El fondo del agujero

Tengo un nombre real y otro práctico. Ahora soy payaso, animo fiestas infantiles, sobre todo en cruceros. Estos viajes me permiten llevar determinado estilo de vida. A menudo estoy en la zona de proa, unos instantes antes de la cena. He trabado amistad (por decirlo así) con una joven. Está enfadada. Mis opiniones en cuanto a igualdad de género se basan sobre todo en el determinismo biológico. Ella dice que estoy aterrado ante la posibilidad de perder mis privilegios. La diferencia es que ella tiene veintidós años, y yo, más de quinientos.
Lo fascinante es que aun así podría estar equivocado.

Lo que piensan los demás es que estoy rondando los treinta, y que me gano la vida con mocosos hasta que llegue mi gran oportunidad como actor. Lo mejor para mí es no hacer amistades que vayan más allá de una enriquecedora conversación o mera alimentación. Pero no me autocompadezco, soy una persona básicamente jovial que disfruta de la vida, o que al menos lo intenta. He perdido la cuenta de las veces que me han preguntado por qué sonrío. A decir verdad he perdido la cuenta de todo excepto de mi edad. Conversando a ratos con la chica parcialmente tatuada y autoproclamada feminista, confirmo que la gente está empezando a dejar de comer carne, un lujo de conciencia que obviamente yo no me puedo permitir (y en realidad tampoco muchos vivos). Lady Vanesa (ella no sabe que la llamo así) dice que es vegana. Me insulta directa o indirectamente cada vez que puede, pero parece disfrutar de alguna forma de mi compañía.

Hace mucho, más de un siglo, que no topo con nadie de mi condición. O al menos con nadie que me haya dado pista alguna al respecto.
No es difícil sobrevivir cuando aprendes cómo. Lo primero que aprendes a perder es el miedo. Luego aprendes a perder muchas otras cosas. El miedo es útil durante unos noventa años. Luego tienes que comenzar a revisar tus preceptos filosóficos. Aparte de a perder, algo más importante que aprendes son los tránsitos habituales de las personas. Cuándo deciden ir a solas, incluso por la noche en medio de la oscuridad. Siempre tienen que sacar la basura, por ejemplo. Todo eso que parecen tonterías, comienza a cobrar una importancia vital con el tiempo.
Aprendes que eres distinto a niveles que jamás imaginarías.
Diría que mi versión del veganismo es sorber ratas, animales (Lady Vanesa no acepta el paralelismo). Una comida de lujo es un bebé rechoncho, o alguien joven en definitiva. Observas lo que hacen los vivos y enseguida entiendes cuál es tu acción homóloga. Puede que no enseguida.

Aprendes a tutear, aprendes jerga, aprendes a mentir con una eficacia de prácticamente el cien por cien. Decir la verdad no es una opción. Todo lo que dices tiene necesariamente un falso contexto. Lady Vanesa cree que bromeo con lo del vampiro vegano; una reacción recurrente natural que yo puedo prever sin esfuerzo, y de la que saco partido. Todo el mundo es tan cínico ahora, que no es difícil manipular sus mentes. No te creen si dices la verdad, ni tampoco si mientes. Sólo te creen si mientes bien, o cuando la mentira les hace daño. Intento tomar nota de los medios de comunicación, que hace mucho llevan el timón de las creencias, seguridades y sarcasmos de la población. El siglo XX fue una especie de curso intensivo sobre manipulación, violencia e hipocresía. Tanto la gente mala como la buena (o al menos bienintencionada), está intoxicada por su tiempo (ahora más que nunca), y hasta por su generación. Incluso la gente más inteligente, raramente sospecha de la celda argumentativa en la que habita. Las ideas originales o mínimamente certeras, son un tesoro terriblemente complejo de encontrar.

Atengámonos a este grado de mediocridad para la percepción del mundo; la idea más importante para muchos es: Si fuera verdad, ya se sabría.
Por eso yo no existo.
Todos suelen fingir que no tienen pensamientos oscuros. Lady Vanesa no. Me gusta hablar con ella, a pesar de que creo me usa para sentirse mejor de lo que es. No es exactamente previsible, usa la cabeza, acierta y a veces inventa y se va por las ramas, pero sobre todo no da casi nada por sentado. Es cierto que su discurso en ocasiones parece condicionado, como si hablara en nombre de alguien en lugar del suyo propio, pero eso no acaba envenenando el resto.
Me dijo que fue acosada sexualmente cuando tenía quince años.
Apenas intervengo cuando departimos, pero asegura que soy un claro ejemplo de “mansplaining”. Otra palabra que he tenido que aprender.
Lo que ella jamás entendería (porque no puedo decirle la verdad en serio, ni serviría de nada), es que una de mis mayores motivaciones para seguir viviendo, es la equivocación. Equivocarme me proporciona un placer que sólo alguien de mi especie puede entender. Darme cuenta de que algo que he dado por sentado durante siglos, no es como yo pensaba. Esa sensación de novedad, de que el mundo aún me puede sorprender.

Mi nombre de pila auténtico es Emerico. Pero hace mucho, décadas, que me hago llamar David. David es uno de esos nombres transversales al tiempo. Tengo toda la documentación personal falsa en regla; otra vez. Lo acabas aprendiendo todo sobre los entresijos burocráticos.
En las entrevistas de trabajo soy yo quien lleva las riendas. En el banco. En inmobiliarias. En tu compañía, seas quien seas. Puedo resultar raro o desconcertante, pero me salgo con la mía, y eso sigue siendo lo único que cuenta.
La sociedad sigue fingiendo que valora unas cualidades, mientras en el fondo valora otras, generalmente menos honorables.
Tengo tres funciones al cabo del día. Los fines de semana a veces más. Raramente tengo un día libre. Salgo disfrazado al gran comedor después del desayuno, luego en la comida en el momento de los postres, y por la noche después de la cena. Pero a veces también hay algún cumpleaños, o alguna fiesta privada para algún par de críos a quienes han llevado a un último viaje justo antes de morir. Ya casi no me siento raro con el pelucón rojo ante sus calvas.
Mi número trata básicamente del payaso triste, sólo que como no tengo acompañante, yo mismo cambio súbitamente de humor, y los críos se tronchan. En su día se me comentó que no era apropiado llamarme el Payaso Bipolar. Así que se me ocurrió dar coba a la auto-ironía, y ser el Payaso Emerico. A los niños les gusta el nombre, y los padres no se acaloran.
No es fácil contentar a todos, y no lo hago. Pero como animador infantil no me queda más remedio que intentarlo. Curiosamente, cuando actúo para críos enfermos, parece que todas esas manías adultas (es muy raro que los niños se molesten), se diluyen, como si los progenitores de turno ya no sintieran que tiene que haber filtro. El niño no va a crecer, no va a hacer el amor, no va a hacer cola en la oficina de empleo, no va a tener hijos, etc. De este modo hasta puedes colar algún chiste verde. La muerte flota sobre nuestras cabezas gracias al tumor de turno. Lo llamativo es que, parece que esas personas que acostumbran a ser maniáticas y odiosas cuando todo está bien, se relajan y vuelven sanas gracias a la enfermedad mortal de su hijo.
Esta vez hay tres críos de esa índole. Casi nunca pueden evitar su reclusión. Les suelen acomodar en camarotes especiales, sin sangrar más de la cuenta a los padres.
Debo decir que, a pesar de ser niños, la enfermedad les quita gran parte de su potencial como sabroso alimento. Es una lástima, porque lo ideal con la comida, obviamente, es fingir que se ha suicidado.

Creo que el hambre siempre ha sido distinta para todos, así que depende de a quién preguntes. Yo necesito al menos una buena ingesta a la semana, o cada diez días. He pasado largos lapsos como vampiro “vegano”, mordiendo a todo tipo de bichos de sangre rancia y escasa. Pero cuanto más viejo eres, más exigente te vuelves, y más asesino.
Nunca transformo a nadie. No voy a protestar si me vuelvo a cruzar con alguien como yo, pero no me gusta la idea de ser yo quien lo provoque. Claro que tienes tentaciones básicas, como al conocer a determinadas mujeres y fantasear con vivir con ellas; pero esas ideas caen por su propio peso. No es que nada dure para siempre, es que nada dura. Buscas estabilidad, una forma de hacer las cosas que te ahorre ciertos problemas, y te convierta en un ser de placeres sencillos, o al menos relativamente fáciles de gestionar.
Es importante advertir que, como sea, cualquier placer, después de las suficientes repeticiones, se te acaba antojando sencillo (si no aburrido).

Cuando era niño, mis padres murieron en extrañas circunstancias. Nunca llegué a saber cómo exactamente. Una noche me fui a dormir, y al día siguiente desperté huérfano. Se encargó de mí mi tía Teodomira. Ella era justo lo que hay al otro extremo de Lady Vanesa. Mi tía, siendo anticuada ya para esa época, enviudó joven y no quería saber nada de hombres. Al menos por lo que creo recordar. Me dio una educación de lujo y me buscó alguna buena familia con hija con la que negociar una boda.
Cumplí con todo el guión. Hasta sobrevivir con el tiempo a mi mujer y mis tres hijos (dos niños y una niña). Mis hijos me acabaron repudiando al crecer, aun sin saber muy bien por qué. Se largaron en cuanto pudieron. Yo no envejecía, no comía, y entonces la gente no era tan cínica como para no creer en demonios o fantasmas. Mi mujer se mantuvo a mi lado; no era extraño en aquel momento mantener en pie matrimonios convulsos. Comía sola. Yo salía algunas noches y volvía al rato con el brillo de los ojos restablecido. Ella lloraba a menudo a mi lado en la cama. No quería que la tocara. Hoy dirían que la relación se enfrió.
Así fue como, un día, mi ya anciana tía, entró una madrugada en casa con una estaca y un martillo que apenas podía sujetar. Forcejeamos mientras mi mujer se acurrucaba en un rincón, susurrándole a su cruz colgada al cuello. Sin apenas esfuerzo, lancé una dentellada tan profunda bajo su mandíbula, que un chorro de sangre salpicó a mi mujer. Mi esposa, de nombre Clementa, había tenido una vida tan guiada por los demás, que creo que en el fondo, muy en el fondo, sentía una chispa de emoción (quizá agradecimiento) más allá del miedo. Aquello, aunque sólo fuera por la vía del terror, la hizo sentir viva (en el meollo) durante un tiempo.
Al día siguiente, amanecimos con mi tía muerta sobre la cama. Clementa no se había movido del rincón, pero sé que había dormido. Clementa no era nadie, bien nos habíamos encargado todos de ello, pero odiaba a Teodomira. Ese día fue extraño. No hubo un acercamiento entre nosotros, pero sí se inició un proceso de tolerancia femenina, que duró hasta que mi mujer murió, veinte años después.

Entierra a tu tía en el jardín con la ayuda de tu mujer. Olvida a tus hijos, que no volvieron ni para el entierro de su madre. Espera unos años y comienza a viajar.
En el pueblo ya no había lugar para mí. Nadie me echó, no hubo un horda con antorchas que invadiera mis propiedades una noche para enviarme al infierno. Pero se hace más difícil alimentarse cuando los demás te dan trato de serpiente venenosa.

Hace unos años que me embarco cada vez que puedo; durante un tiempo me creí muy inteligente con ello. Estaba harto de vagar por ciudades, o de mendigar cuando los planes no cuajaban.
Lo más importante que aprendes en un crucero, es que no hay salida. La gente está literalmente encerrada en sus vacaciones, presa en la belleza del mar. El amor, en cualquiera de sus formas, te suele llevar a espacios limitados, cerrados, a calles sin salida y puntos de no retorno. Los vivos ven el atardecer desde la orilla, y de algún modo piensan que pueden ir hasta allí y tocarlo con las manos.
Algo más que aprendes, es que tú también estás encerrado, siempre con la misma gente. Dependiendo de las actitudes y energías que imperen (distintas en cada viaje), todo se puede volver demasiado complicado y violento.
No he contado cómo me transformaron en su día. Fue menos traumático de lo que cabría imaginar, aunque sí estuve un par de días con fiebre. Pero luego me sentí mejor que nunca. Desaparecieron todos los achaques, nada me ponía nervioso, no había estrés, ni vergüenza o preocupación. Me atacó lo que yo creía era un borracho, en una calle oscura camino a casa. Yo sí iba borracho. No le vi la cara. El proceso no tuvo ningún tipo de encanto, ni pareció un encantamiento. Sólo fue un golpe, un revolverse por el suelo, y el “borracho” se largó antes de que mis latidos se hicieran más lentos.
Estar en el mar es como todo lo contrario a aquella escena, aunque no tengo claro que eso me haya influido.
Esta vez, como dije en algún momento, hay tres críos enfermos en el crucero. Y un montón de críos sanos y regordetes, y estúpidos, también; todos con sus padres, generalmente más estúpidos que ellos. No hay peor estupidez que la del que cree no serlo gracias a la experiencia; como si la experiencia propia siempre fuera extrapolable. Cuando ellos van, tu vienes de haber sobrevivido durante décadas de haberte bebido a su descendencia.
Siempre creen que alguien les ha secuestrado al nene (en el barco, sí), o incluso que se han dejado al crío en la anterior parada. Comienzan a hacer memoria, a mortificarse. Incluso cuando se mortifican, parecen hacerlo para que a su alrededor todos asintamos, les compadezcamos y sigamos respetando su inteligencia.
Los tiro por la borda, claro, igual que hago con la comida que me traen al camarote. No es que nadie sospeche del payaso de a bordo, es que nadie entiende nada. La gente sabe que los niños desaparecen, pero eso habría de suceder cuando hay salidas. Lo que acaban teorizando siempre, es que el crío se ha asomado demasiado, se ha subido a alguna barandilla, y se ha caído. Un accidente trágico como cualquier otro.
No hay que olvidar que los adultos siempre creen que los niños son tontos, incluso para matarse a la más mínima oportunidad.
Con tal de intentar sacudirse responsabilidades, un padre y una madre pueden hacer y decir cosas de lo más absurdas. Y lo hacen.
Papá y mamá. A veces no hay cosa más tonta.
Lo que yo hago es aprovechar todas esas inercias, ponerlas a mi favor. Lo que hago es estudiar, seguir estudiando las majaderas idiosincrasias de los vivos.

Motivos profesionales aparte, ¿por qué siempre me fijo en si hay niños enfermos en el crucero? Algo pasa cuando un niño es diagnosticado de una enfermedad mortal. Y no solo al niño, sino también a quienes le rodean, tanto familiares como amigos. No me refiero con esto al aburrido y previsible dolor, tan abrumador como resultante de una matemática emocional que me hace bostezar. Me refiero a cómo ese hecho repentino, la aparición en escena de la Muerte cuando aún no venía por guión, corrompe las prioridades y decisiones adultas. Los adultos, tanto los papás del enfermo como los de sus amigos, a menudo pasan a tener una laxa actitud para con sus hijos. Parecen dejarles más libertad de movimientos. Si sabes cómo moverte en un transatlántico –y yo sé hacerlo mucho mejor que los turistas–, también conoces los puntos muertos. Y no me refiero a cámaras, sino a esos lugares por donde no suele pasar nadie; excepto a menudo los niños. Los críos aún se interesan por lo que les rodea; no solo fingen hacerlo. Que la muchedumbre no quiera entrar en determinada estancia, o coger determinado atajo, es razón de sobras para que un niño o niña se vayan raudos en esa dirección. Querrán meterse en ese agujero. Y al fondo de ese agujero, es donde suelo estar yo.

Casi de forma automática, mapéo la situación. Localizo a las familias que me interesan. Primero a los enfermos, que generalmente están juntos o en camarotes próximos (a no ser que se trate de un autobús de enfermos…, cosa que también ha llegado a pasar, y con lo que tenía que contenerme…), y luego, y lo más importante, a las familias de los amiguitos de los enfermos. Esos niños que no siempre saben bien lo que está pasando, a los que les han dado una información incompleta, o simplemente torpe. Los chiquillos que no saben por qué su amiguito o amiguita se ha afeitado la cabeza, ni por qué no están en clase o en el pueblo de los abuelos, en lugar de viajando en un barco enorme lleno de extranjeros y gente mayor. Esa gente de color rojo vacacional, que viste de blanco, que ríe y le busca el sentido al paquete de ocio por el que han pagado.
Algunos de los niños se pasan la travesía de placer preguntando a sus padres cuándo van a llegar. Nadie les ha hablado de la importancia del Camino; y para cuando estén hartos de oírlo, ya sabrán de sobras que nunca se les va a exigir tanto que estudien como que aprueben; y aplicar a todo lo demás. Por muy inteligente que sea el crío de turno, siempre estarán ahí los padres o los tutores para controlar y poner freno a eso, y hacer crecer a otro asalariado mustio.
Es gracioso ver cómo funcionan sólo en base a una idea sobre el futuro. No sólo olvidan la fecha de caducidad con los yogures.
Siempre se están preparando para algo, en lugar de pensar en lo que hacen y si quieren hacerlo.
No me gusta racionalizar el sadismo, pero no puedo negar que a veces sientes que estás mordiendo el cuello adecuado. Localizas al niño o la niña que anotaste mentalmente. Sus padres, que pasean por cubierta, le han dado permiso para ir a ver al enfermito. La familia cree que controla la zona, que ya conoce los tránsitos. Y sobre todo creen que no hay serio peligro, porque las vacaciones raramente funcionan como descanso; funcionan como desahogo, funcionan como lapso en el que perder, aunque sólo sea un poco, el miedo habitual a la vida, al futuro. A esto hay que sumarle que nadie apuntaría “vampiros” en una lista de motivos por los que los críos desaparecen. Lo que intento decir es que, estas familias, en su mayoría nucleares, suelen leer su propio miedo de la forma más equívoca posible. En el fondo, lo que les está aterrando, no es su propia inseguridad, ni la posibilidad de arruinarse, ni siquiera la idea de que les pueda pasar algo a sus hijos. Lo que más les aterra con diferencia, aunque sea a un muy efectivo nivel subconsciente, es que el mundo cambie.
La lección que con más convicción han aprendido –sea cierta o no–, es que las cosas sólo pueden empeorar.

Tengo que procurar estar al fondo de ese agujero.

Esta vez, sin embargo, topo con poco habituales variaciones. Llamo variaciones a ese tipo de imprevistos que se dan muy raramente con los tránsitos de los adultos. Las personas de determinada edad, las que no son niños y tampoco ancianos, las que están ahí, en medio, tomando las grandes decisiones, “ayudando” a crecer o a morir a los demás. O en general intentando ser discretos, o contribuyendo a un mundo más caótico o destructivo. Esas parejas entre los treinta y los sesenta. Pues bien, esa gente suele ser absolutamente predecible. Da igual lo que hagan (fidelidad, aburrimiento, cuernos, hijos, maltrato, parricidio…), nunca hacen nada que no se haya hecho ya millones de veces en ese lapso vital. Excepto estar realmente conformes, o intentar ser felices o sinceros para consigo mismos, cumplen con todo el programa. Van de A a B, luego a C, y luego vuelven a A. Algo así como de la cama al coche, del coche a la silla de la oficina, y de ahí otra vez a la cama. Todo salpimentado con fines de semana ahogados en tópicos (por fin es viernes, ahora es sábado, ya-es domingo-me-quiero-morir…), y una actitud que dice: Si no eres como yo, a Dios vas.
Eso no suele variar nunca.
Hasta que lo hace.
Cuando me pongo a seguir una mañana a uno de los críos –que estoy bastante seguro se vuelve solo a hacer compañía a un amiguito moribundo–, veo que un tío de unos cuarenta tacos parece hacer la misma ruta que yo.
¿Dónde coño vas? Creo que lo digo en voz alta.
Comenzamos a recorrer pasillos solitarios a esa hora (casi mediodía). Él siguiendo al crío, y yo siguiéndolos a ambos.
Entonces el tipo empapa un trapo con lo que supongo es cloroformo.

Variación de baja intensidad: El pederasta.

No intento rebajarle. Lo de baja intensidad no es porque el asunto carezca de gravedad, sino porque la pederastia y la pedofilia son prácticamente tópicos inherentes (o al menos cercanos) a los núcleos familiares más comunes. Quizá generalmente el pederasta no vaya a por sus hijos, pero sí a por todo lo demás. Todo lo que no debería hacerte pensar en sexo.
Nunca he hablado con uno, lo que remueve mi curiosidad.
Como no podía ser de otro modo, carga el cuerpo del muchacho (unos ocho años) hasta la zona de la sala de máquinas. No es un aficionado, sabe que la hora de comer es una buena hora para portarse mal. Habrá un personal mínimo, pero muchos recovecos, y alguna que otra compuerta que se pueda cerrar.
No parece su primera vez. Tampoco en un crucero.
No soy nadie para dar discursos morales, ni para alimentar ningún tipo de ética o estética del Bien. Pero yo no hice al vampiro. Ni tan siquiera me llamaba vampiro antes.
Antes éramos más bien innombrables.
Cuando estoy dispuesto a afrontar algún tipo de conflicto, buscado o no, siempre me ataca la nostalgia. Lo más extraño de no morir, es que pareces adquirir un instinto para dirigirte a donde acontecen los puntos de inflexión históricos. Nunca tengo con quien fardar sobre esto, pero Bram Stoker era un cocinero horrible (porque nunca cocinaba para sí mismo…), Maria Antonieta una niña tan ignorante como encantadora, y Colón un ser mezquino en sus últimos días.
La lista es larga, y a lo largo de la Historia (ahora ya casi nunca), este tipo de personalidades que jamás morirán en la memoria, parecían saber intuir –y apreciar, igual que tú en ellos– quién estaba siendo anfitrión de un demonio o un genio.
Durante el siglo XIX, empero, hasta los vampiros comenzaban a ignorar quiénes eran de su especie y quiénes no.
Yo procuré que mi radar para lo extraordinario no se oxidara. No es ningún tipo de poder, no parece que mi corazón vuelva a latir. Simplemente veo a alguien, y en unos pocos segundos lo sé.
¿Que qué sé?
Me pasa lo mismo con el pederasta. ¿Quién es este tío? ¿Es alguien? ¿Lo será? La mayoría de gente jamás llega a ser alguien; y no me refiero a que no cambien el mundo ni lo vuelvan del revés. Nunca llegan a ser alguien ni para sí mismos.
Pero algo subyace a la presencia de este ser, al que observo cómo con el crío en brazos se dirige a cierto habitáculo, seguramente el que algún trabajador usa para dormir.
Antes de que se cierre una suerte de escotilla, meto el brazo. No se da cuenta de nada, tampoco el crío. Sé pasar inadvertido en los lugares más estrechos. El hombre deja el paño y la botella en el suelo, casi al tiempo que yo hago uso de ellos para dejarlo grogui.

Cierro la escotilla tras de mí. Tengo que reducir al niño cuando vuelve en sí; deja pronto de patalear. Se acurruca en un camastro apestoso.
Espero a que el pederasta despierte. No es fácil tener la agilidad suficiente como para salir enseguida de semejante zulo. Aun así, uso una silla de madera, de tijera, la única disponible, y me siento obstruyendo la salida.
Es cierto que los niños saben sospechar cuándo está pasando algo que sus padres no consideran posible. Si algo aprenden todos los mayores ahora, es retórica, a buscarle interesadamente las vueltas a todo, y a poner excusas. Les podría violar un extraterrestre, darles hijos verdes con antenas, y seguirían diciendo que vaya con la pesadilla que tuvieron. Pero los niños no. Pueden dejar de creer en los Reyes Magos, pero siguen atisbando una Realidad en la que sus padres hace mucho dejaron de creer.
Por eso el niño ni tan siquiera llora, no llama a sus padres, no hace preguntas. No es que sonría ni lo esté pasando teta, pero es consciente de que ahora habita en la Realidad que está bajo la que le han enseñado. Un crío no tiene “creencias”, no reparte panfletos, simplemente asume de forma natural y resignada que no puede controlarlo todo.
Cuando estoy presente en lo que los vivos llamarían una situación tensa, soy más consciente del protector solar. Creo que es porque lo único parecido a una situación tensa para mí, desde que me mordieron, es cuando estoy decidiendo si verbalizar en serio lo que soy.

El tío vuelve en sí. Me alerto, pero en ningún momento hace gesto brusco alguno. Sólo parece sentir curiosidad, además de resoplar por haber sido pillado. Rápidamente, sin yo decir nada, se viene abajo. Comienza a lloriquear.
¿Está actuando?
No le pregunto si sabe lo que hacen con los de su calaña en la cárcel. Aunque juraría que a estos tíos los juntan a todos en el mismo módulo. No le echo nada en cara, ni le llamo enfermo.
Lo que parece inquietarle aún más. Podría pensar que soy el padre del chico, y que estoy tan calmado porque lo tengo acorralado, y nada va a impedir que lo torture.
Digo:
–¿Lo has hecho más veces en un crucero?
–…
Me tengo que armar de paciencia durante un rato, porque el tío tarda en decidirse a decir mu.
–¿Lo has hecho más veces en un crucero?
–Sí…
–Es fácil, ¿verdad?
–…
–Te quedas enseguida con las caras y…
–¡¡Quién coño eres!!
–Tranquilo… Si gritas esto va a acabar antes de lo que yo querría.
–…
–Luego te va a parecer raro, pero nunca he hablado con alguien como tú.
–…
–Quisiera decir que no tenemos nada en común. Pero la verdad es que somos bastante parecidos.
–Por favor…
–¿Quién crees que soy?
–No le iba a hacer nada al crío, lo prometo.
Cabeceo hacia la botella y el paño. El tío lloriquea con más intensidad.
–¿Lo haces cuando aún están inconscientes? ¿Te corres enseguida?
–Por favor…
–¿Me quieres decir quién crees que soy?
–No quiero nada, yo…
Me irritan las pausas, pero con este tipo no hay más remedio que respirar hondo.
–Lo que no quiero –digo– es que te muevas. No quiero ni que te muevas ni que grites. Ni que te hurgues en los bolsillos ni hagas movimientos bruscos
–Está… Está bien.
Tenemos una precaria fuente de luz, lo cual me anima un poco.
–¿Comes carne? –le pregunto.
–¿Que si… como carne?
–Supongo que a los críos sólo te los follas. Digo que si comes carne, chuletones, bistecs, hamburguesas…
–Sí… Sí, como carne.
–Creo que puede ser interesante ver cómo superáis la fase del especismo.
–…
–He conocido a una chica que no come carne. Es inteligente, te gustaría. O puede que no… Lo que es seguro es que tú no le gustarías a ella.
–…
–¿Has asesinado alguna vez a un niño?
–¿Qué? No.
–¿Quieres asesinar a uno?
Me dirijo al niño:
–¿Cómo te llamas?
El crío me dice su nombre.
–¿Quieres ponerte de pie? Ven aquí.
Se incorpora, le guío y le pongo de cara al pederasta.
–No me has contestado –le digo al tipo.
–No quiero matar a un crío, no quiero…
–Espera. ¿Ese es tu límite?… He pensado más veces en esto. No sabes quién soy, lo que soy, pero yo sí lo he hecho, he matado a muchos niños, y a muchas niñas. A estas alturas puede que a cientos…
–Estás loco, quiero irme de aquí.
–… le dijo la sartén al cazo… ¿Es así? Nunca me ha gustado cómo se oxida el lenguaje.
–No sé quién eres, pero quiero irme de aquí. Ni siquiera sé si eres poli.
–¿Parezco poli?
–…
–Los polis son quizá las personas más torpes y manipulables que hay. Mucho más que este crío. ¿Sabes por qué no se revuelve este crío?
–…
–Porque sabe que es inútil.
–…
–Sé que he dicho que nos parecemos, pero aquí somos los tres muy diferentes a cierto nivel, incluso tú y yo. Eso siempre me resulta interesante. Lo que quería decir, es que me asquéas. Pero claro, es irónico adimitirlo. A no ser que uno se pregunte qué es peor, si matar a alguien o destrozarle la vida.
–Yo no mato nadie.
–No, sólo los dejas emocionalmente tullidos, arrastrando miseria hasta que se los lleve la misericordia.
–…
–¿Me puedes decir quién eres?
–¡¡Dime quién eres tú!!
–…
–¡¡Quién coño eres!!
–No puedes digerir quién soy. Tienes limitaciones que yo conozco muy bien.
–Estás tarado.
–No. Sólo he vivido mucho más tiempo que tú. Empiezo a creer que no sabes quién eres…
–Por Dios, sólo quiero…
–No bromeo. De verdad creo que no sabes quién eres, o quién vas a ser.
–No sé de qué coño hablas.
–¿Te postulas a algo? ¿Política? ¿Estás planeando algo? Ayúdame, no me siento en el camino…
–No soy… nada.
–Ya sé que no eres nada, eres menos que nada, y da igual lo que hagas, nunca va a ser distinto. Lo que te pregunto es si tienes algo en perspectiva.
–No. No tengo nada. Soy funcionario, no tengo familia.
–¿Me puedes dar tu cartera? Ya puestos, vacíate los bolsillos.
–No. No pienso hacer eso.
–Así que hombre de familia, delincuente y con ambiciones. Antes los que eran como tú mentían mucho mejor, te lo aseguro.
–…
–No te recomendaría el mundo de la política, pero los tíos como tú sois mi televisión, mi Internet, mi enlace con la Historia.
–Oye…
Sin solución de continuidad, lanzo una dentellada al cuello del crío, que no reacciona en modo alguno. Un muñeco. Frunce el gesto, y no tardo mucho en hacer que se le pare el corazón y se empiece a enfriar.
Práctica.
El tío al principio mira horrorizado, y luego su cara adopta un semblante neutro, como si recordase quién es y lo que quería hacer. Su camisa blanca, su chaqueta, de extraño diseño ambas, quedan rociadas de salpicaduras rojas.
Un vez acabo, no siento que haya logrado el efecto deseado, aunque haya comido bien.
Con la barbilla empapada de sangre, digo:
–¿Me vas a decir quién eres?
A lo que él, sin yo poderlo haber anticipado en modo alguno, dice:
–No puedes digerir quién soy. Tienes limitaciones que yo conozco muy bien.
–…
–Si quieres que esto avance, necesito meter la mano en mi bolsillo.
Alguien empieza a aporrear la escotilla, cerrada desde dentro.
¡¡Eh, quién hay ahí dentro!!
El tío saca un aparato similar a uno de esos teléfonos inteligentes. Me dice:
–Dime una fecha, la que quieras, y un lugar, y agárrame la mano.

