Treinta formas de esconder los objetos cortantes (20 de 30) – Suplemento dominical

Ese árbol, le digo a la periodista, es un símbolo para el barrio. Le cuento que una vez alguien se colgó de él. Se ahorcó. Algo relacionado con una historia de amor y una enfermedad terminal; o quizá con una historia terminal y un amor enfermo. Le digo que cada vez que pasamos por delante del árbol, nos replanteamos nuestras propias circunstancias. Como si aquí alguien se replanteara nada. Si quiere un perfil humano, se lo puedo dar. Pero no puede ser real, sólo periodístico. Yo no soy nadie, y en el barrio no pasa básicamente nada, al menos de cara a la galería. La verdad se reduciría largas jornadas de aburrimiento, el asalariado/parado que va y viene. Pero eso es todo.
Por fin hemos llegado, esta es mi cafetería habitual (ni de broma frecuento locales del barrio, me voy al centro). Sin llamar la atención, le digo a la periodista que aquí es donde yo vengo a beber el café que me sirve Pepe. Lástima que hoy no esté para presentártelo. Pepe es un buen tío, sirve café y es un cachondo, un tipo amable que sirve café. ¿Se puede pedir más? Nos bebemos el aguachirri amargo que nos sirve un chino, y le digo a la periodista que me acompañe. En el barrio aún nos aguarda mucha magia, lugares con mucha carga sentimental para mí.
Es un intento periodístico por escribir sobre alguien «normal», de periferia, algo estilo relleno de contraportada, o para completar la maquetación del dominical. Algo con lo que lector pueda decir: ¡Yo también soy así! O aún mejor: Menos mal que no soy así…
Ahora el periodismo es sobre todo algo de lo que defenderse. ¿Que queréis venir a mi barrio? Yo os lo enseño. Dijeron que llamaron a varios teléfonos al azar. Aceptar fue un arrebato por mi parte.
En este banco es donde nos sentamos a leer. Ahora no hay nadie porque son las tres de la tarde. Pero aquí es tradicional traer lo que cada cual tenga encima de la mesilla, y avanzar tranquilamente veinte o treinta páginas.
La periodista parece entusiasmada, o al menos interesada. Su mirada dice algo como: Oh, nadie lo diría, para que luego digan que en los barrios no hay cultura. Claro que sí, el banco para leer del barrio. Un bonito material de tendencias de agosto.
Pero sígueme, aún quedan algunas maravillas.
El fotógrafo que nos acompaña parece hacer lo suyo de forma automática, sin pensar.
Esta es la Plaza de la Mujer, digo, improvisando. La periodista escruta a su alrededor, asiente con gravedad. La posibilidad de que surja el feminismo en la conversación, ahora es un caramelo para cualquier medio.
¿Por qué la llamáis la Plaza de la Mujer? Ese «lo llamáis» se refiere a la gente de por aquí, los que aún hacemos fuego con piedras. Vaya, un banco para leer, un árbol del amor, y ahora una plaza de la mujer. ¿Por qué la llamamos así? Le digo que en los dorados años noventa violaron y asesinaron aquí a una chica un sábado por la noche, una niña muy querida en el barrio. Ni siquiera era mayor de edad, debía tener quince o dieciséis años. Fue terrible. A partir de aquel momento, de forma espontánea, aquella plaza se convirtió en la Plaza de la Mujer. La niña se convirtió en símbolo.
Pero no hay ningún rótulo. ¿Quién comenzó a llamarla la plaza de la mujer? Hay quien dice que fue Pepe, otros que Alfredo, un taxista de por aquí. Y otros aseguran que fue Mary Carmen.
¿Quién es Mary Carmen?
Mary Carmen está muerta.
Oh…
No añado nada más, y espero ir quedando poco a poco como un lunático. A veces hay algo mejor que que no te pillen en las mentiras, y es que se queden dudando, que acaben concluyendo meses después que les tomabas el pelo.
Vamos, aún hay algo más. Voy improvisando, mentir a quienes mienten profesionalmente es placentero. Vale que yo soy un mentiroso amateur, y que además no estoy haciendo daño ni humillando a nadie con mis mentiras. Aunque he de reconocer que en su día pensé en estudiar periodismo…
Llegamos a las afueras, caminamos un buen trecho. Puro perfil humano, ¿no?
Le digo a la chica que eso que tiene delante es el cerro del zapatero. ¿El cerro del zapatero? En realidad esta leyenda existe, pero tiene que ver con el pueblo de mis padres, no con esta ciudad ni sus lugares apartados para follar en coches.
Lo que le digo a la periodista es que todo el mundo aquí conoce la leyenda, al menos en el barrio.
Una vez el zapatero del barrio, en los años sesenta, comenzó a jugar a la cartas. Tal acabó siendo su ludopatía, que un día acabó no solo por perderlo todo, sino que también decidió jugarse el pie. Su propio pie. Dijo que se jugaba su pie (el que quisieran) contra todo lo que tenía su rival directo. Jugaban en una herrería, estaban borrachos, y tenían a mano toda clase de objetos cortantes, auténticos instrumentos de tortura.
Cuando, casi inevitablemente, perdió la partida otra vez, le sujetaron, y comenzaron a serrarle el pie derecho a la altura del tobillo. Se dice que los niños que conocen la historia a veces sueñan con ese sonido, el metal en fricción contra la carne, los tendones y el hueso. Dicen que los gritos se oían por todo el barrio, pero también las risas. Envolvieron el muñón como pudieron, con trapos sucios del taller, lo sacaron de allí, y lo metieron –junto al miembro amputado– en el maletero del coche de uno de ellos. No dejaba de gritar y de lanzar los puños y retorcerse. Los otros cuatro jugadores también se acomodaron en el coche, y pusieron rumbo al cerro.
A partir de cierto momento, dejaron de oír ruido en la parte de atrás. Extraño. Pero no tanto, era posible que con la brutal perdida de sangre se hubiese desmayado.
Se les ocurrió que era una buena idea tirar en el cerro el zapato con el pie dentro. El zapato del zapatero. Ese puto idiota. Ni siquiera habían decidido qué hacer con él, puede que llevarlo al hospital. Pararon el coche en una zona en que empezaba a complicarse el camino. Salieron del vehículo y el conductor se dispuso a abrir el maletero.
¡No hagas ninguna tontería, zapatero!, gritó. Le pareció prudente.
Al abrir la puerta, los cuatro se quedaron más de diez segundos en silencio, mirando. En el maletero no había nadie, excepto el zapato con el pie amputado dentro. ¿Qué demonios había pasado? Si el cabrón hubiese forzado el cierre y se hubiese ido, lo habrían notado. ¿Y aunque hubiese conseguido salir del coche, aprovechando la escasa velocidad mientras subían el cerro, cómo narices iba a haber cerrado el maletero? Por no mencionar que estaba obligado a cojear… Vale que iban borrachos, pero hay ruidos, hay movimientos, intenciones y sombras, que no pasas por alto tan fácilmente.
Tu novia no se folló a aquel tipo porque hubiese bebido mucho y estuviese muy confundida. Se lo folló porque quiso.
Lo que siempre se ha dicho, es que desde entonces el zapatero se aparece en algunas casas, en pisos, sobre todo en el reflejo de cualquier superficie lisa. También se cuenta que, el zapato con el pie dentro, que finalmente los jugadores tiraron en el cerro, a veces aparece ante excursionistas o adolescentes que quieren tener sexo, y que sangra sin parar, formando grandes charcos.
La periodista dice que prefiere volver a la Plaza de la Mujer.
Le digo que sólo es una historia, que me gustan las historias. Hemos perdido de vista al fotógrafo, o quizá se ha hartado y se ha largado. Creo que la chica no sólo está algo asustada por la leyenda. Creo que piensa que quiero hacerle algo.
Por un instante, temo qué barbaridad pueda acabar escribiendo sobre mí. Puede que no en el perfil amable del dominical, pero sí en otros medios más personales.
El imaginario colectivo moderno parece empezar a bullir de indignación.
Le digo que vale, está bien, vamonos. Te voy a enseñar la Fuente de la Compresa.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (19 de 30) – Una presentación

