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Acerca de jordi M. Novas

Cargado de miedos. Valiente. Tímido. Descarado. Un ser que utiliza la escritura para no delinquir, y así poder proyectar todas la obsesiones en personajes ficticios que hacen y dicen cosas que la gente no quiere ver ni oír.

Otro agujero

Creo que no me ve nadie. Camino por el desierto hacia el lugar indicado. El agujero. El sol de mediodía cae a plomo en un verano sólo teóricamente agonizante.
Tengo un nombre y procuro evitar ser gregario de nadie. Busco alzarme o hundirme por fin, no quedarme donde estoy. Mato bichos en casa todo el tiempo mientras me planteo el vegetarianismo. En este desierto hay un montón de alimañas que te dirían cuatro verdades sobre lo natural. Sobre el ego desmedido del ser humano, sobre la conciencia como excusa para el narcisismo.
Me han dicho que el agujero no es grande, pero que sí lo es su promesa. Un cambio. Hasta estoy usando una brújula. Un explorador existencial, abaratando el concepto del aventurero.
Sé de gente que no puede soportar que un asiento chirríe aunque sólo sea un poco; les he visto iniciar una discusión por una mancha casi imperceptible en la solapa de alguien. Quisiera parecerme lo menos posible a ellos.
Les he visto hacer comentarios estúpidos mientras ven una película, como si tuvieran miedo de que la película les hiciese dudar o sentir algo, como si hubiesen decidido forzar la sencillez de las cosas, la comodidad, una utopía doméstica con mascota, caras bonitas de perros y gatos. Formarse una idea minúscula y manejable sobre vivir y la naturaleza.
Ni siquiera se trata de ser mejor que ellos, ser diferente ya sería un triunfo personal. Superar sólo tu propio récord.
Estaría bien trascender la originalidad. No importa tanto ser original como acercarse a la verdad; y la mentira o la ficción son herramientas perfectamente válidas para ello. Se trata de mantener la pose lejos, los trucos de los demás, su condescendencia disfrazada de sutileza, transparencia o amistad. Su verdad subjetiva, de tercera mano, contaminada por cámaras de eco. La mirada a veces les pone en evidencia. Me pregunto si seré observado en el agujero.
Cuando calificas un discurso ajeno como “rayada mental”, normalmente sólo eres tú asumiendo tu tamaño. Es como creer que se trata de entender en lugar de sentir; o que por defecto hay que entender para poder sentir.
Sé que en el agujero no hay respuestas, pero quizá sí un lugar en el que acomodarse. Quizá una conversación que no acabe con un chiste, o que al menos lo haga con un chiste que sea bueno. Una ironía refinada por sucia y cabrona. El respeto cuidadoso por la vía del martillo; la asunción de la existencia de la flor venenosa.
El aventurero fofo, sudando como el buscador diario de porno. Las sillas como mejores amigas. No es siempre así, pero sí casi siempre. El sudor me gotea desde la nariz. Mi intuición no está funcionando, es como si nunca hubiese sabido usarla. No hay rastro del agujero, todo es sol, tierra, picaduras potenciales. Camino porque para qué parar. Se me da bien confundir el avanzar con el huir hacia delante. El cielo se comienza a tapar.
Lo agradezco, aunque sólo sea por el paisaje.
La sed me comienza a mensajear, y no he traído agua. Decidí venir raudo y sin miedo, un error de novato. Si viviéramos varias vidas, ya lo habríamos aprendido. Pero ya he hablado de mi intuición.

El día no parece moverse, como si se hubiese enquistado el mediodía. Comienzo a tener visiones. Sillas plegables ocupadas. Una mesa alargada frente a ellas. Me acerco sin decir nada. Nada apunta a la realidad, es una proyección consecuencia de mis planes de aventura. La versión metafísica de haberse ido de escalada sin cuerda. Comienzo a perder pie.
Hay una editora de mediana edad y una escritora joven. La escritora mira como yo miraba cuando tenía veinte años, desde el miedo disfrazado de seguridad, como si bastara con no vestir de negro para tener razón. Una gótica hipster enterrada en Ideología y etiquetas. Autoproclamada. No se va a comer el mundo, y mucho menos lo va a arreglar, pero va a sacar partido. No puedes aspirar a mucho más. El libro que presenta es colorido y supuestamente valiente. El rollo de siempre del puño alzado.
La imagen se emborrona. Me inquieta. Atravieso las sillas y la gente sin tocarles. Traslúcidos. Nadie me increpa. No le importo a nadie, al viejo estilo. La tradición. A la gente le preocupan las tradiciones con animales, nunca se paran a pensar en las tradiciones con humanos. No hay nada más eficaz para detectar a alguien básico que el comentario: “los animales son mejores que las personas”. No puedes ponerte a explicar que muchas veces las cosas no son mejores o peores, sino que simplemente son. Están ahí, pero no para ti. Da igual lo que pienses, o lo que piense tu gurú. El tsunami no discrimina.
Sé que el nihilismo es una cálida manta, o el ventilador perfecto. Puede que por eso siga sin ver el agujero. Sigo teniendo algunas visiones. Van y vienen, muy bien conformadas, a veces multitudinarias. Veo incluso una manifestación. No reconozco las banderas, aunque seguramente eso no importe, es una manifestación. Veo en ella a niños y niñas que, con suerte, no saben de qué demonios hablan sus padres.
Me agotan. Puede que sea un síntoma de que ya no soy tan joven, pero al menos yo ya sé que no siempre seré joven.
Veo con frustración o risa floja cómo ciertas cosas no cambian porque seguramente no se puedan cambiar. La felicidad apagada de quien ya sabe qué no puede hacer, qué no puede mejorar; del que comienza detectar los discursos brillantes pero vacíos, los intereses tras ellos. La inmundicia inherente.
Ganar perspectiva es difícil, pero perderla es como mear y cagar, tu raciocinio se va a razón de tres visitas diarias al baño. Convertirse en un imbécil es tan fácil que ni te das cuenta, y cuando te acercas a los cuarenta no es complicado reconocer hasta qué punto lo has sido. Te ves reflejado en quienes vienen detrás. Intentar avisarles sería como intentar arrancarles el brillo de los ojos. Sería gratuito, sería injusto, y la vida se encargará.
No digo que la vida no merezca la pena, o que sea mejor o peor de lo que se dice, sólo digo que la vida ES.
Ya es mucho. Mantenerse cuerdo no es fácil, aunque creo que la cordura es más bien una teoría. Simplemente hay una mayoría de gente loca que actúa igual durante un lapso de tiempo; y acuerdan que eso es la cordura.
La cordura seguramente no exista, simplemente hay distintas clases de locos, la clase predominante y las clases minoritarias.
No creo que la conciencia dé para tanto como creemos.
Sólo hay distintos grados de lucidez.
Empiezo a pensar que el agujero esté escondido. Puede que esté tapado, no sería difícil emplear un tablón y echar tierra por encima. Yo ya no tengo la vista lo que se dice perfecta. Veo un borrón desértico. Las visiones son cada vez más débiles. Imágenes de lo que parece mi infancia. No siento nada al respecto. Creo que es debilidad.
Estoy casi seguro, de todas formas, de que lo del agujero no era una metáfora. Al menos en un 95%. No está mal. No es que haya emprendido mi propio viaje a Mordor. No es que estuviese loco (una locura minoritaria) ya antes de llegar aquí.
No negaré que he sido impulsivo, pero estoy razonablemente seguro de que esto va a algún sitio.

Alguien me despierta. Me acerca a la boca un recipiente, agua. Insolación, supongo. Me coloca en una especie de camilla y me arrastra. Me dice:
–¿El agujero?
–Sí, por favor…
Lo normalizo, como si estuviese buscando el fnac del desierto. No he quedado con nadie, podría añadir, sólo voy a mirar. Mirar un centro comercial. Si lo piensas, se han hecho viajes de muchas horas para eso. Cuando era crío, mis padres me llevaban al Corte Inglés en navidad simplemente para ver el Corte Inglés en navidad. Hasta ese punto éramos clase obrera. No recuerdo que nunca compráramos nada. Creo que a veces llegué a pensar en ello; me decía a mí mismo: ¿si toda esta gente viene a no comprar, dónde está el negocio?
Lo razonaba todo de forma tan simple, podría haber montado mi propia versión pop de alguna Ideología. Sin matices, sin dificultades, sin ambigüedad, sin sentido. Extrapolándolo todo sólo según mi experiencia, mi enfoque, mis emociones, como si el resto de cosas y de gente sólo fueran comparsa. Como si sólo pensara yo las cosas. Os tienen maniatados. ADORADME.
La persona benefactora me ayuda a levantarme. Me presenta el agujero. Es como mucho un agujero de matrimonio. Un piso moderno. Estrechez e ilusión a toda costa. Hay clavada una escalera de cuerda. Bajo no sin dificultad. No sé dónde me estoy metiendo, pero de eso se trataba. Veo que abajo, a unos diez metros de profundidad, hay más espacio del que creía. Hay alguien, un monje, calvo, parece estar rezando. Con los monjes siempre tienes la sensación de interrumpir. Con tus mierdas, con tus problemas materiales, tu estrechez de miras y tu visión pobre y limitada.
Es mi primer monje, eso sí. No sé qué religión profesa. La calvicie te lleva al budismo; mis prejuicios comienzan con su banquete, una mesa de madera al estilo Obélix, llena de manjares retóricos y estériles, ideas preconcebidas, símbolos e historia mal digerida.
De repente el tipo me ve.
Pensaba que iba a sonreír, a relajar el ambiente.
Respiro con dificultad. Me siento en el suelo para estar a su altura. Intento cruzar las piernas como él. Imposible. Busco una posición cómoda. Al final finjo una.
Detrás del tipo, hay una carpeta. Echa mano de ella. No se me ocurre mejor manera de cargarse el misticismo. No me atrevo a decir nada. Espero a que me dé pie, cosa que no sucede. No le intereso. Saca una hoja amarilla y me la da. Me dice:
–Vete a esa dirección.
–¿Cómo?
Cierra los ojos y parece continuar con sus rezos.
Sólo añade:
–No tiene pérdida, es un edificio de cristal.
–Pero…
–Oye –me interrumpe, y abre los ojos–, esto es sólo otro agujero.

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Perro pequeño

No hace tanto maté sin querer a un perro. Lo llevaba con correa un señor orondo que rondaba la cincuentena. Era más pequeño que muchos penes africanos. No era un cachorro, sólo era pequeño. Tampoco tenía esa pinta de peluche que tienen los perros a los que les hacen más fotos en una semana de las que le hicieran a Marilyn en toda su vida. No sé de qué raza era, pero parecía algo que le podrías robar a Paris Hilton; minúsculo, ruidoso, histérico. El animal correteaba y daba saltitos. Ladraba de esa forma en que se despierta un dolor de cabeza. El perro no parecía idea del señor. Parecía una de esas situaciones en que el hombre corriente intenta estabilizar (o recuperar) su vida sexual con su pareja. El perro parecía más un regalo interesado que un acto de amor. Seguramente el rasgo más importante de las mascotas es su incapacidad para hablar.
Yo iba por la acera más bien sin rumbo. Caminaba cerca del señor y el animal, tenía intención de adelantarles. Ellos iban al ritmo del que caga y le recogen la mierda. El hombre se impacientaba, el perro ladraba a los coches. Era una avenida, al fondo podías ver un atardecer estándar, nada del otro mundo. Septiembre. La gente con prisa por llegar a casa, algunas persianas echando el cierre, algunos bares en hora punta, y el momento de pasear al perro.
Me topé con un antiguo colega (de la puñetera ESO…). Ey, dijimos. Yo pensaba que pasaría de largo, pero se detuvo. Fue entonces cuando yo derrapé bruscamente para detenerme, con mi pie derecho encima del perro. Patiné sobre su cuerpo, y mis ochenta kilos cayeron para acabar el trabajo.
Hubiera sido como hacerle el boca a boca a una tortilla.
El señor no se enfadó; ni siquiera parecía sobrepasado por el suceso. De ahí que luego barruntara algunas teorías. Le pedí disculpas de mil formas distintas. Estaba aturdido y me sentía mucho peor que mal. Cuando me quise dar cuenta, mi colega había desaparecido. Ayudé al hombre a mover el cadáver. Se me revolvió de verdad el estómago. Lo llevamos a su coche, que estaba aparcado no muy lejos. Lo envolvió en una manta sucia (seguramente del finado), y lo dejó en el asiento de atrás.
No nos dijimos nada más; el tío entró en el coche y arrancó.
Yo intenté atajar por calles donde la gente no me mirara; donde no supiesen qué había pasado.
Todos matan insectos, pero cuando el animal tiene cara todo se vuelve moral y cruel. Iba pensando en ese tipo de cosas.

Esa noche me encontré con amigos (aún conocidos, en realidad) en el espacioso ático de alguien.
La verdad es que no supe el nombre del perro, ni el del hombre, ni el del dueño o dueña del ático. Tampoco si el perro era perra. No fue el peor día de mi vida, aunque desde luego tampoco el mejor. Quizá el más aparatoso, el más absurdo y asqueroso.
Me había mudado a la ciudad hacía un par de meses, y todo me era parcialmente ajeno, como si aún no entendiera bien los códigos éticos o de convivencia.
Sopesé la posibilidad de contar lo que había pasado. De entrada me parecían una idea espantosa, pero una chica me comentó lo serio que se me veía. Yo no era consciente de tener una cara diferente a la habitual.
Pensé que quizá hablar del perro muerto me podía beneficiar. Un acceso de sinceridad, mostrarme realmente dolido, más dolido de lo que estaba ya en ese momento. Ni siquiera tenía que adornar la historia. Sólo tiene sentido adornar las historias positivas o divertidas. Sabía que si lo contaba eso daría pie al humor negro y cierto regocijo susurrado, pero podía ser un precio mínimo a pagar. Lo harían a mis espaldas, y confiaba en que mi sinceridad fuese valorada por encima de mi torpeza.
El alcohol me dio el último empujoncito. No conté con un factor importante: la gente no cuenta una historia así cuando acaba de pasar. Pero cuando ya había comenzado a narrar, decidí que así mi sinceridad sería más impactante.
Eh, no sabéis lo que me ha pasado esta tarde. Lo que le ha pasado a un perro esta tarde.
No es que dijera eso, pero intenté empezar ligero y ponerme serio a medida que avanzaba. Partí de la premisa de que les caía bien, de que me abría porque pensaba que podía confiar en ellos. Habrían pasado unas tres horas desde el pisotón. Y otra variable me pasó desapercibida.
Acabé de contar la historia y la reacción fue la esperada. Comentarios de comprensión y miradas con un punto de “lo que tengo para contar, colega”. Esto último sobre todo los tíos.
Al cabo de un rato, poco, a alguien se le ocurrió la idea. El móvil. Youtube. ¿Qué posibilidades había de que nadie hubiera grabado parte del suceso? No tantas como uno quisiera creer. En una zona transitada, a una hora de movimiento constante. Cuando me olí el contenido del ruido, pensé que si alguien había grabado, no podía tener más que a mí y el dueño recogiendo tortilla de perro del suelo. Pero luego recordé el concepto cámaras de seguridad.
Me fui al lavabo y busqué por mí mismo el video que yo sabía ya era la comidilla de la reunión.
Fui consciente de lo torpe que había sido (la segunda vez aquel día, y para mí la peor). Lo confiando que había sido. Ahí estaba yo, en la pantalla de mi móvil, el clímax de mi paseo. El video duraba casi dos minutos. Mi caída treintañera acompañada de gestos ridículos, y mi puta cara de pan excusándose por matar a un perro. La mayoría de gente se ríe del dueño en los comentarios, de su gesto de aparente indiferencia. No hay audio, ni falta que hace.
El video es crudo, y me pregunto cuánto tardará la plataforma en eliminarlo. Luego se me ocurre que quizá baste con pixelar el picadillo. Lo peor es la cabeza, la cabeza se ve completamente aplastada, aunque parezca la de una gallina.
Salgo del lavabo, pero no de mi asombro. ¿Cómo he podido ser tan gilipollas? Si no hubiera dicho nada, ¿hubieran sabido que yo era el del video? Seguramente sí, aun no siendo la imagen el culmen de la nitidez.
La chica que me había dicho que tenía mala cara, se me acerca. Me dice que en algunas culturas el perro es lo que para nosotros un cerdo o una vaca. No es que todo el mundo me mire y se ría, pero al menos un tercio de los presentes. Basta con un tercio para sentirte protagonista.
Yo sabía que algo así me pasaría algún día.
Es El perro pequeño. Más gente de la que parece tiene el suyo. Lo que te pasó que no quieres contar. Creo que el video, aun habiendo sido viral, pasó pronto de moda, y además no se consideraba de muy buen gusto. Por el perro; el dueño y yo éramos las víctimas perfectas (caída tonta y cara de tonto). Por suerte no se nos veía tan bien la cara; todo sucedía en un crepúsculo entre el atardecer y la electricidad.
Yo ahora lo cuento cada vez que puedo, aunque no en grupo. Me he acostumbrado. Es como desnudarse antes de desnudarse. Es sorprendente cómo reacciona la gente. Hay quienes se asquean. No me siento culpable, creo que con el viral pagué de sobras mi “delito”.
La chica que me hablaba del perro como almuerzo, me dijo que ella creía que lo que a la gente le hacía gracia, es que los perros suelen morir atropellados, pero no por peatones. Días después le pregunté si ella tenía su propio Perro Pequeño. Me dijo que a los doce años tiró una piedra bastante grande desde un puente a una autopista cerca de casa. Se fue corriendo, aunque oyó frenazos y chasquidos de metal. Resultó que en el coche que había dado dos vueltas de campana, había una pareja follando a ciento veinte por hora. Eso la sacó de la ecuación.
–No murió nadie –dijo–, pero creo que equivale a un perro pequeño.

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Tándem

En paracaidismo no hay nada que no te pueda solucionar una buena funeraria. Es uno de los chistes que corren por aquí, aunque todo en la vida funciona con asociaciones por el estilo. La verdad es que siempre hay un roto para un descosido.
Espero abajo, más o menos como siempre con todo. Me han propuesto muchas veces saltar en tándem, lo que significa tirarse del avión pegado a otro tío, uno que sabe lo que hace, o que al menos no le da miedo. Hay algo que me atrae de ello, pero nunca doy el paso.
He venido acompañando a dos colegas, un saltador y un reciente convencido. El saltador lleva más de mil vuelos a sus espaldas, para el convencido es la primera vez. Ahora van camino del cielo; el saltador, solo, el iniciado con su salvador asignado. Este primerizo me ha dicho que estaba seguro al menos al ochenta por ciento de que iba a morir. No hablaba con apuro.
Aquí caer en picado no sólo no es una metáfora, además es bueno, emocionante. La clase de cosas que se te aconseja hacer al menos una vez en la vida. Hace unos años habría saltado el resorte de mi cinismo; ahora me da demasiada pereza juzgar o malmeter, ni siquiera en silencio.
Otros paracaidistas, algunos solos y otros en tándem, van llegando suavemente al suelo. Gritan con júbilo y entrechocan las manos, se sienten vivos otra vez. Aquí vuelves a nacer un montón de veces.
No voy a negar cierta envidia, sé que se sienten así, que no están fingiendo. El paracaidista se gana el derecho a fliparse. No acaba de soplar las velas en su puñetero cumpleaños, acaba de planear con un trozo de tela hasta el suelo desde unos cinco mil metros de altura.
Es brutal, es vivir, es exprimir tu vida hasta el punto de juguetear con la probabilidad de perderla. Das la vuelta al marcador. Es contradictorio y humano. Y es ambiguo, deliciosamente ambiguo.
Dos días después no dejo de susurrar estas cosas en el funeral. El saltador a mi lado parece no escuchar, o bien hace oídos sordos. Dos muertos como brindis por la vida. El tándem que hace el chiste realidad. Ahora hay quien diría que es culpa del chiste. Le digo a mi colega paracaidista que me he decidido, que quiero hacerlo. Muy irritado, me dice que cree honestamente que quiero morir, y que el finado también lo quería. Le pregunto si cree que lo ha provocado. Me pregunta si creo que debe creerlo. Le digo que sí, que bueno, que puede, pero que yo no quiero morir, aunque tampoco quiero llegar a los noventa años, quiero vivir unos años más, pero no tantos como para ir por ahí arrastrándome. Le miento. Me pregunta si estoy loco. Le digo que no soy yo el que salta de aviones. Grita no sé qué y le digo que no grite, que estamos en un funeral.
Lo cierto es que es raro que no se abriera al menos el paracaídas de emergencia. Hoy nadie hace bromas, y eso me parece incoherente, la vida se ha vuelto seriamente valiosa. Creo que la excusa es el respeto.
No hacía tanto que conocía al finado, amigo de amigo. El paracaidista rompe a llorar. Sabe que es su culpa, que él fue quien le convenció. Su puta culpa. Todos lo saben, también los que perjuran que no es culpa de nadie.
Los de la funeraria rebosan profesionalidad. El chiste no solo era bueno, era cierto. Detrás de las instalaciones hay un jardincito. Han dejado sola a la hermana pequeña del finado. Tiene sólo cinco años, se deben haber despistado. Le pregunto cómo se llama. Dice Violeta. Le digo a Violeta que quiero saltar en tándem, que si sabe lo que es.
–Lo de mi hermano.
No parece triste, sólo muy confundida.
–Te morirás –me dice.
La conduzco adentro y alguien se la lleva, una mujer. Espero que una familiar.
¿No es así?, le digo al paracaidista luego, ¿no forma esto parte del proceso? No digo que la gente quiera morir, sólo hablo de fantasear. No puede parar de llorar, es su pesadilla particular.
Me siento en el suelo con él. Le digo que no quiero morir, pero que si quisiera… Hace no mucho leí que el paracaidismo a veces se usa para el suicidio encubierto. Hay una especie de terror católico: si arriba creen que ha sido un accidente, no computa. El suicidio es uno de esos temas farragosos; quizá ese es el único tema tabú de los deportes de riesgo: puede que la emoción no esté sólo en arriesgar la vida, sino en saber que se acabó (desearlo), y además hacerlo un sábado por la mañana con colegas. No es una secta, no es triste, no parece desesperado. Vistes con colores chillones y como mucho te has gastado cuatro duros en Decathlon; no importa si el equipo es seguro, basta con que dé el pego.
No sé cuánto de todo esto le digo al paracaidista, pero sí sé que me acabo ofreciendo para un tándem final. Sé que ahora a él le apetecería, y yo siempre he sentido la emoción de poder elegir Cuándo. Hacerlo a mi manera, y aún relativamente joven.
Entiendo que tendremos que esperar un tiempo, le digo, ahora es demasiado pronto. Levantaría sospechas, y es mejor que él sólo quede como un mal profesional. La madre del finado comienza a gritar. Llora y grita desconsolada. Es el día del respeto. Violeta ha desaparecido. Dice que no la ve ni fuera ni dentro de las instalaciones. El personal de la funeraria se muestra dispuesto a mirar hasta en el último rincón. La verdad es que da gusto. La chica que atiende a nuestro grupo hace que te den ganas de (follar) vivir.
Violeta me preocupa. Y no es porque sienta un gran apego por los niños; generalmente me parecen cosas babosas y ruidosas, increíblemente irritantes, absurdas y porculeras; no consigo comprender cómo los padres pueden aguantarles tanta mierda (figurada y literal). Eso al menos los que aguantan; los hay que acaban abandonando a sus bebés, o cosas peores. Eso también es humano, sinceridad pura y sin cortar. Incluso aunque luego les embargue el arrepentimiento, ¿es porque echan de menos a esos críos, o por las consecuencias potenciales de lo que han hecho? 50/50, como mucho.
Salimos a fumar. El paracaidista me dice que no lo aguanta, que no sabe qué va a hacer, que no va a poder vivir con ello. Le digo que resista un tiempo. Ya ni siquiera se enfada conmigo, hace falta un mínimo apego por la vida para enfadarse. El día se nubla. Le digo que si quiere puedo plegar yo el paracaídas, eso ofrecería garantías. No le hace gracia, solloza aún más fuerte. Murmuro que con esto, con la culpabilidad, lo peor es la noche, cuando te vas a dormir. Cuando en lugar de dormir te martirizas, la oscuridad te abraza, los antimimos, lo contrario al amor o cualquier vibración positiva. Yo lo sé por la muerte de mi padre, aunque no me extiendo al respecto, sólo aclaro que no lo maté yo, tenía ochenta y siete años.
Hay algo que me alivia en su sufrimiento. Estoy ante el perfil con el que mi padre siempre me comparaba para humillarme. Ahora mi padre está muerto, y don perfecto ya es como un fantasma deportivo.
Poco después, Violeta aparece.
Como siempre, tal y como ha venido, se me va el calentón suicida. Algo hace clic. El funeral ha sido un colocón de crueldad. Abrazan a la niña, y es entonces cuando rompe a llorar. Mala jugada, pienso.
La mujer que se la había llevado sólo era su tía. Habían ido a un parque cercano, columpios, otra gente, carencia de luto. Varios adultos abroncan a la mujer en corro. Me parece injusto, aunque no sé articular por qué.
La chica de la funeraria interviene, y poco después la mujer y ella hablan en privado, mientras al menos la mitad de los presentes imaginamos un trío con ellas. El sexo y la muerte. El tándem. Violeta se me acerca, me dice que no haga el tándem. Le digo por inercia que no voy a hacerlo, y es justo en ese momento cuando me convenzo de ello. Después me dicen que ahora es el paracaidista el que ha desaparecido.

