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Acerca de jordi M. Novas

Cargado de miedos. Valiente. Tímido. Descarado. Un ser que utiliza la escritura para no delinquir, y así poder proyectar todas la obsesiones en personajes ficticios que hacen y dicen cosas que la gente no quiere ver ni oír.

Poniendo las calles

En líneas generales, vivir se me da fatal. No tengo habilidades sociales, así que prácticamente no tengo habilidades. Llevo al equívoco, se me da mejor hacer demostraciones de lo que no soy que llevar a cabo lo que siento. Si eso tiene algún sentido. Obviamente no me voy a saber explicar bien, puede que me contradiga, aunque en eso no me siento solo. Sé de sobras que no soy especial, que quede claro. Raro, quizá, pero ser raro no tiene mérito, no necesariamente, y desde luego no es especial. Tomates, siempre se me olvida ponerme esos guantes de plástico para manosear la fruta y las hortalizas, las señoras me llaman la atención constantemente. Les enseño mi mejor cara de bobo, y me voy hacia la cajera. Cuando hago cola, siempre empiezo a sudar. Preparo un billete mientras la gente parece hacer meditación trascendental pasando la tarjeta o rebuscando suelto en el monedero en el último momento. No sudan, sólo sudan. Pero ya no me ponen nervioso, de verdad. Cada vez me cuesta más cabrearme, rebotarme. Aunque creo que también me cuesta aprender a expresarme de otra manera. Puedo tener las pulsaciones a mínimos mientras te insulto. No estoy enfadado, pero te mando al carajo. Como si un asesino en serie ya no quisiera matar y estuviera profundamente arrepentido, pero ya sólo supiera expresarse cortándote el cuello. Para decirte que te quiere, o para pedirte el cambio exacto. La cajera mastica chicle como imaginas. Le he dado un billete de veinte, pero me ha cobrado como si fuera de diez. He comprado frutas y hortalizas, no es lo que se dice una compra golosa, así que no me jodas. Estúpida.
Ella abre los ojos como platos, pero no añade nada. He susurrado, estoy prosperando. Hace tiempo que ella me gusta.
Lo mejor es que piensa que soy un gilipollas. Que tenga razón o no me parece irrelevante; me recuerda. Sólo puedo mejorar. Creo que sobre todo está desconcertada. Hay días que soy amable, sonrío y digo buenos días y puede que esté mintiendo, pero encajo.
Ahora soy como una prostituta que buscara un empleo respetado y se presentara con medias de rejilla a las entrevistas.
Cada vez me “gusta” más la gente, pero les veo como cactus sobrepoblando un desierto. Y tengo que atravesar ese desierto cada día. Cactus que se mueven, humor amarillo, y yo sigo aprendiendo a no quejarme. Si ellos me caen mal, imagínate yo a ellos. He estado cultivando eso durante muchos años. Ya no soy «mono». Hay un par de generaciones que vienen empujando, extrañamente conservadoras, embriagadas de moral, como globos de colores llenos de agua en un cumpleaños infantil. Yo soy una aguja entre tantas, escondida en el pastel.
Creo que sería un padre aceptable, por las ataduras. Puede que tenga hijos con la cajera. Sus padres extremadamente educados me pondrán educadamente a parir.

Sólo me peleé una vez. Me dejé llevar. Había estado hablando digitalmente con una chica. No sé por qué me gustaba, pero me gustaba y mucho. Un día estaba cortando una zanahoria y lo supe, estaba colado, no había marcha atrás. Era totalmente irracional, y por tanto absolutamente verdadero. No lo podía articular, sólo sentirlo. Estuve días intentando convencerme de lo poco que me atraía en realidad la muchacha, de lo poco interesante que era hablar con ella. Intenté con todas mis fuerzas sacármela de la cabeza. Sé mentirme muy bien a mí mismo, pero esta vez ningún truco funcionó, la pólvora de mi negación estaba mojada. Sentirse así es un problema potencial, un problema de los gordos.
Como no había manera de volver a mi rutina emocional, entumecida y carente de sorpresas, un día quedamos. Lo acabó proponiendo ella, por supuesto, yo jamás habría dado ese paso. Para mí socializar es como caminar sobre brasas. Normalmente, cuando llego al otro extremo, y a diferencia de muchas personas, tengo los pies chamuscados y paso meses sin poder andar, a veces años, sin haber aprendido nada, con mucho más miedo al riesgo. El gurú me odia.
Nos encontramos y nos dimos dos besos y comencé a sudar. Caminamos, tomamos algo. Yo aún tenía cierta autoestima, estaba intentando dejar de fumar. Ella pidió café, yo gin tonic, esas copas de balón desproporcionadas en las que parece que niños pintados de verde echen cosas al tuntún. Creo que había hasta rodajas de plátano. Mi idea no era tanto emborracharme como tener todo el tiempo algo enorme de lo que beber. Agrio, fuerte, frío, que me hiciera rechinar los dientes.
Incluso así, ella me gustaba tanto que la prefería al tabaco. Esa tarde estuvo libre de tentaciones de volver a fumar. Estaba embotado, pero silbaba como una olla a presión. Tenía una semi-erección permanente, agradable. Me solté. Hablé demasiado, incluso hablé del miedo que me daba que ella me gustara (que alguien me gustara). Le dije que estaba aterrado, pero que me sentía aliviado cerca de ella. En el fondo eran sólo palabras, o al menos así parecía encajarlo; podía achacarlo a la ginebra (tres gin tonics) y mi evidente inquietud. No era el tipo educado y ocurrente de los mensajes privados, pero quizá sí un equivalente.
Cuando yo ya estaba verbalmente desparramado, borracho como sólo alguien que se alimenta a base de café puede estarlo, nos cruzamos con dos chavales. Iban igual o peor que yo. Uno de ellos soltó la mano y le agarró el culo a mi compañía. Incluso sacó la lengua y dijo alguna obscenidad. De forma impulsiva, cargué el brazo derecho y le solté un puñetazo, sonó como partirle el cuello a una gallina.
Me destrocé dos dedos y le fracturé el pómulo. Él cayó de culo, momentáneamente inconsciente. Acabamos todos en urgencias, mirando al suelo. El suelo siempre está ahí para ti, esperando, a todos los niveles.
La mano de las pajas. Salí de allí con un guante de boxeo hecho de yeso. Mi brazo derecho pesaba el triple que el izquierdo.
Al otro tío se le infló una cabeza accesoria en la cara, brillante y morada, tamaño recién nacido, y más o menos igual de bonita. Sólo podía verme por un ojo, su colega le impidió contraatacar varias veces. Con su cara se partió también la tarde.
Nuevamente, di el último paso fuera de las brasas, y volvía a tener los pies achicharrados. Pisaba lento y profundo, en lugar de rápido y sonriente.
Fui perdiendo el contacto con la chica. Ella me dejó de hablar poco a poco. Quizá hiciera algún tipo de lectura ideológica de lo que pasó, puede que relacionada con la “masculinidad tóxica”. Pero lo más probable es que simplemente yo no hubiese estado a la altura. Puede que emborracharme y soltar un discurso sobre el miedo y el asco que me da la gente, no sea tan encantador. Puede que sólo sea una mala idea, una sobrecarga de mala sinceridad, igual que hay colesterol malo.

