Histérico

–Señor…
–Dios… Eres muy joven. Voy a tener que dar explicaciones…
–Venga, deme la mano.
–¿Eres un bombero o un comecocos?
–Señor…
–O eres el comecocos de los bomberos… Seguro que tienen uno.
–Sólo tiene que darme la mano.
–Pero estoy bien aquí.
–Sólo tiene que dar un paso hacia mí.
–No lo estás entendiendo.
–¿Señor?
–No tengo miedo de morir.
–Es un décimo piso y…
–Sigues sin entenderlo. No he dicho que quiera morir, sino que no tengo miedo.
–Debería… moverse menos.
–Está todo controlado, uno se puede mover perfectamente en este espacio.
–Señor, una cornisa no está pensada para…
–Pues debería. Es un buen sitio. Fíjáte, el atardecer, la… ¿estás sudando?
–Oiga, yo…
–Uau. Mira abajo, están desplegando algo, ¿o lo están hinchando?
–¿No quiere…?
–Resulta un poco patético. Creo que están pendientes de las cámaras. Una persona, una cámara.
–Sólo intentan hacer su trabajo.
–Un momento, ¿eres un vecino de aquí?
–Oiga, puede que usted no tenga miedo, pero yo estoy acojonado. No quiero ver cómo…
–¿Y estás solo ahí? ¿Nadie te apoya?
–No somos muchos en el edificio, es casi nuevo.
–Ya decía yo. Creo que aquí jugaba yo de crío, ahí abajo.
–Oiga, dígame algo que yo entienda, ¿qué hace exactamente?
–¿Es que tiene que entenderse todo? ¿Sabe una cosa?, llevo cuatro días subiendo aquí, y nadie se dio cuenta. ¿Qué ha pasado hoy? ¿Porque es lunes?
–No es… La gente no siempre va mirando a las cornisas… ¿Pero entonces…?
–¡Entonces qué!
–No grite, por favor. No se mueva tanto.
–O sea que si salto vas a despertar sudando de vez en cuando, viéndome caer. ¿Te culparías?
–¿Por qué hace esto?
–Técnicamente no hago nada. No tengo la actitud de un suicida. ¿Me ves quejarme? Y me va bien, joder, me va bien de narices. El curro va bien, la familia me apoya, tengo amigos… y ayer conocí a una mujer. Creo que me gusta. Joder, me gusta mucho.
–Mierda, oiga…
–¿Sabes cuando no te puedes masturbar pensando en otra cosa? Seguro que lo sabes… Aunque no creo que la vuelva a ver…
–Creo que voy a tener un ataque de ansiedad…
–¿Pero no has llamado a refuerzos?
–Sí, joder, ¡pero no sube nadie!
–Tío, ¿y qué vas a hacer aquí?, claramente esto te supera. ¿Qué tienes, veinticinco años?
–Por el amor de Dios…
–¿Y qué piensas exactamente?
–Creo que usted no sabe lo que hace, y creo que yo no debería haber venido.
–Digo qué piensas de tu vida, muchacho. Olvídate de mí, yo me encargo de eso. ¿Y acaso me ves histérico? ¿Pero, y tú? Pareces una tetera hirviendo, chaval.
–En serio…
–¿Sabes que casi te doblo la edad? ¿Crees que voy por ahí con niñas de veinte, o que me tiño el pelo y corrompo la idea de la madurez? Los que tienen tu edad son los más pagados de sí mismos ahora, los más puritanos y los más falsos. En lugar de intentar ver cómo son las cosas, creéis que las cosas pueden ser como a vosotros os dé la gana. Hay que reconocerlo, ninguna generación se ha quejado con tanto estilo como la tuya, debe ser por la preparación. Cuesta más ver lo imbéciles que sois, aunque creo que se está empezado a notar.
–No soy yo el que se pasea por una…
–Ya ya ya. ¿En serio, tan previsible? Por un momento pensé que darías juego. Juego de verdad.
–No sé de qué mierda me está hablando. Señor.
–Me gusta cómo cada vez marcas más las sílabas. Antes pensaba que te ibas a poner a llorar. Apuesto a que no comes nada que haya tenido cara.
–Creo que me voy a ir.
–Pensaba que hablaría con alguien mayor, o al menos con una mujer de tu edad…
–No entiendo…, no sé qué hacer y…
–¿Y acaso esa sensación es nueva?
–¡No, pero antes nadie ha muerto por eso!
–¿Y quién te está culpando de nada?… Reconozco que ahora estoy en tu vida, pero también deberías reconocer tus limitaciones.
–¿Pero qué…?
–Tus limitaciones, tus limitaciones, sí, y seguro que eres una especie de currículum andante, tienes pinta de serlo, sobrecualificado como para ahogar a un caballo con tus números. ¿En cuántas entrevistas te han tirado por eso?
–Joder…, oiga, no soy un comecocos, sólo soy…
–¡No quería ningún profesional! Sólo quería una persona. He subido cinco veces hasta aquí, cinco días. El piso estaba vacío y pensé: joder, por qué no. Pero no quiero un profesional. Y tampoco quiero a un listo oficial saturado de tópicos sobre “lo correcto”. No quiero que me salves, quiero que me escuches y que hables, joder. Y te resistes, te resistes, ni tan siquiera puedes soportar la idea de intentarlo…
–…
–Eso no es algo que se logre en la consulta de nadie, ni tampoco en un puñetero bar, y joder, desde luego ahora tampoco en las universidades, que se supone que son el centro neurálgico del intercambio de ideas… Pero ahora sólo están llenas de gente como tú o peor que tú. Yonquis de la moral, narcisistas identitarios, hipócritas sin límite conocido. Lo sé, he pasado años en aulas, delante de tus clones.
–Está bien, entonces usted…
–No, no lo está, sé que ahora estoy divagando, pero es sólo porque no eres la persona adecuada. Eres como un libro mediocre, narrativa de engranaje. Podría abrirte y sabría cómo acabas leyendo el último párrafo, con su moralina y su tedioso costumbrismo.
–Mierda, ¡es que aquí no va a venir nadie!
–Chico… Deja de martirizarte. No voy a saltar. Sólo necesito cinco minutos. Tú haz lo que quieras.
–¿Y se puede saber de qué coño quiere hablar?
–Ese tren ya pasó. Nadie que fuese válido para esto haría semejante pregunta. La gente que vale la pena no se autodescribe ni se sostiene todo el tiempo en la supuesta lógica. La gente de verdad comunica ideas propias. O se callan cuando deben. Porque no se dedican a juzgar. No solo saben que las cosas son complicadas; también entienden que a veces no pueden ser de otra manera. Y no me estoy refiriendo al sacrificio necesario para lograr algo. Hablo de gente que sabe asumir la idea de que lo que parece injusto a veces coincide con lo que es inamovible.
–Pero… antes ha dicho que todo le iba bien, ¿o no?
–¡Claro que me va bien! ¿Conoces a alguien a quien le vaya bien al que le vaya bien todo?
–Creo que me estoy perdiendo.
–Tú te perdiste cuando hiciste el primer análisis sintáctico de la oración. La mayoría de gente muere a los trece años haciendo deberes.
–Joder, creo que oigo algo… Por fin sube alguien. Yo…
–Buenas noches, chico. Te recomiendo algo fuerte, un buen polvo, por ejemplo, un polvo descomunal, sucio, perverso, algo que tu generación considere inaceptable y heteropatriarcal, un orgasmo que haga que no puedas contener la baba en la boca, que te haga temblar hasta caer desde la cama al suelo, que creas que te has quedado ciego durante cinco segundos.
»Aunque en tu caso quizá sea mejor un accidente de tráfico, lo que tú llamarías Volver a nacer.
–Hola. Buenas noches. Es una noche bonita, ¿verdad?
–Tú sí que eres el comecocos…
–Bueno. Sólo soy otra persona con problemas, ¿pero sabes qué?
–La madre que te cagó.

conversación

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No encuentro mi condón

No encuentro mi condón. Juraría que llevaba uno en la cartera. He rebuscado también por los cajones y armarios. Follar poco conlleva ciertos problemas logísticos. Descuidas el orden de tu vida sexual, porque es algo que se parece mucho a comer doce uvas o disfrazarse. Es puntual, sólo un poco menos que una fecha señalada. El cumpleaños al revés; te apetece y sólo estás con quien te apetece. Cada vez que busco un condón, comienzo a preguntarme si caducan, o cuándo. Cada vez que veo a alguien insinuar su desenfrenada vida sexual en redes sociales, me dan ganas de envenenar la comida de su gato (que al menos descansaría por fin de Instagram).
No encuentro el condón, y la visita a la farmacia se palpa en el ambiente. Es el estrés en torno al sexo, el tema tabú (o quizá estrella) de los consejeros sexuales. Pronuncian con énfasis las eses y siempre parece que vengan de hacer un cunnilingus. El estrés está presente, y esos hijos de puta, siempre morenos de dientes nucleares, lo alimentan con su calma chicha de mierda.
Ni siquiera sé por qué pienso en eso.
Estoy bastante seguro de que el condón puede estar caducado. Creo que la anterior ocasión para usarlo usé uno ajeno. He conocido a chicas que han detectado mi torpeza leyendo el poso de mi café. Enseguida vieron que era importante tomar precauciones, y que era importante no dejar eso en mis manos.
Ser inofensivo no garantiza nada, tampoco ser simpático o creativo. Hacer reír, cuidar los detalles, estar pendiente… Hay mentiras que están a un paso del estado líquido, casi se podría fabricar combustible con eso.
Los trucos para follar sólo son trucos para ganar dinero. La gente que vive de simplificar el mundo, tiende a hablar siempre como si hablara con niños. Con niños poco despiertos.
Cuando ya he buscado hasta en el último rincón, vuelvo a mirar en la cartera. Tardo un buen rato en asumir que tendré que ir a la farmacia. El odioso ritual. Nunca sé qué medida pedir, y tampoco quiero ponerme a debatir. Creo que estoy entre tallas. El tamaño regular no me basta, pero si pido una talla mayor parece demasiado. Hablas con la farmacéutica. No existe una cara para hablar de condones. Todo alrededor de los condones es incómodo, ya sea literal o figuradamente. Como tantas otras cosas que claramente te convienen y son necesarias, los condones son fuente de fastidio y malestar. Es como si tuvieras que madrugar en medio de un polvo.

Salgo a la calle, creo que tendré que volver a ducharme, y claramente llegaré tarde a la cita. Estoy sudando. El sudor es siempre mi mejor aliado para empantanar las cosas. Tengo tantas anécdotas con sudor que podría escribir la autobiografía más tonta del siglo XXI. Puede que le interesara a Blackie Books, pero no tengo una banda de rock ni llevo el pelo rosa. Si sólo sudas, no le interesas a nadie. Eso es lo que yo hago, perder condones, creer que los tengo, sudar por las axilas en octubre. Le encantaré a tu madre.
En las farmacias parece que todo el día es mediodía. Como si dentro hubiera un sol artificial. Hasta los ciegos deben pensar que se están curando.
Hay una cola fantástica, por supuesto. Y tres mujeres atendiendo. Ni un tío. Dónde está la paridad, en qué mundo vivimos. Hasta mi médico de cabecera es mujer. Cada vez que digo algo incómodo o humillante, tengo una mujer delante. Nunca es un tipo gordo con bigote. Claramente la humillación es parte esencial de la vida, o al menos de mi vida. La gente habla de lo adulto que hay que ser con estas cosas. Yo personalmente preferiría comprar condones o hablar de ladillas con tíos de cincuenta años que se están planteando el suicidio.
Miro el móvil mientras espero. Miro el móvil. Miro el móvil. Cuando sólo tengo delante a cuatro personas, pienso en lo que voy a decir.
“Una caja de condones, por favor.”
“¿Qué tallas de condones tenéis?”
“¿Hay algún tío aburrido con el que pueda hablar?”
“Una caja de condones.”
“Condones, por favor.”
“Un condón. Una caja de condones.”
“Dos cajas de condones.”
“Cinco cajas de condones.”
Siempre pienso en hacer acopio, pero luego recuerdo mi vida.
“Una caja de condones.”
“Una caja, condones.”
“Condones. Una caja.”
Sin sonreír. Como si fueran aspirinas.
“Unas aspirinas, por favor.”
“Una caja de condones.”
“No encuentro el condón. Una caja de condones.”
Mi cita me escribe al móvil. Obviamente no está claro eso de que vayamos a follar. Sólo intento hacer las cosas como un chico mayor a mis treinta y seis años. Con mi edad ya da igual lo que haga. Podría ir a la luna y mear mi nombre en el suelo, y al volver me darían una palmadita.
“Por favorcito, una caja de condones.”
Quizá lo de por favor suena muy preparado. Ha de parecer que yo hago esto habitualmente. Di cosas acordes a tu edad. Piensa, cómo habla la gente que habla de pañales o ir a ver a sus suegros.
Sólo tengo ya una clienta delante, espera a que la atiendan, y parece que vaya a caer redonda de un momento a otro. Es una señora mayor, es posible que compartamos asiduidad sexual.
–¿Está bien? –le pregunto.
–¿Cómo?
Está lívida y se contonea, intenta mantener el equilibrio. Drogas aparte, esto es lo más que una farmacia se puede parecer a una discoteca. Por un momento, me preparo para sujetarla, pero entonces se cuadra, y lo siguiente que hace es vomitar. Vomita en sus zapatos, en el suelo, y también un poco en el mostrador.
Me alejo. Procuro no mirar ni oler nada. Es entonces cuando la mujer cae al suelo, se coloca en posición fetal, y sigue vomitando.
Me voy al otro extremo del mostrador. Pienso:
“Ahora es la mía.”
Intento aprovechar que no soy el centro de atención. La vida te ofrece a veces estas oportunidades. El caos no siempre es algo molesto. Incluso ha aparecido un tipo con bata, un empleado. Confío en que entienda mi postura, e intento llamar su atención. Parte de la gente se ha ido, como si la mujer fuera una terrorista biológica.
El tío mira hacia a mí.
–¿Una caja de condones, por favor?
Interrogativa. Me gusta cómo queda. Aunque no he podido evitar la cara de culo.
–¿Tama… ñ? –murmura el tipo.
–¿Cómo?
–¿Tamaño?
–Ah… ¿Qué tamaños tenéis?
–Normal, ¿no?
–Sí.
A lo que, otra empleada, mientras el resto del personal se encarga de la mujer y la vomitona, dice:
–A lo mejor no tiene bastante con el tamaño normal, Luis.
A lo que Luis dice:
–Pues que lo diga.
Se supone que susurran. Yo sudo por la frente, por las axilas, por la espalda. Esto debería ser sencillo, sólo un pincelada de incomodidad, de coyuntura. Y la chica me dice:
–¿Lo quieres normal o más grande?
–¿Puede ser más grande?
No siquiera sé por qué hablo así a veces, llevando al equívoco. Y la empleada se ríe, se le escapa, entiende que ahora mi polla ha creído porque es ella quien me habla. Sabía que no iba a ir muy bien, pero siempre encuentro la manera de que parezca lo que no es.
–¿Entonces normal o más grande?
A lo que el tal Luis, con su estúpida bata irónica, añade:
–O extra grande…
Es horrible, porque además creo que intenta ligar con su compañera, y su compañera quiere que lo intente. Soy su pelele, su puta anécdota para el sábado durante una cena entre adultos. No importa, ¿verdad?, pero sí. Debería haber venido con un pasamontañas.
–Perdona –le digo al tipo–, ¿te hago gracia?
Violenta las cosas. Si van a convertirte en anécdota, añade matices, complícala. Haz que te recuerden como a un gilipollas. Es mejor eso, es más reconocible, un lugar común, puede que incluso lleve a pensar en la discutible profesionalidad de Luis y su zorra.
–Luis –digo, marcando las sílabas–, ¿me pones una caja de condones, por favor?
Y premeditadamente, añado:
–O mejor: ponme una de tamaño regular y otra de los inmediatamente más grandes, ¿vale, Luis? Porque resulta que mi polla no se adapta a los estándares de tamaño de los condones que vendéis. No sé si es más gorda de lo normal para su tamaño, Luis. Así que, dos cajas, por favor, tal y como te he dicho.
Mientras hablaba, la chica ha intentando disculparse, y el tal Luis ha ido a por mis condones. Aunque ahora soy el centro de atención y es lo último que quería, me siento mejor, porque esto se parece a mear en la boca de alguien a quien odio, porque nadie se ríe, porque creo que esto marca la diferencia entre hablar y actuar. Pero vete a saber.
Cuando Luis vuelve con mi mercancía, murmura no sé qué de cara a la empleada aún sin nombre.
–Luis –digo, levantando bien la voz, mientras me está cobrando–, estoy aquí porque tenía un condón pero no lo encuentro. ¿Lo entiendes, Luis? Sólo es eso, joder. No encuentro mi condón.

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Grasa

Estoy fingiendo que se me da bien la mecánica, y estoy delante de un coche con el capó abierto. No solo finjo que se me da bien, también finjo que me gusta. Que me gustan los coches, que me importan. Suelto palabras al azar, asiento. Finjo, es mi músculo mejor desarrollado. La supervivencia es un laberinto oscuro lleno de mierdas de perro que pisar. Están ahí, esperándote, aún calientes, porque por bien que se te dé fingir, es fácil tropezar. No es que tropiece dos veces con la misma piedra, es que hace mucho que soy una especie de geólogo metafórico. Podría dar una conferencia al respecto, siempre con las suelas llenas de mierda.
Soy tan blanco y hetero que quedaría elegante sentirme culpable. Son tiempos confusos, aunque dicen que positivos, revolucionarios. Es raro, porque a veces pasa algo, todos se emocionan por lo nuevo que es lo que ha pasado, y yo ya empecé a verlo como a principios de los 90.
Como tengo pene y demás, se supone que encaja que me gusten los coches; que me sepa sus nombres y lo que hay dentro.
Hace poco empecé en un curro nuevo, hice un amigo. Un loco de los coches que habla de su novia como alguien raro que no para de leer y hablar. Es como si todo lo que dijese de ella fuese para evitar decir que a veces follar es el único motivo. Ella habla de él en términos parecidos.
Este tipo también tiene una hermana, pero de ella nunca habla.
No para de describir las tripas del coche de su padre. Le pasa algo, hace un ruido extraño al arrancar. Es fascinante; o eso hemos acordado.
Si estoy con él en la entrada del garaje de la casa de sus padres, no es por el coche, y tampoco por la novia (también presente, con su móvil). Es por la hermana.
Sólo la conozco de vista, pero es como si mi pene la conociera de toda la vida.