Sólo siento que tengo razón de verdad cuando me siento como una mierda. Eso debería darme alguna pista. Es un secreto. Hablar en voz alta suele estar sujeto a cierto catálogo de discursos y giros. Es importante evitar las preguntas. Hay un guión, pero esto va más allá.
El autor ríe desde su silla. Quien le presenta el libro ríe a su vez. Los asistentes acomodamos el culo. El siguiente comentario procura aplacar la hilaridad del anterior. Estamos aquí y somos serios. Una «chica misteriosa» se mueve por la sala. No se sienta, va de un lado a otro. Hacemos como que no la miramos. Imagino la pesadilla de publicar, lo bonito y horrible que sería. ¿Quién diantres es toda esta gente? ¿Son todos amigos del autor? ¿Cómo se ha podido llenar esta sala? Un primer libro y ya tenemos a Paul Auster…
Se llama Bicicletas de papel.
Odio los libros con títulos de libro.
Una novela corta, el tipo tiene unos treinta y tantos. Yo estoy aquí porque cuando conoces a una chica que te gusta, siempre tienes que imaginar su pasado. Nunca tienes la suerte de que sea solitaria y haya sido desgraciada, para así no tener que enfrentarte a la gente guay que la rodea. El pensamiento egoísta, incluso el más natural, es una de esas cosas no incluidas en el catálogo de lo que puede decirse en voz alta.
Bicicletas de papel. Un mamón amable. Es amanerado, pero creo que hetero, ha de tener un montón de historias de bullying para contar. Me ha parecido verle besar a una chica en los labios al llegar. Lo cual, bien pensado, no tiene por qué significar nada.
Es gracioso al modo escandaloso, intentando proyectar una sinceridad descarada. Es tímido y a la vez explosivo. Encaja en cierta dinámica de carácter que ahora hace las delicias de la gente que no se pierde un desfile del Orgullo.
Si se equivoca, se regodea, estalla, las risas le responden y yo me reconcentro.
Se leen algunos fragmentos. Es curioso que el libro suene tan hetero. Incluso el título parece el de un autor apocado con la misma novia desde el instituto.
Mis prejuicios practican capoeira en mi cabeza, pletóricos.
Mi único interés aquí está sentado a mi izquierda. Todo lo demás son víctimas de mi mente. Pero no me siento mal, de modo que lo más probable es que esté equivocado.
La mujer misteriosa ha desaparecido. Hacemos como que no la buscamos con la mirada, también mi compañía, que además se ha referido a ella. ¿Quién sera?
Quizá una terrorista, he pensado yo.
Quizá fuese un deseo.
He estado esperando escuchar una explosión cercana. Mi compañera me cuchichea que parece que en todas las presentaciones haya una mujer misteriosa. Ella trabaja en una editorial, pero apenas hemos hablado de eso.
Jamás he sabido qué hacen exactamente en la editoriales. Cuando se les pregunta a autores o gente del mundillo si en ellas se leen manuscritos, a menudo ríen hasta el borde del vómito.
Al terminar la presentación, y tras varios intentos en falso, me presentan al autor.
Me cae bien. Parece desubicado, deseoso de que el show termine. Cuando advierte que he venido con quien he venido, parece rebajar su simpatía. Llego a pensar que ella le gusta. En un aparte me comenta lo simpática que es, y que qué, que qué hay. Me tantea. Lanzo pelotas fuera. Sí, bueno, ella me gusta, me cae muy bien. ¿A quién no? Nadie es pareja de nadie hasta que se demuestre lo contrario, o hasta que lo digan abiertamente. Pero lo que la gente quiere saber es si estáis follando. Si no folláis podéis decir misa. Si preguntas te dirán que el sexo no es suficiente ni de lejos para la vida en pareja. Suena maduro. Pero a la vez, es el sexo lo que determina, por encima de todo lo demás, si tienes o no una relación. El sexo sólo es una parte y a la vez lo es todo.
Yo sólo he quedado un par de veces con ella, en calidad de vete a saber qué. Hablamos paseamos tomamos algo. Es mejor estar con ella que estar con la mayoría de gente. Y me tolera, de momento. Ella decidirá sobre el sexo, ella controla ese semáforo, yo no soy más que otro conductor harto de atascos. Tampoco estoy con ella por eso (aunque eso siempre esté ahí), estoy con ella porque necesito estar cerca de ella. Si supiera razonar lo que me pasa con ella, seguramente no estaría con ella. Estaría en casa, tocándome con su Instagram.
Tampoco estoy con ella porque curre en una editorial y eso me haya encendido ninguna bombilla.
Tardo un poco en darme cuenta de que le estoy contando todo esto al autor del puñetero Bicicletas de papel.
Me estoy saltando las normas del catálogo oral.
Lo peor es que le he dado a entender que escribo.
¿Ah sí?
Oh, sí. Un autor publicado hablando con «alguien que escribe».
Estoy atrapado en sus redes. Me siento obligado a decir algo más sobre el tema. Que si un puto blog, que si algún texto suelto en papel, que si revistas digitales… Nada que no pueda hacer nadie ahora con conexión a Internet y una pequeña ración de ínfulas.
Estoy en la palma de su mano, mi vocecita de pitufo maquinero, mis ideas peregrinas sobre edición, mi modestia forzada. Me siento intelectualmente violado. Él disfruta, y más cuando mi acompañante se une a la conversación. Oh, sí, todo es relativo, haber publicado no tiene por qué significar nada, lo mismo que no haberlo hecho. Todos somos adultos aquí. Claro que sí. Pero sabemos que no, no se percibe así, hay conseguidores y hay gente como yo. De qué depende es lo de menos. Bicicletas de papel no será Kafka, pero será. Yo de momento no he logrado nada en ese ámbito.
Igualmente, izamos las velas de la relatividad, y navegamos a unos ocho nudos de velocidad hacia el puerto de Ciudad Peloteo. Aumenta el amaneramiento de él, y de alguna forma decide que le caigo bien. Creo que siente que se ha establecido la pequeña jerarquía que necesitaba, y ha decidido que no soy una amenaza para su ego, su libro o sus perspectivas.
Es entonces cuando de fondo oímos un pequeño jaleo.
El presentador del acto está estirado en el suelo, suda copiosamente y tiene los ojos cerrados. Se agarra el brazo izquierdo con la mano derecha. Varios presentes hablan de infarto. Teléfonos. Dicen que la ambulancia debería estar en camino. El infartado es un periodista joven que lleva unos dos años trabajando en uno de los grandes medios. Luce una previsible barba en ningún caso producto de la pereza, y su vestimenta parece producto de decenas de factores; desde los relacionados con la moda del momento, hasta los que tienen que ver con severos problemas de autoestima (por exceso).
Luego la ambulancia llega justo a tiempo, para llevarse el cadáver.
No se me quita de la cabeza la imagen del autor llorando, la cara contraída de dolor, sujeto por amigos porque las rodillas le fallan. Es posible que tuviesen una relación que se nos ha escapado. Hemos salido sin despedirnos de nadie. Tras un par de instantes de aturdimiento, nos hemos puesto a buscar algún sitio para cenar, en el que no haya posibilidades de topar con gente de la presentación. Cuando nos decidimos, y cuando ya estamos en una mesa para dos, vemos en una esquina, sentada sola, a la mujer misteriosa. Por algún motivo que se me escapa, me cuadra de alguna forma con el curso del día, y lo hace de un modo espeluznante.