Conozco muy bien el oficio. Sé cómo se siente la cajera. Yo fui cajero, fui reponedor, fui mozo de almacén, respiré el cartón y el polvo, barrí alguna que otra rata muerta, usé la transpaleta como patín, trepé por estanterías, llevé el toro, hice inventarios de madrugada. Aprendí a no mirar el reloj durante horas. En esa clase de trabajos, sólo tienes que usar la cabeza el primer día; aprendes la mecánica. El resto es un océano de tiempo, de aburrimiento. Es algo que se te puede ir de las manos, te puede anular, coger tu persona, arrugarla como un folio y tirarla a la basura. Mucha gente no sabe lo duro que es, aunque creen que sí, pero sobrestiman su imaginación. Y en cierta forma trabajas justo para esa gente, para mantenerles ignorantes, para que sigan haciendo el chiste sobre quién pone las calles por las mañanas. Eso es justo lo que haces currando en un supermercado: poner las calles.
Sonará exagerado, pero creo que estos trabajos son los que hacen creer en utopías, en un mundo que algún día será completamente pulcro y seguro, donde el exterior será sólo una extensión de tu salón. Una imagen de orden perpetuo entra de maravilla por los ojos. Muchos dicen que les gusta pasear por el centro comercial por el aire acondicionado, pero es mucho más que eso. Es probable que en términos de equilibrio o paz interior aporten más los reponedores que la psiquiatría.
Me prometo a mí mismo no decir todo esto en voz alta. Aunque me parezca perfectamente coherente. Siempre hay que recordar que la sinceridad no tiene necesariamente nada que ver con la verdad. Puedes ser totalmente sincero y estar totalmente equivocado. Yo he sido un experto en eso. Pregúntame cualquier cosa, tengo un pensamiento sincero para lo que quieras. A veces incluso sonaré rotundo y convincente.
Tengo una pregunta yo para ti: ¿Quién repone para los reponedores?
Una tarde vi salir a la cajera, nos saludamos de pasada y luego de alguna forma rompimos a hablar. Creo que ella estaba algo a la defensiva. Creo que hace un tiempo yo llamaba su atención, primero le resulté interesante y luego un capullo, y ahora supuro algún tipo de confusión que le hace bajar la guardia. Aunque con reservas.

Quedamos otro día y decide que soy inofensivo. Paseamos. Yo tengo mi propia ruta favorita, aunque desprovista de encanto para el canon. Por así decirlo. Hay que atravesar un polígono industrial, bordear una vía, llegarse hasta zonas residenciales. Los perros te ladran desde sus patios y el sol parece abrasar en cualquier momento del año. Tengo localizados un par de bancos en los que me gusta fumar.
Procuro no soltarle el rollo, le digo que la zona me gusta, sin más. Me gustan los contrastes, los bosques junto a grandes almacenes. Es especialmente poético en verano, en las horas más jodidas, de tres a seis de la tarde. Gorra y beber de las fuentes que te cruces.
Caminamos juntos, pero sin grandes alardes. No me siento ocurrente. Creo que el silencio parcial que practico le está gustando. Cree que estoy un poco nervioso. Estoy un poco de todo, pero sólo importa lo que ella crea. Esto no es una prueba, no hay nada ensayado, no puedes fallar, pero tampoco acertar. No se puede ser natural pensando demasiado. No es que yo no piense, pero ha habido días mucho peores.
Nos sentamos. Le hablo un poco de lo que hago, de lo que soy; no es emocionante. Se supone que lo interesante tengo que ser yo. Si ella lo enfoca como una entrevista de trabajo, no tengo nada que hacer. Mis méritos se reducen a seguir vivo y parcialmente sano. Apoya la cabeza en mi hombro y para mí esto ya es una novela de Nicholas Sparks. Mantén el listón bajo, el perfil por lo suelos. Vemos pasar el tren a unos cincuenta metros. Cuando cruza zonas habitadas, hace sonar la bocina para ahuyentar a los despistados y los suicidas. Yo aún soy de los primeros. Atrévete a decirme que esto no es una victoria.

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Consejos útiles para menores

Estás perdiendo el tiempo. Sal ahí fuera y extorsiona. Manipula, usa tus armas, usa a tus padres (están ciegos), desfógate con tus compañeros, algunos siempre se dejan manipular. Pega cuando nadie mire. Búscate una pareja, primero alguien a quien manejar, luego alguien a quien manejar y meter mano. Fabrica tu estatus. Espabila. No hay buenos o malos ejemplos, sólo supervivientes o pardillos. Usa la inercia a tu favor, ten en cuenta la jerarquía y mantente arriba. Compite siempre. Crece fuerte y coge impulso. Vas a tener que lidiar con todo tipo de gente, cercanos, extraños, familiares, amantes, supuestas parejas, compañeros de trabajo… Sé esa persona que sabe manejarse. Mira por encima del hombro, deja claro tu lugar. Posiciónate arriba, por delante, elige la retaguardia sólo para que otros absorban el golpe.
Controla tu entorno inmediato, no dejes que te la cuelen, controla tus relaciones, se vendrán abajo si no lo haces. Usa la mente y usa las manos, usa los nudillos, usa las paredes y los enseres de cocina. Marca tu terreno y lo que sabes que es tuyo.
Haz tus cálculos, toma las distancias, apunta los requiebros, controla los ángulos muertos, aprende a no dejar marcas, gánate a quien cree estar por encima, respeta la cronología vital, acumula pasta, haz lo necesario, aprende un discurso cómodo, y luego toma decisiones.
Hay elementos útiles, herramientas, verbales o físicas. Siempre. Destaca en clase, sé listo, cae bien a los adultos, actúa en los momentos adecuados. Si lo haces, de mayor no tendrás que caer bien a nadie. No necesitas a la gente, sólo lo que la gente te pueda dar. Ten en cuenta las relaciones de poder. Usa las corrientes de opinión a tu favor, no te preocupes por la hipocresía, la hipocresía es en todos como la piel, los ojos o el corazón. Arrincona siempre que puedas a quien pretenda empatar contigo, tú sólo ganas, aunque sea por poco.
Puedes percibir la vibración, cuando la gente te respeta, cuando es muy difícil que te jodan. Aprende a infundir miedo. No hace falta que sea muy evidente, sólo real. Si te tienen miedo, ya no hay nada más por encima. Estás tocando techo. Tienes la mejor perspectiva, el mejor ángulo de visión, la posición que todo el mundo anhela. Alimenta el miedo de los demás. Deja claros sutilmente sus Fracasos; no importa que no sean tales, sólo importa que la sociedad los vea como tales. Alimenta esa dinámica. Hazla jugar a tu favor. Aprieta el puño, lánzalo siempre con fuerza, mírate al espejo por las mañanas, di en voz alta y clara:
–No Pueden Contigo.
Dilo diez veces cada vez.
Te intentarán convencer. No les escuches. Tú tienes esa idea, construyes y destruyes con ella, moldeas tu mundo, tú sabes lo que pasa si dejas margen a los demás. Los demás juegan a tu mismo juego, incluso los que dicen que no.
Hazte mayor. Lidera primero en casa, lidera luego en tus relaciones y en el trabajo, y lidera por fin en tu vida. Sé protagonista de tu vida. Haz que siempre estén nerviosos contigo, que siempre tengan que fingir calma. Haz que sientan que una parte importante de sus vidas depende de ti.
Puede que tengas que recurrir a la violencia. Con hombres, con mujeres, con niños, sobre todo los tuyos. Puede que no comprendan el mundo como tú. Es muy posible que estén equivocados. Cuando llegue el momento, hazlo, sé duro, recuerda el miedo, recuerda que sólo hay gente con miedo y gente que lo infunde.
Trepa, sube, corona, aplasta, tritura, cuece, añade los ingredientes adecuados cada vez.
Y luego mastica con fuerza.

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Una cosa antes de acabar

1.

Estoy mareado. Vagueo por el desierto, a ver qué se cuece. Algunas cosas se están cociendo literalmente. He visto al tonto de capirote, va de un lado a otro, a veces se entretiene mirando algo sin interés. Habla solo, dice cosas como: “Se ha quedado buen día”. Veo también a la gilipollas mayestática. A veces dice algo que parece haber oído antes, nunca dice nada de cosecha propia.
Ya no tenemos nombres (para qué), les bauticé en secreto.
El sol no parece afectarles. Procuro no toparme con ellos. A veces me miran, no acabo de interesarles. Una vez me dirigí al tipo, le dije:
–Estoy mareado como una mierda.
Pensaba que le haría gracia. No me dijo nada, parecía ocupado, observaba las púas de un cactus.
En otra ocasión, le di los buenos días a la mujer. Me miró y escupió a mis pies. Dijo:
–Nosotras no hacemos eso.
Pasó un minuto y dijo:
–Cerdo.
No sé, ahora nunca les digo nada.
La carencia de vegetación hace que sea difícil no verles, más lejos o más cerca. Nunca hablan entre ellos si no es para discutir. Él parece carente de interés en general, excepto por las cosas inertes. Ella me odia igual que a él, no ve diferencias entre ambos.
Hay algunas caravanas, algunas tiendas de campaña. La mayoría de gente aún no quiere airearse. No vamos en grupo, cada cual hace lo suyo. Reina una vaga desconfianza.

2.