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Hombre mata hombre

Tengo la camiseta llena de sangre. Sentado en sillón ajeno a las tres de la mañana, la teletienda me sonríe, me trata como a un tonto, y lo agradezco. Hay cosas peores que ser tonto, y ser como yo es una de ellas. Intento descrifrar cómo funciona el arrepentimiento. Cuál es el pensamiento que lo desencadena. La verdad es que la mayoría no llegamos al nivel teletienda. Da igual lo que nos riamos de ella.
Decido poner fin a esto. O al menos un punto y aparte.
Salgo con parsimonia por la puerta de atrás. El jardín no es grande, ni bonito, pero es útil. Hay jardines que parecen pensados sólo para esconder un cuerpo.
Cojo la pala del suelo, está junto al cuchillo empapado de rojo. La tierra vuelve a mi pala. Poco a poco se desentierra lo enterrado. Tengo otra oportunidad, pienso, aunque quizá siga en el sillón, dormido. Pero es como si alguien (Dios) estuviera rebobinando. Ya nadie usa el verbo rebobinar; es bueno crecer, pero es una mierda hacerse mayor.
El asesinato es una cuestión de poder. Existe una estadística de hombres que matan a mujeres, otra de mujeres que matan a niños, otra de niños que abusan de niños más débiles o pequeños, y todos matamos hormigas y mosquitos. En ocasiones el orden natural se subvierte; pero lo que pasa la mayoría de veces, es que un hombre mata a otro hombre. La realidad trasciende siempre la Ideología. Somos tontos, pero también crueles, y luego tontos otra vez. No es que la historia se repita, es que el ego del ser humano es inabastable.
He estado a punto de llamar para conseguir mi Jes Extender, pero antes he matado al novio nuevo y flamante de mi ex. El amor es genial, pero es una mierda estar enamorado.
Ahora, sin embargo, cambia de lugar el montón de tierra que cubría el cadáver. Cuando el cuerpo por fin se ve, sale flotando, dibujando el mismo arco de caída de cuando lo empujé. Y veo que el cuchillo vuelve a mi mano. Con cada nuevo gesto, la hoja repara cada herida que había infligido. Si tú sabes lo que está pasando, te escucho.
El chico es una belleza, un portento, un soldado de la responsabilidad y la lucha social. Sería perfecto si no fuera porque su mundo cabe en un dedal. Sería la leche si no fuera porque nada de lo que dice tiene sentido, sólo suena bien. El neo ignorante, el ignorante ilustrado, el héroe del reduccionismo, el imbécil que cree que nunca tendrá más de veinticinco años. Un buen chico, puro y necesario sobre el papel.
Creo que hay cosas peores que ser como yo, y siempre son teóricamente mejores que yo.
Le agarro por la camisa, y me encuentro justo en el punto antes de la primera cuchillada. Llora y suplica, una voz aguda, me pregunta qué quiero, me dice que tiene dinero. Sólo tengo que dejarle entrar y me dará lo que sea. Lo tiene todo excepto lo que yo quiero: lo que ya había sucedido, ese alivio, lo que ha ido marcha atrás. Y suena un trueno, como si Dios opinara.
Ahora es cuando tengo que decidir: o me voy o vuelvo a hacerlo. Mi camiseta vuelve a ser de un blanco impoluto. Soy un ángel a cuatro años de los cuarenta. Hasta ahora he hecho todo lo que debía. Me parezco más de lo que querría al tío que tengo delante. A él le ha ido bien, eso sí, él jode con estilo. Yo siempre llevo camisetas, él siempre camisas. Hasta en su puta casa le he encontrado en camisa, sábado, medio borracho, trasnochando, incapaz, acojonado, moderno, estable y colocado.

Tengo la camiseta llena de sangre. Sentado en sillón ajeno a las tres de la mañana, la teletienda me sonríe, me trata como a un tonto, y lo agradezco.

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Un día

Ha sido una coincidencia, pero el Apocalipsis ha sido magnánimo, y el fin del mundo llega mañana por la tarde. Sábado.
Lo tengo todo planeado. Tengo que llamar a bastante gente, más de la que creía. Pensando que yo era poco más que un lobo solitario, resulta que he estado relativamente rodeado de amor y amistad. Con estas cosas nunca se sabe.
De acabarse el mundo por la mañana, dudo que hubiese tenido fuerza de voluntad para levantarme, no digamos para madrugar. Por la tarde, sin embargo, todo son ventajas. Un buen momento para despedirte de ti mismo. Un último atardecer de verano, cuando parece que el cielo arde, sólo que esta vez no será una metáfora.
Hemos tenido mucho tiempo para digerir esto. No nos va a coger a ninguno por sorpresa. Cada cual llevará a cabo su ritual, algunos en grupo, otros, como yo, con la esperanza de disfrutar las vistas en solitario. Al fin y al cabo, no se muere solo o acompañado, sólo se muere. Me he llegado a regocijar en secreto de que nuestra “hornada” de seres humanos sea la última.
He estado haciendo ejercicio, como si fuera aconsejable tener buena presencia ante la Muerte. La última entrevista de trabajo. O quizá la primera charla con San Pedro. Desde que surgió la noticia, los creyentes están que no se aguantan los pedos. Buscan una explicación, y por supuesto la encuentran en pocos segundos. Los ateos hemos estado habitando alguna especie de vacío situacional. Nuestras amadas Ironía y Sarcasmo han hecho raras apariciones. Nos saludamos como miembros del club de la lucha a la luz del día.
La tasa de suicidio se ha disparado como una eyaculación con la persona que sabes. No ha impresionado a nadie, como si el suicido fuera por primera vez más una opción que una manera de llamar la atención.
La política ha muerto. Creo que eso ha sido un descanso para todos. No ha reinado el caos, no más allá de algunos disturbios y una lógica cantidad de desesperación, aunque esto último casi siempre en el ámbito familiar. Mis vecinos podrían haber estado muertos desde hace años, pero últimamente gritan y discuten como si tuvieran alguna decisión que tomar.
Yo nunca había fantaseado con el suicidio, pero sí con el fin del mundo. Parte de mi fantasía tenía que ver con sincerarme. Una sinceridad brutal, aunque educada. Parte de ese proceso conllevaba escribir una carta de amor. Una que ya he escrito y enviado. No espero respuesta, lo importante era enviarla. Las circunstancias son las adecuadas, de hecho son adecuadas para cerrar un buen puñado de asuntos. Tampoco es nada nuevo; la gente lo ha hecho siempre, te vas a morir y tienes que ver qué flecos sueltos hay. No negaré que esta vez el contexto le suma cierto romanticismo.
Es como si ya no tuviese sentido mentir, o como si no se pudiese.
En las películas, ante la posibilidad del fin de todo, la gente destrozaba escaparates y robaba televisores o equipos de música. En la realidad, los comercios cerraron hace mucho, durante la etapa de negación. Una negación colectiva que se extinguió con rapidez; más rápido si eras creyente que si eras ateo. Todos nos hemos tenido que enfrentar con nuestro ego y nuestra mezquindad últimamente.

Sábado. Ante la pregunta sobre qué hacer el último día en la Tierra, la respuesta se me presentó rápida y ecuánime. Nada de buscar sexo a la desesperada o localizar a alguien que odies para torturarle. Nada de participar de una fiesta descontrolada y fingida. Para mí la lógica era aplastante: lo mejor era la rutina, una rutina representativa (para mí), sencilla y complaciente. El último día tenía todo el sentido hacerlo así.
Me levanto a media mañana, pongo música y hago mi cama con delicadeza. Plancho y doblo la ropa. Me pongo a cocinar, algo laborioso, que conlleve mimar los ingredientes y controlar los tiempos. Hago una llamada de vez en cuando, me llaman de vez en cuando. La última es mi madre. Llora y no me insiste para que vaya con el resto de la familia, respeta mi decisión. Hasta ese punto me quiere mi madre. Creo que mi padre simplemente está enfadado. A cierto nivel, todo eso también me complace y relaja, también es rutina.
A mediodía, como con tranquilidad mientras veo la tele. No es que nadie esté emitiendo, pero he grabado horas de programas y anuncios, nada selectivo, sólo el ruido y las imágenes que necesitaba.
Cuando acabo de comer, lavo los platos cuidadosamente y los coloco en su sitio. Hacia las tres de la tarde, me pongo una película. Tampoco elijo nada especial, nada de “mi favorita” o una de mis diez favoritas. Basta con una comedia americana del montón. La mediocridad tiene mucho de hogareño. Fumo algunos cigarrillos y bebo una cerveza. Apenas he mirado un par de veces por la ventana. Está todo vacío y silencioso, parece uno de esos días de invierno, Navidad o día 1. No oigo a los vecinos, que probablemente se han ido de casa.

Mi ventana tiene una vista abierta. Después de mis ejercicios, me ducho, me visto y coloco una silla ante ella. El piso fue de mis padres, es posible que de otra forma topara con un muro de ladrillos cada vez que me asomara.
Decido dejar la tele puesta mientras llega el momento. Y pienso, y pienso. Quiero que sepas que te he querido desde hace años. No tengo recuerdos precisos de cuándo empezó, no guardo gestos concretos en la memoria. Puede que no sea muy romántico, pero lo siento todo con la misma intensidad y dolor que todos los demás. Te conocí cuando eras aún muy joven y yo me creía mayor de lo que era. Sabías lo que yo sentía, pero siempre tuviste un novio, y luego otro. Creo que sabías que yo no era una buena idea, incluso aunque pudiera llegar a gustarte. No lo sé, nunca me quiero mojar con eso, nunca doy nada por sentado.
Pero quiero que sepas que te quiero y siempre te he querido. Y espero que teniendo en cuenta el contexto, estas palabras ahora suenen como deben, y no como a menudo han sonado.
Y mi firma.
Lo relacionado con el amor siempre ha tenido buena y mala fama a la vez. Y el amor ha sido lo más banalizado de la historia de la humanidad.
Me sé la carta de memoria. No quería que fuese muy larga, sólo sincera. Una vez más, he esperado que la situación conllevara un valor añadido.
Aciertan casi exactamente con la hora. Siete de la tarde. Mi última expresión es una amplia sonrisa, porque nadie ha visto jamás lo que yo estoy viendo.

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Verano en Sonora

Empieza

Podría ser una clase más, el profesor actúa como si lo fuera, el reloj también. Una hora que sabe a corcho masticado, la saliva no ayuda a tragar. Habría bostezos furiosos si no fuera porque es la última hora antes del verano.
Unai mira a su alrededor, las niñas ya son mucho más chicas que niñas, veneno policíaco para un adulto, viagra natural para lo que llaman adolescente. Todo es suave y la gravedad aún está lejos de hacer estragos. Un bulto comienza a crecerle en los pantalones, así de fácil. Unai piensa en los adultos. Cuando sea adulto de verdad no podré acercarme a chicas así. Se palpa la entrepierna intentando recolocarse el pene. Tarea nada fácil. Nadie puede saber mejor de la importancia de sus genitales que un chaval que una vez llegó al techo salpicando.
Cuando el timbre suena, no estalla la euforia, pero todos los movimientos se vuelven de lo más económicos. En apenas tres gestos, Unai está fuera del aula.
La gente se apelotona después en los portones de salida del centro. Unai aún conserva una semierección. Ve a Silvia en la montonera. Siempre se queda mirando el culo de Silvia cuando tiene la suerte de coincidir con ella en un pasillo. Han sido innumerables las veces que se la ha imaginado desnuda y sentada en su cara, restregándose con ansia. Unai alarga el brazo entre los alumnos, y logra contactar su culo con el dorso de la mano. Hay tanto movimiento que es muy difícil que se dé cuenta.
Cuando llega a casa y se desviste para ducharse, ve que ha mojado los calzoncillos.
Se masturba bajo el chorro de la ducha. Consigue calmarse sólo a medias. Intercambia los monosílabos inevitables con sus padres y sale a la calle. Se siente bien, no ha cateado ninguna por primera vez en su vida, siente que merece todo lo bueno que pueda pasarle. Me merezco una mamada, me merezco un polvo en la playa, me merezco un trío con gemelas, sé que me merezco un polvo, al menos uno, un coño terso y calvo. Merezco mi propia peli porno. Todo el sol y la arena, todo el tiempo libre, no bastan. Quiero estar rodeado de coños, quiero lluvia dorada.

Sigue

Yago corre a casa después de clase. Tiene al menos cuarenta minutos antes de que llegue su familia, sus padres y su molesta hermana, tres años menor que él. Cuando cruza la puerta de su habitación (nunca con el cerrojo que siempre pide), lanza la mochila y se baja los pantalones y los calzoncillos. Google se parece a la libertad. Parece incomprensible que haya quien no entienda la adicción a internet. Ser un bicho raro es no estar enganchado a internet, al móvil, al estímulo instantáneo.
Cuando está a punto de acabar, Yago oye ruido en la planta baja, y a regañadientes se mete la polla en los calzoncillos. ¿Qué costaría poner un puto pestillo? ¿Qué piensan que va a hacer ahí dentro con el pestillo puesto? ¿Por qué no tiene ningún derecho a la intimidad?
Su hermana se presenta en su habitación, como si lo supiera.
–Huele a pescado.
–Cállate.
–Eres un cerdo. Estás sudando.
Yago nunca ha entendido la ambigüedad de la relación entre hermanos, ese rollo sobre odiarse y quererse a la vez. ¿Quererse? No mataría a su hermana, pero sólo porque no mataría nadie, pero la mantendría todo lo lejos posible. A veces piensa en ella cuando pasen unos años, cuando se líe con un tío duro y atractivo que la fría a hostias. Te jodes, hermanita.
Cuando se calma y se dispone a ducharse, sorpresa, su hermana tiene el baño ocupado, y su padre ocupa el de la planta de abajo. Tiene los calzoncillos pegajosos y la ropa huele a todo el último día de instituto. A veces planea buscar un sitio al que poder ir a pajearse tranquilo. No hay medios, y tampoco hay muchas opciones. Salta un mensaje en la pantalla.
Johnny: oye
Yago: eh
Johnny: esta noche vamos adonde Fran
Yago: ah
Johnny: vienes?

Continúa

Fran usa su cinta de correr. Johnny se ha dejado caer en el sillón que hay justo al lado. El nombre real de Johnny es Luis, nombre que Johnny odia. Años atrás alguien decidió que se parecía a Johnny Depp, impresión que se ha ido aguando, pero el apodo agarró bien. Johnny está encantado.
–¿Dónde han ido tus padres? –dice.
–Te podría mentir, pero no lo recuerdo. Espero que no den por culo con el teléfono.
–¿Cómo es posible que teniendo esa cinta de correr y un sillón en tu propia habitación, siempre te encuentre en la cinta de correr?
–¿Has avisado a la gente?
–Más o menos.
–Me sobra bebida que te cagas.
–¿De cuándo?
–Mi padre dio el otro día un festín, venía no sé qué pijo de Japón. Un rollo de negocios. El chino ese no probó nada, apenas se bebió una puta fanta. No fumaba y miraba a las mujeres sólo para no tropezar con ellas.
–Ya…
–Tú también deberías usar la cinta, cuando tengas veinticinco años te veo inflado y corriendo tras un crío. Estarás reventado a los treinta.
Suena el timbre de la puerta.
–Ve a abrir, anda, yo aún tengo que ducharme.
Comienza a llegar un goteo de chicos y chicas, conocidos y no tanto, habituales en casa de Fran, algunos apenas habiendo cruzado dos palabras con él. Se comienza a llenar el jardín trasero. Vasos rojos de plástico, barra libre, todo marcha.

Silvia

Hoy acabó el instituto. Estoy de los nervios, aunque no lo digo en voz alta. Puedo manejar la rutina, los horarios fijos y hasta los exámenes, pero no esto. Mi padre dice que podría apuntarme a la autoescuela. No es mala idea, aunque odio la idea de conducir, siempre me he imaginado dejando eso de lado. No quiero sumar otro coche al tráfico. No es por la contaminación, es que no quiero ser otra palurda más.
He ido a la fiesta del tal Fran. No he bebido mucho, aunque creo que cada vez me gusta más beber, siento que puedo salir de mi cuerpo, o que al menos no me importa estar encerrada en él.
Ya no tengo miedo de los chicos, aunque ahora parece estar de moda hablar de lo peligrosos que son. No es que antes les tuviera miedo, simplemente no me gusta sentirme deseada, o sí, pero sólo hasta cierto punto. De todas formas ninguno me habla sin haberse preparado antes el discurso. Es deprimente, no son naturales, no son de verdad. Se esfuerzan tanto por no sonar mal, que acaban por aburrirte.
El verano se presenta como un montón enorme de todo eso. Se supone que tendría que estar muy contenta, haciendo planes y pensando en uno o dos chicos en concreto. Puede que me ponga a ello. Cada vez pienso en cosas más feas, más guarras, cosas que no sé si haré algún día, pero que funcionan muy bien en mi cerebro. Nadie podría hacerme confesar. Guantánamo es un pícnic.

La playa

Unai se tapa con la toalla. Un grupo de chicas ha pasado cerca hace un momento. Johnny, Fran y Yago se ríen de él. Un grupo de chicas en biquini. Un grupo de chicas sin Silvia, que gusta a todos, pero no importa. Casi nada tiene importancia, y se te pone dura con casi todo.
Soy de Sonora, tienen que decir a veces en los chats, y luego aclarar que hay más de una Sonora. Sonora la que está cerca de Periferia. Y después les preguntan que dónde está Periferia. Los turistas se hacen la picha un lío reservando vuelos.
La playa de Sonora hace juego con los biquinis; cuanto más pequeños, mejor. Si hubiera un tiburón, lo verías antes de que asomara la aleta. Las palmeras parecen plantadas y colocadas con una postal de Hawái como referencia. La playa de Sonora es en sí misma un motivo para que a Unai se le ponga dura. La fragancia cálida y salada le hace pensar en los coños, a veces sólo en uno, pero sobre todo en los coños. Tras la fina tela de la braguita del biquini. La vida es cruel.
Es como vivir donde la gente va de vacaciones. Como encargarse de la limpieza del arco iris.
No hay muchos habitantes naturales del lugar que se vayan fuera en verano; quizá los más adinerados, es difícil superar el póster paradisíaco. Tienes que rondar por las pirámides o buscar paisajes absolutamente imposibles, cascadas sacadas del Señor de los anillos, parajes de fantasía retoque salvaje mediante en Instagram. Tienes pasta, y has de darle salida. Vives en el póster de las oficinas grises, es complicado dar forma a una metafantasía.
Los chicos se bañan y se pasan toda la tarde hablando de hablar con las chicas. Las miran cuando no miran, y ellas parecen no tener ningún interés por mirar.
Johnny intenta seguir siendo Johnny.
Fran confía en su casa como centro neurálgico.
Yago finge que está menos salido que Unai.

Silvia (2)

Los días no están pasando tan rápido, suelo diferir en eso. Aunque tampoco han pasado muchos. Esta tarde me he acercado a ver a las chicas. Aunque escribiendo a “a las chicas” sueno a “rubia”, a que tengo tirabuzones y paseo en descapotables con tíos que parecen paridos todos por la misma máquina de abdominales.
Mis amigas saben que soy retorcida, creo que lo sacan de los silencios. Y esta tarde estaban en la playa. Whatsapp sin parar. No muy lejos había varias toallas con chicos del instituto. Aquí nos conocemos todos, o casi, al menos de vista. Esto es un pueblo grande, o una ciudad pequeña. Cuentas en miles.
Uno de ellos es el chico de la casa. Está siempre bronceado y siempre parece indiferente. El Gatsby del lugar, con la diferencia de que no espera a ninguna chica en concreto. Sus fiestas parecen una táctica, aunque aún no sé con qué fin. Creo que quiere que parezca que el motivo es el sexo, pero seguramente se trata de algo más complicado. Una vez oí a mi madre decir que la gente usa la excusa del sexo porque sabe de su efectividad.
El chico con fama de salido (¿cómo se llamaba?) parece el más tímido. Los otros dos parecen formar parte de la fauna neutra masculina. Miran con descaro convencidos de su sutileza. Son cerebritos (los cuatro) más allá del rendimiento académico. Cerebritos desganados. Mi versión masculina, igual de heteros, igual de salidos, igual de perdidos. Nada nuevo bajo el sol, aunque aquí el sol hace que te suden hasta las ideas.

La playa continúa

Unai se pone boca abajo para intentar disimular la erección. Ha llegado Silvia al grupo. Los demás se aguantan la risa. La sola presencia de Silvia pone en evidencia el histrionismo infantil del unicornio, que ya sólo es una fuente de ironía. Silvia, si logras olvidar tu erección, es un problema de los gordos para la poesía, o inspirará un montón de mala poesía de gordos. Los chicos creen que miran mucho menos de lo que miran. A veces sólo estás en tus genitales. Muy poca gente logra estar mucho tiempo en su cabeza, y el estómago apenas se utiliza para almacenar comida. La amígdala saca una bandera blanca siempre que aparece Silvia, la agita y suplica: Por favor, por favor, otra vez no…
Está viva y se mueve, se recoloca el biquini y parece hablar con sus amigas. No parece que les mire en ningún momento a ellos. Es completamente curva y completamente lisa, y sin embargo rezuma vida y particular presencia. No es la vecina de al lado, y no luce aburrida como una modelo. Es simétrica de un modo asimétrico, quizá por cómo mira, por sus gestos un punto descuidados y a veces incluso un andar patizambo.
Unai mira ya en dirección contraria.
–¿Se han ido?
–No –susurra Yago.
–¿Y ella?
–Ella acaba de llegar, capullo.
Fran dice:
–Deberíamos hablar con ellas. Mañana quiero que vengáis a mi casa. Podemos invitarlas.
–¿Desde cuándo repartes tú invitaciones? Esas chicas se conocen tu casa mejor que el instituto –murmura Johnny.
–Joder. Sólo pienso en una excusa para hablar con ellas.
–¿Va a ser más cómodo entrarles según el tema?
–Mañana irán a mi casa. Mañana irán a mi casa.
Fran empezaba a pensar en su casa como una tela de araña. Siempre había pensado que reunir a la gente le acercaría a la gente, al menos en parte, pero la realidad no fluía de la misma manera que un guión. La realidad tiende a entrar por detrás.

Fran

La cuna de oro. Se habla poco sobre sentir claustrofobia en grandes espacios. Se habla un poco más sobre sentirse encarcelado sin barrotes. Abres la puerta cada vez que puedes e invitas a pasar a todos. Y sobre todo a todas. Hay algo en ellas de lo que no es fácil hablar, y más cuando el mundo de las imágenes prima sobre cualquier otra consideración. Visuales o audiovisuales, los barrotes de Fran son las imágenes, algo que no sabe cómo articular. Hay algo especial y muy concreto en una reunión de personas, sobre todo cuando no son tantas como para dejar de contar en decenas. Una dinámica de acción y reacción, tan natural que es demasiado compleja, extremadamente difícil de definir. El alcohol o el sexo, o sobre todo las ganas de tener sexo, son “sólo” elementos accesorios, paraguas opacos para que la luz de lo real no nos ciegue. Te salva la vida todo aquello que te ahorra una visión sin filtros, sin aditivos, sin colorantes. Lo crudo sólo nos gusta en la comida japonesa. Lo excesivamente racional te asfixia, no deja margen a todo aquello que no alberga una lógica cerrada. Fran cree que te enamoras cuando el paraguas opaco es incapaz de actuar con una persona concreta, a la que ves siempre en crudo, y aun así te gusta. Entonces comienzas a idealizar.
La fiesta sólo acaba de comenzar.

Natalia

La ves en los pasillos del instituto, o la veías. Siempre procura estar en segunda línea, mezclarse, ser sólo una más. Natalia sabe que los chuzos de punta caen siempre sobre Silvia. Silvia alarga la mano para recibir el cambio en el chiringuito de playa, y la onda expansiva arrasa cientos de braguetas a la redonda. La imagen. No importa si es así o sólo se ha decidido que es así. El resultado es la base sobre la que se erige el estatus social. No el trabajo, o mucho menos el concepto justicia. Natalia no quiere ser Silvia. Incluso puede que sólo esté a un par de hobbies de causar la misma impresión que ella (quizá el maquillaje y la ropa ajustada), aunque sus métodos fuesen distintos, y quizá más artificiales.
La ves en la playa, dándose la vuelta en la toalla. Cuando los chicos miran, parecen hacerlo a bulto. Hasta que llega Silvia. Eso hace que Natalia gane en tranquilidad, deja de sentirse observada. Cuando los chicos deciden levantar el campamento, uno de ellos camina encorvado, procurando dar la espalda a la zona donde están ellas. El resto miran al suelo o hacia otro lado.
Ves a Natalia en la fiesta, un día de playa y al día siguiente una fiesta. El chico de la casa estaba en la playa. Siempre abre sus puertas pero nunca te deja entrar de verdad. O más bien, sí, te deja entrar hasta el fondo, pero no sabes bien qué clase de estómago te está digiriendo. Todo eso, en contra de lo que podría parecer, no hace que se sienta incómoda. De alguna forma, el sexo se torna borroso en la ecuación, menos importante de lo habitual.
Fran nunca dirá algo como que ama a las mujeres, o que las mujeres son los más importante de su vida, o el “trabajo” de su vida. Parece interesado por ellas en un sentido menos lúbrico o previsible de lo habitual. Seguramente palabras como monogamia u orgía le parezcan clichés de una discusión aburrida que lleva demasiado tiempo vigente.
Ves a Natalia dirigirse a Fran.