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Ilustración de Andrew Ferez

Treinta formas de esconder los objetos cortantes (18 de 30) – Geniales

Son la repanocha. Es la expresión adecuada. Fíjate en cómo visten. Uau, qué colores, qué peinados. Me encanta ese tatuaje. Son jóvenes o no, pero sobre todo son geniales, y no tienen el más mínimo reparo en decírtelo. Te lo dejan bien claro, para que no dudes. No se suelen llevar bien con la duda, dudar es de perdedores. No tienen tiempo para nada, ellos sí aprovechan su vida. ¿Y su pareja? Molona, guapa, en la onda. Cuando no es una es otra. Las expresiones adecuadas. Incluso cuando se muestran humildes están dándote una lección. Así no, así. Te hablan de su locura sin remedio, de su creatividad desatada. ¿Y su sensibilidad? A prueba de bombas. En cuanto ven la noticia, la comparten. ¡Mirad su cara! ¡Que no escape el malnacido! Son admiradores de quien se muera y toleran a los vivos. ¡Los toleran a todos! Es increíble, toleran a los gays, a las lesbianas, a los negros, a… ¡A todos! Y tienen amigos en todos esos colectivos. Por supuesto también toleran todas las preferencias sexuales, y se saben un montón de palabras para identificarlas. Y todo eso, obviamente, desde siempre. Aprendieron antes que los demás. Tomaron conciencia antes de nacer. Son de verdad admirables ¡Qué locura! ¡Qué creatividad! ¡Qué bondad sin límites! Fíjate, les parece fatal la violación, y también el asesinato. ¿Las guerras?, las repudian. Aman a todos los animales, aunque a veces (haciendo gala de un irónico y calculado humor) se muestran reticentes con los insectos o los artrópodos (¡arañas, qué asco, ugh!). Otras veces se enfadan con todo el mundo. Con lo fácil que es ser justo, ¡como ellos! Comparten viñetas, travesuras posmodernas, la vida en pareja, hacer turismo en el extranjero, ¡ver Netflix juntos! Es gracioso porque es verdad, y se sienten identificados. Saben cómo llegarte ¡Maldito lunes! ¡Por fin es viernes! Pies, pies por todas partes, chanclas, o descalzos, y el perrito, y el gatito, y la mascota, y ¡mira lo que hacen! Un plato delicioso. Señalad todos ahí, ¡sexismo! Saben cuándo un chiste está mal. Saben cuándo te has equivocado. Saben que son buenos y dónde están los malos. Saben que no tienen por qué ser discretos. Si eres tan genial ¿a qué viene la discreción? Si son un torrente de ocurrencias, ¿por qué resistirse? ¿Por qué no autoadularse? Si estás en paz con el mundo y eres un ejemplo para los demás, ¿cómo vas permitir que se lo pierdan? Las chicas buenas van a cielo, las malas a todas partes. Los chicos dejan pelos en la ducha y se dilatan los lóbulos. ¿Vosotros cuándo pilláis vacaciones? Depende de mi chico. Quiero que coincida con las de mi chica. Y ahí están, mezclados con toda clase de humanidad y animales, enterrados en buenas decisiones, queridos por todos, cansados pero felices. Quieres que les vaya bien, que crezcan, que se reproduzcan, y sobre todo que mueran.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (17 de 30) – Hijxs de puta

