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Acerca de jordi M. Novas

Cargado de miedos. Valiente. Tímido. Descarado. Un ser que utiliza la escritura para no delinquir, y así poder proyectar todas la obsesiones en personajes ficticios que hacen y dicen cosas que la gente no quiere ver ni oír.

Tsunamis aparte

Desde el momento en que supo que sus padres querían mudarse (lo cual la convertía a ella en un paquete más), comenzó a pensar en las novelas de Nicholas Sparks. En las películas. En las que una chica engañosamente del montón (una chica obviamente atractiva, escrupulosamente elegida para para gustar a cualquier organismo vivo que respondiera con sinceridad), llegaría a un nuevo entorno de amigos, en verano, el verano justo antes de comenzar la universidad, y conocería a un chico del montón (un chaval obviamente atractivo, elegido con ojos obsesivo-comerciales de casting en busca de alguien rematadamente guapo capaz de memorizar más o menos un guión), con el que tendría una aventura amorosa, a pesar de parecer inicialmente muy distintos.
No es que hubiera leído nada de Nicholas Sparks.
Puede que hubiera visto entera El diario de Noa.
No se sentía tan atractiva como las chicas de esas películas. Pero estaba bastante segura de no ser en realidad una anciana que le estaba contando su historia de juventud a algún hijo treintañero egoísta y ocupadísimo, demasiado centrado como para escuchar a una vieja. Excepto ahora, que todos –él, ella, el público– sabéis que va a morir de una terrible enfermedad, y que por tanto la narración está teñida de cruda nostalgia y apología de la juventud. Casi de la niñez.
Como en esas pelis.
Como si los ancianos que hacen de contexto estuvieran ahí para compensar tanta juventud y belleza. Y que así algún autor parezca más sensible de lo que es.
Ella sabía que no había que fiarse demasiado de la gente que habla maravillas de los ancianos. Si se puede generalizar, la gente joven (o aún no demasiado mayor) es mala y falsa hasta el aburrimiento, miserables de tapadillo, ladrones metafísicos, tunantes emocionales; pueden usar cualquier estrategia para parecer mejores de lo que son. También los que escriben.
La gente buena real no es fácil de detectar, suelen estar bajo veinte capas de cabrones sonrientes, tiernos y cuentistas.

Pero ella, buena o no, estaba bastante segura de ser real, y no una historia, ni un flashback. Al menos tanto como pueda estarlo cualquier ser humano al que en el fondo le aterra la muerte y no entiende este mundo ni por qué ha de esforzarse por vivir y encajar en él.
Tenía ganas de leerse una novela de Nicholas Sparks.
El coche familiar y el abultado equipaje. A papá le habían dado un puesto en no sé qué bufete a doscientos kilómetros. Era importante porque era importante para papá. Ni siquiera estaba sin trabajo, era un ascenso (más jerárquico que de sueldo). Era un aparatoso ejercicio de respeto al paquete del patriarca, su papel de padre y su masculinidad. Se suponía que iban a un barrio mejor y una casa mejor. La verdad es que sólo era un punto de inflexión, seguramente gratuito. Otra vez intentar huir de ti mismo cambiando el entorno, el peinado arquitectónico. El señor padre no iba a hacerles más ricos, sólo les llevaba de A a una sospechosa B. Las vidas de su mujer e hija no iban a cambiar en lo material, y lo material era el único motivo. Decisiones adultas, la mar de adultas, adultérrimas, maduras y gordas como sandías maduras.
La madre trabajaba en casa como modista por su cuenta. Quien pagaba el pato social era la protagonista de la nueva no novela de Nicholas Sparks. Todo el mundo sabe que el círculo de amistades de los adultos se suele estrechar; son los jóvenes los que necesitan vincularse a un grupo más o menos numeroso de amistades o trasuntos de las mismas.
Aquí nadie se llamaba Bella ni iba a conocer a un vampiro millenial. Eso aún menos. Aunque tampoco se trataba de despreciar cualquier tipo de ficción. La ficción refleja, la ficción es el resultado de haber filtrado el dolor o distintos tipos de obsesión o colores, ya sea interesadamente o no.

Lo que más pereza le daba es que, a hasta cierto punto, sí tendría que hacer las cosas que esos personajes hacen en las películas. Tendría que abrirse, llevar a cabo aproximaciones, comunicarse, puede que hasta ir a alguna fiesta. Iba a tener que construir otra vez desde cero su vida social, y no sentía que tuviese una experiencia previa que la ayudase. Sí había tenido amigos, se había comunicado, más o menos. Pero no sentía que eso fuese a servir para nada.
Al llegar se acordó de Mi vecino Totoro, cuando las dos niñas llegan con su padre a la nueva casa. Pero ella no tenía hermana, ni pequeña ni mayor. Ni la echaba de menos. Y su madre estaba sana.

Era un palo. Un cambio odioso. Los cambios eran muchas veces una huida hacia delante, sin más, no tenían por qué traer nada bueno. Pero la gente adulta tiene tendencia a rechazar el caos. Tienen una o dos ideas sobre cómo se mejoran las cosas. Y da igual cuánto fracasen esos métodos, siguen siendo los más populares.
Mudarse no tiene que ver sólo con el futuro. El propio proceso es tal coñazo, que por fuerza te ocupa la mente, y hace que lo que sea que te preocupa o amenaza, pierda fuerza. La teoría que flota en el ambiente, es que a papá no le han ofrecido un empleo mejor lejos de aquí, sino que él ha movido hilos para que eso pase, porque se quiere alejar de algo o alguien. Y como suele pasar, cree que ha podido engañar por completo a su mujer y su hija.
Una mudanza raramente se lleva a cabo para emprender algo; se suele hacer para escapar. No eres alguien valiente que ha decidido dar un paso, sino sólo un ser que corre con una gran mandíbula chasqueando justo detrás.
La tradición humana más asentada es disfrazar las limitaciones o el patetismo de necesidad, o responsabilidad, o valentía, o toda una larga lista de increíbles tonterías.
Siempre todos negando –consciente o inconscientemente– ser una mota flotando en el espacio.
No es que sus padres se parecieran mucho a los padres Sparks. Su progenitor era en esencia una bola calva con dos carreras, y su madre básicamente había asumido el papel de ama de casa. No eran padres jóvenes, ni parecía que hubiesen tenido juventud.
El retoño había salido entre los últimos estertores del reloj biológico. Su padre no se esforzaba por no parecer anticuado, y su madre encajaba siempre todas las inercias machistas con una sonrisa y algo cociéndose en la cocina.
Con todo, nadie estaba agrediendo a nadie, no había conatos de maltrato físico y nadie llegaba borracho cada noche a casa tensando el cinturón para darle una buena tunda a su hija antes de violarla. El clima familiar era, al menos a simple vista, tranquilo, previsible, conocido. Consumidores al uso, procurando no pensar demasiado por el método de hacer cuentas y trazar planes concretos.
Mudarse es seguramente el plan estrella. El definitivo.
Ella se llamaba Beatriz, Bea. No le gustaba su nombre, ni completo ni amputado. Y Bea desde luego aún no era como sus padres, ni tenía ningunas ganas de serlo. Puede que la distancia generacional en este caso fuese para bien, ya que era tan insalvable que quizá eso hiciera que ella de verdad construyera una identidad propia.
Era algo en lo que había pensado.

La diferencia, o la excusa, o el motivo llamativo, la causa infantil, o el asidero con el que argumentar en determinados momentos para defender la mudanza… era que la playa estaba cerca donde vivirían. Y no cerca de coger el coche y conducir un rato; cerca de ponerse las chanclas y caminar no más de cinco minutos desde tu cama hasta la orilla.
Bea tenía que reconocer que eso tenía su encanto. Y también le hacía pensar (tsunamis aparte) en la pasta que debía valer la casa, y en lo grave que tenía que ser aquello de lo que huía su padre. Tanto como para calcular con mucho cuidado cómo vender el sueño de la nueva etapa.
Imaginaba que quizá había fundado otra familia en la ciudad y la cosa se había complicado. O que se había enamorado de otra mujer y necesitaba alejarse de ella (poco probable). Hasta llegó a plantearse que su papi medrador hubiese matado directa o indirectamente a alguien. Al fin y al cabo era abogado, uno de los gordos. No era tan raro que se pudiera meter en líos de cualquier tipo. Desde el adulterio hasta la mafia. Nada era demasiado chocante como para no poder haber sucedido.
No es que fuera un tipo carismático, y desde luego no era atractivo, pero tenía dinero, y también algo de poder. Era una de esas pocas personas que objetivamente pueden cambiar las cosas. A mejor o a peor no importa. Un abogado no hace justicia, sólo hace su trabajo. Es lo que pasa con el trabajo tal y como aún funciona: no te hace, te perpetra.

La vida pasa mucho más lenta sin elipsis. Durante varios días todo aconteció en la casa o sus aledaños. La gente iba y venía de la playa. También rebaños de chicos y chicas, todos aparentemente estúpidos a determinada distancia. Todos respetando esa ley no escrita que dice que si hay más de tres personas en un grupo, hay luz verde para ser idiota.
Todos tan desconocidos y extraños, como si absolutamente todos hubiesen nacido y crecido necesariamente en la zona. Todos con amistades añejas y círculos cerrados.
Puede que siendo chico lo hubiese tenido más fácil.

