80 ILEGIBLES (70 de 80) – ESAS parejas

U. se echó novia. Era todo un drama para el grupo. Éramos colegas, apenas veinteañeros, éramos inseparables, aunque jamás lo hubiésemos verbalizado así.
Estábamos acostumbrados a determinada relajación, nuestra única religión era el tiempo libre. No queríamos que nadie ni nada jodiera eso. Las risas, el colegueo, el gamberreo, la gilipolleces, las chorradas. El humor negrísimo. Los viernes, los sábados por la tarde. A nadie le interesaba cambiar, aunque supiésemos que era inevitable, y que eso lo resquebrajaría todo.
La culpa no era de la novia de U., obviamente, era todo mucho más complicado que eso. Con el tiempo, supimos que ella tampoco era así antes de liarse con U.
Por separado eran personas vitales, hasta divertidas, pero juntos eran un melodrama barato. Un melodrama sin conflicto inductor. No tenían problemas, no pasaba nada, nada estaba fuera de lugar, no sufrían, joder, él no era un veterano de guerra, ella tampoco la sufriente novia. Eran chavales a principios de los dos mil, por el amor de Dios. Por no haber, no había ni crisis.
Entonces, nos preguntábamos, ¿qué coño les pasa?
Cada vez que se reunían con nosotros, todo adquiría tintes de adultez forzada. Se acabaron los chistes chungos, las salidas de tono, las inocencias pervertidas. Se hacían largos e incomodísimos silencios. Estaban casi todo el tiempo serios, circunspectos, se susurraban cosas que parecían de vital importancia. Casi se diría que el resto estorbábamos. Nuestro colega siempre estaba en tensión; su novia siempre parecía agotada. Era como si estar juntos les consumiera como radiación. No nos hubiera extrañado verlos llegar un día pálidos y llenos de ampollas.
Con el tiempo, descubriría que ellos no eran los únicos. Una pareja no es necesariamente así, pero ESAS parejas existen.

Era como si más que quererse, se anularan el uno al otro. No pasaba nada preocupante, nadie le pegaba a nadie, nadie abusaba de nadie, nadie usaba tacos, ni abría las piernas al sentarse; nada “tóxico” a la vista. Tóxico, la palabra favorita actual de los gilipollas. Pero ni un gilipollas moderno hubiese detectado roce alguno entre ellos. Sólo se habían emparejado, y eso parecía hacerles vivir para dentro, hablar para dentro y pensar intensamente y sin parar en la trascendencia de estar juntos. Podía llegar a ser irritante. Era como si nuestro colega se hubiese ido de viaje, y en su lugar nos hubiera dejado un muñeco relleno de tripas.

Puede que no recordara tan vivamente esa relación (que además fue muy corta), si no fuera por el monólogo de I.
I. era el más irritable con la situación. Aunque jamás lo hubiese dicho así, U. era su mejor amigo. Le habían cambiado a su mejor amigo por un papanatas que ya no sabía ir solo a ningún sitio. I. no lo soportaba.
La típica persona poco observadora y sin embargo con ínfulas de lucidez analítica, hubiese dicho que I. estaba celoso, o que tenía miedo de perder a su amigo. Nuevamente, era algo más complicado que eso. No se trataba solo de I., o de U., ni de su novia. Era el presente, era todo el grupo, toda la rutina, los fines de semana, las vacaciones. Todo se estaba yendo a tomar viento.
Nos estaban tocando lo más sagrado. El tiempo libre no es algo con lo que se pueda jugar. Es mucho, infinitamente más serio que los puñeteros estudios o el trabajo. Joder, se supone que el tiempo libre es el momento de ser feliz. No de calcular el siguiente comentario, callarse el siguiente chiste o aguantarse el siguiente pedo.
Todo eso ya lo hacíamos de lunes a viernes casi todo el tiempo.
Un día estábamos todos sentados en una terraza, cinco colegas, U., su novia e I. Fue cuando I. explotó. U. e I. no compartían nada; incluso cuando se hacían reír moderadamente el uno al otro, era con un murmullo al oído.
En una de esas ocasiones, I. dijo:
–¿Podéis decirlo en voz alta, para que se ría toda la clase?
Se hizo el silencio. Bueno, creo que ya estábamos en silencio, se había convertido en lo habitual.
–¿Por qué parece que siempre estáis jodidos? ¿Porque parece que os creéis tan importantes? ¿Qué rollo adulto y grave os traéis entre manos? Estáis en el primer mundo, joder, no os falta de nada, incluso estáis emparejados. ¿No es el paquete completo? ¿Por qué siempre parece que os largaréis en cinco minutos? ¿Por qué parece que nos hagáis un ENORME favor regalándonos vuestra presencia? ¿No es un regalo, sabéis? Os veo juntos, y estáis tan jodidamente amuermados que pienso: “Joder, luego deben echar unos polvos que te cagas, porque si también follan con esas ganas, no sé qué coño hacen juntos, colega.”… ¿Folláis? ¿U os colocáis el uno sobre el otro como tortuguitas tristes? ¿Hacéis ruido cuando folláis? ¿O sólo suspiráis con alivio cuando se ha acabado el culeo de veinte segundos? ¿Qué rollo mormón os traéis? Soy yo el único que lo piensa?… I. colega, sólo te diré una cosa más, y sólo porque lo hemos hablado mil veces: Pensaba que aquí nunca alimentaríamos una de ESAS parejas.