La fiesta

El suelo pegajoso. El murmullo de voces que se apacigua si la música deja un tiempo muerto. Fran saluda a todos de pasada, el extrovertido introvertido, el alcohol ayuda pero no te soluciona el problema. Llegados a cierto punto, el problema se agrava. Los asistentes son sorprendentemente cuidadosos. Sujetan en corros sus vasos rojos, moviendo los hombros, raramente bailando. No hay dj, sólo un ordenador y listas de reproducción, y, eso sí, un sistema de sonido acorde a las exigencias. La casa tiene tres lavabos, que raramente se tragan la cena o el condón de nadie. Los asistentes parecen ver algo en Fran que les pone en guardia. La inseguridad puede pasar por una promesa de autoridad o incluso agresividad.
La media de edad es de diecisiete o dieciocho años.
Las drogas duras no suelen proliferar, incluso siendo que la casa está situada en un barrio bien, preparado más o menos con todo lo que el dinero puede comprar.
Natalia se acerca y le dice a Fran:
–Eh.
–Qué tal.
Fran sabe abordar una conversación, sea como sea, a veces hay que actuar un poco, escuchar lo que sea que quieran decir.
–Mola la fiesta.
–Gracias… ¿Estás sola?
–No, he venido… mis amigas están por ahí.
–Oh… Qué bien.
–No sabes cómo me llamo, ¿verdad?
–Sí, claro que sé cómo te llamas.
–Pero mejor no te lo voy a preguntar.
–¿De verdad crees que no sé cómo te llamas?
–No te sulfures, tampoco sería tan grave, ni siquiera sería raro. Puede que simplemente no estés seguro. Puede que barajes dos o tres nombres.
–¡Claro que sé cómo te llamas!
–En serio, da igual, debería haberme presentado yo y ya está.
–Pero, ¡sé cómo te llamas!, vamos al mismo instituto desde…
–No importa, de verdad.
–Ya, pero a estas alturas me parece violento decir tu nombre en voz alta, y ni siquiera sé para quién, pero me lo parece.
–Podemos obviar eso entonces.
–¿Tu nombre?
–O no.
–No sé si es lo mejor.
–Por qué.
–El nombre es útil, aparte de lo extraño que es no usar nunca el nombre de una amiga.
–¿Pero entonces ya somos amigos, aunque no digas mi nombre?
–¿Quieres que esto parezca una cuestión de orgullo o algo así?
–¿Quiero que lo parezca o simplemente lo es?
–Creo que me he perdido.
–Claro que no. Pero cuanto más hablas más lejos estás de tu objetivo.
–¿Mi objetivo? ¿M… mi objetivo?
–Sea cual sea.
–Ya…
–Pero ahora no sé si me has dado una pista.
–Estoy sudando, ¿tú no?
–La verdad es que no.
–Quizá debería ir y poner el aire, el aire de la casa.
–¿En serio vas a hacer eso?
–¿Poner el aire?
–No.
–Pero…
–No hagas como que no me entiendes, eso sería mucho peor que no saber mi nombre.
–No pensaba rehuirte ni nada, sólo…
–Vale, vale…
–…
–Siempre parezco muy complicada, creo. Pero creo que tú también lo eres, ¿no?
–¿Complicado?
–Sí, lo de dar rodeos, liarse, tropezar con las frases, con los pensamientos, no saber… concretar…
–No quería rehuirte, en serio.
–Pero te sientes acorralado. A veces hago eso. Lo hago sin querer.
–La verdad es que no sé cómo te llamas.

Silvia (3)

Ya no diferencio un lunes de un sábado.
Arrasé en la teoría. La profesora con la que hago las prácticas es simpática. Tanto que el primer día pensé cosas que no son. A veces me pregunto cuánta diferencia hay entre mi forma de ver las cosas y cómo son las cosas en realidad.
Siento presión cada vez que tengo que hacer una práctica, siempre con la sensación de que se me va a olvidar todo, que no voy a saber cómo arrancar el coche o cómo aparcarlo.
Hago esto para mantenerme ocupada, y para proyectar la imagen de responsabilidad que tranquiliza a mis padres. Odio esta faceta de mí, la faceta complaciente para con mis padres, siento que interpreto a la niña buena, que necesito que me vean como la niña buena. Cuanto más pienso en ello, más falso y cómodo me parece, me siento una mentirosa. Una mentirosa previsible y tradicional. A veces tengo ganas de hacer algo chocante, no grave, pero sí nada propio de mí, algo que conlleve una pista sobre una idea básica: llevo un ser humano dentro, también soy naturaleza, no solo rectitud y buen comportamiento. Soy inteligente, pero también soy un culo y dos tetas. Papá, los chicos (y algunas chicas) babean por mí, alguna vez incluso literalmente; mamá, no me gusta cómo me hablas, ni tu condescendencia, no quiero ser como tú.
Podría hacer algo tonto como salir de casa y volver con un tatuaje. Convertirme en un cliché de la rebeldía. Me parece una falta de respeto a los tatuajes.
Nunca se me ocurre cómo provocar a mis padres, cómo darles a entender que no soy una muñeca, que no es bueno obedecer siempre. No quiero ser la mujer que ellos quieren que sea, pero no te confundas, tampoco quiero ser la mujer que tú quieres que sea. Cuando logre independizarme de mis padres (y ni siquiera hablo de irme de casa), quedarán otras tareas de autoafirmación, como aguantar a los hombres que quieran “muñequizarme” otra vez, o a las mujeres que piensan que pueden hablar en mi nombre.
Procuro no pensar demasiado en ello, o seré yo la que acabe dando lecciones. Eso es justo lo que quiero evitar.

Johnny

La tienda de golosinas que Johnny frecuenta abre a las cinco por las tardes. Está equipada con una especie de cascos de astronauta abiertos llenos de gominolas, chicles y todo tipo de inventos comestibles de colores. Todo está siempre limpio y bien dispuesto, es un lugar pequeño que hace esquina, y tras el minúsculo mostrador hay una chica atendiendo. Johnny suda y se toma su tiempo, busca como antes se buscaba en los videoclubs. Lo hace día sí día no, piensa que todos los días estaría bordeando el acoso, o al menos resultando un tipo de lo más raro, uno que no sabe lo que quiere; algo que es cierto, y que por tanto, aún con más motivo, hay que ocultar a toda costa. La relación de Johnny con la verdad consiste en importantes ingresos en el banco de las mentiras. Las mentiras, al igual que el dinero, no siempre te consiguen la felicidad, pero ayudan. Un buen montón de mentiras para meter el pie, para colarse, para coger sitio. Y luego vas poco a poco sincerándote, con tiento, con habilidad; si te lo montas bien hasta parecerá que no formaba parte de un plan. No hay nada como un tontuelo reconociendo su debilidad, diciendo la verdad por el medio de reconocer subrepticiamente que antes ha mentido, porque a veces es tímido o introvertido. Johnny no se tiene por ninguna clase de sociópata. Todo el mundo hace planes, todos somos retorcidos. Sólo hay grados. No hay tanto buena gente como gente extremadamente hábil.

Yago

–No lo entiendo.
–¿No entiendes qué, hijo?
–No tiene sentido.
–Tu puerta no va a tener pestillo. Punto.
–Vale. Sólo una cosa: Ojalá te mueras.

La piscina

Es una piscina con vistas al mar. Sonora tiene todos los ángulos que sueña un fotógrafo. Y es la piscina municipal. Un saliente a modo de terraza, un cristal ultra resistente que separa a todos de una caída de unos veinte metros. Abajo, la arena. La piscina es una forma de variar sutilmente la rutina. Es el café descafeinado o el pan de molde. Una variación de la misma nota.
Unai no nota tanto la diferencia. O de hecho sí, porque las distancias son más cortas, y la crudeza con que las chicas se muestran en biquini es la misma. Chicas en ropa interior pensada para que pienses que es un bañador sólo porque el tejido y el diseño es distinto. Todo el mundo está salido, piensa Unai, la única diferencia es que yo al menos soy honesto.
Ha ido solo, hora de la siesta, demasiado temprano para los demás. Unai tolera bastante bien el calor. Casi no hay nadie, apenas un par de hombres muy mayores y un socorrista. El sol cae a plomo. Sin saber cómo, una cosa lleva a la otra, y el calor, y el césped, y la sola idea del verano, el recuerdo de la chica que trabaja en la entrada de la piscina, una idea sobre cómo deben ser sus pezones… Y a Unai se le pone dura. No hay modo de disimularlo si no es con la postura adecuada.
Se coloca boca abajo, pero la erección es tan evidente, tan imparable como lo es la fuerza de la naturaleza. Un tsunami, un escorpión, una serpiente. Le duele, y Unai toma una decisión.

Silvia (4)

Hoy no he ido a la autoescuela. Ya no tengo que ir. Tengo fecha para hacer el examen práctico, es obvio que soy una alumna adelantada, coincidí con gente en la teoría que aún está en la teoría. Ahora sí noto el tiempo acelerado. Mi emoción es nula, pero ante la profesora y mis padres reacciono como si la cosa fuera conmigo. El carnet de conducir me parece una medalla de consolación, una mala solución. Con esto podrás ir a trabajar al lugar más infecto. Da igual cómo de escondido esté el futuro más deprimente, el coche te puede llevar.
Mi padre no deja de hablar de coches, de marcas de coches, de coches de segunda mano, de cómo fue su primer coche, de la libertad que te da el coche, de la recompensa de la precaución, de la alegría de la sobriedad… A mi padre lo escupió una cadena de montaje que antes había hecho ya millones como él. Lleva el “yo quería un niño” tatuado en la frente. Mi padre quiere que pase por alto los detalles, como lo de no tener pene, tener el periodo o ser indiferente a cualquier deporte. El género le irrita, el género en general; es probable que le interesara el discurso de algunas feministas actuales. Ahora lo paradójico lo regalan con las cajas de cereales.
Por la tarde me he despegado como he podido del sillón, y he preparado una mochila. No eran ni las cuatro. Mis padres roncaban. Fuera a esa hora es como estar bajo una manta eléctrica roja que lo cubre todo. Pero el calor en casa me produce pequeños accesos de ansiedad; me da la sensación de no poder respirar bien, con lo que comienzo a aspirar grandes bocanadas de aire por la boca, y acabo jugueteando con la hiperventilación. Necesito moverme, sentir el aire caliente en mi cara, que brote el sudor. Es como si necesitara afrontar cara a cara el verano, como si intentar esconderme empeorara las cosas.
El destino es evidente, la playa conlleva una liturgia que me da mucha pereza afrontar sola. La piscina habla mucho mejor mi idioma; a diferencia de la playa, es un entorno controlado. La playa es naturaleza, y la naturaleza sólo saber ser.
Cuando llego, saludo a la chica de la entrada (si te conocen ni siquiera hace falta enseñar el abono), y cruzo el edificio hasta volver nuevamente al exterior, esta vez en el interior de las instalaciones. El sol parece más amable cerca del agua y el cloro. Me quito las zapatillas y me dirijo al árbol habitual. Tiro mi mochila y aparco el calzado. Doy un rodeo. Casi no hay gente.
Algo llama mi atención. Veo bañándose cerca del borde de la piscina a ese chico, creo que se llama Unai. Me siento algo mal al dudar de su nombre. Tiene su leyenda, soporta cierta carga, seguramente sea inofensivo, simplemente algo torpe. Decido acercarme a saludar. Probablemente logre ponerle nervioso, pensé, pero quizá también agradezca el detalle.
Cuando por fin se da cuenta de que me acerco, cuando gano ángulo de visión, se sobresalta y se mueve (¿tenía el bañador bajado?) de forma sospechosa.

Unai

–¿Unai? Unai… ¿te estabas masturbando?
–¿Eh? ¿Perdona?
–Nada… Es igual.
–¡No me estaba masturbando!
–Oye, es igual…, no importa. ¿Sueles venir tan pronto por aquí?
–¿Pronto? Son las cuatro de la tarde.
–¿Sueles venir a la hora de la siesta por aquí?
–A veces…
–Yo también… ¿Donde están tus colegas?
–No lo sé. No sé si vendrán luego.
–Irán a la playa.
–Sí, puede ser…
–¿No tienes miedo de que te roben el móvil, allí solo?
–¿Tú tienes miedo?
–La verdad es que no. Esta ciudad siempre está muerta.
–Yo creo que no. Sólo sabemos disimular.
–No voy a decir ahora mismo nada que te deje en mal lugar. Sería demasiado obvio.
–…
–¿Qué pasa?
–Estoy acostumbrado a la humillación, sé cómo funciona.
–Tienes razón, lo siento.
–Da igual. Dices que no vas a decir lo que no deberías decir, para no hacer daño, sin darte cuenta de que es justo lo que estás haciendo. Todos lo hacen.
–No sabía que te afectaba tanto. Tu fama.
–Puede que sea merecida.
–Pero no te ayuda.
–Eso es verdad, no es una ventaja.
–Creo que me bañaré. Voy un momento con mi móvil.
–Muy bien.
–Puede que no sea una buena idea.
–¿Va a venir a bañarse ahora?
–No soy una hipócrita respecto a la masturbarción, sé que todos lo hacen, que todas lo hacen, y desde luego yo lo hago. Hasta puede que Unai resulte más sincero al respecto, aunque haya sido de forma involuntaria.
–¿Qué hago si se me pone dura otra vez? ¿Se notará?
–Es mucho peor la gente que jamás muestra interés sexual, como si llegaran a casa y sacudieran la purpurina de sus alas.
–Vaya. Ahí viene.
–Es mejor que no me acerque mucho a él. Se puede charlar perfectamente con una distancia de seguridad. Sé que jamás me tocaría, pero no quiero que le dé un ataque.
–Quédate aquí quieto, mira hacia el horizonte, haz como que estás increíblemente tenso y cachondo pero no quieres que se te note. Eso se te da bien.
–Me gusta venir a esta hora.
–A mí también.
–Te vendría bien nadar, así aprovechas el baño.
–Te quiero.
–¿Cómo has dicho?

La casa vacía

Natalia no se corta, va de un lado a otro, hace preguntas.
–Creo que no he visto nunca esta casa a la luz del día. Es inquietante.
–Bueno. Tú has querido venir.
Fran sólo puede pensar en Unai, ahora se siente como debe sentirse la mayor parte del tiempo Unai.
–¿Dónde están tus padres?
–No lo sé. Me lo dijeron pero lo he olvidado. Normalmente se van a algún sitio que es exactamente igual que Sonora.
–¿En serio?
–Sí, huyen de la playa para ir a la playa. Y no creas que se van cerca, siempre es un viaje en avión, parece un requisito.
–¿En qué trabaja tu padre?
–No tengo ni idea. Durante muchos años pensé que era un mafioso. Ahora sé que está relacionado con la banca de inversión. Tuvo algún golpe de suerte y después supo rentabilizarlo.
–¿Y tu madre?
–Creo que de joven era muy idealista, habla mucho de eso. Con los años cada vez estoy más convencido de que logró su objetivo secreto: conseguir la pasta.
–¿En serio?
–Ahora se dedica a hacer planes. Hace planes sin parar. Viajes, encuentros, cócteles. Tiene amigas exactamente iguales que ella, de esas que no saben dónde está el limite del bronceado. Van todas por ahí como piezas de anticuario, con todo el óxido y una historia detrás.
Natalia y Fran suben escaleras e inspeccionan todas las habitaciones. Él describe, ella hurga.
–Me encanta esta casa.
–Pensaba que te inquietaba.
–Un poco, porque es enorme, pero me encanta, y me encanta cómo entra el sol por los ventanales.
–Todo eso es obra de mi madre, todo lo ideó ella.
–Ya. Por eso parece la casa de la Barbie.
–Justo por eso.
–Felicita a tu madre de mi parte.
–No, no pienso hacer eso. Querrá conocerte y embaucarte con su encanto de falsa Molly Brown. Mi madre aún cree que su humildad es lo que la define.
–¿Y qué es lo que la define?
–No lo sé. Un caja fuerte. La foto de un gatito… Puede que un gatito dentro de una caja fuerte.
–¿Y a tu padre?
–Mi padre es el que se pilla un cabreo cuando logra abrir la caja, y dentro sólo hay un puto gato.
–¿Se llevan bien?
–No es difícil. Con tanto dinero de por medio, cada uno hace su vida, yo hago la mía, y los ventanales hacen el resto.
–Entiendo.
–Oye, ¿y tus padres?
–¿Mis padres? Yo vivo en un adosado.

Ética

La tienda de golosinas cierra a las ocho y media de la tarde. Johnny ha llegado a pasar hasta treinta y cinco minutos dentro. La chica del mostrador abre un libro y se pone a leer, o a fingir.
Cierto día Johnny se da cuenta de que lo está haciendo todo mal. Y todo por no querer ser uno más, un pesado o un baboso. El silencio a veces tiende a ser peor. La ambigüedad no ayuda. ¿Qué debe pensar ella? Nada bueno. O quizá nada; eso sería una buena noticia. La indiferencia. A ese punto ha llegado la situación, cuando la indiferencia ya es algo bueno, una buena noticia. Me encanta esa chica: menos mal que pasa totalmente de mí.
Una vez ha comprado sus golosinas y ha salido del local, se ha puesto a esperar fuera, a una distancia prudencial. Quiere hacer algo, aunque le encantaría saber el qué.
Ella le ve mientras cierra la persiana y cumple con el ritual del final de la jornada. Está cansada y con ganas de largarse. Puede que con su novio. Una de las desventajas del silencio, es que imaginas la vida de las personas, niegas los obstáculos potenciales. Hasta que vas a dar el paso, y te das cuenta de que vas a hablar con un ser humano; con su bagaje y carga, con sus contactos, amistades y rollos. Una persona que podría tener pareja desde hace años, o (horror) incluso algún hijo, algún niño insoportable de tres años, inesperado, que llegó al mundo más por culpabilidad que por amor. Un niño que ella tuvo demasiado joven, y que ahora la tiene inevitablemente esclavizada. Es una de las pesadillas de Johnny, tener familia propia de un día para otro. Ni siquiera sabría cómo hablar con un crío, con una cría malcarada o un crío que le odia. Johnny sólo quiere echar un polvo, puede que ir por ahí emparejado, que le vean, que se vean sus progresos, poder chulear fingiendo humildad, tener novia y poder decir “mi novia” y follar como conejos a la menor oportunidad.
Johnny dice:
–Hola.
Ella dice:
–Hola… Te ha costado.
Más o menos un mes, puede que dos.
Ella sabe lo que pasa, pero lo sorprendente es que no parece inquieta, no le invade la pereza, aunque tampoco se muestre interesada. Quizá hay un punto de curiosidad.
–Bueno, me ha costado un poco.
¿Que edad tiene ella? Puede que cuatro o cinco años más que Johnny. Una veinteañera experimentada.
–Bueno…, ¿tenías algo preparado para decirme?
Claramente esto me supera, piensa Johnny. Está de vuelta, es probable que sólo esté intentando ser educada, haciendo un gran esfuerzo por no ser demasiado dura. Su voz suena cruda y directa, en contraste con su aspecto, blanca de piel, cara con forma de corazón, ojos grandes, verdes, pelo marrón tirando a naranja, manos de modelo de manos.
Y de repente Johnny piensa en algo: Es inseguridad.
Ella es tan insegura como tú, pero sabe que tú eres un poco más joven. Sólo un poco; pero intenta sacar partido a esa diferencia. Nosotros hacemos lo mismo con los más pequeños, piensa. Habla sin más, habla con ella.
–No tengo nada pensado, y no me he preparado nada para decirte.
–Bueno. Puedes acompañarme a la parada de autobús. Si quieres.
Caminan juntos, apenas hablan, y por supuesto no se tocan. La chica no es de Sonora, pero tampoco de Periferia, vive en un pueblo a veinte minutos, Debián de Fedora.
Johnny se queda con ella a esperar el autobús. Por algún motivo, piensa: esto es de lo más ético. Averigua que sólo tiene tres años más que él, que no tiene hermanos y que fantasea con matar a sus padres. No huele a novio. Puede que sí a pretendientes. Es probable que esté acostumbrada a tratar con pretendientes, aunque Johnny espera que no, espera que lo que está viviendo no sea sólo rutina para ella, o una anécdota que luego contará entre bostezos.
El autobús llega, se abre la puerta con un suspiro tosco. Ella se llama Mabel. Dice:
–¿Mañana vendrás a la tienda?

Yago desencadenado

–¿Qué creéis vosotros? Podéis preguntarme lo que queráis sobre dormir o beber agua. Mi tío tuvo piedras en el riñón, y también estuvo cinco años con con problemas graves de insomnio. Mi hermana es gilipollas. Te juro que me da vergüenza, puta vergüenza, es como hiedra venenosa. Hay gente que es mala de verdad, lo tienen en la sangre, y la tengo que aguantar cada día. Si alguien habla de lo que nos queremos en el fondo sólo por ser hermanos, me dan ganas de hundirle a esa persona los ojos con los meñiques, haciendo pinza con las dos manos. Creo que entiendo a los psicópatas. No a los psicópatas, pero sí a los maltratadores, los asesinos pasionales, los que pierden los nervios, los que no supieron contar hasta diez. Pienso mucho en ello. En esa gente que se pasa años o toda la vida en la cárcel. Es verdad que se jodieron la vida, pero creo que experimentaron un alivio previo que las personas normales jamás experimentaremos. Coger al objeto de tu odio y torturarlo, matarlo, hacerlo trizas. Imaginaos esa sensación, incluso aunque después os derrumbéis y os deshagáis de puro arrepentimiento. Pero imaginad poder dar salida a todo ese odio, hacer que alguien pierda la vida como siempre has querido. Pienso en estas cosas todo el tiempo, y luego a veces me siento fatal, porque sé que soy incapaz de tocar a nadie, joder, hasta evito pisar a las putas hormigas. Pero pienso todo el tiempo en torturar a mi hermana, que chille como un cerdo pidiendo ayuda, que pase días sufriendo, cuchillos, electricidad, clavos, material mecánico y de carpintería. Pienso en ella cada vez que noto el olor de la madera o el metal. Y luego intento recordar cuando era una niñita, un bebé inofensivo, un ser vivo, alguien que merece una oportunidad, que en el fondo no es como se muestra. Pero el sentimiento negativo es tan poderoso, es lo más intenso que he sentido nunca. Y está claro que necesito follar.
Unai, Jonnhy y Fran han estado asintiendo todo el tiempo, mirando el móvil por momentos. Yago después ha vuelto a su casa, al llegar ha pasado por delante de sus padres y su hermana sin decir nada. Se ha metido en su habitación y ha tomado una decisión. Voy a buscar porno, me voy a desnudar y me voy a hacer una paja a placer. Si alguien sube y abre la puerta, que vea lo que tenga que ver.
Que se jodan.

Silvia (5)

He cateado el examen práctico. Creo que he ido demasiado rápido (con el proceso, no con el coche). He querido sacudírmelo de encima, convertirlo en una pequeña molestia. Ahora me imagino cateando una y otra vez, convirtiéndome, con el tiempo, en la señora que ha hecho el examen sesenta veces, pero que aun así no tira la toalla. El puto hazmerreír de algún programa de variedades, donde se disfraza el contenido basado en el ridículo ajeno de fuerza de voluntad y ternura. La señora que se ha gastado la mitad del dinero de su vida en la autoescuela. No ceja en su empeño. Un modelo a seguir.
He comenzado a verme con Unai. Parece extrañamente ausente cuando estoy con él. Creo que actúa, intenta mostrar su lado más indiferente. No es que muestre indiferencia hacia mí, creo que simplemente intenta que lo nuestro no sea demasiado intenso, como si tuviera miedo del momento en que llegue la caída. Como si estuviera seguro de que me va a decepcionar.
Quiero follar con él, pero no sé cómo insinuarlo con delicadeza. Puedo ser delicada, pero hablamos de Unai. Unai convive en conflicto consigo mismo y su erección, una erección descontrolada que aparece en cualquier momento o circunstancia. Intenta colocarse la polla hacia arriba para no hacer tienda de campaña, pero ya es demasiado tarde. Sabe que me doy cuenta. No es nada malo, y desde luego a mí me da igual, pero a él no. No debo verbalizarlo. Creo que de eso va la delicadeza, no de imponer tu idea de la delicadeza, sino de tener en cuenta lo que puede incomodar según con quién estés. Hay gente a la que parece darle igual todo, y otra que es extremadamente sensible; funcionales y puede que hasta aparentemente fuertes, pero con un radar muy bien calibrado en lo relacionado con tu trato con ellos: lo que dices, lo que quieres decir, lo que no dices, o qué habrás querido decir. No es que quieran parecer humana o perceptivamente perfectos como un tuitero cualquiera, simplemente a veces ven hogueras donde sólo hay chispas a menudo involuntarias. Derrapas y la pastilla de freno se pone al rojo vivo. Hay que tener cuidado con eso.
Con todo, nunca tendré tanto cuidado con él como él lo tiene conmigo. No hablo de caballerosidad o del típico pesado que te pregunta si estás bien cada cinco minutos. Hablo de detalles, de quien está pendiente para sujetarte antes de que caigas.
Vamos juntos a la piscina, a horas endemoniadas, acariciando la insolación. Pasa por mi casa y toca el timbre rápido dos veces. Creo que le aterra la idea de tener que saludar a mis padres, así que procuro salir enseguida y evitar situaciones incómodas. Creo que sabe que me gusta, aunque sobre todo parece satisfecho con la idea de que yo sepa cuánto le gusto.
Creo que para él todo esto es un gran paso. Para mí desde luego lo es.