Obviamente, estos viajes le permiten llevar determinado estilo de vida. Cada cual elige los suyos. Claro que unos tenemos más limitaciones que otros. Cuando aún no he entendido del todo lo que ha pasado, me encuentro viéndome a mí mismo morder a mi tía Teodomira.
Salimos de la casa, el tío no me suelta la mano; mi otro yo nos grita. El tío me dice que ahora tengo que entender y –aún más difícil– aceptar, que él puede reproducir o provocar un agujero de gusano, un puente de Einstein-Rosen. Que es un paso más, porque yo estoy, pero él salta. Que ha sido el primero en lograrlo. Que estoy equivocado. Todos lo estamos. Ahora tengo que aprender otro montón de palabras nuevas, asumir que un personaje histórico es pederasta, y perseverar para mantenerme donde quiero, en el fondo del agujero.

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Un instante antes de irme

Los víveres se acabarán pronto, decía siempre P. Lo decía incluso en el momento de más reservas. Ahora hablamos de él mientras su vaticinio se está comenzando a hacer realidad. No había que ser futurólogo. Ayer le mordieron cuando intentaba clavar tablas en un agujero de la puerta principal. Bajó la guardia. Pensábamos que lo peor ya había pasado. Una manada había rodeado la casa. A veces se alejan, presos de un vago instinto, cuando matamos a dos o tres de ellos.
Siguen siendo tan lentos como peligrosos. Hasta ahora no hemos visto a ninguno que arranque a correr o varíe el ritmo de avance.

Hace un mes ninguno de nosotros había tocado jamás un arma. Ahora discutimos sobre cargadores, las formas de las culatas, el retroceso y el calibre de las balas. No conocemos la terminología adecuada (hablamos de balas gordas o finas, de hierro, madera o plástico, de piezas y «cosas»), hacemos probaturas y procuramos no desperdiciar demasiada munición con ensayos. Ya hemos saqueado lo que quedaba de la armería con material de caza que hay a dos horas a pie.
Hemos llegado a la conclusión, por cierto, de que las horas de luz no son especialmente más seguras.

No somos originales. No tenemos grandes ideas ni una capacidad de supervivencia extraordinaria. Nadie ha juntado dos piezas para crear nada nuevo, nadie ha ideado métodos que no conozca cualquiera para cortarles el paso o matarles. Tenemos miedo, un miedo atroz. No nos hemos acostumbrado a la situación. Encendemos velas al atardecer. Apenas pegamos ojo. Nos pasamos las noches mirando hacia las puertas y las ventanas cubiertas de tablas. Luego miramos las paredes.
No sé si esto dice algo sobre el ser humano o sólo sobre nosotros.

P. era el más decidido. Era brutal y no tenía maña, pero parecía controlarse mejor. Creo que por eso está muerto. Era el que tenía menos miedo, o el que fingía mejor no tenerlo. Era un incordio. Sus tripas siguen haciendo de felpudo en la puerta. Murió por la tarde, con el sol aún bien alto.
No enterramos cuerpos, nos hemos acostumbrado a oler a podredumbre o vísceras secas. Huele siempre a rancio; como si algo vivo, viscoso y dentado que nunca se lava, estuviese constantemente cubierto de polvo, y fuese tu única compañía.
No hay nada ya que se encienda con interruptores o botones, o a lo que le quede batería.
Esta no es la casa en la que viviera nadie, sino más bien un lugar de vacaciones. Aislada, aunque no mucho, y tampoco demasiado rodeada de árboles. Nada se sabe de los dueños. Hay caminos de tierra y un riachuelo útil no muy lejos.

Antes éramos muchos más. Todo el que ha decidido irse por su cuenta, se ha acabado convirtiendo o bien en uno de ellos o bien en mobiliario orgánico (o comida) para la naturaleza. Vemos los restos de sus cadáveres cuando salimos en grupo algunas mañanas, en busca de algún lugar no totalmente saqueado. Tiendas, almacenes, farmacias, talleres, todo tipo de antros. Tienes que ir todo el tiempo mirando al suelo para no tropezar con algo inerte, humano o no.
Acabas calculando la distancia de seguridad al ver una manada de lejos. Nadie se hace el héroe ni pretende asumir ningún tipo de liderazgo. Cuando oímos el primer grito, echamos todos a correr. No hablamos mucho entre nosotros. De vez en cuando alguien rompe a llorar.
Hay alguna especie de acuerdo tácito basado en el egoísmo en grupo. Nadie le va a aguantar la puerta a nadie si la cosa se pone fea o parece que se pone fea.
No se está formando una familia.
No está creciendo ninguna historia de amor.
Ni tan siquiera recordamos los nombres de los demás fácilmente.
Nadie ha mencionado con ironía película alguna.
Tenemos plena conciencia de que la civilización se está pudriendo a nuestro alrededor. La naturaleza está perdiendo el encanto que antes tenía por contraste con las grandes urbes. Se está volviendo hostil, como si ahora de verdad viéramos su única cara disponible. Toda esa belleza no comestible, escondrijos para asesinos. Ninguno sabemos aprovechar plantas, o detectar frutos o cultivar. La mayoría formamos parte de lo que llamaban la generación más preparada; lo que para la situación actual nos convierte en completos inútiles. Sin teclados, sin logos que diseñar, sin ingenio que pulir, sin entrevista de trabajo que afrontar. Ninguno de los idiomas que dominamos nos puede ayudar.
Todo nuestro potencial destinado a ganar dinero, y ahora el dinero vale menos que una mierda. Literal y figuradamente.
No nos hemos formado realmente a un nivel emocional o humano, sino sobre todo académico, de modo que no somos creativos, intrépidos, auténticamente empáticos o valientes.
Antes podíamos fingir que éramos todo eso, ahora ya no.
En su día, sacamos sobresalientes en la única asignatura que imperaba en el fondo, de modo que estamos cagados. Eso lo sabemos hacer bien. La cuestión es que nos enseñaron a temer el futuro, y ahora ya no hay tal cosa.
Antes también se decía que lo realmente difícil, era saber estar en el presente, que esa era la clave de la felicidad, del equilibrio y la paz.
Y aquí estamos. Nunca hemos estado más en el presente. Lo estamos tanto que el presente nos puede pegar un bocado en cualquier momento. Y lo hace.

Yo estaba en una sala de conciertos. Tocaba un grupo, no los conocía. Había ido para coincidir con cierta chica. No entraré en detalles, pero no era el mejor momento de mi vida. Sólo era el momento de siempre de mi vida. Era sábado y ya estaba pensando que el lunes tendría que volver a la oficina, a seguir desempeñando ese trabajo por el que tanto había luchado. Y que odiaba con todas mis fuerzas. El curro me estaba secando por dentro, me mantenía amargado como una nevera mantiene frescos los yogures; y a la vez me aterrorizaba dejarlo.
Era un buen soldado.
Ya me sentía mal incluso los fines de semana. Me comenzaba a parecer patética esa increíble sed de la gente por que llegara el viernes. No entendía por qué nadie se preguntaba por qué aceptábamos ese trato: tan mínima y discutible recompensa a cambio de tanto putéo, gilipolleces, farsa y burocracia. A cambio de tanto tragar y poner el culo.
Veía tocar a ese grupo y ya casi ni buscaba a la chica con la mirada. Era amiga de alguien, teníamos un amigo común. Creo que ella estaba por cualquier cosa menos por la labor. Decidí que bebería y saldría a fumar de vez en cuando, sin hacer ningún esfuerzo o acercamiento. Si ella quería algo, iba a tener que tomar la iniciativa. Yo sencillamente no estaba con ánimos. Yo no lo estaba y ella no lo estaba; una esencia concreta y representativa del nuevo siglo. Era la mejor etapa, decían, sin haber cumplido aún treinta (no es que yo tuviera problemas con esa edad), con trabajos de respetado perfil y toda la vida por delante.
Nada de lo que hacíamos abarcaba más de tres o cuatro frases hechas.
Comencé a oír ruido cuando el concierto llevaba una media hora de discutible talento y mucha pose. Venía de la parte de atrás de la sala. Primero gritó alguien, luego hubo cierto alboroto. Los músicos se hicieron visera con la mano y salieron despavoridos, creo que sin saber muy bien lo que pasaba. Supongo que pensaron que era un atentado terrorista; fue lo que pensamos todos al principio. Fue lo que pensó todo aquel que estuviera en algún sitio con más de diez personas. Vaya, eso que veíamos siempre por la tele, y que nunca nos iba a tocar porque era una Lotería de las chungas, estaba sucediéndonos. Todos pensamos, durante unos segundos, que íbamos a morir a manos de la política. Carne de telediario.
Después, algo comenzó a no cuadrar.
Las cosas no se aceleraban, nadie disparaba una ráfaga al techo. Pasamos a creer que sería una broma. Del terrorismo a la televisión, a youtube. Cuando ves a alguien con media cara colgando y formas parte de la generación más jodidamente preparada de la Historia, obviamente no piensas nada más que en maquillaje. Puede que hasta conozcas a alguien que se dedica a eso. Uau, fíjate, qué bien hecho está. Vimos cómo cinco o seis de esos amigos de maquilladoras de cine, mordían a los demás y tiraban de la carne y la desgarraban. Uau.
Fue gradual, éramos demasiado cínicos e inteligentes para creernos enseguida lo que estaba pasando. Algunos no lo aceptaron hasta que rellenaron su vaso con la aorta.

Cuando tienes la suficiente hambre, puedes ver a un zombi atacando a su propia sombra, igual de hambriento que tú, y todo sigue igual de despojado de humor e ironía. Lo matas con tu cuchillo de cocina favorito, lo matamos, y seguimos la nueva excursión diaria de moda. Ya no hay gasolina o un vehículo funcional en un radio de tropecientas caminatas; ya no hay forma de irse a buscar cosas sin que se te haga de noche. Es cierto que al principio pensábamos que salían más por la noche. Luego hemos visto que no importa qué hora sea, porque ellos no duermen, no tienen una rutina, no saben lo que es una rutina (al contrario que nosotros, que prácticamente no sabemos nada más). Aunque es cierto que la oscuridad sigue teniendo sus razones. Insisto, no hay que olvidar que nuestra especialidad, aquello en lo que nos licenciamos o doctoramos, aquello con lo que cubrimos las paredes con documentos enmarcados, fue sobre todo el miedo.
Nos encastillamos, pero sabemos que la casa ya no va a aguantar muchos más remiendos. La idea de ponernos a cortar leña nos intimida, incluso en la situación actual. No sabemos cortar leña igual que no sabemos cultivar. Lo más probable es que se nos cayera el árbol encima, o no taláramos el adecuado, o luego no supiésemos despiezarlo. Hemos tirado de tablas abandonadas y un taller nada cercano a la casa. Hemos rebuscado en la basura; y creo que ahora ha llegado el momento de comer de ella.

Alguien ha sacado el tema. Ese tipo de cosas en las que todos comienzan a pensar pero que nadie se atreve a decir. Es posible que lo mejor sea empacar y largarse. Puede que a encastillarse en algún otro lugar, o puede que a morir. Pero la idea de quedarnos en la casa empieza a parecer una de las peores.
Hay que tener en cuenta que morir no es lo peor que te puede pasar. La vida, y más ahora, ofrece un montón de posibilidades mucho más terribles.
Ni siquiera hay un médico en el grupo. Si a alguien, por ejemplo, se le ocurriera la brillante idea de quedarse embarazada, no se nos ocurre por qué no iba a morirse casi seguro en el parto si no la matan o la convierten antes. No está naciendo en nosotros ningún tipo de pericia salvaje al estilo del hombre de las cavernas. Hemos viajado en el tiempo, pero eso no significa que sepamos adaptarnos. Yo podría arreglar cualquier factura, aguantar todo tipo de jodiendas por teléfono, sé hacer horas extra, currar los sábados y aguantar tediosas comidas de negocios. Sé hacerte la declaración de la renta. Pregúntame por cualquier casilla de casi cualquier documento legal.
Sé sacar la carne de su bandeja y echarla en la sartén.
Sé mecanografiar a una velocidad que te sacudiría el flequillo por la ventisca.
Soy esa clase de persona, tenía veinte camisas iguales. Me ponía la misma camisa que estaba lavando. Siempre la misma camisa, siempre la misma persona.
Ahora también he aprendido a hurgar en el cerebro de un zombi metiendo un cuchillo jamonero por la cuenca de cualquiera de sus ojos. Joderles la cabeza ha sido efectivo hasta la fecha. Eso no quiere decir que sepa cazar o hacer fuego. Pero me ayuda a tener hambre un día más.

Una mañana, empacamos y salimos. No es que podamos llevarnos muchas cosas. Y desde luego no podemos llevarnos el riachuelo del que hemos bebido, con el que nos hemos aseado desde que llegamos. Llenamos algunas garrafas. Nadie ha hablado de racionar nada; no tenemos comida, y no vemos por qué no beber más o menos a placer, teniendo en cuenta que no sabemos a dónde vamos ni si llegaremos. Sólo sabemos que la casa se ha vuelto inhabitable, porque ya no podemos (sabemos) explotar lo que la rodea. Creo que lo que vamos buscando son latas de conserva, algo así como estantes llenos de cosas cerradas al vacío con comida dentro.
Si os digo la verdad, nunca me he puesto a contar. Debemos ser unos quince, más hombres que mujeres. Edades comprendidas entre los veinte y los cuarenta. Cuando estalló, casi todos estábamos de fiesta. Con todo, nuestro comportamiento no ha sido tan patético como cabría esperar, pero todo el mundo sabe que nunca se toca fondo como para no poder bajar más.
Ahora que marchamos, cobra fuerza un peligro concreto en el que no pensábamos en la casa.
Si me preguntas a mí, hoy por hoy prefiero cruzarme con zombis que con otros seres humanos. Un zombi es honesto, sabes lo que quiere, no te va a joder, o sí, pero ya me entendéis. Pero un ser humano…, un ser humano puede hacer que las cosas se tuerzan de maneras que jamás esperarías, su torpeza puede ser tal, que su “anti-creatividad” a la hora de complicarte la vida no conoce límites. Esto ya era un estorbo cuando comprábamos entradas por Internet, pero ahora cualquiera de esos estorbos podría mutar en tragedia. Bastaría un solo tonto que desequilibrara al grupo, un tonto distinto, alguien más egoísta o valiente que la media, y la cosa se podría ir al garete del modo menos previsible. P. ya estuvo a punto de exponernos así. Intentaba liderar, quería hacer planes, proteger, tomar medidas, redactar listas, configurar programas de entrenamiento, buscar soluciones… P. creía que en algún laboratorio habría gente intentando dar con una vacuna. No dejaba de mirar al cielo buscando aviones comerciales.
P. no entendía que no podía abarcar la situación, era incapaz de reconocer tanto sus limitaciones como las nuestras. Nosotros no somos mejores, si se trata de destacar los puntos flacos, pero al menos nunca hemos intentado animar a nadie con conjeturas gratuitas.

Vamos cargados. No hace mucho frío, o más bien ya empieza a hacer menos en general. La primavera está al caer. Creo que eso, aunque no lo hayamos comentado, ha sido vital para emprender la marcha. Como sea, siempre pasaremos frío o calor. Frío cuando haga frío, y calor porque tenemos que cargar con todo. Tampoco se ha comentado dónde vamos a dormir cuando se haga de noche. Nos turnaremos y haremos guardias igual que hacíamos en la casa, pero ahora la posibilidad de enfermar, a la intemperie, es mucho mayor. Un resfriado vuelve a ser peligroso. Tenemos una reserva de pastillas. No es que sepamos para qué sirven todas, pero es mejor que no tener nada. Ya casi no pensamos en Google, aunque algunos aún se llevan la mano al bolsillo buscando el teléfono. Yo me ensimismo, observo un punto fijo en el horizonte, y cuanto más lo hago, peor me siento. Estoy más bien desesperado, aterrado, hundido por la falta de seres queridos o conocidos, y la añoranza de ciertas rutinas de las que antes me quejaba. Pero a la vez no tengo claro si querría volver a mi vida anterior. Es verdad que antes bailaban para ti desde todos los ángulos, y podías olvidar en ciertos momentos que esencialmente odiabas tu rutina; pero la única verdad de fondo es que ahora no estoy bien, y tampoco lo estaba antes. Hacia dónde va a ir esto, no lo sé, pero aún no he conseguido que esa certeza me proporcione algo de alivio. Antes casi podía asegurar lo que iba a hacer durante todo el año, lo cual era terrible si lo pensabas; ahora no puedo saber con seguridad qué voy a hacer en los próximos cinco minutos, lo cual es terrible si lo piensas.
Al atardecer, caminamos hacia la puesta de sol. Todo lo que antes resultaba precioso a la vista, ahora está teñido de alguna clase de ironía salvaje. Lo que antes estaba dotado de una serena belleza, ahora promete histéricas fealdades.
Incluso así, nos sentimos más seguros en zonas abiertas, en zonas de campo, o incluso en bosques cerrados.

Todos hicimos nuestra pequeña ruta de la desesperación, pasando por casa de nuestros padres, buscando amigos, intentando llamar, ponernos en contacto.
Habían tirado la puerta abajo, cosa nada fácil. Al haber empezado todo bien entrada la noche, no tenía muchas esperanzas. Más bien, la única era que no hubiese nadie en el piso.
Había pensado mucho en la muerte de mis padres, pero en mi cabeza siempre morían de viejos. Al verlos como los vi, era todo tan esperpéntico, que simplemente fui incapaz de digerirlo. Me di la vuelta y bajé las escaleras como si fuera un día más de visita. No me estaba atragantando con las lágrimas, ni contuve un grito. Si quedé en estado de shock, puede que aún lo esté. Pero diría que simplemente el hecho rebotó a un palmo de mis narices, y aún no he tenido realmente la intimidad o predisposición necesarias para abrazar el duelo.
Mis padres, ambos a la vez en el salón, la cocina y el cuarto de invitados, destripados. Ni tan siquiera podrías haber unido las piezas. Apenas quedada un tercio de sus caras.
Fue entonces cuando vi que se comen los cerebros, aunque también se comen casi todo lo demás. Pero es como si siempre se dejaran los bordes de la pizza. Se atiborran y vuelven a querer sangre fresca. Se comen el ochenta por ciento de ti. No les gustan los ojos ni las narices ni las bocas, o eso parece. Tienen una fuerza fuera de lo normal, aunque curiosamente parecen emplearla bien sólo para devorar, y no tanto para forcejear, atacar o reducir a sus víctimas. Tampoco hay que confiarse, claro. Son capaces de romperte el cráneo con las manos sin hacer grandes aspavientos, y sus dientes parecen resistir más que cuando se palpaban buscando la cartera. Desgarran la carne sin excesivo problema. Les encanta revolver las tripas y masticar tanto intestino grueso como delgado, disfrutan como locos comiendo corazón, músculo y pulmón.
La primera vez que maté a uno, estuve una hora intentando no vomitar. Como he dicho, tienen fuerza, pero siguen siendo torpes de reflejos. Cuando ven que te mueves, se aturullan y no saben cómo dialogar con tus gestos. Si son dos o más, si te rodean, estás perdido, pero en el cuerpo a cuerpo, puedes sujetarles el pelo y clavarles algo en la cabeza sin correr demasiados riesgos. Te acabas haciendo al sonido de sus dientes cuando chasquean. Es después cuando te pones a temblar, cuando piensas en lo que acaba de pasar. Paradójicamente, es posible que el momento de menos miedo y ansiedad, sea cuando luchas, cuando tienes que matar al engendro que tienes delante. No tienes conocimiento más que para eso. Desaparece todo lo demás. Matar es tu desconexión, tu cine, tu lectura, tus videojuegos, tu deporte, el puñetero yoga, el nuevo veganismo; es el único instante en que nos podemos refugiar, ser ALGUIEN. La nueva religión.

Por la noche hace frío. Nos acurrucamos, intentamos envolvernos lo mejor que podemos con lo que tenemos, que no es gran cosa. Hay zonas sorprendentemente mullidas si las buscas. Hemos acampado en la linde de un bosque, buscando algo de cobijo y a la vez intentando no perder visibilidad. Lo que hay más allá sigue siendo campo; hay una edificación, una casa lejana seguramente vacía (o eso queremos pensar). No hemos tenido valor de acercarnos porque ya estaba oscureciendo de forma evidente. No tenemos nada parecido a unos prismáticos; teníamos unos, pero alguien que abandonó nuestra anterior residencia se los llevó consigo. No todos dejaban claras sus intenciones.
No hemos tenido valor, porque si allí hay más gente, no tenemos ninguna garantía de que eso no suponga un conflicto.
Hemos tomado conciencia de que los seres humanos no sólo pueden ser peligrosos ahora, sino que antes también solían ser la causa de muchos de nuestros problemas. Asuntos que personalmente no te preocupaban lo más mínimo, se volvían vitales e increíblemente estresantes por culpa de los demás. Cosas que jamás hubieses hecho ni tenías la necesidad de hacer, entraban a saco en tu agenda echándote a ti a patadas. Ahora puedes recordar perfectamente cuántos dolores de cabeza te provocaban. En cuántas guerras ficticias te metieron, cuántos falsos dilemas te inculcaron. Ahora, intentando dormir y pensando en todo eso, creo que me mantiene más caliente la rabia que la manta. Los demás no sólo eran una fuente inagotable de problemas, sino que además viví para ellos, viví para contentarles, para hacer acopio de sus asentimientos. Y lo peor es que lo hice sabiendo que en el fondo les importaba un carajo.
Eso es lo más doloroso, yo fui parte importante del problema, por hacerles caso. Si haces demasiado caso a la gente, puedes acabar teniendo la tentación de culparles de todos tus males.

El Apocalipsis lo ponte todo en perspectiva. Tiene cierta gracia decirlo así, o la tendría. Antes era la muerte la que decían que lo ponía todo en perspectiva; la de los demás o la tuya dependiendo de si eras católico o no.
Con estos nuevos mecanismos de razonamiento, por la mañana tenemos que decidir algo respecto a la casa. Debe estar a algo más de media hora a pie.
Al final, reunimos alguna clase de perezoso valor entre todos, lanzándonos monosílabos. La cuestión es que esa casa es algo, y del resto no sabemos nada. O seguimos caminando y evitando cualquier variante en el viaje hasta morir de agotamiento y carencias, o investigamos aquellas variantes no especialmente amenazantes a la vista.
Cuando vamos acercándonos, observamos una construcción más resistente que nuestro anterior “hogar”, que parecía hecho con plafones Tundra y pegamento de barra. Aquí hay piedra y muros gruesos. Hay una intención, y no solo una venta.
Aunque alguno aventura una cifra, ninguno sabemos calcular en metros cuadrados. La mayoría venimos de compartir piso durante años y habitar casi todo el tiempo una sola habitación. Hay que recordar que no solo somos la generación más preparada, sino también una de las más pobres. Con no dormir bajo un puente ya nos sentíamos de lo más dignos. La casa es grande, eso sí lo sabemos, y que parece cerrada y sellada, un fortín, un encanto. Si no fuera por su ubicación parecería una brasería rural, un negocio familiar. Siguiendo el símil, antes vivíamos en un McDonald’s. Parece un paso adelante, aunque sólo está a un día a pie de lo conocido.
Tarde o temprano alguien tendrá que pegar un grito, o llamar a lo que parece la puerta principal. Pero antes nos ponemos a dar vueltas al edificio, como animales macho que intentaran cortejarlo. Este es uno de esos momentos en que no podemos sacar el móvil y esperar a que alguien se impaciente y dé el primero paso.
Los estómagos rugen. Hace mucho que no vemos zombis. Jamás los llamamos zombis en voz alta. De hecho apenas pronunciamos nombres o personalizamos al hablar. Usamos constantemente el plural, y la mirada muerta es tendencia. Es como si cada uno de nuestros gestos transmitiera un único mensaje: Sólo es cuestión de tiempo.
El único que pensaba que podía sobrevivir de verdad, ayudar a reconstruir el mundo, repartir vacunas y volver a montar barbacoas los domingos, ya no está para hacer contrapeso. Esta vez el derrotismo parece favorecer la supervivencia. Encontrar el equilibrio sobre la fina línea que hay entre la desesperación y el suicidio, y procurar mantenerse ahí.
Pegamos la oreja a la paredes. No oímos nada. Es entonces cuando suena un pestillo, y se abre una ventana en la segunda planta.
Se asoma una mujer de unos cincuenta años, aterrorizada. Nos mira intentando discernir.
Uno de nosotros dice:
–¿Hola…?
La señora lo mira y luego parece volverse hacia alguien que cuchichea desde dentro de la estancia. Como si hubiera obtenido el permiso, dice:
–Hola…
–Hola. Eh… Llevamos un día caminando, tenemos hambre y… ¿Cuántos sois…?
–Eh, pues…
Se vuelve nuevamente a escuchar. Dice:
–Somos dos familias. Pero…
Se vuelve.
Dice:
–No tenemos…
Se vuelve.
–No tenemos comida, no…
–¿No tenéis comida…? –levanta la voz otro en el grupo, con escepticismo.
–Lo siento, no tenemos… Aquí no hay mucho espacio, y…
–¿Que no hay espacio? ¿Cuántos sois? ¿Cien?
La mujer se vuelve. Un hombre de la misma edad la aparta de mala manera, y se asoma. Nos mira a todos, casi uno a uno. Resopla, y dice:
–Aquí nos os podéis quedar. Ya os podéis largar, apenas tenemos nada para nosotros. ¿Entendido?
Es extraño, habla como si esta no fuera la primera vez que lo hace con un grupo de nuestro perfil y número. Habla como si nos pudiera echar a patadas sólo con un poco de mano dura.
Por primera vez, veo que algunos en el grupo pierden los nervios. Ahora no es miedo, ahora es la misma mierda de siempre, multiplicada por cien: la clase de tío que ya te encontrabas antes de que todo estallara, y que te podía joder el día. Pero antes sólo era una anécdota. Ahora un gilipollas te puede matar de hambre. Basta un sólo gesto de egoísmo, negarte un solo tarugo de pan o un trago de agua. Antes se te colaban en el supermercado o te jodían la peli, pero ahora estas personas adquieren otra dimensión, su egoísmo, ya antes difícil de entender, ahora puede llegar a tener tu vida en sus manos.
La verdad, no tengo fuerzas para juzgar lo que pasa luego, no tengo ánimo para decirles que derribar la puerta y «matar a esos cerdos, total…», puede que no sirva de nada, o que nos acabe pasando factura.
No digo nada mientras comienzan a patear con furia la entrada principal. Me aparto un poco del grupo, más bien mucho, por puro instinto.
El tío se vuelve a asomar, esta vez con con un arma del tamaño de un niño de nueve años. Dispara una, dos, tres veces. Acierta las tres. Estalla literalmente la cabeza de una chica (¿Marta?), acierta en la rodilla de un chaval, y revienta el pecho de otro tío. Varios del grupo dejan caer bolsas y mochilas y hacen uso de sus escopetas. El tío se aparta rápidamente de la ventana, y la puerta finalmente cede a los disparos, con tres cuerpos tirados a sus pies. Dos muertos y uno agonizando, gritando como jamás he oído gritar a nadie. No le atienden.
Yo tampoco.
Entramos en la casa, la mayoría escopeta en mano. Subimos al piso de arriba y rodeamos al tío y la que dice es su mujer. Están solos. Les apuntan para que no se muevan. Abren armarios por todas partes, y por todas partes hay comida, bebida, pan duro, latas de conserva, latas y más latas, como si esta gente fueran proveedores para algún gran distribuidor.
Le han hecho soltar el arma al tipo, y les dicen que se pongan contra la pared y alcen las manos. Al menos cinco del grupo, comienzan a dispararles hasta que se cansan, derrochando, haciendo que sus espaldas se vuelvan pulpa de puro destrozo. La munición utilizada (balas gordas) hace que la sangre salpique por todas partes.
Mi mente no parece saber encajar la situación, sobre todo después de haber visto tantos muertos ya, y de haber matado tanto. De momento sólo me da por pensar que los zombis apenas salpican; no tienen tanto sangre como cierto flujo marrón oscuro, y en absoluto tan abundante.
Con los cuerpos despedazados, y oyendo el compañero que grita abajo para que alguien le socorra (cosa que nadie hace, todos sabemos que ya no tiene arreglo), nos sentamos en el suelo y comenzamos a devorar latas de atún, mejillones y un largo etcétera. Roemos el pan duro y bebemos agua, bebemos zumo, bebemos y bebemos. Nuevamente, nadie menciona nada sobre racionar los alimentos.
Me he sentado de espaldas a los cuerpos. Mi mente sólo se centra en la comida. Oigo que alguien suspira de forma desconcertante. Me vuelvo, y veo a un tipo (¿Luis?), fornicando con el cadáver de la mujer. El culo había quedado intacto. Y sigo comiendo.

