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Acerca de jordi M. Novas

Cargado de miedos. Valiente. Tímido. Descarado. Un ser que utiliza la escritura para no delinquir, y así poder proyectar todas la obsesiones en personajes ficticios que hacen y dicen cosas que la gente no quiere ver ni oír.

Forzar la magia

No sé por qué recuerdo ciertos días con tanta claridad y satisfacción. No suele ser porque pasara nada especial o chocante en ellos. Cuando se trata de fechas teóricamente extraordinarias, de las que deberían servir para atesorar un buen puñado de buenos recuerdos, sólo acumulo datos, nombres. Pasarse semanas o meses preparando y planeando un día, es tremendamente eficaz para que ese día acabe siendo del montón. Sólo lo acabarás recordando por todo el trabajo que te costó organizarlo. No hay manera de forzar la magia. No existe la felicidad pura ahí excepto pasado el tiempo y exagerados los hechos.

Lo que sigue podría parecer un ejemplo tramposo de felicidad no planeada, pero este tipo de cosas le pasan a tus vecinos, a tus familiares, puede que incluso a tu tío el soso, esa persona que parece haber puesto el piloto automático hace treinta años. Algo con lo que tu tía parece encantada.
Recuerdo que era un día soleado. A medida que he ido cumpliendo años, he sido capaz de verle el encanto también al sol, incluso a las mañanas soleadas, que siempre asocié a madrugones y turnos de trabajo insufribles. No es que eso pueda competir con un día de lluvia. Mi estado de ánimo se ha parecido bastante al de cualquier feminista de boquilla con cuenta en Twitter. Por suerte ya no tengo veinte años y soy capaz de lidiar con eso. No estoy todo el tiempo enfadado, y tampoco lo parece; ni siquiera me proporciona placer que lo parezca. Con los años te das cuenta de que el mundo no es lo que quieres que sea, sino simplemente lo que es. La mayoría de veces no tiene ningún sentido presentar batalla. Más que cambiar las cosas, se trata de entenderlas. Es el único modo de mejorarlas. De mejorarte.
Daba uno de mis largos paseos “sin rumbo”. La primavera estaba al caer. Estaba moderadamente contento. Era sábado por la mañana y existía la posibilidad de echar un polvo. El marido de Dolores estaba fuera por un funeral. Hacía como dos semanas que no quedábamos.
Dolores vivía a una media hora a pie de casa. Nos conocimos por Internet y enseguida comenzamos a intercambiar fotos. Y no eran fotos de las vacaciones. Según la versión oficial, esto simplemente no sucede. En la versión oficial (o al menos eso parece), los tíos mandamos fotos de nuestra polla, y las tías, resignadas, no hacen nada al respecto y prosiguen con su lectura. Esa es una de las realidades, sin duda, pero otras veces dos personas se caen bien y se divierten. Y luego se mandan fotos. Y luego a veces incluso se conocen en persona. Siempre habrá cierto grado de deshonestidad o hipocresía en la relación (o de patetismo), pero hasta lo que yo sé no hay relaciones exentas de eso.
Me dijo que me pasara (si quería), y tardé unos tres minutos en ducharme, vestirme y salir. No tengo coche. Me preocupaba llegar demasiado sudado, pero no podía evitar acelerar el paso. A ella le ponía ponerle los cuernos a su marido, y ahora él estaba a mil kilómetros. Decía que él también se los ponía a ella. Tenían una relación de engaño ineficaz mutuo con la que parecían sentirse a gusto. Monógamos en la versión oficial y seres humanos en la real. Eso decía ella. A mí me importaba un carajo cuál fuese la dinámica entre ellos, pero la verdad es que todo lo que ella decía sonaba no solo honesto, sino también inteligente, lúcido de un modo al que muy poca gente se permite aspirar. La inteligencia por la vía de la aceptación. La ética y la moral tienden a ser vestidos elegantes para asistir a una boda entre activistas.