Un día la gilipollas mayestática llora aferrada a su móvil inservible. Tiene la pantalla quebrada. Ni siquiera podemos ver los vídeos, los penachos sobre las grandes ciudades. Ya no hay «actualidad», sólo presente. La supervivencia ha sustituido a la moda. Ya no «elaboramos» nada, sólo lo encontramos, o lo cultivamos. Ya no «degustamos», sólo comemos, y eso con suerte. La comida ha sustituido a la «cocina». La acción ha sustituido a la «acción positiva». Ya no hay buenas o malas intenciones, sólo intenciones. El activismo de sofá ha muerto.
Ya no se trata de aburrirse o experimentar. Sólo vivimos o morimos.
Ahora si salvas o te follas a alguien, a nadie le importa. Ni siquiera pueden fingir que les importa, ya no hay canales de comunicación. Imagínate salvarle la vida a alguien para que nadie lo sepa. Sólo habrás salvado una vida, no computará, no lo podrás incluir en el currículum. Ni aunque hagas un trío con gemelas asiáticas.
Imagínate poder hacer sólo cosas desinteresadas o constructivas. O tener que valorar el placer prescindiendo de todo lo que le rodea.
Imagina tener que ser de verdad una Persona.
Eso es lo peor del fin de la civilización conocida: se te acabo el trampear, es el fin de la pose. No puedes publicar tus fotos, y desde luego se te acabó el veganismo, aunque quizá lo primero ya anulara lo segundo.
Las ideologías vuelven a ser papel mojado.
La única diferencia es que ahora la mayoría, tanto hombres como mujeres, no tenemos puta idea de qué coño hacer.
Estamos fuera del tablero, y sólo nos prepararon para el tablero. Incluso los tíos más brutos, manitas y supuestamente resistentes, se sienten perdidos como académicos. Todos tenemos unas gafitas relucientes en la punta de la nariz y somos de lo más avispados, y eso a la intemperie le importa tres cojones.

3.

La reacción de la gente era imprevisible. La mayoría están compartiendo comida por simple y llano miedo. Todo el mundo está cagado con la idea de un confrontamiento. Ahora un confrontamiento siempre es presencial.
El hambre se hace más presente a medida que pasan las semanas. Poco a poco más gente se atreve a respirar abiertamente. Buscan más comida y más agua. El cuerpo es una máquina exigente, y eso es algo que antes sólo podíamos intuir.
No hace mucho, vi a cierta mujer de unos treinta años. La recordaba de hacía apenas tres meses. Entonces estaba con un chico en una terraza. Hablaba con mucha claridad, un punto de pedantería autoconsciente, una mujer culta, se le intuía un trabajo de alto perfil. El tío la escuchaba, parecían allanar el terreno para follar más tarde. Follar como personas civilizadas.
Una mujer de unos sesenta años se les acercó pidiendo; la despacharon como pudieron. Cuando vuelvo a ver a esa mujer joven y preparada, va sola de un lado a otro en busca de limosna. Sólo una semana antes se limitaba a llorar hecha una bolita. Creo que eso es lo más duro para algunos: ahora somos todos iguales.

4.

Se ha disuelto tanto la idea de la independencia personal como la idea del colectivo. Hay cosas más importantes de las que preocuparse. Como por ejemplo qué hacer si llega el momento de suicidarse. No hace tanto de las bombas, no sabemos hasta qué punto está contaminado el aire, ni si estamos lo suficientemente aislados.
Es evidente que no somos personas sufridas.
Yo llevo de serie un mareo desde hace como dos meses. Cuando comencé a notar que la cabeza se me iba, pensé que enfermaría gradualmente hasta morir, pero la sensación ha ido yendo y viniendo. La alimentación irregular y la escasez general. Qué si no. Es un tanto extraño cómo la gente ayuda y a la vez mantiene las distancias. Nos movemos cada cuatro o cinco días, casi nadie te deja tirado si le pides unirte a su coche o caravana. Nos somos una gran familia. Es una cuestión de tiempo que la convivencia se tuerza.
Creo que aún no nos acabamos de creer lo que pasa, como si más pronto que tarde fuésemos a volver a casa. Una ducha y el telediario.

5.

Cuando comenzamos a ver ciertas cosas, callamos y negamos. Está claro que la negación ya se nos daba bien antes. Es verdad que ahora las circunstancias te ponen a prueba, pero es nuestro músculo mejor entrenado.
La educación estandarizada, el matrimonio, la muerte…
La negación es nuestro armamento pesado. Hemos sorteado hipocresía mediante cientos de obstáculos, defendido cientos de discurso absurdos, y justificado miles de acciones despojadas de ética.
El canibalismo no iba a ser menos.
Es sorprendente lo fácil que es encontrar unos prismáticos si te acercas a una familia o grupo. Si atisbas a lo lejos un puntito negro que se agita, si sabes mirar por el lado correcto de los prismáticos, lo que verás una de cada cinco veces es a personas civilizadas destripando y comiéndose a alguien. Parece que un grupo no poco numeroso de ex contables y oficinistas anda por ahí comenzando de cero. Hay gente que sabe adaptarse a la nueva estética. El desierto y la violencia acaban yendo de la mano. El hambre empieza a apretar. No todo el mundo puede o sabe cazar o hacer fuego. Pero no tiene sentido intentar racionalizarlo. El raciocinio es nuestras hombreras.
Cazar seres humanos se reduce a una cuestión de voluntad. La conciencia ha mutado, nadie se mira las arrugas del traje. Si un asiento chirría, le pegas un codazo. Si un insecto corre, lo mejor es que acabe en tu puño, y masticar para no tragárselo vivo. A veces pasa que vomitas, pero merece la pena probar.
Tarde o temprano, todos acabamos deglutiendo la carne de algún Julián.

6.

No tardamos en ver cómo la gente usa intestinos delgados y desecados para tender la ropa en carreteras y autopistas. No es que nos estemos comiendo entre nosotros, sólo intentamos evitar cruzarnos con ellos. Acabo perdiendo la pista de Tonto y Mayestática. Un día se adelantaron. Poco después acabo viendo sus cadáveres saqueados. Ella tenía buenos muslos, él aún estaba gordo como John Candy. No me sorprende mi escasa reacción emocional.
Cuando vemos agua, ya sea estancada o en un riachuelo, nos amorramos como los animales que por fin hemos reconocido que somos. Me he acostumbrado a vomitar sin apenas esfuerzo, a veces lo hago con el desinterés de quien escupe un gargajo de mocos.

7.

Una intensa fiebre sustituye parcialmente al mareo. He perdido por completo la noción del tiempo. Da lo mismo ocho o que ochenta. Puede que hubiesen pasado un par de nocheviejas.
Cuando comprendo que me queda poco para morir, me sorprendo en medio de un ataque de nostalgia. Cómo comenzó todo, cómo entrábamos en grandes almacenes aún llenos de comida, tanta que no podíamos acarrearla.
Una vez entablé conversación con una chica, nos hicimos amigos. Creo que me enamoré un poco, quizá sólo fue el hecho de que me hacía caso, me buscaba, conocía mi nombre, e incluso yo me aprendí el suyo. Pensé mucho en condones, en la libertad relativa del fin del mundo. Mi polla aún funcionaba, me iba lejos de todos cuando quería masturbarme, miraba al cielo y me la meneaba, aunque sólo de día para poder ver los bichos.
Al final no hicimos nada; creo que lo decidió ella, perdí mi oportunidad de comportarme como un adulto y adelantarme, decirle que era sucio hacerlo, que no podía ser, que era demasiado arriesgado.
Al final supe que tenía catorce años. Se fue con otra gente, conocía a alguien.
Fue un poco antes de comer homónimo por fin.

8.

Paliar el hambre parece ayudar con la fiebre. Un día muere un tío del grupo. Iba solo. Preparamos un fuego. El proceso es largo, usamos el método primigenio, la fricción y la paciencia. Cortamos la carne de los glúteos y los muslos. Usamos material de camping, una parrilla que alguien tiene en su caravana. Hay un carnicero entre nosotros, pero desde el principio se niega a cortar carne humana. La única que decide dar el paso es una mujer de unos cincuenta años. No es que disfrute, pero no parece desubicada, hay algo en sus ojos que te dice que estaba preparada para algo así. No para la carne, pero sí para la situación, como si en el fondo estuviéramos recibiendo nuestro merecido, y eso a ella le complaciese.
De modo que tenemos a un carnicero, pero la tarea la hace ella, aunque no de forma limpia o depurada. Recuerdo el penalty que tiró Miroslav Đukić y que debería haber tirado Bebeto. Antes nos hacía gracia la cantidad de mierda que almacenamos en la memoria, ahora me parece sumamente inquietante.