No nos quedamos allí. No solo eso, además, al salir, dos del grupo disparan al herido. Pero no lo hacen para acabar con su sufrimiento y ya, sino que se ensañan, haciéndole gritar aún más, y dejando corazón y cabeza para el final.
Nadie reacciona si no es colaborando.
Hemos cruzado cierta frontera como grupo. Sigue siendo el mismo y a la vez ya no lo es en absoluto. Nadie acusa a nadie, nadie se está peleando, nadie se ha indignado y se ha ido por su cuenta. Parece que estemos explorando una nueva clase de miedo. Ahora ser los matones no es simplemente la respuesta al miedo, sino la manera de aguantar un día más. Creo que la explicación racional más fría y calculadora, tiene que ver con la aceptación definitiva de que, dadas las circunstancias, ahora los vivos son al menos igual de peligrosos que los muertos. Sobre el papel, no tiene por qué haber ninguna preocupación por las consecuencias de lo que hagas. Ya sea matar, violar o despilfarrar comida y munición. Talar un árbol y tratar la madera no es fácil, pero matar a un gilipollas que quería quedarse con todo el botín, en la práctica, puede serlo perfectamente. Algo te dice que ser más gilipollas que tus rivales ahora es básico.
Una chica ha vomitado mientras emprendíamos nuevamente el camino. Un par de miembros más del grupo van lloriqueando. Nadie les ha amenazado ni se ha reído de ellos. De hecho nadie ha hecho migas con otros miembros, erigiéndose en lideres o matones principales, o nadie que te vaya a impedir que te largues por tu cuenta si te da la gana.
Da igual, por el momento separarse del grupo no parece una buena idea.
Uno podría dudar sobre si esos lloros tienen que ver con la extrema y obscena violencia estallando en tu cara, o con el hecho de haber dejado allí el noventa por cierto de la comida y la bebida, con la que no podíamos cargar. Ha sido como si el hecho de cruzar ciertas líneas hubiese hecho ganar confianza a varios miembros del grupo, haciéndoles pensar que este mundo ahora puede ser mucho más cruel que antes, pero que ellos, aun no habiendo sido nunca guerreros, y sin habilidades manuales de ningún tipo, pueden alzarse a la altura de esa crueldad, y seguir adelante no hasta que mueran, sino hasta que les dé la gana.
Mi cerebro va a dos mil por hora, intentando leer la situación. El motivo por el que hemos dejado la segunda casa, tiene sentido; y es que parece mejor idea alejarse aún mucho más, para dar con otro radio de acción realmente distinto, del que poder nutrirse.
Por otro lado, es contradictorio, debido a que parece que lo más sensato era pasar unos días allí hasta agotar los recursos. Pero a su vez, dicho comportamiento conlleva cierta idea relacionada con algo terrible ahora. La esperanza ahora es la peor droga posible. Quedarse quieto en lugar de movilizarse, parece guardar cierta relación con la idea de que algún día esto acabará. De que algún día la gente comenzará a curarse, las ciudades a rehabilitarse, y las instituciones a reinstaurarse. Movilizarse conlleva, al menos, cierto grado de realista incertidumbre. Si no comes en un sitio, puedes comer en otro (esa es la actitud), pero si te quedas quieto, quizás te pierdas lo que sea que esté pasando a cien kilómetros. En lugar de esperar a que te “rescaten” en un mundo en el que ya no parece posible, te conviertes al menos en explorador, y remontas el río, recorres el camino, escalas la montaña.
Es la nueva forma de no ser un parásito.
Dios sabe que si algo nos han enseñado precisamente a nosotros, es que entregarse a la ociosidad, es peor que la muerte.
Antes la evitábamos vendiendo de un modo u otro nuestra vida, pero sintiéndonos más o menos dignos por el proceso de mantenernos activos. Pero ahora el tablero de juego es distinto, y ya hemos estado recluidos demasiado tiempo.
No es que yo piense exactamente así, pero intento vislumbrar cuál es la nueva filosofía del estudioso, del aplicado, el competitivo, el triunfador. Y no me cabe la menor duda de que, varios miembros del grupo, el violador incluido, ahora se sienten mucho más a gusto consigo mismos. La reclusión en McDonald’s fue tan solo una etapa. Quizá un momento de indecisión. Pero ahora algunos han decidido hacer aquello que les enseñaron a hacer en su día: coger la riendas de su vida. Otra vez.
Si el examen no viene a ti, ve tú a por el examen.

Creo que me he distanciado un poco del grupo. Y con esto no digo que ahora me lleve peor con ellos, o que les haya recriminado algo en voz alta. Quiero decir que, aunque creo que puedo entender más o menos por qué hacen lo que hacen, diría que yo no querría aún disparar a alguien vivo, o mucho menos violar a una mujer (muerta o no).
Antes observaba una pereza en ellos que me parecía incluso inteligente hasta cierto punto. Una vez muerto P., ya nadie ha hecho cuentas. Comemos y bebemos sin medidas concretas, y sigo creyendo que P. era más Personaje que persona.
Pero todo este asunto de fabricar una nueva inercia, algo que nos lleve hacia delante manejando una especie de nuevo “doblepensar”, que parece incluir un atisbo de esperanza y a la vez la carencia más absoluta de ella, no hace que me sienta muy cómodo. Aunque evidentemente a mi indiferencia le han crecido alas, pudiendo comer perfectamente junto a dos cuerpos triturados y uno siendo violado. No sé si un hambre salvaje justifica esa indiferencia. Siempre podría haber arramblado con cinco o seis latas e irme a otro lado a engullirlas; aunque es verdad que abajo estaba el tío gritón (¿Manu?, ¿Manuel?), cortando el paso en la entrada con su rodilla a la virulé.
Si me soy sincero, creo que aún no he pasado de la visión de mis padres descuartizados. Tengo un montón de tarea emocional acumulada. Pero no tengo ni idea de cómo se va a desatascar esa válvula en mí. ¿Y qué pasará entonces? ¿Comenzaré a llorar y no podré parar en una semana? ¿Me dará un infarto?
La otra opción es que me haya insensibilizado, que mi cuerpo haya organizado un nuevo sistema de defensas, un nuevo tipo de aguante para proteger a mis órganos de mi cerebro. Puede que ahora haya un nuevo filtro, y pueda merendar mientras veo a alguien comiéndose sus propias heces. Puede que para el cuerpo ahora la realidad sea el nuevo telediario, y ya todos podamos cenar teniendo las desgracias al lado.
Puede que aún no sea tan insensible como para hacer ciertas bestialidades, pero sí para soportar el que otros las hagan en mis narices.

El sol cae en picado a mediodía, sonriente como siempre, haciendo sonreír todo lo que toca (aunque nunca a todos). Esa alegría peculiar de la luz natural, tan engañosa si pensamos cómo es nuestro planeta y dónde flota.
Uno de los integrantes del grupo se detiene, y hace que nos detengamos todos. Arranca a hablar, dice que no puede seguir, pero que tampoco sería capaz de suicidarse. Sin añadir nada más, deja caer todo su equipaje, cierra los ojos y asiente. Las lágrimas saltan de él como si fuera un crío. No miro, ni sé quién lo hace, pero luego el cuerpo tiene sólo media cabeza intacta, y seguimos caminando.
Recuerdo que yo antes caminaba por placer. Me recorría la ciudad, incluso las calles más insulsas, o esos tramos por donde sólo pasan coches. Es quizá lo más extraño del nuevo paisaje: la ausencia de coches, de vehículos. Y por supuesto el silencio. Sólo una gran hecatombe podía traer este silencio.
Todos miran al suelo, nadie comenta nada de todo lo sucedido. El violador debe andar cerca de los cuarenta. Tiene esa especie de rictus permanente que hace que parezca que algunas personas siempre sonríen. No sé cómo se llama, creo que Ricardo. Si ahora mismo amartillara mi escopeta y le volara la cabeza, estoy seguro de que nadie se quejaría. Aunque puede que alimentara una dinámica que se volviese contra mí. Lo asesinatos me parecieron horribles, pero por algún motivo la violación posterior me asqueó mucho más. A decir verdad, los asesinatos me dieron más bien igual, debido a mi estado de congestión emocional; pero la violación consiguió llegar a irritarme, aunque solo fuera un poco. Ese sentimiento ha ido creciendo minuto a minuto.
Todos vestimos con ropa relavada, mal lavada, y que empieza a estar descolorida por el sol. Que el mundo se acabara un sábado por la noche, ha hecho que muchos zombis vayan por ahí emperifollados, con vestidos chillones, trajes de chaqueta, y todo tipo de atuendos calculados, y no siempre muy cómodos.
Cuando vas mal dormido, eso ayuda a la hora de ver venir una manada a los lejos, en pleno mediodía; puedes observar cómo se agitan al unísono cuando se dan cuenta de tu presencia.
Lo que decidimos es intentar hacerlo de lejos, antes de que se nos echen encima. Nos tumbamos en el suelo e intentamos apuntar. No estamos seguros de nuestra puntería, pero además tampoco sabemos si llevamos precisamente armas de precisión. Suponemos que si se puede matar con ellas un pájaro en pleno vuelo, esto no les supondrá un gran reto.
Están lejos. Erramos los primeros tiros. Pero al quinto disparo, uno cae. Nadie aplaude ni deja ir un grito de euforia. Mi tercer disparo le acierta a uno en el cuello. No los matamos, porque apuntar sólo a la cabeza sería una torpeza, pero conseguimos limitarles, dejarlos tullidos.
Cuando llegamos hasta donde están (hay unos diez), revolcándose por el suelo, usamos armas blancas. Puedes atacar el cerebro o intentar cortarles la cabeza. Lo primero suele ser más eficaz, y también más fácil. El tejido del zombi es acartonado, y evoluciona hacia una textura que recuerda al cuero. Es como si todo lo conocido estuviese tomando otra forma, incluido el pasado y lo que hicimos con él.

El día avanza y avanzamos con él. No es exactamente aburrimiento, pero tampoco creo que nadie se sienta ni levemente despierto. Incluso aquellos que parecían sacar pecho después cargarse a la pareja, haciendo que vieras de otra forma a los nazis, ahora vuelven a parecer vacíos y robóticos.
Lo que se ve de fondo parece un pueblo, uno pequeño. No hay una sola nube; lo que carece de importancia. Ahora es como si el clima siempre acompañara; el estado de ánimo, que ahora consiste en la carencia de él, hace que te importen un bledo el sol y las estrellas. Las tormentas han dejado de tener encanto, indicativo de que la poesía también ha muerto.
Ya no siento que tenga que romper a llorar por mis padres y mi vida. Creo que es posible que haya estado fingiendo que eso iba a pasar. Como si mi yo actual fuese muy distinto del anterior. No lo es tanto. Pero eso no me exime de sufrir más que antes, de estar padeciendo una nueva clase de profundo dolor. El de la imposibilidad de desahogarme, de alcanzar un nuevo hito sentimental. Camino con asesinos, con un violador, con algunas mujeres que no han dicho una sola palabra que yo recuerde, ni cuando estábamos en McDonald’s.
El pueblo es una nueva variante, y aún quedan unas horas de sol.
A medida que nos acercamos, compruebo que lo único que sigue sin agotarse es el miedo. El miedo y una también muy entrenada sensación de resignación. Parece que la educación que recibimos tenga ahora su auténtica oportunidad. Te ayudará a matar a vivos y muertos. Si llegas a hacerte a ello algún día, puede que tú también te acabes follando un cadáver. O a una de las silenciosas compañeras. En el caso de muchos hombres, todo esto no ha cambiado excesivamente su rutina. Antes ya eran capaces de matar y violar, sin necesidad de complejos traumas.
El pueblo es pequeño, pero aun así lleno de recovecos y potenciales sorpresas. Nos lanzamos algunos monosílabos. Se trata de echar un vistazo, ver qué nos podemos llevar. Somos ya como burros de carga, con un poquito menos de calidad de vida.

Los edificios proyectan sombras que parecen ser admonitorias. Se huele alrededor. Si hay algo después de la muerte, creo que también estará infectado. San Pedro recibiéndote con gruñidos, atacándote. Te enviará al Infierno convertido. Allí estarán protestando, les están quitando el trabajo interdimensional.
El Diablo no se atribuye el atentado.
Nos movemos con vago sigilo, como los trasuntos de humanos que ya somos.
Doblando una esquina, aparecen decenas de ellos. Como si el pueblo entero se hubiese mordido entre sí, pero nunca matando, siempre haciendo rehenes.
Soltamos macutos y mantas y víveres, y disparamos a nuestro alrededor.
Ese buen momento para creer en Dios.
Alguno les lanza incluso comida. Una garrafa medio llena se estampa contra el torso de una zombi. Varias cabezas estallan muy cerca. Pero ahora no hay margen para el ensañamiento. Ni para pensar qué estás luchando por salvar.
Alguien (más bien algo) me empuja y caigo de cara al suelo. Escupo dos dientes. Tengo a varios encima y no puedo revolverme. Una mano se intenta cerrar sobre mi cráneo. Alguien pega un talegazo a mi lado. El violador parece sonreír mientras la misma zombi de la garrafa, clava los dientes en su cabeza. Por el rabillo del ojo, dos compañeros usan sus armas para llevárselas a la boca. Están tardando en estrujarme, varios se pelean por su ración. Al violador le levantan la tapa de los sesos, y sigue sonriendo. Pareciera que ve una luz a la que ir. Quizá ahora ya exista el cielo de los violadores. Eternidad inclusiva junto a curas pederastas. Veo cómo sus ojos se hunden hacia dentro mientras la zombi boquea dentro de su calavera. Un dolor sordo hace que me vaya, y luego vuelvo para escuchar el ruido de mi cara crujiendo. Me vuelvo a ir, y vuelvo a venir. Oigo gruñidos y luego me percato de que son los míos. Igual que en mi vida anterior. Cuestión de tiempo. Os puedo dar sólo una cosa más: Un instante antes de irme, o puede que ya en el otro lado, juro que vi a

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Lindsay Weir

Cuando ya todo el mundo hablaba de Friends, ella hablaba de Freaks and Geeks.
En ese momento, y con esa edad, hacer algo así no era intencionado como ahora; no era por llevar la contraria, no era para parecer más sofisticada.
No en ella.
Comenzaba a echar de menos la luz a las ocho de la tarde en febrero. Con todo, seguía fiel a su chaqueta verde referencial, que no podría seguir usando en primavera. Paseaba junto a la vía, hasta cuando la vía la hacía meterse en los andurriales que nadie pisaba. Diecisiete años, siendo una chica, en la edad, género y perfil perfectos para nunca ser tomada en serio, para, como manda la tradición, ser menospreciada por activa o por pasiva. O para ser violada.
Caminaba con descuido cuando el tren pasaba cerca. Por suerte no había sido una víctima aún de las que engrosan la estadísticas más desagradables. Las estadísticas a las que la mayoría de gente no presta atención, ya sea por desinterés o por desgaste.
A veces les decía a sus padres que había quedado con amigas. No es que no tuviera amigas, pero algunas tardes necesitaba pasear sola. Sus padres jamás lo permitirían, y sus amigas nunca lo acabarían de entender. En la versión oficial, pues, dependiendo de quién preguntara, o estaba con sus amigas o tenía que hacer algo con sus padres. Generalmente, si hacías lo que querías, aunque no hicieras daño a nadie, siempre había alguien que se molestaba u ofendía. Alguien que pensaba que estabas actuando como una chica de las que acaban como un fardo en una cuneta. Al agresor se le consideraría un desalmado, pero a ella alguien que se había buscado el lío.
Bien entrado el siglo XXI.
Qué mejor que pasear junto a las vías; era una forma de enseñar el dedo corazón. Si me pasa algo no será por culpa mía, sino por el mundo que vosotros habéis creado.

Había una parada de tren, un andén minúsculo, un edificio cercano a ser declarado en ruinas. Tenía una cafetería dentro. Ahí siempre encontrabas la misma gente. Ella era la nota disonante. No estaba segura de si les caía bien o simplemente condenaban su presencia allí, tan joven, tan chica, tan sola y tan fuera de lugar. El café era bastante malo, pero no quería gastar más de lo que valía un cortado. No estaba segura de por qué entraba siempre allí. Quizá pensaba que lo hacía porque no se esperaba eso de alguien como ella, y porque sus amigas no lo harían, sus padres no lo aprobarían, y bueno, porque el lugar tenía cierto encanto en su aislamiento. Tenía el encanto de los lugares a los que nadie va expresamente, a no ser que les pille MUY cerca, tengan algo que hacer, alguien con quien verse o un trato que cerrar.

A veces no tienes nada que contar; o al menos nada que se pueda verbalizar y que no te despachen enseguida por berrinche generacional. A veces es mejor callarse y mirarles con indiferencia, u obviarles. A veces no merecen siquiera desprecio. El desprecio se suele vender demasiado barato. Hay quienes creen que cabrearse es lo más digno, que si no se cabrean más o menos todo el tiempo, no van a parecer lo suficientemente concienciados.

Con todo, en la vida real no acaba todo con el capítulo dieciocho, no podías ser Lindsey Weir.

Quizá hasta que los adultos no comiencen a tomar en serio los silencios de las niñas, no habrá un avance distinto, eficaz.

Ella tampoco sentía que pudiese ser como Linda Cardellini. Por lo que le habían dicho sin parar, esas cosas no pasaban. Aunque pasasen. Esa lección venía de los mismos que compraban lotería. Había que creer en cierta clase milagros, en golpes de suerte, y si acaso en Dios. Pero no se te ocurriera la tontería de creer en ti misma.

Fíjate en la vía, se decía. Sería tan fácil, conociendo ya los horarios en que pasaban los trenes. Pero no. Observaba el ruido tenebroso de los cables antes de que llegara el tren, cuando estaba a pocos segundos de pasar. Observaba el ruido, sí, lo hacía suyo; y cuando pasaba el tren, lo escuchaba.
No podría haber hecho eso estando debajo.
No podría haber notado en cada fibra de su ser, el placer de esconderse, de estar donde los demás no estaban, y ver lo que los demás negaban.

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Brother

Recuerdo que, camino del colegio, durante unos meses, había un cartel publicitario de Brother, una película de Takeshi Kitano. Era el tío de Humor Amarillo, que por aquel entonces descubrimos también hacía pelis. Cuando digo «descubrimos» me refiero a los chavales, claro, a los chicos, a mis amigos, mis compañeros de clase. Me refiero a aquella época en que ver en nuestra ciudad carteles publicitarios enormes de películas (incluso japonesas) no era raro o remarcable. Ahora sí lo es; tanto encontrar uno como que no los haya como que entonces los hubiera.

En cuanto a cómo nos joden, ahora todo es cada vez más raro a cierto nivel, y a su vez la gente es cada vez más «normal»; hay una escalofriante invasión (o asentamiento) de lo homogéneo. Lo homogéneo se filtra en todos ámbitos. Incluso muchas de las personas que creen tener un radar para las ofensas o las injusticias, se convierten en activistas digitales de molde reconocible, igual de ruidosas que de predecibles y cuadriculadas. Ni tan siquiera pueden entender que se puede tener razón y resultar estúpido a la vez. Puedes ser sensible, acertar, estar afectado y a la vez no saber cómo mirar a tu alrededor, no saber reconocer las amenazas reales, confundiendo así a tontos con villanos.
Son los rebeldes «normales», neutros. Se indignan con razón, se quejan con razón, pero no podrían convencer a un tigre de correr tras una gacela. Esto es cada vez más grave, cuando los enemigos y las causas del Mal, son cada vez más difusos, menos claros. Ni tan siquiera han de jugar al despiste, la gente viene despistada de serie.
La causa de las enfermedades es investigada por agentes de un caos sin calorías: el caos como entretenimiento. Aficionados al caos. Caos amateur. A la gente le divierte la “lucha”, les hace sentir vivos. Quieren inyectar soluciones sin agujas hipodérmicas.

Cuando no era raro topar con un cartel de una peli de Kitano, reinaba una sospechosa paz. Caminábamos sobre esas aguas que preceden a los lodos. Olvidábamos que no se puede caminar sobre el agua. Ni tan siquiera lo sabíamos.
Veía cada día a los grupitos ocupando los bancos, un parque feo, bancos verdes con la pintura descascarillada. Siempre los mismos chicos y chicas, cada día, a mediodía, por las tardes, a veces incluso muy temprano por la mañana. Ahora sé que aquello era bueno, estar allí, pasar por allí, ir y venir del colegio, los grupitos de amigos, incluso la riera –a veces apestosa– que bordeaba cada día yendo y viniendo, el sol de las cinco de la tarde, el de la una, o incluso el de las ocho, recién despierto, con ese aire gélido en invierno. De alguna forma, el esquema de las cosas era el correcto, aunque luego las rutinas no resistieran casi nunca cierto grado de análisis. Las rutinas académicas, claro.
Yo también tenía mi grupito de amigos. Las jerarquías o tribus no estaban tan marcadas como se ve en las películas. Sí que había alumnos claramente estúpidos, y también señales de bullying, pero no había un catálogo donde encontraras claramente a los empollones, los tontos, los guays, los frikis… Podías hacer una clasificación individual si querías, pero en el fondo todos estábamos muy perdidos, aunque fingiésemos que no.
Cada cual lo disimulaba a su manera. Algunos molestando a los demás, otros encerrándose en sí mismos, y otros volviéndose estudiosos, creyendo a ciegas en las promesas adultas.

Ahora, en medio de estos lodos, a veces paseo hasta donde antes caminaba sobre las aguas. La zona del colegio, que aún sigue en marcha, igual en esencia, aun en la era digital. No soy capaz de tener recuerdos horrendos ni malas sensaciones; no fácilmente.
Hace poco, topé cerca de la entrada con un profesor. Él me conoció a mí, yo no recordaba su nombre. Nos dimos la mano cordialmente. Eran poco más de las cinco de la tarde, aún había críos saliendo por los grandes portones. El profesor me dijo que entrara a echar un vistazo si quería. Creo que para evitar que la conversación se alargara, acepté su sugerencia. Él se fue en una moto, yo subí las escaleras de la entrada, hasta llegar al pórtico que tan bien conocía. Un alud de sensaciones me embriagó, el pasado en todo su esplendor, filtrado por la distorsión del paso del tiempo. No me quedé mucho rato, di un garbeo por los patios, entré en los lavabos exclusivos para los críos (al fin y al cabo ahí orinaba yo en el recreo) y eché una meada. Salí pronto, no quería que me cerraran las puertas y verme obligado a avisar a alguien.

Una vez, vello púbico ya, comencé a quedar con una niña bajo el cartel de Brother. Ninguno de los dos sabía muy bien para qué. Quizá sí en el fondo. Lo importante era quedar bajo el cartel de Brother, un sitio reconocible. Era importante porque era reconocible para los dos.
El colegio era un lugar en el que, tener personalidad, o simplemente ser alguien concreto y no alguien más entre la masa, te podía traer problemas, tanto en los estudios como con la gente, adultos o no. El colegio intentaba –no digo que conscientemente– reducir nuestra visión del mundo en lugar de ampliarla. Creo que era por la pretensión de ofrecer lecciones prácticas (y con esto no me refiero al contenido de las asignaturas), pero lo que solían conseguir era o bien adormecerte o bien hacerte sentir mal, irresponsable.
Lo que les sacaba de dudas eran las notas, a los adultos, quiero decir. Y las notas eran, curiosamente, lo que, en realidad, hacía que te sintieras aún peor, más perdido, inferior a otros compañeros o (horror) superior a ellos.
Así que quedabas bajo el cartel de Brother, o huías de unos libros con otros; al menos si tenías suerte y no odiabas ya cualquier cosa que se pareciera a un libro. El colegio era como sorber sopa de un plato que flotara sobre un charco de cianuro.
Son asuntos ya conocidos, al menos ahora, pero recordar la propia historia, constatar que una etapa esencialmente feliz sirve para cultivo de ciertas actitudes, es como para ponerse a buscar Humor Amarillo en Youtube.

Que ahora ya se hable de ciertos temas, no significa que se busquen soluciones. Es como si algunos supieran ya de qué va todo esto, y muchos tuviesen muy claro que hay que seguir criando votantes, jamás personas.
Recuerdo que aquella niña hablaba como si hubiera vivido treinta años más de los que tenía. Como si hubiese visto treinta años más de películas. Hablábamos y rajábamos. Es curioso recordar ahora, y comprobar que nuestras quejas, en aquel momento descartadas por infantiles e inexpertas, en realidad tenían mucho sentido. Incluso aunque oyeras a los adultos hablar con ese tono. Ese discurso, con ese tono que pretende transmitirte cómo es el mundo, en lugar de reconocer que sólo es como contribuimos a que sea.
Si le hubieses preguntado a cualquiera, te hubiese dicho que el paisaje era feo. Pero estábamos allí, bajo el cartel de Kitano, sentados en aquellos hierbajos que hacían cuesta, frente a un camino de tierra, luego la riera, luego otro camino, y luego parte de la ciudad, tras la que se escondía el sol. Era nuestro “anti-atardecer”. Esa era su gracia (y a la vez desgracia), no era de nadie más.
La gente no tiende a ver ciertas cosas. El pensamiento tendente a lo homogéneo, a encajar en, digamos, determinados sistemas conocidos de ideas y razonamientos, no da ni de lejos para intuir el potencial de versatilidad del ser humano, y lo fascinante y absolutamente extraordinario del mundo en que vive.

Geográfica y políticamente, éramos como el culo fofo de Europa. Pero un cartel de Kitano podía dar paso a uno de Kim Ki-duk. Era como si hubiese una mayor aceptación en cuanto a la idea de la Cultura, aunque por desgracia eso no impregnara la Educación ni la filosofía de vida que caracterizaba a nuestros padres. Nos teníamos que ceñir a una cuestión numérica. No sólo con las notas, también con las tallas, la fechas, los años, los límites, los kilómetros, el calendario, la hora de levantarse… Teníamos que heredar ese culto al Control. Esa idea diurna del Control. Lo que paradójicamente era (es) tan solo una fantasía de Control, que proviene –parece ser– de las mentes menos imaginativas. Las menos imaginativas que puedas imaginar. Los tíos y tías más pragmáticos (más los tíos), fabricaron su propio mundo imaginario, y nos tenían que hacer encajar en él como fuera. Habían hecho encajar a tus padres, y ahora a través de ellos te harían encajar a ti.

La etapa de los carteles era un “club de los cinco” constante, no estábamos tanto en los pupitres como sobre ellos, caídos sobre ellos, alguien nos soltaba cada día sobre ellos. Caías desde la cama al pupitre. Te empujaban. Yo, por mi parte, rodaba.
A veces sonaba el despertador, y la sensación de pereza y cansancio era tal (aunque más mental que física), que rodaba por la cama; rodaba hasta llegar al extremo. Justo antes de golpearme contra el suelo, el cuerpo reaccionaba quisiera yo o no. Cuando vives en El Momento, el olor de la mierda es imposible de negar, no gozas de las ventajas del recuerdo. Yo me levantaba como podía, y muchas veces no había hecho los deberes o el trabajo de turno. El primer día después de unas vacaciones, al despertar me sentía totalmente congestionado, emocionalmente congestionado, con ganas de llorar, aterrado, cualquier cosa menos preparado o ilusionado. Así, se supone, tenía que ir a aprender, formarme y crecer.
Claro que sé que las cosas no son fáciles, y que todo conlleva su dosis de esfuerzo y sacrificio; pero ahora también sé que –académicamente– entonces no había absolutamente NADA más que eso. Era un constante poner el culo y cerrar los ojos. A todos los niveles. No tenías voz ni voto, ni potestad para decidir, no importaba lo que dijeras. Sucumbías al miedo o te revelabas a él. Revelarse significaba hacer cada vez menos caso a los adultos, dejar de cumplir órdenes. Esto te traía problemas en presente, y se suponía que aún más problemas para el futuro. Quienes eran buenos niños (es decir, quienes acataban las ordenes y punto), podían alimentar la ilusión de un buen futuro. Con el tiempo, todos descubrimos que en realidad todo aquello era sólo una etapa, una de las más absurdas que íbamos a vivir. Algo que sólo tenía que ver con el futuro de una forma muy vaga, pero que, paradójicamente lo teñiría con ciertas actitudes, secuelas. Del colegio no sacabas necesariamente conocimientos, ni tampoco definía tu futura profesión, ni nada de todo eso que se relaciona con él; pero sí hacía que creciera en ti cierta especie de Miedo Adquirido. Un miedo sin límites conocidos, un miedo, en realidad, religioso; una idea cerrada sobre lo bueno que es estar mal, estar jodido, no poder hacer nada de lo que querrías hacer, o no saber quién coño eres.

Ahora esa zona de la riera, cerca de la cual estaba el cartel de Brother, está asfaltada. Ahora la gente suele hablar mucho, y con falso tono de autocrítica, que a la vez es cinismo, distancia irónica y no sé cuántas cosas más, de algo llamado “problemas del primer mundo”. Nadie se pregunta por qué somos así de irritables. Cualquiera podría leer lo de más arriba y mencionar esos “problemas del primer mundo”.
Aun así, el sistema tiene ciertas brechas; y teniendo en cuenta cómo es, las brechas no son un problema, obviamente, sino una oportunidad. No me refiero a hacerse gangster, pero si uno procura afinar los sentidos, puede intuir trayectorias vitales que no están basadas sólo en colgar de la cruz mientras los clavos te desgarran.
No son muchas, seguramente es un porcentaje mínimo. Pero están en nuestro mundo; más visibles incluso que los ovnis o los fantasmas. Esas personas que, a pesar de haberse pasado veinte años o más en aulas, luego crecieron como ellos mismos.
Increíble.
Hablábamos de ellos bajo el cartel de Brother. Cuando tienes la ocasión de oír a uno de esos afortunados, dan la sensación de disculparse constantemente, enseguida te hablan del esfuerzo y de madrugar, y de que uf, qué cansados se sienten a veces. Y no es que tengan que estar mintiendo, pero venga, hombre…
No os diré cómo se llamaba la niña, ni si aún mantenemos el contacto, ni qué pasó entre nosotros. No es asunto vuestro.
Os puedo decir que hablando con ella aprendí más que con cualquier otra persona en aquellos tiempos. Kitano nunca nos echó un vistazo con sus gafas de sol. Recuerdo el olor. Hasta oler a cloaca era mejor que estar en clase. Recuerdo escuchar a los Air en un walkman. Tío, esos tíos hacían esa música tranquila, mágica, no notabas miedo o religión en ello; se ganaban la vida con eso. Ella repetía que las puestas de sol eran más bonitas gracias a la polución (leíamos a Don DeLillo). Recuerdo a haber pensado que ahí podía estar la clave, aunque no recuerdo por qué.