Ya en su casa, ella va descalza, ligera y transparente. Yo aún estoy en los treinta, ella aún en los cuarenta. No voy a intentar describir lo que me pone. Siempre tengo la sensación de que sólo puedes follar a gusto del todo con quien sabes que no va a querer (necesariamente) nada más de ti. Lo hicimos entre gruñidos y guarradas dichas en voz alta (sobre todo mías). La ventana estaba abierta, incluso el cristal. Daba a las afueras, monte bajo y horizonte, nadie podía vernos. Follando me siento útil; como si fuera una de las pocas formas reales en que puedo aportar algo de alivio. No porque sea el mejor amante, pero sí quizá porque disfruto de verdad, no estoy actuando, no hay putas frases hechas ni planes a medio plazo. No hay impostura; es como todo lo contrario a una relación estable. Resulta paradójico que algo así tenga que formar parte de esas relaciones “adultas” de pareja. El sexo tiene mucho más que ver con un juego de niños espontáneo, o con dos cerdos revolcándose en el barro.

Luego siempre hablamos. Ninguno de los dos lo hace por las formas. No nos “ponemos al día” para no quedarnos con la sensación de simplemente habernos usado el uno al otro. Damos por hecho que nos hemos usado, y por eso precisamente nos sentimos con libertad para hablar. No sentimos la presión de tener que quedar bien, nadie está juzgando a nadie. No hay “adultos responsables” a la vista. Nadie ha abierto el telón, no se está representando ninguna obra. Eso que llaman “vida real” se ha quedado fuera de la habitación. Es curioso lo intensa que es la relación de la “vida real” con la representación de roles culturales. No es de extrañar que la religión y los sectarismos tengan tanto éxito en ella.
Le pregunto que quién se ha muerto. El contexto lo permite. Al menos en nuestra dinámica.
–Un amigo de mi marido.
–Entonces era joven.
–No era viejo.
–¿Qué le ha pasado?
–No lo sé. Sólo sé que pesaba unos ciento treinta kilos. No creo que eso haya ayudado.
–¿Le conocías?
–Le vi un puñado de veces. Siempre hablaba de fútbol. Sudaba todo el tiempo, tenía la cara roja. Siempre presumía de tener la polla muy pequeña.
–¿Presumía?
–Hacía chistes con eso, más bien. Pero era como si presumiera, como si se hubiera tomado demasiado en serio lo importante que es saber reírse de uno mismo. Decía cualquier gilipollez y se partía de risa.
–Era una persona triste.
–Era una persona muy triste. Creo que tenía tantos amigos por eso. Por comparación casi cualquiera parecía una persona interesante, amueblada y atractiva. La amistad puede ser algo muy retorcido.
–Habrá gente en su funeral.
–Sí. Puede ser la primera vez que hagan algo por él de forma honesta. Pero tampoco estoy muy segura de eso.
Se levantó y se asomó por la ventana. Tenía la facilidad de hablar y escuchar muy sinceramente sin necesidad de mirarte o quedarse quieta.
–Tendrás cosas que hacer –dije.
–Puedes quedarte todo el tiempo que quieras. O volver cuando quieras. Al menos hasta el lunes… Creo que por eso no quise tener hijos. No tener hijos te deja margen… Obviamente. Puedes recordar de vez en cuando quién eras y qué querías.
Cuando sonríe es desarmante. No por tener una expresión muy luminosa, sino porque no es habitual en ella.
No sé cuánto tiempo ha pasado, pero el sol comienza a adoptar tonos de la tarde.
–Si quieres me paso mañana.
–Claro.
Comienzo a vestirme. Ella sólo vuelve a ponerse esa especie de salto de cama, esa prenda transparente.
He tenido más días así, antes y después de aquel. Aunque no hable de ellos. Pero por algún motivo, me vienen imágenes de aquel en concreto todo el tiempo. Un tipo de felicidad que se diría no catalogada. ¿Incorrecta? Puede que sucia. Deslumbrante.