Papá y mamá tenían un plan. En la zona vivían ciertos familiares. La hermana de mamá. La tía guay de las pelis, que en este caso sólo era tía. Bea sabía que le preguntaría si tenía novio o no, y que luego bromearía al respecto independientemente de la respuesta. Y otros grandes éxitos de la Torpeza.
Como la mayoría de adultos, no era tanto alguien con quien estar como alguien a quien soportar. Otra vez la condescendencia de alguien mayor que habla como si lo supiera todo no sabiendo casi con toda seguridad una mierda.
Esa persona que se presume inteligente sólo porque ya no puede presumir de joven.
Esa invasión.
Y ese primo, también. No el primo guay o gay y gracioso e inteligente de las pelis, sino sólo un primo. Un desconocido hetero del montón que antes de verla estaría pensando casi seguro en la pereza que le daba intentar integrarla en la vida social del pueblo. Había coincidido con él en varias ocasiones, aunque no muchas. Parecía target para cualquier anuncio, reality o emisora de la FM. Más o menos estudioso y a la vez hermético a cualquier idea que no resonara a diario por todos los altavoces y medios con poder. Lo que popularmente llaman “la señora de Murcia” cuando intentan referirse al Gran público al que muchas películas intentan llegar. Él era nada más y nada menos que una más. Si había colorines y ruido, ahí estaba él, con todos los demás, coreando el último éxito, diciendo a todas horas cosas como “Es una cuestión de gustos”, o mintiendo sin darse cuenta al decir memeces como: “Sobre gustos no hay nada escrito”.
Un fiel más, ya con novia fija y raíl propio camino a alguna oficina. Él también iba a comenzar la universidad después del verano, pero Bea estaba segura de que no veía la carrera como nada más que un boleto. Su padre era vete a saber qué pez gordo, uno de los marionetistas de siempre, y su hijo nada más que otro peso muerto de forma antropomórfica colgando de su taller.
Los padres de Bea les ponían siempre como ejemplo de cómo se hacen las cosas.

El primo le enseñó el pueblo y le presentó a algunos amigos. Y también a su novia. Bea pensó que quizá la novia de su primo podía ser una oportunidad de comenzar a socializar con alguien. No fue así.
Salió un sábado por la noche con un grupo de casi diez personas. Todos idiotizados sólo de ser tantos, por el ruido, por el hecho de ser sábado, y en realidad pasando de ella. Porque ¿quién quiere hacer tareas de integración? Nadie. A no ser cobrando (aunque sea en especias). Bea intentó no parecer demasiado esquiva. Intervino en algunas conversaciones y no le dieron de lado. Pero a la vez sabía que era un elemento extraño. No sintió que conectara con nadie. Y nadie sentía que tuviese que hacer esfuerzo alguno por conectar con ella. Ella sabía dónde podían estar las personas más parecidas a ella: o en casa o en un ambiente muy distinto.

Pasaron los días de la forma más o menos absurda o neutra que a veces lo hacen. Y más en verano a determinada edad, cuando no sabes qué hacer, y encima tu vida social, tal y como la conocías, no existe.
No volvió a contactar con el primo, ni él con ella. A pesar de que los adultos implicados, aun viendo que no había ningún tipo de química, seguían negando el fracaso de su plan. Un plan que, por otro lado, sólo podía funcionar ya si alguien se negaba a sí mismo y cumplía una orden. Los adultos tenían eso en su ADN, habían crecido con eso. Para ellos tenía más sentido poner el culo, y así solían educar a los hijos. Por suerte, los hijos no siempre heredaban esa forma de pensar, lo cual tampoco era necesariamente una ventaja, ya que el mundo no era nunca de los hijos, jamás, siempre era de los padres. Nadie heredaba el mundo. Los hijos se abandonaban a sí mismos y se ponían la piel de los padres. A partir de ahí, articular un discurso sobre por qué eso tenía sentido, era de lo más fácil. Vivir con lemas o viejas doctrinas, siempre ha sido el más socorrido de los métodos. Y muchos colectivos, o al menos los más importantes, ya sean bienintencionados o simples empresas para ganar dinero, recurren a él. Si hay un mar de gilipollas, por más gilipollas que seas, te vas a sentir coherente y lógico, una persona de bien, centrada y realista.
Bea se sumergió en libros y películas, y en Internet, y llegó a pensar que su verano se reduciría a eso. Tampoco le parecía tan mal. Normalmente apenas tenía tiempo para leer o ver según qué series. Generalmente siempre estaba haciendo lo que llaman: “algo constructivo”; lo cual se solía reducir a tareas que unas veces sirven para que un adulto tenga la conciencia tranquila, y otras para que se enriquezca de un modo u otro gracias a tu esfuerzo.

Paseaba por la playa algunas mañanas. A veces muy tarde, por las noches. La zona (tsunamis aparte) no parecía peligrosa en hora alguna del día.
El propósito era tan simple como salir de casa. La desventaja era que en la playa era difícil no encontrar gente, excepto excesivamente tarde o temprano. No es que madrugara, se desvelaba; no trasnochaba, tenía insomnio. Aun así, pensó que le estaba viniendo bien esa especie de burbuja forzada por las circunstancias. Podía esperar un par de meses, en la universidad iba a conocer gente quisiera o no.
Pero las cosas no fueron así, obviamente. No fueron ni como sus padres planeaban ni como ella pensaba.

¿Qué se le dice a alguien cuando no quieres decirle nada? Sus padres organizaron una reunión en casa. Al parecer el papá tenía amigos no muy lejos, y también acudieron los tíos de Bea y algún que otro crío desconocido. Nadie de la edad de Bea. Algún que otro baboso cincuentón la miró como si fuese su cumpleaños y ella fuera la tarta. Amigos de papá. Padres de amigos; adultos aún mayores que los adultos. Era muy factible que allí hubiese mafiosos de todo pelaje, legales, ilegales y alegales. Ni Bea ni su madre eran tan tontas como para no oler la cabeza del caballo muerto. Su padre había estado rebotando de aquí para allá durante unos diez años, con horarios absurdos y viajes inesperados. Mamá tenía bastante claro que a papá se le activaba el wifi cuando pasaba por delante de los puticlubs. Cuando había mucho dinero a mano, no era tan fácil ponerse moralista. La gente no es buena a pesar de ser pobre, más bien ser buenos es a veces lo único que les queda.
El Mal, su elección, no se condensa en una decisión, seguramente es algo que llega de forma gradual. Cuando te quieres dar cuenta, debes estar en la última planta de un rascacielos esnifando Producto rodeado de hijos de puta que un día te cayeron bien. Ni siquiera debe ser una vida fácil, pero al menos diferente. Y no debe parecerse tanto a la Muerte como fichar cada mañana y producir precisamente para ese tío en el que crees acertado no haberte convertido.
O eres el que disfruta el rascacielos o eres el que lo limpia.
No es así, pero es así como funciona, y suele funcionar así gracias a los que más te quieren.
Lo que le dices a alguien cuando no quieres decir nada, suele tener que ver con el tiempo que hace, le fecha del calendario, la broma sin gracia pero conocida, o el hecho de que estás o no de vacaciones.
Si ese alguien a quien le hablas sin decir nada, te mira como una versión burda de James Mason cuando miraba a Sue Lyon en Lolita, y si eso te pasa no una vez, sino hasta cinco o diez veces con distintos tíos, aclarándote en qué ambiente te mueves (o se mueve tu padre), lo mejor es salir de la casa. Pero no salir a pasear. Sólo salir de la casa. Yendo demasiado lejos, y siendo de noche, uno de esos tarados te podría seguir, y no para amarte ambiguamente como un Humbert Humbert, sino para follarte al estilo sección de sucesos.

Un ruido ensordecedor, los acontecimientos se precipitaban, y ese era el ruido (puede que también el sentido). Bea despertó. Si no hubiese estado bajo el agua, boqueando cual chica submarino en su propia habitación, habría recordado al chaval que conoció la noche anterior. El que estaba merodeando alrededor de la casa y que dijo le gustaba pasear de noche y Radiohead. Llevaba unos cascos. El chico que no había visto antes, ni en el grupo de su primo ni entre los que llenaban de ruido cada día la playa. El chico con el que habló durante unas dos horas, a salvo de violadores y pederastas, mafiosos y políticos. Que no parecía un idiota, parecía tener gustos propios, criterio más allá del “sobre gustos no hay nada escrito”, y referentes, referentes culturales, y no solo estudios. Habría trasteado en su teléfono y buscado su número, que él le había dado, puede que incluso para llamar. Y claro que puede que no fuera lo que aparentaba, pero en cualquier caso era un buen actor. La mayoría de veces hay más cuando se trata de buenos actores, siempre hay más buenos actores que buenas personas. Qué se le iba a hacer. Y no se besaron, y ella no tenía ningún tipo de angustia por perder la virginidad. Él no intentó nada en ningún momento. Habló de amigos con los que no le apetecía quedar, y de noches de viernes que eran como el Día de la marmota.
Había peces en su habitación, podía ver sus siluetas recortarse en el brillo de la luz matinal que entraba por la ventana, aun con la presión del agua sometiéndola contra la pared. Si hubiese podido pensar, habría supuesto que al menos en primera línea de playa el agua, aun salada y salvaje, no estaría tan sucia como la que llegaría tierra adentro.
Le pareció que la presión no era excesiva, pero sí constante, era más una cuestión de insistencia que de fuerza.
Pensó que iba a morir. No estaba en nada de Nicholas Sparks, ni de Miyazaki. Al parecer sólo podía aspirar a Roland Emerich. Un cadáver entre miles, de los que añaden de forma digital para desaparecer bajo la ola, por el bien del espectáculo. La muerte vacía de significado, pura pirueta básica, el malabarismo con tres pelotas del cine.