2001: Una odisea del espacio

Cuando Yago ve a un tío hacer o decir algo absurdo o complicado delante de una chica, indefectiblemente piensa: Lo que hay que hacer para echar un polvo. Y piensa en ese tío como alguien patético, mentiroso, deshonesto, hipócrita. No quieres hacer que ella se ría, ni “compartir tiempo” con ella, no te interesa el puñetero teatro ni ir a ver esa exposición seca y conceptual. Todo eso es una puta fachada, tío, fría y aburrida. Lo que quieres hacer es follarte a esa tía, quizá un puñado de veces. Y luego volver a empezar.
Capullo.
No engañas a nadie.
Natalia mira fascinada la pantalla mientras Fran intenta ubicarse. Johnny ha invitado a venir a Mabel. Unai parece comentar la película con Silvia, luego ambos deciden que es una mala idea: hay películas que se comentan y otras que se experimentan.
Yago conoce el trasfondo, conoce la obra; los libros y las películas están mas cerca de humanizarle que cualquier persona que conozca. Ahora sus colegas están emparejados, o intentándolo: un cliché, pero un cliché efectivo para funcionar, para soportar la vida. Lo entiende, lo comparte, pero no por eso deja de irritarle. Las relaciones sentimentales de pareja sólo funcionan de puertas para dentro, al menos las monógamas, y la poligamia a Yago sólo le parece otro artículo pedante e interminable de revista digital. La pedantería mediante la humildad y la supuesta tolerancia. Una moda férrea, cíclica, siempre vuelve. Yago llora con el último tramo de la película, con su valentía inherente, su casi bravuconería artística, su honestidad brutal (DEJA DE DARLE VUELTAS, IMBÉCIL). Y sobre todo por esa fascinación que le produce la idea del espacio, lo maravilloso que puede llegar a ser sentirse tan pequeño e ignorante, aunque sea por la vía del terror. El desconocimiento de lo que pueda haber ahí afuera, es belleza pura. La cara se le desencaja al prota de 2001, yendo hacia donde nunca ha ido nadie. El cine demuestra para Yago que las preguntas siempre serán mucho más importantes que las respuestas, aunque sólo sea porque las respuestas son a menudo mera teoría. Hay algo profundamente inteligente en el hecho de saber formular una buena pregunta, y otro tanto tramposo y simplista en la pretensión de que tienes la respuesta. Se fija en sus amigos, y todos miran hacia la pantalla. Se limpia los ojos con el dorso de la mano. No quiere que le vean llorar, aunque luego sepan que lo ha hecho.

Es el cine al aire libre de Sonora. Hay un tío cerca que no deja de explicarle la película a su ligue. Conoce a ambos de vista. Intenta impresionar a la chica, no le concede la más mínima oportunidad de ver la película por sí misma, da por hecho que es tonta del culo. Da por hecho que el cine es un puto crucigrama esperando a que lo resuelvas.
Yago se imagina levantándose y dándole una respuesta en la cara a ese gilipollas.

Hail to the Thief

Natalia y Fran entran en una de las grandes estancias de la Barbie, con la película aún cavando túneles en la mente. Natalia nunca la había visto, Fran había picoteado de ella por televisión, pequeños trozos entre segmentos eternos de publicidad. Imposible lograr el efecto inmersión. Por eso, dice Fran, a la gente le interesa sobre todo la trama de las películas, en televisión es casi imposible ir más allá. Después de cuatro interrupciones publicitarias y dos visitas al baño, te puedes dar con un canto en los dientes si sabes quién es el asesino. Y más vale que haya un asesino, un engranaje, o la peli será crucificada por el publico televisivo.
La estancia está desprovista de muebles. Fran prepara dos sillas cómodas de jardín y conecta su móvil a un altavoz.
–Esta es la habitación Radiohead –dice.
Abre unas puertas dobles que dan a una terraza, pero sobre todo a las afueras de Sonora.
Básicamente un paisaje llano y nocturno de luna llena. Y le da al play.
–Mi disco favorito para la habitación Radiohead es Hail to the Thief.
–¿Por qué?
–No lo sé. Porque la primera vez que se me ocurrió darle uso a esta habitación, puse este disco. Y ahora persigo todo el tiempo esa sensación.
Se sientan y escuchan el disco. El aire de madrugada sigue siendo cálido. La habitación tiene buena acústica, por eso es importante para Fran no salir a la terraza. Basta con ver el paisaje recortado por el ventanal. Basta y sobra en la casa de la Barbie.
–A veces, sólo a veces –dice Fran–, imagino que suena el teléfono de madrugada. Que lo cojo y que me habla una voz desconocida. Una voz desconocida que parece hablar con cierta rapidez y a la vez gravedad. Alguien que no quiere que le cuelgues porque tiene algo demasiado importante y jodido que decir. La voz me dice que los motores del avión de mis padres han cerrado el chiringuito en pleno vuelo sobre el océano. La voz dice que mis padres han muerto junto al resto de pasajeros, más de doscientos.
–Joder.
–No. No es tan malo, porque entonces empiezo a pensar en todo el dinero, en que estoy solo y en que mis tíos y primos viven lejos y nadie va a preocuparse de verdad más allá de quizá venir a los funerales. Y pienso en todo el dinero que tendré y en que podré hacer literalmente lo que me dé la gana. Algo muy parecido a ahora, la verdad, pero sin las pequeñas molestias de ahora.
–Ya.
–Lo que pasa es que sé que si sucediera de verdad, no sería así, seguro que sería un follón, habría imprevistos, problemas que desconozco, jodiendas, y seguramente vampiros que vendrían a chuparme no precisamente la polla.
–Ya. Los vampiros no hacen eso.
–Estoy pensando en voz alta, perdona.
–No, está bien.
Suena Backdrifts; no es tranquila, no es tensa, aunque sí parece nocturna, adecuada. Fran tiene planes. Todo va según los planes.

Debián de Fedora

Johnny despierta sin saber dónde está. El bulto a su lado respira. El sol entra cegador por la ventana, ayer no cerraron la persiana. Los recuerdos comienzan a llegar, apelotonados. Discutiendo con sus padres porque va a pasar la noche fuera, haciendo autoestop con Mabel. Luego en el camión de un tipo raro, apestoso. Luego vagando por Debián de Fedora. Los padres de Mabel están en el pueblo de los padres de la madre de Mabel. Mil kilómetros. Mabel tiene la casa para ella sola.
Luego se acostaron y follaron, y después fumaron, y Johnny dijo:
–Me llamo Luis.
El sol por la mañana es una patada en el culo. Aunque sólo sea por asociación. Johnny suda sobre las sábanas. Pero se siente lleno, excitado, desahogado, el corazón y la cabeza saciados. Tiene una erección matinal. Piensa en la peli, le sorprende tenerla aún tan presente, tanto como las tetas de Mabel cuando le montaba. La vista se le acostumbra al día. Mabel respira pesadamente, aún duerme profundamente. El móvil dice que son las diez de la mañana. Demasiado temprano después de trasnochar.
Se incorpora y vaga por la casa. Es pequeña, pero no está nada mal. Paredes gruesas y una terraza en el segundo piso. Abre la nevera, muy nutrida. Duda sobre si prepararse el desayuno. Se sienta en una silla en la terraza. Siente presión por un instante, sabe que tiene que saborear el momento. Es de lo más raro sentirse presente en el presente. A gusto en el presente. Habitualmente, incluso cuando es sábado, percibes la amenaza latente del domingo y el lunes, sólo vives en la rutina del sábado. Raramente el futuro y el pasado te dan tregua; te suelen bombardear a razón de una punzada por minuto. Cómo coño hice eso ayer, qué mierda haré mañana, esta semana debería pasar volando… Siempre tirando hacia delante del tiempo, huyendo, el presente casi nunca es un buen lugar para vivir. Por eso cuando lo es, y si además eres consciente de ello, no debes beberte eso de un trago.
Johnny decide vestirse, buscar papel y lápiz y dejar una nota.
He ido a ver el pueblo, no quería despertarte, vuelvo en un rato.
Las calles son estrechas y hay una plaza. Lo invade todo ese olor que no se percibe en una ciudad, algo así como la huerta, el abono, la hierba, ovejas, frescura y crudeza. Es un pueblo con espíritu de interior, aunque el mar esté a un pisotón de acelerador.
Johnny se sienta en un banco de la plaza. Hay una panadería, una tienda de comestibles, una cafetería. La cafetería tiene una terraza. Quizá haga bien en desayunar. Ella no parece de ese tipo de personas que necesita hacerlo todo con su pareja, o su medio pareja. No parece una sentimental en el peor sentido, ni mucho menos una lapa que deja de hacer cosas sola cuando conoce a alguien.
Después, mientras está engullendo un cruasán y un café con leche, Johnny ve a Mabel entrar en la plaza. Decide no hacer ningún gesto, ella enseguida le verá. Cuando lo hace, se acerca, sonríe somnolienta.
–Si siempre duermes tan poco, vas a desayunar solo toda la eternidad, caballero.

Silvia (6)

Unai se ha pasado todo el día hablando de la película. Le brillaban los ojos, aunque hace días que le brillan los ojos. Creo que le incomoda y a la vez le enorgullece que la gente nos vea juntos. Le incomoda porque cuando la gente ha decidido reírse de ti, convierte cada nuevo movimiento que hagas en un nuevo chiste. Si te vas: un chiste. Si vienes: un chiste. Si te echas novia: un chiste. Si ganas el nobel: un chiste. Lo peor es que no es nada exactamente personal, no son malas personas, pero eso no convierte los chistes en homeopatía social. Ni siquiera son chistes, eres un saco de boxeo y ellos son todos socios activos del gimnasio.
La parte que le enorgullece de que nos vean juntos, es la cruda realidad. Amigos y amigas del pueblo: Unai y yo follamos a todas horas. O al menos lo haremos. Lo hemos hecho ya dos veces, ayer por la noche y hoy por la mañana. Puede sonar superficial, pero el orgullo a veces funciona así, no tanto por lo que a ti te haría sentir orgulloso como por la envidia que despiertas.
Y la envidia sana es un mito.
Freír a envidia a esos idiotas es un placer a varios niveles. Para humillar a la gente más básica, por desgracia hay que rebajarse a su nivel. Y la mayoría son tíos, yo conozco a muchos, de todas las edades y condiciones. Muchos han intentando hablar conmigo, han intentando llamar mi atención, me han invitado a beber sin mi permiso, me han incluido en su ronda, me han mensajeado, hasta alguno que otro me ha mandado la foto de su polla. Conozco a esos tíos, son hipocresía con patas, la mayoría inofensivos individualmente y unos borregos rancios y salidos en grupo. Por no dar, ni siquiera saben dar miedo. He visto a algunos de ellos cambiar de acera cuando nos cruzamos de noche en alguna calle. Toda esa valentía del bocazas abrazado al bocazas. Unai no está más salido que ellos, y desde luego no es un cabeza cuadrada como ellos. Unai sólo ha tenido la mala suerte de ser Jason Biggs en American Pie.

(Quería ser elegante y ni tan siquiera escribir sobre esto, pero creo que ahora entiendo un poco mejor la desgracia logística de Unai, esa tendencia a llevar tan visible la tienda de campaña. Sin más: La polla de Unai es como el brazo de un bebé…)

Un plan

Ha surgido (rugido) algo, piensa Yago. Huele los mensajes cruzados, las señales, las pistas, las obviedades. El agua pestilente, arrastrando barro, casas y niños muertos no tarda en llegar a su ordenador. El plan en grupo. A Yago se le sella el culo cuando la planificación se come a bocados la espontaneidad. El rugido entre la maleza, el agua retirándose de la orilla. La amenaza de un buen día con los amigos y sus novias.
Johnny le dice que que si se apunta. Johnny y Mabel le parecen los más enrollados. Natalia y Fran son una especie de ecuación emocional, cerrados sobre sí mismos y en un constante bukake de pajas mentales. Y Silvia y Unai acaban resultando una combinación demasiado guay, se pasan de molones, ¿el salido oficial con la tía buena oficial? Venga ya.
Pero Johnny y Mabel son menos ruidosos en todos los aspectos, más abiertos, más relajados, y sobre todo más independientes el uno del otro. No necesitan estar constantemente juzgando la situación en base a si eso les va a separar durante cinco putos minutos.
Es obvio que no puede negarse, de modo que le dice a Johnny que sí, pero ¿dónde ha dicho que vamos?
Johnny le da toda clase de detalles, pero Yago se queda más o menos igual. Parece ser que el lugar es montañoso y hay cataratas y rincones verdes en los que esconderse a cagar. Parece ser que el lugar es precioso, está lejos de la playa y hasta han pensado en tiendas de campaña y pasar la noche allí. Excesivo a todas luces para Yago, que se imaginaba poco más que una excursión, un bocadillo y como mucho un atardecer.
Irán en sólo tres días, y Yago se deja llevar justo antes de dormir. Justo antes de dormir necesita pensar, fantasear, a veces poetiza, pero sólo a veces. Deja volar la imaginación y se ve matando o torturando, y no solo a su hermana. Lo fácil que sería joderles a todos en esa puta montaña, de madrugada. Puede que provocando un incendio, no podrían apagarlo con putas cantimploras. O podría rebanarles el cuello, uno a uno, sería emocionante, ir de tienda en tienda, degollar sin que la pareja de turno se entere, y luego degollar a la pareja, y después: la siguiente tienda. O podría agenciarme ácido, algo jodidamente corrosivo, y comenzar por Silvia y Unai, primero la polla de Unai, luego la cara de Silvia. Desfigurarles, quizá sea peor que la muerte, es una buena idea, una maravillosa mala idea.
O quizá podría comprar regalos para todos, un día especial, sin que sea el cumpleaños de nadie. Eso sería bonito, piensa Yago, pero ni de coña, y se le cierran los ojos.

Siesta

–Ahora me da pereza lo de mañana –dice Natalia.
–Si quieres no vamos.
–No, no hagas eso.
–El qué.
–Actuar como un novio atento. Eso es un puto aburrimiento, Fran.
–Yo quiero estar contigo, me da igual si en el bosque o aquí.
–Sigues haciendo eso.
–¿No funciona así?
–No digo que no funcione nunca así, pero lo prefiero como subtexto.
–Ajá.
–Despotrica o di gilipolleces si te apetece, lo último que quiero es una especie de novio moderno de diseño, castrado y sutilmente servicial.
–¿Entonces qué hacemos?
–Me da igual, vamos a ese sitio, sólo pensaba en voz alta. Siempre me da pereza hacer algo el día antes de hacer algo.
–A mí también.
–¿Sigues haciendo eso?
–No, te juro que ahora estaba siendo sincero.
–A veces me pregunto si piensas en Silvia.
–¿Ahora tengo que ser sincero?
–Sólo tienes que ser una persona, deja de pensar en términos absolutos.
–En Silvia…
–Todo el mundo piensa en ella.
–¿Tú crees ?
–Hasta yo pienso en ella, y soy asquerosamente hetero.
–Antes pensaba más en ella.
–En parte es divertido, poder focalizarse en otra persona.
–No lo sé, es tu amiga.
–Sí, y la admiro. Lo que muchos no saben es que no sólo es más guapa de lo normal, también es más lista.
–No deberías rebajarte.
–Otra vez haces eso.
–Qué va.
–Sí. El que yo hable así de ella no choca con la idea de que tú estés conmigo. Sólo pensaba en voz alta.
–Ya…
–Otra vez parezco complicada.
–No. Es verdad…, es el piloto automático.
–Exacto. Se puede hablar de las cosas sin hacer asociaciones automáticas, no pasa nada.
–No sabes cuánto me gustas.
–Eres gilipollas.

Previa

Una de las recompensas de Mabel a Johnny por sincerarse con lo de su nombre real, es seguir llamándole Johnny. Follan en medio del proceso de preparación del viaje del día siguiente. Los padres de Johnny les pillan y sucede lo peor según la opinión de Johnny: no sólo no le abroncan o se incomodan, sino que lanzan miradas de comprensión. Una especie de reconocimiento por la entrada de Johnny en la vida adulta, o al menos en uno de sus ámbitos. Lo cual resulta irritante, porque Johnny sabe que si algo quieren sus padres, es que él se convierta en una replica de ellos. No es por el sexo, es por el principio de un proceso. Mabel se viste sin gran problema y les sonríe. No se disculpa, nadie lo hace, la vida sigue en marcha, otra generación más, y parece que previsible. Con el sexo también se tienen hijos. Con sus mochilas y bártulos, se marchan por la tarde a Debián de Fedora, a dormir en la versión oficial. Los padres de Mabel siguen fuera. Se pasan la noche hablando, fumando y follando todo lo que da el pene de Johnny. Por la mañana, sábado, marchan de la mano del GPS en el coche de segunda mano de Mabel, que conduce de forma brusca, incluso violenta.
A medio camino, paran de forma innecesaria pero placentera en un bar de carretera. Desayunan de forma abundante, al estilo pre-pedos asquerosos y sonoros eructos.
Mabel, durante los cafés, le resume a Johnny la historia de sus padres.
–Es Pretty Woman al revés. Cuando cuento la historia, o bien la gente no se la cree o bien se ríen de forma incómoda. Si se la cuentas a los demás, te envenenaré, ¿entendido?

De camino

Natalia, Fran, Silvia, Unai. Yago. Natalia conduce el coche de sus padres, Fran va de copiloto. Yago se encoge atrás junto a Silvia y Unai. Pero junto a Unai. Ambos saben que es mejor no estar tan cerca de Silvia si te gustan las mujeres. Unai luce una vigorosa erección, pero nadie hace comentarios al respecto. La polla parece intentar reventar la bragueta. Cada grupo de amigos se acostumbra a sus propios paisajes. Unai aún no se ha acostumbrado a Silvia, luce casi permanentemente ruborizado, calcula cuándo mirarla y cuándo no, piensa en el siguiente beso y cuándo será el momento adecuado. Antes pensaba en sexo a todas horas, ahora se centra más en la “logística” sentimental que lo rodea; el sexo sigue estando en el centro, pero el ritual, a diferencia de antes, ya no consiste sólo en bajarse la bragueta.
Natalia dice que ha dormido mal y Fran comienza a hacer preguntas y a preocuparse. Unai habla de 2001. Silvia dice que se quiere bañar en el río, si es que hay un río.
Yago dice:
–Conozco una historia sobre el sitio al que vamos. Una vez fueron a ese bosque cuatro chicos y se perdieron. Los padres lo denunciaron y comenzó todo el proceso de búsqueda y ansiedad parental. No sé por qué, pero nunca me dan pena los padres cuyos hijos se extravían, sobre todo cuando veo cómo reaccionan y cómo se sulfuran. No me parece que estén desesperados exactamente por haberlos perdido, más bien parecen profundamente descolocados por la vergüenza de haber deseado en silencio muchas veces que eso pasara, para poder recuperar sus vidas, como si las circunstancias les hubiesen ayudado a corregir el error garrafal de la inercia de tener hijos, y ahora no tuviesen claro qué era lo que querían. ¿Querían tener hijos o sólo se dejaron llevar? Y no lo saben, y eso es lo que creo que les martiriza, una guerra interior, una guerra lacerante de cojones. Puede sonar a estupidez, pero creo que hay mucho de eso. No encontraron nunca a esos chicos, fue en los años noventa. De todas formas ahora esa generación esta toda perdida, los que no en un bosque, en la cuarentena.
–Si yo me perdiera –dice Fran–, mi madre actuaría como si fuera una telenovela, llevándose el pañuelo blanco al rabillo del ojo, procurando dar el lado bueno a cámara. Y me imagino a mi padre dando los buenos días con energía a los equipos de búsqueda, haciendo que todo el mundo se extrañara por su vigor.
Natalia dice:
–Mis padres se vendrían abajo, pobrecitos. Pero a la vez hay algo irritante que sospecho que pasaría. Son de temperamento excesivamente optimista, y creo que se recuperarían en cuestión de semanas. Se mudarían o volverían a pintar las habitaciones, y en tres o cuatro meses mi madre comenzaría a hincharse otra vez. Aún puede. No sería tanto mi desaparición como la oportunidad de volver a empezar.
–No es lo mismo que desaparezcas a que desaparezcas y encuentren tu cadáver –dice Unai –. Si yo me perdiera y encontraran mi cadáver, mis padres no lo podrían soportar. Apuesto por el suicidio de mi madre y por la viudez solitaria hasta la muerte de mi padre. Cualquier otra cosa significaría que no les conozco.
–Mis padres –dice Silvia–, si yo muriera, creo que antes que nada verían una lista inacabable de deberes vitales que yo ya no podría hacer. Mi muerte sería antes que nada una irresponsabilidad, aunque sólo fuese por unos instantes. Luego no tengo ni idea de cómo reaccionarían, pero ya no tendrían más hijos, y no creo que ni de broma adoptaran. Para mi padre la sangre es igual que para un vampiro, no puede prescindir de eso.
Yago dice:
–No sé qué coño harían mis padres, sin embargo os podría decir qué haría mi hermana si yo muriera. Pero no lo voy a hacer.