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Morder

No siempre saludo a los vecinos. Soy bastante despistado. Según cómo, es probable que me quede mirándote el culo. Tengo escasas habilidades sociales. Se confunde habitualmente mi timidez con soberbia. No me encuentro cómodo en reuniones de más de tres personas (contándome a mí). Cargo conmigo más o menos igual que cargo con un desconocido. Desayuno poco o nada y a veces me cebo por las noches. Por supuesto no soy vegano. Siempre me he considerado de izquierdas, y cada vez percibo más boba la ideología; no solo la mía. Mis padres tienen un pie en la tumba, el futuro no se presenta prometedor, y mi trabajo (cuando lo hay), es sobre todo un asco: me ha jodido la espalda y ha minado casi toda mi energía, mi romanticismo, mi capacidad para ver el vaso medio lleno. Obviamente no soy un buen partido, pese a que muy puntualmente se me haya podido considerar interesante.
Si estás conmigo, si me llegas a conocer con cierta profundidad, es muy probable que te empieces a sentir mucho mejor contigo. Vivo entre pisos minúsculos o compartidos y la casa de mis padres. Soy la evidente oveja negra de la familia. Tengo casi cuarenta años. El tipo raro. Me irrita profundamente la gente que se toma el cine o los libros siempre como un mero entretenimiento, lo cual probablemente me haga también elitista o petulante. Tengo vagas fantasías con el asesinato, pese a que me repugnan los violadores tanto como cierta clase de feministas. Creo firmemente que el feminismo, tan de moda a estas alturas, no es algo ya de lo que hablar, sino algo que practicar sin más, a no ser que el mismo viva no por su propio sentido sino por confrontación o política de la más baja estofa. Me irritan por igual los hombres y las mujeres que me irritan.
Es probable que, en sinceridad, si una especie extraterrestre nos visitara con intención de iniciar conversaciones, la personalidad más representativa para dialogar no sería un diplomático ejemplar, ni tampoco nadie que personificara el mal según la idea que tiene del mal el ser humano.
Puede que yo sea un buen término medio. Nada ejemplar pero tampoco el mayor hijo de puta. Pero claramente no me presentaría voluntario. A veces me da miedo incluso la hora de ir a dormir.

Jueves y cafés. Sentado a una mesa excesivamente poblada (¿seis personas?, ¿ocho?, prefiero no contar), está presente quien yo sé. La mayor ingenuidad contemporánea para mí es la de pretender matar el romanticismo y controlar el sexo. Como si el romanticismo fuera algo que uno puede moldear o contabilizar; o como si el sexo pudiera estar sujeto a una etiqueta. La monogamia es una risa. Te lo dice un monógamo que no contempla ni de lejos la idea de la relación abierta. Pero la monogamia es una risa. Es contra natura, sin más. La monogamia se alimenta de la pereza, una sensación de pereza tan insondable como la muerte. La gente se hace mayor y comienza a tener miedo de verdad. Estamos cagados. De alguna forma, se recupera el miedo de la adolescencia, sólo que el mismo ha mutado: ahora es distinto y está plenamente justificado. Seguramente la monogamia, cuando funciona, es por razones cínicas envueltas en mentiras. Adultos que se han perfeccionado en el arte de metértela doblada. Ideas que parten de una añeja ingeniería social –quizá también judeocristianismo– que habla sobre la estabilidad y la madurez.
Las conversaciones cruzadas se entrecruzan. Una de las chicas de la mesa, sobre todo amiga de unos amigos, alguien a quien he podido ver unas veinte veces a lo largo de los últimos diez años, me atrae como la mierda a las moscas. Se diría que es algo animal. Es curioso cuando los humanos intentamos hacer analogías utilizando a los animales. Como si nosotros fuéramos lo que parece ser que pretendemos últimamente: seres de luz incorpóreos, estrictamente mediáticos, hechos sólo de principios y proyecciones. Pero Greta Thunberg no existe. Greta Thunberg es una idea, un concepto, inoperancia adulta. La Verdad funciona por sí sola; el emisor es otro asunto.