La descripción del esfuerzo por la supervivencia no siempre es emocionante o viene a cuento, y la estadística de muertos, si no salpica a tus allegados, es mera carne de telediario. Puede que sea egoísmo o simple reacción física cerebral, para que no te vuelvas loco.
Mamá sobrevivió porque subió al tejado de la casa. Y papá quizá por lo que siempre dice de la mala hierba la señora de Murcia, que a veces acierta igual que un reloj roto acierta la hora cuando el día se acomoda a su posición.
Bea sobrevivió porque llegado cierto momento, la presión menguó, y consiguió bucear, y salir, y luego trepar.
No es que una sobreviva porque sea la mar de despierta y valiente, ya estamos otra vez con lo mismo. Normalmente la gente tiene la misma culpa de vivir que de morir. Las circunstancias se dan como se dan. El caos no existe para complacerte, sólo para acompañarte. Te guiña el ojo, pero luego quizá te mate, o te quiera, o ambas.
Bea pregunta si sus padres están vivos a la enfermera. La enfermera le dice que sí, todo va bien en ese sentido. Lo que quiere decir que papá y mamá siguen a lo suyo, o podrán hacerlo. Excepto que la enfermera añade que, después de publicarse una lista de supervivientes, la policía ha venido a por papá. Papá y su plan de Casita frente al mar. En cuanto se recupere, parece ser que tendrá que contar alguna historia, algún cuento de buena persona prefabricada.
Bea no tiene claro que pueda averiguar si el chico estará vivo. Sólo tiene su nombre de pila. El móvil ahora vive con el barro. Quizá sí sea una anciana, mero flashback. Tu padre y yo nos conocimos la noche antes de un tsunami. Yo al día siguiente pensé que no volvería a verle…
Una historia babosa a la que aspirar. Algo tan feliz que asquee a cualquiera que cuente con un mínimo sentido crítico y trabajada sensibilidad. Que haga que Sparks parezca Dennis Cooper. Mudarse puede que no sirva para nada, pero quizá el caos –si es alguna clase de dios– sea más benevolente cuando te ha visto surfear el desastre. Puede que para él ahora seas una gata de Schrödinger.
Pasadas unas horas, tan interesante y lúcido como el día anterior, tan despierto y sano, tan conveniente, el chico no vino a verla. Y ella soltó un bufido de alivio. Sólo el caos sabe lo que pasó después, aunque probablemente nada. Tsunamis aparte.

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25 proyecciones innecesarias (25 de 25) – Carta abierta a Jennifer Lawrence

La primera vez que te vi fue en una sesión de tarde. No en unos multicines, sino en un cine público. Ahora me suena poético. La peli era ‘Winter’s Bone’. Había leído una crítica que me impresionó, en cuanto a la peli en general, pero también en cuanto a ti. Ahora me da rabia no recordar la autoría, pero alguien dijo (sobre tu interpretación) que era como ver a un detective apaleado del cine negro de los años cincuenta dentro de una adolescente.

Le estoy cogiendo gusto a escribir cartas –más o menos codificadas– a quien no las va a leer, o sobre gente que no las va a leer. Puede parecer deprimente o solitario, pero a la vez creo que tiene mucho sentido. Es la única forma de “hablar” con según quién. La gente sólo escribe listas de la compra, no sabe lo que se pierde, cuántas formas nuevas de alzar el vuelo y estrellarse.

Era como ver a un detective apaleado del cine negro de los años cincuenta dentro de una adolescente. Era una buena definición. Tu mirada proyectaba la idea de haber pasado muchas penurias. Hay gente que cree que eso no se puede fingir.
En aquel cine se pasaron con el aire acondicionado. No ayudó, teniendo en cuenta el paisaje frío y seco de la peli.
Reconozco que me fijé en ti; pero aquella película no era la idónea para comenzar a alimentar ningún mito. En aquella peli, aun siendo la protagonista, funcionabas como una de las piezas de determinado engranaje emocional.
O algo así.
No era una peli en la que nadie fuese a posar o lucirse de determinada manera (y no hablo de tetas). Era una interpretación de trinchera. Un trabajo muy difícil, y hasta cierto punto desagradecido. Una peli prestigiosa, nada espectacular, buena pero no para “molar”.
Seguro que no digo nada con mucho sentido, pero todo el que la haya visto me entenderá.

Pasado no mucho tiempo, estaba viendo un nuevo ‘X-Men’. Lo veía, lo veía… No recuerdo cuál de la saga era. Veía pasar toda esa cacharrería ante mis ojos, toda la acción, la pose, el lucimiento presupuestario, la maquinaria de producción…
Era un reparto muy coral.
Y sí, era consciente de que la actriz que hacía de Mística no era la misma que en anteriores ocasiones. Pero sin más.
No quiero decir que salí del cine y alguien tuvo que decirme quién eras, para que esto suene más “curioso”. Pero vi buena parte de la película sin saber quién eras, y creo que no fue hasta el final, que no te reconocí.
Coño.
Mierda.
Me costaba asumir que Mística fuese aquella chica de ‘Winter’s Bone’. Mística sí daba para el lucimiento al nivel que me refería (y sigo sin hablar de tetas), y lo hacía justo para lo que no verías en algo como ‘Winter’s Bone’. Eras literalmente otra. No voy a excusarme con el rollo del maquillaje, eras tú la que se había transformado, aunque tus rasgos fuesen perfectamente reconocibles si uno te conocía.
Yo aún no te conocía. Ahí fue donde realmente te conocí, cuando pude contrastar.
Cuando vi que podías ser quien quisieras.

Luego no tardó en llegarte la fama más salvaje. La admiración, y con ello también el odio de quienes no llevan nunca bien el éxito de los demás. Y también llegaron los “listos”, los que saben qué está “sobrevalorado” y qué no.
Juegos del hambre aparte, supongo que fue con ‘Silver Linings Playbook’ cuando todo estalló.
Una honesta comedia romántica con un toque marciano, de la que la gente esperaba algún tipo de peli salvaje y extrema de dos horas y media. Algún tipo de Scorsese lleno de situaciones dramáticas y explosivas, que te dejaran extenuado en la butaca.
La gente no esperaba una película. Esperaba ver desfilar los premios que había ganado. Una comedia no podía ganar premios. Los mismos que dicen que siempre ganan premios el mismo tipo de pelis, no entendían que esa los hubiera ganado.
Como fuere, los premios están para coger polvo, y el público se muere. Las películas no.
En esta película brillaste a todos los niveles imaginables. Para mí fue devastador, un torbellino de presencia, intuición y poderío. Lucimiento en el mejor sentido. Todo supuraba encanto y carisma.
Había momentos en que me hubiese caído de culo de haber estado de pie.

Al mismo tiempo que llegaban los que decían lo bien que les caías, llegaban también, como apunté antes, los que aseguraban que no te soportaban. Estoy seguro de que sabes mucho sobre el odio a distancia, y de lo falso, cobarde e hipócrita que suele ser en realidad. La gente te veía recoger premios y tropezar, y hablar como una persona y no como un futbolista en los programas de televisión. No estamos acostumbrados a oír a alguien tan famoso expresarse. Normalmente lo que hacen es cubrirse la espaldas, hacer la pelota a todo el mundo y volver a casa.
No estoy hablando de naturalidad incondicional, ojo, ni de que seas completamente transparente. Sé que tienes que sobrevivir y tomar precauciones. Sé que debes estar rodeada de imbéciles y sociópatas (puede que yo sea uno de ellos), pero también creo que interpretar, falsear, vender la moto, se te da bien sólo rodando una película.

Al planear escribir esto, pensaba que eres demasiado joven y talentosa, admirarte es casi un cliché, es previsible. No es en absoluto guay. Ahora es casi como decir que Jesucristo es guay en un viaje para ver al Papa.
Pero yo uso gifs. Uso gifs que la gente hace con imágenes tuyas. Para expresar cosas, en lugar de usar mi cara dolorosamente del montón, uso la tuya. Hago trampa. Es mi forma de humildad autoconsciente. Aun con todo lo humana que se te ve en cualquier pantalla, para mí eres como un ente. Otro mundo, otra especie, un estreno.
Esto sigue sin ser una cuestión de tetas sin más, y que nadie me salga con eso de que triple negación es igual a afirmación.
Tengo más de treinta años, y aun sabiendo que mi admiración va más allá de lo superficial, con ese asunto de los gifs siento como si hubieras sido mi primera Barbie.
Igual es bonito, o retorcido.
Aquí, en esta clase de detalles, es donde se ve la diferencia entre quién hace cosas y quién se limita a admirar u odiar a quien las hace. Yo, de momento, soy más de los que admiran, e intento ser de los que las hacen. Por ahora, lanzo esto a ningún buzón, y acabo de escribir otra no carta de amor.

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25 proyecciones innecesarias (24 de 25) – Carraspera

Allí «la hora de la siesta» no era una forma de hablar. Allí a la hora de la siesta las calles del pueblo estaban vacías y en las casas cedía la actividad. Además nadie cerraba con llave. Si querías podías entrar y salir por donde quisieras, podías oír los ronquidos. Podías incluso robar, excepto que se hubiese sabido.
Yo no dormía, era un chaval de ciudad, un crío. Aún no le veía el qué a ese ritual. Estaba cargado de energía. Había dormido mis buenas ocho o nueve horas la noche anterior. ¿Para qué me iba a poner a dormir otra vez a las tres de la tarde?
Persianas bajadas. De tres a cinco de la tarde, me dedicaba a pernoctar, la casa estaba más bien a oscuras. Con catorce años cualquier rincón era bueno para una paja. Esa era una opción. También me gustaba dibujar. No tenía tele, allí aún no, aunque difícilmente me la hubieran dejado poner a esa hora. El pueblo entero (unos mil habitantes) dormía. Yo era un pequeño organismo a la contra. La pequeña gripe. La carraspera del pueblo.
No era grave o molesto, pero allí estaba, jugando a la contra, sin respetar ciertas reglas, pisoteando el protocolo. ¿Cómo demonios me iba a dormir de tres a cinco de la tarde, cuando lo que hacía normalmente a esas horas era estar en clase?