Entiendo que esto ahora luciría más si yo fuera homosexual, si mi objetivo fuese declararme a mi amigo también gay, ambos metidos en el armario con el coche. Pero sólo soy yo.
El grupo más ruidoso del colectivo LGTB, siempre se queja de la gente que dice que la homosexualidad es una moda. Y con razón; excepto que parece que ellxs mismos actuasen muchas veces como si lo fuera.
Otra historia hetero, pues, otro enamorado de un culo y unas tetas. A decir verdad, conozco de la chica más de lo que ella sabe. Lo cual es otra cosa que quizá no me deje en buen lugar; a no ser que espiar por redes sociales sea precisamente el uso lógico de las redes sociales. ¿De qué manera íntegra y educada se podría usar Instagram? ¿Se puede usar Instagram desde el “respeto”? ¿Puedo ver fotos de desconocidas en biquini y pensar en algo que no sea esas desconocidas en biquini moviéndose sin él?
Soy consciente de que muchas veces pienso como un salido; pero, ¿en qué piensa exactamente la gente que no piensa como yo cuando pienso como un salido? No lo sé, pero sé que no quiero quedarme solo con ellos en un espacio oscuro y reducido.
La chica que me interesa está dentro de la casa. O eso supongo. No quiero preguntar, y nadie me dice nada al respecto. Se supone que no viene a cuento. Creo que la mayor parte del tiempo la gente habla de lo que no le interesa. Será porque ya hacen lo que no les interesa. La vida es un cúmulo de cosas que haces que no querías hacer. Supongo que es por el tío que inventó el cielo, el paraíso, seguro que fue un tío, alguien que pensó: “si me pudro aquí ahora, me ganaré el cielo”. El tío que en lugar de cascársela como los otros, se ponía a barruntar sobre cómo jodernos. Sobre cómo justificar su vida destruida, su cerebro ya pocho; alguien tan en la miseria que ni te metería mano.
Lo que yo he pensado, es que si me quedo suficiente tiempo aquí fingiendo, podré verla salir en algún momento. Aquí, los dos, compañeros de trabajo, apasionados del motor, superados con creces los treinta, aferrados a las pequeñas cosas. La versión oficial. Cuanto menos dinero y más edad, más dignidad. No me fío de la mayoría de gente que habla maravillas de los ancianos. El premio no era el cielo, sino morirse. Si mi colega me oyera hablar así, cortocircuitaría y caería al suelo echando espuma por la boca. Su hermana tiene veintiséis años, y parece todo lo contrario a él. Hizo una carrera, hizo un erasmus, hizo un máster. Creo que ahora no tiene novio, aunque puede que eso sea irrelevante. O quizá no tanto, es posible que ya tenga miedo de cumplir treinta, incluso la gente más inteligente siente vértigo con eso. Comienzan a intentar atar cabos, buscan cosas y personas sostenibles en el tiempo. No es tanto que se sientan adultos como que ser adulto de repente es lo que toca. La escaleta habitual se vuelve sagrada. Yo diría que raramente actúan así por convicción propia; hay quienes incluso tienen hijos sólo por eso, porque ha llegado ese capítulo; cuarta temporada: nos quedamos embarazados. Se comienzan a llamara papi y mami entre sí, algunos igual cuando se trata del bebé que cuando se trata de sexo. La elección propia se vuelve entelequia irresponsable.
Tengo las manos manchadas de grasa y ni siquiera sé por qué. Mi colega arranca el coche con la puerta abierta; dice cosas como:
–¡Eh! ¿Se oye?
Yo digo que sí, ese ruido raro, hay que eliminarlo, sería un error negarlo.
Mi colega y yo curramos en una fábrica, un paraíso de cadenas de montaje. Electrodomésticos. Él es reparador. Yo tengo cada día ocho horas de un miedo nulo a la muerte. Sueño con que un avión comercial se estrelle en el polígono industrial. Que caiga sobre nosotros. Que yo pueda verlo. Y luego, todo a negro.
Si le dijera a mi colega las cosas que pienso cuando veo a su hermana, incluso los coches pasarían a segundo término. Quizá debiera hacerlo, podría ser sano para él. Una cura agresiva.

Me da que las cosas sólo acaban. No acaban bien o mal, sólo se agotan. El final abrupto es un mito, la bonita idea de que nada apuntaba a ello. El autoengaño es increíblemente poderoso, casi tanto como los prejuicios. La combinación de autoengaño, prejuicios y militancia, te convierte en el gilipollas supremo. La persona con la Verdad sólo es alguien con un embudo en la cabeza. Ahora muchas personas hablan en nombre de las demás, porque creen que pueden despertarlas, salvarlas. La ignorancia no es necesariamente la carencia de ideas, a veces es una cantidad enorme de ideas dogmáticas, pésimas, simplistas, ridículas. La clase de planteamiento que cabe en una bandera.
Así el mundo parece más sencillo. Más honorable. Así las cosas tienen sentido. Son algo en lugar de simplemente ser.
Tampoco entiendo por qué la naturaleza real de las cosas tiene por qué ser algo a negar. ¿Sólo porque es complicada? Me parece mucho más emocionante intentar ver cómo es el mundo, poco a poco; mucho más que dictar cómo es a base de rabietas, buscando un enemigo y alzando el puño. Diría que es infantil si no fuera porque un niño es más bien lo contrario: aún no está contaminado.
Las cosas pequeñas sí tienen sentido, aunque sólo sea porque no queda más remedio. Aunque sea fácil burlarse de ellas. Yo hoy estoy aquí por una de esas cosas. Y con esto no me refiero a que esa chica sea algo pequeño y sin importancia. Todo lo contrario, seguramente esa chica es mágica y yo no la merezco.
Pero yo no he venido con la idea de hablar con ella. Puedo aguantar horas de monólogo del motor con tal de verla. Puedo estar aquí de pie, al sol, sudando, fingiendo, viendo mi vida pasar, pasar de verdad, camino a los cuarenta, más bien jodido, esperando sólo para verla. Y sabiendo que seguramente no habrá nada más. Porque le saco diez años, porque no llamo la atención, porque no soy nadie, y porque no tengo nada que ella quiera o no tenga.
Está por ver si le llegaré a dirigir la palabra. Su hermano se parece tanto a un estorbo que es muy complicado dirimir la diferencia. Además es la clase de idiota que pensará que su hermana es algo que él guarda en un cajón; al menos si se trata de un tío que él ya conoce.
Ni de broma pienso contar esa historia.
Mi colega arranca el coche una y otra vez. Yo ya no percibo ruido ninguno, y digo:
–Aún lo oigo, no tan fuerte, pero no te fíes.
El problema sigue ahí, eso es lo único que importa. Ese coche necesita más de nosotros.
No he dicho que es sábado por la mañana. Es sábado por la mañana, y de normal estaríamos en el curro. Ambos hemos pillado nuestras vacaciones en septiembre.

A eso de las doce del mediodía, sucede. Un coche para frente a la casa. Dos chicas dentro. Usan repetidamente el claxon. Ahora, pienso, ahora esto coge sentido.
Ella abre la puerta de casa. Lleva un vestido blanco veraniego y un bolso del mismo tono. El pelo por debajo de los hombros, la piel morena y cruel. Lleva unas gafas de sol que se pone a medio camino hasta sus amigas. Nos saluda de pasada (cualquier otro gesto de más hubiese sido violento), y se dispone a entrar en el coche.
Cuando el vehículo arranca y se va, mi mente se pone a trabajar sin descanso, un trabajo abrumadoramente vocacional y perverso. Quiero hundir la nariz en su almohada y sus sábanas; quiero saquear su ropa interior y beberme sus fluidos.
Cuando mi colega de postín arranca de nuevo, estoy a punto de equivocarme. A punto de comenzar a hablar sobre cómo las cosas mejoran. A punto de cargarme mi única excusa para volver a quedar con este pelele. Cubierto por el capó, en un ángulo en que no puede verme, y con el ruido del motor, saco mi nutrido llavero y comienzo a apuñalar todo lo que veo, mientras murmuro: Putos coches, putos coches, putos coches…

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Pop

Un nuevo perfil, una nueva persona, que se ve a sí misma a través de los ojos de los demás. Eco digital positivo. La realidad es demasiado oscura y complicada, la realidad nunca se aclara; se contradice y fluye de forma descontrolada. Sólo funciona siempre como crees si haces un pequeño esfuerzo. La mentira tiene muchas utilidades, algunas hasta son positivas, pero la última utilidad negativa de moda, quizá sea la proliferación de las Buenas Personas, sus profecías autocumplidas, la promesa de una utopía. Proyecciones de bondad, retorcidas, vanidad a través de la humildad, ira personal proyectada en la causa común. Maldad buenista. Lo aceptable no existe, hasta que ellos y ellas lo digan.

Una infancia fácil para Lola Lali. Una niña buena en un entorno blanco y brillante. Clase media acomodada, un lujo en los tiempos que corren. ¡Qué vital y esforzada es Lola! Qué afortunada y qué cuidadosa e inteligentemente malcriada. Malestar sólo puntual y el despertador como mayor tragedia. Lola Lali ganaba centímetros y hacía amigas. Tan guapa y tan pronto la miraron los niños. Nativa digital, suertuda ella, las cosas malas sólo pasaban en la tele. Los estudios iban fenomenal, preocupaciones si un sobresaliente descendía a notable. Un entorno de responsabilidad fácil para construir a una niña responsable. Qué regalos de cumpleaños, qué navidades fulgurantes. Qué platos deliciosos, qué cenas, qué fechas señaladas y qué primaveras y qué nevadas.
Una infancia fácil, fetén y feliz para Lola Lali; un bienestar del que pronto se encargó la vida. El informe no tardó en llegar a manos de la realidad. Ni siquiera Lola Lali se iba a librar; iba a tener que crecer y afrontar putadas. Lola no lo podía ni sospechar. Lo sabía, porque se lo habían dicho muchas veces, pero ella sólo fingía que lo entendía. Estaba acostumbrada a fingir, era algo que se le daba bien, y funcionaba de maravilla con los adultos. Pero, ¿la realidad?, ¿de qué demonios hablamos? ¿Será una broma…?
Lola Lali se enfrentó a su primera regla, a su primer novio, a sus primeros suspensos, a su primera profesora estúpida, y al primer tropezón y caída de bruces en público. Lola Lali ya esperaba cada día lo peor, pero ante su secreta frustración, sólo le pasaba lo que a todo el mundo. Cambios físicos, mentales, de rutina, de actitud del resto, de sus padres, de los desconocidos. Lloró cuando a su primer novio a los quince años se le olvidó su cumpleaños. ¡El cumpleaños de Lola Lali era susceptible de olvido!
Lola Lali no era tal, sólo era Lola Fernández. Pero Lola Fernández se comenzó a sentir cómoda en las redes sociales. Su foto de perfil siempre ayudaba, siempre atraía. El número de seguidores en Twitter creció enseguida. Lola vio que no era la única que a los dieciséis se sentía totalmente traicionada por la vida. Su novio la había dejado, sus padres de repente eran insufribles, tenía encontronazos con sus amigas, los estudios eran un martirio, y básicamente todo era una mierda.
TODO ES UNA MIERDA fue uno de sus primeros tuits.
Tenía casi diecisiete años cuando tuvo su segundo novio. Lo dejaron al cabo de cuatro meses. Esta vez fue ella quien le dejó. Se sintió bien al hacerlo, como si le hubiera metido un tanto a la realidad: me dejaron, pero ahora dejo yo. Era un chico bueno y aburrido, y sobre todo muy ignorante (¡ni siquiera había leído a Simone de Beauvoir!).
Lola Fernández, ya Lola Lali, tenía casi cinco mil seguidores en Twitter. Le encantaba entrar en cuentas ajenas y ver las pocas decenas que seguían a los demás. A los tíos, o a las tías alienadas.
Un día se unió a una concentración de chicas frente un teatro. Actuaba un cómico. Le parecía repugnante. La quedada se hizo por Twitter. Lograron retrasar la actuación dos horas. Llegó la policía y las desalojó. Pernoctaron toda la noche y se acompañaron a casa unas a otras de forma calculada, porque «todos los tíos son violadores potenciales».

A los diecinueve tuvo su tercer novio, en la universidad. Era leído y también era aliado, entendía a Lola y compartía sus tuits. No le importaba tener menos seguidores que ella (que ya tenía cuarenta mil); acudía a las concentraciones feministas, pero se quedaba siempre a un lado, consciente de que los hombres no podían destacar ahí, y mucho menos liderar.
Lola le dejó a los tres meses. Pensó que él era perfecto para ella, pero sólo era perfecto para la coyuntura. A veces es complicado distinguir la sinceridad del oportunismo. Tiempo más tarde se arrepintió un poco de haberle humillado en Twitter, pero estaba claro que era un tío asqueroso, un aprovechado. Ahora le daba asco recordar que había follado con él. Era todo puro cuento, era un cerdo. Había que tener cuidado con los “aliados”.

Lola Lali se había comido casi por completo a Lola Fernández. Cuando acabó la carrera (sociología), encontró enseguida trabajo en una revista digital. Tres columnas a la semana en las que se le demandaba su bilis Lali. Así era como se llamaba de hecho su espacio: Bilis Lali. La revista (Coñogazine) quería de ella lo que todo el mundo quería, y Lola, al poco tiempo, se dio cuenta de que estaba matando a Lola Fernández. Hablaba siempre en voz alta o por escrito sobre lo ignorante que era antes de ponerse las «gafas moradas», aunque en silencio a veces pensaba si había elegido un camino racional, o si sólo había sido un proceso de negación, una huida hacia delante. Lo que la hacía dudar, sobre todo, era que antes de la vorágine de activismo digital, se sentía mejor, y estaba convencida de que no era sólo por ser más joven. Tenía amigas que habían mantenido cierta actitud de sana resistencia respecto a la vida, que no pensaban igual que ella. Eso no era raro, Lola sabía que la mayoría de gente no sabía leer la realidad como ella y su grupo. Su nuevo grupo de amigas se reunía semanalmente para una suerte de terapia feminista. Compartían experiencias y se apoyaban unas a otras. Pero Lola dudaba de su camino vital justo por esas reuniones. Se esforzaba por recordar señales del Patriarcado en su experiencia directa. Al principio fue fácil. Comentaba las dos ocasiones en que un viejo senil la había piropeado de forma repugnante. Eso era sin duda una señal de la libertad del hombre para oprimir a la mujer. Luego habló de miradas asquerosas de tíos. Cuando iba en tren, buscaba actitudes cercanas al manspreading. No siempre era fácil. Lo fue más cuando el grupo le aseguró que el manspreading existe también aunque no haya nadie sentado junto al tío. Si el tío se espatarra, eso es manspreading. Aun así, era frustrante cuando se iba a sentar junto al cretino de turno, y este se recolocaba para que ella tuviera su espacio.
Una componente del grupo siempre tenía de qué hablar. Decía que la habían violado a los trece años. Así pensaba Lola en ello: Dice que la han violado. No sabía si es que no la creía o si no quería creerla. Nadie estaba ni cerca de comenzar a dudar de ella. Ni siquiera cuando su versión de los hechos a veces cambiaba alarmantemente.
Dos palabras alarmaron también a Lola habiendo cumplido ya veinte años:
Feminismo Pop.
Había algo en esa etiqueta que parecía describir dolorosamente bien su experiencia en los últimos años. No Feminismo, lo cual se llevaba poca distancia con el Pacifismo, algo reposado que no se contagia con la exhibición o el ruido (que provocan rechazo), sino con la sencilla práctica. Algo que funciona con el ejemplo, y no con las palabras y los insultos, o mucho menos con la política. No Feminismo, sino Feminismo pop. Algo que ha acabado incluso en los telediarios, tan odiados en el grupo de Lola.
A Lola le costaba cada vez más entregar sus artículos semanales. No se sentía motivada, no al menos como al principio.

Un día habló con su madre. Su madre nunca la rebatía, decía que su hija era lista, que era fuerte, que no era como las demás ni falta que hacía. Su hija, a la que una vez defendió ante el juicio de su tía del pueblo, ante un comentario que insinuó cuán guapa estaba Lola antes de cortarse el pelo como un chico y teñírselo de azul. Antes de la ropa descuidada, el abandono del maquillaje, las axilas sin depilar, los piercings y las zapatillas sucias.
–Si un chico puede ir así, ella también –dijo la madre.
–Mi marido murió en la mina, ¿ella también lo hará? –dijo la tía.
Dos días después, fue cuando mamá llamó a la puerta de la habitación de Lola, al oír llantos dentro. Ella pensaba que podía ayudar. Su hija tenía algún tipo de crisis personal.
Lola se incorporó en la cama e intentó estar presentable para su madre. La cuestión es que antes Lola contestaba con facilidad a argumentos como el de su tía, pero ahora había algo que se lo impedía.
Su madre le dijo:
–Has perdido la fe.
–No he perdido nada, no creo en Dios.
–Pero creías en algo.
–No. No era eso.
¿Tampoco era eso?, pensó su madre.
Y entonces cometió el error –error en términos de apaciguar la crisis–, de hacer la pregunta clave:
–Pero entonces, hija, ¿qué quieres?

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Otro agujero

Creo que no me ve nadie. Camino por el desierto hacia el lugar indicado. El agujero. El sol de mediodía cae a plomo en un verano sólo teóricamente agonizante.
Tengo un nombre y procuro evitar ser gregario de nadie. Busco alzarme o hundirme por fin, no quedarme donde estoy. Mato bichos en casa todo el tiempo mientras me planteo el vegetarianismo. En este desierto hay un montón de alimañas que te dirían cuatro verdades sobre lo natural. Sobre el ego desmedido del ser humano, sobre la conciencia como excusa para el narcisismo.
Me han dicho que el agujero no es grande, pero que sí lo es su promesa. Un cambio. Hasta estoy usando una brújula. Un explorador existencial, abaratando el concepto del aventurero.
Sé de gente que no puede soportar que un asiento chirríe aunque sólo sea un poco; les he visto iniciar una discusión por una mancha casi imperceptible en la solapa de alguien. Quisiera parecerme lo menos posible a ellos.
Les he visto hacer comentarios estúpidos mientras ven una película, como si tuvieran miedo de que la película les hiciese dudar o sentir algo, como si hubiesen decidido forzar la sencillez de las cosas, la comodidad, una utopía doméstica con mascota, caras bonitas de perros y gatos. Formarse una idea minúscula y manejable sobre vivir y la naturaleza.
Ni siquiera se trata de ser mejor que ellos, ser diferente ya sería un triunfo personal. Superar sólo tu propio récord.
Estaría bien trascender la originalidad. No importa tanto ser original como acercarse a la verdad; y la mentira o la ficción son herramientas perfectamente válidas para ello. Se trata de mantener la pose lejos, los trucos de los demás, su condescendencia disfrazada de sutileza, transparencia o amistad. Su verdad subjetiva, de tercera mano, contaminada por cámaras de eco. La mirada a veces les pone en evidencia. Me pregunto si seré observado en el agujero.
Cuando calificas un discurso ajeno como “rayada mental”, normalmente sólo eres tú asumiendo tu tamaño. Es como creer que se trata de entender en lugar de sentir; o que por defecto hay que entender para poder sentir.
Sé que en el agujero no hay respuestas, pero quizá sí un lugar en el que acomodarse. Quizá una conversación que no acabe con un chiste, o que al menos lo haga con un chiste que sea bueno. Una ironía refinada por sucia y cabrona. El respeto cuidadoso por la vía del martillo; la asunción de la existencia de la flor venenosa.
El aventurero fofo, sudando como el buscador diario de porno. Las sillas como mejores amigas. No es siempre así, pero sí casi siempre. El sudor me gotea desde la nariz. Mi intuición no está funcionando, es como si nunca hubiese sabido usarla. No hay rastro del agujero, todo es sol, tierra, picaduras potenciales. Camino porque para qué parar. Se me da bien confundir el avanzar con el huir hacia delante. El cielo se comienza a tapar.
Lo agradezco, aunque sólo sea por el paisaje.
La sed me comienza a mensajear, y no he traído agua. Decidí venir raudo y sin miedo, un error de novato. Si viviéramos varias vidas, ya lo habríamos aprendido. Pero ya he hablado de mi intuición.