Es sorprendente (o no tanto), la cantidad de veces que te encuentras en la misma frase las palabras Sexo y Violencia. Hay algo turbio en ello. O puede que sólo natural. El sexo suele molestar tanto a las religiones como a las ideologías tendentes a cierto extremismo. Molesta teóricamente de distintas formas, pero siempre acaba molestando. Religiosos y ateos de palabra y símbolo, cogidos de la mano, caminando hacia un atardecer precioso que ellos –Dios mediante o no– creen haber creado. O al menos eso parece. Con la violencia, por otro lado, suelen ser bastante permisivos, incluso puede que la ejerzan; aunque el discurso oficial siempre será en contra, claro está.
A veces somos básicos. Yo por ejemplo lo que de verdad haría ahora, es meter la cara en el culo de esa chica. Y puede que me quedara ahí una hora o dos. No me importaría la suciedad potencial, y entretanto tendría una erección de caballo y líquido preseminal coronando el prepucio, o quizá colgando de él. ¿Suena más sexual o más violento?
¿Hace falta decir que tiene novio? Y está presente. Se conocieron algo así como en esa época en que comienzas a ir al baño solo. Nunca puedes saber si una relación así es sólida en extremo o por el contrario aguanta por los pelos. Es decir, ambos rondan los treinta y tantos. La ruptura no sorprendería a nadie más allá del cotilleo. Pasa todos los días.
¿Rompería yo esa pareja? Generalmente me da igual lo que hagan las parejas. Y jamás cambiará de un modo importante mi concepto de nadie por ponerle los cuernos a su pareja. Puede que de entrada me choque o hasta entristezca, pero para mí lo sorprendente, como ya dije, es la monogamia.
Mis intenciones con la chica sentada a tres personas de distancia, son sobre todo lúbricas. Me cae bien y parece buena persona, cariñosa, amable; pero más allá de eso, se produce algún tipo de tsunami químico en mí cuando la veo: algo que me dice: Chupa, Muerde, Bebe. Empuja. Quizá no suene civilizado, o quizá suene violento, pero me entran no pocas ganas de ser su lavabo.
Al novio apenas le conozco, aún menos que a ella. No parece un mal tío, de aspecto anodino, quizá algo presuntuoso, y en el fondo aún incrédulo de poder ser pareja de semejante mujer. Todo esto, por supuesto, no es tanto la realidad como lo que a mí me gusta ver. El novio de alguien que te gusta es patético por defecto. Se suele achacar este tipo de conclusión irracional a las mujeres, pero creo que los tíos lo hacemos igual. La confrontación y todo el rollo del fruto prohibido…, si Eva no se hubiese comido la manzana, es probable que Adán hubiese acabado recalificando todo el terreno. No había salida. Quizá esa es la diferencia básica entre hombres y mujeres. Sólo distintas formas de joder el Paraíso.

La pareja dice que se va; tienen algo, una cena. Se levantan y se recomponen como la cebolla en que se convierte mucha gente en invierno. Casi siempre un exceso de pieles, de ropa y complementos que tienen más que ver con la estética que con el frío (en Periferia casi nunca hace realmente frío). La conclusión habitual es: que le den por culo a la comodidad. Antes lo hacían más las mujeres; ahora los hombres se están apuntando al carro. La civilización moderna atiende a los pormenores prácticos sobre todo cuando se ve con el agua al cuello. Cierto grado de incomodidad parece un lujo que quieres que los demás sepan que te puedes permitir.
Una vez, por cierto, estuve de casualidad en el piso de la pareja en cuestión (con unas diez personas más). Era uno de esos pisos nuevos, más espaciosos por las decisiones que por los metros cuadrados. Todo rectilíneo y escaso y plano; podría haber sido igual una peluquería, una tienda de ropa o una peli de Kubrick. Me desasosiegan los pisos modernos. Echo de menos cuando todo era mucho más recargado y hogareño, las alfombras, las estufas, los recuerdos horteras encima de la tele. Ni siquiera tuve ocasión de hurgar en el cajón de las bragas.
La pareja tiene que darle dos besos o un apretón de manos a todos a los presentes. Siempre se me hacen pesados esos protocolos, pero son inevitables con esas personas a las que sólo ves un par o tres de veces al año.
Y para qué nos vamos a engañar, en este caso quiero. Aunque sólo sean dos besos en la mejilla. Es el único momento en el que puedo dar a entender ciertas cosas. Con ella nunca es un protocolo, es un contacto que busco, y que creo que ella entiende; aunque no sabría decir cómo lo encaja.
Si tuviera que apostar, diría que no le disgusta. Raramente sé leer las miradas, el lenguaje no verbal en general. Quizá un par de chicas hayan asumido (o descubierto) lo inútil que soy en ese aspecto. No solo soy despistado, a veces lo soy tanto que parece que me lo hago. Eso es jodido. No tener habilidades sociales te complica las cosas cuando alguien aún no sabe reconocer y aceptar tu ineptitud.
Procuro que los dos besos sean de verdad. Nada de mejilla con mejilla, nada de lo que haría en cualquier otro caso. Procuro dejar claro que la cosa va con archivo adjunto.