9.

No pasa tanto tiempo hasta que comienzo a saber qué me gusta más de lo que antes me hubiese parecido repugnante o inmoral. Esto incluye comer carne humana, pero también muchos otros detalles, que paso a no enumerar. Nuevos vicios, nuevos ángulos. No se puede describir lo que significa cambiar de verdad. El nuevo gusto por la violencia, la autodefensa llevada al terreno de la adrenalina, la nueva montaña rusa en forma de hachazo o acto de supervivencia.
De comer carne humana pasamos a matarla. No necesariamente sólo para comer, a veces simplemente para que no nos coma a nosotros. Creo que algo se activó en nuestro razonamiento, algo relacionado con haber cruzado determinada línea roja moral, tras lo cual ha dejado de haber líneas, porque ya no nos las podemos permitir. Nos damos cuenta de que lo que antes entendíamos por «ser bueno» estaba sujeto a la opción de serlo. Éramos buenas personas con el estómago lleno, sin una amenaza de muerte diaria. Ahora todo eso son pamplinas. Aunque siempre puedes dejarte matar.

10.

El día que me encuentro peor, nos estamos comiendo a un violador. Le pillamos intentando forzar a una cría de unos once años. Estaban solos en medio de la nada. Lo cogemos entre todos. Hemos adquirido cierto gusto por la tortura. Comenzamos a tirar de sus extremidades hasta oír cómo ceden. Es asqueroso, aunque es divertido como lo era cuando torturabas a los insectos de crío. El tío se acaba desencajando por todos lados, pero no tarda en desmayarse. Hace que recuerde a mi amiga de catorce años. No soy tan distinto a él, aunque yo jamás la hubiese forzado. Pero entiendo su impulso, eso puede pasar. Ahora es mucho más difícil clasificar los comportamientos. Lo cual es frustrante. Creo que por eso torturamos al violador, decidimos que es peor que nosotros, y nos regodeamos en ello. Aunque sabemos que somos capaces de hacer cosas iguales y peores. Llega un punto en que es difícil saber cuándo actúas por necesidad y cuándo te estás recreando. La cárceles se han quedado para vestir santos.

11.

Esto ha terminado siendo más largo de lo que tenía pensado. Lo que quería era lanzar un par de conceptos, como cuando un profesor te mantenía sentado en el pupitre, aun habiendo sonado ya el timbre, y decía:
–Una cosa antes de acabar.
Mi muerte fue hermosa, quiero que esto quede claro. Estuve estirado toda la tarde con la cabeza apoyada en una roca. Les dije que quería ver atardecer. Lo cierto es que me trataron muy bien. No se largaron sin más y me dejaron solo. No pensé apenas en mi anterior vida, la de cocinar y degustar, la de las acciones positivas, el veganismo, las buenas intenciones y el activismo de sofá. Todo eso me parecía algo lejano, pero sobre todo artificial. Pensé mucho más en mi amiga aún menor; donde estaría, si aún viviría; la clase de cosas que pensaban los ancianos del mundo civilizado. Ahora no hacía falta ser viejo para temer una llamada al fijo. Qué suerte no tener teléfono.
Cuando ya me empecé a cansar, cuando el sol ya se había ido, les señalé qué roca quería. Les repetí varias veces que apuntaran bien, que se aseguraran de hacer tortilla de cabeza (puede que también literalmente), y que luego hicieran con mi cuerpo lo que quisieran (porque os he ahorrado varios capítulos sobre necrofilia).
Dos hombres y dos mujeres cogieron la roca a pulso. La alzaron.
Y ahora estoy aquí. Sigo mareado.

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20 propiedades del limón (20 de 20) – Como un hombre

Si tienes pareja, y si –aunque sutilmente– te presiona para que conozcas a sus padres, tu mente se desata. Si usas más de la cuenta la cabeza, tropiezas con trampas existenciales. No sé bien a qué me refiero con lo de usar más de la cuenta la cabeza, pero estoy seguro de que mucha gente lo tiene claro.
Figúrate que tu “suegro”, por lo que has oído, es un gilipollas. El perfil ideal para la supervivencia in extremis. Lo de currar para nunca ganar, lo de no hacerse preguntas, ese tipo de cosas.
Quiero que quede claro que todo esto le pasó a un amigo. Ni siquiera eso, era más bien un conocido. Amigo de un amigo. Me da igual lo que penséis.
La madre de ella era la madre de toda la vida. Aún no era de esas madres que hacen malabares con la rutina y fardan de novio “cocinero”. Era una mujer sufrida empantanada en el océano machista habitual. Ese entorno en el que se hacen bromas sobre las “obligaciones” de la mujer, y donde esas bromas no hacen más que describir la realidad del día a día. La mujer institucionalizada en casa igual que el anciano de Cadena perpetua en la cárcel.
Ella te trata muy bien, asiente y ve el lado positivo, está acostumbrada a ello. No encaja en el perfil cacareado de la suegra entrometida y estúpida. Podrías haber cumplido condena por asesinato, y ella te ofrecería repetir plato.
El padre te ve demasiado rebuscado y poco práctico para su hija. No valora tus proyectos como viables. No has heredado el negocio (la vida, la actitud) de tu padre, has visitado el Inem un par de veces. De modo que te conviertes automáticamente en sospechoso.
Comienzas a hablar poco. El ambiente se vuelve tenso. En determinado momento dices algo parecido a que no te importa mucho el dinero. Dices algo sobre que todos nos vamos a morir, aunque nos portemos de maravilla con nuestros jefes. Es luego cuando ves un crucifijo en la pared cerca de la tele. Respetas todas las creencias, aseguras, pero añades que tú no crees.
No es que este ambiente tuviese que ser necesariamente alarmante. Hay gente que se limita a fingir que te acepta, y luego te ponen verde cuando has salido por la puerta. Pero por desgracia no fue el caso.
Eso cuenta la leyenda, al menos; una historia que ha pasado a los anales de las epopeyas sobre chicos que van a conocer a los padres de su novia. Algo que a mí me gusta convertir más bien en aparatosa anécdota.
No es por asustar al recurrente chaval de diecisiete años que se ha prendado de una compañera de clase; pero es importante entender que esa chica no vendrá sólo con su ropa interior perfumada y horas y horas de sexo y conversaciones edulcoradas; esa chica tendrá padres, amigos, lastre, útero, cientos de tardes de compromiso, abuelas aún vivas, algún sobrinito, etc. Esa chica, para tu desgracia, no viene nunca sola. Tendrás que hacer el papel, o tendrás que ser tú mismo. Y esa elección, por más sociable que seas, nunca es lo que se dice fácil.