El día no parece moverse, como si se hubiese enquistado el mediodía. Comienzo a tener visiones. Sillas plegables ocupadas. Una mesa alargada frente a ellas. Me acerco sin decir nada. Nada apunta a la realidad, es una proyección consecuencia de mis planes de aventura. La versión metafísica de haberse ido de escalada sin cuerda. Comienzo a perder pie.
Hay una editora de mediana edad y una escritora joven. La escritora mira como yo miraba cuando tenía veinte años, desde el miedo disfrazado de seguridad, como si bastara con no vestir de negro para tener razón. Una gótica hipster enterrada en Ideología y etiquetas. Autoproclamada. No se va a comer el mundo, y mucho menos lo va a arreglar, pero va a sacar partido. No puedes aspirar a mucho más. El libro que presenta es colorido y supuestamente valiente. El rollo de siempre del puño alzado.
La imagen se emborrona. Me inquieta. Atravieso las sillas y la gente sin tocarles. Traslúcidos. Nadie me increpa. No le importo a nadie, al viejo estilo. La tradición. A la gente le preocupan las tradiciones con animales, nunca se paran a pensar en las tradiciones con humanos. No hay nada más eficaz para detectar a alguien básico que el comentario: “los animales son mejores que las personas”. No puedes ponerte a explicar que muchas veces las cosas no son mejores o peores, sino que simplemente son. Están ahí, pero no para ti. Da igual lo que pienses, o lo que piense tu gurú. El tsunami no discrimina.
Sé que el nihilismo es una cálida manta, o el ventilador perfecto. Puede que por eso siga sin ver el agujero. Sigo teniendo algunas visiones. Van y vienen, muy bien conformadas, a veces multitudinarias. Veo incluso una manifestación. No reconozco las banderas, aunque seguramente eso no importe, es una manifestación. Veo en ella a niños y niñas que, con suerte, no saben de qué demonios hablan sus padres.
Me agotan. Puede que sea un síntoma de que ya no soy tan joven, pero al menos yo ya sé que no siempre seré joven.
Veo con frustración o risa floja cómo ciertas cosas no cambian porque seguramente no se puedan cambiar. La felicidad apagada de quien ya sabe qué no puede hacer, qué no puede mejorar; del que comienza detectar los discursos brillantes pero vacíos, los intereses tras ellos. La inmundicia inherente.
Ganar perspectiva es difícil, pero perderla es como mear y cagar, tu raciocinio se va a razón de tres visitas diarias al baño. Convertirse en un imbécil es tan fácil que ni te das cuenta, y cuando te acercas a los cuarenta no es complicado reconocer hasta qué punto lo has sido. Te ves reflejado en quienes vienen detrás. Intentar avisarles sería como intentar arrancarles el brillo de los ojos. Sería gratuito, sería injusto, y la vida se encargará.
No digo que la vida no merezca la pena, o que sea mejor o peor de lo que se dice, sólo digo que la vida ES.
Ya es mucho. Mantenerse cuerdo no es fácil, aunque creo que la cordura es más bien una teoría. Simplemente hay una mayoría de gente loca que actúa igual durante un lapso de tiempo; y acuerdan que eso es la cordura.
La cordura seguramente no exista, simplemente hay distintas clases de locos, la clase predominante y las clases minoritarias.
No creo que la conciencia dé para tanto como creemos.
Sólo hay distintos grados de lucidez.
Empiezo a pensar que el agujero esté escondido. Puede que esté tapado, no sería difícil emplear un tablón y echar tierra por encima. Yo ya no tengo la vista lo que se dice perfecta. Veo un borrón desértico. Las visiones son cada vez más débiles. Imágenes de lo que parece mi infancia. No siento nada al respecto. Creo que es debilidad.
Estoy casi seguro, de todas formas, de que lo del agujero no era una metáfora. Al menos en un 95%. No está mal. No es que haya emprendido mi propio viaje a Mordor. No es que estuviese loco (una locura minoritaria) ya antes de llegar aquí.
No negaré que he sido impulsivo, pero estoy razonablemente seguro de que esto va a algún sitio.

Alguien me despierta. Me acerca a la boca un recipiente, agua. Insolación, supongo. Me coloca en una especie de camilla y me arrastra. Me dice:
–¿El agujero?
–Sí, por favor…
Lo normalizo, como si estuviese buscando el fnac del desierto. No he quedado con nadie, podría añadir, sólo voy a mirar. Mirar un centro comercial. Si lo piensas, se han hecho viajes de muchas horas para eso. Cuando era crío, mis padres me llevaban al Corte Inglés en navidad simplemente para ver el Corte Inglés en navidad. Hasta ese punto éramos clase obrera. No recuerdo que nunca compráramos nada. Creo que a veces llegué a pensar en ello; me decía a mí mismo: ¿si toda esta gente viene a no comprar, dónde está el negocio?
Lo razonaba todo de forma tan simple, podría haber montado mi propia versión pop de alguna Ideología. Sin matices, sin dificultades, sin ambigüedad, sin sentido. Extrapolándolo todo sólo según mi experiencia, mi enfoque, mis emociones, como si el resto de cosas y de gente sólo fueran comparsa. Como si sólo pensara yo las cosas. Os tienen maniatados. ADORADME.
La persona benefactora me ayuda a levantarme. Me presenta el agujero. Es como mucho un agujero de matrimonio. Un piso moderno. Estrechez e ilusión a toda costa. Hay clavada una escalera de cuerda. Bajo no sin dificultad. No sé dónde me estoy metiendo, pero de eso se trataba. Veo que abajo, a unos diez metros de profundidad, hay más espacio del que creía. Hay alguien, un monje, calvo, parece estar rezando. Con los monjes siempre tienes la sensación de interrumpir. Con tus mierdas, con tus problemas materiales, tu estrechez de miras y tu visión pobre y limitada.
Es mi primer monje, eso sí. No sé qué religión profesa. La calvicie te lleva al budismo; mis prejuicios comienzan con su banquete, una mesa de madera al estilo Obélix, llena de manjares retóricos y estériles, ideas preconcebidas, símbolos e historia mal digerida.
De repente el tipo me ve.
Pensaba que iba a sonreír, a relajar el ambiente.
Respiro con dificultad. Me siento en el suelo para estar a su altura. Intento cruzar las piernas como él. Imposible. Busco una posición cómoda. Al final finjo una.
Detrás del tipo, hay una carpeta. Echa mano de ella. No se me ocurre mejor manera de cargarse el misticismo. No me atrevo a decir nada. Espero a que me dé pie, cosa que no sucede. No le intereso. Saca una hoja amarilla y me la da. Me dice:
–Vete a esa dirección.
–¿Cómo?
Cierra los ojos y parece continuar con sus rezos.
Sólo añade:
–No tiene pérdida, es un edificio de cristal.
–Pero…
–Oye –me interrumpe, y abre los ojos–, esto es sólo otro agujero.

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Perro pequeño

No hace tanto maté sin querer a un perro. Lo llevaba con correa un señor orondo que rondaba la cincuentena. Era más pequeño que muchos penes africanos. No era un cachorro, sólo era pequeño. Tampoco tenía esa pinta de peluche que tienen los perros a los que les hacen más fotos en una semana de las que le hicieran a Marilyn en toda su vida. No sé de qué raza era, pero parecía algo que le podrías robar a Paris Hilton; minúsculo, ruidoso, histérico. El animal correteaba y daba saltitos. Ladraba de esa forma en que se despierta un dolor de cabeza. El perro no parecía idea del señor. Parecía una de esas situaciones en que el hombre corriente intenta estabilizar (o recuperar) su vida sexual con su pareja. El perro parecía más un regalo interesado que un acto de amor. Seguramente el rasgo más importante de las mascotas es su incapacidad para hablar.
Yo iba por la acera más bien sin rumbo. Caminaba cerca del señor y el animal, tenía intención de adelantarles. Ellos iban al ritmo del que caga y le recogen la mierda. El hombre se impacientaba, el perro ladraba a los coches. Era una avenida, al fondo podías ver un atardecer estándar, nada del otro mundo. Septiembre. La gente con prisa por llegar a casa, algunas persianas echando el cierre, algunos bares en hora punta, y el momento de pasear al perro.
Me topé con un antiguo colega (de la puñetera ESO…). Ey, dijimos. Yo pensaba que pasaría de largo, pero se detuvo. Fue entonces cuando yo derrapé bruscamente para detenerme, con mi pie derecho encima del perro. Patiné sobre su cuerpo, y mis ochenta kilos cayeron para acabar el trabajo.
Hubiera sido como hacerle el boca a boca a una tortilla.
El señor no se enfadó; ni siquiera parecía sobrepasado por el suceso. De ahí que luego barruntara algunas teorías. Le pedí disculpas de mil formas distintas. Estaba aturdido y me sentía mucho peor que mal. Cuando me quise dar cuenta, mi colega había desaparecido. Ayudé al hombre a mover el cadáver. Se me revolvió de verdad el estómago. Lo llevamos a su coche, que estaba aparcado no muy lejos. Lo envolvió en una manta sucia (seguramente del finado), y lo dejó en el asiento de atrás.
No nos dijimos nada más; el tío entró en el coche y arrancó.
Yo intenté atajar por calles donde la gente no me mirara; donde no supiesen qué había pasado.
Todos matan insectos, pero cuando el animal tiene cara todo se vuelve moral y cruel. Iba pensando en ese tipo de cosas.

Esa noche me encontré con amigos (aún conocidos, en realidad) en el espacioso ático de alguien.
La verdad es que no supe el nombre del perro, ni el del hombre, ni el del dueño o dueña del ático. Tampoco si el perro era perra. No fue el peor día de mi vida, aunque desde luego tampoco el mejor. Quizá el más aparatoso, el más absurdo y asqueroso.
Me había mudado a la ciudad hacía un par de meses, y todo me era parcialmente ajeno, como si aún no entendiera bien los códigos éticos o de convivencia.
Sopesé la posibilidad de contar lo que había pasado. De entrada me parecía una idea espantosa, pero una chica me comentó lo serio que se me veía. Yo no era consciente de tener una cara diferente a la habitual.
Pensé que quizá hablar del perro muerto me podía beneficiar. Un acceso de sinceridad, mostrarme realmente dolido, más dolido de lo que estaba ya en ese momento. Ni siquiera tenía que adornar la historia. Sólo tiene sentido adornar las historias positivas o divertidas. Sabía que si lo contaba eso daría pie al humor negro y cierto regocijo susurrado, pero podía ser un precio mínimo a pagar. Lo harían a mis espaldas, y confiaba en que mi sinceridad fuese valorada por encima de mi torpeza.
El alcohol me dio el último empujoncito. No conté con un factor importante: la gente no cuenta una historia así cuando acaba de pasar. Pero cuando ya había comenzado a narrar, decidí que así mi sinceridad sería más impactante.
Eh, no sabéis lo que me ha pasado esta tarde. Lo que le ha pasado a un perro esta tarde.
No es que dijera eso, pero intenté empezar ligero y ponerme serio a medida que avanzaba. Partí de la premisa de que les caía bien, de que me abría porque pensaba que podía confiar en ellos. Habrían pasado unas tres horas desde el pisotón. Y otra variable me pasó desapercibida.
Acabé de contar la historia y la reacción fue la esperada. Comentarios de comprensión y miradas con un punto de “lo que tengo para contar, colega”. Esto último sobre todo los tíos.
Al cabo de un rato, poco, a alguien se le ocurrió la idea. El móvil. Youtube. ¿Qué posibilidades había de que nadie hubiera grabado parte del suceso? No tantas como uno quisiera creer. En una zona transitada, a una hora de movimiento constante. Cuando me olí el contenido del ruido, pensé que si alguien había grabado, no podía tener más que a mí y el dueño recogiendo tortilla de perro del suelo. Pero luego recordé el concepto cámaras de seguridad.
Me fui al lavabo y busqué por mí mismo el video que yo sabía ya era la comidilla de la reunión.
Fui consciente de lo torpe que había sido (la segunda vez aquel día, y para mí la peor). Lo confiando que había sido. Ahí estaba yo, en la pantalla de mi móvil, el clímax de mi paseo. El video duraba casi dos minutos. Mi caída treintañera acompañada de gestos ridículos, y mi puta cara de pan excusándose por matar a un perro. La mayoría de gente se ríe del dueño en los comentarios, de su gesto de aparente indiferencia. No hay audio, ni falta que hace.
El video es crudo, y me pregunto cuánto tardará la plataforma en eliminarlo. Luego se me ocurre que quizá baste con pixelar el picadillo. Lo peor es la cabeza, la cabeza se ve completamente aplastada, aunque parezca la de una gallina.
Salgo del lavabo, pero no de mi asombro. ¿Cómo he podido ser tan gilipollas? Si no hubiera dicho nada, ¿hubieran sabido que yo era el del video? Seguramente sí, aun no siendo la imagen el culmen de la nitidez.
La chica que me había dicho que tenía mala cara, se me acerca. Me dice que en algunas culturas el perro es lo que para nosotros un cerdo o una vaca. No es que todo el mundo me mire y se ría, pero al menos un tercio de los presentes. Basta con un tercio para sentirte protagonista.
Yo sabía que algo así me pasaría algún día.
Es El perro pequeño. Más gente de la que parece tiene el suyo. Lo que te pasó que no quieres contar. Creo que el video, aun habiendo sido viral, pasó pronto de moda, y además no se consideraba de muy buen gusto. Por el perro; el dueño y yo éramos las víctimas perfectas (caída tonta y cara de tonto). Por suerte no se nos veía tan bien la cara; todo sucedía en un crepúsculo entre el atardecer y la electricidad.
Yo ahora lo cuento cada vez que puedo, aunque no en grupo. Me he acostumbrado. Es como desnudarse antes de desnudarse. Es sorprendente cómo reacciona la gente. Hay quienes se asquean. No me siento culpable, creo que con el viral pagué de sobras mi “delito”.
La chica que me hablaba del perro como almuerzo, me dijo que ella creía que lo que a la gente le hacía gracia, es que los perros suelen morir atropellados, pero no por peatones. Días después le pregunté si ella tenía su propio Perro Pequeño. Me dijo que a los doce años tiró una piedra bastante grande desde un puente a una autopista cerca de casa. Se fue corriendo, aunque oyó frenazos y chasquidos de metal. Resultó que en el coche que había dado dos vueltas de campana, había una pareja follando a ciento veinte por hora. Eso la sacó de la ecuación.
–No murió nadie –dijo–, pero creo que equivale a un perro pequeño.