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Siempre saludaba

Todo es amarillo fuera del coche. Si cierras los ojos, todo es rojo. Has aprendido a obviar el ruido. Conduces a sabiendas de que ya no hay marcha atrás. Ya no hay manera de justificar lo que estás haciendo. Da igual cuántas vueltas le des. Pones la radio. Todos parlotean como si tu mundo continuara lo que llaman: en orden. No es que estuviese en orden antes, pero era, se podría decir, “recuperable”. Llega un punto en que tragarse el orgullo necesario para poder recomenzar, requiere de factores externos que no siempre acuden al rescate. Experiencias para un posible shock, un reseteo, una oportunidad para darte una oportunidad a ti mismo. Una bofetada vital que te aturda tanto, que seas capaz de olvidarte de ti mismo y empieces a ser otra versión de ti; no mejor, quizá, pero sí más adaptada a lo que los demás esperan, sus normas, sus expectativas.
No ha habido shock. Nadie te ha reseteado.
Pones un recopilatorio de Underworld. Aún usas cedés.
La vida es una fantasía, en cuanto a que morir es despertar.
Subes el volumen.
Un ruido tapa otro ruido.
La vida es un sueño, en cuanto a que al final despiertas.
Conduces con brío, te sientes bien, al menos ahora. No te voy a engañar, vas algo borracho, con la confianza del borracho. Necesitabas beber un poco, de hecho te bastaba con eso: un poco. Para hacer lo que estás haciendo, quiero decir.
Como no eres nada bebedor, te ha bastado con un par de cervezas. Mal para soplar, aceptable para conducir. Piensas en la policía y te da la risa. ¿Qué vigilan? ¿Qué pretenden? ¿Qué quieren controlar?
Un tío que bebe un par de cervezas y se pone bolinga, no debería estar haciendo lo que estás haciendo. No te pega. El Mal se presenta en el momento menos oportuno, o con la forma más inesperada, excepto si el Mal eres tú. Te sientes como si te hubieran pasado la pelota. Hacer daño por turnos. Por cuántas manos más habrá pasado esa pelota, ¿tendrá ADN de Manson? ¿Osarás compararte con Charlie? ¿Dónde está tu Susan Atkins?
El desierto a tu alrededor. A veces la belleza que te rodea te aturde; es increíble que todo el mundo no huya de sus vidas mañana mismo, para ver lo que hay fuera de la ruta marcada, para saborearlo, es increíble que ya no sepan ni escuchar una canción, ni ver una película, ni dar placer, ni romper un corazón. Todo el mundo, la mayoría de gente, la que no crea belleza ni la valora, la que no ayuda al prójimo, la que sólo acude a su rutina. La rueda de hámster.
¿No eres tú así?
Das un volantazo para no atropellar a una liebre, lo cual resulta irónico a estas alturas. Recuperas el control del coche. De repente te has vuelto cuidadoso; y todo mientras decides si el mar o un barranco.
No crees que esto salga bien, pero no pierdes nada por intentarlo.
La vida es una anomalía, en cuanto a que es la excepción a la regla.
Si te pilla la poli, les preguntarás qué coño pretenden, a dónde quieren llegar, qué clase de existencia creen que ayudan a sostener. Qué clase fantasía o sueño.
Qué farsa, en cuanto a que da igual lo que hagas. Toda vida es la aceptación o negación de ese spoiler definitivo que es la muerte. Todo depende de si Dios te parece más una idea o una excusa.
El sol sigue con su abrasador argumento. Incontestable, mítico y mitológico. Antes, hace la tira, la gente creía que el sol era Dios. Es curioso lo muy atrás que hay que ir a veces para encontrar sabiduría.
Después a Dios le crecieron brazos y piernas, y luego llegó el teleskecth y los libros de autoayuda.
No sabes si estás más cerca de un barranco o del mar; o puede que des con un barranco que dé al mar.
Eres un gilipollas. El vecino amable, gafotas. Yo lo sé, aunque no vaya a intentar decir por qué. Esto se volvería demasiado críptico. Pero no te juzgo, no voy a hacerlo. Ni cuando decides ponerte a fumar mientras conduces, cosa que antes jamás hacías.
De perdidos al río y todo eso, ¿no?
El pitillo en la boca, las manos en el volante, el humo irritándote los ojos, como si te estuviera enfocando la cámara de Billy Wilder. Jack “tontolculo” Lemmon. ¿Por eso te has vuelto así, porque ya no fuman en las películas? ¿Sería una buena metáfora?
Era mentira, te juzgo, me encanta hacerlo.
Das dos caladas largas, abres la ventanilla y tiras el cigarro. Sobre todo busca un buen matorral seco, que no se diga que desaprovechas tu turno con la pelota.

Paras en un lugar inhóspito, hay un árbol solitario. Lo riegas con tu pis. No sabes si volver a fumar ya, se te está acabando el tabaco. ¿Cómo actuarás mañana en el taller? ¿Como si no hubiera pasado nada? ¿Estas cosas pasan? Es decir, ¿alguien puede hacer lo que tú estás haciendo y luego seguir sin más con su vida? Es como sacar la basura, te dices a ti mismo. No es nada más que eso. Cosas que pasan. La gente quiere creer que el mundo es un lugar sencillo y aburrido, que tenemos que hacer por que lo sea. Pero es mentira. No se lo creen ni ellos. Es cualquier cosa menos sencillo; ellos lo hacen aburrido. La gente cree que es así por esa rueda del critecino; se fabrican un circuito cerrado; se pierden la vida, pero a la vez alimentan sus anti-ideas. Esa fantasía carente de elfos, hermosos lugares y grandes aventuras. Esa anti-fantasía. Se hacen mayores y se creen muy listos por unirse a la gran secta del Así es como son las cosas. Las cosas no son así, vosotros las habéis hecho así. Las cosas no son de ninguna manera. Si me apuras, las cosas no son. La vida es una pesadilla, en cuanto a que vosotros contribuís a ello todos los días.
Vuelves al coche, meado y fumado. Piensas por algún motivo en tus compañeros de clase, de cuando ibas a clase, esos lustros extraños de tu vida. Pero no piensas en ellos, piensas por primera vez en sus padres. Les recuerdas de anécdotas concretas. Recuerdas saberlo ya entonces, que no podían evitarlo, no querían lo mejor para sus hijos. Querían lo mismo que habían tenido ellos. En el fondo, nadie quiere asumir que haya podido, de alguna forma, lastrar todo su tiempo, o servir a una gran pantomima sobre la vida adulta y el sacrificio. Ni siquiera van a permitir que ese mensaje les llegue de alguna forma a sus hijos. El mensaje que suele llegar de papá y mamá, siempre suele ser el mismo. Pero no porque lo hayan pensando mucho; sino más bien porque ellos no se atrevieron a intentarlo. No es nada personal, no es que sean malos ni rastreros; la mezquindad de la que hablo, empero, es algo que sobrevive generación tras generación. Es la mala hierba estrella. A veces se hace más patente, cuando se vuelve violencia, por ejemplo. Pero siempre está ahí. En cada gesto, en cada sonrisa, en cada homenaje desvergonzado a la ignorancia, a las visiones más reduccionistas del mundo y la vida.
La ignorancia es el pastel de chocolate del self service de las formas de ser. El alma de las personas suele quedar asfixiada bajo varias capas de grasa. Esta mala alimentación comienza desde muy temprana edad. Así es como tienes a un montón de gente tan responsable que no tiene nada que decir; porque no sabe.

De entrada estabas histérico, por lo que has hecho, y pensando en cómo te librarás de las pruebas. Pero a medida que pasan las horas (aunque no estás seguro de ir en la dirección correcta hacia el mar), cierta calma te comienza a hacer bajar la guardia. Te acostumbras a todo. Con el tiempo, incluso en Auschwitz se debían dar los buenos días. Otro día en el infierno, con los amos católicos dejándote la lista de deberes. Nada nuevo. El yunque lleva demasiado tiempo en el mismo rincón, y tú sigues vivo. Desagradecido. Así que, como te tranquilizas, y aunque sabes que no es buena idea alargar el asunto, te desvías hacia un área de descanso.
Es otro de esos momentos en que navegas durante un rato en el Error.
Hasta que vuelve a llegar ruido del maletero. Por encima de Underworld.
Tal y como entras al aparcamiento para camioneros, sales maniobrando lo más rápido que puedes.
Ni en la ilegalidad te dejan un momento de descanso. Eres un criminal reciente, apenas con unas horas de experiencia, pero no tan estúpido como para dejar el coche aparcado y que alguien oiga parte de la historia.
Tienes que mantener tu historia en secreto aún unas horas más. Para siempre, de hecho. Hay historias que sólo deberían salir de la imaginación de quien menos esperas. Es bueno airear las miserias, siempre que te lo estés inventando.

Es una dosis excesiva de realidad, o de Vida. No hay nada más humano que perder el juicio. El sudor te comienza a empapar el cuello de la camisa. No tienes claro por qué te has puesto una camisa blanca; ¿te ha parecido que un toque de funcionariado te haría parecer menos sospechoso? Las gotas de humedad caen en los cristales de tus gafas. El sol sigue a lo suyo. Te gusta el sol, él no te juzga, y destruirá la Tierra en unos tres millones de años. El sol es colega. Los golpes son sorprendentemente fuertes; es fascinante la capacidad de lucha del ser humano. Ya no te sientes tan calmado, empiezas a vivir la experiencia como si fuera un trabajo más. Tienes ganas de acabar, de que llegue tu viernes, de soltar lastre, de pensar en qué más le dirás a la policía si llega el caso (además de preguntarles qué propósito tiene su empleo). Al día siguiente es lunes, pero si logras salir airoso de esto, más tarde te sentirás en sábado. Quizá el asesinato sea una forma eficaz de escapar: que en adelante te dé igual si es martes (el auténtico día cabrón), que te importe un carajo cuando te importunen, que te la sude cuando te amenacen, que la vida te resbale, para así poder vivirla. Yo he matado, puedes murmurar; literalmente no sabes con quién estás hablando, ya he hecho lo peor que podía hacer, ya nada me frena para tomar una decisión si me llegas a hartar lo suficiente.
De modo que, las jodiendas puntuales, te pasarán a importar un bledo. Un paso adelante, coger la existencia por las solapas.
En eso quieres convertirte. Si quitas una vida, nadie podrá darte nunca más discursos sobre la vida. Será algo que tendrás ya superado. Puedes racionalizar lo que quieras y como quieras. Todos lo hacen. Puedes sentirte como el Dios Sol a partir de ahora. Busca el mar, busca un barranco, o busca un barranco que dé al mar. La vida es un chiste, en cuanto a que lo más importante es el remate.
El sol no sentirá remordimientos cuando arrase el planeta. Es la naturaleza. La conciencia es un asunto discutible. No matar podría ser tan correcto como ser vegano; lo que se come es un asunto personal, y cualquier opción es respetable.
Dejad de pensar que sois buenos porque os adaptáis a la versión de la percepción del ser humano. Hablas en voz alta. Lo que dirían es que estás perdiendo la cabeza. Pero te dices que pronto no podrán mirarte mucho rato sin que se les quemen los ojos. Si esto sale bien y nadie se entera, si la poli no tiene que escuchar tus preguntas, serás esa persona que proyecta una confianza de origen desconocido. Es posible que sea mejor dar miedo que ser atractivo o inteligente. No descartas que haya más víctimas; muchos son asesinos respecto al resto por un solo cadáver de diferencia. Nadie te mira mejor por haber matado a una sola persona, en lugar de a cinco, o a cien con una bomba.
Ves en el horizonte una fina línea.

Valga decir que una fina línea es lo que separa lo aceptable de la locura. Para cometer un delito no hace falta prepararse. Basta un solo momento de debilidad, basta que dejes respirar a ese momento, que atiendas a ese momento, que le des lo que crees que merece tan sólo una vez. Y habrás cruzado la línea.
Es el mar, estás convencido. Se ve de esa forma majestuosa y amenazante; lo ves con los ojos de quien no va casi nunca a la playa. Te da la sensación de que todo ese agua puede decidir ahogarnos cuando quiera. A veces lo hace.
El mar te comienza a caer tan bien como el sol, te comienzas a sentir como un tifón, te sientes como un fenómeno atmosférico más. No hay vuelta de hoja, el ser humano no ha llegado de una realidad paralela más benévola. Se arrastró y se irguió, vino de la misma casualidad que todo lo demás. Cree que puede hacer más daño que el resto de fenómenos naturales, pero en realidad se comporta igual que ellos, porque no es mejor. Te comienzas a sentir más ufano, sin música, sin radio. Apenas llega ya ruido del maletero. Crees oír lloros en algún momento. El muy mamón sólo podía llorar teniendo en cuenta las circunstancias.
Comienzas a coger desvíos al tun tun. Oteas el paisaje y tu estado de ánimo vuelve hacia una senda más positiva.
Sólo hay que buscar un lugar en el que abrir el maletero. Sólo hay que hacer las cosas rápido y bien, y por una vez no para un tercero, sino por ti, para ti. No estás acostumbrado a ello, como casi nadie; lo que has hecho más o menos toda tu vida, es acatar, asumir, asentir, aprender lo valioso que es el baúl lleno de monedas de oro del amo; aunque sepas que es un pirata. Tú, como la gran mayoría, siempre has estado en ese tipo de fragatas.
Siempre has sido un contribuyente. Aunque ahora no tienes claro a qué contribuías. Nada bueno, sospechas. Algo relacionado con Dioses nobles a los que les crecen brazos y piernas. Cosas de ateos con tics de creyentes. Casi todo lo que puedes explicar sobre la actitud de la gente que te rodea, tiene que ver sobre todo con la vida después de la muerte. Incluso cuando se revuelven enrabietados, sólo parecen exigir una violación más cariñosa.
En términos de género, John Lennon dijo que la mujer es el negro del mundo.
Al encontrar un lugar cerca de un acantilado, detienes el coche. Abres el maletero. El cabrón te mira desde dentro; el plano Tarantino. Le amordazaste, le ataste de pies y manos, torpe pero eficazmente. Ante la duda, hay que apretar. Apretar hasta descarnar.
Te gustaría decir que estás enamorado de ella, o que en tu acto sólo hay una venganza limpia que crees justa. En realidad el tío va a ser tu cabeza de turco. No es sólo el vecino maltratador.
Mañana no verás al patrón, si es que entonces no estás ya preguntando el qué a la poli (en cuyo caso tampoco le verás, supongo). Alguien le despertará: “algo le ha pasado a tu hijo”. Lo bueno de los días en que no está el patrón, es que puedes cagarte en sus muertos en voz alta. Todos ríen, un lunes parece mejor, incluso un martes.
Sólo follabais en su piso, y luego comenzaste a oír desde el tuyo la vida familiar a través de la pared. El tío es un tipo elegante, un trajeado, un empollón, la culminación de lo que cocina el sistema. Algunos salen al punto. No hay más hijos de puta no gracias al sistema, sino a pesar del mismo.
Cumplían con el plan. Padre de oficio humilde que cría a hijo con estudios que tiene que follarse el mundo, o reventarlo a hostias. Y lo hacía.
Matarle es una cuestión moral, o eso quieres creer. Tú solo sirves al Dios Sol, y Él no tendrá compasión dentro de tres millones de años.
Mover semejante fardo oficinista no es fácil. Le das patadas para desahogarte, para quitarle ideas de la cabeza, como si jamás las hubiera tenido. Te ha conocido, te ha mirado: “el vecino”. No sabe ni cómo te llamas. No sabe qué haces con su mujer cuando él folla por ahí. Es una historia rutinaria, nada nuevo. No es que incluir el asesinato vaya a ser una innovación, pero siempre añade picante. Cuando está al borde, gime de terror.
Por un momento, dudas. Pero es sólo un momento.
Alguien escribió un libro sobre David Foster Wallace. Se llamaba: Todas las historias de amor son historias de fantasmas.

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Hummer limusina

Sigues sin morirte (o vivo), y alguien te invita a cierta «reunión». Es en casa de alguien y no sabes si conocerás de verdad a alguien. Alguien habrá. Parece un rollo de trabajo, de académicos reunidos (no es que tú lo seas). Algo sobre gente que asegura saber qué vino se bebe con qué pescado. Algo relacionado con mujeres que llevan tacón alto sin ser nochevieja y en medio de una salita de estar.
Otra reunión que celebra el nacimiento de sus integrantes en uno de los pocos lugares adecuados. En las familias adecuadas. Con la venda en los ojos adecuada. Negación de lujo; cara, pero también geográfica, efectiva a más no poder. El resto del mundo es una ilusión, una pesadilla, telediarios.
Estás ahí preguntándote por qué estás ahí. ¿No haces en realidad todo lo posible por hacer amistad con este círculo?, ¿no te asquéa en realidad? Tú crees que sí, sí a las dos cosas. Y cada dos por tres acabas en lugares así. Como si tu familia tuviese un montón de dinero. Ni tan siquiera tienes una pareja entaconada que ofrecerles. Estás ahí, donde las mujeres se usan como mercancía de muestra, stock; y ni siquiera haces tu aportación.

Te presentan a gente, te dicen un montón de nombres que olvidas al instante. Van enchaquetados y brillan. Ellas tienen un aspecto pegajoso, sexual, párpados a medio caer, sonrisas desganadas. Dos besos. Hay un hilo musical, como de ascensor. Cada sorbo emborrona un poco más el entorno. Conoces a un par de tíos: el que te invitó y a otro al que no recuerdas de qué le conoces. Es incómodo a varios niveles. Eres nuevo en el barrio, pero tu ropa ha de dar una pista: no eres allí compañero de cuenta corriente. Tampoco te imaginas gastando pasta en los trapitos que estás viendo. El conocido que tu memoria no ubica, parece querer entablar conversación.

Una chica más curvilínea que las demás sonríe más que las demás, y tampoco parece encajar allí. Es también algo mayor que las demás, y es la mujer de alguien. Es verdad, las mujeres no parecen tener entidad propia en estos lugares, la mayoría parecen aceptarse como algo a lo que mirar, atrezo caro de propiedad ajena, decoración orgánica alrededor de hombres. Pero esta chica no actúa así. Actúa convencida de que es una persona que puede decir cosas. Hasta cosas ingeniosas. Te la presentan. Te dicen su nombre y se te queda. Salís a una terraza con vuestras copas, aunque hace bastante frío. Ella está casada con alguien treinta años mayor. Ella te nota el cinismo, te dice que el amor y la riqueza material difícilmente van juntos: o eres pobre y te rodeas de lo que llamas amor, o eres interesado y vives cómodamente obviando razones sentimentales. Siendo pobre es mucho más fácil querer, querer, tener hijos y todo ese rollo, porque joder, no tienes nada más, te dice. Ella no quería hijos, ella estaba harta de buscar una vida sentimental «respetable». Al final, te dice, cuando eres pobre, tanto una cosa como la otra te acaban jodiendo, tanto la probreza como el amor. Te dejan difícil salida, añade.
El dinero no da la inmortalidad, y el amor acaba muriendo de dos o tres formas distintas.
Pero el dinero te deja hacer cosas, es permisivo, abre puertas, le gusta a tu cuerpo y a tu tiempo disponible, le va a tu salud y a tu cerebro. El dinero encaja tal y como son las cosas, el amor, difícilmente.

Te emborrachas rápido, pierdes de vista a la chica con opiniones y vida dentro de su cuerpo. No es que las otras no tengan que tener nada de eso, pero obviamente han descartado enseñar esa parte de sí mismas. Hay personas que tienen facilidad para apartar de sus vidas lo que consideran un estorbo. La moral, la profundidad, los matices, etc. Las grandes preguntas y tus respuestas en constante evolución a ellas.
Todo eso es Colesterol para el único modo de felicidad permitido y potencialmente permamente hasta la muerte. Tiempo para ti, cosas, lugares, estancias, comodidad.

Todo esto no quita que haya muchas personas que acaban aquí porque o bien no saben decir «no me apetece», o bien no saben entender esa sencilla combinación de palabras. Cierto es que esto no es una reunión clase media al uso, pero el deseo de yacer en solitario es transversal a las clases, a las jerarquías. La gente necesita a la gente, y a la vez se dan todos una pereza tremenda. No es que todos sean así, pero si todo el mundo hiciera lo que realmente quiere en términos de respuesta a eventos, probablemente cambiaría el paradigma de las relaciones humanas y sus prioridades.

La diferencia aquí son las cazafortunas. Son los tíos cuya pareja nunca envejece. Son las personas que han decidido que su vida no puede ser auténtica o artificial, sino sólo plácida o una «digna» cama de pinchos.
Aquí están los tíos que expolian el planeta, y sus amantes.
El resultado lógico al modo que tiene la mayoría de gente de ver y concebir el mundo; y la gran mayoría de esa mayoría, son pobres.

Tú eres pobre, aunque tengas amistades raras, aunque a veces tu entorno no te pegue. Te encadilan las luces y la arquitectura, estos búnquers del estilo que te protegen de la realidad, o al menos te aislan a ratos de ella.
Bebes más. El búnquer líquido dentro del búnquer del estilo. El meta-búnquer habitual. Decoración y drogas para olvidar, ya sea momentáneamente o para siempre. No eres tan distinto de esas chicas que han elegido la vejez multimillonaria para una relación estable.
Y tan estable.
Al fin y al cabo, es el único tipo de estabilidad que nos enseñan a apreciar, a tomar en serio. Luego te quejarás si tu hijo se convierte en un hijo de puta, o tu hija en una buscadora de targetas ajenas sin fondo.

Seguro que te sabes la frase recurrente en cursiva que toca el techo de la responsabilidad e imaginación de tus padres.

Una y otra vez, no es que tropieces con la misma piedra. Más bien has adoptado a esa piedra, le has pintado una puta cara cutre, y le has dicho a tus hijos que aquí se hace lo que diga el Señor Piedra.

«Estudia una carrera y luego haz lo que quieras.»

Una chica vomita en la “maceta” de una planta de plástico. El novio sesentañero se la lleva a tomar el aire. Ese tío, te dicen, tiene dos hijas que son mayores que su novia. Mamá murió, al menos en la versión oficial.
Las chicas así aprendieron muy rápido la lección. Sus compañeras del cole, las que ahora sí son respetadas como mujeres que –sobre el papel– se respetan a sí mismas, con carreras e idiomas, llevan camino de convertirse en los tíos de la reunión.
Te da esa sensación.
Casi todos suben siendo muy realistas, y siguen construyendo ese mundo real concreto.
Hasta los cabrones que tienes al lado fueron jóvenes una vez. Hasta algunas de las mujeres a las que despacharon, se hicieron llamar feministas durante al menos una década.
Luego todos y todas vieron que había algo que estaba muy por encima de sus ideales; y decidieron que no podían luchar contra ello.
Los cementerios están llenos de mártires, y otras frases hechas.

Quién sabe si tienen razón. Lo que no evita que den todo el asco, claro está.
Vuelves a ver a la chica de curvas y relleno con sustancia. Alzas las cejas para llamar su atención. Su marido lleva toda la noche haciéndole una mamada a un puro, y largándole terminología económica (fíjate en sus dientes amarillos) a un par de fulanos más jóvenes.
Unas cinco o seis chicas de escaparate se pasean por la sala con bandejas. Copas y canapés. Te tratan como si fueras uno de ellos. Tu ropa no les extraña; te deben confundir con algún rico repentino del valle del silicio.

Vomitas en una bolsa dentro de un Hummer limusina. No has podido aguantar. La bolsa venía de serie con el trasto de lujo. En la cabina interior tienes a tu colega a un lado, a la chica no anoréxica y su marido al otro, y luego desconcidos por todas partes. Nunca crees que estés en ese punto de la borrachera. Llega un momento en que pierdes el norte, metes líquido en tu estómago como si fuera la pila de lavar los platos. Tragas y tragas.
Cuando comienzas a sentirte algo parecido a mejor, tu colega, muy serio, te dice:
–Tío. En serio. Ahora es el momento de llamar a tus padres, o a quien quieras. Para decirles que les quieres.
Obviamente no entiendes nada. No sabes si es algún tipo de broma o una broma interna, o algo de lo que no has pillado el contexto. Son las cuatro de la mañana. Balbuceas algo, sale un sonido de tu boca que pretende emular esos momentos en los que sonríes irónicamente.
–No estoy de broma, tío –dice tu colega. Os conocéis desde que os meábais en la cama.
Intentas reunir el aplomo para preguntar por qué has de llamar a nadie ahora. Juntas sílabas y las lanzas como puedes.
–Tú hazme caso, en serio –te dice.
Tu colega antes era un chaval cabreado como tú, pero ahora tiene pasta, pasta gansa. Lleva unos años ensimismado, ni exactamente feliz ni exactamente triste. Te ha prestado pasta por encima de lo que sabe jamás le podrás devolver. He ahí el rayo de esperanza: la amistad. Qué cosa tan rara en el mundo, la amistad; un oasis en medio del dinero, aunque a menudo el mismo la convierta en cierta clase de nepotismo.
Sacas tu móvil de tu bolsillo como si supieras qué coño haces.
Vale, piensas, es algún tipo de broma. Voy a hacer lo que quieren y me la quitaré de en medio.
–Haces bien –te dice la única amiga que has hecho hoy. Y te sonríe con afectación.
No es una sonrisa tipo “Tus padres están muertos”, pensarás más tarde.
Tu padre te coge el teléfono y no sabes qué decirle; no suena a que le hayan despertado de madrugada. A tu alrededor nadie se ríe ni está pendiente. Sigues sin saber qué decir.
–Di “Os quiero” –murmura mi colega–, y cuelga.
Acatas la orden y la ejecutas. Eso sabes hacerlo, aunque sólo sea para que te dejen en paz. Tardas un momento en colgar, crees oír a tu madre llorar de fondo. Tu padre te contesta que ellos también te quieren.

Estás acostumbrado a no enterarte de qué va la película, los años del colegio y del instituto fueron básicamente una sucesión ese tipo de situaciones. En ningún sitio te has sentido tan tonto y humillado como sentado en un pupitre.
Pero entonces al menos entendías lo que pasaba, lo pillabas; vale, estáis dando clase y yo no quiero estar aquí. El resto venía por defecto.
Nunca has visto a gente triste dentro de un Hummer limusina. Cada vez que has visto fotos o vídeos de gente en un Hummer limusina, siempre estaban partiéndose el culo; a veces literalmente; Dios sabe que se ha rodado ya mucho porno dentro un Hummer limusina. La gente siempre luce sonriente dentro de un Hummer limusina. Les brillan los ojos, las fotos captan el justo instante de los gritos en medio de la juerga. El meta-búnquer sigue presente, drogas y entorno llamativo.
Nunca imaginas que vayas a tener que afrontar ciertas cosas estando borracho. A la gente le preocupa ligar y que no se le levante, como mucho. Tú sales (te sacan) del Hummer y te conducen amablemente hacía unas escaleras metálicas; han aparecido después de que alguien abriera alguna clase de escotilla.
De algún modo, sigues esperando a que alguien te grite sus risas a la cara, que te digan que todo es broma. Aunque no te hayas enterado de nada.
Pero cierto asomo de sobriedad comienza a dejar que empieces a asustarte. ¿Dónde te llevan? ¿Dónde vais todos? Te das cuenta de que no eres el centro de la acción, sino simplemente uno más bajando escaleras. Poco después oyes cómo alguien cierra la escotilla arriba. No te fijaste en qué había arriba, pero estás bastante seguro de que árboles y arbustos.
Nadie contesta tus preguntas. Probablemente no se te entiende muy bien, y está claro que apestas a vómito.

Luego te sientes como si estuvieras siendo digerido por alguna especie de ballena metálica. Hay lujo por doquier igual que lo había en la casa. Hay un plan igual que lo había antes. Hay un búnquer líquido dentro de un búnquer decorativo dentro del búnquer per se. Triple capa. Te vuelven a ofrecer bebida, como si no te hubiesen visto vomitarte en el regazo cinco minutos antes. Te da miedo preguntar más. Te sientes otra vez como en el colegio; pero sin esa seguridad de que todos se preocupaban por ti. Vale, no tenían puta idea de cómo educarte, y obviamente te querían convertir en uno de estos tíos que tienes tan cerca, despojados de emociones, y aferrándose al sexo como si eso les fuera a otorgar la juventud eterna.
No sabían educarte, te llenaban la cabeza de mierda y te hacían odiar los libros o todo atisbo de cultura. Pero al menos te sentías protegido.
Ahora, ya siendo adulto, al menos sobre el papapel, y aun tras tres capas de seguridad, sabes que tus padres están muertos (aunque no sepas por qué), y sabes que estás solo en el mundo. No tienes hermanos, y estás bastante seguro de que tus amigos también van a morir o han muerto ya. Has venido engañado. Al mundo, al cole, a tu habitación, a pisos apestosos de soltero, y a este meta-búnquer.
Oyes el ruido. Temblores leves.
Sigues sin preguntar. Por lo que sea, hoy no supiste decir «no me apetece».
Con todo, sabes que todo esto, lo que sea que esté pasando, es producto del aburrimiento en el cole. El tuyo, el de todos.
Temblores un poco menos leves.
Crees oír algo más por encima del hilo musical. Allí arriba. El justo instante de los gritos en medio de la juerga.

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La venta de tu vida

Te tienes por una persona bastante cuerda, incluso responsable, al menos según el baremo occidental, eso que consiste en pasar de más o menos todo lo que no sea la imagen que proyectas y tu cuenta bancaria.
Pero entonces te ves en medio de cierta jungla, literalmente, y te niegas a aceptar que te has perdido, que te has dejado el móvil en el hotelucho donde te has alojado por cuestiones logísticas, y que tu sentido de la orientación es tan real como tu amor.
Estás en algún lugar de Indonesia. Estás en viaje de negocios y has conocido a determinada periodista. Aunque te consideras una persona esencialmente fiel –aunque dicha fidelidad sólo se deba a la inercia cultural y a la inmensa pereza que te da gestionar un potencial adulterio–, lo cierto es que tu mujer y tu hijo de dos años están muy lejos. Estás cansado, bastante harto, de un modo sugestivamente indefinido y desde hace tiempo; y ni tan siquiera podrías describir lo mucho –y de qué sucia manera– te atrae la mencionada periodista. Es más joven que tu mujer, obviamente, no sabe nada de ti, tiene ganas de aventuras y cree que eres inteligente porque has echado mano de cierta terminología arquitectónica.
Así que tenías la tarde libre, has flirteado, has salido con ella a dar una vuelta, la has perdido de vista, y ya hace más de una hora que no la ves. Nadie responde a tu voz. Estás caminando en círculos, pasando una y otra vez por delante de la misma piedra del tamaño de tu cabeza. Pero luego cambias el rumbo y es aún peor. Te adentras más en la jungla. Empiezas a sudar y maldecir. No sabes nada del lugar, nada excepto lo que el aspecto del mismo te hace evocar, que es básicamente peligro, animales para los que eres comida, insectos asquerosos de picadura mortal, disentería, fiebre, alucinaciones, etc.
Está anocheciendo, claro. Te has perdido como Dios manda. No tienes herramientas de ningún tipo para la supervivencia; tampoco sabes construirlas. La verdad es que lo único que sabes hacer es vender, recalificar, convencer, engañar, estafar, acumular, hacer acopio, multiplicar, sonreír… Dicho en voz alta quizá suene peor de lo que es; en realidad solo se trata de lo que llaman prosperar, te dices a ti mismo. No pueden educarte para ser un cabrón y quejarse de que acabes siendo un hijo de puta. Simplemente has sido una pizca más ambicioso que los demás.
Precisamente, lo que mejor sabes hacer es Normalizar. Puedes tener al banquero más especulador delante, sonriendo con la sensibilidad de una excavadora, y hacer como que ambos sois de lo más respetables. Lo haces muy bien también en reuniones sociales; bodas, comuniones, cumpleaños, etc., en su mayoría relacionadas con gente que no te importa lo más mínimo. Pero tienes dinero; de modo que compras algo y llegas con tu regalo, la barbilla alta y la humildad precocinada.
Vivir es fácil si sabes cómo. Aunque a veces puede ser agotador. Eres uno de los pocos de tu entorno que sabes seguro no se va de putas ni esnifa. Otros no soportan la presión, lo increíblemente artificiales que son sus vidas. Pero tú sabes normalizarlo. De hecho la gente te respeta, a veces hasta hacerte sentir violento.
En ocasiones deambulas por casa y te ves a ti mismo acuchillando a tu mujer o ahogando al crío. Piensas en lo fácil que sería. Son ideas fugaces que nunca llegan a quedarse contigo; pero vuelven una y otra vez. Piensas –con la ingenuidad clásica del delincuente– que no te sería demasiado difícil ocultar pruebas y asegurar que no has sido tú. Además ninguna de las personas de tu círculo esperarían jamás algo así de ti.
Durante un instante sólo ves ventajas en ello.
Pero luego recuerdas lo cómodo que es llegar e irse de los sitios cuando vas con una mujer y un pequeñín. Dar esa sensación de haber sabido Construir tu Vida. Ese halo de «madurez».
La gente es TAN estúpida.
Sabe TAN poco.
Son TAN poco intuitivos.
La familia nuclear es mano de santo. Es el único camino del Bien que conocen, el único del que se fían.