El resto nos quedamos, aunque sólo un poco más. Me quedo más tranquilo. Cuando alguien me gusta y está presente, siempre hay un resquicio de estrés, incluso aunque sepa que no hay posibilidades de acercamiento. Nada más allá de un par de diálogos superficiales.

Tardamos poco en levantarnos, abrigarnos, pagar y salir a la calle. El resto se van en busca de sus coches, yo me voy andando. Tengo permiso de conducir, pero no coche. Soy una de esas personas. Ni siquiera tendría permiso de conducir, pero me rendí a la presión. Voy pensando en eso mientras recorro los veinte minutos habituales hasta casa (en Periferia todo está a unos veinte minutos a pie), cuando veo de lejos a La pareja. Él ha entrado a comprar algo a un chino. Uno de esos locales estrechos pero muy alargados, indefinidos, en los que yo no entraría a pillar nada aunque todo fuera gratis.
Ella está fuera, fumando. Me ve venir, seguramente con apuro. La única forma de estar cómodo con otras personas (para mí), es que te sean sobre todo indiferentes. No quieres que les pase nada malo, quieres que las cosas les vayan bien (a no ser que seas un cotilla de mierda), pero no necesitas saber de ellos, con quién andan, qué sitios frecuentan, a quién se follan, dónde viven, etc.
Sin embargo, cuando la otra persona no te es indiferente de ese modo, te vas a ver obligado a actuar cuando esté delante. Lo jodido, en esencia, es que si por ejemplo le preguntas cómo está, la pregunta no será una mera forma de romper el hielo o evitar incómodos silencios. La pregunta será en serio. Será en serio y tendrás que fingir que no. Que sólo quieres parecer educado o simpático. No quieres meterle la cara en el culo. O la polla.
No fantaseas.
Sólo sois amigos.
Nada de sexo o violencia.
Nos saludamos no poco incómodos. Paradójicamente, parece que la incomodidad se diluye al mirarnos a los ojos mientras hablamos, de nada, de que todo bien, de que hace buena noche. La conversación sin contenido (ni verdades ni mentiras) cebada de contenido. Como en esas pelis en las que, según los más ignorantes (los más imbéciles, los idiotas del lugar, los graciosos de la comida de Navidad) de la sala, “no pasa nada”. Hasta tal punto está pasando, que ella echa un vistazo dentro del chino para ver si hay moros en la costa. Después, como si nuestra propia naturaleza nos llevara, más que una decisión consciente, nos cobijamos en un portal junto al chino.
Los dientes entrechocan al primer intento. Luego acomodamos –todo lo que la gula nos deja– los labios y la lengua. Me coge la cabeza con ambas manos; yo le sobo el culo, ella me muerde los labios. El sexo y la violencia pugnan por prevalecer. Meto las manos en su pantalón, primero sobre las bragas, luego bajo ellas. Restriego el dedo medio de la mano derecha, en parte por la vagina, pero sobre todo por el ano.
A los treinta segundos (creo), el mismo instinto que nos juntó, nos separa. Ella vuelve a mirar dentro de la tienda.
Se me ocurre que no debe ser ni de lejos la primera vez que tiene algo con otro tío. También llego enseguida a la conclusión de que es totalmente lógico, coherente con la carne de que estamos hechos.