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Tándem

En paracaidismo no hay nada que no te pueda solucionar una buena funeraria. Es uno de los chistes que corren por aquí, aunque todo en la vida funciona con asociaciones por el estilo. La verdad es que siempre hay un roto para un descosido.
Espero abajo, más o menos como siempre con todo. Me han propuesto muchas veces saltar en tándem, lo que significa tirarse del avión pegado a otro tío, uno que sabe lo que hace, o que al menos no le da miedo. Hay algo que me atrae de ello, pero nunca doy el paso.
He venido acompañando a dos colegas, un saltador y un reciente convencido. El saltador lleva más de mil vuelos a sus espaldas, para el convencido es la primera vez. Ahora van camino del cielo; el saltador, solo, el iniciado con su salvador asignado. Este primerizo me ha dicho que estaba seguro al menos al ochenta por ciento de que iba a morir. No hablaba con apuro.
Aquí caer en picado no sólo no es una metáfora, además es bueno, emocionante. La clase de cosas que se te aconseja hacer al menos una vez en la vida. Hace unos años habría saltado el resorte de mi cinismo; ahora me da demasiada pereza juzgar o malmeter, ni siquiera en silencio.
Otros paracaidistas, algunos solos y otros en tándem, van llegando suavemente al suelo. Gritan con júbilo y entrechocan las manos, se sienten vivos otra vez. Aquí vuelves a nacer un montón de veces.
No voy a negar cierta envidia, sé que se sienten así, que no están fingiendo. El paracaidista se gana el derecho a fliparse. No acaba de soplar las velas en su puñetero cumpleaños, acaba de planear con un trozo de tela hasta el suelo desde unos cinco mil metros de altura.
Es brutal, es vivir, es exprimir tu vida hasta el punto de juguetear con la probabilidad de perderla. Das la vuelta al marcador. Es contradictorio y humano. Y es ambiguo, deliciosamente ambiguo.
Dos días después no dejo de susurrar estas cosas en el funeral. El saltador a mi lado parece no escuchar, o bien hace oídos sordos. Dos muertos como brindis por la vida. El tándem que hace el chiste realidad. Ahora hay quien diría que es culpa del chiste. Le digo a mi colega paracaidista que me he decidido, que quiero hacerlo. Muy irritado, me dice que cree honestamente que quiero morir, y que el finado también lo quería. Le pregunto si cree que lo ha provocado. Me pregunta si creo que debe creerlo. Le digo que sí, que bueno, que puede, pero que yo no quiero morir, aunque tampoco quiero llegar a los noventa años, quiero vivir unos años más, pero no tantos como para ir por ahí arrastrándome. Le miento. Me pregunta si estoy loco. Le digo que no soy yo el que salta de aviones. Grita no sé qué y le digo que no grite, que estamos en un funeral.
Lo cierto es que es raro que no se abriera al menos el paracaídas de emergencia. Hoy nadie hace bromas, y eso me parece incoherente, la vida se ha vuelto seriamente valiosa. Creo que la excusa es el respeto.
No hacía tanto que conocía al finado, amigo de amigo. El paracaidista rompe a llorar. Sabe que es su culpa, que él fue quien le convenció. Su puta culpa. Todos lo saben, también los que perjuran que no es culpa de nadie.
Los de la funeraria rebosan profesionalidad. El chiste no solo era bueno, era cierto. Detrás de las instalaciones hay un jardincito. Han dejado sola a la hermana pequeña del finado. Tiene sólo cinco años, se deben haber despistado. Le pregunto cómo se llama. Dice Violeta. Le digo a Violeta que quiero saltar en tándem, que si sabe lo que es.
–Lo de mi hermano.
No parece triste, sólo muy confundida.
–Te morirás –me dice.
La conduzco adentro y alguien se la lleva, una mujer. Espero que una familiar.
¿No es así?, le digo al paracaidista luego, ¿no forma esto parte del proceso? No digo que la gente quiera morir, sólo hablo de fantasear. No puede parar de llorar, es su pesadilla particular.
Me siento en el suelo con él. Le digo que no quiero morir, pero que si quisiera… Hace no mucho leí que el paracaidismo a veces se usa para el suicidio encubierto. Hay una especie de terror católico: si arriba creen que ha sido un accidente, no computa. El suicidio es uno de esos temas farragosos; quizá ese es el único tema tabú de los deportes de riesgo: puede que la emoción no esté sólo en arriesgar la vida, sino en saber que se acabó (desearlo), y además hacerlo un sábado por la mañana con colegas. No es una secta, no es triste, no parece desesperado. Vistes con colores chillones y como mucho te has gastado cuatro duros en Decathlon; no importa si el equipo es seguro, basta con que dé el pego.
No sé cuánto de todo esto le digo al paracaidista, pero sí sé que me acabo ofreciendo para un tándem final. Sé que ahora a él le apetecería, y yo siempre he sentido la emoción de poder elegir Cuándo. Hacerlo a mi manera, y aún relativamente joven.
Entiendo que tendremos que esperar un tiempo, le digo, ahora es demasiado pronto. Levantaría sospechas, y es mejor que él sólo quede como un mal profesional. La madre del finado comienza a gritar. Llora y grita desconsolada. Es el día del respeto. Violeta ha desaparecido. Dice que no la ve ni fuera ni dentro de las instalaciones. El personal de la funeraria se muestra dispuesto a mirar hasta en el último rincón. La verdad es que da gusto. La chica que atiende a nuestro grupo hace que te den ganas de (follar) vivir.
Violeta me preocupa. Y no es porque sienta un gran apego por los niños; generalmente me parecen cosas babosas y ruidosas, increíblemente irritantes, absurdas y porculeras; no consigo comprender cómo los padres pueden aguantarles tanta mierda (figurada y literal). Eso al menos los que aguantan; los hay que acaban abandonando a sus bebés, o cosas peores. Eso también es humano, sinceridad pura y sin cortar. Incluso aunque luego les embargue el arrepentimiento, ¿es porque echan de menos a esos críos, o por las consecuencias potenciales de lo que han hecho? 50/50, como mucho.
Salimos a fumar. El paracaidista me dice que no lo aguanta, que no sabe qué va a hacer, que no va a poder vivir con ello. Le digo que resista un tiempo. Ya ni siquiera se enfada conmigo, hace falta un mínimo apego por la vida para enfadarse. El día se nubla. Le digo que si quiere puedo plegar yo el paracaídas, eso ofrecería garantías. No le hace gracia, solloza aún más fuerte. Murmuro que con esto, con la culpabilidad, lo peor es la noche, cuando te vas a dormir. Cuando en lugar de dormir te martirizas, la oscuridad te abraza, los antimimos, lo contrario al amor o cualquier vibración positiva. Yo lo sé por la muerte de mi padre, aunque no me extiendo al respecto, sólo aclaro que no lo maté yo, tenía ochenta y siete años.
Hay algo que me alivia en su sufrimiento. Estoy ante el perfil con el que mi padre siempre me comparaba para humillarme. Ahora mi padre está muerto, y don perfecto ya es como un fantasma deportivo.
Poco después, Violeta aparece.
Como siempre, tal y como ha venido, se me va el calentón suicida. Algo hace clic. El funeral ha sido un colocón de crueldad. Abrazan a la niña, y es entonces cuando rompe a llorar. Mala jugada, pienso.
La mujer que se la había llevado sólo era su tía. Habían ido a un parque cercano, columpios, otra gente, carencia de luto. Varios adultos abroncan a la mujer en corro. Me parece injusto, aunque no sé articular por qué.
La chica de la funeraria interviene, y poco después la mujer y ella hablan en privado, mientras al menos la mitad de los presentes imaginamos un trío con ellas. El sexo y la muerte. El tándem. Violeta se me acerca, me dice que no haga el tándem. Le digo por inercia que no voy a hacerlo, y es justo en ese momento cuando me convenzo de ello. Después me dicen que ahora es el paracaidista el que ha desaparecido.

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Hombre mata hombre

Tengo la camiseta llena de sangre. Sentado en sillón ajeno a las tres de la mañana, la teletienda me sonríe, me trata como a un tonto, y lo agradezco. Hay cosas peores que ser tonto, y ser como yo es una de ellas. Intento descrifrar cómo funciona el arrepentimiento. Cuál es el pensamiento que lo desencadena. La verdad es que la mayoría no llegamos al nivel teletienda. Da igual lo que nos riamos de ella.
Decido poner fin a esto. O al menos un punto y aparte.
Salgo con parsimonia por la puerta de atrás. El jardín no es grande, ni bonito, pero es útil. Hay jardines que parecen pensados sólo para esconder un cuerpo.
Cojo la pala del suelo, está junto al cuchillo empapado de rojo. La tierra vuelve a mi pala. Poco a poco se desentierra lo enterrado. Tengo otra oportunidad, pienso, aunque quizá siga en el sillón, dormido. Pero es como si alguien (Dios) estuviera rebobinando. Ya nadie usa el verbo rebobinar; es bueno crecer, pero es una mierda hacerse mayor.
El asesinato es una cuestión de poder. Existe una estadística de hombres que matan a mujeres, otra de mujeres que matan a niños, otra de niños que abusan de niños más débiles o pequeños, y todos matamos hormigas y mosquitos. En ocasiones el orden natural se subvierte; pero lo que pasa la mayoría de veces, es que un hombre mata a otro hombre. La realidad trasciende siempre la Ideología. Somos tontos, pero también crueles, y luego tontos otra vez. No es que la historia se repita, es que el ego del ser humano es inabastable.
He estado a punto de llamar para conseguir mi Jes Extender, pero antes he matado al novio nuevo y flamante de mi ex. El amor es genial, pero es una mierda estar enamorado.
Ahora, sin embargo, cambia de lugar el montón de tierra que cubría el cadáver. Cuando el cuerpo por fin se ve, sale flotando, dibujando el mismo arco de caída de cuando lo empujé. Y veo que el cuchillo vuelve a mi mano. Con cada nuevo gesto, la hoja repara cada herida que había infligido. Si tú sabes lo que está pasando, te escucho.
El chico es una belleza, un portento, un soldado de la responsabilidad y la lucha social. Sería perfecto si no fuera porque su mundo cabe en un dedal. Sería la leche si no fuera porque nada de lo que dice tiene sentido, sólo suena bien. El neo ignorante, el ignorante ilustrado, el héroe del reduccionismo, el imbécil que cree que nunca tendrá más de veinticinco años. Un buen chico, puro y necesario sobre el papel.
Creo que hay cosas peores que ser como yo, y siempre son teóricamente mejores que yo.
Le agarro por la camisa, y me encuentro justo en el punto antes de la primera cuchillada. Llora y suplica, una voz aguda, me pregunta qué quiero, me dice que tiene dinero. Sólo tengo que dejarle entrar y me dará lo que sea. Lo tiene todo excepto lo que yo quiero: lo que ya había sucedido, ese alivio, lo que ha ido marcha atrás. Y suena un trueno, como si Dios opinara.
Ahora es cuando tengo que decidir: o me voy o vuelvo a hacerlo. Mi camiseta vuelve a ser de un blanco impoluto. Soy un ángel a cuatro años de los cuarenta. Hasta ahora he hecho todo lo que debía. Me parezco más de lo que querría al tío que tengo delante. A él le ha ido bien, eso sí, él jode con estilo. Yo siempre llevo camisetas, él siempre camisas. Hasta en su puta casa le he encontrado en camisa, sábado, medio borracho, trasnochando, incapaz, acojonado, moderno, estable y colocado.

Tengo la camiseta llena de sangre. Sentado en sillón ajeno a las tres de la mañana, la teletienda me sonríe, me trata como a un tonto, y lo agradezco.

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Un día

Ha sido una coincidencia, pero el Apocalipsis ha sido magnánimo, y el fin del mundo llega mañana por la tarde. Sábado.
Lo tengo todo planeado. Tengo que llamar a bastante gente, más de la que creía. Pensando que yo era poco más que un lobo solitario, resulta que he estado relativamente rodeado de amor y amistad. Con estas cosas nunca se sabe.
De acabarse el mundo por la mañana, dudo que hubiese tenido fuerza de voluntad para levantarme, no digamos para madrugar. Por la tarde, sin embargo, todo son ventajas. Un buen momento para despedirte de ti mismo. Un último atardecer de verano, cuando parece que el cielo arde, sólo que esta vez no será una metáfora.
Hemos tenido mucho tiempo para digerir esto. No nos va a coger a ninguno por sorpresa. Cada cual llevará a cabo su ritual, algunos en grupo, otros, como yo, con la esperanza de disfrutar las vistas en solitario. Al fin y al cabo, no se muere solo o acompañado, sólo se muere. Me he llegado a regocijar en secreto de que nuestra “hornada” de seres humanos sea la última.
He estado haciendo ejercicio, como si fuera aconsejable tener buena presencia ante la Muerte. La última entrevista de trabajo. O quizá la primera charla con San Pedro. Desde que surgió la noticia, los creyentes están que no se aguantan los pedos. Buscan una explicación, y por supuesto la encuentran en pocos segundos. Los ateos hemos estado habitando alguna especie de vacío situacional. Nuestras amadas Ironía y Sarcasmo han hecho raras apariciones. Nos saludamos como miembros del club de la lucha a la luz del día.
La tasa de suicidio se ha disparado como una eyaculación con la persona que sabes. No ha impresionado a nadie, como si el suicido fuera por primera vez más una opción que una manera de llamar la atención.
La política ha muerto. Creo que eso ha sido un descanso para todos. No ha reinado el caos, no más allá de algunos disturbios y una lógica cantidad de desesperación, aunque esto último casi siempre en el ámbito familiar. Mis vecinos podrían haber estado muertos desde hace años, pero últimamente gritan y discuten como si tuvieran alguna decisión que tomar.
Yo nunca había fantaseado con el suicidio, pero sí con el fin del mundo. Parte de mi fantasía tenía que ver con sincerarme. Una sinceridad brutal, aunque educada. Parte de ese proceso conllevaba escribir una carta de amor. Una que ya he escrito y enviado. No espero respuesta, lo importante era enviarla. Las circunstancias son las adecuadas, de hecho son adecuadas para cerrar un buen puñado de asuntos. Tampoco es nada nuevo; la gente lo ha hecho siempre, te vas a morir y tienes que ver qué flecos sueltos hay. No negaré que esta vez el contexto le suma cierto romanticismo.
Es como si ya no tuviese sentido mentir, o como si no se pudiese.
En las películas, ante la posibilidad del fin de todo, la gente destrozaba escaparates y robaba televisores o equipos de música. En la realidad, los comercios cerraron hace mucho, durante la etapa de negación. Una negación colectiva que se extinguió con rapidez; más rápido si eras creyente que si eras ateo. Todos nos hemos tenido que enfrentar con nuestro ego y nuestra mezquindad últimamente.

Sábado. Ante la pregunta sobre qué hacer el último día en la Tierra, la respuesta se me presentó rápida y ecuánime. Nada de buscar sexo a la desesperada o localizar a alguien que odies para torturarle. Nada de participar de una fiesta descontrolada y fingida. Para mí la lógica era aplastante: lo mejor era la rutina, una rutina representativa (para mí), sencilla y complaciente. El último día tenía todo el sentido hacerlo así.
Me levanto a media mañana, pongo música y hago mi cama con delicadeza. Plancho y doblo la ropa. Me pongo a cocinar, algo laborioso, que conlleve mimar los ingredientes y controlar los tiempos. Hago una llamada de vez en cuando, me llaman de vez en cuando. La última es mi madre. Llora y no me insiste para que vaya con el resto de la familia, respeta mi decisión. Hasta ese punto me quiere mi madre. Creo que mi padre simplemente está enfadado. A cierto nivel, todo eso también me complace y relaja, también es rutina.
A mediodía, como con tranquilidad mientras veo la tele. No es que nadie esté emitiendo, pero he grabado horas de programas y anuncios, nada selectivo, sólo el ruido y las imágenes que necesitaba.
Cuando acabo de comer, lavo los platos cuidadosamente y los coloco en su sitio. Hacia las tres de la tarde, me pongo una película. Tampoco elijo nada especial, nada de “mi favorita” o una de mis diez favoritas. Basta con una comedia americana del montón. La mediocridad tiene mucho de hogareño. Fumo algunos cigarrillos y bebo una cerveza. Apenas he mirado un par de veces por la ventana. Está todo vacío y silencioso, parece uno de esos días de invierno, Navidad o día 1. No oigo a los vecinos, que probablemente se han ido de casa.

Mi ventana tiene una vista abierta. Después de mis ejercicios, me ducho, me visto y coloco una silla ante ella. El piso fue de mis padres, es posible que de otra forma topara con un muro de ladrillos cada vez que me asomara.
Decido dejar la tele puesta mientras llega el momento. Y pienso, y pienso. Quiero que sepas que te he querido desde hace años. No tengo recuerdos precisos de cuándo empezó, no guardo gestos concretos en la memoria. Puede que no sea muy romántico, pero lo siento todo con la misma intensidad y dolor que todos los demás. Te conocí cuando eras aún muy joven y yo me creía mayor de lo que era. Sabías lo que yo sentía, pero siempre tuviste un novio, y luego otro. Creo que sabías que yo no era una buena idea, incluso aunque pudiera llegar a gustarte. No lo sé, nunca me quiero mojar con eso, nunca doy nada por sentado.
Pero quiero que sepas que te quiero y siempre te he querido. Y espero que teniendo en cuenta el contexto, estas palabras ahora suenen como deben, y no como a menudo han sonado.
Y mi firma.
Lo relacionado con el amor siempre ha tenido buena y mala fama a la vez. Y el amor ha sido lo más banalizado de la historia de la humanidad.
Me sé la carta de memoria. No quería que fuese muy larga, sólo sincera. Una vez más, he esperado que la situación conllevara un valor añadido.
Aciertan casi exactamente con la hora. Siete de la tarde. Mi última expresión es una amplia sonrisa, porque nadie ha visto jamás lo que yo estoy viendo.

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Verano en Sonora

Empieza

Podría ser una clase más, el profesor actúa como si lo fuera, el reloj también. Una hora que sabe a corcho masticado, la saliva no ayuda a tragar. Habría bostezos furiosos si no fuera porque es la última hora antes del verano.
Unai mira a su alrededor, las niñas ya son mucho más chicas que niñas, veneno policíaco para un adulto, viagra natural para lo que llaman adolescente. Todo es suave y la gravedad aún está lejos de hacer estragos. Un bulto comienza a crecerle en los pantalones, así de fácil. Unai piensa en los adultos. Cuando sea adulto de verdad no podré acercarme a chicas así. Se palpa la entrepierna intentando recolocarse el pene. Tarea nada fácil. Nadie puede saber mejor de la importancia de sus genitales que un chaval que una vez llegó al techo salpicando.
Cuando el timbre suena, no estalla la euforia, pero todos los movimientos se vuelven de lo más económicos. En apenas tres gestos, Unai está fuera del aula.
La gente se apelotona después en los portones de salida del centro. Unai aún conserva una semierección. Ve a Silvia en la montonera. Siempre se queda mirando el culo de Silvia cuando tiene la suerte de coincidir con ella en un pasillo. Han sido innumerables las veces que se la ha imaginado desnuda y sentada en su cara, restregándose con ansia. Unai alarga el brazo entre los alumnos, y logra contactar su culo con el dorso de la mano. Hay tanto movimiento que es muy difícil que se dé cuenta.
Cuando llega a casa y se desviste para ducharse, ve que ha mojado los calzoncillos.
Se masturba bajo el chorro de la ducha. Consigue calmarse sólo a medias. Intercambia los monosílabos inevitables con sus padres y sale a la calle. Se siente bien, no ha cateado ninguna por primera vez en su vida, siente que merece todo lo bueno que pueda pasarle. Me merezco una mamada, me merezco un polvo en la playa, me merezco un trío con gemelas, sé que me merezco un polvo, al menos uno, un coño terso y calvo. Merezco mi propia peli porno. Todo el sol y la arena, todo el tiempo libre, no bastan. Quiero estar rodeado de coños, quiero lluvia dorada.

Sigue

Yago corre a casa después de clase. Tiene al menos cuarenta minutos antes de que llegue su familia, sus padres y su molesta hermana, tres años menor que él. Cuando cruza la puerta de su habitación (nunca con el cerrojo que siempre pide), lanza la mochila y se baja los pantalones y los calzoncillos. Google se parece a la libertad. Parece incomprensible que haya quien no entienda la adicción a internet. Ser un bicho raro es no estar enganchado a internet, al móvil, al estímulo instantáneo.
Cuando está a punto de acabar, Yago oye ruido en la planta baja, y a regañadientes se mete la polla en los calzoncillos. ¿Qué costaría poner un puto pestillo? ¿Qué piensan que va a hacer ahí dentro con el pestillo puesto? ¿Por qué no tiene ningún derecho a la intimidad?
Su hermana se presenta en su habitación, como si lo supiera.
–Huele a pescado.
–Cállate.
–Eres un cerdo. Estás sudando.
Yago nunca ha entendido la ambigüedad de la relación entre hermanos, ese rollo sobre odiarse y quererse a la vez. ¿Quererse? No mataría a su hermana, pero sólo porque no mataría nadie, pero la mantendría todo lo lejos posible. A veces piensa en ella cuando pasen unos años, cuando se líe con un tío duro y atractivo que la fría a hostias. Te jodes, hermanita.
Cuando se calma y se dispone a ducharse, sorpresa, su hermana tiene el baño ocupado, y su padre ocupa el de la planta de abajo. Tiene los calzoncillos pegajosos y la ropa huele a todo el último día de instituto. A veces planea buscar un sitio al que poder ir a pajearse tranquilo. No hay medios, y tampoco hay muchas opciones. Salta un mensaje en la pantalla.
Johnny: oye
Yago: eh
Johnny: esta noche vamos adonde Fran
Yago: ah
Johnny: vienes?