Cuando empieza a anochecer, ya eres totalmente consciente de la situación; se agotan tus reservas de negación. No solo se agotan, sino que además no tienes dónde recargarlas; estás en un lugar silencioso, no hay estímulo urbanita a la vista. No puedes barrer la mierda bajo la alfombra.
Aun siendo noche cerrada, decides caminar un poco más. Hay luna llena. De noche, si logras acercarte a atisbo alguno de civilización, verás luz de lejos, aun entre la maleza. No te has cruzado aún con peligro animal alguno. Ni tan siquiera has oído nada que se arrastre o zarandee arbustos a su paso. No es que haya llovido recientemente, pero te notas la ropa húmeda, tienes los zapatos llenos de barro, y los calcetines empapados. Sabes de lo que es capaz la naturaleza. O puede que no lo sepas del todo, pero lo intuyes. No llevas reloj, oyes cada paso que das. Si algo vivo se te cruzara, aun de muy lejos, te captaría de inmediato; cada vez que te mueves estás aplastando hojas, removiendo tierra y haciendo crujir ramas. A esas horas y en esa jungla, eres una feria ambulante. Carne fresca.

En determinado momento, te detienes.
Has oído algo.
No solo has oído algo, sino que puedes ver algo a lo lejos. Pero algo no te cuadra. Esperabas ver luz, pero no lo que parece la luz inestable de una hoguera. Tu cabeza comienza a especular a pleno rendimiento. No sabes mucho de la zona, pero sabes que hay muy pocos turistas. Y sabes que va a ser arrasada en poco tiempo; por eso estás ahí. Hay unas tres o cuatro comitivas para una estancia temporal. Pero claro, no donde ahora estás tú. Eso no tiene sentido.
Piensas que no tienes nada que perder por acercarte a la luz (mentira), y que lo más probable es que algunos hayan hecho una excursión nocturna y se hayan reunido alrededor de una hoguera para contar historias (muy poco probable).
Procuras hacer el menor ruido posible. Oyes voces. No cantos o ritos, ni a nadie balbuceando en alguna lengua semi-muerta local. Pero hay gente, eso está claro, personas. No bailan ni se oye percusión, no parecen invocar a ser Superior alguno que se hayan inventado para sentirse menos estúpidos y pequeños en la Tierra. Desde donde estás, no hay nada que te dé motivos para la preocupación. Necesitas unos mínimos empíricos para tener miedo de verdad; aunque si te eres sincero, llevas horas cagado y desesperado.
Recuerdas lo que te decía siempre tu padre cuando eras crío: “Si son personas, intenta hablar con ellos, razona”. Ahora estás bastante seguro de que ese consejo sólo funcionaba realmente en el contexto de los negocios. Tu padre era igual que tú, de modo que no podía decirte mucho más. Era de esas personas que creen que todo el mundo tiene en el fondo lo que se merece; si has nacido en el cuerno de África, de algún modo ha de ser culpa tuya. Ni siquiera se trata de fachas al uso; esa actitud, si te fijas en cómo hablan y analizan el mundo muchos, también es propia de quien menos facha o dañino se cree. Pasa todo el tiempo.
Tú eres tu padre, eso está claro, y ahora sabes que no puedes hacer nada más que asumirlo.
Te acercas a la luz como si fuera una buena idea. No sabes qué más hacer. Te acuclillas tras unos arbustos. Las personas reunidas no tienen aspecto de indígenas de una tribu, no van desnudos y con taparrabos, no bailan en torno a nada ni celebran ningún tipo de acontecimiento local. No parece un evento, ni una fiesta, ni un funeral, tampoco ningún tipo de comunión o confirmación. No se está bautizando bajo rito alguno a nadie.
Nadie se está casando.
No se despide a nadie que se vaya a ir a hacer vida a otra parte.
No es una despedida de soltero o soltera.
Es solo un conjunto de personas alrededor de lo que parece una mesa de madera grande y pesada, colocada quizá demasiado cerca del fuego. Lo cierto es que no hablan. Parecen esperar; miran hacia la maleza en todas direcciones de vez en cuando. Algo tiene que suceder.
Entonces, por fin, puedes observar susurros y cuchicheos entre ellos. Un rasgo de humanidad, al menos. Tu escondite parece seguro, pero no tienes clara su utilidad.
¿Qué hago aquí?, te preguntas.
Aunque resulte extraño, es bastante evidente que esas personas son de alguna comitiva occidental. Hay al menos quince, todos con ropa reconocible, algunos hasta fumando un pitillo. No hay ninguna mujer, pero no es raro en ese tipo de escuadrones de la especulación. Decides que te vas a presentar y vas a explicar tu absurda situación. Ellos te podrán indicar el camino de vuelta. Quizá hasta puedas unirte a su grupo; solo parecen chupatintas, agentes inmobiliarios de la globalización, fauna urbana.
Entrar en paranoia no es difícil. Todos hemos visto demasiadas películas. Todos hemos oído mil veces que la realidad supera la ficción. Todos estamos hartos de que nos cuenten que estamos rodeados de horrores o milagros.
Y luego nunca pasa nada, nunca nada te sorprende. Y después te mueres.
Todo lo extraordinario pasa lejos de ti, porque en realidad sí que pasan cosas raras, pero pasan MUY pocas veces, y cruzarse ante una de esas anomalías es como dar con un billete de lotería premiado.
El miedo funciona siempre de dentro hacia fuera.
No tiene sentido tener miedo.
Te incorporas y comienzas a acercarte al grupo. Procuras no sobresaltarles. Levantas tu mano derecha, intentando hacerte notar, cuidadosamente. Conoces muy bien ciertos protocolos, y algunos no han de ser distintos en la jungla. Conoces la Etiqueta, al menos con esos tíos. Esos tíos que son como tu padre, que son como tú.
Algunos se dan la vuelta. Hay caras de circunstancias, sí, pero nada que deba alarmarte. Alguien le da un toquecito a un hombre alto que sigue cara a la mesa y la hoguera. El mismo se da la vuelta y te mira. Otra vez esa cara, la de alguien que ve algo que no tenía previsto ver, pero sin hacer aspavientos ni darte pista alguna de que la cosa se vaya a poner realmente fea. Nada de todo eso. Lo de siempre. En el fondo nunca pasa nada. El miedo no es sinónimo de cobardía, sino de estupidez. Sonríes relajadamente, para proyectar una imagen de vulnerabilidad, para que te descarten rápidamente como amenaza.
El hombre alto y orondo se acerca tranquilo hasta donde estás.
Te pregunta tu nombre, el motivo de tu estancia justo en esa zona, en el quinto pino de Indonesia. Respondes, le cuentas que te has perdido, que no tienes sentido de la orientación, y que te has acercado cuando has visto luz.
–Vaya… Te has alejado mucho del pueblo ¿no crees?
El tipo es clavadito al actor Edward Herrmann.
–Sí… No sé cómo me las he arreglado, pero llevo horas caminando. La verdad es que ha sido un alivio cuando os he visto aquí.
La mentira: el aceite que hace que la máquina política y social pueda seguir adelante, y finalmente: el lubricante de la verdad.
¿No decía eso tu padre, también?
Seguramente no lo decía así.
Ese sosias de Herrman te pasa un brazo por los hombros y te acerca a los demás. Da una profunda calada a su puro. Parece hacer pequeños gestos de asentimiento a todos, para que nadie hable o diga nada. Es algo que no debería tranquilizarte, pero por algún motivo que aún no sabes concretar, lo hace.
Te están aceptando en la banda. Aunque aún no sepas qué música tocan.
No te educaron para centrarte en la música, sino para integrarte en el grupo. Nunca pasa nada extraño. Nunca hay que tener miedo.
–Te he visto –dice el tipo.
–¿Cómo?
–Que te he visto antes. Yo conocía a tu padre, ¿sabes?
–Oh…
–Sí… Era un hombre duro. Íntegro.
Lo cual sabes que en la jerga del mundo de los negocios significa ser un auténtico hijo de puta sin alma. ¿O no?
–La última vez que te vi tenías esta estatura.
No quieres hablar de cómo eras cuando tenías ocho años. Quieres saber qué está pasando, aunque estés seguro de que no puede ser nada extraordinario. Anecdótico, como mucho.
–¿Sabes qué decía tu padre?
Tu padre muerto. No hace tanto. Pero no recuerdas haber visto a este tío en el funeral.
–Decía que cuando un bosque arde es como cuando un ser humano tiene una idea: el fuego es la bombilla, y el ser humano debe llevar a cabo la idea.
El resto de integrantes de la banda no dice nada. Ni tan siquiera miran o asienten.
–Sé que suena un poco rebuscado, pero piensa en ello. –El tipo sonríe afablemente. Es entonces cuando te da la mano y te dice su nombre auténtico. No te suena de nada. Y sigue diciendo:
–Los constructores somos el diablo, ¿no?
Te lo pregunta retóricamente, como si tú te dedicaras a salpicar lienzos con tu ego de humanista afectado.
–Mi padre murió, por cierto –le dices, intentando indagar.
–Oh. Lo sé. Aún siento no poder haber ido al funeral. No tengo excusa. Me pilló en el extranjero, y mi mujer… En fin, espero que llegaran las flores, encargué flores.
No recuerdas flores de nadie con su nombre, aunque no tienes por qué recordarlas.
–Oh… Es verdad. Sí lo recuerdo. Gracias.
A todo esto, el tipo no ha dejado de rodearte con su brazo, en un sentido no exactamente cariñoso, sino más bien jerárquico. Pero que tengas ideas cada vez más escabrosas sobre lo que te rodea en ese justo instante, no significa que no puedas actuar como si no pasara nada. Porque nunca pasa nada. Es importante no olvidar eso. Nada es lo suficientemente retorcido, fascinante, inesperado, oscuro u original.
Es la única actitud constructiva. Has visto a muchas personas claudicar por dejarse impresionar en la vida. No hay mayor motor del miedo que la sensibilidad: la sensibilidad es el principio de lo que te acaba hundiendo. No se trata de no tener corazón o pensamiento crítico, sino de no dejar que esas cosas te condicionen. Mucha gente se deja doblegar por las injusticias para con los demás, por sexo, por drogas, por relaciones tóxicas con mujeres cuya idea de la cordura es volver locas a sus parejas.
Lo que está pasando ante ti, que por el momento es Nada, puede ser inquietante de entrada, pero tienes clara una cosa: Tu carencia de sensibilidad ante lo que pueda ocurrir, es básica para salir indemne. O al menos para tener posibilidades.
Vale, joder. Es posible que te haya tocado la lotería; puede que estés ante uno de esos hechos extraños que siempre suceden lejos de uno; o que uno ve como mucho en la tele. Pero si para algo tienes práctica, es para Normalizar. Si pasa algo extraordinario ante tus ojos, y más en esas circunstancias, es de vital importancia proyectar hacia fuera sólo neutralidad. Una pausada, relajada y productiva neutralidad. La clase de comportamiento que te permite seguir vivo y sonreír ante los cajeros automáticos.
Aunque aparezca el espectro en descomposición de tu padre, no le des el gusto de verte alterado o sorprendido con ello.
No puedes mostrarte débil, pero sobre todo no puedes ponerte sentimental.

En el fondo te temías lo peor. Aun sin saber especificar a qué te referías para contigo mismo con «lo peor». La puesta en escena no invitaba a pensar que nadie fuese a aparecer con champán y quesos. No esperabas que nadie pusiese música y el ambiente se relajara. Por eso te estabas mentalizando. No iba a ser lo mismo que mostrarse relajado y correcto en casa de los suegros, el cumpleaños de alguna puta o el funeral de algún hijo de ídem. Aquello tenía pinta de ser un reto en términos de Normalización.
Cuando comienzas a oír los gritos, el tipo te mira de reojo. No te cuesta imaginar que vaya armado; o que todos allí vayan armados. Cruzas los brazos, sin movimientos bruscos, como si la espera hubiese valido la pena. La Normalización es un arte. Sabes de sobra que eso se suele decir con casi todo; pero en este caso es cierto sin discusión. La Normalización es un trabajo actoral al que seguramente muy pocos actores podrían aspirar (demasiado sentimentales). Porque no basta con fingir, ni tan siquiera con interiorizar un personaje. Tienes que ser. No puede haber fisuras en tus reacciones. Un ceja más alta que la otra en el momento equivocado te saca de la partida. No estás en el puto teatro ni ante las cámaras; eres un árbol en medio de un incendio, uno que ha aprendido que quemarse no es tan malo, porque la materia sólo se transforma, y la vida no es para los que tienen miedo.
El mundo es para los que saben ver una bombilla cuando el fuego resulta más devastador.
La periodista grita hasta dejarse la voz; como cuando los perros comienzan a sonar como motores repulsivamente orgánicos de tanto ladrar.
Seguisteis caminos distintos, sin querer, y ahora ella está maniatada y depositada sobre esa mesa grotesca. La atan de tal forma que queda mirando hacia el cielo como el Hombre de Vitruvio. Es como si la hubiesen traído de una realidad paralela entre árboles. No se ha oído ni un suspiro hasta que la transportaron hasta el claro. Está amordazada de tal forma que puede gritar pero no formar palabras. Algo te dice que eso les gusta.
Con el lío de inestables sombras y las distancias, no puede verte. Probablemente piensa que está siendo víctima de la perversidad de una secta. Decides que eso es irrelevante. Las palabras solo son herramientas; aferrarse demasiado a su significado llena los cementerios de héroes. Como sea, no hay nadie que se tape la cara, ni tampoco atuendo especial alguno, nada de túnicas ni objetos místicos. Solo gente, como siempre. Personas haciendo cosas. Basta con que te acepten en la banda. Una y otra vez. Puedes saltar así de piedra en piedra: la vida es un ancho río a cruzar. Nadie te va a llamar vendido si no te relacionas con el tipo de gente que usa ese lenguaje, y que desgracia su vida por las palabras.
Ese Edward Herrmann comienza a hablarte, te cuesta un momento salir del ensimismamiento;
–… toda esa sangre.
–¿Cómo?
–Digo que no tienes por qué mirar, algunos de los aquí presentes no lo hacen. No se trata del morbo, sino del acto en sí.
–Entiendo.
–Cuando hacemos esto, no todo el mundo tiene estómago.
–Entiendo.
No repitas palabras, Ni un solo «entiendo» más.
Alguien se coloca al otro lado de la mesa, cara a los presentes y ante el cuerpo de la periodista.
–¿Puedo hacerte una pregunta? –dices.
Valiente, buen empleo del tuteo.
–Adelante.
–¿Es virgen?
–Sí.
–Entiendo.
Gilipollas de mierda…
–Ya sé qué pensarás. Es un tópico. Pero no funcionamos según escritura alguna. No le rezamos a nadie. Que la chica siempre sea virgen es más bien… una cuestión estética.
–Ajá…
Di algo más, ¡algo más, estúpido…!
–Interesante.
–Espero que lo sea –dice el tipo, y sonríe con cierta complicidad–. Quiero que entiendas una cosa. Dejo que veas esto porque, bueno…, tu padre… No es que él supiera de esto, pero me siento en deuda en cierta manera. No te conozco, pero conozco tu fama, y apuesto a que sabrás digerir todo este asunto.
–Si te preocupa el que yo…
–No –interrumpe el tipo, con calma–. Maldita sea. No quiero sonar agresivo. Si me preocupara eso, habría tomado medidas hace unos cinco minutos…
–…
–Dejamos que veas esto porque, si sabes entenderlo, creo que nadie aquí pondría pegas a que te unieras a próximos sacrificios.
–Vaya, sería… sería…
Sería qué, mamón… ¡¿Qué?!
–Sería… un honor.
El tipo orondo da una larga calada a su puro, y sonríe. Un sonrisa sincera.
Un honor… No estás muy seguro de que esas sean las palabras adecuadas. No porque para ti no pueda ser un honor ser parte de esa especie de neo-secta indefinida. Ni lo sería ni dejaría de serlo. Tan solo piensas en las implicaciones prácticas.
El tipo ante la chica tiene de repente un cuchillo en las manos. Más que un cuchillo, algún tipo de bisturí gigante con la punta retorcida. Lo alza, sujetándolo con ambas manos, cierra los ojos, y parece comenzar a rezar para sí mismo.
–Reconozco que nuestro verdugo es un tanto… especial –dice el tipo. Habla todo el tiempo en susurros, lo que hace que tú hagas lo mismo.
–Le gusta improvisar unas palabras, ni tan siquiera usa oraciones conocidas. Solo parece armarse de valor cada vez. Lo creas o no, ese tío podría ser el mejor contable del mundo.
–Toda una personalidad.
–No lo dudes.
No pensabas mirar, pero entonces algo se apodera de tus intenciones. Ves cómo el contable encaja la punta de su herramienta en el lacrimal del ojo derecho de la periodista. Ella parece haberse cargado sus cuerdas vocales. Apenas se agita, lo cual resulta más inquietante. Poco después, el globo ocular se desprende entero de su dueña.
–Está bien… Debes pensar que esto es otro tópico: la tortura. En realidad, la misma forma parte del significado de lo que hacemos. Cuando asistes a algo así, luego puedes entrar en cualquier despacho, comer con cualquier personalidad, y nada en absoluto te quita el sueño. Estás siempre fresco, siempre relajado. Ese temple te hace ir varios pasos por delante en cualquier negocio. Pero estoy seguro que ya habías intuido por dónde iban los tiros. ¿Me equivoco?
–Eh… Bueno, no quisiera dármelas de visionario…
–No te avergüences de tu inteligencia. No seas como esas personas hipócritas que creen que no contribuyen a que pasen cosas como la que estás viendo. En realidad, lo que ves aquí, es el grupo de individuos más realista y honesto que te vas a encontrar en toda tu vida.
–Estoy seguro de que es así.
Lo cierto es que estás patas arriba. Tu cuerpo parece reaccionar a lo que ves al margen de tu mente, que parece perfectamente centrada. Estás haciendo el papel de tu vida, pero tu estómago no está entendiendo la obra.
Para cuando ambos globos oculares cuelgan en las mejillas de la periodista, el contable está clavando su punzón en el estómago. Ella aún está consciente. La mordaza parece empapada en vómito y sangre. De entre los presentes, algunos no le quitan ojo al acto, otros fuman algo apartados. Solo uno o dos se acercan de verdad a ver con detalle el manejo del verdugo. En ese momento, tira con la punta de lo que parece el intestino delgado de la chica. Su cuerpo sufre un tembleque.
Es entonces cuando ocurre.
Una arcada, la mayor arcada que hayas tenido, hace que tu estómago se contraiga con una fuerza inusitada. Comienzas a vomitar como no lo hacías desde crío. Desde crío, porque nunca fuiste de los que luego se emborrachaba, eras de los que se quedaban en casa para estudiar. Retorna el sabor de la comida de a mediodía, triturada y aderezada con jugos gástricos. Ese sabor que odias, y no puedes dejar de vomitar. Imposible. Te conviertes justo en lo que no querías ser: El Puñetero Centro de Atención. No es que puedas pensar con claridad, pero la excusa te ha estado rondando hace rato. La comida, claro, algo te ha sentado mal, ¿no? Tienes que venderle a esas personas que no vomitas porque estés siendo testigo de una tortura cometida a sangre fría.
La venta de tu vida.
Lo irónico es que no sientes que estés vomitando por eso. Todo el mundo pensará que ha sido culpa de tu cerebro, pero estabas perfectamente centrado, en la zona, estabas lanzando desde la línea de triples, no estabas fallando una, estabas marcando perfectamente, cogiendo rebotes y apurando el tiempo a la perfección.
Joder.
Es injusto que te esté pasando lo que te está pasando.
Como por inercia, intentas detener el proceso, o acabarlo. Te incorporas una vez, pero fallas; sigues vomitando. Al cuarto intento, cuando ya todos te miran, cuando las tripas de la periodista se derraman hasta el suelo mientras el verdugo también te mira. Mientras intentas recuperar el aliento. Mientras escupes y comienzas a sentirte mejor (ahora es al revés, tu cuerpo está bien, pero tu mente…). Mientras la hoguera crepita y la chica ya no se mueve. Mientras pasa todo eso, levantas la mano derecha, y hasta intentas sonreír.
–Vaya… No sé qué decir –dices en voz alta.
Imbécil. Te van a matar.
–Oídme. Siento este… je je. No pretendía competir, ¿sabéis?
¿Competir en qué, capullo? ¿En dar asco? ¿Qué coño…?
–¿Seguro que nadie más se siente mal del estómago? ¿Nadie más está en el hotel Ubud Village?
Dios mío, te estás convirtiendo en una parodia de ti mismo. Actúas como si lo siguiente que quisieras hacer es correr hasta un teléfono para llamar a la poli. Te has quedado en blanco, tu proceso de Normalización se está yendo a pique. Te mereces todo lo que te pueda pasar.
Aun así, lo sigues intentando.
–He estado toda la tarde revuelto, ¿sabéis? Además…
Y ahora se te ocurre algo parecido a una idea.
–… además he masticado algún tipo de hoja en la jungla, quizá eso…
Dios santo, eso ni siquiera ha pasado rozando el aro.
El tipo, el sosias de Edward Herrmann, decide intervenir.
–Chico… ¿Estás bien?
–Sí, Edward, digo…
¿Cómo se llamaba este fulano? Coño.
–Quiero decir, sí, estoy bien. Siento haber interrumpido el…
–Oye… Sólo te lo voy a preguntar una vez.
–…
–¿Eres quien dices ser?
–¿A qué te refieres?
Pausa.
–¿Eres periodista?
–¡¡No!!
–¡¿Eres un puto periodista o no?!
–Por el amor de Dios…
Suplicar: lo que se suele hacer antes de morir. No solo se ha ido al traste la normalización, sino que ahora vas a parecer un marica. Vas a ser un marica muerto. Te mereces todo lo que te pueda pasar.
–… te juro que no soy periodista. He venido con Ultramar, tengo compañeros en el hotel, somos… soy directivo, hace poco, soy… de una agencia inmobiliaria, una constructora, ¡te lo puedo demostrar!
–Ahora ya no sé qué creer.
–Por favor, Edward…
–¡Quién coño es Edward!
–Perdona… Oye… Si volvemos tú y yo, si… Puedo demostrarte que…
–No no no no no… Estoy hasta los cojones de esta situación, estoy hasta las narices de los putos héroes, de los putos periodistas, de los putos moralistas hipócritas que van por ahí cagando arco iris y consumiendo combustible fósil a garrafas…
–Dios mío, por favor…
–¡¡Dios no existe, niñato!!
Ahora no solo eres el centro de atención, sino que tienes todas las papeletas de la puta lotería. Esta vez el sorteo se ha celebrado solo para ti. Eres un tío afortunado. Estabas predestinado a tener suerte. Toda clase de suerte.
Aun así, el tipo se ha calmado. Te mira, te mira. Los demás le miran a él, claramente esperando una orden. Estás seguro de que no es la primera vez que se enfrentan a esto.
Levantas las manos, en clave de bandera blanca.
–Vale. Sólo déjame cinco minutos.
–…
–Si me das cinco minutos, escucharás al tío más sincero que hayas oído jamás. Y luego haces lo que quieras.
La mentira bien destilada sirve como lubricante para la verdad.
–Está bien. Mira… Soy exactamente como tú. De hecho soy exactamente como mi padre, al que estoy seguro que conocías bien. Y mi padre era como mi abuelo. Tengo las mismas intenciones que tú de no negar el mundo y su funcionamiento, de no negar nuestra especie, y de acatar mis instintos. Conozco mis limitaciones, no las niego como hace la mayoría de gente. Estoy casado. No quiero a mi mujer, y tampoco a mi hijo. Tiene dos años. No quiero a mi hijo; no lo odio, pero no lo quiero. Y no lo quiero porque… no quería tenerlo. Solo lo he tenido para conformar una familia. Solo quería estar en igualdad de condiciones con hombres como tú, con hombres como mi padre. Solo quería tener una excusa para ser lo que los hipócritas llaman: egoísta, para poder ser lo que llaman clasista, para poder usar la idea de las emociones a mi favor. No digo que sea totalmente insensible, pero controlo perfectamente mis sentimientos. Mis sentimientos ya son poco más que atrezzo, te lo puedo asegurar. Sé fingir, eso lo hago muy bien. Para decir toda la verdad, lo que hacéis aquí me es indiferente. No me interesa, pero tampoco me afecta emocionalmente. No necesito esta clase de estímulos para ser competitivo o para saber cuándo he de levantarme e irme de un despacho. No lo necesito para hacer bien mi trabajo. Soy el miembro más joven de la junta directiva de mi empresa. Y no lo he logrado por tener un exceso de principios, sino por tener tan solo uno o dos que jamás traiciono. No es la empresa de mi padre, no usé enchufes. Y no lo he hecho así porque sea orgulloso, sino porque quería saber de verdad cuál era mi potencial. Sólo soy curioso hasta ahí. Mi pensamiento crítico sólo lo empleo respecto a mi capacidad para prosperar y no dejarme amilanar por la competencia. Me da igual cuántas vírgenes hayáis asesinado aquí o en cualquier otro lugar; en lo que a mí respecta, el asesinato es tan solo una palabra, un concepto. Como el suicidio o la ejecución de una hipoteca.
»Solo estoy aquí, como ya he dicho, porque me he perdido. Iba con esa chica que acabáis de torturar. Nunca le he puesto los cuernos a mi mujer, pero pensaba hacerlo con ella. Me la estaba trabajando. Hace tres días que la vi por primera vez.
»Reconozco que quizá estaba despertando algo en mí; pero mi único objetivo era follármela. La hubiese violado si no hubiese sido por las consecuencias que conlleva. Jamás mataría nadie con mis propias manos; como ya se ha visto, no tengo estómago para algo así. Me mareaba de crío en las clases de Naturales. Pero me es indiferente lo que los demás hagan.
»Por todo lo que acabo de decir, es por lo que podéis dejarme ir sin ningún problema. En personas como yo, siempre encontraréis apoyo, porque insisto, soy igual que vosotros. Actúo por mis intereses, me muevo por mis intereses y voto sólo por mis intereses. En definitiva, soy como todos, y al igual que vosotros, he decidido no negarlo. No negármelo a mí mismo.
»Ahora, si me disculpáis, me voy a dar la vuelta, y voy a intentar salir de esta jungla. Haced lo que os venga en gana. No me voy a resistir.
El corazón te late de una forma desconocida. Caminas y no oyes ruidos de los que preocuparte. No oyes tus pasos por culpa de tus latidos. Notas la sangre en tus extremidades. Sientes que, si te cruzaras con un animal, el que fuera, podrías reducirlo sin problemas. Sientes la adrenalina, el chute, el subidón que otros buscan tratando con camellos. Memeces.
Cuando consigues llegar por fin al pueblo, ya está amaneciendo.
Ya en tu habitación de hotel, prácticamente un zulo, das con tu móvil, que yace aún sobre la mesilla, enchufado y completamente recargado. Lo desenchufas y guardas el cargador. Lo sopesas y lo miras detenidamente. Hay alarmas y mensajes acumulados. Sentado, tal y como estás, puedes ver también el cielo y la naturaleza salvaje bajo su cúpula. La ventana es amplia y las vistas son espectaculares. El único encanto de la estancia.
Te tienes por una persona bastante cuerda. Pero ahora por algún motivo se te pasan ciertas ideas por la cabeza. No es el momento de hacer ninguna llamada. Pero puede que en un par de días. Tienes que aclararte. Piensas en el discurso que te ha salvado la vida. Por primera vez, no tienes ni idea de si lo que has dicho era la pura verdad o solo un montón de mierda, abono para la justificación de tu existencia. Quizá sea, meditas, porque nunca te oyes pensar así en voz alta.