Hacia rutas salvajes

El verano comenzó lento, pero luego pareció acelerarse. Ahora el grupo camina entre la maleza, un paisaje cada vez más hostil, cerrado, sombreado por árboles que ni entienden ni les importa su propia magnificencia. Yago comienza a pensar en voz alta sobre su hermana. Otra vez. Dice que ha estado sopesando seriamente la idea de matarla, aunque no se lo quería reconocer a sí mismo. Insiste hasta que Silvia dice:
–Tú no eres así. Te he visto apartar gatos callejeros de la carretera. Lo que hacen con los gatos los psicópatas es meterlos en una mochila y acuchillarlos. Ese sería el paso previo lógico a matar a tu hermana.
–Tú no la conoces.
–Eso no importa, hablamos de ti.
–Perdonad, pero si os digo la verdad –dice Unai– creo que era menos incómodo cuando os reíais de mi erección.
–No lo sé –dice Fran– pero que hables de ello de golpe ahora sí me parece incómodo.
–Yo conocí, entre comillas, a un chico que siempre la tenía dura –dice Mabel–, pero yo no sabía de qué iba el asunto, él tenía treinta años años y yo seis. Se quedaba mirando en la puerta del colegio. No os lo vais a creer, pero un día una de las madres habituales le contactó y quedó con él. Una noche fueron a una habitación de hotel y la tía le cortó el pene con una navaja de barbero, le robó el móvil, cortó el cable del fijo y atrancó la puerta.
Natalia dice:
–Qué asco.
–Yo ni me enteré de lo que pasaba, me lo contaron cuando fui más mayor. El tío se desangró, la tía y el marido (que era barbero) acabaron en el trullo. Parece ser que se investigó a fondo y el tipo ni siquiera era pedófilo. Sólo era novio de una de las profesoras; pero no hablaba con nadie, era cerrado, introvertido.
–Así que supongo que debería asegurarme de ser extrovertido –murmura Unai.
–Nunca sabes cómo de peligrosos son los miedos y los prejuicios de los adultos, y me refiero a la gente con bagaje (todos el mismo), supuestos vínculos emocionales y cosas que perder; un coche nuevo, hijos… Puedes detectar o esquivar más o menos a los sociópatas, pero es imposible frenar a lo que llaman gente normal. Cuando la gente normal decide la destrucción de algo o alguien, no hay absolutamente ninguna reputación o vida que pueda soportar eso. Un día crees que sólo le estás poniendo los cuernos a tu novia, y al día siguiente mueres desangrado en la cama de un hotel. Tu polla y tus huevos pudriéndose, y no contigo, sino a tu lado.
–¿Los huevos también? –pregunta Unai.
–No lo sé, sólo lo adornaba.
Los ruidos de los animales parecen cada vez más histéricos y agudos. Han escogido adrede una ruta poco transitada.
Johnny y Unai hablan de la envidia que les provoca el astronauta de 2001, solo, lejos, pero a la vez viendo lo que nadie ha visto, yendo más allá, literalmente, peleando con fuerzas auténticamente desconocidas, y no con problemas que ya ha tenido absolutamente todo el mundo antes que tú.
Las conversaciones se cruzan y mezclan, se cocinan ofreciendo un plato más variado de lo habitual, surgido de la ampliación de un grupo de amigos. Se han incorporado chicas, y con ello nuevos ángulos de visión y percepción.
Se cruzan con un grupo de cuatro chicos. Parecen tener prisa, parecen lívidos y no hablan entre sí. Uno de ellos está a punto de decir algo, pero otro le pega una patada en el culo. No ríen, no bromean como esperarías de un grupo así, no ejercen. No saludan, aunque esto no sería tan raro si no fuese por todo lo anterior. No tienen pinta de ir a ningún sitio, sino más bien de venir de él.
Nadie comenta la jugada excepto Natalia, con un solo susurro:
–Extraño.
A pocos metros ven a tres chicas sentadas en la rama gruesa de un árbol de apariencia deforme, como si hace mucho tiempo lo hubiese impactado un rayo. Los pies de las muchachas casi llegan al suelo. Parecen rondar los treinta años. Ellas sí saludan. Dos son delgadas (una rubia y otra morena) y no parecen ataviadas para la ocasión, la otra es más gordita y luce ropa deportiva y unas zapatillas adecuadas. Sus mochilas yacen juntas entre la hierba alta. Beben de una cantimplora y parecen comentar la jugada. Natalia se detiene después del saludo mutuo, y les pregunta:
–¿Habéis visto pasar a cuatro chicos?
–Sí –dicen la rubia y la morena, casi al unísono.
–¿No os han parecido raros?
–No –otra vez la rubia y la morena.
–A mí sí –dice la chica gordita.
–¿Verdad que sí? –dice Natalia.
–Sí. Estaban muy callados, evitaban mirarnos. Sí que me han parecido raros, pero no creo que lo sean, creo han visto algo en el bosque, o al menos creen que lo han visto.
–Pues yo no he notado nada –dice la morena–, ya hasta agradezco cuando un tío pasa a mí lado y no me suelta una guarrada.
–Yo tampoco he notado nada –asegura la rubia–, y es verdad, si paso al lado de un tío me conformo con que no me diga nada, me da igual si está asustado o si se ha cagado encima. Ni le miro.
–Son unos cerdos, seguro, como todos, seguro que ahora están diciendo porquerías de nosotras.
–Ahora que no les oímos, seguro, machirulos de manual, eso no falla.
–Siempre estáis con la misma mierda, ¿no? –les interrumpe la chica gordita. No parece en absoluto una reacción espontánea o a la ligera, habla como si llevara mucho tiempo callándose. Parece aprovechar que tiene público. No le importa provocar una sensación de exageración o desubicación. Explota–. Qué mala suerte tenéis siempre, ¿verdad? “Oh Dios mío, los chicos siempre me dicen cosas, madre mía, pobre de mí…”. Para empezar eso es mentira, me he pasado media vida con vosotras y puedo contar con los dedos de una mano las veces que os han dicho guarradas por la calle. Para seguir: no me dais ninguna pena, no os acosan, obviamente no estáis oprimidas, nadie os impide hacer nada, tomáis la elección que queréis siempre, y vuestros papás, que no son tampoco precisamente víctimas del sistema, os lo han dado todo hecho. Os habéis quejado ya muy por encima de los baches que os han puesto en la vida, que, por cierto, ¿qué baches os han puesto en la vida?, ¿madrugar?, ¿tener que esforzaros para lograr algo como todo el puñetero mundo? Y para acabar: A mí en mi puta vida me han dicho nada por la calle. Literalmente nada, ni bueno ni malo; nunca he tenido que preguntarme qué piropos son aceptables y cuáles no, o si deberían prohibirse o no. Porque jamás nadie me ha mirado por la calle, ni para bien ni para mal. El primer tío que me tocó fue a los veinticinco años, y fue tras haber ido yo detrás de él durante semanas. Así que si me disculpáis, si vuestra honorable causa me disculpa, estoy hasta los ovarios de vuestra mierda de discurso narcisista, pijo y egomaníaco de niñas bien acomodadas que se quejan de que el sirviente transexual no les da las uvas y el champán como debiera. Y otra cosa: me revienta vuestra puta condescendencia. Yo soy la que siente y decide respecto a mi cuerpo, y si creo que debo comer más o por el contrario debo perder treinta kilos, es mi puñetero problema. Enteráos de una vez: no sois ni más originales ni mejores que nadie, tenéis sólo una pizca de razón, como todo el mundo. Dejad de usarme como a todo lo demás para reforzar vuestra mierda de doctrina.

Dejaron a las chicas discutiendo, ya no atendían ni escuchaban, tampoco entre ellas. Por un momento se les olvidó lo que les estaba empezando a preocupar. Qué habría bosque adentro. El tema de discusión que dejaron atrás era tan interesante como ya pesado y tedioso, y no le dedicaron ni un segundo.
Siguen caminando, y poco a poco se enfría la anécdota, las dos, tanto la de los chicos pasmados como la del desencuentro de las chicas. Sólo el bosque, algunos claros, los ruidos de insectos y animales. El cielo parcialmente nublado, el olor a tierra mojada, y un murmullo, quizá una catarata no muy lejana. Se hace un silencio agradable que rompe Johnny;
–¿Os acordáis de Michael Cera? Aquel camarero del Coco Sweet que nunca te servía lo que le pedías, que tenía pinta de universitario en un curro de verano. Que no se enteraba de nada y tenía esa pinta a lo Michel Cera, delgaducho, pálido, pero sin la gracia de Cera. Siempre me acuerdo de él cuando algo va mal, cuando suspendo un examen o…
–Ese chaval era como un recordatorio de la mortalidad de todos –dice Fran.
–Siempre dudé sobre si realmente era universitario o si aquel era su curro sin más. Pero da igual. Me imaginaba a mí mismo con esa cara de capullo, perdido y amargado en cualquier curro en el futuro.
–Yo me acuerdo de ese chaval –dice Silvia–, tenía pinta de acabar usando una katana con sus padres. Creo que ya no tenía edad de universitario.
–Pues me da un miedo que te cagas dar alguna vez la impresión que me daba él a mí.
–Y qué sabemos –dice Unai, no muy confiado–, a lo mejor estaba bien, era sereno, quizá ahora está de puta madre, gana pasta y…
–No lo creo.
–Joder… Yo le conocí. –dice Natalia–. Una tarde me dejó su número de teléfono bajo el papelito de la cuenta…
»Tenía veinticuatro años. Yo no sabía qué hacer, y me jodía tener el número y no zanjar el asunto. Si no llamaba, luego me sentiría incómoda en el Coco. Aunque no fuera yo sola, acabaría yendo con gente. Le acabé llamado, en plan “oye, ¿tú dejaste un número de teléfono con la cuenta ayer?”. Me dijo que sí, casi parecía arrepentido.
–Ahora me cuadran algunas cosas… –murmura Silvia.
–La verdad es que era más o menos lo que parecía. Tímido, callado, torpe… Ni siquiera era un chaval de dieces, asocial pero extremadamente bueno con los estudios. Tenía lo suficiente para llegar al final del día. Y también tenía un secreto… Yo no había follado nunca, apenas me había besado con nadie, pero él tampoco. Nos vimos unas diez veces, aunque me aburría bastante con él. La última fuimos a su casa. Su habitación parecía la de alguien que acabara de llegar de mudanza, como si aún faltaran cosas. Las paredes vacías, apenas un escritorio, algunos libros de texto… Dudo que ni tuviera porno en el ordenador.
»Decidí que era inofensivo, y que sería tierno hacerlo con él. Estábamos en igualdad de condiciones, creo que sobre todo era eso lo que me gustaba. Después de magrearnos, él se decidió y se bajó los pantalones. Llevaba unos boxers enormes, adaptados, y tras dudar casi un minuto, se los bajó. Ahí estaba el secreto.
–No jodas –dice Silvia.
–Os juro que al principio creía que era otra pierna. Era absolutamente imposible. Imposible a un nivel logístico, no sé si me explico. No entendía cómo era capaz de ocultar ese bulto.
–¿No os acordáis del delantal que llevaba? –dice Johnny
–No sé si el delantal ayudaba, pero él enseguida entendió cuando le miré. Lo peor es que se puso a llorar… Es una putada… Es como tener cien millones de euros en mondadientes.
–Luego se largó, ¿no?
–Yo me fui de su casa sin mucha ceremonia. Creo que no fui cruel, pero se sobreentendió todo. Al cabo de una semana quise ir a verle al Coco, pero ya no estaba; quería hablar con él, aunque no sabía muy bien qué decir. Quizá había sido algo seca, pero no me había reído de él.
Silvia dice:
–¿Pero lo dices en serio?
–Sí. Llegué a tocársela, él quería saber qué pensaba yo, pero ni siquiera fue algo sexual, la toqué como un niño de tres años toca un delfín, con los ojos como platos, por mera curiosidad. Estaba en reposo y mis dedos no podían abarcarla, y creo que no tengo las manos tan pequeñas.
Unai guardó silencio mientras escuchaba. Un silencio comprensivo, aunque sabía que él había tenido más suerte. Silvia le cogió el brazo y le hizo rodearle los hombros.

Comenzaron a pisar charcos, el suelo cada vez más húmedo, el final del viaje.
El encuentro con Kurtz.
Fran fue el primero que lo vio. Estaban muy cerca de una catarata, con ese ruido ensordecedor, ese matiz metálico y agresivo del agua asumiendo la fuerza de la gravedad.
Y Fran:
–¿Qué coño es eso?
Ni siquiera estaba parcialmente escondido. Se veía claramente, a unos veinte metros. Un hombre de unos cincuenta años, trajeado, camisa blanca y corbata negra, zapatos negros. La cara morada, los ojos abiertos y vueltos.
Ahorcado.
Yago callaba, aunque llevaba mucho tiempo callado. Se acercaron. Colgaba a unos cuatro metros del suelo. Una rama sólida. No hacía falta ser Dexter para ver que la disposición de los elementos era absurda. Su ropa parecía nueva, y sus zapatos estaban impolutos. De alguna forma, brillaba.
–¿Cómo es posible que no lo hayan visto esas tías? –dice Mabel
–Yo sé quién lo ha visto… –murmura Johnny.
Observaron el cadáver hasta que se sintieron lo suficientemente mal. Parecía irreal, una improbabilidad estadística. No parecía un suicidio, pero tampoco un asesinato. Parecía una consecuencia. Nadie lo verbalizó, aunque todos lo pensaron de un modo u otro. Esto no era un misterio al estilo Lost, sino la clase de cosas que de verdad pasan, con su propio sentido y significado, con su respuesta irresoluble. Cosas para las que no tiene explicación ningún sistema de ideas conocido. No es que hubiese pasado algo, es que algo había acabado; no tanto una vida como una derrota, al menos si la muerte es sinónimo de alivio.
La situación les horrorizó, pero sobre todo les puso la piel de gallina, y después les descolocó, les descolocó profundamente.
Una idea sobrevolaba, una tremendamente precisa y por supuesto inconfesable. Si se movilizaban, si llamaban a la policía. Si intentaban llenar aquello de adultos al uso, para hacer llamadas telefónicas, cercar el terreno, buscar huellas y completar toda la danza legal. Si hacían eso, estaban seguros de que el cadáver desaparecería. Y nadie quería hacer guardia. Habría sido como denunciar una intuición, un miedo, como intentar detener el tiempo, congelar la edad y establecer la inmortalidad.

Silvia y ya

La temperatura se ha vuelto más soportable. Menos mal.
Habito alguna clase de punto de inflexión. Creo que no soy la única. No he vuelto a la autoescuela. Si mis padres sacan el tema, hago un silencio y espero a que pase el momento. Aún no se han atrevido a echarme la bronca. De repente no encuentro motivación alguna para enfrentarme al examen práctico. Obviamente contentar a mis padres es un motivo cada vez más pillado por los pelos, porque está claro que si algo no me motiva ya, joder, es contentar a mis padres. Creo que es evidente que es necesario “descontentar” a mis padres, rebajar el contento, estabilizar el contento; hacerlo asumible para mí. Porque necesito puto espacio. Necesito puto respirar. Tengo derecho a intentar encontrarme.
Unai no me juzga. No pregunta, o pregunta lo justo. Sabe en qué proceso estoy, porque él también está en ese proceso. Y por favor, no es un rollo generacional, hablo de asuntos individuales, necesarias reflexiones del individuo. Lo cual, espero, no acabará derivando en mi conversión a una de esas personas con discurso cerrado: algo como “yo hago y digo lo que me da la gana, y si te pica te rascas”. No, no tengo intención de convertirme en eso. La idea es no acabar siendo una gilipollas; el problema es que hay muchas clases de gilipollas, y los hay muy persuasivos. Creo que ahora los que abundan son los gilipollas retórico-ideológicos, como las chicas que vimos en el bosque. Reducir el mundo hasta que parezca que cabe en la palma de tu mano, en tu móvil. Manejarse con tan solo cuatro o cinco ideas cómodas expresadas cada vez de una forma distinta. Y eso en el mejor de los casos.
Unai se me confesó, o declaró, no lo tengo muy claro. Fue una confesión sexual. Dijo que no quería mentir al respecto, que el silencio a veces le parece mentir, y que siempre se siente cachondo. Especificó que no necesariamente por la mañana, pero sí a medida que pasan las horas. La tarde y la noche son una erección continua, y no es una manera de hablar. Le dije que dónde estaba el problema, y no me lo supo decir. Yo me lo olía, me armé de valor y le compré una faja. No se quejó en absoluto; no es su estilo ser previsible. Ahora su erección apunta (y rebasa) a su ombligo, pero con camisetas anchas el bulto es casi imperceptible.
He dicho que esto no es generacional, pero quizá sí sea grupal. Es inevitable que algunas experiencias unan, pero ni muchos menos unen a todo un país, ni a toda una ciudad, ni siquiera a un barrio. Todo eso sólo es retórica política o periodística.
El día en el bosque pasó, y aunque al final no dormimos allí, lo que vivimos supera cualquier fin de semana de excursiones y bajar el río en kayak. Lo hace más especial aún el que después no nos llegara ninguna noticia del suceso. Como si hubiese pasado y no hubiese pasado a la vez.
He pensado en ello menos de lo que creía, pero esa no era la cuestión. La cuestión es que aquello nos removió. Incluso hemos llegado a comentar la posibilidad de volver a aquel bosque; pero es un asunto delicado, y quizá deberíamos conservar el recuerdo primigenio.
Unai y yo nos vemos bastante con Mabel y Johnny. Mabel es divertida, no soporta gilipolleces y sabe encajar las discrepancias. Es un trébol de cuatro hojas.
Seguimos yendo a casa de Fran. Está tan colado por Natalia que todos tememos el día que corten, si es que han de cortar. Su enroscamiento mental sigue activo, de hecho Natalia sólo ha aportado gasolina en ese sentido.
Un día vi a Yago de lejos por la calle. Iba con su hermana, parecían charlar de forma relajada, entraron en una tienda de artículos deportivos. No es mi estilo, pero cuando le volví a ver, le saqué el tema, cauta y en voz baja, y el me dijo:
–Es una zorra.

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Los aquí presentes

Están aquí casi todos, y también sus respectivos secretos a voces. En un recorrido por la sala oscura y ruidosa, tienes decenas de leyendas urbanas potenciales. El porcentaje de lo que no se sabe es tan misterioso como la forma en que cada cual decide hablar o no de sí. Una ensalada mental jodida del todo, bañada en vinagre y malos presagios disfrazados de buenas intenciones. Ejemplares modelos de conducta sobre el papel, lo que ahora llamarían hijos sanos del (palabra grandilocuente a gusto del consumidor aquí). Todos visten su mejor retórica y tienen listos todos los lemas comodín; todos los “porque no” porque sí a cualquier disidencia. Toda esta gente que ves aquí, nunca se equivoca.
Son únicos y resplandecen, pero normalmente acabamos siendo números. La número uno le ha pedido a su novio varias veces que se corra en sus bragas por dentro con ellas puestas antes de salir de casa: un símbolo pegajoso de una relación sentimental (sexual) muy próspera al menos a corto plazo. El número dos, que podría ser el treinta y dos (aquí no hay orden de preferencia), se quitó un día de en medio de la vía cuando el tren estaba a punto de llegar. Ese día no volvió a nacer, pero tenía muy claro que se quería suicidar. El motivo por el que finalmente no lo hizo: el recuerdo de un queso a medio comer que aún tenía en la nevera. La número tres una vez se cagó en un cine y salió corriendo hasta su coche con los tejanos llenándose de mierda líquida. Llenó el coche de mierda y este olió a mierda durante semanas. Si vas de copiloto con ella y te fijas, aún hay manchas recuerdo del suceso. El tío con el que fue al cine desapareció de su vida de tal forma que la foto de una niña en el telediario te parecería el colmo de la presencia. La número cuatro vio un día al fantasma de su abuela y por corte apareció en la consulta del médico y a priori las pruebas no destaparon ningún tumor. No volvió a ver a su abuela, pero otro día se presentó su abuelo aún vivo e intentó violarla. Tras una aparatosa pelea, Cuatro quemó la casa con el violador dentro inconsciente por un golpe de silla lanzada a duras penas. Nadie sabe qué procedimiento policial se llevó a cabo, pero ella ahora parece de lo más simpática y no le cae mal a nadie, ni aunque fuese todo verdad, que lo fue.
El número cinco tiene treinta y dos años y cuando tenía tres mató sin querer (o algo así) a su hermano de dos meses. Aprovechando que sus padres no miraban, quiso comprobar qué pasaría si cogía a su ruidoso e irritante hermanito y lo lanzaba a la piscina. Luego se quedó mirando.
El número seis trabajaba en una tienda de ropa, se masturbaba a menudo en los probadores con prendas que las clientas se habían probado pero no habían comprado. En una ocasión, quizá debido al exceso de energía empleado, comenzó a sangrar por la rajita del pis y manchó la parte superior de un biquini. Al muy idiota ni se le ocurrió esconderlo o tirarlo. Debido a su comportamiento, visiblemente errático, la encargada decidió interrogarle;
–¿Seis, sabes por qué este sujetador está manchado?
–No.
–¿Es sangre?
–No lo sé.
–¿De qué te ríes?
–De nada.
–¿De nada?
–De nada.
–A veces te veo entrar en los probadores y salir al cabo de un rato.
–Ajá.
–¿Se puede saber qué haces?
–Nada.
–¿Nada?
Seis fue despedido al cabo de dos semanas cuando se le olvidó echar el pestillo de un probador, y una niña de quince años le pilló eyaculando sobre la braguita del mismo modelo de biquini.
Siete estuvo a punto de matar por envenenamiento a su madre. Tenía quince años, perdió los adolescentes papeles porque su progenitora no le dejó llegar más tarde de las diez un sábado noche. Al día siguiente se agenció un matarratas y lo espolvoreó a conciencia en el plato de cocido adecuado. Su madre estuvo toda la tarde vomitando y luego toda la noche hospitalizada, tiempo que Siete se pasó llorando, y tras lo cual jamás volvió a ser el mismo. Ahora le puedes ver contando anécdotas de las que se pueden contar, y puedes ver a su novia, que no sabe nada de lo que no debe saber.
Ocho se meó en la cama hasta los veintisiete años. A los veintiocho comenzó a salir con la chica de la que estaba enamorado desde la primaria. Tan enamorado estaba, que decidió contarle su secreto, y dos días después ella le dejó. Ocho se enrabietó y deprimió, y decidió saltar desde un tercer piso, el único modo de llamar la atención o paliar el dolor que se le ocurrió. Ahora todos tenemos que mirar hacia abajo cuando hablamos con él. Es un optimista de manual, y de algún modo parece sagrado respetar eso, al menos en su caso.
El pene de Nueve, dicen, mide treinta y un centímetros, además de ser grueso como el brazo de un bebé. Al parecer la confirmación llegó cuando, durante una borrachera en una fiesta, decidió sacárselo fuera, y aun en reposo no cabía duda de que aquello era un paisaje africano. Nueve no era africano, eran tan blanco y convencional como la leche de vaca. Lo que se cuenta es que, además de tocar el piano o hasta el xilófono con la polla, una vez desgarró el ano de una oveja en la granja de su abuelo. El animal no dejaba de sangrar, y el padre de su padre comenzó a hacer preguntas. Ahora Nueve se bebe un chupito con cinco colegas, ha engordado unos treinta kilos, y la broma recurrente trata sobre el único gordo que puede verse la polla.
Diez te sonríe y cambia de tema cuando no le has hecho la pregunta adecuada. O incluso cuando surge un tema que de forma indirecta podría acabar desembocando en su glorioso pasado. Diez hizo realidad la pesadilla recurrente sobre darte cuenta de que estás desnudo en medio de clase, delante de los abusones, delante de la chica que te gusta, delante del profesor y delante de todas esas bocas con la habilidad de transmitir la palabra. Su anécdota cruzó fronteras, al menos a nivel local (no había internet), quizá por ser lo suficientemente humillante pero no tan grave como para no comentarla incluso en familia. La gente se suele unir en la humillación, suelen acordar cuándo algo no es para tanto. Luz verde para dar detalles y nombres. Diez tenía catorce años y se había quedado en la cama ese día, mocos y fiebre. Su padre estaba en el trabajo y su madre había salido de compras. Diez era el sonámbulo más hábil de la ciudad. Tanto como para abrir y cerrar puertas, y también para caminar tres manzanas desnudo hasta su colegio, hasta llegar a su pupitre, y hacer que no pocos se preguntaran por qué siendo tan habilidoso, no había automatizado aún lo de ponerse al menos los calzoncillos.
Lo que por algún motivo no fue tan comentado a gran escala, es que Diez se coronó pisando el reformatorio. Tras tres meses de bromas y humillaciones, empujó a un chico del barrio en el lugar y momento adecuados. La cabeza del muchacho pareció reventar como una calabaza en la zona de la nuca. Cayó de lleno y con mucha fuerza sobre la esquina de una escalera. Tras una larga y poco provechosa pesadilla médica, quedó ciego y con un estridente defecto en el habla. Encontraron su cuerpo frío e inerte no mucho después (bañera, cuchillas), tras el oportuno silencio de su novia, así como de básicamente toda su vida social.
Once fue miembro activo de una secta. Se unió a ella casi desde el principio. Los preceptos de esa nueva comunidad nunca estaban claros. Sobre todo se dedicaban a hablar mal del resto de las comunidades. Ideología por confrontación. Religión por oposición. Autoconfirmación por la vía del aislamiento. Era, como todas las sectas, un hervidero de filosofía barata, oraciones inconcretas y lemas de batalla o autoayuda. El motor principal era el odio y la frustración, pero se disimulaba con una buena dosis de pseudo budismo. No era de extrañar que ciertas personas entraran a una habitación y, al ver a diez fulanos vestidos igual y en silencio, quedaran totalmente impresionados. Así de fácil puede llegar a ser. “Esto no es como el ruido de ahí afuera”. Y todos comenzaban a decir lo mismo y con el mismo tono. Para el militante, el peligro está en la variedad, a veces de gustos y a veces de opiniones.
Tras dos años en la comunidad (o comuna), Once se vio un día frente a una hoguera con un bebé en brazos. Nadie hacía preguntas. Todo el mundo (más de cien personas) permanecía en silencio, o en su defecto se oían siseos, rezos aparentemente arbitrarios. Se le dijo a Once que no soltara al bebé, pero que necesitaba una de las dos manos para el cuchillo.
Al parecer aquello era una prueba, y él no la superó. Comenzó a hacer preguntas, como: ¿de quién es el bebé? Comenzó a cuestionarse los nuevos métodos y quién los decidía. Luego comenzó a gritar, sobre todo cuando dejó el cuchillo a un lado y al bebé en una mantita en el suelo, y vio que al menos cinco personas se le echaban encima. Salió corriendo de allí, corriendo hasta el borde del infarto. Hacía años que no practicaba ningún tipo de deporte o ejercicio, se sentía gordo y se veía muerto.
A los pocos minutos, llegó a un claro y se dio cuenta de que estaba solo. Y de que tenía el cuchillo clavado en un omóplato.
Un año después vio por televisión cómo se detenía a varios miembros de la secta. Cambió rápido de canal, antes de que voz alguna comenzara a recitar los logros de su ex comunidad.
Doce decidió aprender a fabricar explosivos. Es el que acaba de salir del lavabo con la bragueta abierta. Se llega hasta la zona de las bebidas y comienza a hacer preguntas, comienza a exigir, ahora todo debe saberle a poco. Estuvo en una suerte de grupo “anarquista” que pretendía tender una red de influencia para intentar minar las grandes franquicias. Al principio se manifestaban, pero la gente que quiere cambiar el mundo a corto plazo acaba haciendo prácticas de tiro tarde o temprano. Le puedes preguntar lo que quieras sobre el mercado negro, sobre cualquiera de ellos. Tiene un doble discurso sobre cómo dejó atrás todo eso: primero se avergüenza, luego parece echarlo de menos. Colocaron una bomba en cierta tienda de ropa. Pero no tenía el radio de acción suficiente como para mandar mensaje alguno. Una señora mayor acabó caminando aturdida mientras le pitaban los oídos, se derrumbó al darse cuenta de que había perdido el brazo izquierdo. Doce siempre dice que él estuvo allí. Nadie dice creerle, pero nadie le lleva la contraria. Nadie quiere profundizar.
Después de eso el grupo se disolvió; falta de estómago, alega Doce. La señora sobrevivió gracias a la rapidez de los servicios de emergencia. Los medios cubrieron parcialmente la noticia; perdieron interés cuando comprobaron que no había dioses de por medio: sólo personas.
Trece ha salido libre hace no mucho. Nació y creció en Estados Unidos. En el instituto se hizo amigo de dos chicos callados y convencidos de lo que querían hacer. Trece, a las once de cierta mañana, y tras empaparse de información sobre como atrancar puertas y básicamente blindar un edificio, fue salida por salida haciendo su trabajo. Para cuando llegaron sus colegas, armados hasta los dientes, sólo quedaba fortificar la puerta principal. Llevaba incluso un soldador. Se quedó unos cinco minutos fuera, mientras dentro todo estallaba. Había hecho un buen trabajo; alumnos y profesores comprobaban con horror que no había salida; no a menos que fueran lo suficientemente rápidos a la hora de romper cristales que no eran nada fáciles de romper. Sus amigos, cuando se cansaron o se les acabó la munición, lamieron el frenillo a sus escopetas.
Catorce te mira desde el fondo de la barra libre. No logra seducirnos a todos, pero al menos a la mitad. Luce una barba no poco frondosa, es fibroso y bien plantado. Viste de blanco y dicen que tiene un plan. Se dice que le enjuiciaron y le torturaron, pero aquí nadie sabe bien por qué. Muchos son los que hablan en su nombre. Hay quien asegura que le extirparon los genitales. Otros dicen que es todo lo contrario, que los tiene bien puestos, y que incluso llegó a organizar orgías. Se le ha visto vagar por los pasillos de Ikea con aire melancólico. Se le rumorea un trauma zoofílico relacionado con su madre, pero nadie la ha visto entre el porno más repugnante de internet. El único modo de irritarle es ofrecerle vino. Cuando llueve, sonríe, y la mejor leyenda cuenta que una vez se llevó una pistola a la cabeza, apretó el gatillo, y al día siguiente se le vio comprando un mueble Hemnes con vitrina coloreada.