No se trataba sólo de la siesta. Eran las vacaciones de verano. Un mes entero allí. Nunca encajando, nunca del todo cómodo, nunca entendiendo del todo. Ahora todo son buenos recuerdos, pero entonces era una sensación extraña; como si todo el mundo te mirara y dijera algo como “esto es genial, eh”, y yo sólo supiera encontrar pegas o ponerme siniestro. No quiero, de verdad, sonar a retrato de la adolescencia o generacional. Yo hubiese sido plenamente feliz con mis amigos en la ciudad. El pueblo significaba afrontar toda una serie de momentos incómodos. Familiares, desconocidos, gente mayor, sentirse desubicado… Un chico o una chica de esa edad no ha de quejarse necesariamente por estar «en esa edad»; de hecho generalmente se quejan por lo mismo que se quejan los adultos: estar en un lugar donde no quieren estar o con gente con la que no quieren estar. No es que los chavales sean raritos, es que aún no pueden hacer lo que quieren. Casi nunca pueden elegir. Van de un lado a otro por orden de adultos de criterio siempre discutible.
Cuando creces te das cuenta de hasta qué punto el criterio de los adultos es discutible; de hecho hay gente con hijos que no es que no esté preparada para tener hijos, es que no está preparada para no dispararse en un pie.

Como sea, creo que tampoco hubiese hecho gran cosa de haberme quedado en la ciudad. El mes de agosto era el descanso del obrero. Al parecer todos los padres de familia tenían ese mes libre. Todo el mundo se iba fuera. Las madres solían ser amas de casa; los padres hacían siempre como que todo iba bien. El mundo no era un lugar en absoluto amenazante. Ni tan siquiera para los críos como yo, de a seis suspensos el trimestre. Daba la sensación de que daba igual lo que hicieras, no te iba a pasar nada. Una vez superada la tormenta (la bronca, o la bofetada paterna o materna, tan aceptada aún en aquellos tiempos), podías seguir hacia delante sin excesivos dolores de cabeza.
Lástima no haberlo sabido en aquel momento.

Llevaba mi monopatín al pueblo. Mis padres llevaron una tele con el tiempo. Luego yo llevé una consola.
Parecía que aquella casa nunca acababa de completarse. Siempre había alguna obra, alguna chapuza que hacer, algo que instalar.

Recuerdo que una tía mía que vivía en el pueblo, invadía la casa a cualquier hora; abría la puerta, voceaba el nombre de mi madre, y entraba sin más. No parecía saber que a partir de mis doce años yo podía estar tocándome a cualquier hora.
Luego, otro tío mío, que ya estaba viudo, murió, hubo algún desacuerdo con el asunto de la herencia, y esa tía mía ya no volvió nunca más por casa. Dejó de aparecer, se dejó de hablar de ella. Es posible que incluso ya haya muerto. Yo era la carraspera, pero no tanto como para hacer ciertas preguntas. No es que me importara tanto. No es que no fuera un niño sensible, pero no me encariñaba enseguida con todo el mundo, y hablamos de personas a las que veía entre poco y menos cada año.

Uno de mis mayores problemas es que no sabía fingir. Sabía mentir, sabía hablar mierda. Pero no sabía fingir, no sabía actuar. No sabía reír sin ganas o fingir relajación cuando me sentía incómodo. Esto es algo que te pasan por alto cuando eres muy crío. A la gente le hace gracia todo si eres lo suficientemente crío. Pero a partir de los catorce o quince años, todos empiezan a suponer que ya deberías saber fingir; al menos un poco. La desavenencia generacional entre críos y adultos, no creo que vaya de lo listos que son los adultos y lo tontos que son los críos; creo que va de lo transparentes que no pueden evitar ser los críos, y lo muy falsos que han aprendido a ser los adultos.
Recuerdo a una prima de mi misma edad. Aunque no estaba seguro de que fuera una prima. En el pueblo a veces se confundían esas cosas (pasé años pensando que una amiga de mi madre era mi tía). Pero había una chica, alguien que, fuese o no prima, parecía actuar en calidad de prima. Ella ya había aprendido a aceptar ciertos códigos de los adultos. Los protocolos. Recuerdo entrar a un bar con mi primo (primo de verdad), y topar con ella. Mi primo conocía mejor los nombres, el árbol genealógico, quién era familia y quién no. Ella nos saludó bastante efusivamente. Mi primo respondió de la misma manera, y yo sin embargo me mostré algo seco.
Al salir, esa chica me lanzó una mirada de desprecio. No una mirada natural, no algo que asomara sin más de ella, sino una mirada ensayada. Una mirada adulta.

Pasaron muchas cosas durante aquellos años. No necesariamente extraordinarias, pero algunas sí dignas de ser relatadas.
Una de ellas puede ser representativa. Algunos hechos tienen la cualidad de condensar una época, el carácter de un lugar y un momento vital.
Una tarde de verano, el año de mis dieciséis años, hice lo de siempre. Puse la consola en la hora de la siesta, bajé el volumen, y me puse a jugar. Para jugar, pero también para hacer tiempo, hasta que llegara el momento de ir a la piscina. Ir a la piscina antes de las cinco estaba permitido, pero estarías solo, solo bajando el pueblo y solo en la piscina. De modo que hacía tiempo jugando a la consola.
Hasta ahí era una tarde más (aunque allí nunca lo era).
Luego, bajando hacia el polideportivo, ya noté una energía distinta a mi alrededor. En un pueblo pequeño, cuando algo pasa, ha pasado o va a pasar, sientes que la gente está alerta, o atenta, o distinta. Fue sobre todo llegando, cuando noté algunas miradas, cuando alguna cabeza se volvía para verme. Alguna risa. Algún movimiento desconcertante. ¿Qué pasaba? Nada, en realidad. Pero pasaba algo, o algo iba a pasar.
Entré en las instalaciones, el edificio que filtraba la entrada al césped al aire libre.
Me acomodé con mi toalla, con un par de amigos. Pese a mi carácter, nada fácil en ocasiones para los demás, siempre sabía hacer amigos.
Ni me había bañado aún, y vino una chica a hablarme sobre otra chica; no dejaba de decir su nombre.
Estaba descolocado. Me sonaba su nombre, pero no la ubicaba, no sabía de quién me hablaba.
Tampoco sabía qué quería de mí. No hablaba claro, hablaba como si yo tuviera que intuir todo lo que estaba pasando. O más bien como si yo tuviera que saberlo desde hacía días. Puede que un par de años.
Ella seguía hablando. Por fin, dijo que esa otra chica estaba fuera, y que quería hablar conmigo.
Se suponía que era un golpe de suerte. Una chica quería hablar conmigo.
Pero yo no quería hablar con ninguna chica. O mejor dicho, no quería hablar con ninguna chica que hubiese estado planeando hablar conmigo. Lo que la mensajera intentaba decir sin decirlo, era que esa chica estaba interesada por mí, que yo le gustaba, y que eso era una gran oportunidad. Sólo tenía que ir hasta donde estaba ella y decirle… ¿qué iba a decirle? ¿Y qué pensaba decirme ella?
Esa mensajera me puso en un estado de nervios desconocido para mí.
En pocos segundos me vi rodeado de chicas de quince y dieciséis años en biquini.
Dije que no. No quería.
Fue patético.
No estoy seguro, pero creo que me inventé una novia.

Al salir luego para irme, con mi toalla, vi a mi prima llorando, rodeada de amigas, incluida la mensajera.

Al llegar a casa, en un acceso de no sé qué, me quité el bañador y comencé a tocarme. No pensé en cerrar con llave. Mis padres no estaban. Mi tía entró y me vio espatarrado con la polla en la mano.

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25 proyecciones innecesarias (23 de 25) – Gatos

Lo del gato debió ser a principios de los noventa.
Los que crecimos en esa década fuimos los últimos que supimos sobre cierto grado de independencia e incomunicación.
A cierto nivel, estábamos solos. Pero no era algo que nos hiciera infelices. Lo que nos podía hacer infelices era más o menos todo lo demás. Es curioso que, de todas formas, no tengamos en general malos recuerdos de nuestra infancia. Al fin y al cabo no vivimos ninguna guerra o posguerra, y tampoco sabíamos de nuestro país y su gran farsa sobre el estado del bienestar. Se suponía que nosotros tendríamos la oportunidad de comernos el mundo. Todo iba bien, uno sólo tenía que hacer un pequeño esfuerzo.
Todo estaba bien, excepto que todo era mentira.

Éramos la generación que oía hablar sobre ‘Generación X’, y que un poco antes de los veinte años vería ‘El club de la lucha’, como si esa peli fuese un oráculo que nos iba a contar el qué. Cuando luego leías el libro, lo veías aún más claro. Pese a ser un texto que le hablaba a los mayores de treinta, tú ya te podías sentir perfectamente identificado. Era aún peor, porque ese texto te contaba en cierta forma lo que casi seguro no podrías evitar. El vacío, la violencia de no ser.

Yo me levantaba cuando el despertador quería. Era el primer Superior que tenía todos los días. Primero obedecías a una máquina, luego a todo los demás. Otra máquina era el timbre del colegio, aunque siempre había más personas que máquinas. Tus impulsos o deseos importaban un carajo. Todo eso se despejaba de la ecuación. Que no estuvieras motivado y el colegio te asqueara, no preocupaba a nadie. Es posible que se preocuparan más con los críos que querían ir a clase (y con razón…).

Iba por las mañanas con un par de chavales más del barrio. Llegábamos al colegio por un camino que era casi todo el tiempo de tierra. Apenas cruzabas un par de calles asfaltadas. Había zonas que eran puro terreno para construir abandonado (irónico), llenas de de hierbajos.
Una vez, en una de esas zonas, vimos un gato muerto.
Primero lo olimos, y eso que ese día aún no olía tanto…
Alguien lo había atropellado, y luego alguien lo tiró a los hierbajos.
Fuimos viendo cada día cómo el animal se descomponía. Se acercaba el verano. El calor ayudaba. Pronto el radio de acción de la peste era delirante. Por allí no pasaba ningún adulto a no ser en coche. Ellos los atropellaban, nosotros comprobábamos los desperfectos. Cuanto más te acercabas, más real parecía. No aprendimos nada extraordinario de aquello, y aun así aprendimos mucho más que en clase. Veías primero el pelo del animal, luego la carne y luego los huesos; y de haberlo pensado hubieses visto el camino hacia el año 2000, cuando ya estarías no solo perdido, sino también consciente de estarlo.
Ellos los atropellaban, nosotros comprobábamos los desperfectos. El gato podía ser un símbolo perfectamente aceptable de nuestro futuro.