Sin haberte dado cuenta, ya estabas en el suelo, tu nariz sangrando. Habías dicho algo sobre sexo, porque ya te estabas hartando de las indirectas constantes de ese tío; así que incluiste de alguna manera a su hija y el sexo en la misma frase. Con otros ánimos, la cosa podría no haber pasado de un momento incómodo, pero ese hombre deseaba claramente tu desaparición. No quería matarte, pero sí que te pasara algo, que, de algún modo, te tragara la tierra. Un coma, una salida a por tabaco sin retorno, otra chica… Quería que dejaras de estar presente en su órbita.
Lo que cuentan las crónicas negras, es que te levantaste y descargaste tu puño derecho en su mandíbula. Era un tío cercano a los sesenta años; puede que ya no muy joven, pero enérgico, saludable y muy conservador. Alguien claramente peligroso. Tenías que defenderte. Hay habladurías que exageran o tergiversan lo que pasó, rumores morbosos facilones como que maniataste a sus padres y tuviste sexo delante de ellos con su hija. Pero todo apunta a que tú y el viejo os revolcasteis por el suelo, en una maraña de golpes e insultos.
Acusabas al tipo de homosexual, porque sabías que era un homófobo de pacotilla. Le decías que si no salía del armario ya, acabaría atragantándose con su yo auténtico.
Nadie sabe cuánto duró esa fase de lucha libre entre sillas y comida, pero luego vino lo de la ventana. En algún momento adoptasteis algún tipo de posición de luchador amateur. Quizá os poníais en guardia en pantomima de boxeador. Le empujaste. Hay diferentes versiones sobre cómo reaccionaban tu novia y su madre a lo que estaba pasando. Hay quien dice que llamaron a la policía enseguida. Otros que tu novia intentaba separarte de su padre. Otros dicen que se marcharon del piso a buscar ayuda, pero no se conoce que ningún vecino interviniera en ese sentido.
El padre cayó desde el segundo piso sobre un toldo y luego un coche de forma ovalada. Quizá un Twingo. Quedó dolorido, pero se incorporó y te gritó que eras una nenaza, y que seguro que no tenías huevos de bajar a la calle y pelear como un hombre. Nunca habías pensado que hacer nada “como un hombre” tuviese sentido o pudiese no ser una torpeza, pero lo que cuentan es que bajaste a su encuentro. Te pilló por sorpresa justo al salir del portal. Te cogió por el cuello. No podías desasirte. En ese momento, quizá sí o quizá no, se comenzó a oír la sirena de la policía. Quizá tu novia y su madre os gritaban desde la ventana que paraseis de hacer el burro. El dueño del posible Twingo, salió de su casa a inspeccionar el techo de su coche. Se puso a gritar como un energúmeno. Ni os disteis cuenta; te zafaste y rodeaste con los brazos a tu “suegro”, intentando derribarlo. No tenía heridas visibles de la caída. Se revolvía como algún tipo de mamífero extinto, te sentías como luchando contra el eslabón perdido. Quizá en parte lo era, algún tipo de criatura de transición, hueco y consumidor compulsivo de fútbol. El tío del Twingo estaba maniobrando con el coche para alejarlo de allí. Cruzaste la calle, le gritaste al viejo que su hija estaba embarazada. Era mentira, pero él vino a por ti en el momento adecuado.
Le pasaron las cuatro ruedas por encima. Incluso parecía que una le había pisado la cabeza. Lo lógico hubiese sido que quedara inconsciente. O muerto. (O roto.) Pero se levantó poco a poco. Sangraba con profusión por un ojo que, al parecer, se le había reventado. Aquí algunos cuentan que un coche patrulla llegó y, al no entender los dos agentes lo que veían, se limitaron a llamar refuerzos. Te quedaste donde estabas. Unos dicen que finalmente te aniquiló con sus propias manos; otros que te exiliaste; algunos se atreven a asegurar que en realidad todo se calmó, que te acabaste casando con tu novia, y que su padre la llevó al altar con un ojo de cristal.
Sólo en una cosa están todos de acuerdo. Ese tío volvió al trabajo al día siguiente. Ese tío vio el siguiente partido de liga de su equipo. Continuó pagando impuestos. Volvió a roncar despertando cada noche a su mujer. Volvió a votar en las siguientes elecciones. Volvió a no planchar jamás una camisa. Ese tío continuaría existiendo aún durante mucho tiempo. ¿Y tú? Tú más valía que simplemente te quitaras de en medio.

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20 propiedades del limón (19 de 20) – Muérete

La gente se preguntaba quién había sido. Habían empujado a un buen chaval de sexto curso. Bajó aparatosamente un largo tramo de escaleras en el colegio, incluso se dejó dos dientes. Estaba en el hospital, tenía algunas lesiones graves.
En realidad no era un buen chaval, pero no soy quién para tener una opinión objetiva. O quizá sí. En cualquier caso, lo que importa es que en general la gente creía que era un buen chaval, carismático, gracioso para las chicas, convincente para el profesorado. Un chaval con visibilidad. Más o menos lo contrario a mí, a casi todos.
Este muchacho brillante y seductor, le daba a todos los palos. Y también se acabó juntando con el grupito que hacía bullying aquí y allá. Un bullying, por así decirlo, controlado. Nada de lo que preocuparse en los años noventa. Los niños no solo encierran a otros niños en lavabos o les roban la ropa en el vestuario, no juegan siempre a extremos, como darte de hostias o escupirte en la boca mientras otros te sujetan.
También trabajan la humillación verbal. Con “sutilezas”, sin necesidad de gritos, ni siquiera amenazas. Es un desgaste gradual, día a día (y pasas MUCHOS días en el puñetero colegio), te inyectan un veneno en dosis minúsculas, pero tremendamente efectivas.
No había respuesta posible ante eso. O sí, pero si intentabas vacilarles o rebotarte, te parecías ridículo a ti mismo. Te callabas, eras un niño.
No sólo era muy difícil responder a esa dinámica, además, concluí (cosa que sigo pensando) que es imposible eliminarla. Solo se puede controlar hasta cierto punto, y a veces ni eso. Comprendí ya de crío que las relaciones humanas son como son, y que eso no se ha arreglado jamás, ni se va a arreglar. Sólo te queda rezar para que tu hijo (o hija), influido por su entorno ajeno a ti, no se convierta en acosador ni en acosado, y se mantenga en una posición neutra de espectador, que parece ser el máximo realista al que se puede aspirar en términos de no violencia. Puedes intervenir puntualmente, pero nunca solucionarás el problema global, esencial.
Luego siempre habrá gente que protestará, con más o menos torpeza. Benditos sean, pero al final las cosas son como son. Contexto, conciencia, animales. Incluso un activista es un mamífero, y quizá la mayor dignidad sea no pecar de una fanfarronería que no te puedes permitir.
No podía articular todo esto entonces, pero lo sentía, sabía que los años de colegio serían siempre así. En la vida adulta las cosas no cambiarían, pero sí el contexto; amistades más elegidas, contacto humano más filtrado. Pero a poco que salgas de casa, tarde o temprano tendrás que soportar a un gilipollas, puede que alguna vez a un gilipollas violento. El viento sopla, los árboles florecen, los gilipollas respiran. Todo forma parte del mismo principio, incluso con la conciencia de por medio.
Puedes comer todo el tofu que quieras, pero tu verdadero yo sale a relucir cuando matas mentalmente a alguien que te ha hecho la pirula en la carretera, aunque fueras camino de una perrera para adoptar al chucho más viejo y feo.
Aunque sepas que tú controlas perfectamente tus impulsos violentos, pretender que eso un día será así en TODAS las personas, es creer que el pollo es dieta vegetariana.

El buen chaval se juntaba con un tarado y dos niñas que se dedicaban a sacarles motes a todos, y eso si tenías suerte. El mote era lo mínimo. Sabía de muchas de sus marranadas, un día vi cómo arrinconaban a un niño en el gimnasio, y le decían:
–¿Te sientes humillado? ¿Eh? ¿Te sientes humillado?
Vocalizaban como si hubieran escuchado la frase en una película. Continuaron así hasta que el crío comenzó a lloriquear, y entonces le dejaron salir corriendo.
Casi nunca intervenía nadie. Los únicos que lo hacían eran los profesores, porque podían, eran la imagen (y el físico) de la autoridad. Casi con toda seguridad no intervendrían en una pelea de bar para separar a nadie. En el colegio actuaba la jerarquía, quizá su única vertiente auténticamente útil: parar puntualmente a los abusones.
Lo que yo veía es que maltratar les hacía sentir bien, superiores. El buen chaval quería sentir eso también. No quería conformarse con la parte aceptable del pastel.
El abusón principal se dedicaba sólo a eso, cada día buscaba una víctima distinta. Las niñas comenzaron a ir con él en cuarto curso. Iban siempre juntas, eran endiabladamente guapas, y parecía natural que acabaran por unirse al gilipollas oficial. Les gustaba sentirse duras por contraste con el resto de crías, que tendían más a la timidez o una feminidad que ellas despreciaban.