Seguramente yo sea un gran capullo. Pero hay tantos tontos ahora, tantas tontas. Nuevas categorías. Los motivos por los que pienso así no son fáciles de exponer. No hay que olvidar mi propia incapacidad, mis limitaciones, que yo no soy de otra especie. Mi subjetividad también está ahí. Intento no perder jamás eso de vista. Es lo que te hace mantenerte cuerdo, aunque sólo sea un poco: no olvidar que tú también puedes ser un gran gilipollas.
Pero ahora los tontos ya no son sólo tíos hetero blancos de mediana edad. Ahora los tontos también son tontas, o tienen todo tipo de gustos sexuales, edades, razas, apetencias, profesiones e hipocresías. A medida que el mundo se abre a la Realidad, a medida que empieza a aceptar que el hombre blanco hetero no es lo único que existe, muchos parecen festejar un nuevo rumbo hacia la tolerancia.
Lógico.
Excepto que no se tiene en cuenta que cualquiera puede decir chorradas, y es importante poner de relieve que las chorradas son chorradas, las diga quien las diga. También ahora cualquiera puede pecar de torpe, intransigente, cruel, intolerante o injusto; da igual que lleve encima la bandera multicolor o asegure que es la coherencia y la bondad personificadas.
Este mundo le vuela la cabeza a la gente demasiado política. Comienzan a razonar en base a estadísticas, colores y banderas. Se ciñen a un discurso (o al último discurso leído), marcan bandos a fuego mientras elaboran cierta clase de intelectualidad para compensar. No aceptan los grises, sino que a menudo se fabrican otros más convenientes. Retórica. Dado que al hombre (blanco, etc.) le ha sido concedido, por decirlo así, ser la especie dominante hasta ahora, el ser político concienciado ha de convertirlo en un símbolo de la maldad. Todos Los Hombres. Ha de hablar de él no sólo como un ser despreciable por defecto (asesino, violador, etc.), sino incluso como si fuese un ente que antes de nacer hubiese pateado cabezas para poder ser hombre, para poder tener sus ventajas y privilegios.
Por la misma regla de tres, cualquier otra cosa que no sea ese hombre, es, a nivel de debate, intocable. La magia de la retórica te permite dejar de ser un observador de la realidad para adaptar la misma a tu ideario. Cuando las bases de tus ideas son particularmente sólidas (no nos engañemos, ¿cómo a estas alturas las mujeres aún aceptan salir con hombres?), la arcilla para moldear es de la mejor calidad. Aunque luego pretendas hacer pasar un cenicero por Arte.
Ahí en medio, con temas como el machismo, la homofobia y otras lacras evidentes y aún latentes, los mencionados grises –el análisis de los casos de forma individual, por ejemplo– no son bienvenidos. A no ser que jueguen a favor de Discurso.

Pero incluso la idiotez tiene grados. Hay gente que a veces dice idioteces, y también hay idiotas aparentemente sin remedio. Gente que no parece haber recibido una educación básica sobre el respeto, y que ahora pretenden formarse una política según preceptos radicales provenientes no de razonamientos propios, sino de credos ajenos muy concretos.
Ahora hay reductos digitales para dichos idiotas. Reductos donde además pueden pasearse como “combatientes” anónimos, no tienen que mirar a los ojos a nadie, no tienen que demostrar nada, y pueden insultar sin problema. El lado más terrible de la libertad de expresión.
Este tipo de gente no responde, a su pesar, a un solo grupo ideológico. Se adhieren a todo tipo de colectivos. Cuando estás en desacuerdo con un miembro, te dicen que eres de otro “equipo”. Etcétera. Se creen originales, o renovadores, pero es como si se guiaran por algún Manual del Perfecto Imbécil de Toda la Vida.
Lejos de asumir algo tan sencillo como que no conocen a la gente con quien hablan por Internet, no necesitan más que una mínima discrepancia tuya para llamar a la humillación.

Os contaré (espero que brevemente) cómo puedes entrar en Twitter y que te llamen pedófilo varias veces sin hacer el más mínimo esfuerzo. Sin que te haga falta insultar, ni usar tacos, ni por supuesto ni tan siquiera bromear con el tema en cuestión.
Nos os penséis que todo se reduce a acusaciones de machista o feminazi. Va mucho más allá. Un hijo de puta, o hija de puta, no tiene ningún límite, y por supuesto tampoco en su facilidad para la hipocresía y maldad verbal más extrema. Existe cierta clase de ignorancia y amargura escalofriante aún no catalogada. Digital y casi siempre impune.

Entré en un hilo. El mismo demonizaba cualquier pareja en la que uno de los miembros tuviera de quince a diecisiete años y el otro fuera mayor de edad, de unos veintitantos. Obviamente el hilo se limitaba a generalizar y criminalizar, en absoluto relativizaba nada, usaba los parámetros legales a favor (esta vez venía bien), y no había margen para el debate. Dicho tono es nada más que irritante, al menos para mí; no me deja espacio a otro sentimiento.
Aunque a mí también me pueden chocar ciertas parejas con determinada diferencia de edad, al ver el hilo pensé que, como pasa con todo, no todas esas parejas tenían por qué regirse por una mera relación de acosador y víctima. En el hilo, por cierto, no se comentaba la posibilidad de un chico de diecisiete años con una chica de veinticinco, por ejemplo; obviamente se daba a entender que el acoso era siempre, y siempre era masculino (otra vez arcilla de calidad y sólo un cenicero como resultado). Yo sé de parejas que, aunque no sean cercanas, comenzaron hace décadas su relación con las diferencias de edad que aquí se criminalizaban. Son parejas de buenas personas, que ahora tienen hijos mayores, y en las que no se intuye que jamás haya habido una “relación tóxica”. ¿Anticuada?, puede ser, pero en absoluto forzada.
De modo que (y aquí es donde yo actué como un bobo y un gilipollas perdido) pensé que podía dar mi opinión.
El triunfo de Twitter, es que, debido a su formato, es el peor sitio posible en el que desarrollar una postura, y donde más gente parece entrar a ello.
Es, consciente o inconscientemente, un campo de minas. Ese es su principal combustible. Es el hogar ideal para el Insulto, para la Vejación. Curiosamente, un supuesto reducto para debatir sobre temas tan complejos como el Feminismo, en el que la máxima que triunfa por encima de todas, es el “No hay huevos”. Los más políticos son los más agresivos y anárquicos. Los que más demandan respeto son los más irrespetuosos. Los que más se quejan de que les den lecciones, son los que más lecciones dan. Los que más dicen que no tienen obligación de enseñarte nada, lo siguiente que hacen es encadenar veinte tuits “iluminándote”, todo aderezado con insultos y simplezas sacadas del pozo más antiguo de la vergüenza ajena.
En más de diez tuits, de una forma u otra, se me llamó pedófilo. Casi nunca indirectamente. Escribieron la palabra pedófilo, tranquilamente, pretendiendo haberme desenmascarado, pero sobre todo buscando humillar, buscando vejar y hundir. Un peldaño más del bullying, aunque fuese momentáneo, ya que yo apenas repliqué (y no por falta de ganas).
Eran tres, tres auténticas hijas de puta. Da igual que fueran chicas, da igual que se autodenominaran feministas. Eran tres hijas de puta, tres malcriadas, amargadas, pretenciosas cabronas, tanto que usaban temas capitales, tremendamente serios, para sacar pecho y “hacer ideología”. Hay gente así en la izquierda y en la derecha; y en todas partes. A veces se hacen llamar feministas, o de centro, o de derechas, o comunistas, o Lo Que Quieras, y a veces simplemente son skinheads, alguna clase de skinheads 2.0.
En el fondo ahí no hay nada que tenga que ver con nada. Sólo personas absurdas, rehenes de la era digital, incapaces de tomar distancia con nada, incapacitadas para la neutralidad. Lo simple, lo llano, el vacío hecho carne y hueso. Malnacidos e hijas de puta, abanderados y disfrazadas. Nada más que una nueva evolución de los tarados y las taradas.
En un mundo aún machista, homófobo, tránsfobo, injusto y aún ahogado por el dinero, hay un nuevo lastre: Los que no pueden dejar de repetir que quieren salvarlo.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (16 de 30) – Valla blanca