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Núcleo

1 – Núcleo

¿Cómo se llamaba el panadero? Lo había oído mil veces en boca de sus padres, de varios vecinos, hasta de ese tío que pernoctaba siempre por la plaza del pueblo hablando solo.
El hombre tenía las manos sudorosas y la mirada perdida, no había contestado al mecánico «buenos días» de L. Pero es posible que L. no se hubiera inquietado si no hubiese sido por el estático comportamiento de sus padres unos minutos antes en casa. Imberbes, desprovistos de calidez, mucho más embotados de lo que se espera de nadie, incluso aunque esté recién levantado. Solo les oía deambular en la planta de abajo, y luego salió casi escondiéndose, para evitar alguna bronca potencial.
Era sábado, lo cual hacía que todo resultara aún más seco. No había demasiada gente por la calle; de hecho ¿había gente por la calle? Era Núcleo, un pueblo pequeño (¿mil habitantes?) a doscientos kilómetros de Periferia. Un pueblo cuyo encanto se basaba en su emplazamiento costero, pero que en sí mismo carecía de más atractivos populares, y también de turistas más allá de los familiares de sus habitantes en verano. Núcleo, un nombre cuyo origen L. desconocía, aunque tenía un vago recuerdo de explicación maternal (inventada) de cuando era muy pequeña. En apariencia, era el pueblo recurrente del que huyen los jóvenes y donde vuelven unas décadas después para envejecer. El lugar donde L., con catorce años recién cumplidos, conocía ya a cualquiera que tuviera algo parecido a su edad. Un sitio entre millones de sitios cuya única forma de adquirir notoriedad mediática sería un suceso lo suficientemente escabroso y terrible.
L. salió de la panadería con el ceño fruncido, después de ver al panadero manipular las barras con sus manos húmedas y su robótica economía de movimientos. Pensó que daría un rodeo y pasaría por la plaza. Iría a ver al tipo que hablaba solo. Era ya un anciano y L. estaba bastante segura de que no tenía familia. Al menos así quizá oiría a alguien hablar. Por la calle no había nadie, estaba confirmado, tampoco había pájaros a la vista (o gatos, o perros), aunque no es que L. se fijara normalmente en eso. Podía oír sus propios pasos con claridad, de ese modo en que una se oye a sí misma caminando en soledad de madrugada. No había telón de fondo sonoro, ningún televisor, ningún neumático al roce con el asfalto. Nadie llamaba a gritos a nadie, no se oía reír a nadie, o llorar a ningún niño. Silencio en Núcleo en pleno sábado por la mañana.
No había rastro de vida orgánica en la plaza. L. caminó como si no comenzara a estar desconcertada. ¿Debía suponer que todos estaban en casa con cara de palo y sin nada que decir? Era un pueblo demasiado pequeño, demasiado fácil de recorrer como para pensar que se estaba volviendo paranoica.
Decidió volver a casa. No es que pudiese hacer nada, y no se le ocurría qué podía estar pasando. Ni siquiera sentía miedo realmente, llevaba un rato levantada, el sol matinal brillaba, corría un brisa agradable de otoño. Se negaba a preocuparse, al menos por el momento. Era como si no acabara de creérselo. Nadie planea bromas colectivas y aparatosas en Núcleo, nadie va allí a rodar películas o anuncios. Dejémoslo en: Nadie va allí. Excepto cuando es Fiesta Mayor en verano. Núcleo no ha interesado jamás a nadie para simular nada ni representar nada. Núcleo nunca ha sido escenario para poner sueño alguno en pie.

2 – Una llave

A medio camino, decidió que era mejor ir a casa de sus tíos, también habitantes de Núcleo. Así tendría la oportunidad de ver a más conocidos íntimos y observar si su estado era el mismo que el de sus padres.
Al llegar, llamó con el puño a la puerta. No había timbre, sólo podías hacerte notar así o gritando. La gente se hacía presente en Núcleo para los demás sobre todo con el tono de voz. Llamar a la puerta ya era algo bastante inusual.
Puede que sus tíos estuvieran dentro de la casa, pero nadie contestaba ni abría la puerta. L. la empujo. Estaba cerrada con llave; otra cosa inusual en Núcleo, donde cerrar con llave era algo que sólo se hacía por las noches, o si te ibas de viaje.
Se fijó en que junto a la entrada había una flecha trazada con tiza blanca en la pared. Señalaba un punto concreto en el suelo.
Una llave.
Era una llave del tamaño de un tenedor, pero más gruesa, bastante herrumbrosa, de aspecto gótico, antigua, evocadora de… L. no había visto jamás una cerradura que esa llave pudiera abrir. La cogió, la sopesó. Caminó unos minutos con ella alejándose de la casa, pensando. Poco después, ya a las afueras del pueblo, más allá de huertos e irregulares muros de piedra, la lanzó todo lo lejos que pudo hacia la maleza.
No es que L. creyese precisamente en la “magia”, de hecho incluso se consideraba atea y algo descreída en general. Pero el día invitaba al descreimiento a la inversa. Había leído ciertos libros y visto algunas películas. La llave no tenía aspecto tanto de abrir una puerta al uso como de… darte la «entrada a otro mundo». Ese rollo que llevaba a vivir «grandes aventuras», quizá conocer «animales parlantes», o algún anciano «sabio» de los que en la realidad conocida solo hablan con niñas anónimas en calidad de pervertidos. Esa llave te podía conducir a aprender «grandes lecciones de la vida», recorrer «paisajes “terroríficos”», y luego llegar a alguna clase de «castillo» en el que a L. se la consideraría algún tipo de «Diosa» infantil con una misión para «salvar el Reino». Ni de broma pensaba arriesgarse a todo eso, a tener «compañeros de viaje» o conocer a algún niño supuestamente guapo (que sería del montón de mayor) en el rol de héroe, y después volver a Núcleo siendo una niña distinta.
Además, si esas cosas pasaban, era evidente que no daban ningún resultado a la larga. Todos los adultos que conocía L. –ya fueran o no del pueblo– parecían estar siempre reclamando la eutanasia de lunes a jueves.
Lo pensó mejor y caminó hacia donde había tirado la llave. Siempre cabía la posibilidad de que, si ahora estaba viviendo en alguna clase de cuento como forzada protagonista, la llave volviera a ella de alguna forma. La localizo (no era difícil teniendo en cuenta su tamaño) y comenzó a cavar un agujero en el suelo. ¿Qué estoy haciendo?, se preguntaba, no era un comportamiento cabal o propio de ella, ni tan siquiera teniendo en cuenta las circunstancias. Pero cavó, a conciencia, ayudándose de una piedra con filo. Una vez quedó satisfecha con la profundidad, dejó caer la llave en el agujero, y comenzó a apilar la tierra sobre ella. Luego aplanó la superficie dando pisotones. Si la llave quería volver a dar con la Diosa, al menos tendría que desenterrarse solita. Si es que el plan tenía algún sentido.

3 – Pamá

La primera palabra, o más bien conjunto de sílabas que formó L. de pequeña, fue «pamá», lo que parecía ser la fusión entre papá y mamá, y también la anécdota más recurrente de los susodichos con los años. A menudo aún pensaba en ellos de esa manera, «¿dónde han ido pamá?», «pamá están locos», «odió a pamá», etcétera. L. pensaba en ello mientras dirigía sus pasos finalmente otra vez a casa. La puerta estaba cerrada. Entró con su llave (real, inofensiva), dejó el pan en la cocina y voceó esperando una respuesta.
Vale, ahora tampoco había nadie en casa.
Las calles vacías, las puertas cerradas a cal y canto, y nadie en casa. Pero si lo pensaba bien, lo más inquietante era la total carencia de ruido. Aunque no se oyera a los habitantes de Núcleo, siempre se oía alguna televisión con el volumen demasiado alto, alguna radio, alguna herramienta de carpintero. Algo. Pero nada de todo eso estaba sucediendo; de modo que, o todos se habían ido algún lugar (quizá donde fuera que hubiesen ido sus padres y sus tíos), o bien aunque hubiera gente estaban todos en casa en silencio y anestesiados.
¿Pero anestesiados por qué razón? Ella no se sentía mal. Su único rasgo fuera de lo común podía ser la extraña calma que aún conservaba visto lo visto. Ya había pasado un buen rato; se había despertado, duchado, vestido, había comprado el pan y recorrido prácticamente medio pueblo. Ya había pasado ese lapso de tiempo que suele ser el más rápido del día, esa primera hora y media o dos horas.
Decidió esperar. Puso la tele y nada parecía fuera de lo común. Los programas habituales y su sensacionalismo más o menos disfrazado. De todos modos, si hubiese pasado algo en Núcleo, ¿cuánto tardaría en trascender? Un pueblo así era el equivalente al anciano que puede morir en su piso sin que el vecindario se percate de ello hasta que empieza a oler. Geográficamente, o a cualquier otro nivel, Núcleo era irrelevante. Ni tan siquiera el mar ayudaba. La playa, en absoluto sucia o mal cuidada, no conseguía remarcar la existencia de Núcleo. Aunque no sabía cómo expresarlo, a L. le daba la sensación de que en realidad, lo que estaba pasando, ni siquiera era tan raro allí. Ahí estaba la tele, con su ritmo habitual, ignorante de lo que pudiera pasar en millones de sitios por el estilo, que no encajaban con la narrativa informativa del momento. Ni cuando se ponía de moda hablar de perros que mordían a bebés, o de pederastas, o de deportes locales, lo que fuera. Daba igual, Núcleo no destacaba, ni para bien ni para mal. De modo que quizá no era una sorpresa que estuviese desapareciendo. Lo que se preguntaba L. era cuál era su papel en ese proceso.
Pamá no llevaban el móvil encima. Nunca lo llevaban. Llamó a casa de sus tíos. Nada. ¿La policía?
Nadie contestó.
Aun haciendo esas llamadas, L. SABÍA que nadie se pondría al teléfono. Tampoco hubiera podido explicar por qué, pero estaba completamente segura.
Pensó que era la primera vez, que ella recordara, que había echado de menos a pamá.

4 – Cajeras y profesionales

L. podría haberse puesto histérica al ver que la nevera (y de hecho la casa por completo) estaba vacía de comida. No había comida en toda la vivienda. Podría haberse deprimido ante la idea de que sus padres no habían dudado en irse con todas las provisiones sin ella. Podría haber roto a llorar ante una situación que era más absurda a cada paso que daba.
Pero no se puso histérica, no se deprimió, y desde luego no rompió a llorar. Estaba entrando en una especie de trance en el que la lógica dictaba que nada de todo eso era útil; como si fuese una auténtica maestra de la aceptación. Tengo que arreglarme con lo que tengo, parecía decir una voz interior. Pero ni tan siquiera lo decía; era simplemente un sentimiento, uno muy básico, pero a la vez sólido, y también nuevo para ella.
Jamás hubiese dicho que se sentía emocionada en cierta forma por ser tan valiente, pero quizá fuese cierta punzada de orgullo la que había cebado su práctica actitud. Por alguna razón, que en la tele todo fuera como siempre era algo a lo que aferrarse. No era gran cosa, pero era mejor que meras interferencias. Lo que daba más miedo era el apagón informativo, incluso aunque las noticias no te sacaran jamás de dudas.
El ruido te decía que el resto del mundo seguía con su rutina. Si no había ruido en Núcleo, al menos podía mecerte el de otras partes.
Llegadas las dos de la tarde, comenzó a tener hambre de verdad. Había pasado las horas muertas viendo la tele, apagándola a cada rato para intentar oír vida de algún tipo en la calle. Con la ventana abierta y el mando en la mano, lo único que comenzaba a preocuparle seriamente era la siguiente noche. Esa idea le hacía perder momentáneamente la calma; pero enseguida recuperaba la compostura.
Está bien, se dijo, aunque pamá vuelvan, parece evidente que hoy no van a comer en casa. Se puso en pie; llevada por la inercia, se atusó el pelo y dio un repaso a su ropa. Aunque no tenía claro que hiciese falta, cogió la cartera y las llaves.
Había un pequeño supermercado en Núcleo, una pequeña “gran superficie” que había provocado el cierre de la mayoría de tiendas de comestibles. A la gente, que siempre solía hacer apología de la familia, le importaban un carajo los negocios familiares. Allí se estaba bien, había aire acondicionado y un buen puñado de pasillos por los que cotorrear y manosear productos. Incluso tenía su línea de cajas, cada una con su cajera, todas chicas de Núcleo, todas con planes para largarse de Núcleo.
Las que había, estaban de pie en su puesto, mirando al frente y sin decir esta boca es mía. L. entró y recorrió los pasillos. El personal de seguridad y los reponedores estaban igualmente ausentes, sólo presentes como una piedra sabe estarlo. El hilo musical estaba puesto. Las chicas de recepción también en su sitio, plantadas tras el mostrador. Por algún motivo, aun contagiados de lo que sea que estuviese pasando en Núcleo, los habitantes habían reunido el aplomo suficiente para presentarse en sus puestos de trabajo. L. pensó que dicha acción era tan habitual e inherente a ellos, era una acción que se llevaba a cabo siempre con tal nivel de desgana y negación, que sus cuerpos simplemente debían haber puesto el piloto automático. Puede que sus mentes estuviesen en Babia, pero había algo en ellos aún operativo, algo que hacía décadas que tenían activado, y que ellos mismos habían abandonado a la gestión de otros.

5 – Mensaje

L. empujó ciertos productos de las estanterías al carrito. Luego empujó el carrito y cruzó la línea de cajas. Pensó que si intentaba pagar, probablemente la atenderían, pero no quería pasar otra vez por esa escena de ojos muertos y movimientos calculados. Como sospechaba, nadie reaccionó ni se fijó en ella, nadie la frenó ni levantó la voz. Oír una voz empezaba a parecer algo del pasado.
Se agenció unas bolsas para la compra y se fue a casa.
Pensó que lo mejor era ir paso a paso. Muchos adultos decían siempre eso mientras organizaban tu vida en torno a tu jubilación. Pero en este caso no había hipocresía posible. El siguiente paso era comer, comer y beber. Si la situación no cambiaba a corto plazo, al menos sabía que tenía comida, que no se iba a deshidratar, y que, al menos que ella supiera, no había manadas de zombis que entorpecieran su paseo hasta el supermercado.
Ya en casa, zampando tostadas con Nocilla, unas tras otra (¿quién se lo podía impedir?), no pudo evitar preguntarse qué iba a hacer el lunes si no cambiaba la cosa, qué iba a hacer cuando llegara el momento de volver a clase. ¿Estarían todos allí con cara de folio en blanco mirando a la profesora, que a su vez les devolvería el gesto mirando a la pared contraria sentada tras su mesa? ¿Quería realmente L. ver esa escena? Es decir, no se le ocurría por qué los alumnos iban a comportarse distinto a los adultos en sus trabajos; al fin y al cabo la actitud del alumnado a diario reproducía siempre determinada imagen del tedio (y la de los profesores aún más…). Eran la nueva generación, la nueva hornada, estaban centrados: venían de estarlo. Decidió que, a no ser que la gente comenzara a aparecer, hablar y mostrarse mínimamente humanos, o al menos con el grado de amargura orgánica habitual, no pensaba intentar llevar a cabo lo que decían eran «sus obligaciones».
Por la tarde, se despertó sorprendida a eso de las cinco. Se dio cuenta de que había dormido una siesta de hora y media en el sillón, ante la tele encendida. La casa seguía igual, las habitaciones, vacías, los teléfonos, mudos. Se asomó por la ventana y miró a uno y otro lado. También miró al cielo, y al suelo. Se dio cuenta de que tampoco había insectos, no veía bichos, nada de hormigas o mosquitos. Puede que simplemente le diera pereza fijarse mejor. Al volver a mirar al cielo, se percató de que tampoco había visto ningún avión comercial en todo el día. Conocía las autopistas aéreas que pasaban sobre Núcleo; no los horarios, pero sí las direcciones en que iban y venían los aviones.
Se quitó una legaña frente a la tele. El día parecía estar pasando a cámara lenta. Se sentía oxidada, algo embotada; puede que fuera la comida. Se había dado un festín de todo lo que dicen te acaba matando. A veces L. pensaba que de mayor le iba a resultar complicado sortear el asunto de las drogas; se sentía demasiado predispuesta a probarlo todo, a, en definitiva, combatir la infelicidad resignada para la que la estaban educando. La naturaleza inevitable de la muerte a veces era una idea complaciente (y cómplice).
Decidió salir a pasear su digestión. La respuesta a la intención de pasear o reflexionar siempre era la playa. Daba igual cuántas veces asumiera la playa ese papel, siempre acababa siendo la mejor opción.
Ya mojándose los pies, con las deportivas en la mano, miraba hacia el horizonte, sin tener claro si era el momento de trazar un plan. Pero ¿qué plan? ¿Irse de Núcleo hasta encontrar algún lugar habitado al modo corriente? ¿Y luego explicar qué historia? La verdad obviamente no iba a funcionar. De modo que tendría que inventar algo que atrajese a la poli, o alguien, a echar un vistazo al pueblo. Resopló de puro hastío. No tenía ganas en absoluto de caminar o enterarse de qué tren o autobús podía llevarla. Además no se iba a subir a ningún transporte público que condujera alguien cuya mirada se pareciera a la del panadero o las cajeras. ¿Un taxi, quizá?
Acabó apartando esas ideas de su mente. Cada vez que intentaba hacer algo que no fuese hacer nada, la situación era más y más indescifrable.
Su vista detectó algo flotando en el agua, dirigiéndose casi exactamente a sus pies. Observó la trayectoria del objeto sin intención de prestar demasiada atención.
Luego algo zarandeó su indiferencia. Aquello era una botella; dentro había un papel enrollado. L. resopló.

6 – Contenido

Hola, K.

No tengo esperanzas de que algún día leas esto, o sí, no lo sé. Soy (aquí el tipo, sea quien sea, lanza un aburrido discurso para dejar claro quién es, aunque no concreta de dónde es; de Núcleo seguro que no). No sabía qué hacer con todo lo que llevo dentro. Quizá por eso he recurrido a esto del mensaje y la botella.
Quiero que te quede claro que te odio. Creo que eres la zorra más cabrona y venenosa con la que he tenido que tratar. Me has manipulado, has jugado con mis putas entrañas del modo más enfermizo y asqueroso que he visto jamás fuera de la ficción. No tengo palabras para expresar el estado de ánimo en el que me encuentro POR TU CULPA. Creo que si escupiera ahora mismo sobre un diamante, podría derretirlo. Ahora mismo no tengo fe en nada que se parezca remotamente a ti; lo cual incluye cualquier mujer, u olor, prenda, paisaje, melodía o puto paraguas de colores que me pueda hacer pensar en mujeres.
Ahora mismo deseo sinceramente que te mueras. Pero no quiero que sea una muerte sobrevenida, quiero que SUFRAS; quiero inventar la máquina del tiempo, viajar contigo a 1939, acusarte y meterte a empujones en un vagón en Munich.
Ahora mismo creo que eres la mayor PUTA de todas; o más bien una puta vergüenza para las putas. Una vergüenza para la raza humana, el cosmos y el puñetero Big Bang.

(Agradezco con toda mi alma que estemos muertos.)

PUTA.

7 – ¿El puto Hugh Everett?

L. metió el papel en la botella y la tapó con el corcho. No era el aviso de un náufrago ni la carta de amor que se podría esperar. Era una carta de odio, lanzada al vacío, casi como si el sentimiento de rechazo fuera tal, que necesitara de semejante épica, como –de un modo simbólico– intentando dinamitar el romanticismo desde dentro. A L. le pareció brillante. Pero el hecho no ayudaba nada a que el día se volviese menos raro o metafísico.
Todo lo contrario. Ahora la cabeza de L. bullía, aunque el miedo aún no se hubiese abierto paso en ella. ¿Tan poca práctica tenía ya con las emociones que no era capaz de sentir miedo de verdad?¿No se suponía que estaba en la edad en que todo te parece el fin del mundo? Pensó que obviamente eso solo era otra de las idioteces que una vez debieron decir un par de adultos, y que el resto no dejan de repetir para no tener que pensar por sí mismos. Tenía catorce años y ya acumulaba un currículum de aburrimiento absolutamente estremecedor. Algo más que dicen los adultos, es que la infancia pasa muy lentamente y la edad adulta corre a toda prisa. L. pensó que eso quizá fuese cierto (al menos una parte); la infancia pasa a cámara súper lenta, porque un aula es un lugar que prácticamente consigue detener el tiempo. Un aula es lo más parecido a una máquina del tiempo a la inversa; no te da opciones, no enciende la mecha de tu curiosidad, no te empuja a hacer miles de cosas y ver cómo era antes el mundo, cómo será después, o qué puedes hacer tú en él. Un aula es la máquina del tiempo que te encarcela en el momento, y hace que el pasado te aburra, el futuro te aterre, y el planeta, el Universo, los seres humanos y su potencial, te acaben importando un carajo.
L. se alejó de la orilla. Aun estando ya rabiosa, cada vez más enfadada, no tuvo más remedio que pensar en la llave. Y en si no la había enterrado en el fondo para estar segura de dónde la había dejado. La ironía se colaba en sus procesos mentales, ahora como una reminiscencia del cinismo; se susurraba a sí misma cosas como: «Al primer conejo parlante cojo y me voy de ese puto sitio…». Miraba al cielo; a cielo abierto tampoco se veía nada que volase. El viento no le traía ruidos de señoras parloteando o equipos de música. Nadie gritaba «gol» ni se hacía el machito. Ninguna chica “susurraba” a gritos quién follaba con quien. Por más que se lo quisiese negar a sí misma, todos esos tópicos formaban parte de Núcleo.
O al menos antes.
No echaba de menos eso; pero echaba de menos tener la ilusión de control. La ilusión de control del colectivo. Echaba de menos formar parte de esa Idea, por muy falsa o reduccionista que fuese.
Estaba harta de moverse sin rumbo. Se sentó en la arena, muy lejos del agua. En realidad, esa era la hora de los surfistas del pueblo. Era cuando llegaban y lo llenaban todo de comentarios misóginos y chistes de pollas; y todo rodeados de chicas que se fingían ofendidas, pero que luego se los tiraban, a veces en la misma playa.
A L. le daba una pereza tremenda llegar a esa edad, en la que no relacionarse con chicos comenzaría a estar mal visto. Ya entonces no estaba ni mucho menos en el grupo de los guays. Leía, no le molestaba estar sola, y no hacía lo que todos por el solo motivo de que todos lo hicieran. Eso bastaba para ser sutilmente apartada. Y sutilmente, de momento… Ella sabía que no quería ser como esas idiotas que se la chupaban a imbéciles para sentirse en el ajo. Lo que haría sería…
Algo interrumpió su discurso silencioso.
Un papel, lo que parecía algo mayor que un folio, con tiras de celo como de haber estado sujeto a un poste, era arrastrado por el viento del atardecer. Igual que con la botella, al principio solo lo acompañó con la mirada; pero luego, al verlo voltearse, atisbó una foto.
Con el papel ya sujeto, mirando la foto, ya sin cabreo de por medio, pensó en lo que había leído una vez sobre la «interpretación de los universos múltiples». Se dijo a sí misma: ¿el puto Hugh Everett? La foto era una instantánea en color de ella misma, bajo la que lucía el clásico «Se busca», y el teléfono de uno de los móviles de pamá.

8 – Quede constancia

L. avanzó con el papel en la mano hasta adentrarse en el pueblo. Tenía que recorrerlo de punta a punta para llegar al lugar de la llave. Que conste, se decía, que hago esto por pura curiosidad. No pienso ir a ver al puñetero Mago de Oz. No pienso pasear con un espantápajaros, ni le voy a bailar el agua a ningún Sombrerero loco.
Joder, que no.
Probó a llamar, claro. Luego vio el teléfono de pamá en casa con su llamada perdida. Y tan perdida. Si Hugh Everett tenía razón, aunque solo fuera en parte, ahora L. estaba en la versión zombi de Núcleo. No tenía ningunas ganas de saber cómo en esa supuesta realidad paralela la gente había llegado a esa catatonia. Otra pregunta era cómo ella había pasado de un mundo al otro. En qué preciso instante entre la noche del viernes y la mañana del sábado, había pasado de vivir en un mundo bastante cutre, la verdad, a otro aún más cutre… Vaya, en realidad no sabía qué era peor, pero ella ya estaba acostumbrada a su vida; no quería tener que imitar parcialmente otra vez las conductas de un mundo totalmente distinto con gente que nada tenía que ver con la del anterior.
Pero mientras llegaba hasta la tierra pisoteada bajo la que yacía la llave, estaba creciendo algo horrible justo en medio de su razonamiento aún en su desarrollo fetal. ¿Tenía que aceptar la teoría de la interpretación de los universos múltiples? ¿En qué era eso mejor que el rollo de Alicia y los animales parlantes?
Más frustrada ya que otra cosa, comenzó a desgarrar la tierra.
Al sopesar otra vez la llave, se sintió como una niñata que estuviese traicionando todos sus principios. Dio unos cuantos pasos alejándose del agujero. Miró la llave, sucia, parecía aún más vieja que por la mañana.
L. se percató de que daba igual tener una llave si no sabía dónde estaba la cerradura. Pero fue consciente de algo aún peor: al ir a desenterrar la llave, en realidad ya había elegido entre Lewis Carroll y Hugh Everett. La llave era la opción de la fantasía, de la huida. Ni siquiera era una huida hacia delante; solo una huida desesperada.
Pero la llave al menos era un paso, algo a lo que aferrarse. La opción Everett dejaba a L. en bragas; pronto quizá literalmente.
Despertar en un cama que no es la tuya a veces es sinónimo de no saber dónde estás; y ni tan siquiera has de tener el semen de surfista incluido en tu dieta para ello.
L. no había despertado en su cama esa mañana, al menos no estrictamente. Pero sin saber cómo se había hecho el nudo metafísico, no podía desenredarlo. Si esto había pasado porque Dios se había guardado los auriculares en el bolsillo, no tenía relevancia. No pensaba meter a Dios en esto.
Lo básico era que no sabía volver a casa al modo científico; así que no sentía que tuviese nada que perder probando la opción fantástica.
Si es que tal opción era una opción.

9 – Una chica franca

Era terrible no poder tirar de cinismo. L. sabía que no era bueno ser demasiado cínica, pero también tenía claro que el cinismo no solo no era malo en pequeñas dosis, sino absolutamente necesario. Ya lo era cuando ella creía conocer cómo era el mundo.
Pero ahora no podía permitirse el lujo de ser todo lo cínica que le apetecía ser.
Tenía que mirar a su alrededor. Estaba anocheciendo. Por primera vez en todo el día, decidió hacer eso que tanto odia, que es seguir indicaciones, coger objetos, y comportarse como si alguna criatura horrible y pervertida estuviera jugando con ella. Vamos a marear a la niñita; en algún momento haremos que se ponga un vestido, vamos a ver cómo son sus braguitas, vamos a hacer que el viejo Walt parezca el amigo de los niños que fingía ser.
Así se sentía L., como una de esas protagonistas de Disney, y no dejaba de pensar en esos planos subliminales de sus pelis, en que colaba referencias sexuales.
Anduvo por las calles del pueblo, porque de golpe, al parecer desde que la llave volvió a sus manos, habían aparecido unas flechas amarillas en el suelo. ¿Era tiza?; L. prefería no tocarlas. Daba la sensación de que brillaran en las zonas más oscuras.
Llegó a la puerta de una cabaña herrumbrosa. Ni tan siquiera la había visto antes jamás. Estaba cerca de la iglesia del pueblo. La puerta era completamente absurda, deforme, un rectángulo atrofiado y grotesco con una cerradura ridículamente grande. La construcción parecía más un dibujo que una casa. L. resopló, y luego volvió a resoplar. Sopesó la llave.
Aquello era una estupidez, pensó. Simplemente metería la llave en la cerradura, la giraría, abriría ese portón Burtonesco, y descubriría que dentro solo hay polvo y telarañas. Sólo haciendo eso, se quitaría de en medio el asunto, y se iría a dormir. Con un poco de suerte, al despertar todo volvería a ser como era. Puede que sólo estuviese soñando, uno de esos sueños detallados, largos y realistas. Volvería a ser la chica franca que su padre decía que era, e intentaría ser más amable, puede que incluso consigo misma.

10 – Seta

El sobresalto siguiente no entraba en las previsiones, no lo hacía a ningún nivel; no era nada que L. se hubiese planteado en momento alguno. Y no hay que olvidar que L., ese día, era la niña que había encontrado una llave, que había decidido enterrarla para evitar ser alguna clase princesa. Su nivel de credulidad estaba por las nubes. Pero no lo suficiente.
Lo irónico, es que lo que pasó no formaba parte de ningún concepto fantástico.
Primero llegó el fogonazo. L. no tenía ni idea de a qué distancia estaba sucediendo. En dirección oeste, comenzó a crecer una seta. «Seta» fue la primera palabra que le vino. Pero no era seta. Era hipnótico, ¿qué era? La seta crecía y crecía, una seta de fuego y humo, de aspecto absolutamente devastador.
No era seta, recordó.
Era «penacho».
Una bomba atómica no era lo que L. tenía previsto. No. Pasaron unos segundos de aturdimiento. Y luego, por primera vez en todo el día: el miedo.
Un miedo atroz hizo que le temblara la llave en las manos. Pensó: Estoy muerta.
Pensó: Mierda.
Las lágrimas hacían que le costara el doble encajar la llave en la cerradura. La movía la desesperación más amarga: el impulso de quien intenta protegerse de un meteorito abriendo un paraguas.
Por fin, metió la llave, de golpe, y la giró contra el sentido de las agujas del reloj. Cuando parecía llegar la primera oleada de la honda expansiva, se lanzó contra el interior de la cabaña.