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Mr. Brainwash

Avistamientos Lolita

Bienvenidos una vez más a la sección más popular de esta revista. Ya sabéis, esta es la sección en la que podéis desfogaros. Por la que nos reunimos y discutimos para poder contestaros, aplacar vuestros miedos y ofreceros algunas respuestas.
Este mes, como siempre, ha habido muchos avistamientos. Tantos, que ya sabéis que no podemos contestaros a todos. En cualquier caso, esperamos que la selección realizada os pueda servir a la mayoría. Empezamos.

Mequetrefe_82 nos pone en marcha con su correo. Ha descubierto que la hija del dueño de su cafetería habitual parece tontear con él. Le calcula unos dieciséis años (como máximo). Habla de «Insinuaciones claras», «Posturitas mono-direccionales», y hasta «Un guiño mientras mascaba chicle»…
Amigo, estás ante una clásica “rompe-anillos”. No has comentado nada acerca de su físico, lo cual nos ha preocupado aún más; cuando eso pasa es porque la atracción es demasiado obvia para mencionarlo. Dices que tienes tres hijos y que quieres a tu mujer. No te preocupes.
Lo primero que vas a hacer es dejar de frecuentar ese sitio. No siempre se tiene el lujo de poder evitar a la Lolita en cuestión. Pero tú puedes hacerlo. A medida que pasen los días, dejarás de pensar en ella, y los daños colaterales que suelen causar sin querer este tipo de niñas (deserción del matrimonio, visitas a burdeles, divorcios repentinos…) también serán posibilidades cada vez más remotas. Ánimo, tu situación está en una primera fase fácilmente reculable, no es tan grave como crees.

Amigo_de_Satán nos hace llegar un correo extenso y alarmante. Nos describes con pelos y señales a esa hija de tu novia. Dices que llevas cuatro meses masturbándote con los ojos cerrados. Que cuando haces el amor con su madre sufres gatillazos si no consigues convencerla para apagar la luz. Incluso sabes que la muchacha (quince años) hace poco ha comenzado a salir con su primer novio…
Esta es una historia clara de llana obsesión, obcecación pura y dura. Para empezar, debes plantearte si la relación con esa mujer la sostienes por algo más que el hecho de que su hija se haya convertido en tu avistamiento diario. Si crees que ya nada te gusta de ella (de su madre), deberías plantearte el cortar y seguir tu camino. Es aconsejable, en todo caso, que dejes de seguir a la niña con el coche (por muy cauto que seas). Un hombre de cuarenta y cinco años aún tiene mucho recorrido, eso no debería preocuparte. Al paso del tiempo tu libido se buscará la vida, y tú podrás volver a ser el hombre equilibrado y sensato que en tu correo nos dices que siempre has sido antes de esa Lolita. Un abrazo y ánimos.

Profesor_Daño. Tu caso ha provocado acaloradas discusiones en la redacción. A saber. Tu Lolita: catorce años, propensa a seguirte, sin vergüenza para ir a por ti, busca el contacto, se te acerca, te vigila, te espera en el portal cuando llegas del trabajo, un día se pone ante la puerta de tu casa y te dice que no te dejará entrar si no le das un beso con lengua. Etcétera.
Añades además que parece mucho mayor de lo que es, y que aunque al principio no te llamaba la atención, ahora sientes «Algo parecido al enamoramiento».
Bien. No te sientas como un cerdo, no tienes más que hacer caso omiso de sus provocaciones. No sabemos si la chica se cuela en tus fantasías masturbatorias. De ser así, siempre es mejor eso que acabar haciendo caso a la Lolita. Siempre evitando el contacto físico, puede ayudar que te muestres “tosco” con ella, que la rehuyas, que entienda que nunca formará parte de tu vida. Ese sentimiento de protección (romántico) que comienzas a asociar con la muchacha, se irá conforme ella se deje ver menos. Intenta que poco a poco se aleje de ti. No te quedes ambivalente ni le devuelvas los saludos. Evita a toda costa las sonrisas (ver las suyas y mostrar las tuyas), y construye un muro de Edad con el que ella tope hasta aburrirse de la situación. Con todo, no deja de ser una cría. No desfallezcas. Actúa.

Alférez_K. No lo pienses más. Pide asistencia. Busca ayuda profesional presencial.

Faisán_76. Tu caso es particularmente complicado. Nos hablas de esas hijas gemelas de tu jefe. De que se pasean a menudo por el taller en el que trabajas. Dices que empiezas a tener erecciones difícilmente disimulables. Repites una y otra vez que no vas a hacer nada, pero que no te gusta la situación…
Has hecho bien en escribirnos. La clase más peligrosa de avistamiento son las Lolitas Satélite. Esas niñas que pululan en tu entorno diario, que no necesariamente se acercan o te hacen caso, pero que se acaban metiendo en tu mente y tu bragueta de un modo tan gradual como peligroso. Si algún día una de ellas se dirigiera a ti, toparía con alguien que quizá esté ya en su límite, y no se sabe en qué puede acabar el asunto. Es particularmente significativa además (en este caso) la cuestión de la edad. Ellas quince, y tú treinta y dos y recién casado. Una diferencia complicada. (De todos modos, el hecho de que hayas tenido hijas gemelas hace un año no creemos que tenga nada que ver con lo tratado aquí, así que no te preocupes.)
Le hemos dado varias vueltas a tu situación. Suponemos que recurres a la masturbación (aunque alegas cierta obsesión amorosa por ambas). Deberías mantener pues la imagen de esas niñas en tu plano de fantasía onanista, y no dejar que la ficción se apodere de la realidad. A menudo hablas de lo fácil que sería para ti engatusar a una de las dos. Obviamente eso no ayuda, tendrás que negarte esa habilidad para con ellas. Tampoco ayuda el hecho de escribir sin parar esos relatos de “ficción” en los que haces tríos y practicas todo tipo de actividades sexuales con las muchachas; cierto es que eso seguro forma parte de tu fantasía onanista, pero sería mejor que fueras dejando esa faceta de escritor poco a poco.
Por lo demás, sólo te podemos decir que evites hundirte aún más en la nube rosa de las Lolitas Satélite. Prueba cosas nuevas con tu mujer, intenta añadir picante a tu vida sexual. Pon tus erecciones en otra dirección. Y, honestamente, si la cosa no va a mejor, quizá deberías plantearte el dejar ese trabajo. Te deseamos toda clase de suerte.

Ramiro_Oral. Si está embarazada, debería ser ella quien tenga la última palabra.

Amable_69. Tu texto es desconcertante. Te afanas durante líneas y más líneas en describirnos que el tacto de cierta Lolita te ha trastocado; «su piel de melocotón…», «la suavidad de sus delgadas caderas…». Etcétera. Y acabas diciendo que no has tenido relación física alguna con ella. Te contradices cada dos líneas y nos confundes con diatribas sobre «lo frustrantes que son los condones asociados a las menores de edad».
Sencillamente no sabemos qué decirte porque no hemos entendido nada. Pero si es lo que imaginamos, es mejor que no nos vuelvas a escribir…

Osmosis_Pollo. Tu correo es la Historia Complicada por excelencia. La que aúna parentesco, amor, sexo, pederastia potencial, Lolitas Satélite, lagrimas, semen…
Así que, tú veintiséis y ella (tu prima) trece. Y te empeñas en aclarar cada dos por tres que casi catorce, y que su cuerpo es como mínimo el de una de quince. Aseguras que la quieres más que a tus padres o tu hermano. Más que a ti mismo. Y nos escribes esta carta después de que ella se haya dormido sobre ti en el sillón del apartamento en la playa de tus padres. Hablas de su escote, de tetas en general y de un irrefrenable sentimiento; «He sentido que podría parar un tren con mis propias manos…».
Lo cierto es que tu correo nos ha impactado por lo tierno, por lo sincero de cada una de tus líneas.
Hasta que…
… has “insinuado” que «quizá» mientras ella dormía sobre ti, has metido la mano derecha bajo sus bragas: «He pasado un dedo por encima de su rajita y enseguida he sacado la mano».
Tienes que saber que, durante ese instante, has cruzado la línea que hay que evitar cruzar. Todo ese “amor” puede confundirte. Y lo peor, puede ser una autojustificación inconsciente para lograr algo que sabes prohibido.
Hay una serie de cosas que tendrás que evitar hacer (o volver a hacer) si quieres evitar líos que podrías no poder afrontar. Sabes perfectamente cuáles son. (Las cárceles están llenas de “enamorados”.)
Antes de nada, obviamente no puedes volver a tocarla de “esa manera”. La entrepierna de una niña de trece años es veneno para cualquier adulto. Por otro lado, al ser tu prima, eso la convierte en tu Lolita Satélite. Además ella te quiere (o eso cree ahora). Además reconoces que ya te has tocado varias veces pensando en ella. Y además lloras por las noches si ese día no has podido verla o hablar con ella…
(Resoplido y encogimiento de hombros colectivo en toda la redacción.)
Lo cierto es que, pese a todo, para ser un hombre no pareces una mala persona. Pero, por mal que nos sepa, hemos de decirte que estás en medio de un lío de narices. Algo que probablemente sólo se resolvería con la desaparición de la susodicha Lolita. No hemos sabido orquestar un plan de acción que pueda darte esperanza. La verdad es que has nutrido nuestro buzón con una gran historia, y esta va a ser una de esas veces en que bajamos los brazos y nos rendimos a la evidencia (sea cual sea). De momento, lo único que te queda es sufrir. Sufrirás.
Sólo esperamos que puedas controlarte. Que el tiempo pase. Que seas capaz de contenerte.
Muchos ánimos. Lo sentimos. Y estamos contigo.

Surfer_Ro. Eres claramente un cerdo, y en nombre de nuestra becaria de recepción, te agradeceríamos que dejaras de escribir a esta sección insinuándote, y por supuesto que cejaras en tu empeño de enseñar tus partes a cada chica de la empresa que sale del edificio.

Ulises_Paj. Estoy felizmente casada, Ulises, y esta sección está dedicada tan solo a los avistamientos. Me “alegro” de que hayas descubierto que soy yo la que redacta esta sección (aunque sea un trabajo en equipo), pero agradeceríamos que no vuelvas a contactarnos si no es para una consulta seria.

Bola_12. Déjala en paz. No hay ambigüedad en tu caso. Sabes que hace ya mucho tiempo que se comenzó a legislar teniendo en cuenta que muchos hombres sois como niños, y en esta revista hemos intentado ser duros pero justos. O debería decir duras…, teniendo en cuenta que la mayoría en la redacción somos mujeres. Pero nunca creas que eso te da derecho a cruzar la línea. Se puede ser débil y a la vez un delincuente sexual, es perfectamente compatible. Si no frenas, dentro de poco estarás a una sola llamada de tomar café con un abogado de oficio.

Oropel_Pel. Oropel, tu historia con las Lolitas en Sonora nos desconcierta. Teniendo en cuenta el contexto, pasaremos por alto algunos de los comportamientos que has descrito con tanto detalle (y parece que también deleite). En todo caso –y aun a riesgo de que sólo seas un pajero que se excita explicándonos una historia– el lector ha de saber que esta revista ha contactado con la policía por tu caso.

Lapizero_Jack. Lapizero nos hablaba de su hermana menor. Leímos su carta a principios del mes pasado. Ahora Lapizero va a cumplir sentencia (28 años) en la penitenciaría de Periferia. El lector de esta revista, inteligente por definición, podrá llenar los espacios en blanco.

Arrimetalosauriopía_Pomolateraliporetmelioperactomía. Gilipollas.

Tizón_Tato. Algunas hemos llorado con tu carta, pero igualmente vas a ir a la cárcel, Tizón. Bienvenido al ya viejo siglo XXI.

Toni_Palangana. Simplemente no se puede confundir a una niña de doce años con una de dieciocho, Toni.

Pelele_Ñe. Un equipo de decodificación lingüística ha conseguido descifrar tu galimatías. No entendemos por qué has hecho eso, y menos teniendo en cuenta lo aburrida (disculpa) que era tu carta. Si la chica tiene diecinueve años y tú treinta y uno, es bastante probable que ella ya sea más inteligente que tú (disculpa), así que tú mismo…

Ñoco_Dos nos escribe sobre un caso complejo de Lolita Satélite a dos años de la mayoría de edad. Ñoco, dos años pasan más rápido de lo que crees, y aunque dices que tú tienes «sólo veinticinco», aquí nadie se lo ha creído. Ya no estamos a principios de siglo, ya hemos entendido que la naturaleza hace a las mujeres mujeres antes de lo que dictamina la mayoría de edad legal, y que por tanto pueden llegar a ejercer una gran atracción por estar su cuerpo mejor preparado que nunca a los quince, dieciséis o diecisiete años para un embarazo (etcétera), pero ya sabes cómo son las cosas. O más bien cómo siguen siendo. No morimos a los treinta años, Ñoco (y no importa que el hombre en la edad de piedra sólo viviera unos treinta), de hecho ya no es raro superar los cien, y no hay nada malo en marcar ciertos límites. Si es verdad que tienes la edad que dices tener, es mejor que esperes, aunque algunas compañeras aquí no creen que aún no la hayas tocado. De hecho sospechamos que tu carta está muy maquillada, disfrazada de algo mucho más amable de lo que debería ser. Si no es así, disculpa. Si es así, cuidado, Ñoco. Cuidado.

Operantonio_Rastaplov nos dice que es un buen hombre. Que tiene dos hijos pequeños (ocho y tres años) y que está casado desde hace diez con su mujer. Operantonio, no entendemos tu correo, y sólo lo contestamos porque creemos sano contestar todos los que no es posible contestar. Pero no nos describes nada más que fines de semana felices y juegos inocentes con tus críos. Una de nosotras ha dicho que puede ser posible que hayas hecho algo horrible, y que el solo hecho de mandar el correo aquí, aunque sin contar nada relevante, ha podido suponer un pequeño alivio para ti. Si es así, te animamos a que nos vuelvas a escribir y nos hables de tu posible avistamiento. Tenemos curiosidad (y, lo reconozco, un poco de miedo…).

Exetereo_Lumpa es un tío muy de los de antes. Hicimos unas llamadas. Su abogado nos ha contactado para decirnos que –pese a sus esfuerzos por convencer al juez de que coleccionar fotos de menores en la piscina es antropológicamente justificable– Exetereo va a ser otro inquilino para la penitenciaría de Periferia; porque Extereo, además, tenía encerradas a dos niñas en el sótano de su casa desde hacía un mes. Gracias por abrirnos tu corazón, Exetereo… (Que sepas que aquí somos muy fans de tu nombre…).

Umero_Idra, hacía tiempo que no nos llegaba un correo como el tuyo, rico en detalles y a la vez vacío. Tu convencimiento de que somos nada más que una rama de la policía que se dedica a cazar «villanos machistas y pederastas» es enternecedora. Así como también lo es que creas que yo en realidad soy un fornido agente con bigote que se hace pasar por «feminista mediática». Nuestro tono ocasionalmente amable no es una fachada, como tú dices, sólo es la última parada en la línea de la Comprensión de las mujeres respecto a la naturaleza depredadora de los hombres. Alejando cualquier tentación de lo que tú llamas hembrismo, nos estamos esforzando, Umero; a veces contenemos el aire y contamos hasta diez antes de contestar vuestros correos. Y en cuanto a lo de esa chica que mencionas que tiene diecisiete años, nos jugamos la empresa a que es mentira. Suenas demasiado aburrido y siglo XX para que tu naturaleza pueda expresarse libremente, ya sea para bien o para mal.

Carestio_Lestiopartesia. Las Lolitas Satélite, Carestio, no lo son adrede. Tienen la misma culpa de serlo que un árbol de ser árbol. Seguro que el chocolate te gusta mucho, Carestio, pero sabes que si te pasas comiéndolo puedes enfermar. Todo aquello que nos hace sentir bien necesita cierto Control. El exceso, tan malo como la carencia o más, es fácil de detectar. Puede que no de entrada, pero sí cuando goza de cierto recorrido. Las Lolitas Satélite son como mucho un regalo para tus ojos, no para tu entrepierna; eso es lo que algunos no entendéis. Creéis que la gente que no duda en controlarse no fantasea; os equivocáis. Ese ente llamado matrimonio es el mayor carnívoro abstracto de jovencitas; si el matrimonio estuviera exento de fantasías empezaría a cojear hasta derrumbarse. Pero sólo son eso, Carestio, fantasías. Porque en la realidad todo colapsa cuando uno quiere atrapar una. Seguro que has visto a esos tíos con pasta que llegan a los sesenta; seguro que los has visto siempre con una mujer al lado, una que nunca envejece, porque es cambiante y nunca pasa de determinada edad. Esa es la única mujer que os interesa a algunos de vosotros, Carestio, pero eso no es una mujer, sino una idea. Por lo general, una idea con muchas lagunas argumentativas. Si es o no una mala idea, está en tus manos decidirlo. Cuando esa chica de la que nos hablas cumpla dieciocho, quiero que reflexiones en serio, porque no se va a quedar ahí, va a cumplir más años, y en la redacción estamos bastante seguras de que esto no trata tanto de esa chica como de tu mujer cercana a los sesenta. Los tíos que babeáis así, creéis que habláis de la vida, pero en realidad sólo mostráis vuestro terror a la muerte. No sois los más conspicuos amantes, sino los más enrevesados perdedores.

Hasta aquí la sección de diciembre. Esperamos haberos ayudado. Recordad esos mantras que siempre os repetimos. Recordad no confundir las piernas de una mujer con el monumento histórico de una ciudad en la que sois turistas.
Aunque ya casi nos hemos rendido al respecto, os animamos también a las mujeres a escribirnos.
Desde la nube que ha decidido que la lluvia sólo caerá con moderación sobre los justos, os decimos: ¡¡FELIZ NAVIDAD, y prudencia con las Mamá Noel del mundo!!

Classic-Detail

Animales

Los animales me son indiferentes. Con esto no quiero decir que me parezca bien que los maltraten, o que me gusten las corridas de toros. Quiero decir que me son indiferentes; como la moda, el curling o la cocina moderna. Como la vida sexual de los demás o si el tío del telediario lleva peluquín o no. A priori, los animales me importan un carajo.
De crío incluso me daban un miedo atroz, sobre todo los perros. Ahora no es así, aunque cuando me cruzo con alguien que pasea al suyo, no es difícil que dé un rodeo o me cambie de acera. A menudo me imagino una mordedura grave e inesperada, y a su dueño disculpándose y diciendo que su querida mascota jamás ha hecho algo así. Sí, pero ahora yo tengo que ir a urgencias.
Los animales me son indiferentes, y no quiero que se confunda esta insistencia con una contradicción. ¿Si te son indiferentes por qué piensas tanto en ellos? Puedo estar horas pensando en cosas que me son indiferentes, tengo ese músculo más que desarrollado. He madrugado durante AÑOS para ir a sitios a pensar en cosas que me eran extremadamente indiferentes. He ido al colegio como todo el mundo, he tenido trabajos grises hasta la extenuación. Puedo hablar un rato de lo indiferentes que me son los animales sin que se me caigan los anillos. Puedo hacer esto y luego pasar a otra cosa sin problema.
Tu gato me es especialmente indiferente. Tus peces me parecen cuadros horteras a los que hay que dar de comer. Y no hablemos de los animales exóticos, los que tienen los que dicen amar tan especialmente a los animales. Los que no pueden amarlos sin hablar o enseñar cuánto los aman. Parece un amor sospechoso, interesado, o producto de vete a saber qué disfuncionalidad emocional.
No tiene por qué ser así, claro, seguramente la mayoría de veces esa expresión es totalmente inocente o producto del aburrimiento. Pero eso no hace que todos esos bichos me importen más.

No compréis perros. Id a una perrera y adoptad al chucho más viejo y feo.

Los animales me son indiferentes. Hay tantas cosas que me son indiferentes. Millones. En muchas incluso coincido con las que les son indiferentes a los amantes teóricos de los animales. Incluso los que no dejan de sacar pecho animalista y decir que los animales son mucho mejores que las personas. Es verdad, las personas tienen la manía de no a ir por el palito y traértelo moviendo la colita. Y que lo del armario, Ricky Martin y la nocilla sea mentira, no quiere decir que siempre lo sea. Los animales son mejores que las personas, sobre todo los gatos, que ni hay que sacarlos a pasear, con su indiferencia hacia las personas a menudo tan intensa como la mía hacia ellos.

Mi indiferencia es mi acto de amor hacia los animales. El mejor del que soy capaz.
Lo cual no quiere decir que nunca me haya encariñado con un animal, o que mi indiferencia sea lo único que me define. Ha habido perros y gatos (ajenos) hacia los que he sentido cariño. Y bebés. Y plantas. Y un pisapapeles que anda cerca de mí desde que tengo uso de razón, o lo que sea que tengo yo. La verdad es que soy un sentimental, aunque sea desde la indiferencia, me doblego fácilmente, pero nunca me verás salir a las cinco de la mañana de casa con un chandal gris a pasear a ningún perro con nombre de personaje de dibujos animados.
Conozco mis limitaciones. Los animales me son indiferentes que te cagas, pero sé de la responsabilidad que conlleva vivir con uno.

De tan indiferentes como me son los animales, casi se me pone la piel de gallina. ¿Será una tara? Pero luego pienso en la gente que los abandona en verano, y me como un yogur. La indiferencia no es ni de lejos la peor forma de hacer las cosas. Ni siquiera el inmovilismo. Sin hacer nada, ya me he portado mucho mejor con los animales que millones de personas que han convivido toda su vida con ellos. Que los han convertido en armas, que los han utilizado, que los han maltratado para acostumbrarles a hacer un truco de mierda en el circo o para youtube. Podría seguir así durante páginas, hasta que una foto mía en la playa sin ningún perro peludo otoñal te pareciera más atractiva que la del guapo random sonriente con su perro de raza tan guapo como él, ambos corriendo descalzos por la orilla, pensando en vete a saber qué chica despistada que pretenden atraer por la vía del romanticismo animalista.
Es sólo una opinión personal, pero cuanto más gordo sea el jersey del guaperas, cuanto más cuidadamente descuidada lleve la barba, y cuanto más bonito y juguetón sea su perro, menos deberíais fiaros.
Lo bueno de ser tan indiferente, es que sabes diferenciar muy rápidamente la vida de un anuncio de colonia. Aunque folles mucho menos que el idiota del perro. Y no intento insultar al perro, que conste que el perro me da igual, incluso aunque también folle más que yo.