Dos días después, aún tembloroso cuando recuerdo, voy bajo tierra para coger el metro. Es muy tarde, vengo de un lugar aburrido (música aburrida, gente aburrida), hace un frío poco habitual. Voy tapado con un gorro y una bufanda.
Me siento en el gélido banco de granito alargado. Sólo hay otra persona. Me percato de que es ese tipo, El novio. Todo apostura y monogamia. Me cuesta imaginarle ligando con otras (u otros). Dudo incluso que se atreva; sigue recuperándose de la suerte que tiene en la vida. Puede que su novia le ponga los cuernos, y no solo con meros morreos con cualquier fulano en un portal. Es posible también que él lo sepa. Y es probable que le dé igual. Sería inteligente por su parte, ganaría puntos. Ese tipo de coherencia, de aceptación más allá de la corriente cultural, no está al alcance de muchos.
Quizá la mayoría de personas acaricien cuando lo que quieren es morder.
Estoy casi justo tras él. Pienso en las cámaras de seguridad. Me gustaría de verdad ser el siguiente cornudo titular. Podría empujarle a la vía en el momento adecuado, adecuadamente tapada mi cara. Hasta el último instante, dudo sobre si hacerlo o no.

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80 ILEGIBLES (80 de 80) – Preludio

El fulano, el zanguango, el petimetre, con una edad aún lejana a la senectud, pero a buena distancia de la primera juventud, se viste, se disfraza de adulto. Incluso aprende a anudarse una puñetera corbata. Se mira al espejo, incapaz de notar grandes diferencias de cuando era un crío. A los treinta y muchos, la conciencia de ser adulto le parece un mito. Sólo eres un niño que ahora tiene que afrontar putadas de mayor envergadura.
Se pone los zapatos, poco cómodos, muy apropiados. Se intenta peinar. Se echa agua en la cara, una, dos, tres veces. Coge la cartera, el móvil, el tabaco y un mechero. Se queda unos diez minutos mirando por la ventana. Crecer significa salir, irse, aguantar.

Tendrá que hablar con amabilidad, pero también con aplomo. Decir la verdad con valentía, mentir con estilo.
Tendrá que conseguir la pasta.

Ahí va.
Coge las llaves de una bandejita de la entrada. Abre la puerta del piso y respira hondo. Da dos pasos y cierra la puerta. Se oyen sus pasos en dirección a la calle. Suponemos que no volverá. Quizá incluso se “haga mayor”. Algunos, aun en secreto, esperamos que no.

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80 ILEGIBLES (79 de 80) – Felicidad

Un monitor de esplai, poco tiempo antes de morir de una indigestión, nos hablaba siempre de la felicidad. Era un esplai de verano. Niños y niñas de once años. Aún no sabíamos de qué iba ese rollo del monitor. Es posible que aún no conociéramos realmente la infelicidad. Niños del primer mundo, consentidos y descontrolados, aunque a veces nos pegaran una buena hostia en casa.
Cada jueves íbamos a la piscina, mientras nuestros padres follaban o al menos respiraban tranquilos en casa. En agosto casi todo el mundo estaba de vacaciones. Los menores se convertían en un incordio. Formar una familia, alimentar la teoría de la felicidad completa basada en juntar padres, hijos, perro y días de sol, conlleva sus consecuencias. Como que a menudo así no hay quien coño esté tranquilo un rato. La individualidad se va a freír espárragos; se convierte en eso que tenías a los veintidós años.
Así que los padres, buscando la manera de tener unas horas para poder oír sus propios pensamientos, buscaban donde aparcar a los críos. Que los aguantaran otros adultos, un poco de “felicidad familiar” para ellos.
A nuestro monitor, sin embargo, parecía gustarle de verdad tratar con niñatos de once años. Seguramente porque apenas eran cinco horas de trabajo paternal.
Niñatos era la palabra que mejor nos definía. Lo que nos gustaba, principalmente, era romper cosas. La piscina también nos gustaba. Entonces no había normas estrictas sobre cómo meterse en el agua o comportarse en ella. Nos hacíamos incluso “ahogadillas”. Te sujetaban la cabeza bajo el agua, quizá contaran hasta diez, hasta que ya no era divertido verte patalear en busca de aire.

En las pausas, cuando el monitor nos reunía para llevarnos a un autobús o a la entrada del sitio que fuera, era cuando nos daba esas chapas sobre aprovechar los “momentos felices”.
Esperábamos a que se callara, para poder volver a ser felices.