Yo nunca había tenido ningún roce grave con ellos. Hasta que una tarde me quedé veinte minutos más en clase. Era una especie de castigo, tenía que terminar deberes que no había hecho para ese día.
Nadie se quedó conmigo, tampoco el profesor. Solo de vez en cuando alguien correteaba por el pasillo. Los portones del colegio no se cerraban hasta las siete. Había críos haciendo predeporte, entrenando, armando ruido en los patios.
Vi con no poca inquietud que de pronto entraban ellos en clase. El buen chaval, el chaval tarado y las guapas “convertidas” a la estupidez. Realmente se sentían más poderosas; hacía apenas un año te miraban como corderos degollados para pedirte prestado un lápiz, ahora no sonreían en clase a menos que alguien lo pasara mal. Tenían una idea sobre lo mucho que habían madurado, creo que lo interpretaban así.
Me comenzaron a hablar entre todos. Sobre mis notas, sobre mis padres (sobre lo «viejos» que eran), sobre qué pasó tal día o tal otro. Todo con la única intención de hacerme sentir lo peor posible.
Y lo lograron, por supuesto. No hacía falta que tuvieran razón. No es que estuvieran trabajando la verdad, no tenían intención alguna de “ponerme en mi sitio”· Simplemente estaba solo, y eso les dejaba vía libre. Podría haber sido cualquier otro alumno. Yo no les contestaba, sólo esperaba a que se largasen.
Pasaron al menos media hora allí, por momentos ni me hacían caso, pero sabían que me aterraba su sola presencia. Antes de irse, me tiraron al suelo todo lo que tenía en el pupitre. Lo pisaron y se fueron sin prisa. No paraban de decir:
–¡Está a punto de llorar!
Fue un mal rato, me sentía furioso. Pero a los pocos segundos me sentí relativamente seguro.
No sabía por qué, pero el que peor me caía era el “buena chaval”. Porque él sí era respetado. Él podía hacer lo que quisiera. El tarado ya tenía fama de tarado, y esas niñas en el fondo habían sido así desde que aún se meaban en la cama. Todo el mundo sabía eso. Y sin embargo todo el mundo creía que el buen chaval era de verdad un buen chaval. Buen estudiante, deportista, incluso altruista. Y joder, ahora también hacía bullying. Hasta las profesoras humedecían las docentes bragas.
Cuando por fin terminé los deberes, lo metí todo en la mochila y me dispuse a salir. Vi que alguien gritaba en busca de alguien por los pasillos.
Era él, estaba solo, quieto ante las escaleras.

A veces me gusta pensar que todo el mundo lo supo, pero que creyeron más correcto decir que no. Yo no había solucionado nada, pero me gusta pensar que lo que pasó se instrumentalizó a modo de advertencia.
Un procedimiento relativamente elegante de silencios.
La gente conocía los tránsitos y sabían que yo me había quedado esa tarde castigado. No era difícil culparme, interrogarme, pero no lo hicieron.
No puedo negar que fue un auténtico placer. Lo cierto es que no me pudo ver. Le empujé tan fuerte (dije: “muérete”) por la espalda, que voló sobre algunos peldaños. Oí cómo crujían los huesos que se le rompieron al caer, cómo su cabeza rebotaba, los clac de su cráneo. En ese momento no era yo mismo; o bien lo era más que nunca, como ser humano.
Quedó inconsciente, pasé por su lado, me sentía muy bien, y luego entumecido, pero ya no asustado.
El bullying no se erradicó en el colegio, pero sí ese año en esa clase. Nadie volvió a acorralar y humillar a nadie. Era como si ahora pensasen que había un auténtico loco suelto, y que estaba atento a los matones. Estaban equivocados, pero todo fue cierto.

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20 propiedades del limón (18 de 20) – La persona que sabes

Un día la conociste y nunca se ha ido.
Las variables por las que no estás con esa persona pueden ser lo suficientemente aparatosas o vergonzosas como para no querer detallarlas. Pero quieres soltar lastre, así que lo encriptas todo, esperando no convertirlo en mero entretenimiento. Esto no pueden ser puertas que se abren y cierran con personajes entrando y saliendo, soltando réplicas y contrarréplicas pretendidamente graciosas. Tampoco hace falta ser especialmente rebuscado, ni tan siquiera ingenioso. Sólo lo suficientemente sincero desde la ambigüedad o la mentira.
La verdad no suele ser efectiva para transmitir lo que se siente. Puede que en un juicio sujeto a determinados hechos. Pero no aquí.
La verdad tiende a ser pura subjetividad, y también burda, irrespetuosa. Puedes ser totalmente sincero y estar totalmente equivocado. Contar lo que pasó es muchas veces la peor forma de intentar explicarse.
Un libro de ficción o un buen poema acostumbran a ser mejores para informarse que un telediario. Al menos con las cosas importantes.
Pretender entender el mundo con datos es la forma de ingenuidad más respetada.
No es fácil plantarle cara a eso. No es sencillo asumir que la naturaleza o la existencia no encajan necesariamente con lo políticamente correcto. El ser humano es la especie más arrogante con diferencia. Pero al final no va a salvar nada ni a nadie, tampoco a sí mismo. El final de la historia es que nosotros perdemos.
La gracia está en el desarrollo, y también la desgracia.
La gente parece perdida, ahora sobre todo la que siempre ha estado segura de su discurso bienhechor. Ahora necesitan cámaras de eco para sentirse cómodos, eliminar las opiniones discrepantes y quedarse sólo con iguales, o mejor aún, con los que se limitan a seguirles y repetir el sermón.
Hasta esa gente sabe en el fondo que las cosas no son así. Que a veces las cosas son jodidas que te cagas, inasumibles. Que veces te sientes así o asá, y no es racional, pero es inevitable. Que la utopía que dicen perseguir es imposible.
Esa gente cree de verdad que todo se puede elegir. Creen que en la vida todo es construcción social. No creen ser animales, o sí, pero sólo en teoría; es curioso que a su vez suelan presumir de amar a los animales, cuando ellos reniegan tanto de esa parte de sí mismos.
Esa gente, si supiera que un día conociste a una persona y luego nunca se fue, se lo llevaría a la broma, o al cinismo. O pensarían que eres peligroso, o que estás fuera de ti misma. Esa gente, esa gente que no conoció a la persona precisa. Que creen tener el control y saber señalar el mal, y que presumen del “bien”, incluso a veces lo rentabilizan.
Ese ser de luz al que un arbusto con forma antropomórfica podría atizar con una novela romántica, hasta dejar sólo pulpa roja en el asfalto.

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20 propiedades del limón (17 de 20) – Entre pitillos

Nunca me he sentado a escribir la lista de la compra. Voy de memoria. Y tengo una memoria espantosa.
No me dan ninguna envidia las idiosincrasias de las parejas, sobre todo las más estables. Esa obsesión por ciertos detalles, esas conversaciones, esas discusiones gratuitas que me cuesta mucho imaginar a nadie teniendo consigo mismo.
Y no me atrae en absoluto la paternidad.
No hablo sobre ciertas intimidades, no quiero convertirlas en anécdotas, ni trivializarlas, no quiero presentarlas como currículum. Me da nauseas cómo mucha gente habla de sexo, contabilizando “humildemente” sus medallas.
Creo firmemente en que los hijos nacen a veces del ansia de algunos por demostrar que una vez echaron un polvo.
Creo que es mejor que el cacao deje grumo.
Creo en los secretos bien administrados.
No creo en la gente transparente, tienen demasiados secretos.
Una vez salí de una cafetería para poder fumar (una de tantas). Creo que estaba un poco mosqueado. Me fumé el pitillo en unas cuatro caladas, con ansia. Luego, al volver a entrar al local, me sentía mareado de cojones. Era relativamente raro, fumo todos los días.
Creo en el tabaco.
No creo en la gente aparentemente extremista para con el cuidado de su cuerpo o su entorno. Suele haber un eco narcisista en ello. Operan de determinada manera en el trato con los demás; luego les imagino sin esfuerzo mezclando la basura, yendo y viniendo del veganismo. Un torbellino de supuesta conciencia. Ahora hay mucha gente así. Quieren mejorar el mundo (o eso aseguran), pero no pocos lo hacen a base de enterrarte en moralina de marca blanca. Parece ser que la superioridad moral te ofrece un colocón flipante, tío.
No creo que ellos crean que es una cuestión de conciencia; creo que intuyen que suele ser una cuestión de estilo. En los ochenta llevaban hombreras; ahora comen en un vegetariano.
No creo en las chapas, ni en los brazaletes, ni en la insignias, ni en cualquier cosa que se asemeje a una bandera, escudo o símbolo ideológico.
No creo ni de broma en la militancia. Me parece el atajo más directo hacia la información parcial, el sectarismo y la ignorancia basada en la retórica.
No creo en las conclusiones fáciles y cómodas, sobre todo cuando el problema es histórico, enorme y difuso.
La derecha trata de estúpidas a las personas; la izquierda les ofrece un chupete, un sonajero y un discurso mullido. Lemas para los colectivos oprimidos (las soluciones son otro cantar).
No creo en las explicaciones cortas y cerradas.
Creo en los problemas, en su evolución, en su complejidad. No creo en entes casi etéreos como el Patriarcado, ya no. Esos entes tan difíciles de demostrar como de refutar. No creo en las discusiones estériles, en las que ningún bando quiere llegar a un acuerdo, sólo revolcarse en el barro.
No creo en la gente que usa la política como entretenimiento.
No creo en las inercias tribales. Creo que la unidad no está haciendo la fuerza porque la gente que dice unirse no hace más que separar a todo el mundo.
No creo en la coprofagia, aunque la idea de la lluvia dorada a veces me tienta.
No creo demasiado en mí mismo.
Creo que necesito otro pitillo.