Era una tarde de verano, de las que no entiendes cómo demonios a nadie le puede gustar el verano. Aunque a decir verdad, tengo una relación de amor/odio con el calor. Hay un componente masoquista que me atrae en lo de salir a las cuatro de la tarde a pasear. Puede que sea la carencia de gente por la calle, nadie te incordia, todo el mundo tiene demasiado calor para entrometerse. Si tienes que llevar algo muy importante de A a B y tienes que hacerlo andando, ve a la hora de la siesta.
Eso hacía yo. Pero no llevaba nada, sólo paseaba sin rumbo, perdido a varios niveles. Llevaba una gorra beis en la que acabaría dejando un cerco de sudor en la parte frontal. La empapaba en las fuentes y seguía mi camino. Sudaba a chorros, la camiseta comenzaba a tener lamparones húmedos, incluso los tejanos cortos se me humedecían en la zona de la entrepierna. El hombre del siglo XXI, soltero bien pasados los treinta, indiferente y vagamente masoca, sólo accidentalmente amoroso. Metiendo barriga si me cruzaba con alguien, levantando la barbilla. Yo esto lo hago todos los días. El sudor traspasando mis cejas y haciendo que me escocieran los ojos. Me quitaba las gafas y las limpiaba con la camiseta. No acaba de llegar la tercera guerra mundial. El hombre sin propósito, demasiado bien alimentado, demasiado relajado, buscando quizá una insolación. La gorra pidiendo auxilio, la cara de pan, la necesidad de un afeitado, las piernas no poco musculadas debido a mi odio al coche. La depravación mental. Un lunar en la mano izquierda y una polla de dieciocho centímetros infrautilizada.
¿Y no era la vida maravillosa?
Seguía mi camino, ninguno en concreto, pero más o menos siempre el mismo. Comencé a bordear la vía, en las afueras, cerca de una zona residencial. Me gustaba ver pasar el tren, ser ese tío que ve la gente que va a algún sitio de verdad. No les saludaba con la mano, a veces les hacía una foto con el móvil. ¡Fijaos, soy mortal como vosotros!
Estaba como siempre en ese momento, algo aturdido, pero satisfecho, no sé si feliz. Quizá era el colocón de sol, un exceso de vitamina D, el proceso del moreno accidental, brazos rojos y hombros blancos como la leche.
Miraba hacia a un lado y hacia otro, y vi a un perro vagabundo. Caminaba por en medio de la vía. Estaba visiblemente desmejorado, más bien como si hubiese sobrevivido a un atropello. Cojeaba y parecía húmedo o con el pelo demasiado pegado (¿los perros sudan?). Y no se salía de la vía. Pisoteé fuerte el suelo para asustarlo, los trenes pasan algo así como cada diez minutos. Pero no advertía mi presencia. Parecía de vuelta. Había tomado la vía por su camino de baldosas amarillas. Si hay algo que me irrite, es que me saquen de mi letargo personal, que me empujen momentáneamente fuera de mi zona de confort basada en la indiferencia. Me cabrea, porque me veo obligado a hacer algo al respecto.
Caminé hacia el chucho mientras comencé a oír la vibración del tren a los lejos. No podía verlo por el ángulo y la curva, por los cerros y el terreno accidentado, pero sabía que venía, como siempre. Aun así, tenía visibilidad como para no encontrarme el morro mecánico de golpe, así que fui hacia el animal, lo cogí (no sin cierto reparo), y lo aparté de allí. El tren pasó con normalidad y el chucho y yo seguimos con nuestra vida, al parecer bastante parecida.

Aquel día volví a casa sintiéndome orgulloso. Tenía una buena anécdota para contar, aunque pensé que contarla me haría quedar como un capullo. La gente que cuenta sus batallitas heroicas, aunque sean minúsculas, raramente lo hace porque sí. Quieren que sepas sobre su humanidad y bondad, sobre todo lo que ellos hacen por los demás, a veces incluso sin dinero de por medio. Esos santos modernos, coronados en Twitter y brillando en Instagram. No quería parecerme a ellos. Decidí que no hablaría sobre el tema, a no ser que el hecho de hacerlo encajara en la conversación como una maquinaria perfectamente calibrada.

Esa misma noche tenía una cena. Un amigo y dos amigas. Una especie de salida de parejas no reconocida. No es el tema. Las dos chicas eran conocidas recientes, y el chico era amigo mío de hacía muchos años. Quedamos en la entrada de un restaurante vegetariano. La clase de ideas que yo no tengo.
Cuando ya estábamos todos, entramos, y me dio las sensación de que aquel sitio olía a pedo. Una dieta basada en lechuga y la flatulencia posterior. Supongo que se estaba cociendo algún tipo de legumbre.
Una de las chicas era vegetariana o vegana (no me quedó claro con sus explicaciones), y le encantaba el sitio. Como omnívoro de manual, para mí aquello era el reino de las limitaciones, el paraíso de las líneas rojas. Entendía el conflicto, sabía que había imbéciles en ambos bandos: veganos que respiraban superioridad moral, y también omnívoros que eran incapaces de respetar la elección alimentaria de los demás.
A mí, obviamente, lo que come o deja de comer la gente, me importa tres huevos y la gallina.
Lo que más me importaba aquella noche no era la cena, eran las perspectivas. Me daba igual quién fuera vegano u omnívoro o quién le hubiese cogido el gusto a follar con cadáveres. Todo eso no era asunto mío.
Excepto que cometí el error más básico, hice el pardillo, perdí otra oportunidad de oro para callarme. Y no sólo eso, encima me sinceré.
Lo hice porque una de las dos chicas me gustaba (la omnívara, en concreto). Olvidé que la sinceridad no suele funcionar en grupos; si lo hace funciona como mucho entre dos personas, y no siempre.
Hablé de mi indiferencia respecto a los animales. No me supe explicar, o quizá me expliqué demasiado bien, no lo sé, pero mi Verdad cayó como una bomba, y la conversación se comenzó a ramificar hacia temas de increíble complejidad, con los que la chica no omnívora siempre tenía una teoría cerrada, una respuesta que hablaba indirectamente maravillas de ella y decía cosas horribles de todos los demás. Su único punto de autocrítica tenía que ver con su pasado, con lo tonta que decía haber sido en el pasado, por habernos hecho caso a todos. Y no sólo con el tema alimenticio. Desarrolló su propia teoría feminista, arrasó con todos los omnívoros, con todos los hombres y después con todas las mujeres que no pensaban igual que ella. La mayor parte del tiempo me miraba a mí cuando hablaba.
El rescatador de perros. Debería haber sacado el tema de un modo u otro, es la forma de tratar con ciertas personas. Pero ya era tarde. Me encorajiné e intenté dar otro punto de vista. Dije muchas cosas y muy atropelladas, y también que somos una mota en el orden de las cosas, somos animales, nos equivocamos, y probablemente nuestra naturaleza nos condiciona, incluso aunque trabajemos el músculo de la conciencia.
Según la no omnívora, lo mío eran todo excusas.
Hizo un silencio, y después se levantó y se fue. Su amiga dudó unos instantes, y se fue tras ella. Mi colega dijo:
–Gracias, de verdad.
–De nada.
–No lo decía en serio, joder.
–…
–…
–Esta tarde he rescatado a un perro.

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Destrucción Mutua Asegurada

1 – Naturaleza
Estaba en los veintitantos, recién instalada en un piso con otras dos chicas. Piso compartido e instalada no solo en ese piso, sino también en la edad que la gente considera ideal. Joven y rubia natural, y con un moreno no de los que empiezan a dar grima, sino que, al contrario, le confería una imagen de salud y belleza, como si el plan de la naturaleza fuese preñarla una y otra vez. Y lo era. Con esa delgadez relativa, donde las curvas también tienen cabida, donde la carne –y no solo los huesos y los tendones–, es lo que ves en mejillas, brazos y piernas, y donde tetas y culo están presentes de forma proporcionada y hasta desquiciante para según quién. Recién licenciada en algo aburrido con salidas sobre el papel, trabajando como florero recibidor en un empleo gris pero aceptable sobre el papel. Su camino profesional era engañoso, ya que en realidad era una persona creativa, ingeniosa, con talento, imprevisible, una persona que llevaba a cabo a su pesar tareas de autómata, como tantas otras, pero que luchaba (cada vez un poco menos, como dicta la norma) por no morir en vida.
Así que: especial por dentro y responsable –del modo que los demás querían– por fuera. Mágica y a la vez con proyectos «maduros» de marchitarse. Aún brillaba, pero la inercia habitual se encargaría de arrancarle el brillo. Casi seguro. No es algo que pasara siempre, pero es algo que pasa.
Alguien dijo: “Es tan guapa que resulta machista”. Pero fue alguien con determinado sentido del humor.
Otro dijo: “Se apaga, se trata de atraparla antes de que decida tener hijos”.
No lo dijeron exactamente así.
Otro dijo, más o menos: “Se está rindiendo; cuando vea venir los treinta querrá pintar alguna habitación con alguien para un bebé”.
Lo cierto es que se estaba convirtiendo en lo que planeaban para ella, y no en lo que ella planeaba para ella. Tenía veinticuatro años. ¿Veintitrés? ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que decidiese instalarse con un tío y comenzar a interpretar el papel de adulta? Esto se lo preguntaban muchas personas a su alrededor, algunos hasta notar su olor. Tuvo de vez en cuando algún novio, y hasta una relación de un par de años; nada que fuese a aguantar el envite promiscuo, aún bien visto en ciertas edades. Bien visto con comillas, siendo mujer. Estaba básicamente atrapada, meta-atrapada, en su cuerpo, por sus genitales, en su edad, la ignorancia de todo el mundo, la presión. Ella era fuerte, pero el entorno era injusto, arbitrario y cruel. Ella se estaba dando cuenta de que iba por el mismo camino que todos, y a la vez que no quería, y a la vez que no sabía cómo salirse de esa dinámica. Y a la vez que no se imaginaba –no por inercia, al menos– antes de los treinta con ningún “buen tío” en ningún piso mono, forjando una “relación sólida”, camino de una boda para complacer a padres y abuelos.
Camino del bebé de escaparate y las conversaciones sintéticas.
Tenía miedo, se sentía agotada. Y encima su miedo no era nuevo, su agotamiento no era en absoluto original.
Como suele pasar, era cuestión de tiempo que su espíritu cediera. Cuestión de tiempo que, para no tener que aguantar mierda recurrente del entorno, hiciese con su futuro no solo lo que hace la mayoría, sino cuando lo hace la mayoría y como lo hace la mayoría.
Se llamaba Patricia.

2 – Uno
Mientras los políticos discutían, los poetas cambiaban el mundo. Uno lo pensaba, pero no lo escribía. Uno tenía una trayectoria impecable según los criterios hipotéticos de una caja cuadrada de metal. Uno era perfecto en términos de proyección para una cuenta bancaria. Era ideal igual que es ideal un tornillo para la tuerca universal. Pero Uno, al contrario que Patricia, no sabía verse desde fuera. Había dejado de hacerlo desde muy pequeño, o bien nunca había aprendido a hacerlo. Porque Uno era aplicado. Uno nunca, jamás, ni de coña, hacía lo que llaman “perder el tiempo”. No ibas a encontrar a Uno paseando sin rumbo. No ibas a topar con Uno en ningún lugar en el que no esperaras topar con Uno. Si conocías los tránsitos de Uno, podías fingir un encontronazo con Uno cuando quisieras. Los pasos de Uno, o más bien las ruedas de su coche de segunda mano, nunca iban en una dirección que conllevara la más mínima incógnita. Uno actualizaba a menudo una lista de objetivos; los objetivos que los demás habían dictaminado tenía que tener.
Uno, elegante según la opinión de la moda predominante.
Uno, deprimido tras suspender su examen práctico de conducir.
Uno, enfadado cuando le felicitan por aprobar a la tercera.
Uno yendo a recoger su título universitario.
Uno enmarcando.
Uno masturbándose media hora después (ni un minuto menos) de que sus padres se hayan dormido.
Uno haciendo que se le ponga la piel de gallina a un entrevistador en las oficinas de cierta empresa.
Uno creciendo con Dos.
Uno viendo a Patricia cada día de clase. Cada día, su rectitud menguando momentáneamente, a veces durante minutos, flácida y la vez erecta.
Uno yendo al gimnasio para quitársela de la cabeza.
Corre más rápido, coge más peso, aumenta las repeticiones, más, más, más rápido, más tiempo, más duro, mamón.
Uno insultándose en silencio a sí mismo, algo que empezó a hacer a los once años (le quedaron dos para septiembre). Uno en la ducha, ahuyentando pensamientos, cierta clase de inquietud; cierta sensación, como si hubiera otros caminos y el propósito de esos otros caminos pudiera tener sentido; o incluso ser –horror– mejores que el que él, creía, había escogido.
Uno intentando despejar de su mirada el matiz oscuro.
Uno creyendo sólo en la luz y en la oscuridad, apartando abstracciones, procurando no mezclar. Excepto cuando se cuela algo imprevisto en su rumbo.
Mientras los políticos discutían,
los poetas cambiaban el mundo.

3 – Proceso de humillación
Recurrente en los años de crecimiento, le recorría ese sentimiento. Cuando no hacía algo o lo hacía mal, y caía la bronca de turno. O la amenaza de turno. No vas a ser Nadie. De pequeño sólo era el proyecto de Alguien, y si no hacía caso, si no seguía los pasos marcados, si buscaba algún tipo de camino alternativo… no sería nadie. Nada, o bien: un despojo. El futuro se reducía a ser alguien o a algo terrible, ser Nadie, o bien: un desgraciado. Cada tarea era una prueba más de sus supuestas intenciones, el resultado indicaba si iba a ser Alguien o no iba a ser Nadie. La nota indicaba si iba a ser Alguien o iba a ser un desgraciado. Ver la tele era ser un futuro desgraciado; jugando a la consola no iba a ser nadie; salir a jugar al fútbol o a ver a los amigos, era sin duda la ruta directa a hacia la nada. Hacia ser nada más que un desgraciado, un Don Nadie.
De modo que, agotado por este proceso, tomó una decisión. Seguiría la corriente. De pronto cumplía órdenes como un recluta infantil. De pronto los adultos le daban de vez en cuando una palmadita. No le decían que fuese a ser alguien, pero al menos no gritaban, no le amenazaban «por su bien». Así que hacía los deberes, llegaba a la hora, alcanzaba la nota, memorizaba, corría más rápido, dormía más por la noche, hablaba menos, jugaba mucho menos, madrugaba más, cedía, callaba, se mordía la lengua; ejercía el autoapagado, uno a uno, de todos los interruptores de carácter. Para bien, se decía. Aunque él simplemente se sentía, irónicamente, en zona de nadie.
En zona de nadie con casi todos los demás.
Casi nada le hacía prestar atención realmente, aceptó el aburrimiento como el estado natural, adoptó el tedio (y su doma) como permanente estado mental. Hacía algo supuestamente como tenía que hacerlo, y entonces lo único que obtenía a cambio era una no bronca, un no insulto, silencio vacío en lugar de amenazas; y de vez en cuando, algún comentario condescendiente sobre lo mucho que había cambiado, lo bien que se portaba ya, lo buen alumno que era, lo modosito, lo discreto, lo centrado.
El 1984 que todos llevamos dentro.
Centrado.
Esa era la palabra clave. Se había centrado. Bien centradito. Se había acabado la tontería. Ahora era responsable. Un siete, un ocho, un notable, un buen ejercicio, horas de ingerir datos para luego vomitarlos intactos. Nunca había un proceso de digestión, con nada; nada se quedaba en él. Ni una gota de jugos gástricos propios, sólo la sustancia requerida, tragada, y sonrisa, como una actriz porno profesional. Y en eso se convertía poco a poco, en un profesional. Tenía que ser un profesional, un soldado de asfalto, un soldado raso, en formación, impecable, alineado con los demás. Fingiendo el orgasmo. Qué orgullosos empezaban a estar sus padres; cada día era como una jura de bandera, y cada día se ponía a la cola con los demás reclutas, y la besaba, besaba el trapo, mientras sus progenitores sonreían satisfechos; qué tierno es Dosito, qué ideal, sacrificado, pulido, como debía ser. Ahora sí, ahora todo iba bien.

4 – Dos
Incluso lo que llaman adolescencia, hasta eso iba bien para Dos. Al menos sobre el papel. Literalmente sobre el papel. Con el tiempo, sus notas le darían acceso a la carrera que le apeteciera; excepto que no tenía puta idea de cuál prefería, ¿por qué sería? … Pero Dos sí sabía verse desde fuera. Era muy consciente de lo que había hecho desde muy crío. Básicamente asentir, no rechistar, y en cierta medida, competir, aunque sólo fuese consigo mismo. Jugar a batir su propia marca. La sustancia del camino hacia ese objetivo, quedaba atrás. Lo que él pensaba que sucedía, es que era demasiado responsable como para imaginarse con nada parecido a una vocación. Sabía que lo único a lo que le habían enseñado bien, era a cumplir órdenes. Y no podía fingir de repente que tenía pensamiento crítico, le aterraba la idea de que sus padres o profesores pensaran otra vez que se estaba desmandando. Igual que de crío, igual que antes de los diez años, cuando, en la versión oficial, sólo era un trasto, un niño egoísta e irresponsable, que tenía constantemente preocupados a «los que le querían».
No podía de repente fingir que tenía pensamiento crítico, porque había pasado años fingiendo que no lo tenía. Por dentro seguía el niño de diez años. Lo que proyectaba hacia fuera era todo lo contrario al logo de Batman.
Por fuera era un guión, y la improvisación no estaba bien vista.
Patricia era, también para él, una especie de incordio. Su aspecto, su magnetismo, la forma de moverse, sonreír, ruborizarse, dudar, ajustarse la ropa, acomodarse el pelo… Toda ella era algo demasiado orgánico, demasiado poderoso y a la vez aparentemente vulnerable. Dos pensó que ver a una chica así, para un chico de ciudad, era la única forma de ser consciente del entorno. De que la vida no era exactamente asfalto, habitáculos, carpetas físicas o virtuales, máquinas, o una sola idea sobre el tiempo o la dignidad. Ver a Patricia te desmontaba todos los patrones reduccionistas, dinamitaba esa idea sobre el Control. Lo cual era precioso, pero también aterrador, algo que no podías manejar, que exigía de ti todo eso de lo que intentabas despojarte para gustar a los adultos: reflexión, dudas, ensayo/error, error, error, ensayo, largos periodos absorto, intentando ver dentro de uno mismo.
Era una situación horrible, porque quería algo con ella, pero a la vez, en cierto modo era deprimente imaginarse con ella, adaptándose ambos a ese mundo interesadamente engañoso, sintético, un proceso en que él vería cómo esa porción de naturaleza, muy probablemente, se quemaría. Ella era el bosque y la vida recomendada el incendio de agosto. Pronto sería siempre agosto; o al menos ese era el plan que tenían para ellos. Para el bosque. Es apropiado que agosto se asocie a vacaciones. Se imaginaba como todas las demás parejas a largo plazo, planeando vacaciones, dando por sentado que lo demás no tiene apenas sentido, perdiendo cada uno su individualidad amante, su oportunidad de VIVIR, perdiéndolo todo en la apatía del otro.

5 – Belleza
belleza
nombre femenino
1. 1.
Cualidad de una persona, animal o cosa capaz de provocar en quien los contempla o los escucha un placer sensorial, intelectual o espiritual.

Fue en el instituto (católico), y luego también en la universidad. Y después seguiría.
Uno, Dos y Patricia. Para uno y Dos, tener que presenciar el crecimiento de Patricia en un entorno de lecciones cerradas y exámenes –y con las gilipolleces propias de esa fase vital–, era inquietante, farragoso, era una auténtica jodienda. Era como ver un oasis en el desierto dentro de un sueño de mescalina. Demasiado palpable y a la vez irreal. Una isla verde y magnética, pequeña, con una cascada y gente desnuda fornicando, al estilo más guarro de Biblia de páginas pegadas. Todo en medio del páramo académico.
Todo se mezclaba con Ella en medio. La Santísima Trinidad era un trío, La Última Cena una orgía, un bukake sobre la presente María Magdalena.
Tuvo el típico novio de cada etapa. Primero uno en el instituto, luego otro en la universidad. En el colegio había tenido niños-novio, por supuesto, esos mocosos que llegaron demasiado pronto para poder tener sexo. Uno los llamaba tontos-facebook, tipos que buscaban a su niña-novia de mayores en facebook, que se la machacaban con sus fotos, maldiciendo por haberla conocido con doce años. Con que hubiese sido con quince podría haber bastado. Pajas a escondidas aprovechando quizá que el bebé se ha dormido y mamá no está en casa. Dirán lo que quieran, pero si hay algo que hace que las personas se mojen a veces, es lo que podría haber sido y no fue.
Había muchas clases de masoquismo. El novio del instituto era el meta-cliché habitual; la chica que conoce al chico duro, y se lían; sin que ambos sepan el cromo repetido que resultan desde fuera. Ese capullo cuya única “prueba” de su rebeldía era un tatuaje en el cuello, algo que siempre parecía una mancha si no tenías unos prismáticos a mano. Se la folló; ni seis meses juntos, y luego llegaron el resto de clichés, llorar ella, fingir dureza él, complacerse sonando muy adultos hablando de sus ex, liarse una vez más y cortar antes de la universidad. No siempre era así, pero muchas veces era así.
Uno y Dos tuvieron sus escarcéos, pero nada de follar en el instituto. Querer a Patricia era una rutina más, una dura rutina, aunque paliaba el dolor el hecho de que siempre estuviera ocupada. Estaba monopolizada por el grupito guay de turno. No era como ellos, pero era demasiado espectacular como para que los guays no la quisieran para sí, y ella se sentía demasiado halagada como para preguntarse si no estaba haciendo amistad con los más estúpidos de la zona.
La universidad era otra historia, pero no mejor o más esclarecedora que la anterior. Los tres embarcados en algo que supuestamente era lo mejor para ellos, haciendo muchos esfuerzos por creérselo, perdidos, ahogando de vez en cuando esa perdición en salidas, noches largas, hacer el capullo, perder el control según los criterios de los papás o la policía. No era así; era más bien soñar con perder el Control al que estaban sometidos. No se trataba del autocontrol, sino de que ese autocontrol lo habían diseñado las instituciones. Era esa pieza de fábrica que conseguían instalar en casi todas las personas. La pieza en sí –ese alma sintética que se comía la tuya a bocados– era compleja y tremendamente eficaz, mucho más que los barrotes o los campos de concentración.
Te tenían paseando por la montaña o bañándote en la playa, y aun así pensando en ti mismo como esa persona responsable que tenía que volver a dar el callo en pocos días. Para otros.
Había costado muchas horas introducirte el alma institucional. Años. Pero si logras que todo el mundo se apiñe cada día en los mismos lugares, tenga las mismas preocupaciones y obedezca las mismas órdenes, ya tienes mucho ganado.
Eso y poco más que eso, parece haber sido la Educación hasta ahora.
Así retorcieron el sentido de la Belleza de las personas.