Continúa

Fran usa su cinta de correr. Johnny se ha dejado caer en el sillón que hay justo al lado. El nombre real de Johnny es Luis, nombre que Johnny odia. Años atrás alguien decidió que se parecía a Johnny Depp, impresión que se ha ido aguando, pero el apodo agarró bien. Johnny está encantado.
–¿Dónde han ido tus padres? –dice.
–Te podría mentir, pero no lo recuerdo. Espero que no den por culo con el teléfono.
–¿Cómo es posible que teniendo esa cinta de correr y un sillón en tu propia habitación, siempre te encuentre en la cinta de correr?
–¿Has avisado a la gente?
–Más o menos.
–Me sobra bebida que te cagas.
–¿De cuándo?
–Mi padre dio el otro día un festín, venía no sé qué pijo de Japón. Un rollo de negocios. El chino ese no probó nada, apenas se bebió una puta fanta. No fumaba y miraba a las mujeres sólo para no tropezar con ellas.
–Ya…
–Tú también deberías usar la cinta, cuando tengas veinticinco años te veo inflado y corriendo tras un crío. Estarás reventado a los treinta.
Suena el timbre de la puerta.
–Ve a abrir, anda, yo aún tengo que ducharme.
Comienza a llegar un goteo de chicos y chicas, conocidos y no tanto, habituales en casa de Fran, algunos apenas habiendo cruzado dos palabras con él. Se comienza a llenar el jardín trasero. Vasos rojos de plástico, barra libre, todo marcha.

Silvia

Hoy acabó el instituto. Estoy de los nervios, aunque no lo digo en voz alta. Puedo manejar la rutina, los horarios fijos y hasta los exámenes, pero no esto. Mi padre dice que podría apuntarme a la autoescuela. No es mala idea, aunque odio la idea de conducir, siempre me he imaginado dejando eso de lado. No quiero sumar otro coche al tráfico. No es por la contaminación, es que no quiero ser otra palurda más.
He ido a la fiesta del tal Fran. No he bebido mucho, aunque creo que cada vez me gusta más beber, siento que puedo salir de mi cuerpo, o que al menos no me importa estar encerrada en él.
Ya no tengo miedo de los chicos, aunque ahora parece estar de moda hablar de lo peligrosos que son. No es que antes les tuviera miedo, simplemente no me gusta sentirme deseada, o sí, pero sólo hasta cierto punto. De todas formas ninguno me habla sin haberse preparado antes el discurso. Es deprimente, no son naturales, no son de verdad. Se esfuerzan tanto por no sonar mal, que acaban por aburrirte.
El verano se presenta como un montón enorme de todo eso. Se supone que tendría que estar muy contenta, haciendo planes y pensando en uno o dos chicos en concreto. Puede que me ponga a ello. Cada vez pienso en cosas más feas, más guarras, cosas que no sé si haré algún día, pero que funcionan muy bien en mi cerebro. Nadie podría hacerme confesar. Guantánamo es un pícnic.

La playa

Unai se tapa con la toalla. Un grupo de chicas ha pasado cerca hace un momento. Johnny, Fran y Yago se ríen de él. Un grupo de chicas en biquini. Un grupo de chicas sin Silvia, que gusta a todos, pero no importa. Casi nada tiene importancia, y se te pone dura con casi todo.
Soy de Sonora, tienen que decir a veces en los chats, y luego aclarar que hay más de una Sonora. Sonora la que está cerca de Periferia. Y después les preguntan que dónde está Periferia. Los turistas se hacen la picha un lío reservando vuelos.
La playa de Sonora hace juego con los biquinis; cuanto más pequeños, mejor. Si hubiera un tiburón, lo verías antes de que asomara la aleta. Las palmeras parecen plantadas y colocadas con una postal de Hawái como referencia. La playa de Sonora es en sí misma un motivo para que a Unai se le ponga dura. La fragancia cálida y salada le hace pensar en los coños, a veces sólo en uno, pero sobre todo en los coños. Tras la fina tela de la braguita del biquini. La vida es cruel.
Es como vivir donde la gente va de vacaciones. Como encargarse de la limpieza del arco iris.
No hay muchos habitantes naturales del lugar que se vayan fuera en verano; quizá los más adinerados, es difícil superar el póster paradisíaco. Tienes que rondar por las pirámides o buscar paisajes absolutamente imposibles, cascadas sacadas del Señor de los anillos, parajes de fantasía retoque salvaje mediante en Instagram. Tienes pasta, y has de darle salida. Vives en el póster de las oficinas grises, es complicado dar forma a una metafantasía.
Los chicos se bañan y se pasan toda la tarde hablando de hablar con las chicas. Las miran cuando no miran, y ellas parecen no tener ningún interés por mirar.
Johnny intenta seguir siendo Johnny.
Fran confía en su casa como centro neurálgico.
Yago finge que está menos salido que Unai.

Silvia (2)

Los días no están pasando tan rápido, suelo diferir en eso. Aunque tampoco han pasado muchos. Esta tarde me he acercado a ver a las chicas. Aunque escribiendo a “a las chicas” sueno a “rubia”, a que tengo tirabuzones y paseo en descapotables con tíos que parecen paridos todos por la misma máquina de abdominales.
Mis amigas saben que soy retorcida, creo que lo sacan de los silencios. Y esta tarde estaban en la playa. Whatsapp sin parar. No muy lejos había varias toallas con chicos del instituto. Aquí nos conocemos todos, o casi, al menos de vista. Esto es un pueblo grande, o una ciudad pequeña. Cuentas en miles.
Uno de ellos es el chico de la casa. Está siempre bronceado y siempre parece indiferente. El Gatsby del lugar, con la diferencia de que no espera a ninguna chica en concreto. Sus fiestas parecen una táctica, aunque aún no sé con qué fin. Creo que quiere que parezca que el motivo es el sexo, pero seguramente se trata de algo más complicado. Una vez oí a mi madre decir que la gente usa la excusa del sexo porque sabe de su efectividad.
El chico con fama de salido (¿cómo se llamaba?) parece el más tímido. Los otros dos parecen formar parte de la fauna neutra masculina. Miran con descaro convencidos de su sutileza. Son cerebritos (los cuatro) más allá del rendimiento académico. Cerebritos desganados. Mi versión masculina, igual de heteros, igual de salidos, igual de perdidos. Nada nuevo bajo el sol, aunque aquí el sol hace que te suden hasta las ideas.

La playa continúa

Unai se pone boca abajo para intentar disimular la erección. Ha llegado Silvia al grupo. Los demás se aguantan la risa. La sola presencia de Silvia pone en evidencia el histrionismo infantil del unicornio, que ya sólo es una fuente de ironía. Silvia, si logras olvidar tu erección, es un problema de los gordos para la poesía, o inspirará un montón de mala poesía de gordos. Los chicos creen que miran mucho menos de lo que miran. A veces sólo estás en tus genitales. Muy poca gente logra estar mucho tiempo en su cabeza, y el estómago apenas se utiliza para almacenar comida. La amígdala saca una bandera blanca siempre que aparece Silvia, la agita y suplica: Por favor, por favor, otra vez no…
Está viva y se mueve, se recoloca el biquini y parece hablar con sus amigas. No parece que les mire en ningún momento a ellos. Es completamente curva y completamente lisa, y sin embargo rezuma vida y particular presencia. No es la vecina de al lado, y no luce aburrida como una modelo. Es simétrica de un modo asimétrico, quizá por cómo mira, por sus gestos un punto descuidados y a veces incluso un andar patizambo.
Unai mira ya en dirección contraria.
–¿Se han ido?
–No –susurra Yago.
–¿Y ella?
–Ella acaba de llegar, capullo.
Fran dice:
–Deberíamos hablar con ellas. Mañana quiero que vengáis a mi casa. Podemos invitarlas.
–¿Desde cuándo repartes tú invitaciones? Esas chicas se conocen tu casa mejor que el instituto –murmura Johnny.
–Joder. Sólo pienso en una excusa para hablar con ellas.
–¿Va a ser más cómodo entrarles según el tema?
–Mañana irán a mi casa. Mañana irán a mi casa.
Fran empezaba a pensar en su casa como una tela de araña. Siempre había pensado que reunir a la gente le acercaría a la gente, al menos en parte, pero la realidad no fluía de la misma manera que un guión. La realidad tiende a entrar por detrás.

Fran

La cuna de oro. Se habla poco sobre sentir claustrofobia en grandes espacios. Se habla un poco más sobre sentirse encarcelado sin barrotes. Abres la puerta cada vez que puedes e invitas a pasar a todos. Y sobre todo a todas. Hay algo en ellas de lo que no es fácil hablar, y más cuando el mundo de las imágenes prima sobre cualquier otra consideración. Visuales o audiovisuales, los barrotes de Fran son las imágenes, algo que no sabe cómo articular. Hay algo especial y muy concreto en una reunión de personas, sobre todo cuando no son tantas como para dejar de contar en decenas. Una dinámica de acción y reacción, tan natural que es demasiado compleja, extremadamente difícil de definir. El alcohol o el sexo, o sobre todo las ganas de tener sexo, son “sólo” elementos accesorios, paraguas opacos para que la luz de lo real no nos ciegue. Te salva la vida todo aquello que te ahorra una visión sin filtros, sin aditivos, sin colorantes. Lo crudo sólo nos gusta en la comida japonesa. Lo excesivamente racional te asfixia, no deja margen a todo aquello que no alberga una lógica cerrada. Fran cree que te enamoras cuando el paraguas opaco es incapaz de actuar con una persona concreta, a la que ves siempre en crudo, y aun así te gusta. Entonces comienzas a idealizar.
La fiesta sólo acaba de comenzar.

Natalia

La ves en los pasillos del instituto, o la veías. Siempre procura estar en segunda línea, mezclarse, ser sólo una más. Natalia sabe que los chuzos de punta caen siempre sobre Silvia. Silvia alarga la mano para recibir el cambio en el chiringuito de playa, y la onda expansiva arrasa cientos de braguetas a la redonda. La imagen. No importa si es así o sólo se ha decidido que es así. El resultado es la base sobre la que se erige el estatus social. No el trabajo, o mucho menos el concepto justicia. Natalia no quiere ser Silvia. Incluso puede que sólo esté a un par de hobbies de causar la misma impresión que ella (quizá el maquillaje y la ropa ajustada), aunque sus métodos fuesen distintos, y quizá más artificiales.
La ves en la playa, dándose la vuelta en la toalla. Cuando los chicos miran, parecen hacerlo a bulto. Hasta que llega Silvia. Eso hace que Natalia gane en tranquilidad, deja de sentirse observada. Cuando los chicos deciden levantar el campamento, uno de ellos camina encorvado, procurando dar la espalda a la zona donde están ellas. El resto miran al suelo o hacia otro lado.
Ves a Natalia en la fiesta, un día de playa y al día siguiente una fiesta. El chico de la casa estaba en la playa. Siempre abre sus puertas pero nunca te deja entrar de verdad. O más bien, sí, te deja entrar hasta el fondo, pero no sabes bien qué clase de estómago te está digiriendo. Todo eso, en contra de lo que podría parecer, no hace que se sienta incómoda. De alguna forma, el sexo se torna borroso en la ecuación, menos importante de lo habitual.
Fran nunca dirá algo como que ama a las mujeres, o que las mujeres son los más importante de su vida, o el “trabajo” de su vida. Parece interesado por ellas en un sentido menos lúbrico o previsible de lo habitual. Seguramente palabras como monogamia u orgía le parezcan clichés de una discusión aburrida que lleva demasiado tiempo vigente.
Ves a Natalia dirigirse a Fran.

La fiesta

El suelo pegajoso. El murmullo de voces que se apacigua si la música deja un tiempo muerto. Fran saluda a todos de pasada, el extrovertido introvertido, el alcohol ayuda pero no te soluciona el problema. Llegados a cierto punto, el problema se agrava. Los asistentes son sorprendentemente cuidadosos. Sujetan en corros sus vasos rojos, moviendo los hombros, raramente bailando. No hay dj, sólo un ordenador y listas de reproducción, y, eso sí, un sistema de sonido acorde a las exigencias. La casa tiene tres lavabos, que raramente se tragan la cena o el condón de nadie. Los asistentes parecen ver algo en Fran que les pone en guardia. La inseguridad puede pasar por una promesa de autoridad o incluso agresividad.
La media de edad es de diecisiete o dieciocho años.
Las drogas duras no suelen proliferar, incluso siendo que la casa está situada en un barrio bien, preparado más o menos con todo lo que el dinero puede comprar.
Natalia se acerca y le dice a Fran:
–Eh.
–Qué tal.
Fran sabe abordar una conversación, sea como sea, a veces hay que actuar un poco, escuchar lo que sea que quieran decir.
–Mola la fiesta.
–Gracias… ¿Estás sola?
–No, he venido… mis amigas están por ahí.
–Oh… Qué bien.
–No sabes cómo me llamo, ¿verdad?
–Sí, claro que sé cómo te llamas.
–Pero mejor no te lo voy a preguntar.
–¿De verdad crees que no sé cómo te llamas?
–No te sulfures, tampoco sería tan grave, ni siquiera sería raro. Puede que simplemente no estés seguro. Puede que barajes dos o tres nombres.
–¡Claro que sé cómo te llamas!
–En serio, da igual, debería haberme presentado yo y ya está.
–Pero, ¡sé cómo te llamas!, vamos al mismo instituto desde…
–No importa, de verdad.
–Ya, pero a estas alturas me parece violento decir tu nombre en voz alta, y ni siquiera sé para quién, pero me lo parece.
–Podemos obviar eso entonces.
–¿Tu nombre?
–O no.
–No sé si es lo mejor.
–Por qué.
–El nombre es útil, aparte de lo extraño que es no usar nunca el nombre de una amiga.
–¿Pero entonces ya somos amigos, aunque no digas mi nombre?
–¿Quieres que esto parezca una cuestión de orgullo o algo así?
–¿Quiero que lo parezca o simplemente lo es?
–Creo que me he perdido.
–Claro que no. Pero cuanto más hablas más lejos estás de tu objetivo.
–¿Mi objetivo? ¿M… mi objetivo?
–Sea cual sea.
–Ya…
–Pero ahora no sé si me has dado una pista.
–Estoy sudando, ¿tú no?
–La verdad es que no.
–Quizá debería ir y poner el aire, el aire de la casa.
–¿En serio vas a hacer eso?
–¿Poner el aire?
–No.
–Pero…
–No hagas como que no me entiendes, eso sería mucho peor que no saber mi nombre.
–No pensaba rehuirte ni nada, sólo…
–Vale, vale…
–…
–Siempre parezco muy complicada, creo. Pero creo que tú también lo eres, ¿no?
–¿Complicado?
–Sí, lo de dar rodeos, liarse, tropezar con las frases, con los pensamientos, no saber… concretar…
–No quería rehuirte, en serio.
–Pero te sientes acorralado. A veces hago eso. Lo hago sin querer.
–La verdad es que no sé cómo te llamas.

Silvia (3)

Ya no diferencio un lunes de un sábado.
Arrasé en la teoría. La profesora con la que hago las prácticas es simpática. Tanto que el primer día pensé cosas que no son. A veces me pregunto cuánta diferencia hay entre mi forma de ver las cosas y cómo son las cosas en realidad.
Siento presión cada vez que tengo que hacer una práctica, siempre con la sensación de que se me va a olvidar todo, que no voy a saber cómo arrancar el coche o cómo aparcarlo.
Hago esto para mantenerme ocupada, y para proyectar la imagen de responsabilidad que tranquiliza a mis padres. Odio esta faceta de mí, la faceta complaciente para con mis padres, siento que interpreto a la niña buena, que necesito que me vean como la niña buena. Cuanto más pienso en ello, más falso y cómodo me parece, me siento una mentirosa. Una mentirosa previsible y tradicional. A veces tengo ganas de hacer algo chocante, no grave, pero sí nada propio de mí, algo que conlleve una pista sobre una idea básica: llevo un ser humano dentro, también soy naturaleza, no solo rectitud y buen comportamiento. Soy inteligente, pero también soy un culo y dos tetas. Papá, los chicos (y algunas chicas) babean por mí, alguna vez incluso literalmente; mamá, no me gusta cómo me hablas, ni tu condescendencia, no quiero ser como tú.
Podría hacer algo tonto como salir de casa y volver con un tatuaje. Convertirme en un cliché de la rebeldía. Me parece una falta de respeto a los tatuajes.
Nunca se me ocurre cómo provocar a mis padres, cómo darles a entender que no soy una muñeca, que no es bueno obedecer siempre. No quiero ser la mujer que ellos quieren que sea, pero no te confundas, tampoco quiero ser la mujer que tú quieres que sea. Cuando logre independizarme de mis padres (y ni siquiera hablo de irme de casa), quedarán otras tareas de autoafirmación, como aguantar a los hombres que quieran “muñequizarme” otra vez, o a las mujeres que piensan que pueden hablar en mi nombre.
Procuro no pensar demasiado en ello, o seré yo la que acabe dando lecciones. Eso es justo lo que quiero evitar.

Johnny

La tienda de golosinas que Johnny frecuenta abre a las cinco por las tardes. Está equipada con una especie de cascos de astronauta abiertos llenos de gominolas, chicles y todo tipo de inventos comestibles de colores. Todo está siempre limpio y bien dispuesto, es un lugar pequeño que hace esquina, y tras el minúsculo mostrador hay una chica atendiendo. Johnny suda y se toma su tiempo, busca como antes se buscaba en los videoclubs. Lo hace día sí día no, piensa que todos los días estaría bordeando el acoso, o al menos resultando un tipo de lo más raro, uno que no sabe lo que quiere; algo que es cierto, y que por tanto, aún con más motivo, hay que ocultar a toda costa. La relación de Johnny con la verdad consiste en importantes ingresos en el banco de las mentiras. Las mentiras, al igual que el dinero, no siempre te consiguen la felicidad, pero ayudan. Un buen montón de mentiras para meter el pie, para colarse, para coger sitio. Y luego vas poco a poco sincerándote, con tiento, con habilidad; si te lo montas bien hasta parecerá que no formaba parte de un plan. No hay nada como un tontuelo reconociendo su debilidad, diciendo la verdad por el medio de reconocer subrepticiamente que antes ha mentido, porque a veces es tímido o introvertido. Johnny no se tiene por ninguna clase de sociópata. Todo el mundo hace planes, todos somos retorcidos. Sólo hay grados. No hay tanto buena gente como gente extremadamente hábil.

Yago

–No lo entiendo.
–¿No entiendes qué, hijo?
–No tiene sentido.
–Tu puerta no va a tener pestillo. Punto.
–Vale. Sólo una cosa: Ojalá te mueras.

La piscina

Es una piscina con vistas al mar. Sonora tiene todos los ángulos que sueña un fotógrafo. Y es la piscina municipal. Un saliente a modo de terraza, un cristal ultra resistente que separa a todos de una caída de unos veinte metros. Abajo, la arena. La piscina es una forma de variar sutilmente la rutina. Es el café descafeinado o el pan de molde. Una variación de la misma nota.
Unai no nota tanto la diferencia. O de hecho sí, porque las distancias son más cortas, y la crudeza con que las chicas se muestran en biquini es la misma. Chicas en ropa interior pensada para que pienses que es un bañador sólo porque el tejido y el diseño es distinto. Todo el mundo está salido, piensa Unai, la única diferencia es que yo al menos soy honesto.
Ha ido solo, hora de la siesta, demasiado temprano para los demás. Unai tolera bastante bien el calor. Casi no hay nadie, apenas un par de hombres muy mayores y un socorrista. El sol cae a plomo. Sin saber cómo, una cosa lleva a la otra, y el calor, y el césped, y la sola idea del verano, el recuerdo de la chica que trabaja en la entrada de la piscina, una idea sobre cómo deben ser sus pezones… Y a Unai se le pone dura. No hay modo de disimularlo si no es con la postura adecuada.
Se coloca boca abajo, pero la erección es tan evidente, tan imparable como lo es la fuerza de la naturaleza. Un tsunami, un escorpión, una serpiente. Le duele, y Unai toma una decisión.