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20 propiedades del limón (16 de 20) – Trompas

Supongo que era un sueño. Estaba en La vecina de al lado. Dentro de la película, a varios niveles. Hablaba con los protagonistas y me entendían, todos dialogábamos en un fluido castellano. Estábamos sentados en los peldaños de entrada a la casa de Matthew (Emile Hirsch), ya de noche, aunque iluminados por una luz del set de rodaje. Estaba él y también estaba Elisha Cuthbert, que nos ponía nerviosos a ambos con su sola presencia. Hay personas que crees sólo te harían caso en cierto sentido si lograras reunir las siete Bolas de Dragón.
–Las cosas nos van bien por aquí –dijo Emile.
–¿Por aquí?
¿Por aquí?
–Por aquí, en las pelis de la década de los 2000. El estándar ha bajado.
–Eso es seguro –dijo Elisha–, pronto seremos de culto.
Pensé en universos paralelos donde los actores se quedan atrapados rodando (viviendo) una y otra vez la misma película, satisfechos.
–Esta es la escena del primer encuentro –decía Emile –, es importante.
–Siempre lo es –agregó Elisha, mirando al cielo, vehemente, convencida.
Es la escena en que Matthew sale un momento a sacar la basura, y ve por primera vez a Danielle, su nueva vecina, caminando provocativa por defecto desde su coche deportivo hasta su casa.

Más tarde, en la escena de la fiesta, sin comerlo pero bebiéndolo, me veo con un vaso de plástico en la mano. Un ponche muy sobrecargado que en realidad es zumo de uva. Llevo ropa de 2004 que aún atufa a años noventa. Es la escena del beso. La repiten una y otra vez. Yo me fijo en la bragueta de Emile, buscando un bulto, descontrol, pero es todo un profesional.
Un tipo de figuración me dice:
–Todos están cada vez más contentos, pero la peli sigue sin ser nada del otro mundo, ¿verdad?
–Bueno –digo–, hay que reconocer que el estándar ha bajado.
–Oh, “el estándar ha bajado”, ahora no oigo otra cosa. Cuando la vi en su día pensé: qué buenos primeros diez minutos desperdiciados con una trama en la industria del porno que no se cree ni el director. La chica es muy mona, pero actuar es parecer otra cosa, ella no parece ninguna actriz porno, parece una actriz buscando su oportunidad fuera de la serie 24.
Tras varias tomas y conversaciones técnicas, la escena se da por terminada.
Veo de repente en el set un bebé elefante. No recuerdo ninguna escena que incluyera un bebé elefante. Veo que Elisha corre hacia él y lo abraza. El equipo parece montar una celebración en torno al animal. Ha terminado la jornada de rodaje. Una chica de figuración me dice:
–El bebé elefante. Si no viene al rodaje no hay rodaje. Estoy harta de escuchar chistes que incluyen trompas, Elisha Cuthbert y 24.
Me siento en el césped, con esa sensación de desapego, como si estuviera a punto de despertar. De golpe el elefante está a mi lado. Se sienta sobre su culo.
Dice:
–¿Eres nuevo?
Habla como si un trombón hablara.
Le digo que no lo sé.
–¿Te gusta la peli?
Le digo que me gusta mucho más ahora que cuando se estrenó.
–El estándar ha bajado.
Ya. Eso dicen.
–¿Te gusta ella?
–Sí. Ella es muy guapa.
–La conocí muy lejos de aquí, ¿sabes?
–Lo imagino.
–No. No te haces una idea… Creo que es la definitiva. Cada vez que la veo pienso en crías de elefante y una casa con valla blanca.
–Una vaya blanca.
–Todo el mundo quiere una valla blanca, incluso esos tíos, los técnicos tatuados, los hijos de la FP. Esos follarines. Siempre tengo que estar pendiente de ellos.
–Entiendo.
–No, no es que no me fie de ella, pero un hombre tiene que mirar por lo suyo, ¿verdad?
Aparece la chica de figuración de antes, parece colocada, y no de zumo de uva. Le grita al bebé elefante:
–¡Tú no eres un hombre!
–¿Qué? ¡Y tú sólo eres una figurante!
–Chicos… –murmuro.
Elisha Cuthbert llega, muy seria, y el elefante se incorpora. Ella lo monta, y comienzan a alejarse lentamente. La chica vuelve a gritar.
–¡Tú no eres un hombre!
Luke Greenfield, director de la película, responde apareciendo de repente y pegándole un puñetazo en la cara. La muchacha queda inconsciente en el suelo. Luke mira cómo Elisha y el bebé se alejan con parsimonia. Observo que tiene los ojos bañados en lágrimas, y un bulto en el pantalón.

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20 propiedades del limón (15 de 20) – Sin pena ni gloria

El chaval me dijo que yo podía hacer de cámara, que eso podía hacerlo cualquiera (dejando claro que lo suyo no). Yo estaba poco predispuesto a tomar decisiones, lidiando con un bajón que no sé hasta qué punto se podía distinguir de la depresión. Él era uno de esos chavales que mueren jóvenes. Y no me refiero a estrellas del rock o figuras con algo llamado: legado. Me refiero a idiotas a secas, a tontos del culo, capullos que no valoran la vida a ningún nivel, o que son tan rematadamente imbéciles que creen que a los veinte años no se muere, que las balas te rebotan o el suelo se vuelve mullido en el momento adecuado.
Le dije que sí, cedí casi por no comparecencia.
Se iba a colgar a pulso desde una estructura metálica de la azotea de un rascacielos de Periferia.
Pasé de hacerle las preguntas que él quería que le hiciera, sobre lo peligroso que era y demás discursos maternales. No quería engordar más su ego.
También hay gente que hace salto base; si no quieren que nadie se compadezca de ellos por morir jóvenes, es esencialmente su problema, ¿no? No mueres tan fácilmente reventado contra la falda de una colina. Tienes que encadenar decenas de decisiones de auténtico flipado. Eres un tío “echao palante”, puede que te hincharas a follar en el erasmus, pero no vas a llegar a los treinta. Enhorabuena, otros soportaremos esa crisis.
Qué se le va a hacer, no todos podemos ser un anuncio de Nike.