11 – Bilocación transdimensional

Volvió en sí. Con lo cual se dio cuenta de que había estado inconsciente. Podía oír el sonido de pájaros, y hasta los pasos de alguien. Tenía la espalda dolorida. Se incorporó en sus codos. Su vista necesitaba acostumbrarse al brillo del sol. En ese momento aún no sabía qué pasaba o dónde estaba. Ni aun con el malestar de lo que parecía haber sido una caída desde varios metros, tenía muy claro que estuviese viva.
Una voz comenzó a intentar tranquilizarla; era una voz aguda, la voz que le imaginas a un payaso (quizá a un payaso con un hacha…).
Al ver lo que tenía ante sí, sacudió la cabeza varias veces, se pellizcó y atizó, intentó obviar por completo la realidad que desfilaba ante sus ojos.
Yacía sobre un prado. Árboles de todos los tamaños unos cien metros más allá, flores por doquier, su olor, nubes con una textura que parecía ser pictórica. Luego comenzó a detectar las cosas realmente imposibles de digerir. Miró hacia el sol, que parecía estar situado como lo concibes a mediodía. Pero al mirarlo, se dio cuenta de que no necesitaba apartar la vista; era como si se volviese más espectacular, y variaba en su luminosidad, pero sin quemarte la retina. Luego L. gritó:
–¡Mierda! …
Delante tenía a un conejo blanco, de pie sobre sus patas traseras. Llevaba un chaleco brillante y un monóculo. Repetía:
–¿Estás más tranquila? ¿Estás bien?
L. retrocedió ayudándose con las piernas. El animal tenía el tamaño de un enano humano. No era exactamente asqueroso, pero tampoco era lo que imaginas, no era lo que los cuentos de hadas siempre narraron.
El bicho (así era como ella le llamaba en su mente) hablaba sin parar, pero intentaba hacerlo sin atosigar. En cierto momento, preguntó:
–¿Vienes de Allá?
–…
–Sé que vienes de allá. –Soltó un gorjeo bastante repulsivo que L. interpretó como una risa.
–¿Allá?
–Ya sabes a qué allá me refiero. Y no intentes darme evasivas. Tenemos informadores, y hemos seguido tu caso. Ha sido noticia en todo tu país, y en parte de todo tu extranjero… Ese pueblecito tuyo ha salido por la tele en todas partes…
–Pero yo no soy…
–Ya, ya lo sé. Tú no eres. Pero igualmente ha sido una Tú quien ha desaparecido.
–…
–En realidad tu caso es extraordinario…
–No eres real, venga, no me fastidies… Me voy a despertar a la de ya, aunque sea en el pueblo vacío.
–No es… Mira, te va a costar un rato aceptarlo, puede que hasta unas horas, pero tu idea sobre la realidad es algo… limitada.
–…
–Sé que has intuido el asunto de las realidades paralelas. Y supongo que ahora ya sabrás que, bueno, desapareciste; no tú, al menos no técnicamente. Pero ambos sabemos que si tus padres te hubiesen visto. Tus padres, digo, bueno, ya me entiendes…
–Pues perdona que te lo diga, pero creo que no se te da bien esto.
–Sé que me estoy explicando muy mal, disculpa. No lo estamos pasando bien por aquí. Estamos algo…
–Ya…
–El caso es que tu historia es un claro ejemplo de ¡bilocación transdimensional!
–…
–La bilocación es la presencia teóricamente sobrenatural (para vosotros) de una persona en dos lugares a la vez.
»Para nosotros eso no es nada extraño. Pero que la bilocación se produzca a través de dos dimensiones…
Gorjeos, parece que de emoción.
»Verás, una bilocación al uso sería verte en Núcleo y en París a la vez, por ejemplo, pero ¿¡en el mismo lugar en dos dimensiones distintas…!?
Más gorjeos, casi como si el animal se atragantara.
»El caso es que no has tenido buena suerte, porque has ido a dar con una dimensión terrible, infectada por una guerra nuclear a nivel global, ya habrás visto que mucha gente ni tan siquiera intentaba huir. Cada cual se enfrenta a su muerte como puede, supongo. No soy ninguna eminencia en el tema, como comprenderás.
»La cuestión es: ¿has ido a dar con esa dimensión por una cuestión de mala suerte? ¿Sabes a quién se le achacan las bilocaciones transdimensionales aquí?
–A qui…
–¡A lo que vosotros llamáis Dios! –interrumpió el conejo.
–Coño…
–Ya sé qué vas a pensar…
L. se impacientó.
–¡¿Que coño voy a hacer?!
–Por favor, un poco de calma. Desde aquí puedes hacer casi cualquier cosa, e ir a casi cualquier lugar, incluido tu pueblo, en la dimensión que quieras. Pronto serás una en lugar de dos. Y sí, ya sé que pensarás que achacamos a Dios tu fenómeno porque aún no sabemos explicarlo con la ciencia o la fantasía empírica, pero, ¿no crees que es algo fascinante?
–…
–Sé que eres una niña inteligente. No me vas a engañar.
–Qué—tengo—quehacer—para—salir—deaquí. POR FAVOR.
L. volvía poco a poco a su estado de calma tensa, o al menos despojada de miedo. Se puso en pie, y caminó junto al conejo. Pronto descubrió que el bicho podía ponerse a cuatro patas y correr, correr mucho más rápido que ella. Qué asco. Pero había sido una elección entre la guerra nuclear y charlar con un conejo. Hacía años que se había perjurado, aun de forma inconsciente, que jamás charlaría con un conejo. Ni tan siquiera era de esas niñas que daban la murga a sus padres para tener un perrito. Los animales le era indiferentes, y tampoco solían gustarle en las películas.
Lo que venía, pensó L., era pura trama de molde. Apenas oía hablar al conejo. Decía algo sobre «una aventura», sobre «hacer nuevos amigos», sobre un príncipe, y hasta sobre un dragón. Había que conseguir alguna clase de cetro. De esta forma, tocándolo, y solo pensando en ello, ella podría volver a su casa, a Núcleo, el Núcleo sin guerras nucleares, el Núcleo aburrido y lleno de adultos de siempre.
Además de eso, el cetro retornaría a su Rey, y por algún capricho de la burocracia fantástica, la paz volvería a reinar en «Emoción»… El país se llamaba «Emoción»…
L. descubrió que no había una fantasía que se amoldara a sus propios intereses. Mientras llevaba a cabo su aventura, todo respondía a los mismos patrones de azul para los chicos y rosa para las chicas. Fingía estar enamorada del joven príncipe; era más fácil seguirles la corriente que, en definitiva, mostrar algún rasgo de carácter que fuera más allá del gritito femenino asombrado. Se acostumbró a actuar.
No sabía exactamente dónde estaba, dónde encajaba en el orden de las cosas aquel cliché en el que se podía habitar, y no preguntó. Una vez el conejo le volvió a hablar de Dios. L. contuvo un largo resoplido. El conejo dijo que Dios quizá había respondido a las plegarias de la madre de L. Cada noche rezaba para que su hija desaparecida volviera; y lo hacía apoyando los codos sobre su cama vacía.
La no-madre de L. La madre de… en fin. Al parecer no dejaba de ser su madre, ya que el conejo decía que las circunstancias en cada dimensión eran distintas, y la gente también hacía cosas distintas; pero había algo en cada persona que era igual en cada una de ellas. Ese algo, decía el conejo, era lo que había hecho rezar a su madre atea.
L. pensaba en esas y muchas otras cosas durante los largos paseos campestres por Emoción. Había alguna clase de ejército, soldados de narices respingonas, todos iguales, comandados por un viejo amigo del Rey que ahora era enemigo. Si algo sucedía, L. se recogía su vestido rosa y se postraba tras un árbol. Por las noches dormía en una estancia del castillo; el asunto de la ropa y las atenciones era casi inevitable. Si alguien decidía hacer alguna labor que correspondiese a un sirviente, luego se las tenía que ver con el Rey.
Un día, mientras el príncipe le soltaba una perorata tan babosa y densa que podrías haber construido un muro de ladrillos con ella, L. se acordó con una sonrisa de la carta de odio. Una carta de odio en un mundo terminal, donde crecían los penachos y las madres ateas rezaban. Decidió que cuando volviera a Núcleo, robaría un ramo de rosas.

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Destrucción Mutua Asegurada

1 – Naturaleza

Estaba en los veintitantos, recién instalada en un piso con otras dos chicas. Piso compartido e instalada no solo en ese piso, sino también en la edad que la gente considera ideal. Joven y rubia natural, y con un moreno no de los que empiezan a dar grima, sino que, al contrario, le confería una imagen de salud y belleza, como si el plan de la naturaleza fuese preñarla una y otra vez. Y lo era. Con esa delgadez relativa, donde las curvas también tienen cabida, donde la carne –y no solo los huesos y los tendones–, es lo que ves en mejillas, brazos y piernas, y donde tetas y culo están presentes de forma proporcionada y hasta desquiciante para según quién. Recién licenciada en algo aburrido con salidas sobre el papel, trabajando como florero recibidor en un empleo gris pero aceptable sobre el papel. Su camino profesional era engañoso, ya que en realidad era una persona creativa, ingeniosa, con talento, imprevisible, una persona que llevaba a cabo a su pesar tareas de autómata, como tantas otras, pero que luchaba (cada vez un poco menos, como dicta la norma) por no morir en vida.
Así que: especial por dentro y responsable –del modo que los demás querían– por fuera. Mágica y a la vez con proyectos «maduros» de marchitarse. Aún brillaba, pero la inercia habitual se encargaría de arrancarle el brillo. Casi seguro. No es algo que pasara siempre, pero casi siempre pasaba.
Y pasa.
Alguien dijo: “Es tan guapa que resulta machista”. Pero fue alguien con determinado sentido del humor.
Otro dijo: “Se apaga, se trata de atraparla antes de que decida tener hijos”.
No lo dijeron exactamente así.
Otro dijo, más o menos: “Se está rindiendo; cuando vea venir los treinta querrá pintar alguna habitación con alguien para un bebé”.
Lo cierto es que se estaba convirtiendo en lo que planeaban para ella, y no en lo que ella planeaba para ella. Tenía veinticuatro años. ¿Veintitrés? ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que decidiese instalarse con un tío y comenzar a interpretar el papel de adulta? Estas cosas se las preguntaban muchas personas a su alrededor, algunos hasta notar su olor. Tuvo de vez en cuando algún novio, y hasta una relación de un par de años; nada que fuese a aguantar el envite promiscuo, aún bien visto en ciertas edades. Bien visto con comillas, siendo mujer. Estaba básicamente atrapada, meta-atrapada, en su cuerpo, por sus genitales, en su edad, la ignorancia de todo el mundo, la presión. Ella era fuerte, pero el entorno era injusto, arbitrario y cruel. Ella se estaba dando cuenta de que iba por el mismo camino que todos, y a la vez que no quería, y a la vez que no sabía cómo salirse de esa dinámica. Y a la vez que no se imaginaba –no por inercia, al menos– antes de los treinta con ningún “buen tío” en ningún piso mono, forjando una “relación sólida”, camino de una boda para complacer a padres y abuelos.
Camino del bebé de escaparate y las conversaciones prefabricadas.
Tenía miedo, se sentía agotada. Y encima su miedo no era nuevo, su agotamiento no era en absoluto original.
Como casi siempre suele pasar, era cuestión de tiempo que su espíritu cediera. Cuestión de tiempo que, para no tener que aguantar mierda recurrente del entorno, hiciese con su futuro no solo lo que hace la mayoría, sino cuando lo hace la mayoría y como lo hace la mayoría.
Se llamaba Patricia.

2 – Uno

Mientras los políticos discutían, los poetas cambiaban el mundo. Uno lo pensaba, pero no lo escribía. Uno tenía una trayectoria impecable según los criterios hipotéticos de una caja cuadrada de metal. Uno era perfecto en términos de proyección para una cuenta bancaria. Era ideal igual que es ideal un tornillo para la tuerca universal. Pero Uno, al contrario que Patricia, no sabía verse desde fuera. Había dejado de hacerlo desde muy pequeño, o bien nunca había aprendido a hacerlo. Porque Uno era aplicado. Uno nunca, jamás, ni de coña, hacía lo que llaman “perder el tiempo”. No ibas a encontrar a Uno paseando sin rumbo. No ibas a topar con Uno en ningún lugar en el que no esperaras topar con Uno. Si conocías los tránsitos de Uno, podías fingir un encontronazo con Uno cuando quisieras. Los pasos de Uno, o más bien las ruedas de su coche de segunda mano, nunca iban en una dirección que conllevara la más mínima incógnita. Uno actualizaba a menudo una lista de objetivos; los objetivos que los demás habían dictaminado tenía que tener.
Uno, elegante según la opinión de la moda predominante.
Uno, deprimido tras suspender su examen práctico de conducir.
Uno, enfadado cuando le felicitan por aprobar a la tercera.
Uno yendo a recoger su título universitario.
Uno enmarcando.
Uno masturbándose media hora después (ni un minuto menos) de que sus padres se hayan dormido.
Uno haciendo que se le ponga la piel de gallina a un entrevistador en las oficinas de cierta empresa.
Uno creciendo con Dos.
Uno viendo a Patricia cada día de clase. Cada día, su rectitud menguando momentáneamente, a veces durante minutos, flácida y la vez erecta.
Uno yendo al gimnasio para quitársela de la cabeza.
Corre más rápido, coge más peso, aumenta las repeticiones, más, más, más rápido, más tiempo, más duro, mamón.
Uno insultándose en silencio a sí mismo, algo que empezó a hacer a los once años (le quedaron dos para septiembre). Uno en la ducha, ahuyentando pensamientos, cierta clase de inquietud; cierta sensación, como si hubiera otros caminos y el propósito de esos otros caminos pudiera tener sentido; o incluso ser –horror– mejores que el que él, creía, había escogido.
Uno intentando despejar de su mirada el matiz oscuro.
Uno creyendo sólo en la luz y en la oscuridad, apartando abstracciones, procurando no mezclar. Excepto cuando se cuela algo imprevisto en su rumbo.
Mientras los políticos discutían,
los poetas cambiaban el mundo.

3 – Proceso de humillación

Recurrente en los años de crecimiento, le recorría ese sentimiento. Cuando no hacía algo o lo hacía mal, y caía la bronca de turno. O la amenaza de turno. No vas a ser Nadie. De pequeño sólo era el proyecto de Alguien, y si no hacía caso, si no seguía los pasos marcados, si buscaba algún tipo de camino alternativo… no sería nadie. Nada, o bien: un despojo. El futuro se reducía a ser alguien o a algo terrible, ser Nadie, o bien: un desgraciado. Cada tarea era una prueba más de sus supuestas intenciones, el resultado indicaba si iba a ser Alguien o no iba a ser Nadie. La nota indicaba si iba a ser Alguien o iba a ser un desgraciado. Ver la tele era ser un futuro desgraciado; jugando a la consola no iba a ser nadie; salir a jugar al fútbol o a ver a los amigos, era sin duda la ruta directa a hacia la nada. Hacia ser nada más que un desgraciado Don Nadie.
De modo que, agotado por este proceso, tomó una decisión. Seguiría la corriente. De pronto cumplía órdenes como un recluta infantil. De pronto los adultos le daban de vez en cuando una palmadita. No le decían que fuese a ser alguien, pero al menos no gritaban, no le amenazaban «por su bien». Así que hacía los deberes, llegaba a la hora, alcanzaba la nota, memorizaba, corría más rápido, dormía más por la noche, hablaba menos, jugaba mucho menos, madrugaba más, cedía, callaba, se mordía la lengua; ejercía el autoapagado, uno a uno, de todos los interruptores de carácter. Para bien, se decía. Aunque él simplemente se sentía, irónicamente, en zona de nadie.
En zona de nadie con casi todos los demás.
Casi nada le hacía prestar atención realmente, aceptó el aburrimiento como el estado natural, adoptó el tedio (y su doma) como permanente estado mental. Hacía algo supuestamente como tenía que hacerlo, y entonces lo único que obtenía a cambio era una no bronca, un no insulto, silencio vacío en lugar de amenazas; y de vez en cuando, algún comentario condescendiente sobre lo mucho que había cambiado, lo bien que se portaba ya, lo buen alumno que era, lo modosito, lo discreto, lo centrado.
El 1984 que todos llevamos dentro.
Centrado.
Esa era la palabra clave. Se había centrado. Bien centradito. Se había acabado la tontería. Ahora era responsable. Un siete, un ocho, un notable, un buen ejercicio, horas de ingerir datos para luego vomitarlos intactos. Nunca había un proceso de digestión, con nada; nada se quedaba en él. Ni una gota de jugos gástricos propios, sólo la sustancia requerida, tragada, y sonrisa, como una actriz porno profesional. Y en eso se estaba convirtiendo poco a poco, en un profesional. Tenía que ser un profesional, un soldado de asfalto, un soldado raso, en formación, impecable, alineado con los demás. Fingiendo el orgasmo. Qué orgullosos empezaban a estar sus padres; cada día era como una jura de bandera, y cada día se ponía a la cola con los demás reclutas, y la besaba, besaba el trapo, mientras sus progenitores sonreían satisfechos; qué tierno es Dosito, qué ideal, sacrificado, pulido, como debía ser. Ahora sí, ahora todo iba bien.

4 – Dos

Incluso lo que llaman adolescencia, hasta eso iba bien para Dos. Al menos sobre el papel. Literalmente sobre el papel. Con el tiempo, sus notas le darían acceso a la carrera que le apeteciera; excepto que no tenía puta idea de cuál prefería, ¿por qué sería? … Pero Dos sí sabía verse desde fuera. Era muy consciente de lo que había hecho desde muy crío. Básicamente asentir, no rechistar, y en cierta medida, competir, aunque sólo fuese consigo mismo. Jugar a batir su propia marca. La sustancia del camino hacia ese objetivo, quedaba atrás. Lo que él pensaba que sucedía, es que era demasiado responsable como para imaginarse con nada parecido a una vocación. Sabía que lo único a lo que le habían enseñado bien, era a cumplir órdenes. Y no podía fingir de repente que tenía pensamiento crítico, le aterraba la idea de que sus padres o profesores pensaran otra vez que se estaba desmandando. Igual que de crío, igual que antes de los diez años, cuando, en la versión oficial, sólo era un trasto, un niño egoísta e irresponsable, que tenía constantemente preocupados a «los que le querían».
No podía de repente fingir que tenía pensamiento crítico, porque había pasado años fingiendo que no lo tenía. Por dentro seguía el niño de diez años. Lo que proyectaba hacia fuera era todo lo contrario al logo de Batman.
Por fuera era un guión, y la improvisación no estaba bien vista.
Patricia era, también para él, una especie de incordio. Su aspecto, su magnetismo, la forma de moverse, sonreír, ruborizarse, dudar, ajustarse la ropa, acomodarse el pelo… Toda ella era algo demasiado orgánico, demasiado poderoso y a la vez aparentemente vulnerable. Dos pensó que ver a una chica así, para un chico de ciudad, era la única forma de ser consciente del entorno. De que la vida no era exactamente asfalto, habitáculos, carpetas físicas o virtuales, máquinas, o una sola idea sobre el tiempo o la dignidad. Ver a Patricia te desmontaba todos los patrones reduccionistas, dinamitaba esa idea sobre el Control. Lo cual era precioso, pero también aterrador, algo que no podías manejar, que exigía de ti todo eso de lo que intentabas despojarte para gustar a los adultos: reflexión, dudas, ensayo/error, error, error, ensayo, largos periodos absorto, intentando ver dentro de uno mismo.
Era una situación horrible, porque quería algo con ella, pero a la vez, en cierto modo era deprimente imaginarse con ella, adaptándose ambos a ese mundo interesadamente engañoso, sintético, un proceso en que él vería cómo esa porción de naturaleza, muy probablemente, se quemaría. Ella era el bosque y la vida recomendada el incendio de agosto. Pronto sería siempre agosto; o al menos ese era el plan que tenían para ellos. Para el bosque. Es apropiado para la metáfora que agosto se asocie a vacaciones. Se imaginaba como todas las demás parejas a largo plazo, planeando vacaciones, dando por sentado que lo demás no tiene apenas sentido, perdiendo cada uno su individualidad amante, su oportunidad de VIVIR, perdiéndolo todo en la apatía del otro.

5 – Belleza

belleza

nombre femenino

  1. 1.

    Cualidad de una persona, animal o cosa capaz de provocar en quien los contempla o los escucha un placer sensorial, intelectual o espiritual.

Fue en el instituto (católico), y luego también en la universidad. Y después seguiría.
Uno, Dos y Patricia. Para uno y Dos, tener que presenciar el crecimiento de Patricia en un entorno de lecciones cerradas y exámenes –y con las gilipolleces propias de esa fase vital–, era inquietante, farragoso, era una auténtica jodienda. Era como ver un oasis en el desierto dentro de un sueño de mescalina. Demasiado palpable y a la vez irreal. Una isla verde y magnética, pequeña, con una cascada y gente desnuda fornicando, al estilo más guarro de Biblia de páginas pegadas. Todo en medio del páramo académico.
Todo se mezclaba con Ella en medio. La Santísima Trinidad era un trío, La Última Cena una orgía, un bukake sobre la presente María Magdalena.
Tuvo el típico novio de cada etapa. Primero uno en el instituto, luego otro en la universidad. En el colegio había tenido niños-novio, por supuesto, esos mocosos que llegaron demasiado pronto para poder tener sexo. Uno los llamaba tontos-facebook, tipos que buscaban a su niña-novia de mayores en facebook, que se la machacaban con sus fotos, maldiciendo por haberla conocido con doce años. Con que hubiese sido con quince podría haber bastado. Pajas a escondidas aprovechando quizá que el bebé se ha dormido y mamá no está en casa. Dirán lo que quieran, pero si hay algo que hace que las personas se mojen a veces, es lo que podría haber sido y no fue.
Había muchas clases de masoquismo. El novio del instituto era el meta-cliché habitual; la chica que conoce al chico duro, y se lían; sin que ambos sepan el cromo repetido que resultan desde fuera. Ese capullo cuya única “prueba” de su rebeldía era un tatuaje en el cuello, algo que siempre parecía una mancha si no tenías unos prismáticos a mano. Se la folló; ni seis meses juntos, y luego llegaron el resto de clichés, llorar ella, fingir dureza él, complacerse sonando muy adultos hablando de sus ex, liarse una vez más y cortar antes de la universidad. No siempre era así, pero muchas veces era así.
Uno y Dos tuvieron sus escarcéos, pero nada de follar en el instituto. Querer a Patricia era una rutina más, una dura rutina, aunque paliaba el dolor el hecho de que siempre estuviera ocupada. Estaba monopolizada por el grupito guay de turno. No era como ellos, pero era demasiado espectacular como para que los guays no la quisieran para sí, y ella se sentía demasiado halagada como para preguntarse si no estaba haciendo amistad con los más estúpidos de la zona.
La universidad era otra historia, pero no mejor o más esclarecedora que la anterior. Los tres embarcados en algo que supuestamente era lo mejor para ellos, haciendo muchos esfuerzos por creérselo, perdidos, ahogando de vez en cuando esa perdición en salidas, noches largas, hacer el capullo, perder el control según los criterios los papás o la policía. No era así; era más bien soñar con perder el Control al que estaban sometidos. No se trataba del autocontrol, sino de que ese autocontrol lo habían diseñado las instituciones. Era esa pieza de fábrica que conseguían instalar en casi todas las personas. La pieza en sí –ese alma sintética que se comía la tuya a bocados– era compleja y tremendamente eficaz, mucho más que los barrotes o los campos de concentración.
Te tenían paseando por la montaña o bañándote en la playa, y aun así pensando en ti mismo como esa persona responsable que tenía que volver a dar el callo en pocos días. Para otros.
Había costado muchas horas introducirte el alma institucional. Años. Pero si logras que todo el mundo se apiñe cada día en los mismos lugares, tenga las mismas preocupaciones y obedezca las mismas órdenes, ya tienes mucho ganado.
Eso y poco más que eso, parece haber sido la Educación hasta ahora.
Así retorcieron el sentido de la Belleza de las personas.

6 – Se acelera

Había otras chicas, sólo imitaciones, y los años pasaban cada vez un poco más rápido. Entrevistas absurdas de trabajo, contratos basura edificantes sobre el papel, reponiéndole a alguien la estantería, cargándole a alguien las cajas, atendiéndole los clientes. Era todo puro aprendizaje para Uno y Dos. No estaba claro qué estaban aprendiendo, pero si le hacías la pregunta a alguien al azar, lo más seguro es que te contestara que eso que hacían era aprender a vivir. La carrera que te prometía acceso a algún curro de alto perfil tedioso del que fardar tenedor en mano, te daba al final la oportunidad de aprender las claves para ser un buen reponedor. No tenía nada de malo ser reponedor, excepto que otra generación había vendido su alma a cambio de no sabían qué. Peor sería cuando Dos comenzara a currar en ciertas oficinas, cuando echara de menos rápidamente su curro de mozo de almacén.
Uno reponía en una tienda, Dos aprendió a manejar una carretilla. Lo importante si preguntabas más, era que ya estaban cotizando. A veces te lo decían como si todo el sentido de la vida se redujera a la jubilación, o incluso a ir al Cielo. ¿Cuántos años cotizados hacían falta para beberse un chupito con San Pedro? Pero en serio, ¿cuánto había que cotizar a la Seguridad Social para que no te comieran las llamas del Infierno?
¿Con cuántas horas extra se aseguraba uno la Enternidad apoltronado y abanicado mientras le acercaban a la boca racimos de uvas?
Patricia estaba en el mostrador de cierta empresa, recibiendo a quien entrara por las puertas de cristal. Tampoco era un curro a la altura de sus estudios, pero era demasiado guapa para que nadie hiciese volar su imaginación (aunque sólo fuese unos segundos) y la metiese en nómina. Su currículum era importante sólo según quién lo leyera (o fingiera leerlo). De modo que sonreía y aguantaba a todo tipo de babosos, asquerosos que conformaban pequeñas patrullas de negocios camino a alguno de los ascensores del vestíbulo. Paternalismo en caras que reían como dibujos animados, y a veces mera condescendencia con un halo evidente de superioridad. Cada vez que uno de esos tíos entraba, la imagen residual era Patricia sentada en sus rodillas. Era hasta donde llegaba la escena porno en la vida real. Pero su trabajo era justo ése, que la primera cosa que viera la gente al entrar fuese algo agradable que les saludara de forma agradable e informara agradablemente. No era una teoría, se lo habían dicho el primer día, mientras la familiarizaban con su ordenador para consultas.
Un día entró por las puertas de cristal Dos, dispuesto a comenzar a currar para poco después a echar de menos el almacén. Era su primer día y tuvo que informar en el mostrador, y tuvo que respirar hondo y fingir una sonrisa cómoda al ver a Patricia allí. Era una situación sin duda desagradable. No había forma de apaciguar la tensión; al menos para él. Se saludaron y se pusieron al día, cosa relativamente fácil dada la naturaleza del encuentro. Patricia hizo una llamada y le dijo a qué piso tenía que ir y por quién tenía que preguntar. A Dos le habían entrevistado en un edificio cercano hacía una semana; le habían llamado hacía dos días y le habían dicho que cuándo quería empezar.
Para Patricia él era poco más que un chico recurrente en su órbita, tímido, discreto, contenido en cierta forma; un chico del instituto, de la universidad, que iba siempre con aquel otro… Uno, pensó que se llamaba. Uno y Dos. Iban siempre juntos, o al menos eso se decidió.
Dos latía con casi todo el cuerpo ya subiendo con el ascensor. No podía digerir aquello fácilmente. No hacía tanto que había perdido el contacto (visual) con Patricia, un par de años o menos. Dos años y una novia fallida después, allí estaba ella. En teoría él estaba en un buen momento, había conseguido un trabajo de los que llaman respetable, tenía salud, mucho tiempo por delante y… Bueno, por lo demás se sentía igual de perdido o estafado por la vida, teniendo en cuenta que la misma le recompensaba su esfuerzo con nada más que dinero. Poco. No había ningún placer ni aprendizaje a un nivel estrictamente personal en su trayectoria; todo había sido una carrera de obstáculos en la que su producción se destinaba –en esencia– a las élites. Una y otra vez. Le daban para vestirse y alimentarse, para un techo, lo justo para que pudiera seguir produciendo.
Estaba fenomenal según los criterios de un niño del cuerno de África. Aunque ese niño no tuviese más datos, los pormenores, como si dijéramos, la historia completa que a él le mantenía desnutrido allí… abonando más campo en el que sólo crecerían otros edificios de cristal.

7 – Dos y Patricia

Por más que suene extraño, en ese periodo Patricia no salía con nadie. Sólo compartía piso con otras dos chicas y decía estar centrada en otras cosas. En el curro, en sí misma, en las facturas, en buscar otros curros. Eso decía; de lo que Dos interpretaba que ella se sentía más o menos como él. Un almacén o un edificio de cristal, poco importaba, se trataba de dónde estabas tú, qué había sido de ti, ¿sería factible aún intentar rescatarte?
Rescatarse a uno mismo no suena fácil, suena a comecocos. Pero salir con Patricia no parecía un mal primer paso. Comenzó de forma natural, él se ofrecía a acompañarla aquí o allá, y al paso de los días no estaba fuera de tono tomar algo juntos, hablar más de la cuenta, mirarse por encima de lo normal, y luego tocarse.
Cuando Dos despertó en la habitación de ella la primera vez, primero se sentía perdido, y luego estupefacto. Oía ruidos de las compañeras de piso. Resopló; tendría que hacer el papel de ligue, o quizá presentarse, o puede que esperar a que Patricia le presentara. O puede que, si esperaba el tiempo suficiente, ellas se largarían. Lo cual no tenía por qué pasar, ya que era sábado. Patricia dormía aún. Dos aún tenía el chip de los madrugones, de cuando curraba en el almacén. Sólo llevaba un mes en el edificio de cristal. Ahora se levantaba a las ocho, antes a las cuatro y media. La diferencia sustancial, la única, era que antes pringaba de lunes a sábado, y ahora tenía los fines de semana enteros.
Seguía pensando en la posibilidad de estar matando un mito. El bosque ardiendo (Patricia), con él dentro, sin escapatoria. No quería ponerse a saltar de rama en rama, no quería pasar por divorcios, matrimonios, hijos desperdigados, ese tipo de vida intensa en el que un día no recuerdas el nombre de tus nietos. Lo contrario a la soledad. Prefería mil veces la soledad, aunque sólo fuese relativa; no todo el mundo estaba hecho para una vida social y familiar ruidosa y constante. Sentirse solo, como tanto se dice ya, no tiene que ver con la soledad, ni con tener o no gente al lado; tiene que ver con sentirse como el culo, desubicado, vacío. Dos se sentía solo en las bodas, en las comuniones, en ciertas cenas; los cumpleaños, los cumpleaños eran un pozo sin fondo, oscuridad en caída libre para él, especialmente lo suyos. Dos estaba convencido de que las festividades al uso, las reuniones habituales, raramente daban pie a esa especie de felicidad y comunión grupal de valor incalculable, estabilizador y que había que aprender a valorar sí o sí. En realidad todo eso era casi siempre limosna, alcohol, dosis extenuantes de negación. En ese momento no necesariamente estabas satisfecho, aunque vendieras y te vendieran eso, sino que la vida te ganaba a los puntos. Te quedabas sentado, apaleado, reposando en tu rincón del cuadrilatero. Como mínimo, estabas vivo: la última esperanza, y la de siempre.
Era un miedo clásico a la familia nuclear, a incurrir en sus hipocresías, limitaciones y cerrazones. Ese mundo creado por el hombre blanco heterosexual. Ese mundo en el que el sacrifico era la única respuesta y la religión el opio hasta de los ateos. El mundo en el que el placer era sospechoso por defecto. En el que todos se quejaban de lo mismo a lo que estaban agradecidos. Ese masoquismo a escala nacional, internacional. El mundo diurno, en el que levantarse temprano estaba bien visto aunque hubieses dormido once horas, y despertar a mediodía era ser un vago aunque no hubieses dormido más de seis. El mundo de los que “aprovechaban el día”, de los que desconfiaban de cualquier cosa que no fuese distintos grados de puteo y sufrimiento. El mundo que sólo funcionaba con horario de oficina. Ese mundo en el que tenías que dejarte a ti mismo para el tiempo libre.
El mundo que Dos no se veía capaz de sortear con Patricia.
Si se era sincero, no sabía si podría salvarla, rescatarla, o si ella podría salvarle a él, y redimirse juntos.