Silvia (4)

Hoy no he ido a la autoescuela. Ya no tengo que ir. Tengo fecha para hacer el examen práctico, es obvio que soy una alumna adelantada, coincidí con gente en la teoría que aún está en la teoría. Ahora sí noto el tiempo acelerado. Mi emoción es nula, pero ante la profesora y mis padres reacciono como si la cosa fuera conmigo. El carnet de conducir me parece una medalla de consolación, una mala solución. Con esto podrás ir a trabajar al lugar más infecto. Da igual cómo de escondido esté el futuro más deprimente, el coche te puede llevar.
Mi padre no deja de hablar de coches, de marcas de coches, de coches de segunda mano, de cómo fue su primer coche, de la libertad que te da el coche, de la recompensa de la precaución, de la alegría de la sobriedad… A mi padre lo escupió una cadena de montaje que antes había hecho ya millones como él. Lleva el “yo quería un niño” tatuado en la frente. Mi padre quiere que pase por alto los detalles, como lo de no tener pene, tener el periodo o ser indiferente a cualquier deporte. El género le irrita, el género en general; es probable que le interesara el discurso de algunas feministas actuales. Ahora lo paradójico lo regalan con las cajas de cereales.
Por la tarde me he despegado como he podido del sillón, y he preparado una mochila. No eran ni las cuatro. Mis padres roncaban. Fuera a esa hora es como estar bajo una manta eléctrica roja que lo cubre todo. Pero el calor en casa me produce pequeños accesos de ansiedad; me da la sensación de no poder respirar bien, con lo que comienzo a aspirar grandes bocanadas de aire por la boca, y acabo jugueteando con la hiperventilación. Necesito moverme, sentir el aire caliente en mi cara, que brote el sudor. Es como si necesitara afrontar cara a cara el verano, como si intentar esconderme empeorara las cosas.
El destino es evidente, la playa conlleva una liturgia que me da mucha pereza afrontar sola. La piscina habla mucho mejor mi idioma; a diferencia de la playa, es un entorno controlado. La playa es naturaleza, y la naturaleza sólo saber ser.
Cuando llego, saludo a la chica de la entrada (si te conocen ni siquiera hace falta enseñar el abono), y cruzo el edificio hasta volver nuevamente al exterior, esta vez en el interior de las instalaciones. El sol parece más amable cerca del agua y el cloro. Me quito las zapatillas y me dirijo al árbol habitual. Tiro mi mochila y aparco el calzado. Doy un rodeo. Casi no hay gente.
Algo llama mi atención. Veo bañándose cerca del borde de la piscina a ese chico, creo que se llama Unai. Me siento algo mal al dudar de su nombre. Tiene su leyenda, soporta cierta carga, seguramente sea inofensivo, simplemente algo torpe. Decido acercarme a saludar. Probablemente logre ponerle nervioso, pensé, pero quizá también agradezca el detalle.
Cuando por fin se da cuenta de que me acerco, cuando gano ángulo de visión, se sobresalta y se mueve (¿tenía el bañador bajado?) de forma sospechosa.

Unai

–¿Unai? Unai… ¿te estabas masturbando?
–¿Eh? ¿Perdona?
–Nada… Es igual.
–¡No me estaba masturbando!
–Oye, es igual…, no importa. ¿Sueles venir tan pronto por aquí?
–¿Pronto? Son las cuatro de la tarde.
–¿Sueles venir a la hora de la siesta por aquí?
–A veces…
–Yo también… ¿Donde están tus colegas?
–No lo sé. No sé si vendrán luego.
–Irán a la playa.
–Sí, puede ser…
–¿No tienes miedo de que te roben el móvil, allí solo?
–¿Tú tienes miedo?
–La verdad es que no. Esta ciudad siempre está muerta.
–Yo creo que no. Sólo sabemos disimular.
–No voy a decir ahora mismo nada que te deje en mal lugar. Sería demasiado obvio.
–…
–¿Qué pasa?
–Estoy acostumbrado a la humillación, sé cómo funciona.
–Tienes razón, lo siento.
–Da igual. Dices que no vas a decir lo que no deberías decir, para no hacer daño, sin darte cuenta de que es justo lo que estás haciendo. Todos lo hacen.
–No sabía que te afectaba tanto. Tu fama.
–Puede que sea merecida.
–Pero no te ayuda.
–Eso es verdad, no es una ventaja.
–Creo que me bañaré. Voy un momento con mi móvil.
–Muy bien.
–Puede que no sea una buena idea.
–¿Va a venir a bañarse ahora?
–No soy una hipócrita respecto a la masturbarción, sé que todos lo hacen, que todas lo hacen, y desde luego yo lo hago. Hasta puede que Unai resulte más sincero al respecto, aunque haya sido de forma involuntaria.
–¿Qué hago si se me pone dura otra vez? ¿Se notará?
–Es mucho peor la gente que jamás muestra interés sexual, como si llegaran a casa y sacudieran la purpurina de sus alas.
–Vaya. Ahí viene.
–Es mejor que no me acerque mucho a él. Se puede charlar perfectamente con una distancia de seguridad. Sé que jamás me tocaría, pero no quiero que le dé un ataque.
–Quédate aquí quieto, mira hacia el horizonte, haz como que estás increíblemente tenso y cachondo pero no quieres que se te note. Eso se te da bien.
–Me gusta venir a esta hora.
–A mí también.
–Te vendría bien nadar, así aprovechas el baño.
–Te quiero.
–¿Cómo has dicho?

La casa vacía

Natalia no se corta, va de un lado a otro, hace preguntas.
–Creo que no he visto nunca esta casa a la luz del día. Es inquietante.
–Bueno. Tú has querido venir.
Fran sólo puede pensar en Unai, ahora se siente como debe sentirse la mayor parte del tiempo Unai.
–¿Dónde están tus padres?
–No lo sé. Me lo dijeron pero lo he olvidado. Normalmente se van a algún sitio que es exactamente igual que Sonora.
–¿En serio?
–Sí, huyen de la playa para ir a la playa. Y no creas que se van cerca, siempre es un viaje en avión, parece un requisito.
–¿En qué trabaja tu padre?
–No tengo ni idea. Durante muchos años pensé que era un mafioso. Ahora sé que está relacionado con la banca de inversión. Tuvo algún golpe de suerte y después supo rentabilizarlo.
–¿Y tu madre?
–Creo que de joven era muy idealista, habla mucho de eso. Con los años cada vez estoy más convencido de que logró su objetivo secreto: conseguir la pasta.
–¿En serio?
–Ahora se dedica a hacer planes. Hace planes sin parar. Viajes, encuentros, cócteles. Tiene amigas exactamente iguales que ella, de esas que no saben dónde está el limite del bronceado. Van todas por ahí como piezas de anticuario, con todo el óxido y una historia detrás.
Natalia y Fran suben escaleras e inspeccionan todas las habitaciones. Él describe, ella hurga.
–Me encanta esta casa.
–Pensaba que te inquietaba.
–Un poco, porque es enorme, pero me encanta, y me encanta cómo entra el sol por los ventanales.
–Todo eso es obra de mi madre, todo lo ideó ella.
–Ya. Por eso parece la casa de la Barbie.
–Justo por eso.
–Felicita a tu madre de mi parte.
–No, no pienso hacer eso. Querrá conocerte y embaucarte con su encanto de falsa Molly Brown. Mi madre aún cree que su humildad es lo que la define.
–¿Y qué es lo que la define?
–No lo sé. Un caja fuerte. La foto de un gatito… Puede que un gatito dentro de una caja fuerte.
–¿Y a tu padre?
–Mi padre es el que se pilla un cabreo cuando logra abrir la caja, y dentro sólo hay un puto gato.
–¿Se llevan bien?
–No es difícil. Con tanto dinero de por medio, cada uno hace su vida, yo hago la mía, y los ventanales hacen el resto.
–Entiendo.
–Oye, ¿y tus padres?
–¿Mis padres? Yo vivo en un adosado.

Ética

La tienda de golosinas cierra a las ocho y media de la tarde. Johnny ha llegado a pasar hasta treinta y cinco minutos dentro. La chica del mostrador abre un libro y se pone a leer, o a fingir.
Cierto día Johnny se da cuenta de que lo está haciendo todo mal. Y todo por no querer ser uno más, un pesado o un baboso. El silencio a veces tiende a ser peor. La ambigüedad no ayuda. ¿Qué debe pensar ella? Nada bueno. O quizá nada; eso sería una buena noticia. La indiferencia. A ese punto ha llegado la situación, cuando la indiferencia ya es algo bueno, una buena noticia. Me encanta esa chica: menos mal que pasa totalmente de mí.
Una vez ha comprado sus golosinas y ha salido del local, se ha puesto a esperar fuera, a una distancia prudencial. Quiere hacer algo, aunque le encantaría saber el qué.
Ella le ve mientras cierra la persiana y cumple con el ritual del final de la jornada. Está cansada y con ganas de largarse. Puede que con su novio. Una de las desventajas del silencio, es que imaginas la vida de las personas, niegas los obstáculos potenciales. Hasta que vas a dar el paso, y te das cuenta de que vas a hablar con un ser humano; con su bagaje y carga, con sus contactos, amistades y rollos. Una persona que podría tener pareja desde hace años, o (horror) incluso algún hijo, algún niño insoportable de tres años, inesperado, que llegó al mundo más por culpabilidad que por amor. Un niño que ella tuvo demasiado joven, y que ahora la tiene inevitablemente esclavizada. Es una de las pesadillas de Johnny, tener familia propia de un día para otro. Ni siquiera sabría cómo hablar con un crío, con una cría malcarada o un crío que le odia. Johnny sólo quiere echar un polvo, puede que ir por ahí emparejado, que le vean, que se vean sus progresos, poder chulear fingiendo humildad, tener novia y poder decir “mi novia” y follar como conejos a la menor oportunidad.
Johnny dice:
–Hola.
Ella dice:
–Hola… Te ha costado.
Más o menos un mes, puede que dos.
Ella sabe lo que pasa, pero lo sorprendente es que no parece inquieta, no le invade la pereza, aunque tampoco se muestre interesada. Quizá hay un punto de curiosidad.
–Bueno, me ha costado un poco.
¿Que edad tiene ella? Puede que cuatro o cinco años más que Johnny. Una veinteañera experimentada.
–Bueno…, ¿tenías algo preparado para decirme?
Claramente esto me supera, piensa Johnny. Está de vuelta, es probable que sólo esté intentando ser educada, haciendo un gran esfuerzo por no ser demasiado dura. Su voz suena cruda y directa, en contraste con su aspecto, blanca de piel, cara con forma de corazón, ojos grandes, verdes, pelo marrón tirando a naranja, manos de modelo de manos.
Y de repente Johnny piensa en algo: Es inseguridad.
Ella es tan insegura como tú, pero sabe que tú eres un poco más joven. Sólo un poco; pero intenta sacar partido a esa diferencia. Nosotros hacemos lo mismo con los más pequeños, piensa. Habla sin más, habla con ella.
–No tengo nada pensado, y no me he preparado nada para decirte.
–Bueno. Puedes acompañarme a la parada de autobús. Si quieres.
Caminan juntos, apenas hablan, y por supuesto no se tocan. La chica no es de Sonora, pero tampoco de Periferia, vive en un pueblo a veinte minutos, Debián de Fedora.
Johnny se queda con ella a esperar el autobús. Por algún motivo, piensa: esto es de lo más ético. Averigua que sólo tiene tres años más que él, que no tiene hermanos y que fantasea con matar a sus padres. No huele a novio. Puede que sí a pretendientes. Es probable que esté acostumbrada a tratar con pretendientes, aunque Johnny espera que no, espera que lo que está viviendo no sea sólo rutina para ella, o una anécdota que luego contará entre bostezos.
El autobús llega, se abre la puerta con un suspiro tosco. Ella se llama Mabel. Dice:
–¿Mañana vendrás a la tienda?

Yago desencadenado

–¿Qué creéis vosotros? Podéis preguntarme lo que queráis sobre dormir o beber agua. Mi tío tuvo piedras en el riñón, y también estuvo cinco años con con problemas graves de insomnio. Mi hermana es gilipollas. Te juro que me da vergüenza, puta vergüenza, es como hiedra venenosa. Hay gente que es mala de verdad, lo tienen en la sangre, y la tengo que aguantar cada día. Si alguien habla de lo que nos queremos en el fondo sólo por ser hermanos, me dan ganas de hundirle a esa persona los ojos con los meñiques, haciendo pinza con las dos manos. Creo que entiendo a los psicópatas. No a los psicópatas, pero sí a los maltratadores, los asesinos pasionales, los que pierden los nervios, los que no supieron contar hasta diez. Pienso mucho en ello. En esa gente que se pasa años o toda la vida en la cárcel. Es verdad que se jodieron la vida, pero creo que experimentaron un alivio previo que las personas normales jamás experimentaremos. Coger al objeto de tu odio y torturarlo, matarlo, hacerlo trizas. Imaginaos esa sensación, incluso aunque después os derrumbéis y os deshagáis de puro arrepentimiento. Pero imaginad poder dar salida a todo ese odio, hacer que alguien pierda la vida como siempre has querido. Pienso en estas cosas todo el tiempo, y luego a veces me siento fatal, porque sé que soy incapaz de tocar a nadie, joder, hasta evito pisar a las putas hormigas. Pero pienso todo el tiempo en torturar a mi hermana, que chille como un cerdo pidiendo ayuda, que pase días sufriendo, cuchillos, electricidad, clavos, material mecánico y de carpintería. Pienso en ella cada vez que noto el olor de la madera o el metal. Y luego intento recordar cuando era una niñita, un bebé inofensivo, un ser vivo, alguien que merece una oportunidad, que en el fondo no es como se muestra. Pero el sentimiento negativo es tan poderoso, es lo más intenso que he sentido nunca. Y está claro que necesito follar.
Unai, Jonnhy y Fran han estado asintiendo todo el tiempo, mirando el móvil por momentos. Yago después ha vuelto a su casa, al llegar ha pasado por delante de sus padres y su hermana sin decir nada. Se ha metido en su habitación y ha tomado una decisión. Voy a buscar porno, me voy a desnudar y me voy a hacer una paja a placer. Si alguien sube y abre la puerta, que vea lo que tenga que ver.
Que se jodan.

Silvia (5)

He cateado el examen práctico. Creo que he ido demasiado rápido (con el proceso, no con el coche). He querido sacudírmelo de encima, convertirlo en una pequeña molestia. Ahora me imagino cateando una y otra vez, convirtiéndome, con el tiempo, en la señora que ha hecho el examen sesenta veces, pero que aun así no tira la toalla. El puto hazmerreír de algún programa de variedades, donde se disfraza el contenido basado en el ridículo ajeno de fuerza de voluntad y ternura. La señora que se ha gastado la mitad del dinero de su vida en la autoescuela. No ceja en su empeño. Un modelo a seguir.
He comenzado a verme con Unai. Parece extrañamente ausente cuando estoy con él. Creo que actúa, intenta mostrar su lado más indiferente. No es que muestre indiferencia hacia mí, creo que simplemente intenta que lo nuestro no sea demasiado intenso, como si tuviera miedo del momento en que llegue la caída. Como si estuviera seguro de que me va a decepcionar.
Quiero follar con él, pero no sé cómo insinuarlo con delicadeza. Puedo ser delicada, pero hablamos de Unai. Unai convive en conflicto consigo mismo y su erección, una erección descontrolada que aparece en cualquier momento o circunstancia. Intenta colocarse la polla hacia arriba para no hacer tienda de campaña, pero ya es demasiado tarde. Sabe que me doy cuenta. No es nada malo, y desde luego a mí me da igual, pero a él no. No debo verbalizarlo. Creo que de eso va la delicadeza, no de imponer tu idea de la delicadeza, sino de tener en cuenta lo que puede incomodar según con quién estés. Hay gente a la que parece darle igual todo, y otra que es extremadamente sensible; funcionales y puede que hasta aparentemente fuertes, pero con un radar muy bien calibrado en lo relacionado con tu trato con ellos: lo que dices, lo que quieres decir, lo que no dices, o qué habrás querido decir. No es que quieran parecer humana o perceptivamente perfectos como un tuitero cualquiera, simplemente a veces ven hogueras donde sólo hay chispas a menudo involuntarias. Derrapas y la pastilla de freno se pone al rojo vivo. Hay que tener cuidado con eso.
Con todo, nunca tendré tanto cuidado con él como él lo tiene conmigo. No hablo de caballerosidad o del típico pesado que te pregunta si estás bien cada cinco minutos. Hablo de detalles, de quien está pendiente para sujetarte antes de que caigas.
Vamos juntos a la piscina, a horas endemoniadas, acariciando la insolación. Pasa por mi casa y toca el timbre rápido dos veces. Creo que le aterra la idea de tener que saludar a mis padres, así que procuro salir enseguida y evitar situaciones incómodas. Creo que sabe que me gusta, aunque sobre todo parece satisfecho con la idea de que yo sepa cuánto le gusto.
Creo que para él todo esto es un gran paso. Para mí desde luego lo es.

2001: Una odisea del espacio

Cuando Yago ve a un tío hacer o decir algo absurdo o complicado delante de una chica, indefectiblemente piensa: Lo que hay que hacer para echar un polvo. Y piensa en ese tío como alguien patético, mentiroso, deshonesto, hipócrita. No quieres hacer que ella se ría, ni “compartir tiempo” con ella, no te interesa el puñetero teatro ni ir a ver esa exposición seca y conceptual. Todo eso es una puta fachada, tío, fría y aburrida. Lo que quieres hacer es follarte a esa tía, quizá un puñado de veces. Y luego volver a empezar.
Capullo.
No engañas a nadie.
Natalia mira fascinada la pantalla mientras Fran intenta ubicarse. Johnny ha invitado a venir a Mabel. Unai parece comentar la película con Silvia, luego ambos deciden que es una mala idea: hay películas que se comentan y otras que se experimentan.
Yago conoce el trasfondo, conoce la obra; los libros y las películas están mas cerca de humanizarle que cualquier persona que conozca. Ahora sus colegas están emparejados, o intentándolo: un cliché, pero un cliché efectivo para funcionar, para soportar la vida. Lo entiende, lo comparte, pero no por eso deja de irritarle. Las relaciones sentimentales de pareja sólo funcionan de puertas para dentro, al menos las monógamas, y la poligamia a Yago sólo le parece otro artículo pedante e interminable de revista digital. La pedantería mediante la humildad y la supuesta tolerancia. Una moda férrea, cíclica, siempre vuelve. Yago llora con el último tramo de la película, con su valentía inherente, su casi bravuconería artística, su honestidad brutal (DEJA DE DARLE VUELTAS, IMBÉCIL). Y sobre todo por esa fascinación que le produce la idea del espacio, lo maravilloso que puede llegar a ser sentirse tan pequeño e ignorante, aunque sea por la vía del terror. El desconocimiento de lo que pueda haber ahí afuera, es belleza pura. La cara se le desencaja al prota de 2001, yendo hacia donde nunca ha ido nadie. El cine demuestra para Yago que las preguntas siempre serán mucho más importantes que las respuestas, aunque sólo sea porque las respuestas son a menudo mera teoría. Hay algo profundamente inteligente en el hecho de saber formular una buena pregunta, y otro tanto tramposo y simplista en la pretensión de que tienes la respuesta. Se fija en sus amigos, y todos miran hacia la pantalla. Se limpia los ojos con el dorso de la mano. No quiere que le vean llorar, aunque luego sepan que lo ha hecho.