Lo que puedo ver es una especie de postal de la vida ideal si un mantel o un posavasos pudieran opinar. La vida perfecta si una cortina o una sabana de raso te pudieran hablar de eso. La intro de Terciopelo Azul; si me espero un rato es probable que vea pasar el camión de los bomberos con una gran sonrisa y saludando. Tienen hasta césped que cortar, setos que arreglar, hasta una valla blanca. Y dos niñas relucientes, el plato perfecto del día para un pedófilo. Una valla blanca, ¿os lo podéis creer? El símbolo definitivo para proyectar felicidad.
También tienen una piscina con forma de riñón en la parte de atrás. El tejado rojo, de casa de muñecas. Cuando llega el cartero, deja el correo en un buzón también rojo de juguete para adultos. La casa viste a juego. Debe pasar un coche por delante cada ocho o nueve horas. Tranquilidad es una palabra pornográfica para el caso. Se pueden oír todo el día los putos pájaros, las garzas. Desde doscientos metros oigo el polvo posarse en los muebles, sobre el que se abalanza la chica de la limpieza que también pueden pagar. Jornada completa. Ella limpia ordena lava cría a las niñas. El día es perfecto, soleado, sábado, once de la mañana, las crías juegan en el jardín. Tan guapas que no entiendes qué hacen fuera de un anuncio de televisión. Versiones Bratz de la madre. El padre, por lo que sé, está muerto. Ahora, sin embargo, da vueltas con el cortacésped. Es algo que podría hacer la chacha, pero imagino que al tipo le gusta conservar la ilusión de que ayuda en casa.
A la señora señorita de la casa la conocí hará unos veinte años. El resto son historias aburridas que a mí me volvieron loco. Ella me dejó, con razón. Esta gente tan pulcra siempre tiene razón. Fue todo una combinación de su obsesión con ser una adulta acomodada con vete a saber qué que me dio a mí por comenzar a decir.
En las prácticas de tiro, el tipo que me enseña me dijo que tiene a su mujer enterrada detrás de su casa. Vive en una granja. Creo que fue después de mi arrebato de sinceridad. ¿Por qué quiere usted aprender a disparar?
El antipatriarca moderno corta que te corta el oro verde. Mi fantasía es que ellos se enrollaran encima de la hamaca del jardín, y hacerlo cuando la postura sexual haga que su cabeza esté apartada de ella.
Lo que puedo ver por el visor, es que es muy difícil que eso pase. Las niñas. ¿No tienen un puñetero abuelo encantador que quiera cuidarlas de forma ambigua? ¿O una abuelita que se mee encima con ellas mientras se le cae la dentadura en el puré?
¿De qué va este enclaustramiento?
El problema es que cuando están solos no están en casa, y son las niñas las que se quedan con una canguro. O con la Lupita de siempre.
El granjero, cuando nos sentamos un día en su cocina, me preguntó que si amor o sólo venganza. Le dije que café, solo, con hielo.
Estoy siempre en una posición elevada. Aún lo siento en el estómago cuando la veo. Siempre lo veo también a él. Me desespero, apunto, y veo los sesos de ese cabrón salpicar la valla blanca.
Pero nunca lo hago. Sólo me acomodo y espío. Cada cual pasa los sábados como le da la gana. Aunque siempre tenga el arma cargada.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (15 de 30) – Intentarlo

Tienes que fijarte más, tienes que esforzarte. No estoy delante. ¿Seguro que es el lado correcto de los prismáticos? Estoy detrás. Más atrás. Delante tengo a gente luchando por sus derechos, o al menos gritando. Estoy más atrás que eso, en una terraza. No tiene parasoles. Soy el tío que suda. Llevo una camiseta tipo niño de nueve años, uno de los ochenta. Oscura, una inscripción insípida. Aún estás mirando muy adelante, estoy muy lejos de la piscina y las tías en biquini. Nada de auto-instagram, yo le hago fotos al cielo. No estoy en esa barra, no tengo tanto para gastar. Sí, en la otra parte. ¿Qué?… Disparando a sueldo serías lamentable. En La Cafetería. Mi presupuesto es en torno a dos euros. Nada de otra ronda. Tengo la prensa delante, y el móvil. No hay manera. Me estás gastando el saldo. Ahí no, no, no. Tampoco. Al lado tengo una mesa con cuatro señoras. Quieren morirse. No me lo han dicho, sólo las he visto. Casi. Casi. No, otra vez estás lejos. Los obreros que cavan una zanja están a un kilómetros lo menos. ¿Cómo? Ya, ya, ya, ya… sí. Pues no, no estoy al lado de la paradita de bocadillos. Ni siquiera sé si son bocadillos. Ahora pasa un señor oscuro vendiendo rosas. Muy delgado. ¿Qué estás mirando? Ya te lo he dicho: La Cafetería. Se llama así. Con un cortado. Lo he pedido con hielo, sí, un cortado, le he echado hielo a la leche… ¿De verdad miras en esta dirección? Llevo un rato, no sé, una hora, aunque ya me parecen diez años. ¿En serio? ¿Quién dices que viene? Oh, ya… No, nada. Pensaba que sólo venías tú. ¿Y por qué tienes unos prismáticos? Ah… No, me da igual. Pensaba que vendrías sola. Sigo en La Cafetería. ¿Y quién dices que…? Ah. Porque… Ya. A mí me da igual, pero igual debería moverme, quedamos en… ¿Eh?… Vale. Entonces me quedo, pero estoy detrás. No me gusta delante, hay mucho follón. ¿Y no me has visto? Pues estoy justo ahí, aquí. Justo aquí, ahí. Estoy en la terraza. ¿Eh? ¿Que ya vienes?… ¿Eh?