El siguiente invierno, helados, recién salidos de la cama, como siempre, con el sueño amputado, levantados en el justo momento de mayor placer bajo las mantas, ya no olíamos al gato por las mañanas. Comenzó a desaparecer.
Nosotros no, al menos sobre el papel.
Oíamos hablar sobre la belleza de un amanecer. Nosotros no veíamos amanecer. Veíamos el reloj a las ocho de la mañana. Un reloj, un timbre, muchos dedos señalando. Señor, ¿ha sido usted quien ha matado al gato?

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25 proyecciones innecesarias (22 de 25) – Z.

Z. sabía de la importancia de la primera impresión. Podías hacer lo que quisieras, pero si te presentabas en los sitios con un aspecto descuidado, tenías el triple de trabajo de aceptación. La primera impresión, el primer olor, la primera mueca o sonrisa, el primer saludo… Había cosas que no podías controlar del todo, los nervios te podían traicionar. Pero sí podías cuidar tu forma de vestir, de peinarte, tus complementos. Podías asearte, joder, dedicar las horas anteriores a sacarte brillo. No tenía nada de malo. Ser un poco presumido, presumida, un poco picajoso para contigo, un poco pijo, un tanto irritante. O incluso perfeccionista. Muchas de esas cosas no son positivas a medio plazo, pero te ayudan a tener un buen aspecto, y la gente puede decir misa, pero siguen valorando y comiendo con los ojos. No se ponen a esperar a que hables, manteniendo el marcador de prejuicios a cero. Lo que hay que entender es que la gente es cualquier cosa menos comprensiva o abierta. Da igual lo que digan. Lo que quieren es que alimentes la idea de que el aspecto exterior es fiable. No necesariamente porque ellos lo crean en el fondo, pero es más cómodo pensar en esos términos. Es más fácil.
No cuesta nada hacer la vida más fácil a los demás. No cuesta nada llevar a cabo el acuerdo tácito de fingir que la vida es fácil.
Z. lo ritualizaba. Ya pasó su fase juvenil en que todo le molestaba. La corbata, la camisa, el traje… Todo era un problema para él. Su única idea sobre vestirse y salir, era ponerse unos tejanos. Ahora lo que hacía era seleccionar cuidadosamente cada prenda. Las coloca sobre la cama y las observa atentamente. Puede llevar un tiempo. Primero seleccionas, luego combinas. En el momento de combinar puede comenzar a haber dudas. Es posible que ya estés vestido, decidido, y que de pronto no te guste lo que ves en el espejo justo antes de salir.
Habrá quien diga que la gente que se cuida y sabe vestir, luego puede tener tendencia a llegar tarde a las citas. Como si hubiera que elegir entre llegar tarde y vestir mediocre. Pero Z., a esas alturas, sabía que sólo una de esas dos cosas puede ser elegante.
Llegaba tarde Marilyn.
Vestía mal tu tía la del pueblo.
Por suerte, esta vez la puntualidad no sería un problema. Lo cual no quería decir que Z. no se apurara. Uno no puede pasarse el día haciendo probaturas y desgastando el espejo. Llega un momento en que tienes dar el siguiente paso. Esa entrevista incómoda, esa cita con Helena de Troya, esa silla que te espera en la última cena. Los demás invitados tienen que ver los resultados. No esperas que te acomoden entre cojines de seda y te den uvas, pero cuando sabes que has acertado con tu outfit, casi puedes notar cómo se quedan con las ganas.
Esta vez era una ocasión irrepetible, así que había que ser cuidadoso. Uno no se va de viaje así más que una sola vez. Z. salió al balcón. Piso veinticinco. Está impecable, arrebatador.
Cuando notaba el aire, cada vez más violento al caer, no pensaba que ya no había marcha atrás. Sólo podía pensar en cómo le iban a mirar todos allí.

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25 proyecciones innecesarias (21 de 25) – Capitanes

La capitana de las animadoras estaba hundida en un océano de angustia monotemática relacionada con el capitán del equipo de fútbol. Salió a flote cuando él la invitó a salir. Ella se negaba a dar el primer paso, y le importaba «un carajo» qué impresión diera eso.
Luego estuvieron delante de un batido y delante de una pantalla de cine y delante de diversas orquestas, delante de puestos de helados y perritos calientes, y pronto siempre con un elefante sexual en la habitación.
El capitán estaba histérico.
La capitana no parecía tener ninguna prisa.
Sea esto relevante o no, ninguno de los dos estaba preocupado por parecer más o menos previsibles. Esto no quiere decir que les inquietara lo que pensaran los demás. Sentían cierta extraña responsabilidad para con sus actos.
En cierto modo, ahora que le tenía a él, ella ya no sabía lo que quería, y él sólo quería una cosa.

La capitana de las animadoras estaba que trinaba por el capitán del equipo de fútbol. Sintió que la liberaban cuando él mismo la invito a tomar algo. Ella no quería tomar la iniciativa, al margen de lo que pensaran los demás.
Luego bebían batidos juntos y veían pelis y bailaban, comían helados y devoraban perritos calientes. Él no podía evitar pensar en ella desnuda.
El capitán disimulaba erecciones.
La capitana pensaba que estaba bien que pasase el tiempo, y que sólo pasase lo que pasaba.
A ninguno le preocupaba no ser en absoluto originales, o parecer anticuados de algún modo. Sentían que interpretaban un papel, pero que eso estaba bien.
Aun así, ahora que ella le tenía al él, se sentía algo perdida al respecto. Él no, en absoluto…

La capitana de las animadoras bebía los vientos por el capitán del equipo de fútbol. Cuando menos se lo esperaba, él tomó la iniciativa. Ella no quería hacerlo, aunque sus amigas la criticaban por ello.
Luego salieron juntos y fueron al autocine y él la invitó a helados y perritos calientes, y no podía dejar de masturbarse cada noche pensando en ella.
El capitán tenía un objetivo claro.
La capitana se mostraba ambivalente, no especialmente interesada más allá de la compañía, aunque sí se considerara su novia.
No estaban preocupados por lo que los demás dijeran, para ellos no se trataba de ser modernos o no. Les parecía curioso ser los capitanes, se suponía que eso conllevaba alguna responsabilidad para una pareja como ellos.
Como fuere, ella sentía que tenía lo que quería. Pero él aún no.

La capitana de las animadoras estaba enamorada del capitán del equipo de fútbol. Como si él lo hubiese “intuido”, un día la abordó en el instituto y la invitó a pasear. Ella respiró aliviada, porque no se hubiese sentido cómoda rompiendo el hielo.
Luego, durante un tiempo, vieron pelis y cenaron juntos, y, cada vez que él intentaba acariciarle las piernas, o meter la mano bajo su suéter, ella se apartaba sonriendo.
El capitán no podía aguantar más.
La capitana no parecía disfrutar teniéndole a pan y agua, pero aún no quería dar ese paso.
No es que les importase lo que dijesen los demás; ella no hacía mucho caso a sus amigas, y él no se dejaba provocar por el cachondeo de vestuario de sus compañeros. Pero de alguna forma sentían que era mejor así, y que estaba mal acelerar las cosas. Incluso él lo pensaba. ¿Quién demonios creía de verdad en eso de ser uno mismo?
Un fin de semana ella se quedó sola en casa. Sus padres no sabían que salía con el capitán. En lugar de ir al cine, como estaba previsto, decidieron dar el paso. Habían estado saliendo durante cinco semanas.
La erección masculina penetró la humedad femenina con facilidad. Se suponía que eran vírgenes, pero no tomaron decisión o precaución alguna, ni tan siquiera consiguieron un condón. No llevaron cuidado, no lo hicieron despacio. No mancharon nada de sangre, no se sintieron observados, paradójicamente, ni tenían miedo a que les pillaran.
Ambos llegaron sincronizados al orgasmo. Por supuesto.
Estaban absolutamente extasiados.
Cerraron los ojos con fuerza.
Supieron que no había consecuencias.