Es el cine al aire libre de Sonora. Hay un tío cerca que no deja de explicarle la película a su ligue. Conoce a ambos de vista. Intenta impresionar a la chica, no le concede la más mínima oportunidad de ver la película por sí misma, da por hecho que es tonta del culo. Da por hecho que el cine es un puto crucigrama esperando a que lo resuelvas.
Yago se imagina levantándose y dándole una respuesta en la cara a ese gilipollas.

Hail to the Thief

Natalia y Fran entran en una de las grandes estancias de la Barbie, con la película aún cavando túneles en la mente. Natalia nunca la había visto, Fran había picoteado de ella por televisión, pequeños trozos entre segmentos eternos de publicidad. Imposible lograr el efecto inmersión. Por eso, dice Fran, a la gente le interesa sobre todo la trama de las películas, en televisión es casi imposible ir más allá. Después de cuatro interrupciones publicitarias y dos visitas al baño, te puedes dar con un canto en los dientes si sabes quién es el asesino. Y más vale que haya un asesino, un engranaje, o la peli será crucificada por el publico televisivo.
La estancia está desprovista de muebles. Fran prepara dos sillas cómodas de jardín y conecta su móvil a un altavoz.
–Esta es la habitación Radiohead –dice.
Abre unas puertas dobles que dan a una terraza, pero sobre todo a las afueras de Sonora.
Básicamente un paisaje llano y nocturno de luna llena. Y le da al play.
–Mi disco favorito para la habitación Radiohead es Hail to the Thief.
–¿Por qué?
–No lo sé. Porque la primera vez que se me ocurrió darle uso a esta habitación, puse este disco. Y ahora persigo todo el tiempo esa sensación.
Se sientan y escuchan el disco. El aire de madrugada sigue siendo cálido. La habitación tiene buena acústica, por eso es importante para Fran no salir a la terraza. Basta con ver el paisaje recortado por el ventanal. Basta y sobra en la casa de la Barbie.
–A veces, sólo a veces –dice Fran–, imagino que suena el teléfono de madrugada. Que lo cojo y que me habla una voz desconocida. Una voz desconocida que parece hablar con cierta rapidez y a la vez gravedad. Alguien que no quiere que le cuelgues porque tiene algo demasiado importante y jodido que decir. La voz me dice que los motores del avión de mis padres han cerrado el chiringuito en pleno vuelo sobre el océano. La voz dice que mis padres han muerto junto al resto de pasajeros, más de doscientos.
–Joder.
–No. No es tan malo, porque entonces empiezo a pensar en todo el dinero, en que estoy solo y en que mis tíos y primos viven lejos y nadie va a preocuparse de verdad más allá de quizá venir a los funerales. Y pienso en todo el dinero que tendré y en que podré hacer literalmente lo que me dé la gana. Algo muy parecido a ahora, la verdad, pero sin las pequeñas molestias de ahora.
–Ya.
–Lo que pasa es que sé que si sucediera de verdad, no sería así, seguro que sería un follón, habría imprevistos, problemas que desconozco, jodiendas, y seguramente vampiros que vendrían a chuparme no precisamente la polla.
–Ya. Los vampiros no hacen eso.
–Estoy pensando en voz alta, perdona.
–No, está bien.
Suena Backdrifts; no es tranquila, no es tensa, aunque sí parece nocturna, adecuada. Fran tiene planes. Todo va según los planes.

Debián de Fedora

Johnny despierta sin saber dónde está. El bulto a su lado respira. El sol entra cegador por la ventana, ayer no cerraron la persiana. Los recuerdos comienzan a llegar, apelotonados. Discutiendo con sus padres porque va a pasar la noche fuera, haciendo autoestop con Mabel. Luego en el camión de un tipo raro, apestoso. Luego vagando por Debián de Fedora. Los padres de Mabel están en el pueblo de los padres de la madre de Mabel. Mil kilómetros. Mabel tiene la casa para ella sola.
Luego se acostaron y follaron, y después fumaron, y Johnny dijo:
–Me llamo Luis.
El sol por la mañana es una patada en el culo. Aunque sólo sea por asociación. Johnny suda sobre las sábanas. Pero se siente lleno, excitado, desahogado, el corazón y la cabeza saciados. Tiene una erección matinal. Piensa en la peli, le sorprende tenerla aún tan presente, tanto como las tetas de Mabel cuando le montaba. La vista se le acostumbra al día. Mabel respira pesadamente, aún duerme profundamente. El móvil dice que son las diez de la mañana. Demasiado temprano después de trasnochar.
Se incorpora y vaga por la casa. Es pequeña, pero no está nada mal. Paredes gruesas y una terraza en el segundo piso. Abre la nevera, muy nutrida. Duda sobre si prepararse el desayuno. Se sienta en una silla en la terraza. Siente presión por un instante, sabe que tiene que saborear el momento. Es de lo más raro sentirse presente en el presente. A gusto en el presente. Habitualmente, incluso cuando es sábado, percibes la amenaza latente del domingo y el lunes, sólo vives en la rutina del sábado. Raramente el futuro y el pasado te dan tregua; te suelen bombardear a razón de una punzada por minuto. Cómo coño hice eso ayer, qué mierda haré mañana, esta semana debería pasar volando… Siempre tirando hacia delante del tiempo, huyendo, el presente casi nunca es un buen lugar para vivir. Por eso cuando lo es, y si además eres consciente de ello, no debes beberte eso de un trago.
Johnny decide vestirse, buscar papel y lápiz y dejar una nota.
He ido a ver el pueblo, no quería despertarte, vuelvo en un rato.
Las calles son estrechas y hay una plaza. Lo invade todo ese olor que no se percibe en una ciudad, algo así como la huerta, el abono, la hierba, ovejas, frescura y crudeza. Es un pueblo con espíritu de interior, aunque el mar esté a un pisotón de acelerador.
Johnny se sienta en un banco de la plaza. Hay una panadería, una tienda de comestibles, una cafetería. La cafetería tiene una terraza. Quizá haga bien en desayunar. Ella no parece de ese tipo de personas que necesita hacerlo todo con su pareja, o su medio pareja. No parece una sentimental en el peor sentido, ni mucho menos una lapa que deja de hacer cosas sola cuando conoce a alguien.
Después, mientras está engullendo un cruasán y un café con leche, Johnny ve a Mabel entrar en la plaza. Decide no hacer ningún gesto, ella enseguida le verá. Cuando lo hace, se acerca, sonríe somnolienta.
–Si siempre duermes tan poco, vas a desayunar solo toda la eternidad, caballero.

Silvia (6)

Unai se ha pasado todo el día hablando de la película. Le brillaban los ojos, aunque hace días que le brillan los ojos. Creo que le incomoda y a la vez le enorgullece que la gente nos vea juntos. Le incomoda porque cuando la gente ha decidido reírse de ti, convierte cada nuevo movimiento que hagas en un nuevo chiste. Si te vas: un chiste. Si vienes: un chiste. Si te echas novia: un chiste. Si ganas el nobel: un chiste. Lo peor es que no es nada exactamente personal, no son malas personas, pero eso no convierte los chistes en homeopatía social. Ni siquiera son chistes, eres un saco de boxeo y ellos son todos socios activos del gimnasio.
La parte que le enorgullece de que nos vean juntos, es la cruda realidad. Amigos y amigas del pueblo: Unai y yo follamos a todas horas. O al menos lo haremos. Lo hemos hecho ya dos veces, ayer por la noche y hoy por la mañana. Puede sonar superficial, pero el orgullo a veces funciona así, no tanto por lo que a ti te haría sentir orgulloso como por la envidia que despiertas.
Y la envidia sana es un mito.
Freír a envidia a esos idiotas es un placer a varios niveles. Para humillar a la gente más básica, por desgracia hay que rebajarse a su nivel. Y la mayoría son tíos, yo conozco a muchos, de todas las edades y condiciones. Muchos han intentando hablar conmigo, han intentando llamar mi atención, me han invitado a beber sin mi permiso, me han incluido en su ronda, me han mensajeado, hasta alguno que otro me ha mandado la foto de su polla. Conozco a esos tíos, son hipocresía con patas, la mayoría inofensivos individualmente y unos borregos rancios y salidos en grupo. Por no dar, ni siquiera saben dar miedo. He visto a algunos de ellos cambiar de acera cuando nos cruzamos de noche en alguna calle. Toda esa valentía del bocazas abrazado al bocazas. Unai no está más salido que ellos, y desde luego no es un cabeza cuadrada como ellos. Unai sólo ha tenido la mala suerte de ser Jason Biggs en American Pie.

(Quería ser elegante y ni tan siquiera escribir sobre esto, pero creo que ahora entiendo un poco mejor la desgracia logística de Unai, esa tendencia a llevar tan visible la tienda de campaña. Sin más: La polla de Unai es como el brazo de un bebé…)

Un plan

Ha surgido (rugido) algo, piensa Yago. Huele los mensajes cruzados, las señales, las pistas, las obviedades. El agua pestilente, arrastrando barro, casas y niños muertos no tarda en llegar a su ordenador. El plan en grupo. A Yago se le sella el culo cuando la planificación se come a bocados la espontaneidad. El rugido entre la maleza, el agua retirándose de la orilla. La amenaza de un buen día con los amigos y sus novias.
Johnny le dice que que si se apunta. Johnny y Mabel le parecen los más enrollados. Natalia y Fran son una especie de ecuación emocional, cerrados sobre sí mismos y en un constante bukake de pajas mentales. Y Silvia y Unai acaban resultando una combinación demasiado guay, se pasan de molones, ¿el salido oficial con la tía buena oficial? Venga ya.
Pero Johnny y Mabel son menos ruidosos en todos los aspectos, más abiertos, más relajados, y sobre todo más independientes el uno del otro. No necesitan estar constantemente juzgando la situación en base a si eso les va a separar durante cinco putos minutos.
Es obvio que no puede negarse, de modo que le dice a Johnny que sí, pero ¿dónde ha dicho que vamos?
Johnny le da toda clase de detalles, pero Yago se queda más o menos igual. Parece ser que el lugar es montañoso y hay cataratas y rincones verdes en los que esconderse a cagar. Parece ser que el lugar es precioso, está lejos de la playa y hasta han pensado en tiendas de campaña y pasar la noche allí. Excesivo a todas luces para Yago, que se imaginaba poco más que una excursión, un bocadillo y como mucho un atardecer.
Irán en sólo tres días, y Yago se deja llevar justo antes de dormir. Justo antes de dormir necesita pensar, fantasear, a veces poetiza, pero sólo a veces. Deja volar la imaginación y se ve matando o torturando, y no solo a su hermana. Lo fácil que sería joderles a todos en esa puta montaña, de madrugada. Puede que provocando un incendio, no podrían apagarlo con putas cantimploras. O podría rebanarles el cuello, uno a uno, sería emocionante, ir de tienda en tienda, degollar sin que la pareja de turno se entere, y luego degollar a la pareja, y después: la siguiente tienda. O podría agenciarme ácido, algo jodidamente corrosivo, y comenzar por Silvia y Unai, primero la polla de Unai, luego la cara de Silvia. Desfigurarles, quizá sea peor que la muerte, es una buena idea, una maravillosa mala idea.
O quizá podría comprar regalos para todos, un día especial, sin que sea el cumpleaños de nadie. Eso sería bonito, piensa Yago, pero ni de coña, y se le cierran los ojos.

Siesta

–Ahora me da pereza lo de mañana –dice Natalia.
–Si quieres no vamos.
–No, no hagas eso.
–El qué.
–Actuar como un novio atento. Eso es un puto aburrimiento, Fran.
–Yo quiero estar contigo, me da igual si en el bosque o aquí.
–Sigues haciendo eso.
–¿No funciona así?
–No digo que no funcione nunca así, pero lo prefiero como subtexto.
–Ajá.
–Despotrica o di gilipolleces si te apetece, lo último que quiero es una especie de novio moderno de diseño, castrado y sutilmente servicial.
–¿Entonces qué hacemos?
–Me da igual, vamos a ese sitio, sólo pensaba en voz alta. Siempre me da pereza hacer algo el día antes de hacer algo.
–A mí también.
–¿Sigues haciendo eso?
–No, te juro que ahora estaba siendo sincero.
–A veces me pregunto si piensas en Silvia.
–¿Ahora tengo que ser sincero?
–Sólo tienes que ser una persona, deja de pensar en términos absolutos.
–En Silvia…
–Todo el mundo piensa en ella.
–¿Tú crees ?
–Hasta yo pienso en ella, y soy asquerosamente hetero.
–Antes pensaba más en ella.
–En parte es divertido, poder focalizarse en otra persona.
–No lo sé, es tu amiga.
–Sí, y la admiro. Lo que muchos no saben es que no sólo es más guapa de lo normal, también es más lista.
–No deberías rebajarte.
–Otra vez haces eso.
–Qué va.
–Sí. El que yo hable así de ella no choca con la idea de que tú estés conmigo. Sólo pensaba en voz alta.
–Ya…
–Otra vez parezco complicada.
–No. Es verdad…, es el piloto automático.
–Exacto. Se puede hablar de las cosas sin hacer asociaciones automáticas, no pasa nada.
–No sabes cuánto me gustas.
–Eres gilipollas.

Previa

Una de las recompensas de Mabel a Johnny por sincerarse con lo de su nombre real, es seguir llamándole Johnny. Follan en medio del proceso de preparación del viaje del día siguiente. Los padres de Johnny les pillan y sucede lo peor según la opinión de Johnny: no sólo no le abroncan o se incomodan, sino que lanzan miradas de comprensión. Una especie de reconocimiento por la entrada de Johnny en la vida adulta, o al menos en uno de sus ámbitos. Lo cual resulta irritante, porque Johnny sabe que si algo quieren sus padres, es que él se convierta en una replica de ellos. No es por el sexo, es por el principio de un proceso. Mabel se viste sin gran problema y les sonríe. No se disculpa, nadie lo hace, la vida sigue en marcha, otra generación más, y parece que previsible. Con el sexo también se tienen hijos. Con sus mochilas y bártulos, se marchan por la tarde a Debián de Fedora, a dormir en la versión oficial. Los padres de Mabel siguen fuera. Se pasan la noche hablando, fumando y follando todo lo que da el pene de Johnny. Por la mañana, sábado, marchan de la mano del GPS en el coche de segunda mano de Mabel, que conduce de forma brusca, incluso violenta.
A medio camino, paran de forma innecesaria pero placentera en un bar de carretera. Desayunan de forma abundante, al estilo pre-pedos asquerosos y sonoros eructos.
Mabel, durante los cafés, le resume a Johnny la historia de sus padres.
–Es Pretty Woman al revés. Cuando cuento la historia, o bien la gente no se la cree o bien se ríen de forma incómoda. Si se la cuentas a los demás, te envenenaré, ¿entendido?

De camino

Natalia, Fran, Silvia, Unai. Yago. Natalia conduce el coche de sus padres, Fran va de copiloto. Yago se encoge atrás junto a Silvia y Unai. Pero junto a Unai. Ambos saben que es mejor no estar tan cerca de Silvia si te gustan las mujeres. Unai luce una vigorosa erección, pero nadie hace comentarios al respecto. La polla parece intentar reventar la bragueta. Cada grupo de amigos se acostumbra a sus propios paisajes. Unai aún no se ha acostumbrado a Silvia, luce casi permanentemente ruborizado, calcula cuándo mirarla y cuándo no, piensa en el siguiente beso y cuándo será el momento adecuado. Antes pensaba en sexo a todas horas, ahora se centra más en la “logística” sentimental que lo rodea; el sexo sigue estando en el centro, pero el ritual, a diferencia de antes, ya no consiste sólo en bajarse la bragueta.
Natalia dice que ha dormido mal y Fran comienza a hacer preguntas y a preocuparse. Unai habla de 2001. Silvia dice que se quiere bañar en el río, si es que hay un río.
Yago dice:
–Conozco una historia sobre el sitio al que vamos. Una vez fueron a ese bosque cuatro chicos y se perdieron. Los padres lo denunciaron y comenzó todo el proceso de búsqueda y ansiedad parental. No sé por qué, pero nunca me dan pena los padres cuyos hijos se extravían, sobre todo cuando veo cómo reaccionan y cómo se sulfuran. No me parece que estén desesperados exactamente por haberlos perdido, más bien parecen profundamente descolocados por la vergüenza de haber deseado en silencio muchas veces que eso pasara, para poder recuperar sus vidas, como si las circunstancias les hubiesen ayudado a corregir el error garrafal de la inercia de tener hijos, y ahora no tuviesen claro qué era lo que querían. ¿Querían tener hijos o sólo se dejaron llevar? Y no lo saben, y eso es lo que creo que les martiriza, una guerra interior, una guerra lacerante de cojones. Puede sonar a estupidez, pero creo que hay mucho de eso. No encontraron nunca a esos chicos, fue en los años noventa. De todas formas ahora esa generación esta toda perdida, los que no en un bosque, en la cuarentena.
–Si yo me perdiera –dice Fran–, mi madre actuaría como si fuera una telenovela, llevándose el pañuelo blanco al rabillo del ojo, procurando dar el lado bueno a cámara. Y me imagino a mi padre dando los buenos días con energía a los equipos de búsqueda, haciendo que todo el mundo se extrañara por su vigor.
Natalia dice:
–Mis padres se vendrían abajo, pobrecitos. Pero a la vez hay algo irritante que sospecho que pasaría. Son de temperamento excesivamente optimista, y creo que se recuperarían en cuestión de semanas. Se mudarían o volverían a pintar las habitaciones, y en tres o cuatro meses mi madre comenzaría a hincharse otra vez. Aún puede. No sería tanto mi desaparición como la oportunidad de volver a empezar.
–No es lo mismo que desaparezcas a que desaparezcas y encuentren tu cadáver –dice Unai –. Si yo me perdiera y encontraran mi cadáver, mis padres no lo podrían soportar. Apuesto por el suicidio de mi madre y por la viudez solitaria hasta la muerte de mi padre. Cualquier otra cosa significaría que no les conozco.
–Mis padres –dice Silvia–, si yo muriera, creo que antes que nada verían una lista inacabable de deberes vitales que yo ya no podría hacer. Mi muerte sería antes que nada una irresponsabilidad, aunque sólo fuese por unos instantes. Luego no tengo ni idea de cómo reaccionarían, pero ya no tendrían más hijos, y no creo que ni de broma adoptaran. Para mi padre la sangre es igual que para un vampiro, no puede prescindir de eso.
Yago dice:
–No sé qué coño harían mis padres, sin embargo os podría decir qué haría mi hermana si yo muriera. Pero no lo voy a hacer.