Me dio algunas indicaciones, me dijo cómo se colaba uno en un edificio lleno de empresas aunque con escasa seguridad. Era sábado por la tarde, se convirtió en una pequeña aventura. Había conocido al chaval un par de meses antes. Yo no tenía muy claro por qué le caía bien. Creo que no era exactamente eso, supongo que debía intuir parte de mi opinión. Le debí dar pie. Ahora creo que me quería demostrar algo. Él decía que yo No Lo Entendía, y que cuando lo viera, todo tendría sentido.
Ya estando arriba, me sorprendió su calma, pero sobre todo la mía. Yo no suelo hacer estas cosas. Y con estas cosas no me refiero a bailar en las cornisas, me refiero a tener amistad con la gente que hace estas cosas. Puedes acabar muy mal junto a alguien que siempre ve el vaso medio lleno. Son los cantos de sirena más peligrosos. Esta gente te puede acabar cayendo bien, y acabas cayendo con un arnés desde vete a saber dónde. Tu vida pendiendo de una visita a Decathlon.
Y eso en el mejor de los casos.
Está bien, pensé, lo voy a decir.
–¿No tendría más sentido hacer lo mismo pero con un sistema de seguridad?
Me dijo lo de siempre, que lo que pasaba es que yo aún no lo entendía.
Comenzó a hacer el gilipollas desde el principio, se acercaba a las zonas más peligrosas y comenzaba juguetear en el borde. Yo lo grababa todo. Él miraba a cámara como el experto en encajar en un anuncio-juvenil-que-siempre-incluye-pelo-afro que era.
Un surfero de asfalto. De vez en cuando, sólo de la alegría de ser él mismo, gritaba algo como:
¡¡Yuhuuuuu!!
Yo fingía intentar fingir profesionalidad con la cámara. Que él se regalara, yo sólo era el ojo habitual, esperando el momento, rodando para Coca-Cola: esto también es el entusiasmo, podría ser un nuevo spot. He aquí a un soplapollas, ellos también tienen sed y andan sueltos por ahí en verano. Fijaos en su pelo rubio, su mechones ondulados. Hace que te den ganas de comer melón en la playa.
No me tensaba el que nos pudieran pillar, no tenía ánimo para preocuparme. No me era emocionante o extraordinario. Me sentía como dentro de un video de youtube. Adelante con ello, dale al play. La ociosidad se regodea.
El tipo comenzó a caminar por esa estructura metálica, una suerte de grúa de tamaño mediano. Ninguno de los dos conocía su utilidad, y uno de los dos sólo usaba las cosas para una cosa.
Primero se comenzó a colgar con los dos brazos. Me gritaba que no dejase de grabar. Me acerqué todo lo que pude, tirando de zoom y procurando no decepcionar al Diablo. Comenzó a hacer flexiones de brazos con el vacío debajo. Después se sujetó sólo con una mano.
Y finalmente con ninguna.
Me miró un instante cuando ya era consciente de que iba a caer. El terror, la revelación. Descubrir algo vital cuando ya es tarde. Su mano debió patinar debido a alguna irregularidad del metal. Apenas reaccioné, casi como si ya lo esperara, como si mi presencia hubiera sido clave en la desgracia. Procuré que se viera todo, tuve la suficiente sangre fría, enfoqué en dirección a la calle. El surfero cada vez más pequeño, y luego un punto rojo, setenta pisos más abajo.
Podría haber quien dijera que me regodeé, pero lo tenía todo, no podían acusarme de haber empujado a nadie en ningún sentido.
Me quedé un rato más allí arriba. No subía nadie. Luego oí sirenas, supongo que la ambulancia, la policía.
Y es que a veces la gente no aprende. Y me refiero a mí. Una vez más, me quedé sin entender eso que no entendía.

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20 propiedades del limón (14 de 20) – Aliado

Yo conocí a un ejemplar de lo que ahora llaman: aliado. Era un buen chaval, algo atolondrado, algo esnob. Eso me pareció al principio. La clase de persona cuyo gigantismo de conciencia por las injusticias contrasta con la placidez general de su vida. No dejaba de hablar de sus «privilegios de tío blanco hetero». Estaba especialmente obsesionado con lo que él llamaba «deconstruirse». Parecía incomodarle de verdad la posibilidad de tener una buena vida. Jamás contemplaba que esa posición también era un buen lugar desde el que mejorar, sin la obligación de intentar depreciarse constantemente. Debía medir algo menos de metro setenta, tenía una barba pelirroja siempre perfectamente recortada. Trabajaba haciendo algo dentro de un edificio de cristal.

Una noche el aliado y yo volvíamos caminando a casa. Era sábado, habíamos estado con unas veinte personas en un bar. Puede que fuésemos algo borrachos. Yo tenía un dolor de cabeza atroz, estaba deseando empastillarme.
Me preguntó si yo no me sentía culpable. Me dijo que nosotros éramos dos tíos adultos que podían volver de noche a casa sin miedo de que les intentasen violar. Yo asentía. Me dijo que era importante que revisáramos nuestros privilegios, que los rechazáramos hasta equilibrar la situación. Había puesto el piloto automático argumental. Yo le había conocido hacía más o menos un año. Le consideraba una especie de compañero de bares, de terrazas. Creo que nunca le oí decir algo de cosecha propia, ni tan siquiera construía el discurso a su manera, nunca matizaba, nunca relativizaba, pretendía que hablaba solo con verdades.
Yo asentía.
Y también me preguntaba cómo podíamos revisar el privilegio de volver tranquilos a casa. Quizá debíamos dar un rodeo, buscar las calles chungas. Puede que no nos violaran, pero quizá sí nos limpiaran la cartera. Con un poco de suerte nos darían un navajazo.
No dije nada de todo esto en voz alta.
Este aliado en concreto miraba fijamente a la nada mientras se ponía muy rojo cuando alguien ironizaba.
Está claro que yo no era muy gracioso, y él básicamente consideraba la comedia un peligro.
Mi dolor de cabeza aumentaba mientras él revisaba en voz alta todo su pasado en busca de micromachismos. Dudaba al describirme situaciones en las que le había abierto la puerta a alguien o asumido su género.
Le dije que no se preocupara, que yo dudaba que ese tipo de cosas fuesen el fondo del iceberg de las violaciones. Obviamente no debí decir nada. Con lo bien que se me daba asentir.
Levantó la voz y volcó sobre mí otra vez todo su argumentario, ese que no era suyo. Yo asentí y asentí, pero no puedes volver a meter la pasta de dientes en el tubo.
En las conversaciones en grupo, la discrepancia o duda ajena siempre le resultaba ofensiva. Calculaba el grado de feminismo o moral de los demás a peso, según qué ensayos hubiesen leído o qué expresiones usaran. No contemplaba la bondad o las buenas intenciones como elementos potenciales inherentes al ser humano. Lo más lógico si no alcanzabas cierto grado de erudición teórica, era que acabaras, como mínimo, dándole un cachete a alguien.

Me gustaría hacer una descripción detallada, pero no sé qué demonios pasó. Para cuando era consciente de que la noche se había torcido, ya estaba revolcándome en el suelo con un desconocido. Lo achaco a mi estado de ebriedad, porque creo que de otra forma me hubiera largado a paso ligero.
Yo iba asintiendo y mirando al suelo, haciendo un esfuerzo consciente por no comenzar a sangrar por los oídos. Sí que había visto una pareja en la otra acera, pero nada en ellos me llamó la atención. Cuando me quise dar cuenta, el aliado ya estaba allí, gritando en la cara del tipo, alguien que pesaba y medía el doble que él.
Después de los gritos, comenzó a darle empujones. De tanto en tanto, la miraba a ella y decía:
–Tranquila.
A lo que ella hacía comentarios como:
–¿Tú quién eres?
Crucé la calle al primer puñetazo que encajó el aliado. Él respondió con un puño flácido que impactó como una pelusa en el pecho del tío. El segundo puñetazo derribó al aliado, y no fue el último. El problema era que aunque no sabía pelear, seguía sin callarse. Ahora sé cómo suenan los puñetazos en la vida real, secos y húmedos a un tiempo, un pop apagado que te pone los pelos de punta. La chica se apartó y comenzó a blandir su móvil, decía:
–¡Como no paréis voy a llamar a la policía!
Aferré al tipo desde atrás y le grité al aliado que se «callara la puta boca». El tipo se revolvió contra mí, pero por suerte no se decidió a atizarme, vio la bandera blanca en mis manos extendidas. Me separé de él. Le pregunté por impulso a la chica si le habían hecho algo. A lo que contestó algo como:
–Que os den. Yo me largo.
Tenía la sensación de haber participado en una performance masculina con otros dos tíos más. Desubicados, desorientados, tíos igual de tontos que sus padres y abuelos, a los que el posmodernismo se les estaba haciendo demasiado largo.
Sin añadir nada más, le tapé la boca al aliado y me lo llevé de allí. Era como un pelele. Tenía media cara hinchada, un ojo inyectado en sangre. Fuimos a urgencias y lo despacharon con preguntas incómodas y calmantes. Le acompañé a su casa.

Ya en mi cama, me puse a trastear en el móvil. Vi el nuevo tuit del aliado. Venía acompañado se su foto hecho mierda. Un borracho pretencioso hecho mierda. El texto decía:

Esto va para esos tíos que aún creen que las mujeres exageran cuando dicen que de noche tienen miedo por la calle. Este fue el resultado de pararle los pies a un ACOSADOR, ayer por la noche en Periferia.

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