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25 proyecciones innecesarias (20 de 25) – Vino tinto

Hay ciertas cosas, asuntos recurrentes, por llamarlo así. Formas de comportarse, lo que haces, lo que comes o bebes, la duda de si haces esas cosas sin gente alrededor. Ciertas ideas, supuestas soluciones, aparentes inercias. Se contagian, obviamente, pero no por ello dejan de ser definitorias.
Entérate, infórmate; localiza una cena, una con gente, no una cena de empresa ni nada por el estilo, mejor un cumpleaños o similar. Una cena en la que la gente se sienta cómoda, o al menos tenga que fingir que quieren estar ahí. Un poco forzada, puede, pero voluntaria de verdad, extra-curricular. Una quedada de amigos. En realidad, si no es muy numerosa, mejor. El formato ideal puede que sea una cena de parejas. Dos. Blancos y hetero, a poder ser; de esas personas que sonríen al mundo no tanto por tolerancia como porque el mundo siempre les ha sonreído. Esas personas a las que la vida las ha tratado bien en muchas ocasiones sólo por defecto, que pueden fingir que son la bondad personificada, o que realmente jamás harían nada impetuoso, discutible, malo o violento.
Localízales, y observa. Escúchales.
Quizá te comiencen a sudar las manos sujetando el arma. Imagina que los ves con la mira telescópica, y que has de apretar el gatillo al primero que tu estómago quiera. Tienes audio, tu auricular en el oído derecho, hay un micro bajo la mesa. Les puedes oír casi mejor de lo que les ves. Se sientan y miran confiados a su alrededor. Nada como espiar a alguien para saber lo encantado que está de haberse conocido. Las salidas de parejas corren siempre peligro de convertirse en una escultura a la altivez mal disimulada. Son buenos, son amigos, son brillantes. Tienen cosas en común. Tratan fenomenalmente al camarero, aunque le hacen ir y venir unas tres veces hasta que se han decidido, después de impregnar la carta de colonia y responsabilidad.
Viernes.
No puedes ver los precios del restaurante, pero tiene pinta de que cenar ahí no es tanto una cuestión de alimentarse o relacionarse, como de dejar claro que puedes llevar determinado tren de vida. No es que seas rico, pero eso es una vulgaridad.
Entonces uno de los presentes llama otra vez al camarero, parece ser que ha quedado algún fleco suelto.
Hablan sobre la carta de vinos.
–¿Tenéis otro vino tinto aparte de los de la carta?
El sudor te empieza rodar por la cara.
–La verdad es que no, tenemos lo de la carta.
–¿Os gusta el vino tinto?
Las cejas comienzan a no ser suficiente.
–Vale, pues ¿nos traes el de la casa?
Pestañeas.
–Eso. Vino tinto.
Aprieto el gatillo hasta cuatro veces.

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25 proyecciones innecesarias (19 de 25) – Frutería

Si quieres fracturarte varios huesos, una forma es presentar tu currículum en un supermercado que busque personal para el verano, ser contratado, entrar un día en la cámara frigorífica con tu transpaleta, encajarla bajo un palé, intentar mover una carga poco adecuada a tu escasa experiencia, perder pie, resbalar, hacer que las ruedas patinen, y que un box doble lleno de sandías sugar baby caiga de lleno sobre ti.
Eso te puede machacar de tal forma que un par de costillas, un brazo y una pierna, queden inutilizados para muchos meses. Huesos rotos o quebrados, el tendón de aquiles del pie derecho desgarrado por el borde del palé, astillas (hueso y madera) destripando tejido interior, excedente de hematomas…
Y da gracias si se ha librado la cabeza.
Cuando entré, alertado por los gritos, que se oían desde tienda aun llegando desde el interior del almacén en una zona que daba al patio, me encontré con la clase de cosas que sólo debería haber visto un veterano de guerra. El chico escupía sangre, el fémur de su pierna izquierda salió a decir hola, su brazo derecho: en modo muñeco, su torso estaba aplastado. El zumo rojo de una sandía reventada se mezclaba con el charco de sangre creciente (literal). Los gritos le estaban desgarrando la garganta. No había forma de abordar aquello, excepto correr a por alguien a quien pasarle el marrón. Yo tenía dieciocho años. Apenas me daba para mantenerme en pie, me hubiese disparado en una rodilla de haber tenido un arma.

Era mi segundo curro, el segundo verano de curro teóricamente edificante. Para mí sólo era emocionante por la pasta que suponía llegar a fin de mes, que no era una mera paga doméstica. Estaba En El Camino, el oficial.
Pero era el segundo día de curro de aquel chaval en toda su vida; diecisiete años. Por suerte no había sido yo el que le había “formado”. No es que hubiese gran cosa que enseñar; esto está aquí, aquello allá, comemos aquí, meamos allá, etc. Pero había que aprender, como siempre, lo suficiente para sobrevivir, cosa que cuando estás en un almacén, no es exactamente una metáfora. Obviamente no tiene por qué pasar nada. Generalmente hay seguridad y nadie (o casi nadie) es tan tonto para ponerse a jugar con maquinaria pesada o cargas peligrosas. Pero cuando hay accidentes, no son cortarse con un folio o mancharse la camisa con tinta.
Esto, en todo caso, no va sobre el curro de almacén. Va sobre el verano de 2001 en aquel almacén en concreto.
Mi Vietnam.

La sección de frutería no era la peor. Las había mejores, desde luego, en las que movías menos peso y lidiabas con menos curro de reposición, inventario y atención al público. Pero también había secciones mucho peores. Líquido, por ejemplo, donde se movía mucho más peso, y donde por la mañana reponer los estantes antes de la hora de abrir, suponía un follón importante, una tarea incómoda, farragosa y a contrarreloj.

Sólo llevaba una semana allí. Vinieron a por el chico. Lo movieron como pudieron para llevárselo. No había personal sanitario en el propio centro, como sí pasaba en los centros logísticos, donde se encargaban de la distribución de pedidos, y donde sólo se movían cajas y palés todos el día (nada de clientes). En un supermercado también había que remontar palés o bajarlos con la carretilla, el almacén también era parte del proceso. Pero era sólo una parte, una faena casi se diría puntual.
Tardó en escampar lo que tardó en llegar una ambulancia, encamillar al chico y largarse pitando.
Adivinad a quién le tocó limpiar la cámara frigorífica. Por suerte no tuve que enfrentarme con un charco de sangre y ya; o sí, pero estaba todo tan enguarrado y mezclado, había tal infierno de sandías y desparrame, que pude negar en parte que estaba fregando también sangre.

No pasaron más de dos semanas hasta el siguiente accidente. Un compañero y yo estábamos en el patio del almacén junto a la máquina que tritura el cartón y los plásticos y los engulle.
(Sí, por ahí van los tiros…)
Este compañero era un veterano por comparación conmigo. Llevaba varios años currando allí, tendría unos veinticinco años.
Qué pasaba. A veces la máquina se atrancaba. Solía ser debido al plástico. El hueco donde se tiraban las cajas se iba haciendo cada vez más estrecho, aplastando, comprimiendo para que todas esas sobras del trabajo de almacén dejaran de ocupar espacio físico o mental.
Mientras esperábamos a que el enorme trasto engullera, para tener espacio en el que tirar más cajas, la maquinaria comenzó a chirriar. Es como cuando tragas por mal sitio y te pones a toser. No pasa nada, pero necesitas un momento, una ayudita, un trago bien pegado. En el caso de la máquina, un reponedor que la bloquee apretando el botón, entre en el hueco en el que se lanzan los cartones, y que mientras está ahí, y cuando su compañero ha ido un momento fumarse un piti en un ángulo muerto para las cámaras, llegue un jefe de sección, vea restos de cartón, y le dé por apretar el botón sin ver al reponedor que hay dentro.
Nuevamente: gritos.

Algo curioso como apunte en el margen: Este jefe de sección no solo la cagó. Además venía de haber estado de baja como un año por depresión. Se rumoreaban incluso intentos de suicidio, pero nadie tenía claro que eso fuese cierto. La depresión, sí. Algunos aprendimos aquel verano que se puede diagnosticar ese rollo, y que no es como estar en casa viendo pelis resfriado.

Varias costillas rotas, un brazo, la tibia de la pierna izquierda… El problema fue, además del despiste, que quien apretó el botón no se quedó a mirar. Como todo jefe de sección, hacía un cosa y salía disparado en otra dirección. Creo que era por las cámaras, una cosa era que un reponedor se entretuviera, pero si lo hacía un jefe de sección y alguien de seguridad con ganas de lucirse lo veía en las pantallas de las oficinas, podía ser inmediatamente no despedido, pero sí degradado.
De modo que cuando oí los gritos y me puse a correr, vi que el jefe también corría en esa dirección. No entendía qué pasaba. ¿La máquina se había puesto sola?
Esa vez no solo se le dio la baja a mi compañero. Ese jefe volvió a desparecer misteriosamente, engullido por su propia maldición.

¿Sabéis cómo de mal hay que girar con una carretilla para que vuelque? No es fácil hacer que una carretilla elevadora vuelque. Yo no lo sabía en aquel momento, porque las carretillas, las pocas que había allí, estaban reservadas a los veteranos. Yo fui carretillero después, pero no en aquella época y empresa.
La única forma de hacer volcar una carretilla, o la forma con más posibilidades, es hacer el tonto con ella.
Si quieres volcar con una carretilla, lo que tienes que hacer es tener un día de mierda, haberte comido un montón de horas extra, estar en el patio haciendo el bobo después de la hora del cierre, coger velocidad con ese trasto tosco sólo preparado para el currele, gritar que vas a hacer un trompo, y efectivamente intentar hacerlo.
Algo más difícil aún que volcar, es hacerlo de tal forma que, en lugar de salir despedido o quedar sujeto gracias al cinturón, se dé la carambola idónea de la física para que salgas despedido no lejos del vuelque, sino de modo que caigas al suelo, y esa máquina, que con su batería pesa más que un Twingo de la época, se te venga encima.
Encima de verdad.

Recuerdo hablar de aquel funeral, al que obviamente yo no asistí. El accidente se produjo de tal forma que por suerte tampoco lo vi, aun estando presente. Lo que sí vi, fue la mancha que quedó en el suelo, que no hubo forma de lavar del todo, y que luego taparían con cemento. Una mancha redonda, casi geométricamente redonda, con variaciones de intensidad, casi como si nos observara el Hal 9000 del curro de almacén.
Aquello fue entrado agosto. No era el final, quedaba aún un buen trecho de verano.

Si te eras sincero contigo mismo, aquellos accidentes, aquellas tragedias, eran terribles, sí, pero si te eras sincero contigo mismo, de una forma cruda, sin cortar, y teniendo en cuenta que no hablamos de seres queridos, sino tan solo de seres, todo aquello tenía un punto emocionante. Era como seguir un atentado terrorista por televisión, de repente todo son rumores de nuevos focos de terror, de nuevas explosiones o tiroteos. Sí, te puede parecer terrible, y de estar en tu mano evitar que esas cosas pasasen, lo harías; pero a la vez esas cosas aniquilan la rutina. Y en este caso la rutina podía ser de lo más tediosa.
Todo aquello que venga para luchar contra esa clase de rutina (masiva, ademas), es ruidosa o calladamente bienvenido.
Por eso mucha gente ha hecho culto del morbo, por sádico que sea, o el chismorreo. Es el placer inmediato; enseguida caduca, pero siempre está ahí si lo buscas. El placer real, el sentirse vivo de verdad, necesita que te involucres.