Hola… Por fin. Qué tal… Sí… Encantado… Sí, alguna vez, de vista… ¿Y cuándo decís que os conocisteis? Espera, me llaman… A ver… Hola. Sí.
Estoy en La Cafetería. No, en La Cafetería. Se llama La Cafetería. Sí, no. ¿Me prestas los prismáticos? A ver, a ver. No, aún no te veo. ¿No vienes aquí?… Oh, ah, ya…, bueno, entiendo. Sigo sin verte. Espera, espera, espera. Hum… ¿Sabes qué? Voy a colgar, ¿vale? Si, lo siento. Una urgencia.
Tomas tus prismáticos.
Me voy a casa.
A masturbarme.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (14 de 30) – Rango de edad

Sé muchas cosas sobre el aburrimiento. Y también que no tiene mucho que ver con no hacer nada. Tiene que ver o bien con hacer cosas aburridas o bien con la espera para hacerlas. Todas esas cosas obligatorias. Tiene que ver mucho con el trabajo meramente alimenticio; pero también con las actividades de ocio forzadas. Me pasé años yendo a discotecas porque tenía de diecisiete a veinticinco años, y prácticamente sólo por eso. Allí estaba la gente, mis amigos, pero nada más que me atrajera más allá de acumular un puñado de fantasías masturbatorias.
Creo que fue la última vez que cumplí a rajatabla con el guión, con el orden establecido.
Recuerdo que para cuando comencé a salir (cosa por la que me tuve que pelear con mis padres), pensé que era el principio de algo que en el fondo no me apetecía en absoluto, y ya entonces me preguntaba cuándo tendría un sentido popular dejarlo.
En cuanto a hacer nada, tiene sentido si lo has elegido tú. Lo paradójico es que sólo se considera correcto cuando los demás te han dado permiso.
Yo iba por esas salas metiendo codos para ir a todas partes, a la barra, al lavabo, a la calle. Ni siquiera me gusta mucho el alcohol. Me acostumbré a beber vodka.

Había una gogó sobre patines. Puede que fuera un eco de moda de Rollergirl, el personaje de Heather Graham en Boogie Nights. La música a todo trapo y el alcohol, y aún se podía fumar en interiores, y Rollergirl, y ser joven. Pensaréis que nada de todo eso suena aburrido, que sólo hace falta una pizca de predisposición para pasarlo bien. No tiene por qué haber nada equivocado en ese razonamiento; el único problema es que no era el mío. Me sentía ajeno, como si viera el engranaje que hacía funcionar esa fantasía tan auténtica para los demás. Ellos pensaban Esto es real; y yo pensaba Esto es lo que toca. No veía tanto una fiesta como una tradición, una tan oxidada como tantas otras. Una guardería para veinteañeros, el lugar que la sociedad tenía preparado para nosotros, para que siguiéramos viéndonos como grupo, y nunca como individuos.
No tenía por qué ser muy premeditado, marchaba solo, era algo Generacional. A la gente le encanta esa forma de parcelar las cosas. Me sentía como un pez apretado a todos los demás, sin poder ver la red de arrastre que nos izaba.

Nos soy tan estúpido para pensar que yo era el único que se sentía así. Pero me parece evidente que mucha gente, seguramente la mayoría, aceptaba ese trato sin problemas. Unos pensaban en dinero, otros en sexo, y otros quizá ya en emborracharse y olvidar algo. Intentaban convertirse en esas cosas, o al menos fundirse con ellas; algo tangible, un número, los genitales de alguien, otro trago. Reducir el mundo hasta que quepa entre tus manos. El culo de alguien, los billetes, el cubata. Pensar Me merezco Esto, mi Recompensa; lo que era la codificación de: Me merezco ser gilipollas y superficial, he pagado con muchas horas de aburrimiento a cambio. Es la clase de dinámicas que convierten a las mujeres en objetos, el alcohol en una respuesta, y el dinero en una religión.

Pero qué sabía yo, ¿verdad? El hipocritilla redicho de turno. Yo también me eché mis buenas risas, y estaba algo colado por Rollergirl.
Iba sobre sus ruedas repartiendo nubes o gominolas con una bandeja. Si me traía más de dos en toda la noche, pensaba que yo también le gustaba. Una vez hablamos un rato, no recuerdo quién rompió el hielo.
Casi no pasó nada, pero debía haber alguna lista de reglas tiránicas para las empleadas. A la semana siguiente ella ya no estaba. Ni tampoco a la siguiente.
Llegué a pensar que la habían echado por mi culpa. Seguramente era mera fantasía. Aunque una fantasía mayor es que la hubiese librado del aburrimiento, al menos por un tiempo. Nuestro romanticismo generacional era justamente intentar librarnos de él.