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80 ILEGIBLES (69 de 80) – Hablar con una sirena

En cierto pueblo costero, cuya identidad no revelaré, todo el mundo se reía siempre de Ataúlfo.
El error de Ataúlfo, fue contar cómo una vez habló con una sirena. Él era pescador, lo fue durante diez años. Cambió de oficio debido a las constantes burlas de sus compañeros.
–Nunca cuentes esto –le dijo la sirena–, los pescadores son crueles, lo seres humanos son crueles.
–¿Tú no eres humana?
–Nunca cuentes esto. Eres una buena persona, acabarán contigo.
Ataúlfo se enamoró de Parténope. Así dijo llamarse ella. Se enamoró, y el suceso dejó de ser extraño para él. Habló de ello de forma natural. Era aún de noche cuando la vio sentada en una roca. Ella le miró sin miedo, y sonrió. Parecía joven, quizá veinte años. Seguramente menos. Sus pechos eran todo delicadeza y decisión.
Ataúlfo se divorció tras quince años de casado. No tenía hijos. Sólo podía pensar en Ella. Hubiese sido imposible esconderlo, dado su carácter jovial y abierto. Curiosamente, Ataúlfo pasó a ser un hombre más triste, y por ello, también más feliz.
Es como si hubiese dejado de fingir.
Ataúlfo era la historia por excelencia del pueblo, sobre todo por los reproches; por haberse separado de una mujer buena, que le cuidaba, una mujer con piernas. Ataúlfo, más de una y de dos veces, escuchó la pregunta:
–¿Como te vas follar a la sirena, Ata?
Las risas posteriores, el chiste del pueblo. La paja nocturna. El asunto del pescado nunca le preocupó. El sexo nunca tuvo demasiada importancia para Ataúlfo, había sido un pequeño incordio en su vida. Algo que hacer cuanto antes, que luego se convirtió en pruebas constantes de sus habilidades amatorias. No le parecía para tanto, le agobiaba, le aportaba una porción mínima de placer. Prefería, con mucho, la masturbación.
–Podrías quedarte en el pueblo –le había dicho a Parténope.
–Sabes que no puedo, amable señor.