Daba esa sensación de que flotaba alguna clase de maldición en el ambiente. Como si esa nave industrial de repente estuviese embrujada o saturada de fantasmas.
Yo sólo doy opciones.
Si quieres quedarte ciego, tienes que hacerte con una carretilla elevadora y comenzar a maniobrar para intentar bajar un palé sin haberlo hecho jamás. En ese proceso, tienes que golpear una de las bases de la estructura que tienes detrás, hasta conseguir doblarla, y que al final todo (unos veinte palés cargados) acabe cediendo de tal forma que tu carretilla y tú acabéis enterrados en todo tipo de material, incluidas un montón de botellas de amoniaco, varias de las cuales revientan y se vierten en tus ojos.
Varios chicos acudimos al desastre, el cual convirtió esa parte del almacén en zona de guerra.
Otra vez un chico de Frutería la ha vuelto a liar.
A finales de agosto, con el sol brillando ahí fuera y la gente chapoteando a una hora de coche en la playa, tienes que escuchar a un muchacho de veinte años gritar: ¡¡Estoy ciego!! ¡¡Estoy ciego!!
¿Qué íbamos a pensar? Nada, por supuesto; sólo que todo se había derrumbado de tal forma que el chaval no había sufrido un rasguño, y que ahora estaba asustado. Sí, puede que le hubiese caído algo en los ojos, pero ¿para dejarle ciego más allá del momento?
Si eras cliente los días siguientes, si prestabas atención, podías escuchar chistes sobre la ONCE.
Así es como la gente buena y currante sobrevive.

Dos días antes de que se me acabara el contrato temporal, alguien vino a decirme que ya-sabes-quién se había suicidado.
No siento que aprendiera nada relevante o mínimamente importante en todo aquel verano, no fue edificante ni me preparó para nada relacionado con el futuro. Estar allí fue sobre todo absurdo y cruel. Puede que divertido a ratos.

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25 proyecciones innecesarias (18 de 25) – Cagar donde comes

Estaba jodido, resaca. Desperté a medias, oí follón que venía del comedor. Luego tomé conciencia. Había estado teniendo pesadillas toda la noche (toda la mañana, más bien). Solía tener un sueño ligero y turbio, y lo sigo teniendo. La mayoría de veces sé que he dormido sólo porque he soñado. No es que me acuerde mucho del sueño, pero sí sé dónde no he estado.
No era un día especial, esto no es el relato de un hecho extraordinario. Simplemente es el relato de un hecho, lo que debería ser suficientemente extraordinario, y más en un mundo en el que todo se vende como increíble o nunca visto.
Si conoces la frase “No es tonto, no caga donde come”, por ahí van los tiros.
Esa frase se suele pronunciar relacionada con mascotas. El problema de los humanos es que su revuelto de instinto y conciencia les hace creerse más listos de lo que son, y a su vez son más animales de lo que creen. Da igual a quién conozcas y lo maravillosa que parezca esa persona, da igual si es hombre o mujer. A cierto nivel, está a un paso del asesinato por la supervivencia; y debido a la conciencia, también por el orgullo. Esa persona no es maravillosa, bastante trabajo tiene con ser. Esa persona hará cosas ridículas a veces, o execrables; no necesariamente matar, pero sí de alguna forma ceder, rendirse, claudicar. Si madrugas para ir a un lugar que odias, por ejemplo, da igual lo que te paguen por ir, o lo que ganes con ello, cada vez que suena el despertador, levantarse es llevar a cabo un ejercicio de rendición. Todos conocemos esa sensación.
Perder cada día un poquito de dignidad, de autoafirmación. Creces con la idea de que eso es sinónimo de responsabilidad.
Sabía que había dormido porque no había pasado las últimas horas hablando ante un mar de sangre con alguien sin cara.
Sé que he dormido porque sé dónde no he estado.
He estado tirado boca abajo sudando el alcohol.
Así estaba. Mis padres ya ni se molestaban en intentar despertarme para la comida dominical en familia. Cada vez era más evidente que yo era ese integrante de la familia. El que se da por perdido en ciertos aspectos. Al que se le comienzan a tolerar las miserias, porque pobrecito, bastante tiene con ser él. Llevan a cabo un acto de sentido común sin querer. Te dejan en paz no porque crean que te lo mereces, sino por todo lo contrario: porque no te mereces ni que intenten molestarte.
La gente es muy rara, sobre todo la gente llamada normal. Son raros y contradictorios de cojones. Y no tienen puta idea de que lo son. Van por ahí supurando imitación y humildad de pega. Es como si un cubata de garrafón tomara conciencia y pensara que es un vino añejo, nada original pero perfectamente respetable.

Intenté leer los ruidos, las voces. Había al menos siete u ocho personas. Mis padres, mis tíos, algún crío, ¿se oía un bebé? ¿Quién había tenido un bebé? Ya se habrá intuido que no soy esa clase de persona que vive para regar el árbol genealógico. No es que todos los domingos pareciera la comida de navidad en mi casa, pero a veces pasaba, y cinco personas podían hacer el ruido de quince perfectamente.
Ahí surge puteo, lo que me llevó al asqueroso dilema. Me estaba meando. Una del mediodía. No había forma de llegar hasta el lavabo sin hacerme presente para toda esa gente. Extraños consanguíneos. Para ir al lavabo tendría que vestirme, arreglarme, puede que luego hasta ducharme, lavarme los dientes, comportarme en base a que había visita. Todo sólo para poder mear. Decir buenos días, dar dos besos a todo el mundo, hacer cucamonas a un par de críos a los que les era indiferente, cruzar una mirada incómoda con mis padres, interpretar, sonreír, comportarme como se supone que la gente normal hace de forma natural.
Tenía que pagar ese peaje para poder mear.
No es que no lo hubiera hecho otras veces. Casi siempre me he levantado con ganas de mear. Entre bastantes y muchas. Es el motivo por el que nunca duermo más de seis horas. Me desvelo.
Me quedé un rato esperando por si escampaba. Ni de coña. Ni habían empezado a comer. Era todo de lo más latino, comer tarde, cenar tarde, armar ruido, gritar, reír como si reír fuera algo que haces para los vecinos. Todo ese largo etcétera de teórico entusiasmo familiar. El ritual en el que yo, cuando no me quedaba más remedio que asistir, solía permanecer en silencio, e intervenir sólo las veces necesarias para que mi presencia no resultara incómoda en exceso.
Luego, gelocatil.
Cuando mirabas el reloj habían pasado las cinco de la tarde.
Yo era raro de un modo distinto al de ellos. Mi revuelto de conciencia e instinto se movía por otros cauces. No sé si porque yo lo había provocado o simplemente porque era así. Raro, lo que se dice raro, es todo raro de narices. Sólo estar aquí ya es raro. Sólo si lo piensas, claro. Puede que esa fuera la diferencia entre ellos y yo.
Luego puedo lavar la jarra a conciencia, pensé.
Incluso hay gente que se ha bebido su propio pis, algunos incluso asegurando que era saludable. Pensé.
Tenía una jarra siempre en la habitación. Toda persona que sepa lo que es haber tenido piedras en el riñón, tiene una jarra de agua cerca, una botella, una garrafa. Si te pica un codo, te bebes un vaso de agua entero. No hay nada como el dolor, saber de su potencial, para tomar conciencia de lo pusilánime que eres.
Quedaban sólo tres dedos de agua. La vertí en la taza que siempre tenía también cerca. El vaso se llenó hasta el borde. La jarra era de plástico, barata, con una tapa color lila.
Llegó un punto en que lo único que me preocupaba era que alguien entrara en la habitación mientras meaba. No habría forma de justificarlo. Hay cosas que no se pueden explicar. Probablemente todo lo que hay entre el amor y mear en la jarra de la que bebes. Da igual que digas que la vas a lavar. Te van a comenzar a hacer peguntas, el lavabo estaba a diez pasos.
Una mierda a diez pasos. Pero no puedes decir eso.
No podías intentar contarles lo que pasaba. Quién creías que eras tú y quiénes ellos. Ellos actuarían como si jamás hubiesen hecho nada absurdo, reprochable o asqueroso. Es lo que hacen siempre. Es como si nunca hubieran follado o cagado. Como si fueran entes y no de carne y hueso. Como si jamás sintieran pereza o vergüenza. Tanta pereza que fuesen incapaces de levantarse; tanta vergüenza que se quedasen paralizados.
Sabía que no iban a interrumpirme mis padres. Tampoco el resto de los adultos. Pero puede que a alguno de los críos le diera por explorar. Eso sería doblemente jodido; que entrara uno de esos críos maleducados por la educación predominante, forjándose en la antiintuición, el miedo y la anticreatividad, y me viera con la polla en la mano.

Me la saqué y la metí en la jarra. Tenía que asegurarme de no manchar nada. Así estaba pasando el domingo. Seguían llegando los estallidos de réplicas y risas del comedor. El lavabo muerto de risa también. Un sol precioso en la calle.
Acabé y me la metí en los calzoncillos, donde con las prisas, inevitablemente, solté las dos últimas gotas.
Luego tenía que encontrar algún escondrijo para la jarra. Tenía que dejarla en algún rincón y luego esperar al momento adecuado para irme con ella al lavabo.
No es que pasara nada más. No bebí de ella por error, ni mis padres. No aconteció ninguna anécdota asquerosa más allá de lo relatado.
Más tarde, cuando disimuladamente tiré el pis al retrete y luego frotaba con lavaplatos mi orinal improvisado, no me sentí sucio o repugnante. Continué aferrado a mis razones. Y además no era para tanto. Luego el agua no sabía a amoniaco ni nada por el estilo. No pensaba hacer la pijada de tirar la jarra y luego inventarme una historia. Era mi jarra, puede que entonces mucho más que antes. La jarra que me había ofrecido una salida, al igual que lo hizo antes para mis piedras en el riñón. No fue un día especial, ni particularmente deprimente. Yo podía oír las memeces que ellos decían; al final empatamos a podredumbre y humanidad. Ellos eran, os lo aseguro, al menos tanto como yo.