Cuando los socorristas le sacaron un jueves de finales de agosto del agua, nos impresionó. No nos dio pena exactamente, aunque alguna niña llorara (creo que sobre todo de miedo). Es posible que aquello sí nos hiciera pensar, aunque fuera dos décadas después. Ahora, cuando ya conozco de sobras la felicidad, porque puedo contrastarla perfectamente con el puteo casi constante de la edad adulta, recuerdo a menudo a aquel desgraciado, que no debía tener ni veinte años.
Se diría que su plan fracasó.

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80 ILEGIBLES (78 de 80) – Más real

Soñé que mis padres envenenaban a la gente. Mis padres, que sólo han hecho que currar y preocuparse, como si la vida no fuese más que un trámite inevitable, conocían toda clase de venenos. Los que podían extraer de plantas, los que se pueden extraer de animales. Si alguien les jodía, si alguien jugaba con nuestra comida o dinero, la espichaba.
En el sueño era todo muy natural. Oía hablar de ello a mi padre sin ningún apuro. Como si las cosas funcionaran así y no hubiera forma de cambiarlas. A veces hay que pararle el corazón a alguien.
Un juego de supervivencia.
En mi familia, al menos en mi familia, habíamos asumido por fin el caos y la violencia inherente. La clave inevitable de la vida; de donde surge y donde termina.
Si se puede aprender de los sueños, ahora no me cuesta imaginar lo fácil que debe ser cruzar esa línea. De ser una teórica buena persona a ser un teórico hijo de puta. Y todo en teoría.

Ahora creo, en parte, que la humanidad ha pagado un altísimo precio por la civilización.
Los asentamientos probablemente nos dieron tanto como nos quitaron.

Ahora, a veces aquel sueño me parece más apegado a la realidad (Verdad) que la vigilia. La auténtica naturaleza del ser humano, apareciendo sólo ocasionalmente desde el subconsciente de la mente teóricamente civilizada.

 

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80 ILEGIBLES (77 de 80) – El Instagram de Petronila

A veces lo he hablado con amigos. El Instagram de Petronila siempre me ha hecho pensar. Su última publicación, por ejemplo, es un video de ella saliendo a cámara lenta de la piscina. El ángulo de cámara muestra su tanga negro, el agua resbalando por su culo carnoso y bien formado, por su pelo, por sus pies. El punto del video es, como siempre en Petronila: Mira Lo Buena Que Estoy.
Claro, no sería justo obviar que lo hace porque se siente guapa. Así que, hay parte de razón en el argumento del hecho de: “sentirte bien contigo misma”. Otra cosa es qué transmites al final si cada foto o video que subes es una exhibición carnal. Petronila se enfada mucho si alguien la “objetiviza” en los comentarios, pero pareciera lógico que si enseñas tus “encantos” cada vez que tienes ocasión (de hecho, a diario), y dado que somos animales, existe una remota aunque factible posibilidad, Petronila, de que alguien piense en sexo cuando te ve.
O más bien: TODOS pensarán en sexo; pero algunos quizá también lo verbalicen.
¿No?
Es decir, cuando un tío hace eso, cuando enseña sus abdominales, su resultado del gimnasio, lo hace también porque se gusta, pero no suele importarle que le puedan comentar lo follable que está. De hecho, es muy probable que eso le guste.
El Instagram de Petronila, sin embargo, padece de una contradicción radical entre lo que enseña y lo que dice. Posa y se mueve casi todo el tiempo como una pata de pollo sexy, y luego se enfada si los hambrientos reaccionan como lo harían ante una pata de pollo sexy.
Petronila quiere parecer lista y feminista. Sin embargo, lo que proyecta es: Estoy segura de que querrías que me meara en tu boca.
¿Pero no es bonito que Petronila pueda contradecirse? Puedes verla siempre que quieras, es preciosa y claramente da para paja, y no estás obligado a hablar con ella. Es ella la que te lo pone en bandeja. No importa que no parezca equilibrada o coherente. Da igual que no sepa medirse o darse cuenta de que su discurso se aferra sólo a cuatro lemas simplistas.
Petronila se llevaría un chasco del tamaño de su propio ego si descubriera, por ejemplo, que nadie se ha masturbado nunca con sus fotos y videos. Estoy seguro; y no solo eso, además lo comprendo.
Tranquila, Petronila, seguro que podría llover semen todo un día en Londres con lo que has producido.
Tanto los malos chicos como los buenos, tanto los correctos como los maleducados (y probablemente no pocas chicas), estamos siempre pendientes del Instagram de Petronila.