Esa etapa duró hasta que mi entorno tuvo que seguir el guión. Lo siguiente era la pareja fija y el pisito. Lo cual al menos me libró a mí de las discotecas. A veces casi puedo ver a la gente leyendo su papel por las mañanas sentados el váter.
Una ventaja de estar en todo ese proceso en mayor o menor grado, es que apenas acumulas grandes recuerdos, o más bien que son iguales a los de todos los demás, sobre todo el qué y el cuándo. Todos juntos en movimiento, sincronizados. No se trata de destacar, sino de lo jodido que es abandonar la masa. Creo que una vez volví a ver a Rollergirl currando en una panadería, por cierto, pero no estoy seguro.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (13 de 30) – Cuando lo del carnet de conducir

En la autoescuela también lo sentía, esa sensación, ese “¿qué hacemos aquí?”. Lo veías en las caras, incluso en las de los que asociaban ingenuamente el carnet de conducir con la libertad. Eran ingenuos y no lo eran, en realidad sabían que la libertad no iba de eso. No sé si la gente con determinada idea de la libertad hace cosas como ir a la autoescuela. Me gusta pensar que cada vez menos. No se trataba sólo de la autoescuela, sino de aquella época. No tenía dieciocho años, yo llegaba tarde a todo, así que me apunté con veinticinco. A la mujer que me enseñó a conducir a veces la he vuelto a ver, no nos saludamos. No es que la martirizara en las clases, simplemente ambos lo llevábamos lo mejor que podíamos. Siempre se habla del alcohol cuando se trata de conducir, se habla mucho menos de intentar entrar en la autopista después de haber dormido (con suerte) tres horas. El descanso de la práctica lo solíamos hacer en un lugar mítico llamado Sabadell. No os quiero hablar de eso, de la sobredosis de stops y las rotondas con veinte coches girando a la vez. He pasado por encima de la Teoría, por cierto; aprobé el teórico a la primera, lo que me hacía sentir inteligente, hasta que recordaba que la mayoría de preguntas eran sobre seguridad; algo como:
-Si estás conduciendo y ves una señora mayor cruzando el paso de cebra, ¿qué haces?
a) Continúas circulando
b) Frenas.
c) Pisas fuerte el acelerador y matas a esa puta vieja que de todas formas ya tiene un pie maloliente en la tumba.
Me quedaba pensativo ante preguntas tipo test con ese nivel de dificultad. La vida no suele ser así. Detrás de algo fácil siempre suele haber alguien que te quiere dejar en una cuneta con la ropa del revés.
En este caso, era evidente que la pasta te la querían sacar con las prácticas. Eso era lo que me hacía marcar las respuestas. Aún no te la quieren meter por el culo, pensaba, sólo están encendiendo velas y dejando a mano las vendas. En cualquier institución, desde las supuestamente educativas a las más ruinmente empresariales, siempre existe al principio la falsa sensación de que esta vez podría ser que no fuesen simplemente humanos miserables que te van a querer sacar la sangre. El concepto de Legalidad es algo muy voluble, es sorprendente lo cabronas que pueden llegar a ser las personas sin salirse de sus márgenes.
Ahora, de todas formas, tampoco pasa nada si se salen. Con la delincuencia también hay clases, y las más pobres son las que pagan. Todos sabemos que si eres un ladrón pero eres político o tienes dinero en definitiva, la ley te sonríe y te invita a tomar la última en su piso. Es por eso que ver el telediario es como ver un obeso fumando un puro a la vez que viola a una niña que pide más haciendo caso a las indicaciones del realizador.
En esa escala del Mal, por suerte las autoescuelas serían poco más que delincuentes comunes. El problema es que aprovechan tu debilidad.
En mi caso era sobre todo la falta de sueño, pasaba por una etapa de insomnio, aunque poco grave. Pero en otros casos…
Yo aprobé a la tercera, y se me hizo larguísimo. Pensaba que aquello no tendría fin. Pero había una mujer de unos cincuenta años que llevaba más de diez exámenes prácticos. Estaba a poco de hacerse amiga de los taxistas; una igual, excepto que ella pagaba un dineral por conducir…
Eso era lo que a mí me daba miedo. Quedarme estancado. O tener que abandonar.
Cuando me dijeron que había aprobado tras el tercer el examen, me invadió el alivio como pocas veces en mi vida. Le di dos besos a la profesora, respiré hondo y mi miré hacia el cielo. Reía, sentía placer como si estuviera echando una cagada de cinco kilos que había estado atascando mi espíritu. Pronto llegaron las gasas para mi ano ensangrentado.
Hace unos diez años de eso. Y hace unos diez años que no conduzco.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (12 de 30) – Cabañas

Íbamos a cerros a las afueras de la ciudad. Aprovechando la vegetación frondosa, ahuecábamos, buscábamos cartones, los colocábamos de cierta manera, y a eso lo llamábamos cabaña. Allí era donde íbamos a no hacer nada. Al día siguiente siempre había algún niño del grupo con un costado de la cara rojo. Era la hostia que le habían pegado por llegar tarde el día anterior. El sábado era día de cabañas, y el domingo de recogimiento forzado. Te pegaran o no, habías recibido tu correspondiente bronca por haber vuelto a casa a las diez de la noche. Cada uno decía que había estado en la casa del otro. Los padres se telefoneaban. Lo sabíamos, pero nos daba igual.
Respondíamos al miedo sólo uno o dos días. Teníamos once o doce años. No soy bueno para recordar cuándo pasó qué, pero durante un tiempo la masturbación aún era algo de lo que sólo oíamos hablar. Estaba al caer. La época de las cabañas se solapó con ese “descubrimiento”.
No tardaron en acumularse revistas porno allí. También un rollo de papel higiénico. Hacíamos un agujero poco profundo, lo cubríamos de hierba y a eso lo llamábamos escondite.
Era la razón para salir de casa sin necesidad de juntarse con nadie. El único miedo era querer cascársela, llegar y encontrarse a un mendigo.

Otras veces acordábamos comprar chucherías con la calderilla que nos dieran. Y alguien se apropiaba del transistor de sus padres. Lo llevábamos todo allí, y a eso lo llamábamos Fiesta. No recuerdo roces, discusiones, peleas ni conflictos serios. Nadie se comportaba como lo haría años más tarde, por ejemplo, en Twitter. Nadie estaba así de amargado.
No es que nunca hubiera desacuerdos, ya fuera con cabaña o sin ella, pero cuando los había eran cara a cara. A patadas y puñetazos. Eran actitudes MUY puntuales, y cuando llegaba el perdón mutuo habitual, nadie sacaba el tema meses después para atacar a nadie. Había cierta clase de honor que se daba por sentado.
No era la previa a la edad adulta, sino lo Contrario.
Seguíamos siendo humanos, pero por desgracia en proceso de desgaste.