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25 proyecciones innecesarias (17 de 25) – Robar porno

Recuerdo un trayecto en la oscuridad, a pie, con algunos amigos. Una zona poco iluminada de la ciudad. Tenía catorce o quince años, comenzábamos a movernos más allá de la plazoleta del barrio. Eran otros tiempos, no había determinadas soluciones o actitudes, ni siquiera teníamos móvil.
Íbamos camino de cierta tienda de cómics. Iba algo borracho de mí mismo. Tenía mis planes. No recuerdo que alguno de mis amigos los compartiera.
Días inmediatamente anteriores, había hurtado ya en un par (o tres) de ocasiones revistas en quioscos, parecía estar convirtiéndose en un vicio. Robaba porno, por supuesto, no tenía mucho sentido arriesgarse si era para otra cosa. Ya que lo hacías, lo hacías bien.
Ese día ya iba totalmente convencido de que yo era un ladrón consumado, experto. Ni que decir tiene que no se trataba sólo del porno; también entraba en juego la adrenalina de hacerlo, de saber moverse en el momento adecuado, saber usar la chaqueta. Obviamente aún era invierno. Ya pensaba en cómo me las arreglaría en verano, sin tanta ropa, sin tanto donde guardar y ocultar.
Ese día sería mi tercer o cuarto robo. Mi material favorito era el Manga, el Manga guarro. En aquel momento me atraía mucho más que el porno al uso en papel, que esas revistas que aún asociábamos al abandono y las páginas pegadas; habíamos visto bastantes así vagabundeando por el barrio. Al parecer había gente que las compraba, las usaba y las tiraba. Ahora los chicos de catorce años ya no saben tan fácilmente cómo huele el semen reseco ajeno. Internet tiene sus ventajas, pero el acceso ilimitado a ciertas cosas ha eliminado el sentido de la aventura, ha reducido el grado de fascinación. Algunos críos no saben lo que tienen ahora, qué maravillas de la comodidad, pero también se han perdido la emoción de eyacular violentamente desarrollando la imaginación con sólo catálogos, o viendo a escondidas una cinta porno prestada que en ese momento es el objeto más sagrado que tienes en tu poder.
Yo era un ladrón consumado, era un experto. No era verdad, y no me lo decía a mí mismo, pero lo sentía, incluso ya entrando en la tienda. De noche, ni las siete de la tarde, puede que lloviznara; había cierto romanticismo en ello aquel día, me sentía feliz, eufórico de una forma desconocida para mí. No se trataba sólo del porno por la cara, insisto; generalmente estabas siempre maniatado por adultos o preocupado por la siguiente bronca que te cayera, así que puede que fuera la sensación de vértigo, de decisión personal al atravesar una línea roja, lo que hacía que de algún modo te colocaras.

La situación era tan idónea, que casi me dio la risa. Pero aún había que hacerlo. No podías confiarte tanto, corría por tus venas la dosis necesaria de miedo, de que ese cabrón de dependiente te pillara y te dejara en evidencia. Aquí no había nada más que extremos; o salías victorioso o humillado. Y no humillado igual que cuando perdías jugando al fútbol. Humillado de verdad. El porno era algo enfermizo y retorcido si pensabas en lo que te dirían los adultos si te pillaban mercadeando con eso; pero lo cierto es que eran ellos los que lo hacían, lo vendían, y los que más lo usaban. Aún no caías en la cuenta de lo profundamente hipócrita y escalofriantemente estúpido que era el mundo de los adultos. Te querían vender que hacerse una paja era cosa de psicópatas y gente enferma.
La tienda era un lugar pequeño y había movimiento. No recuerdo estar preocupado por cámara alguna, y con toda seguridad no la había.
Había unas cajas bajo unos estantes. Me acuclillé, tapando con mi cuerpo la actividad que llevaba a cabo, en teoría trastear entre los cómics para elegir uno. Y eso hacía, iba mirando y eligiendo, pero en mi propio mundo, en el que tener pasta para poder ir por ahí cómodamente sin robar era un asunto utópico. Sin olvidar el sonrojo de comprar porno; ¿incluso teniendo unas monedas, con qué cara iba a irle al capullo del mostrador con un Hustler o una Penthouse? Para empezar era menor, pero incluso aunque eso diera igual, aunque lo pasaran por alto, ¿por qué clase de sociópata peligroso y asqueroso me tomarían? ¿Creerían que era uno de esos tíos que abandonaban revistas después de haberse corrido sobre las páginas centrales?
Robar era la única respuesta. Todo lo demás jugaba en tu contra.
Elegí un buen tomo de tetas grandes y gran detalle en el dibujo de los fluidos. No me corté, era de los caros. Había que hacerlo a lo grande, disfrutar a lo grande, sentirse así todo lo a menudo que uno pudiera. Era una labor dura, meritoria. Cualquiera se plantaba con mil pesetas en una tienda y se las gastaba, incluso en porno; completaban/disimulaban la compra con algunos artículos más. Pero robar porno sólo estaba al alcance de alguien hábil. Hábil, decidido, valiente.
Me metí el tomo en el amplio bolsillo interior de la chaqueta. Eché un vistazo más, pero era mejor no ir más allá, habría más ocasiones. Esta vez había sido una ganga, la más fácil de todas. Estaba tan seguro de mí mismo, que ni salí de la tienda; esperé a que avanzara la cola y uno de los chavales con los que iba (amigo de un amigo, más bien) hiciera su compra; nada de porno, nada de gratis. Buena paga de los papis.
Al salir después y notar el aire fresco en la cara, sentía esa mezcla de alivio y euforia absolutos. Ni siquiera sé si lo comenté con los demás. Era algo personal. Una victoria personal con una recompensa a la altura. Algo que empezaba en mí y acababa en mí. Inaudito.

Aquello debió haber sido un sábado. Cuadra con el estado de ánimo que recuerdo haber tenido. De modo que fue una mañana de domingo cuando mi carrera como mangante terminó.
Quedé con un amigo, uno del barrio, de los de toda la vida. No pude contenerme, le conté mis aventuras como mangui. No me juzgó ni me aplaudió, aunque me riera las gracias, y aunque sí aprobara mi entusiasmo. Es probable que no fuese muy habitual verme entusiasmado en aquellos tiempos. La diferencia entre los días de colegio y los fines de semana me machacaba. Era el tedio y miedo absolutos (cinco días) y el bienestar y felicidad sin límites (sólo dos, o uno, porque el domingo ya era basurilla, preludio del lunes). Da igual cómo suene, porque era así como me sentía.
Fuimos de camino a comprar un diario deportivo para cada uno, con calderilla de la paga semanal.
Caminamos un buen trecho. Yo iba confiado, hablando de lo fácil que era, y, aunque no sabía articularlo, también de lo placentero que era.
No lo comenté en voz alta, creo, pero decidí que me pillaría algo otra vez. Un pequeño extra. No era la misma tienda del día anterior, desde luego, era más un quiosco al uso, con periódicos y revistas, nada especializado, pero también con su sección porno. Cualquier quiosquero sabía entonces que si algo tenía salida, era el porno, por más que la gente entrara con más o menos reparo a comprarlo.
La situación era distinta a la de la tienda cómics. Era un local alargado, con los típicos estantes. Entramos y fuimos con parsimonia hacia donde estaban los periódicos. Había sólo un par de clientes más.
Yo, de forma muy descarada, metí una revista porno (al uso, no era Manga por primera vez) en la doblez del diario.
Luego pensé que me pillaron porque lo había hecho muy mal, pero en realidad siempre lo hacía muy mal; es sólo que en aquella ocasión el descaro no funcionó. No había el suficiente caos; no había suficiente desgana por parte del dependiente.
Fui al mostrador con el dinero justo del precio del diario deportivo. Mi amigo ya había pagado, esperaba un par de pasos por detrás, cerca de la puerta de salida. Le di el dinero al quiosquero y le mostré el diario de pasada. La intención era que me cobrara y no se fijara demasiado. Tenía que ser todo muy rutinario.
La revista que intentaba esconder iba hasta dentro de un plástico. Seguramente hasta sobresaliera más que el diario.
Un desastre.
El tío me lo cogió y lo desplegó.
No es que recuerde exactamente las líneas de diálogo. Dijo algo como:
–Porque hay más gente, niñato, que si no te doy de hostias aquí mismo.
O:
–Si no hubiera más clientes ahora, te daría una hostia, chaval.
O:
–Te reviento ahora mismo si no hubiera más gente, te lo juro.
Fue algo por estilo. Cuando ahora lo pienso, hasta me parece un poco exagerado. Es posible que el tipo ya llevara un mal día, pero aquella revista tampoco le suponía un perdida importante. Para dejarme en ridículo y humillarme, le bastaba con haberme pillado, con requisarme el material.
Aun así, reuní el aplomo, delante de mi amigo y los otros dos clientes, para pedirle el diario.
Salí violentado del lugar, no lo niego. Mi amigo no se rió de mí, no era de esos. Aún somos amigos. Más de treinta años de amistad.
El sol me dio en la cara con más intensidad que antes, o eso parecía. Era mi etapa de robar porno, aunque ya no volví a hacerlo. Fue un placer, pensé después. Era como vivir, se me ocurrió.

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