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80 ILEGIBLES (76 de 80) – Mira el reloj

Hay una mujer sola, ahora mismo, sentada en una terraza de Roma. No es necesariamente como quizá ya la has imaginado (morena, pelo largo, vestido suntuoso, melancolía), pero está ahí, seguro. No te está esperando a ti. Puede que no espere a nadie. Quizá ni tan siquiera está triste, o especialmente alegre. Es complicado asumir que no piensa en nada, como si fuese un tío en esas mismas circunstancias. Debe rondar los cuarenta años; no cuesta especular que es más guapa ahora que a los veinte. Los rasgos se afilan, y eso a veces juega a favor y a veces en contra. Sabe que es guapa, pero probablemente hace mucho que no le importa demasiado. Debe vestirse y maquillarse con el piloto automático; seguramente ya descubrió a los quince que no necesita “arreglarse”, sólo vestirse a su gusto. Comodidad.
Puede que algún fulano con pretensiones se le acerque. Quizá alguien sentado en una mesa cercana espera con el mechero en la mano a que ella saque un cigarrillo. Puede que esta misma noche haya más de un tipo y más de dos que, sólo con esa imagen en la mente, no necesiten del repetitivo porno en internet.
Plaza Campo de’ Fiori. Mucha gente puede mirar. El Sol también mira, aunque a diferencia de la mujer, proyecta una luz indiferente.
Un camarero le sirve una tacita. Puede ser desde café solo hasta capuccino, con todos los grises entre ellos.

Sé que es agradable mirarla, pero si seguimos así se dará cuenta. Nos considerará unos pervertidos; o puede que no, pero sí dejará de respirar tranquila.
Antes de que tengamos que tomar una decisión, es ella la que se levanta. Se ha bebido de dos sorbos el café.
Mira el reloj. Puede que venga siempre a esta hora. No hay por qué hacer nada, pero no tiene nada de malo mirar.
¿O sí?
Tú toma nota: Mira el reloj.

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80 ILEGIBLES (75 de 80) – Relato detallado sobre cómo –a un nivel estrictamente personal–, aprendí a diferenciar de un modo marcado y definitivo la realidad de la ficción, para así no pensar jamás en reproducir comportamiento alguno de los personajes de las películas, además de no basar bajo ningún concepto mis expectativas vitales en cualquier cosa que viera en una pantalla o leyera en una hoja de papel

Debía tener cuatro años, y no es que fuera un niño muy listo. Abrí los ojos, impresionado: veía una peli en la tele. Mi madre (o quizá mi padre), rió ante mi reacción. Dijo:
–Niño, todo lo que se ve en las películas es mentira.

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80 ILEGIBLES (74 de 80) – Ansiedad

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–¿No estarás exagerando?
–Toca aquí, ¿no hay un bulto?
–Es probable. Pero ¿qué es lo peor que puede pasar?
–¿Que me muera pronto?
–¿Y qué es lo peor de eso?
–¿Que me queda poco tiempo de vida?
–¿Y de eso?
–Joder. ¿No lo pasarán mal mis seres queridos?
–Puede que durante algún tiempo. La muerte es muy suya.
–Podría suicidarme
–¿Para qué?
–Para atajar.
–¿Atajar el qué?
–Todo… esto.
–La vida no está tan mal.
–¿Incluso con una enfermedad terminal?
–Tú no tienes una enfermedad terminal.
–¿Y tú qué sabes?
–Tienes la misma cara de mierda que siempre, pero tienes buen color, y si estuvieras enfermo no darías tanto la turra.
–Tú no sabes cómo se manifiesta una enfermedad terminal, podría llevar años incubándola.
–Esa enfermedad se llama: Vida. Nos pasa a todos, no eres especial.
–No quiero ser especial. ¡Sólo quiero vivir!
–¡Premio para el caballero! Ya estás vivo.
–No por mucho.
–Eres gilipollas.
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–Y creo que es hipocondría, no ansiedad, capullo.

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