6 – Se acelera
Había otras chicas, sólo imitaciones, y los años pasaban cada vez un poco más rápido. Entrevistas absurdas de trabajo, contratos basura edificantes sobre el papel, reponiéndole a alguien la estantería, cargándole a alguien las cajas, atendiéndole los clientes. Era todo puro aprendizaje para Uno y Dos. No estaba claro qué estaban aprendiendo, pero si le hacías la pregunta a alguien al azar, lo más seguro es que te contestara que eso que hacían era aprender a vivir. La carrera que te prometía acceso a algún curro de alto perfil tedioso del que fardar tenedor en mano, te daba al final la oportunidad de aprender las claves para ser un buen reponedor. No tenía nada de malo ser reponedor, excepto que otra generación había vendido su alma a cambio de no se sabe qué. Peor sería cuando Dos comenzara a currar en ciertas oficinas, cuando echara de menos rápidamente su curro de mozo de almacén.
Uno reponía en una tienda, Dos aprendió a manejar una carretilla. Lo importante si preguntabas más, era que ya estaban cotizando. A veces te lo decían como si todo el sentido de la vida se redujera a la jubilación, o incluso a ir al Cielo. ¿Cuántos años cotizados hacían falta para beberse un chupito con San Pedro? Pero en serio, ¿cuánto había que cotizar a la Seguridad Social para que no te comieran las llamas del Infierno?
¿Con cuántas horas extra se aseguraba uno la Eternidad apoltronado y abanicado mientras le acercaban a la boca racimos de uvas?
Patricia estaba en el mostrador de cierta empresa, recibiendo a quien entrara por las puertas de cristal. Tampoco era un curro a la altura de sus estudios, pero era demasiado guapa para que nadie hiciese volar su imaginación (aunque sólo fuese unos segundos) y la metiese en nómina. Su currículum era importante sólo según quién lo leyera (o fingiera leerlo). De modo que sonreía y aguantaba a todo tipo de babosos, asquerosos que conformaban pequeñas patrullas de negocios camino a alguno de los ascensores del vestíbulo. Paternalismo en caras que reían como dibujos animados, y a veces mera condescendencia con un halo evidente de superioridad. Cada vez que uno de esos tíos entraba, la imagen residual era Patricia sentada en sus rodillas. Era hasta donde llegaba la escena porno en la vida real. Pero su trabajo era justo ése, que la primera cosa que viera la gente al entrar fuese algo agradable que les saludara de forma agradable e informara agradablemente. No era una teoría, se lo habían dicho el primer día, mientras la familiarizaban con su ordenador para consultas.
Un día entró por las puertas de cristal Dos, dispuesto a comenzar a currar para poco después echar de menos el almacén. Era su primer día y tuvo que informar en el mostrador, y tuvo que respirar hondo y fingir una sonrisa cómoda al ver a Patricia allí. Era una situación sin duda desagradable. No había forma de apaciguar la tensión; al menos para él. Se saludaron y se pusieron al día, cosa relativamente fácil dada la naturaleza del encuentro. Patricia hizo una llamada y le dijo a qué piso tenía que ir y por quién tenía que preguntar. A Dos le habían entrevistado en un edificio cercano hacía una semana; le habían llamado hacía dos días y le habían dicho que cuándo quería empezar.
Para Patricia él era poco más que un chico recurrente en su órbita, tímido, discreto, contenido en cierta forma; un chico del instituto, de la universidad, que iba siempre con aquel otro… Uno, pensó que se llamaba. Uno y Dos. Iban siempre juntos, o al menos eso se decidió.
Dos latía con casi todo el cuerpo ya subiendo con el ascensor. No podía digerir aquello fácilmente. No hacía tanto que había perdido el contacto (visual) con Patricia, un par de años o menos. Dos años y una novia fallida después, allí estaba ella. En teoría él estaba en un buen momento, había conseguido un trabajo de los que llaman respetable, tenía salud, mucho tiempo por delante y… Bueno, por lo demás se sentía igual de perdido o estafado por la vida, teniendo en cuenta que la misma le recompensaba su esfuerzo con nada más que dinero. Poco. No había ningún placer ni aprendizaje a un nivel estrictamente personal en su trayectoria; todo había sido una carrera de obstáculos en la que su producción se destinaba –en esencia– a las élites. Una y otra vez. Le daban para vestirse y alimentarse, para un techo, lo justo para que pudiera seguir produciendo.
Estaba fenomenal según los criterios de un niño del cuerno de África. Aunque ese niño no tenía más datos, los pormenores, como si dijéramos, la historia completa que a él le mantenía desnutrido allí… abonando más campo en el que sólo crecerían otros edificios de cristal.

7 – Dos y Patricia
Por más que suene extraño, en ese periodo Patricia no salía con nadie. Sólo compartía piso con otras dos chicas y decía estar centrada en otras cosas. En el curro, en sí misma, en las facturas, en buscar otros curros. Eso decía; de lo que Dos interpretaba que ella se sentía más o menos como él. Un almacén o un edificio de cristal, poco importaba, se trataba de dónde estabas tú, qué había sido de ti, ¿sería factible aún intentar rescatarte?
Rescatarse a uno mismo no suena fácil, suena a comecocos. Pero salir con Patricia no parecía un mal primer paso. Comenzó de forma natural, él se ofrecía a acompañarla aquí o allá, y al paso de los días no estaba fuera de tono tomar algo juntos, hablar más de la cuenta, mirarse por encima de lo normal, y luego tocarse.
Cuando Dos despertó en la habitación de ella la primera vez, primero se sentía perdido, y luego estupefacto. Oía ruidos de las compañeras de piso. Resopló; tendría que hacer el papel de ligue, o quizá presentarse, o puede que esperar a que Patricia le presentara. O puede que, si esperaba el tiempo suficiente, ellas se largarían. Lo cual no tenía por qué pasar, ya que era sábado. Patricia dormía aún. Dos aún tenía el chip de los madrugones, de cuando curraba en el almacén. Sólo llevaba un mes en el edificio de cristal. Ahora se levantaba a las ocho, antes a las cuatro y media. La diferencia sustancial, la única, era que antes pringaba de lunes a sábado, y ahora tenía los fines de semana enteros.
Seguía pensando en la posibilidad de estar matando un mito. El bosque ardiendo (Patricia), con él dentro, sin escapatoria. No quería ponerse a saltar de rama en rama, no quería pasar por divorcios, matrimonios, hijos desperdigados, ese tipo de vida intensa en el que un día no recuerdas el nombre de tus nietos. Lo contrario a la soledad. Prefería mil veces la soledad, aunque sólo fuese relativa; no todo el mundo estaba hecho para una vida social y familiar ruidosa y constante. Sentirse solo, como tanto se dice ya, no tiene que ver con la soledad, ni con tener o no gente al lado; tiene que ver con sentirse como el culo, desubicado, vacío. Dos se sentía solo en las bodas, en las comuniones, en ciertas cenas; los cumpleaños, los cumpleaños eran un pozo sin fondo, oscuridad en caída libre para él, especialmente lo suyos. Dos estaba convencido de que las festividades al uso, las reuniones habituales, raramente daban pie a esa especie de felicidad y comunión grupal de valor incalculable, estabilizador y que había que aprender a valorar sí o sí. En realidad todo eso era casi siempre limosna, alcohol, dosis extenuantes de negación. En ese momento no necesariamente estabas satisfecho, aunque vendieras y te vendieran eso, sino que la vida te ganaba a los puntos. Te quedabas sentado, apaleado, reposando en tu rincón del cuadrilatero. Como mínimo, estabas vivo: la última esperanza, y la de siempre.
Era un miedo clásico a la familia nuclear, a incurrir en sus hipocresías, limitaciones y cerrazones. Ese mundo en el que el sacrifico era la única respuesta y la religión el opio hasta de los ateos. El mundo en el que el placer era sospechoso por defecto. En el que todos se quejaban de lo mismo a lo que estaban agradecidos. Ese masoquismo a escala nacional, internacional. El mundo diurno, en el que levantarse temprano estaba bien visto aunque hubieses dormido once horas, y despertar a mediodía era ser un vago aunque no hubieses dormido más de seis. El mundo de los que “aprovechaban el día”, de los que desconfiaban de cualquier cosa que no fuese distintos grados de puteo y sufrimiento. El mundo que sólo funcionaba con horario de oficina. Ese mundo en el que tenías que dejarte a ti mismo para el tiempo libre.
El mundo que Dos no se veía capaz de sortear con Patricia.
Si se era sincero, no sabía si podría salvarla, rescatarla, o si ella podría salvarle a él, y redimirse juntos.

8 – Calma
Pero al principio el desgaste brilla por su ausencia. Al principio es bueno no cerrarse, no mostrarse distante o altivo. Los amigos de ella, nuevos lugares, nuevas salas de estar, camas con otros olores, otros perfumes, recibidores con el aroma de otras familias.
De repente el cumpleaños de un desconocido. Ella te presenta a su amiga de toda la vida. Espera que os llevéis bien pero no demasiado. El cine con ella, las cenas con ella, esperar a que salga de detrás de su mesa para poder besarla y salir a la calle. Pasear y procurar que todo siga como está. El sexo, el no hablar de determinados temas.
La calma.
Dos se fue a vivir a un piso, solo. Llevaba poco tiempo con Patricia, de modo que hubo un acuerdo silencioso: estaba bien así. Las compañeras de piso de ella eran meras figurantes; cada una tenía su círculo social y ninguna se entrometía en los asuntos de las otras.
El piso de Dos era minúsculo. No le hacía gracia tener que compartir piso con nadie. Prefería tener una habitación y vecinos que una habitación y desconocidos tras la primera puerta.
Y luego en algún momento tendría que presentarle a Uno. O más bien hacer que Uno fuera para ella alguien más que otro compañero de clase del pasado de los que sólo hacían bulto.
Hacer como si Uno no hubiese estado enamorado de ella igual que Dos. Desde siempre.
Y Dos no le había contado a Uno que estaba saliendo con (¡oh, joder!) Patricia. Su Patricia, la de ambos, que ahora sólo era de uno según la poderosas inercias culturales: la monogamia, el compromiso, la fidelidad carnal. Ni Uno ni Dos creían en las relaciones abiertas; ni siquiera pensaban en cosas así. Uno y Dos no habían sido educados sólo para cumplir órdenes, sino también para creer que su cultura era la única lógica, la única con posibilidades de prosperar.
Pero claro, quién podía culparles.
Cualquiera es un prisionero de su época, en mayor o menor grado.
La calma llegaba a su fin.

9 – Deshacerse
Lo que Uno sabía es que Dos había comenzado a salir con alguien, pero no sabía nada más. Uno había cortado una relación horrible con una chica que parecía quererle por el método de odiarle y usarle para cualquier propósito que se le antojase.
Se sentía como si se hubiese librado de una joroba, una hernia, o hasta piedras en el riñón. No es que se sintiera feliz, pero como mínimo se sentía descansado.
Dos le había llamado para quedar con él; para presentarle a su pareja, en realidad. Lo que Dos quería hacer, el efecto que quería provocar, era parecido a cuando quieres depilarte con cera y alguien va a pegar el tirón. Doloroso pero corto. Lo que Dos pensaba, es que si le hubiera dicho ya a su colega que su novia era Patricia, eso sólo hubiese causado un trauma a Uno antes del primer encuentro. Puede que incluso Uno le hubiese evitado, le hubiese puesto excusas para aplazar la fecha. Ya con casi tres meses de relación con ella, y pegando fuerte ese tirón, Dos pensó que Uno no se libraría de sufrir, pero al menos pasaría por un proceso de aceptación menos aparatoso.
El disgusto sobrevenido.
Como cuando estás en un lugar público y te encuentras con alguien a quien no quieres ver, pero al que te ves obligado a saludar. Con el que te ves obligado a mostrarte amable.
En realidad, pensaba Dos, sería la forma ideal de afrontar los baches de la vida. Que alguien te lo dijese el mismo día que tienes que afrontarlo. Que te lo encontraras de sopetón. No hay nada peor que saber con meses de antelación que vas a tener que hacer algo que te resulta desagradable, contra tu voluntad, ya sea o no por tu bien. Es posible que la mayoría de las cosas que te beneficia hacer, sean en esencia un mal trago.
El día en cuestión, Dos y Patricia ya esperaban en cierta cafetería. Habían llegado un poco antes de la hora estipulada. Patricia, obviamente, no era consciente de lo que pasaba; para ella era un encuentro sencillo entre amigos. Con la mayoría de cosas que pueden destrozar el corazón de una persona, alrededor nada se inmuta, todo sigue igual, no se para el tráfico, podría haber alguien sonriendo a dos palmos. Todo sigue su curso; el “que te jodan” habitual.
Cuando Uno llegó, entró y buscó con la mirada a su colega.
Aun sabiendo que ya les había visto, Dos levantó el brazo: justo ahí comenzaba la representación; llevaba por título: No pasa nada.
Es una representación recurrente, la clase de cosas que la gente hace para no discutir, gritar o matar a nadie.
Todo se desarrolló de tal forma que todo pareciera normal (o incluso aburrido) visto desde fuera. Hablaron del instituto y la universidad, de compañeros de aquellos tiempos. Hablaron de cosas que habían pasado hacía apenas un lustro como si fuesen ancianos hablando de una guerra. Verborrea para mitigar, en el caso de Dos, la tensión; y en el caso de Patricia, la leve incomodidad de tratar con alguien nuevo. Y Uno, Uno sonreía mientras el rubor de su cara y el caos de su mirada, sus gestos y sus asentimientos, procuraban interpretar el papel del alguien que no se deshacía.

10 – Proceso de Uno
Uno se deshacía como Amelie en la peli. Todo sonrisas raras y aceptación fingida y piloto automático, mientras se descomponía por dentro. Era como si no viniese a cuento estar tan herido, pero lo estaba. Había pasado bastante tiempo desde que viera de forma regular a Patricia, pero todo había vuelto a él como la bola de Indiana Jones; y corría, tragando telarañas, y la carrera no se acababa. La puta carrera. La vida era una carrera detrás de otra; a cual más inútil o dolorosa; y en todas tenías que fingir que estabas estupendamente. Pues ni de coña pensaba hacer cosas con ellos, se dijo; no iba a ir al cine con ellos, no se iba a sentar con ellos día sí día no en terracitas; no iba a compartir, a mediar, a hacer bromas temáticas, no iba emparejarse con la primera que se dejara para hacer salidas de parejitas. No se iba a ir de vacaciones con ellos, no iba a superarlo sin más, coño, claro que no. No le veía la puñetera madurez a eso: a mentir. Se sentía mal, y pensaba seguir así hasta que el dolor menguara, hasta que menguara de verdad. No se iba a estirar los carrillos para ellos, para sonreír como un payaso; no se iba a hacer pasar por alguien que cree que es sano hacer chistes sutiles sobre la situación. No le iba a dar el gusto a Dos de pensar que todo le parecía bien y nada iba mal y todo era aceptable y estaba en su sitio. NADA estaba en su sitio. ELLA estaba con su colega de toda la vida: TODO estaba mal, TODO. Se había liado con ella a sus espaldas, sin dudar, sin hablarlo, sin comentarle NADA. Simplemente le echó la mierda encima, de forma presencial, para no dejarle reaccionar, para que no pudiera elegir más que la mueca falsa de aceptación y la sumisión de quien está siendo emocionalmente violado. Hijo de puta, pensó Uno de Dos. Hay que ser hijo de puta.
Era la forma que tenía a veces la gente que se creía «adulta» de echarte el muerto. Hacían las cosas de tal forma que la reacción natural ajena pareciera la de un niñato. No podías enfadarte, pensó Uno, o ellos ganaban. No podías dejar que tu enfado fuera evidente. No podías hacer comentarios amargos.
Era fácil llevar ese rollo compasivo que llevaba ahora Dos, era fácil con nuevo curro “guay” y follando con la líder de las animadoras. Para Uno era así; él no tenía nada que hacer. Él sobraba.
De modo que empezó a aceptarlo. Su furia.
A la mierda las “relaciones sanas”. Romper con tu colega por una chica podía ser un cliché, pero además era un motivo de sobras comprensible.
Pensaba en ciertas cosas antes de dormir.
Matarlos a ambos.
Torturarlos a ambos.
Podía conciliar el sueño con una sonrisa auténtica: la felicidad del demiurgo, puede que la más natural.
Puede que torturarla a ella delante de él, y decir mientras tanto: “Esto has conseguido, Dos, esto has conseguido”.
O simplemente joderles los frenos del coche (¿cómo se hacía eso?). Joderles los frenos y esperar a ver qué pasaba.
O podía intentar que ella cambiara de… bando. Quitarle la novia a un colega también era un cliché, pero seguro que Dios lo perdona si la quieres de verdad. Dios se descojona.
Después del día fatídico, no hizo ningún movimiento, no contactó más con Dos, no hubo mensajes ni relación de ningún tipo, ya fuera digital o presencial. Pero cuando se acercaba el nuevo fin de semana, Uno sabía que Dos contactaría; Dos querría ir de amiguito. Dos se pensaba que sus actos no conllevarían consecuencias. Quería pensarlo. Puedo follarme a quien quiera sin que eso afecte a nadie. Puedo ser feliz sin hacer infeliz a nadie. La gente a la que le va bien ve enseguida arco iris por todas partes, enseguida se olvida de la riada. No ven motivos para la preocupación. Uno no iba a intentar imaginar que en realidad Dos y ella no estaban bien, o que eran una pareja de conveniencia como tantas otras; por estatus, por cierta imagen a proyectar, por unir fuerzas, por el dinero, por el pisito, por el futuro, etc. Era verdad que muchas parejas no habían nacido tanto por motivos sentimentales como por miedo a la vida; un miedo individual e irrefrenable a la vida, a quedarse solos, a fracasar solos.
Hasta cierto punto, la mayoría de gente fracasaba, dedicaban la mayor parte de sus vidas a tareas tediosas; por un motivo u otro, y seguramente más forzados que por opción propia, la mayoría de personas perdían casi toda su vida haciendo cosas como acusar a los que no la perdían de perder el tiempo. Ser un fracasado es duro, pero serlo con más gente, serlo con otra persona, en la intimidad, fingir juntos que la vida es así y sólo así y que no puede ser de otra manera, o que al menos intentar que lo sea es irresponsable, en fin, quizá no sea un gran consuelo, pero es el más popular. Y es evidente que funciona.
En este caso Uno no quería verlo de esa manera. No sabía por qué Patricia estaba con Dos, pero sí conocía los motivos de él; sentimentales, carnales, años y años de acumulación, de anhelo y deseo, de salpicaduras incontrolables.
Era absurdo intentar leer falsedad en lo que estaba pasando. Él estaba encantado, y ella le había descubierto a él; y teniendo en cuenta la cantidad de gilipollas con los que se había relacionado, estar con Dos debía ser toda una nueva experiencia.
Maldita sea.

11 – Proceso de Dos
Dos sabía que el encuentro sólo había ido bien sobre el papel, en la versión oficial, la “institucional”, la que casi siempre es falsa o incompleta. Porque los sentimientos no salieron a relucir. Uno fingió, interpretó la escena que Dos esperaba; Uno bailó para Dos, la coreografía de Dos, escupió las líneas que Dos había imaginado o casi escrito. Palabra por palabra. Pero Dos sabía que Uno ahora estaba patas arriba. Daba igual cómo de tranquilo quisiera imaginarle. No le había enviado apenas mensajes, pero, pasadas tres semanas, los pocos enviados habían quedado huérfanos.
Uno había hecho eso –salirse de sí mismo sin saber verse desde fuera– toda su vida; pero Dos temía que estuviese a punto de explotar. Esta vez había un elemento desestabilizador. Natural. Algo que no podía encerrar en resultados académicos, tiempos estipulados, una cronología o una lista de objetivos. Esta vez Uno estaba comiéndose la mierda que nadie le había enseñado a digerir. El poder de negación de Uno –como sabían Dos o Patricia, que habían alimentado el mismo–, no daba para salvar cualquier obstáculo. No daba tampoco, obviamente, para salvar aquellos obstáculos que habían sido creados por instituciones e intereses globales. Al mundo le importaba un carajo lo que sentías; y eso no se relacionaba sólo con tu vocación potencial o crecimiento, sino también con lo irracional. De hecho con lo que más se relacionaba era con eso. Eso sencillamente era una guerra personal, algo que requería algún tipo de negación al cubo. Esto generalmente se lograba ritualizando cada paso. Boda, hijos, nietos… (¿Se buscaría Uno una novia definitiva de emergencia?). Si lo que hacías en términos sentimentales parecía importante, lo era. Simplemente no cabía discusión al respecto. Un bebé no era discutible, una casa aún menos, ese futuro, una hipoteca… Todos esos elementos jugaban eficazmente a favor de esa negación de apuesta doble. La nómina, las facturas, la luz, el agua corriente… Era, como siempre, el muro de dinero y practicidad (sobre todo practicidad) construido al paso de la Sagrada Familia, que lograba que los sentimientos de la persona quedaran al otro lado; primero relegados, y luego, con la edad, prácticamente extintos, un recuerdo, una ilusión, una bobada de juventud.
Parecía la forma más recurrente de salir del paso; aunque el paso fuese Tu Vida.
Para cuando te quisieses dar cuenta, pensaba Dos, tendrías que evitar pensar en qué justo momento, aunque sólo fuese simbólico, se comenzó a joder todo. En qué momento te percataste (en el fondo) de que te querían joder y lo habían logrado. En qué momento no solo lo supiste, sino que además continuaste bailándoles el agua, demasiado aturdido para hacer otra cosa, demasiado Bien Educado para hacer locuras como intentar empezar a vivir una vida propia.
El momento para Uno, esa chispa terrible de autoconciencia, se estaba dando en ese justo instante para él. Esos días. Más pronto de lo habitual. Una persona que no tenía (ni de lejos) las herramientas para lidiar con todo aquello. Dos lo sabía, porque él tampoco las tenía. No se le ocurría peor putada que haber tenido que soportar que Uno tuviera algo con Patricia. Patricia era importante, pero había sido reducida a un juego, una fantasía, algo que Uno y Dos tenían en común; algo que, para que funcionase, jamás ninguno de los dos tendría que haber, digamos, accedido a ello. La gente habla abiertamente, incluso delante de sus parejas, de la belleza de Scarlett Johansson o Tom Hardy; hablan de ello como la clase de cosas a las que no se tiene acceso, por las que no ha lugar que nadie se enfade, tenga celos o se lo tome en serio. Para Uno era como si Dos se estuviera beneficiando a Scarlett. ¿De qué coño iba eso? ¿A qué coño venía? ¡Sólo se trataba de compartir una fantasía! Se trataba de un chiste recurrente, una broma de largo recorrido. Sí, puede que esa broma no estuviese carente de una estima y admiración reales, pero joder, ¿de que qué coño vas, Dos?, se decía Dos a sí mismo, intentando ponerse en la piel de Uno.
No siempre era posible la empatía. Sobre todo cuando eras tú el que estaba follando con Scarlett en su mansión de Los Ángeles. Cuando estabas en el bando adecuado, oye, qué queréis que os diga si sois un poco cortitos; hay muchos peces en el mar. No hay cosa peor que aferrarse.
Cuando no eres tú a quien le tocó ser el número dos llamándote Uno, es fácil ponerse Coelhista y decir memeces paseando por Venice Beach.

12 – Carta de Uno
La mayoría de vosotros y vosotras no os habéis fijado. Y no digo que no sepáis que exista o que no lo hayáis visto. Digo que no os habéis fijado, no os habéis tomado un momento. No os habéis detenido. No os habéis fijado en cómo avanzan vuestros pies, en el sol abrasador del que os quejáis, en su belleza. No os habéis parado a escuchar el zumbido de las torres eléctricas. No habéis respirado (a la vez que conteníais el aliento) el aire que agitaba la hierba alta. No os habéis fijado en lo que se acumula en las copas de los árboles, en los quicios de las ventanas de los bajos, en el olor cambiante que anuncia tormentas. En la mugre y el desgaste del paso del tiempo, en la erosión. No habéis saboreado a un palmo de vuestra nariz el parpadeo de la luz, caminando ante la reja del patio de un almacén a las cinco de la tarde. La mirada perdida, o encontrada por primera vez. Nos os habéis parado a pensar dejando la mente en blanco, no os habéis fijado en los detalles, alguno hasta oficialmente respetado, como el de estar vivo.
No os habéis sentido reales sobre la tierra que pisabais. No habéis vivido en el sol filtrándose entre las ramas y la hojas; no habéis oído la televisión de casas ajenas mientras sentíais que os faltaba el aire en verano en la calle; sabiendo que eras feliz cuando volvías a llenar los pulmones.
No habéis sido Asia o África, hayáis estado o no en esos lugares.
No os habéis tomado un baño de sol en medio de polígonos industriales; observando la quietud del abandono en agosto, los desperdicios rodando, minúsculos, la vía calentándose, la carretera, el espacio abierto, el sonido del avión comercial a lo lejos.
No hablo de nada concreto, no describo la antesala de nada, ni el contexto.
Estoy en el meollo.
No os habéis fijado en el rincón, el pliegue, la esquina, la rama, la piedra abandonada, la pared del montón, y a los lejos, las colinas, las montañas.
No hablo tampoco de religión. Es irrelevante si esto suena a poesía. Son hechos, y son hechos reales.
No os habéis fijado a cuánta distancia se puede llegar a ver la agitación de un árbol en un día ventoso. No os habéis bajado del coche, del burro, no habéis salido de vosotros mismos para descubriros secuestrados por otros, maniatados y en una habitación oscura. Al margen de la existencia, de vuestro potencial. Atados a las excursiones programadas, en las que ves cosas, en las que descubres que existen, pero también cuando aprendes a no fijarte en nada.
No os habéis fijado. Sólo habéis imaginado quién lloraría en vuestro funeral.
No os habéis fijado, porque sé que no sabéis de qué coño hablo.
Yo acabo de darme cuenta. Acabo de fijarme últimamente en todas esas cosas, y en muchas otras. Acabo de intuir la inmensidad, algo que hasta ahora sólo lograba atisbar al ver pasar a determinada persona. Esa persona era lo único en lo que me había fijado hasta ahora en toda mi vida.
Tras el placer del descubrimiento, me he sentido atrapado, aterrorizado ante la maquinaria que tan difícil es de intuir (o más bien, de aceptar). Estoy seguro de que muchas personas no se atreven ni a hablar sobre ello. Ni tan siquiera saben cómo. La propia maquinaria les amordaza.
Si esa maquinaria es autoconsciente o no (de su enfermedad), es también irrelevante, porque, como sea, se retroalimenta sin cesar; no hay visos de cambio profundo.
Ahora soy consciente de que salirse de ese camino (COMO SEA) no solo es lo mejor, sino también lo único. Ya no quiero estar en él, y, a estas alturas, no conozco más que una salida.
Por lo menos, ahora sé de la belleza en todo su potencial. Por desgracia, también veo muy bien los engranajes que me la niegan. Y que la mayoría de vosotros y vosotras, malditos seáis, creéis ciegamente en ellos.

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