Hacia rutas salvajes

El verano comenzó lento, pero luego pareció acelerarse. Ahora el grupo camina entre la maleza, un paisaje cada vez más hostil, cerrado, sombreado por árboles que ni entienden ni les importa su propia magnificencia. Yago comienza a pensar en voz alta sobre su hermana. Otra vez. Dice que ha estado sopesando seriamente la idea de matarla, aunque no se lo quería reconocer a sí mismo. Insiste hasta que Silvia dice:
–Tú no eres así. Te he visto apartar gatos callejeros de la carretera. Lo que hacen con los gatos los psicópatas es meterlos en una mochila y acuchillarlos. Ese sería el paso previo lógico a matar a tu hermana.
–Tú no la conoces.
–Eso no importa, hablamos de ti.
–Perdonad, pero si os digo la verdad –dice Unai– creo que era menos incómodo cuando os reíais de mi erección.
–No lo sé –dice Fran– pero que hables de ello de golpe ahora sí me parece incómodo.
–Yo conocí, entre comillas, a un chico que siempre la tenía dura –dice Mabel–, pero yo no sabía de qué iba el asunto, él tenía treinta años años y yo seis. Se quedaba mirando en la puerta del colegio. No os lo vais a creer, pero un día una de las madres habituales le contactó y quedó con él. Una noche fueron a una habitación de hotel y la tía le cortó el pene con una navaja de barbero, le robó el móvil, cortó el cable del fijo y atrancó la puerta.
Natalia dice:
–Qué asco.
–Yo ni me enteré de lo que pasaba, me lo contaron cuando fui más mayor. El tío se desangró, la tía y el marido (que era barbero) acabaron en el trullo. Parece ser que se investigó a fondo y el tipo ni siquiera era pedófilo. Sólo era novio de una de las profesoras; pero no hablaba con nadie, era cerrado, introvertido.
–Así que supongo que debería asegurarme de ser extrovertido –murmura Unai.
–Nunca sabes cómo de peligrosos son los miedos y los prejuicios de los adultos, y me refiero a la gente con bagaje (todos el mismo), supuestos vínculos emocionales y cosas que perder; un coche nuevo, hijos… Puedes detectar o esquivar más o menos a los sociópatas, pero es imposible frenar a lo que llaman gente normal. Cuando la gente normal decide la destrucción de algo o alguien, no hay absolutamente ninguna reputación o vida que pueda soportar eso. Un día crees que sólo le estás poniendo los cuernos a tu novia, y al día siguiente mueres desangrado en la cama de un hotel. Tu polla y tus huevos pudriéndose, y no contigo, sino a tu lado.
–¿Los huevos también? –pregunta Unai.
–No lo sé, sólo lo adornaba.
Los ruidos de los animales parecen cada vez más histéricos y agudos. Han escogido adrede una ruta poco transitada.
Johnny y Unai hablan de la envidia que les provoca el astronauta de 2001, solo, lejos, pero a la vez viendo lo que nadie ha visto, yendo más allá, literalmente, peleando con fuerzas auténticamente desconocidas, y no con problemas que ya ha tenido absolutamente todo el mundo antes que tú.
Las conversaciones se cruzan y mezclan, se cocinan ofreciendo un plato más variado de lo habitual, surgido de la ampliación de un grupo de amigos. Se han incorporado chicas, y con ello nuevos ángulos de visión y percepción.
Se cruzan con un grupo de cuatro chicos. Parecen tener prisa, parecen lívidos y no hablan entre sí. Uno de ellos está a punto de decir algo, pero otro le pega una patada en el culo. No ríen, no bromean como esperarías de un grupo así, no ejercen. No saludan, aunque esto no sería tan raro si no fuese por todo lo anterior. No tienen pinta de ir a ningún sitio, sino más bien de venir de él.
Nadie comenta la jugada excepto Natalia, con un solo susurro:
–Extraño.
A pocos metros ven a tres chicas sentadas en la rama gruesa de un árbol de apariencia deforme, como si hace mucho tiempo lo hubiese impactado un rayo. Los pies de las muchachas casi llegan al suelo. Parecen rondar los treinta años. Ellas sí saludan. Dos son delgadas (una rubia y otra morena) y no parecen ataviadas para la ocasión, la otra es más gordita y luce ropa deportiva y unas zapatillas adecuadas. Sus mochilas yacen juntas entre la hierba alta. Beben de una cantimplora y parecen comentar la jugada. Natalia se detiene después del saludo mutuo, y les pregunta:
–¿Habéis visto pasar a cuatro chicos?
–Sí –dicen la rubia y la morena, casi al unísono.
–¿No os han parecido raros?
–No –otra vez la rubia y la morena.
–A mí sí –dice la chica gordita.
–¿Verdad que sí? –dice Natalia.
–Sí. Estaban muy callados, evitaban mirarnos. Sí que me han parecido raros, pero no creo que lo sean, creo han visto algo en el bosque, o al menos creen que lo han visto.
–Pues yo no he notado nada –dice la morena–, ya hasta agradezco cuando un tío pasa a mí lado y no me suelta una guarrada.
–Yo tampoco he notado nada –asegura la rubia–, y es verdad, si paso al lado de un tío me conformo con que no me diga nada, me da igual si está asustado o si se ha cagado encima. Ni le miro.
–Son unos cerdos, seguro, como todos, seguro que ahora están diciendo porquerías de nosotras.
–Ahora que no les oímos, seguro, machirulos de manual, eso no falla.
–Siempre estáis con la misma mierda, ¿no? –les interrumpe la chica gordita. No parece en absoluto una reacción espontánea o a la ligera, habla como si llevara mucho tiempo callándose. Parece aprovechar que tiene público. No le importa provocar una sensación de exageración o desubicación. Explota–. Qué mala suerte tenéis siempre, ¿verdad? “Oh Dios mío, los chicos siempre me dicen cosas, madre mía, pobre de mí…”. Para empezar eso es mentira, me he pasado media vida con vosotras y puedo contar con los dedos de una mano las veces que os han dicho guarradas por la calle. Para seguir: no me dais ninguna pena, no os acosan, obviamente no estáis oprimidas, nadie os impide hacer nada, tomáis la elección que queréis siempre, y vuestros papás, que no son tampoco precisamente víctimas del sistema, os lo han dado todo hecho. Os habéis quejado ya muy por encima de los baches que os han puesto en la vida, que, por cierto, ¿qué baches os han puesto en la vida?, ¿madrugar?, ¿tener que esforzaros para lograr algo como todo el puñetero mundo? Y para acabar: A mí en mi puta vida me han dicho nada por la calle. Literalmente nada, ni bueno ni malo; nunca he tenido que preguntarme qué piropos son aceptables y cuáles no, o si deberían prohibirse o no. Porque jamás nadie me ha mirado por la calle, ni para bien ni para mal. El primer tío que me tocó fue a los veinticinco años, y fue tras haber ido yo detrás de él durante semanas. Así que si me disculpáis, si vuestra honorable causa me disculpa, estoy hasta los ovarios de vuestra mierda de discurso narcisista, pijo y egomaníaco de niñas bien acomodadas que se quejan de que el sirviente transexual no les da las uvas y el champán como debiera. Y otra cosa: me revienta vuestra puta condescendencia. Yo soy la que siente y decide respecto a mi cuerpo, y si creo que debo comer más o por el contrario debo perder treinta kilos, es mi puñetero problema. Enteráos de una vez: no sois ni más originales ni mejores que nadie, tenéis sólo una pizca de razón, como todo el mundo. Dejad de usarme como a todo lo demás para reforzar vuestra mierda de doctrina.

Dejaron a las chicas discutiendo, ya no atendían ni escuchaban, tampoco entre ellas. Por un momento se les olvidó lo que les estaba empezando a preocupar. Qué habría bosque adentro. El tema de discusión que dejaron atrás era tan interesante como ya pesado y tedioso, y no le dedicaron ni un segundo.
Siguen caminando, y poco a poco se enfría la anécdota, las dos, tanto la de los chicos pasmados como la del desencuentro de las chicas. Sólo el bosque, algunos claros, los ruidos de insectos y animales. El cielo parcialmente nublado, el olor a tierra mojada, y un murmullo, quizá una catarata no muy lejana. Se hace un silencio agradable que rompe Johnny;
–¿Os acordáis de Michael Cera? Aquel camarero del Coco Sweet que nunca te servía lo que le pedías, que tenía pinta de universitario en un curro de verano. Que no se enteraba de nada y tenía esa pinta a lo Michel Cera, delgaducho, pálido, pero sin la gracia de Cera. Siempre me acuerdo de él cuando algo va mal, cuando suspendo un examen o…
–Ese chaval era como un recordatorio de la mortalidad de todos –dice Fran.
–Siempre dudé sobre si realmente era universitario o si aquel era su curro sin más. Pero da igual. Me imaginaba a mí mismo con esa cara de capullo, perdido y amargado en cualquier curro en el futuro.
–Yo me acuerdo de ese chaval –dice Silvia–, tenía pinta de acabar usando una katana con sus padres. Creo que ya no tenía edad de universitario.
–Pues me da un miedo que te cagas dar alguna vez la impresión que me daba él a mí.
–Y qué sabemos –dice Unai, no muy confiado–, a lo mejor estaba bien, era sereno, quizá ahora está de puta madre, gana pasta y…
–No lo creo.
–Joder… Yo le conocí. –dice Natalia–. Una tarde me dejó su número de teléfono bajo el papelito de la cuenta…
»Tenía veinticuatro años. Yo no sabía qué hacer, y me jodía tener el número y no zanjar el asunto. Si no llamaba, luego me sentiría incómoda en el Coco. Aunque no fuera yo sola, acabaría yendo con gente. Le acabé llamado, en plan “oye, ¿tú dejaste un número de teléfono con la cuenta ayer?”. Me dijo que sí, casi parecía arrepentido.
–Ahora me cuadran algunas cosas… –murmura Silvia.
–La verdad es que era más o menos lo que parecía. Tímido, callado, torpe… Ni siquiera era un chaval de dieces, asocial pero extremadamente bueno con los estudios. Tenía lo suficiente para llegar al final del día. Y también tenía un secreto… Yo no había follado nunca, apenas me había besado con nadie, pero él tampoco. Nos vimos unas diez veces, aunque me aburría bastante con él. La última fuimos a su casa. Su habitación parecía la de alguien que acabara de llegar de mudanza, como si aún faltaran cosas. Las paredes vacías, apenas un escritorio, algunos libros de texto… Dudo que ni tuviera porno en el ordenador.
»Decidí que era inofensivo, y que sería tierno hacerlo con él. Estábamos en igualdad de condiciones, creo que sobre todo era eso lo que me gustaba. Después de magrearnos, él se decidió y se bajó los pantalones. Llevaba unos boxers enormes, adaptados, y tras dudar casi un minuto, se los bajó. Ahí estaba el secreto.
–No jodas –dice Silvia.
–Os juro que al principio creía que era otra pierna. Era absolutamente imposible. Imposible a un nivel logístico, no sé si me explico. No entendía cómo era capaz de ocultar ese bulto.
–¿No os acordáis del delantal que llevaba? –dice Johnny
–No sé si el delantal ayudaba, pero él enseguida entendió cuando le miré. Lo peor es que se puso a llorar… Es una putada… Es como tener cien millones de euros en mondadientes.
–Luego se largó, ¿no?
–Yo me fui de su casa sin mucha ceremonia. Creo que no fui cruel, pero se sobreentendió todo. Al cabo de una semana quise ir a verle al Coco, pero ya no estaba; quería hablar con él, aunque no sabía muy bien qué decir. Quizá había sido algo seca, pero no me había reído de él.
Silvia dice:
–¿Pero lo dices en serio?
–Sí. Llegué a tocársela, él quería saber qué pensaba yo, pero ni siquiera fue algo sexual, la toqué como un niño de tres años toca un delfín, con los ojos como platos, por mera curiosidad. Estaba en reposo y mis dedos no podían abarcarla, y creo que no tengo las manos tan pequeñas.
Unai guardó silencio mientras escuchaba. Un silencio comprensivo, aunque sabía que él había tenido más suerte. Silvia le cogió el brazo y le hizo rodearle los hombros.

Comenzaron a pisar charcos, el suelo cada vez más húmedo, el final del viaje.
El encuentro con Kurtz.
Fran fue el primero que lo vio. Estaban muy cerca de una catarata, con ese ruido ensordecedor, ese matiz metálico y agresivo del agua asumiendo la fuerza de la gravedad.
Y Fran:
–¿Qué coño es eso?
Ni siquiera estaba parcialmente escondido. Se veía claramente, a unos veinte metros. Un hombre de unos cincuenta años, trajeado, camisa blanca y corbata negra, zapatos negros. La cara morada, los ojos abiertos y vueltos.
Ahorcado.
Yago callaba, aunque llevaba mucho tiempo callado. Se acercaron. Colgaba a unos cuatro metros del suelo. Una rama sólida. No hacía falta ser Dexter para ver que la disposición de los elementos era absurda. Su ropa parecía nueva, y sus zapatos estaban impolutos. De alguna forma, brillaba.
–¿Cómo es posible que no lo hayan visto esas tías? –dice Mabel
–Yo sé quién lo ha visto… –murmura Johnny.
Observaron el cadáver hasta que se sintieron lo suficientemente mal. Parecía irreal, una improbabilidad estadística. No parecía un suicidio, pero tampoco un asesinato. Parecía una consecuencia. Nadie lo verbalizó, aunque todos lo pensaron de un modo u otro. Esto no era un misterio al estilo Lost, sino la clase de cosas que de verdad pasan, con su propio sentido y significado, con su respuesta irresoluble. Cosas para las que no tiene explicación ningún sistema de ideas conocido. No es que hubiese pasado algo, es que algo había acabado; no tanto una vida como una derrota, al menos si la muerte es sinónimo de alivio.
La situación les horrorizó, pero sobre todo les puso la piel de gallina, y después les descolocó, les descolocó profundamente.
Una idea sobrevolaba, una tremendamente precisa y por supuesto inconfesable. Si se movilizaban, si llamaban a la policía. Si intentaban llenar aquello de adultos al uso, para hacer llamadas telefónicas, cercar el terreno, buscar huellas y completar toda la danza legal. Si hacían eso, estaban seguros de que el cadáver desaparecería. Y nadie quería hacer guardia. Habría sido como denunciar una intuición, un miedo, como intentar detener el tiempo, congelar la edad y establecer la inmortalidad.

Silvia y ya

La temperatura se ha vuelto más soportable. Menos mal.
Habito alguna clase de punto de inflexión. Creo que no soy la única. No he vuelto a la autoescuela. Si mis padres sacan el tema, hago un silencio y espero a que pase el momento. Aún no se han atrevido a echarme la bronca. De repente no encuentro motivación alguna para enfrentarme al examen práctico. Obviamente contentar a mis padres es un motivo cada vez más pillado por los pelos, porque está claro que si algo no me motiva ya, joder, es contentar a mis padres. Creo que es evidente que es necesario “descontentar” a mis padres, rebajar el contento, estabilizar el contento; hacerlo asumible para mí. Porque necesito puto espacio. Necesito puto respirar. Tengo derecho a intentar encontrarme.
Unai no me juzga. No pregunta, o pregunta lo justo. Sabe en qué proceso estoy, porque él también está en ese proceso. Y por favor, no es un rollo generacional, hablo de asuntos individuales, necesarias reflexiones del individuo. Lo cual, espero, no acabará derivando en mi conversión a una de esas personas con discurso cerrado: algo como “yo hago y digo lo que me da la gana, y si te pica te rascas”. No, no tengo intención de convertirme en eso. La idea es no acabar siendo una gilipollas; el problema es que hay muchas clases de gilipollas, y los hay muy persuasivos. Creo que ahora los que abundan son los gilipollas retórico-ideológicos, como las chicas que vimos en el bosque. Reducir el mundo hasta que parezca que cabe en la palma de tu mano, en tu móvil. Manejarse con tan solo cuatro o cinco ideas cómodas expresadas cada vez de una forma distinta. Y eso en el mejor de los casos.
Unai se me confesó, o declaró, no lo tengo muy claro. Fue una confesión sexual. Dijo que no quería mentir al respecto, que el silencio a veces le parece mentir, y que siempre se siente cachondo. Especificó que no necesariamente por la mañana, pero sí a medida que pasan las horas. La tarde y la noche son una erección continua, y no es una manera de hablar. Le dije que dónde estaba el problema, y no me lo supo decir. Yo me lo olía, me armé de valor y le compré una faja. No se quejó en absoluto; no es su estilo ser previsible. Ahora su erección apunta (y rebasa) a su ombligo, pero con camisetas anchas el bulto es casi imperceptible.
He dicho que esto no es generacional, pero quizá sí sea grupal. Es inevitable que algunas experiencias unan, pero ni muchos menos unen a todo un país, ni a toda una ciudad, ni siquiera a un barrio. Todo eso sólo es retórica política o periodística.
El día en el bosque pasó, y aunque al final no dormimos allí, lo que vivimos supera cualquier fin de semana de excursiones y bajar el río en kayak. Lo hace más especial aún el que después no nos llegara ninguna noticia del suceso. Como si hubiese pasado y no hubiese pasado a la vez.
He pensado en ello menos de lo que creía, pero esa no era la cuestión. La cuestión es que aquello nos removió. Incluso hemos llegado a comentar la posibilidad de volver a aquel bosque; pero es un asunto delicado, y quizá deberíamos conservar el recuerdo primigenio.
Unai y yo nos vemos bastante con Mabel y Johnny. Mabel es divertida, no soporta gilipolleces y sabe encajar las discrepancias. Es un trébol de cuatro hojas.
Seguimos yendo a casa de Fran. Está tan colado por Natalia que todos tememos el día que corten, si es que han de cortar. Su enroscamiento mental sigue activo, de hecho Natalia sólo ha aportado gasolina en ese sentido.
Un día vi a Yago de lejos por la calle. Iba con su hermana, parecían charlar de forma relajada, entraron en una tienda de artículos deportivos. No es mi estilo, pero cuando le volví a ver, le saqué el tema, cauta y en voz baja, y el me dijo:
–Es una zorra.

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