Antes, eso sí, llegaron las niñas. Íbamos con ellas a todos lados excepto a robar revistas porno. También venían a las cabañas. No recuerdo esa fase de rechazo infantil al sexo opuesto que se ve en algunas películas. No en mi grupo de amigos. A nadie le dio asco nunca la idea de dar un beso. Mucho menos todo lo demás. Cronológicamente, eso sí, las revistas porno y las niñas llegaron casi a la vez. Era un contraste brutal, ya que en realidad para nosotros no tenía nada que ver una cosa con la otra. Las niñas nos potenciaban la timidez. Sin embargo las revistas porno, en contra de la opinión adulta sobre la grave confusión que nos tenían que provocar, sólo eran pura fantasía. Ver las fotos de una revista porno formaba parte del mismo ámbito que ver una peli de Schwarzenegger; simplemente una cosa era divertida, y la otra excitante.
Teníamos claro, aunque no supiéramos articularlo, que ambas cosas eran Ficción, cada una a su manera; y nunca mezclamos la ficción con la realidad.
Es paradójico que con los años muchos adultos que vivieron así esa etapa, ahora se convenzan de que los niños y las niñas son mucho más estúpidos de lo que son. Casi se diría que ahora no los educan o protegen de determinada manera porque lo sean, sino, inconscientemente, PARA que lo sean. Hay una especie de orgullo progenitor terriblemente nocivo, relacionado con una idea muy tóxica sobre la responsabilidad. El adulto se reafirma, mal. Los adultos se comparan entre sí, aunque no lo reconozcan. Y los niños están en medio, como objetos arrojadizos.

Mi primer beso.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (11 de 30) – Algunos párrafos sobre la muerte de un niño en verano

Quien me conoce sabe que la expresión «madurar» no me gusta. Me da la impresión de que se suele utilizar para excusar y justificar vidas terriblemente vacías, de servidumbre. Obscenamente despojadas de Elección Propia. Y a menudo también cobardes. Vidas cobardes, de rebaño, de tiro seguro. En cualquier caso estoy seguro de que todo eso es una ilusión. No son vidas seguras, por más aburridas y de elección ajena que sean; no son un tiro seguro. Muchas veces son sobre todo una inversión para otros, un engaño, una ruina. Madurar (¿apropiarse de una característica propia de las frutas para usarla como aguda metáfora…?), es una TRAMPA. Eso de “Si tus amigos te dicen que te tires por un barranco, ¿te tiras?”, es lo que básicamente define el comportamiento más globalizado. Por eso parece «maduro». No hay como aburrirse y sufrir juntos para que parezca que nace una amistad, coherencia, una relación lógica y productiva.
No tardas mucho en darte cuenta de que tu amigo es tonto y poco fiable, y de que a su vez el suyo también lo era.

De crío tuve un amigo en un esplai. Así se llamaba donde yo crecí. Un esplai constaba de varios monitores que preparaban actividades para los críos en verano. Supongo que aún se hace. Gente de veintitantos lidiando con niños y niñas de diez y once. Ahora no me parece que fuera una buena idea.
Tampoco creo que yo cediera fácilmente; mi idea de un buen verano era ensuciarme con mis amigos del barrio, jugar al fútbol en plazoletas, y puede que lanzar piedras a los coches desde cierto puente a la autopista. Mi generación aún respondía a menudo a la etiqueta de gamberros.
Ahora parece que los niños no pueden ni revolcarse por el suelo; parece que van del pañal a la universidad.

Nuestra actitud nunca conllevó tragedia alguna. Y eso que llegábamos a hacer cosas que prefiero no enumerar.
Irónicamente donde sí pasó algo terrible fue con los compañeros del esplai.
Por alguna razón nunca me ha costado hacer amigos. Nunca he hecho el menor esfuerzo para ello, pero en todas las etapas de mi vida he tenido una o dos personas cercanas (aparte del ruido, quiero decir, los conocidos colaterales y demás fauna).
Los monitores siempre hablaban de madurar. Creo que era por la edad, porque pensaban que ellos acababan de recibir el carnet de madurez, o porque estaban a punto. Quizá habían perdido la virginidad no hacía mucho, o quizá tenían el título universitario ya colgado en la pared, aún caliente.

Mi amigo del esplai era más bien el niño que solía caminar a mi lado. Era más un compañero que otra cosa. Era algo surrealista lo de estar recibiendo órdenes de extraños también en verano. Cada día de la semana se hacía una actividad distinta. Los jueves íbamos a cierta piscina de otra ciudad. A medida que hablaba con mi compañero, se iba mostrando más predispuesto a fingir. Que era valiente, que tenía novia, que una vez hizo no sé qué locura… No era como mis amigos del barrio. Parecía más como parecen los niños ahora; impoluto, altivo, digital, sin mácula, con correa. Tampoco era lo mismo ser un niño de periferia como yo que uno más céntrico. Si eras de periferia mentías a tus padres, si eras céntrico a todos los demás (para tus padres eras un ángel).

Cuando pasó, yo estaba en mi toalla. La gente se arremolinó en cierta zona. Yo no me enteraba de lo que sucedía. Nadie me dijo nada, mucho menos los monitores, hasta que una niña me puso al día en el autobús de vuelta.
Aún no tengo claro si fue exactamente así, pero lo que me llegó fue que los monitores estaban más pendientes de ligar entre ellos. Mi pseudoamigo sufrió un corte de digestión, y nadie se dio cuenta. Se ahogó en algo menos de un metro y medio de agua, una zona de la piscina a priori casi ajena al peligro.
Había dos monitores y dos monitoras. Ellas lloraban desconsoladas en el autobús. Los dos chicos se fueron, supongo, a dar explicaciones. Ellos no volvieron de vuelta con nosotros. Yo no asimilaba lo que estaba pasando. ¿Un niño muerto? ¿En verano? Eso no pasa. Y menos rodeados de adultos, con sus manías redichas y sus discursos sobre madurar y aprender y crecer.
Negué lo que había pasado, aunque en cierta forma noté un punto de emoción al contárselo a mis padres luego en casa. El esplai se había acabado.
Aunque fue desagradable, no sufrí mucho la muerte del niño, apenas tuve trato con él. Sólo unos seis o siete días de esplai. Además creo que no tenía herramientas emocionales para manejar aquello, y de un modo extraño creo que eso me evitó ciertos padecimientos.
Ahora siempre pienso en los monitores, en que arrastrarán lo que pasó toda su vida. No sé cómo sonará, pero lo hago con una pizca de regocijo. Siempre me pregunto si seguirán diciendo las mismas cosas que todo el mundo, o si la experiencia les ayudó al menos en eso.

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