para que me la ate al cuello? ¿O te la regalo a ti?
–¿Sabes qué? Me voy a largar.
–Dios. Por favor. Sí. Nos vemos en la cena de Navidad, hermanito.
–Pero antes una cosa.
–Eh. Eeeh. ¡¡¿Adónde vas?!!

Oye la canción casi desde el principio.

(Turn around)
Every now and then I get a little bit lonely and you’re never coming ‘round.

Intenta abrir los ojos, pero algo brilla demasiado.

(Turn around)
Every now and then I get a little bit tired of listening to the sound of my tears.

Es Bonnie Tyler. Claramente sale de un móvil. La grabación de estudio. Total Eclipse Of The Heart. No es una rareza que digamos. Probablemente sea un video de Youtube.

–¿Ha abierto los ojos?
La voz de Oscar.

(Turn around)
Every now and then I get a little bit nervous that the best of all the years have gone by.
(Turn around)
Every now and then I get a little bit terrified and then I see the look in your eyes.

Por un momento K parece intentar cantar los coros.

(Turn around, bright eyes)

–Joder, sí que ha abierto los ojos. Llamad a alguien, coño.
–¿M? –murmura K.
–Soy yo, sí. ¿Quito la canción?
–No.

(Turn around, bright eyes)
Every now and then I fall apart.

–La bajo un poco, ¿vale?
–Vale… Qué pasa, dónde estoy.
–Has estado mucho tiempo en coma, pero no sé si debería ser yo la que hablara contigo.
–¿Por qué no?… No veo que seas muy mayor. Tanto tiempo no habrá pasado.
–Bueno…
–¿Quién hay…?
–Hemos venido Oscar, Manu y yo. Sabíamos que a veces funcionaba, lo de la música…
–¿Bonnie Tyler?
–La pasada nochevieja hablaste unos veinte minutos sobre ella.
–Es verdad… ¿Al final tu hermano era un violador?
–¿Es normal que ya estés tan ágil de memoria?
–No lo sé, M.
–Pues qué va. Mi hermano sólo es un imbécil. Aunque su amiguita le denunció.
–Uau…
–Se sobreseyó.
–Uau.
–Tu podrías denunciarle por agresión.
–¿Para qué?
Es entonces cuando son interrumpidos. Médico y una enfermera. Oscar y Manu. Justo acaba la canción.
–Tío –dice Oscar.
–Tío –dice Manu.
–Ya veis. Al final no follé.
Lo pueden oír todos.
–Dime tu nombre completo –dice el médico.

Ver-el-Eclipse-con-gafas

3 comentarios en “Cuento de invierno

  1. No quería dejar pasar la oportunidad de expresar lo que me viene girando en la cabeza desde que te leo, que es hace un tiempazo y es lo siguiente, la cantidad de personajes raros que hay en Periferia y en Sonora, jejeje!
    Por lo demás, yo los veo felices y contentos a ambos juntos en el futuro; una pareja que surge de escuchar a Bonnie y con una nariz rota, no puede tener mal futuro.

  2. La sociedad moderna nos haría libres e independientes, y sólo ha generado yonkis de las redes sociales y personas perdidas buscando como locas un lugar donde encajar. El futuro era ese, fuimos felices y no supimos darnos cuenta, ya ves…

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