8 – Calma

Pero al principio el desgaste brilla por su ausencia. Al principio es bueno no cerrarse, no mostrarse distante o altivo. Los amigos de ella, nuevos lugares, nuevas salas de estar, camas con otros olores, otros perfumes, recibidores con el aroma de otras familias.
De repente el cumpleaños de un desconocido. Ella te presenta a su amiga de toda la vida. Espera que os llevéis bien pero no demasiado. El cine con ella, las cenas con ella, esperar a que salga de detrás del mostrador para poder besarla y salir a la calle. Pasear y procurar que todo siga como está. El sexo, el no hablar de determinados temas.
La calma.
Dos se fue a vivir a un piso, solo. Llevaba poco tiempo con Patricia, de modo que hubo un acuerdo silencioso: estaba bien así. Las compañeras de piso de ella eran meras figurantes; cada una tenía su círculo social y ninguna se entrometía en los asuntos de las otras.
El piso de Dos era minúsculo. No le hacía gracia tener que compartir piso con nadie. Prefería tener una habitación y vecinos que una habitación y desconocidos tras la primera puerta.
Y luego en algún momento tendría que presentarle a Uno. O más bien hacer que Uno fuera para ella alguien más que otro compañero de clase del pasado de los que solo hacían bulto.
Hacer como si Uno no hubiese estado enamorado de ella igual que Dos. Desde siempre.
Y Dos no le había contado a Uno que estaba saliendo con (¡oh, joder!) Patricia. Su Patricia, la de ambos, que ahora sólo era de uno según la poderosas inercias culturales: la monogamia, el compromiso, la fidelidad carnal. Ni Uno ni Dos creían en las relaciones abiertas; ni siquiera pensaban en cosas así. Uno y Dos no habían sido educados sólo para cumplir órdenes, sino también para creer que su cultura era la única lógica, la única con posibilidades de prosperar.
Pero claro, quién podía culparles.
Cualquiera es un prisionero de su época, en mayor o menor grado.
La calma llegaba a su fin.

9 – Deshacerse

Lo que Uno sabía es que Dos había comenzado a salir con alguien, pero no sabía nada más. Uno había cortado una relación horrible con una chica que parecía quererle por el método de odiarle y usarle para cualquier propósito que se le antojase.
Se sentía como si se hubiese librado de una joroba, una hernia, o hasta piedras en el riñón. No es que se sintiera feliz, pero como mínimo se sentía descansado.
Dos le había llamado para quedar con él; para presentarle a su pareja, en realidad. Lo que Dos quería hacer, el efecto que quería provocar, era parecido a cuando quieres depilarte con cera y alguien va a pegar el tirón. Doloroso pero corto. Lo que Dos pensaba, es que si le hubiera dicho ya a su colega que su novia era Patricia, eso sólo hubiese causado un trauma a Uno antes del primer encuentro. Puede que incluso Uno le hubiese evitado, le hubiese puesto excusas para aplazar la fecha. Ya con casi tres meses de relación con ella, y pegando fuerte ese tirón, Dos pensó que Uno no se libraría de sufrir, pero al menos pasaría por un proceso de aceptación menos aparatoso.
El disgusto sobrevenido.
Como cuando estás en un lugar público y te encuentras con alguien a quien no quieres ver, pero al que te ves obligado a saludar. Con el que te ves obligado a mostrarte amable.
En realidad, pensaba Dos, sería la forma ideal de afrontar los baches de la vida. Que alguien te lo dijese el mismo día que tienes que afrontarlo. Que te lo encontraras de sopetón. No hay nada peor que saber con meses de antelación que vas a tener que hacer algo que te resulta desagradable, contra tu voluntad, ya sea o no por tu bien. Es posible que la mayoría de las cosas que te beneficia hacer, sean en esencia un mal trago.
Las cosas que estás haciendo antes de morir. Esas cosas que –casi seguro– no te van a llevar a ningún Paraíso post-mortem.
El día en cuestión, Dos y Patricia ya esperaban en cierta cafetería. Habían llegado un poco antes de la hora estipulada. Patricia, obviamente, no era consciente de lo que pasaba; para ella era un encuentro sencillo entre amigos. Con la mayoría de cosas que pueden destrozar el corazón de una persona, alrededor nada se inmuta, todo sigue igual, no se para el tráfico, podría haber alguien sonriendo a dos palmos. Todo sigue su curso; el “que te jodan” habitual.
Cuando Uno llegó, entró y buscó con la mirada a su colega.
Aun sabiendo que ya les había visto, Dos levantó el brazo: justo ahí comenzaba la representación; llevaba por título: No pasa nada.
Es una representación recurrente, la clase de cosas que la gente hace para no discutir, gritar o matar a nadie.
Todo se desarrolló de tal forma que todo pareciera normal (o incluso aburrido) visto desde fuera. Hablaron del instituto y la universidad, de compañeros de aquellos tiempos. Hablaron de cosas que habían pasado hacía apenas un lustro como si fuesen ancianos hablando de una guerra. Verborrea para mitigar, en el caso de Dos, la tensión; y en el caso de Patricia, la leve incomodidad de tratar con alguien nuevo. Y Uno, Uno sonreía mientras el rubor de su cara y el caos de su mirada, sus gestos y sus asentimientos, procuraban interpretar el papel del alguien que no se deshacía.

10 – Proceso de Uno

Uno se deshacía como Amelie en la peli. Todo sonrisas raras y aceptación fingida y piloto automático, mientras se moría por dentro. Era como si no viniese a cuento estar tan herido, pero lo estaba. Había pasado bastante tiempo desde que viera de forma regular a Patricia, pero todo había vuelto a él como la bola de Indiana Jones; y corría, tragando telarañas, y la carrera no se acababa. La puta carrera. La vida era una carrera detrás de otra; a cual más inútil o dolorosa; y en todas tenías que fingir que estabas estupendamente. Pues ni de coña pensaba hacer cosas con ellos, se dijo; no iba a ir al cine con ellos, no se iba a sentar con ellos día sí día no en terracitas; no iba a compartir, a mediar, a hacer bromas temáticas, no iba emparejarse con la primera que se dejara para hacer salidas de parejitas. No se iba a ir de vacaciones con ellos, no iba a superarlo sin más, coño, claro que no. No le veía la puñetera madurez a eso: a mentir. Se sentía mal, y pensaba seguir así hasta que el dolor menguara, hasta que menguara de verdad. No se iba a estirar los carrillos para ellos, para sonreír como un payaso; no se iba a hacer pasar por alguien que cree que es sano hacer chistes sutiles sobre la situación. No le iba a dar el gusto a Dos de pensar que todo le parecía bien y nada iba mal y todo era aceptable y estaba en su sitio. NADA estaba en su sitio. ELLA estaba con su colega de toda la vida: TODO estaba mal, TODO. Se había liado con ella a sus espaldas, sin dudar, sin hablarlo, sin comentarle NADA. Simplemente le echó la mierda encima, de forma presencial, para no dejarle reaccionar, para que no pudiera elegir más que la mueca falsa de aceptación y la sumisión de quien está siendo emocionalmente violado. Hijo de puta, pensó Uno de Dos. Hay que ser hijo de puta.
Era la forma que tenía a veces la gente que se creía «adulta» de echarte el muerto. Hacían las cosas de tal forma que la reacción natural ajena pareciera la de un niñato. No podías enfadarte, pensó Uno, o ellos ganaban. No podías dejar que tu enfado fuera evidente. No podías hacer comentarios amargos.
Era fácil llevar ese rollo compasivo que llevaba ahora Dos, era fácil con nuevo curro “guay” y follando con la líder de las animadoras. No es que hubiese animadoras en el instituto. Pero para Uno era así; él no tenía nada que hacer. Él sobraba.
De modo que empezó a aceptarlo. Su furia.
A la mierda las “relaciones sanas”. Romper con tu colega por una chica podía ser un cliché, pero además era un motivo de sobras comprensible.
Pensaba en ciertas cosas antes de dormir.
Matarlos a ambos.
Torturarlos a ambos.
Podía conciliar el sueño con una sonrisa auténtica: la felicidad del demiurgo, puede que la más natural.
Puede que torturarla a ella delante de él, y decir mientras tanto: “Esto has conseguido, Dos, esto has conseguido”.
O simplemente joderles los frenos del coche (¿cómo se hacía eso?). Joderles los frenos y esperar a ver qué pasaba.
O podía intentar que ella cambiara de… bando. Quitarle la novia a un colega también era un cliché, pero seguro que Dios lo perdona si la quieres de verdad. Dios se descojona.
Después del día fatídico, no hizo ningún movimiento, no contactó más con Dos, no hubo mensajes ni relación de ningún tipo, ya fuera digital o presencial. Pero cuando se acercaba el nuevo fin de semana, Uno sabía que Dos contactaría; Dos querría ir de amiguito. Dos se pensaba que sus actos no conllevarían consecuencias. Quería pensarlo. Puedo follarme a quien quiera sin que eso afecte a nadie. Puedo ser feliz sin hacer infeliz a nadie. La gente a la que le va bien ve enseguida arco iris por todas partes, enseguida se olvida de la riada. No ven motivos para la preocupación. Uno no iba a intentar imaginar que en realidad Dos y ella no estaban bien, o que eran una pareja de conveniencia como tantas otras; por estatus, por cierta imagen a proyectar, por unir fuerzas, por el dinero, por el pisito, por el futuro, etc. Era verdad que muchas parejas no habían nacido tanto por motivos sentimentales como por miedo a la vida; un miedo individual e irrefrenable a la vida, a quedarse solos, a fracasar solos.
Hasta cierto punto, la mayoría de gente fracasaba, dedicaban la mayor parte de sus vidas a tareas tediosas; por un motivo u otro, y seguramente más forzados que por opción propia, la mayoría de personas perdían casi toda su vida haciendo cosas como acusar a los que no la perdían de perder el tiempo. Ser un fracasado es duro, pero serlo con más gente, serlo con otra persona, en la intimidad, fingir juntos que la vida es así y sólo así y que no puede ser de otra manera, o que al menos intentar que lo sea es irresponsable, en fin, quizá no sea un gran consuelo, pero es el más popular. Y es evidente que funciona.
En este caso Uno no quería verlo de esa manera. No sabía por qué Patricia estaba con Dos, pero sí conocía los motivos de él; sentimentales, carnales, años y años de acumulación, de anhelo y deseo, de salpicaduras incontrolables.
Era absurdo intentar leer falsedad en lo que estaba pasando. Él estaba encantado, y ella le había descubierto a él; y teniendo en cuenta la cantidad de gilipollas con los que se había relacionado, estar con Dos debía ser toda una nueva experiencia.
Maldita sea.

11 – Proceso de Dos

Dos sabía que el encuentro sólo había ido bien sobre el papel, en la versión oficial, la “institucional”, la que casi siempre es falsa o incompleta. Porque los sentimientos no salieron a relucir. Uno fingió, interpretó la escena que Dos esperaba; Uno bailó para Dos, la coreografía de Dos, escupió las líneas que Dos había imaginado o casi escrito. Palabra por palabra. Pero Dos sabía que Uno ahora estaba patas arriba. Daba igual cómo de tranquilo quisiera imaginarle. No le había enviado apenas mensajes, pero, pasadas tres semanas, los pocos enviados habían quedado huérfanos.
Uno había hecho eso –salirse de sí mismo sin saber verse desde fuera– toda su vida; pero Dos temía que estuviese a punto de explotar. Esta vez había un elemento desestabilizador. Natural. Algo que no podía encerrar en resultados académicos, tiempos estipulados, una cronología o una lista de objetivos. Esta vez Uno estaba comiéndose la mierda que nadie le había enseñado a digerir. El poder de negación de Uno –como sabían Dos o Patricia, que habían alimentado el mismo–, no daba para salvar cualquier obstáculo. No daba tampoco, obviamente, para salvar aquellos obstáculos que habían sido creados por instituciones e intereses globales. Al mundo le importaba un carajo lo que sentías; y eso no se relacionaba solo con tu vocación potencial o crecimiento, sino también con lo irracional. De hecho con lo que más se relacionaba era con eso. Eso sencillamente era una guerra personal, algo que requería algún tipo de negación al cubo. Esto generalmente se lograba ritualizando cada paso. Boda, hijos, nietos… (¿Se buscaría Uno una novia definitiva de emergencia?). Si lo que hacías en términos sentimentales parecía importante, lo era. Simplemente no cabía discusión al respecto. Un bebé no era discutible, una casa aún menos, ese futuro, una hipoteca… Todos esos elementos jugaban eficazmente a favor de esa negación de apuesta doble. La nómina, las facturas, la luz, el agua corriente… Era, como siempre, el muro de dinero y practicidad (sobre todo practicidad) construido al paso de la Sagrada Familia, que lograba que los sentimientos de la persona quedaran al otro lado; primero relegados, y luego, con la edad, prácticamente extintos, un recuerdo, una ilusión, una bobada de juventud.
Parecía la forma más recurrente de salir del paso; aunque el paso fuese Tu Vida.
Para cuando te quisieses dar cuenta, pensaba Dos, tendrías que evitar pensar en qué justo momento, aunque sólo fuese simbólico, se comenzó a joder todo. En qué momento te percataste (en el fondo) de que te querían joder y lo habían logrado. En qué momento no solo lo supiste, sino que además continuaste bailándoles el agua, demasiado aturdido para hacer otra cosa, demasiado Bien Educado para hacer locuras como intentar empezar a vivir una vida propia.
El momento para Uno, esa chispa terrible de autoconciencia, se estaba dando en ese justo instante para él. Esos días. Más pronto de lo habitual. Una persona que no tenía (ni de lejos) las herramientas para lidiar con todo aquello. Dos lo sabía, porque él tampoco las tenía. No se le ocurría peor putada que haber tenido que soportar que Uno tuviera algo con Patricia. Patricia era importante, pero había sido reducida a un juego, una fantasía, algo que Uno y Dos tenían en común; algo que, para que funcionase, jamás ninguno de los dos tendría que haber, digamos, accedido a ello. La gente habla abiertamente, incluso delante de sus parejas, de la belleza de Scarlett Johansson o Tom Hardy; hablan de ello como la clase de cosas a las que no se tienen acceso, por las que no ha lugar que nadie se enfade, tenga celos o se lo tome en serio. Para Uno, era como si Dos se estuviera beneficiando a Scarlett. ¿De qué coño iba eso? ¿A qué coño venía? ¡Sólo se trataba de compartir una fantasía! Se trataba de un chiste recurrente, una broma de largo recorrido. Sí, puede que esa broma no estuviese carente de una estima y admiración reales, pero joder, ¿de que qué coño vas, Dos?, se decía Dos a sí mismo, intentando ponerse en la piel de Uno.
No siempre era posible la empatía. Sobre todo cuando eras tú el que estaba follando con Scarlett en su mansión de Los Ángeles. Cuando estabas en el bando adecuado, oye, qué queréis que os diga si sois un poco cortitos; hay muchos peces en el mar. No hay cosa peor que aferrarse.
Cuando no eres tú a quien le tocó ser el número dos llamándote Uno, es fácil ponerse Coelhista y decir memeces paseando por Venice Beach.

12 – Carta de Uno

La mayoría de vosotros y vosotras no os habéis fijado. Y no digo que no sepáis que exista o que no lo hayáis visto. Digo que no os habéis fijado, no os habéis tomado un momento. No os habéis detenido. No os habéis fijado en cómo avanzan vuestros pies, en el sol abrasador del que os quejáis, en su belleza. No os habéis parado a escuchar el zumbido de las torres eléctricas. No habéis respirado (a la vez que conteníais el aliento) el aire que agitaba la hierba alta. No os habéis fijado en lo que se acumula en las copas de los árboles, en los quicios de las ventanas de los bajos, en el olor cambiante que anuncia tormentas. En la mugre y el desgaste del paso del tiempo, en la erosión. No habéis saboreado a un palmo de vuestra nariz el parpadeo de la luz, caminando ante la reja del patio de un almacén a las cinco de la tarde. La mirada perdida, o encontrada por primera vez. Nos os habéis parado a pensar (dejando la mente en blanco), no os habéis fijado en los detalles, alguno hasta oficialmente respetado, como el de estar vivo.
No os habéis sentido reales sobre la tierra que pisabais. No habéis vivido en el sol filtrándose entre las ramas y la hojas; no habéis oído la televisión de casas ajenas mientras sentíais que os faltaba el aire en verano en la calle; sabiendo que eras feliz cuando volvías a llenar los pulmones.
No habéis sido Asia o África, hayáis estado o no en esos lugares.
No os habéis tomado un baño de sol en medio de polígonos industriales; observando la quietud del abandono en agosto, los desperdicios rodando, minúsculos, la vía calentándose, la carretera, el espacio abierto, el sonido del avión comercial a lo lejos.
No hablo de nada concreto, no describo la antesala de nada, ni el contexto.
Estoy en el meollo.
No os habéis fijado en el rincón, el pliegue, la esquina, la rama, la piedra abandonada, la pared del montón, y a los lejos, las colinas, las montañas.
No hablo tampoco de religión. Es irrelevante si esto suena a poesía. Son hechos, y son hechos reales.
No os habéis fijado a cuánta distancia se puede llegar a ver la agitación de un árbol en un día ventoso. No os habéis bajado del coche, del burro, no habéis salido de vosotros mismos para descubriros secuestrados por otros, maniatados y en una habitación oscura. Al margen de la existencia, de vuestro potencial. Atados a las excursiones programadas, en las que ves cosas, en las que descubres que existen, pero también cuando aprendes a no fijarte en nada.
No os habéis fijado. Sólo habéis imaginado quién lloraría en vuestro funeral.
No os habéis fijado, porque sé que no sabéis de qué coño hablo.
Yo acabo de darme cuenta. Acabo de fijarme últimamente en todas esas cosas, y en muchas otras. Acabo de intuir la inmensidad, algo que hasta ahora sólo lograba atisbar al ver pasar a determinada persona. Esa persona era lo único en lo que me había fijado hasta ahora en toda mi vida.
Tras el placer del descubrimiento, me he sentido atrapado, aterrorizado ante la maquinaria que tan difícil es de intuir (o más bien, de aceptar). Estoy seguro de que muchas personas no se atreven ni a hablar sobre ello. Ni tan siquiera saben cómo. La propia maquinaria les amordaza.
Si esa maquinaria es autoconsciente o no (de su enfermedad), es también irrelevante, porque, como sea, se retroalimenta sin cesar; no hay visos de cambio profundo.
Ahora soy consciente de que salirse de ese camino (COMO SEA) no solo es lo mejor, sino también lo único. Ya no quiero estar en él, y, a estas alturas, no conozco más que una salida.
Por lo menos, ahora sé de la belleza en todo su potencial. Por desgracia, también veo muy bien los engranajes que me la niegan. Y que la mayoría de vosotros y vosotras, malditos seáis, creéis ciegamente en ellos.

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Río

No creo. Sólo en el morbo que me dan algunas católicas. La última vez que toqué un volante fue aprobando el examen de conducir. A la tercera. Hace algunos años. No llevo estrictamente la cuenta de nada. No le veo el qué. Todo me erosiona, desde una relación hasta una buena serie. Y de hecho me gustaría perder la cuenta de mi edad, me gustaría que los demás tampoco condujesen, me gustaría tener algo tórrido con una «buena chica». Me gustaría rodar con la fuerza de la corriente, asomar de vez en cuando a la superficie, rebotar y sembrar cáñamo en las autopistas. Y una relación también puede ser de amistad, puede ser familiar, puede no ser tu prejuicio. Cada concepto con su prejuicio. Intentar liberarte de eso. Hay cosas difíciles, cosas casi imposibles, y luego están los prejuicios, superarlos. Y qué buen aprendizaje para los prejuicios, la senda habitual es la escuela más efectiva. Y no le pongas camisetas de fútbol a tu bebé, no le envuelvas en banderas, si una cosa sobra es los clones. Y nadie te podía cortar los huevos. Para que no procrearas. No eres el dueño, eres el responsable. Nadie necesita ser como tú, necesitan ser como ellos. Y qué difícil es rodar, qué jodido es avanzar, qué gilipollas eres. Años me ha costado empezar a dejar de ser como tú, e intentar empezar a ser como yo. No soy un modelo de conducta, pero tú tampoco has de serlo. Me da igual que madrugues, que te puteen, que estés amargado, que la vida te esté poniendo el culo fino. Yo también sufro, y aun así me equivoco, y aun así mi rabia es muchas veces estéril, y aun así intento aprender a desaprender que la dignidad la da el sufrimiento. Haremos un trato, me cortaré los testículos si tú te cortas los tuyos; casi sería capaz de caparme para que tú no tengas hijos. Dirás que qué sé yo de ti, pero eres un cromo repetido, te vi en el colegio, en todos los curros, en los bares, igual de capullo, con distintas caras, pero siempre tú, repartiendo tu simiente, encontrando a quien te aguantara, a quien te pagara, a quien te subvencionara la mezquindad. Tu hernia no me importa, la mía se levanta conmigo también cada mañana. Tus horarios me la sudan, no lees porque no quieres. Tus insultos no engañan, sólo escupes bilis para no tener que suicidarte. Me da igual tu moreno de paleta, no te exime de hacer daño. Me da igual tu oficina, tu traje, el orgullo de tus padres, nada te impide comportarte como un cabrón, y lo haces. Me da igual si tienes coño o te cuelga la polla como un péndulo, ninguna chapa te libra de ser víctima de un lavado de cerebro. Me da igual que grites que eres bueno, estoy harto de tus colores de mierda, harto de tu mensaje cerrado, de tu discurso déjà vu basado en un vistazo por el ojo de una cerradura. Me da igual que hayas decidido actuar por adhesión, porque es tu opción, pero no me toques los cojones, no me monopolices el coño.
Hasta que no entiendas que puedo amarte sin recordar tu cumpleaños, hasta que no comprendas que las matemáticas son una forma de creatividad, y no de encarcelamiento… ¿Y cómo nos vamos a poner de acuerdo? ¿Cómo bajo previsibles banderas en lugar de con sanas individualidades? Ya tengo mi filtro personal inevitable de prejuicios, y me piden que añada otros. Que me etiquete, aún más. Como si no hubiera tenido bastante de esa basura en aulas y sistemas jerárquicos. Como si no me hubieran llevado ya en rebaño, me dicen que me una a otros rebaños, porque las insignias son más coloridas, porque el escudo lo ha hecho Fulano, que se le da genial el diseño.
Me vais a disculpar; idos todos a tomar por culo.
Yo no soy mejor, pero que os den, yo al menos intento pensar, al menos sé que no me ganaré el cielo, porque Dios no está en las nubes, Dios son la nubes. No iré al infierno, el infierno son los demás, como dijo Sartre, los bienintencionados que no saben callarse, los amantes sólo de boquilla, los amorosos sólo de calendario, los regalos sólo materiales. Los vecinos de pacotilla. El examen final y los trabajos estandarizados. El infierno eres tú hablando más de la cuenta con tu hijo. El infierno es la carencia de presente en favor de un futuro dedicado a otros.
Y aguanté a profesores por otros, e hice deberes por otros, y me amputé el sueño por otros, y casi dilapidé los sueños por ellos, y me apunté a la autoescuela por otros. Y la dejé y se convirtió en frutería, y en otra me saqué el carné. Y dejé de llevar la cuenta con todo, y no tuve Ipod y veremos si Iphone, y bailé Hey Boy, Hey Girl, en el centro de la pista de la irresponsabilidad oficial. Cada escrito es una potencial carta de suicidio. Aunque el mismo tiene mil formas, y en la mayoría quedas vivo. Viajé al pueblo siendo de ciudad, y me bañé en aquella piscina municipal; e Inés María, que no leerá esto (y que ni me molesto en cambiarle el nombre), se encaprichó, y no sabía dónde se metía. Aunque mi peli favorita aún fuese Forrest Gump. Aunque aún tuviese peli favorita, color favorito, grupo favorito, y aún balara tímida pero orgullosa. Curioso que en pleno patriarcado el femenino oveja sea aún el más apropiado. Cómo explicar que uno está vivo aun sin adoptar para siempre una postura concreta; que uno aún es respetable, y que el caos es el motivo para el pensamiento. Cómo resumir la tormenta en tu cabeza. Mi cabeza. No se puede, se puede acariciar, respetar, no acepta gritos, no siempre al menos, no acepta chulerías, no acepta al machito pero tampoco a la que adopta las actitudes del machito. No acepta a quien cree que la igualdad no conlleva sus diferencias. Todo el mundo merece respeto, pero sólo de entrada. La sinceridad al cien por cien no conlleva acierto al cien por cien. El silencio no es una pausa, es espiritual, es poder escucharte a ti mismo pensar. Rayarse, como lo llaman, es la única forma constructiva de emborracharse. Dudar es la única religión que respeto. Ese Dios que no te juzgará, no te dará órdenes ni te pondrá deberes; ese Dios que no pensará todo el puto tiempo que le intentas convencer de nada. Ese Dios que sabe que cuando hablas sólo expresas tu opinión. Que distingue un chiste de una agresión, que sabe que una cosa es el arte y otra el panfleto. Ese Dios que sabe que la amistad también es discreción, espacio de los demás a respetar. Ese Dios que sabe que el sexo no es sólo católico amor, y el cuerpo de cada cual, propiedad sólo de cada cual. Ese Dios que no te señala si se rompe un condón, que no te oprime aunque no seas hombre y blanco. La mujer es el negro del mundo, dijo John Lennon, estando con Yoko Ono, La culpa fue de. Ese Dios que no es sólo capital, que no entendería a la Iglesia y te aceptaría un calada del porro. Ese Dios que sabría que la educación no se limita a no decir tacos, y que se puede ser un ángel “malhablado”. El Dios que se tatúa una cruz invertida sólo para enseñártela y hacerte reír. El Dios de la duda no te pincha porque sabe que estar perdido no es malo, sólo natural. Sólo significa que estás vivo de un modo que no tantos experimentan. El Dios que te casa en diez minutos, tomando un café y hojeando el periódico. El Dios que se salta la sección deportiva y se ríe maliciosamente de los que lloran gratis. El Dios al que le importa sólo lo justo tu vida, pero que haría cualquier cosa por tu libertad. La Duda. Qué miedo, terror, tanto que la mayoría creen que es Satán. Porque no usa apenas agenda, lleva garabatos en los brazos y una cicatriz en la ceja de la que nunca habla. Que miedo, Satán, porque quizá La Duda no sea el hombre blanco de mediana edad, sino una mujer de cincuenta tacos, un negro del cuerno de África, un sarasa de tu barrio, o un transexual de cualquier parte. Qué miedo, dudar, Satán. Necesitas que Dios te ponga deberes; porque Satán sólo te va a dar un libro de Salinger o una peli de Wells, Orson. Y no quieres tener que abrir ese libro, no quieres tener que enfrentarte al blanco y negro. Quieres colores, tareas, estaciones, calendarios y espontaneidad planeada. Eres otro niño blanco de mediana edad, encerrado en esa idea terrible sobre la madurez. Soy. Eres otro imbécil que cree que el tiempo sólo está para ocuparlo, como sea, o incluso que no es una invención del ser humano, sino la realidad al completo. Soy, digo, porque aunque huyo de tu esencia, aún soy demasiado como tú; y veo un reloj y pienso: “Guau, fíjate, eso es todo lo que hay, todo lo que somos, en línea recta y con buena ropa, y a ver qué hace Fulano, porque No Voy A Quedarme Atrás”. Él no va a ser el único que mole, piensas, pienso. La moda. Esa gran puta. La única que no merece respeto. La moda como concepto, como única forma de entender la vida, el mundo; el plato de cocina moderno, “reducción de”. La moda y el tiempo. Con la moda revientas todo el misterio. El misterio de que todo esto es una ilusión, y de que eres antropomórfico igual que podrías ser una piedra minúscula en el río. Una que no le importa a nadie. E intentas rodar, piensas que un día quizá puedas saber cómo se siente el aire en tu cara. Saberlo sin estar en medio de una lista de cosas que hacer en las putas vacaciones. Agotado, agotada, de ir de un lado a otro paseando tu péndulo, tu vagina, haciendo el papel de chico raudo, de chica para todo, de chico feliz, de chica pizpireta, de chico que se interesa por sus suegros, de chica a la que le importan los suyos. Fingiendo que realmente están viviendo, que están notando el aire de un planeta nimio en medio de un Universo vasto, camino del infinito y salido de la NADA.
Puse las manos en el volante y acumulé prácticas. El dinero se iba por el tubo de escape. La teórica a la primera, casi todo preguntas sobre seguridad vial. Y yo no estaba allí. El culo de niño sobre el pupitre, acumulé años y suspensos, septiembres y broncas. Y yo en cualquier otra parte. El culo de adulto sobre el papel, en un puñado de despachos, afirmando que estaba deseando currar para otro cabrón y su mansión. Y yo en Bavia con Alicia, sacando rimas y escribiendo prosa, mientras ella se crecía en verso, quitándome la virginidad en un huerto. Yo en todas partes menos donde estaba mi cuerpo. Todos aconsejándome que despejara la x de la ecuación, sin decirme ninguno que la x era yo. Todos en asfalto y acera, todos sobre adoquines o madera, todos ajenos al río, abandonando con sonrisa metálica la huerta.

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