Si le preguntas, Ataúlfo lo negará todo, pero hubo un motivo por el que se fue del pueblo. La gota que colmó el vaso, supongo que para todos.
Una chica nueva entró a trabajar en una tienda de comestibles. Ataúlfo era cliente habitual. Generalmente, procuraba mantener las distancias con las dependientas y las camareras. Solo la educación necesaria. Odiaba cómo algunos tíos las piropeaban de mala manera, o incluso les pellizcaban el culo. No quería parecerse a esos tíos.
No pocas mujeres habían valorado esa forma de caballerosidad a lo largo de su vida. Había atraído notablemente la atención femenina.
Pero Ataúlfo nunca se sintió demasiado cómodo como chico con el que ennoviarse. Había algo demasiado protocolario y frío en todo ese proceso.
De algún modo, la sirena –incluso se podría decir: una sirena–, era ideal para lo que él esperaba del amor. Alguien bello y agradable con quien estar, a quien abrazar, con quien dormir.
La dependienta nueva, excepto por lo evidente, era clavada a la sirena. La misma tez, el mismo pelo, y aunque el pecho estaba cubierto, parecía también el mismo pecho.
Ataúlfo no pudo contenerse.
–¿Eres tú?… ¿Eres tú?…
–…
–Sólo quiero saber si eres tú.
La muchacha le miraba, con los ojos muy abiertos. No era una mirada fácil de leer; eso no ayudó.
–Por favor… Por favor… Sólo quiero saber si eres tú.
A Ataúlfo no le importaba la explicación pendiente de las piernas; parecía asumir que ella podía cambiar a voluntad el tren inferior.
La muchacha no decía nada. Sólo parecía perpleja; de algún modo: Pillada.
Era extraño. Todos los clientes que lo vieron, coincidían: aquello era la hostia de raro.
–Sólo… Yo…
Parecía que Ataúlfo fuese a colapsar. La muchacha salió del mostrador, y comenzó a correr. Se fue de la tienda, y al parecer también del pueblo.
No se la volvió a ver.

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80 ILEGIBLES (68 de 80) – Matarife

Todos le teníamos cariño al asesino del pueblo. No es fácil justificarlo, tampoco es que lo hiciéramos. Digamos que eran otro tiempos.
Le llamábamos Matarife. Mata, si queríamos abreviar. Matarife salía algunas noches a matar. No le iban la modas o adaptarse a corriente ideológica alguna, mataba tanto a mujeres como a hombres como a niños. Una vez incluso a un bebé que gritaba sin parar. Matarife nos quería muertos a todos por igual. Nunca hubiese descartado a una mujer por ser mujer, o a un homosexual, o a alguien de otra raza o con necesidades especiales. No solía violar, pero si lo hacía, igual le iba un culo que una vagina. Cualquier boca u orificio.
Matarife, de todas formas, no era lo que se dice un animal sexual. Lo suyo era la casquería.
Hasta cierto punto, era un honor que te matara Matarife. Algunos ancianos, en el invierno terminal de su vida, le pedían por favor que acabara con ellos. Les gustaba la idea de acabar su vida en manos de un asesino fiable, un vecino de confianza.
A Matarife no le motivaba demasiado torturar y matar carne vieja, pero atendía estos encargos con aplomo y amabilidad.
Si algo era Matarife, es un trozo de pan.
De día saludaba a todo el mundo. Sus vecinas le adoraban. A menudo pasaban por su casa por las tardes. Cualquier excusa era buena. Matarife descuartizaba a alguna de ellas de vez en cuando. Todo el mundo sabía a lo que se arriesgaba con él.

Cuando digo que todos queríamos a Matarife, es que todos le queríamos. Lo queríamos en nuestras celebraciones, en los cumpleaños de nuestros hijos y las fiestas de fin de año. Un año fue elegido Rey de las fiestas de verano. La Reina fue Soledad; 20 años, la hija del panadero. Esa noche Matarife la golpeó hasta la muerte en un huerto. No sabíamos cómo se lo tomaría el panadero Remigio, un hombre arisco y distante. Hubo un conato de discusión, pero la sangre no llegó al río. Matarife y el panadero acabaron abrazados, rodeados de los vecinos del pueblo. Era una bonita estampa, todos aplaudimos.

Un año se le complicó el verano a Matarife. Nunca había turistas, pero dos chicas recalaron por casualidad en el pueblo.
Dos chicas de ciudad; dulces andantes y perdidos. Mochileras que olían demasiado bien para no haber leído a Kerouac hacía cuatro días.
Estuvieron vagando durante todo un día por el pueblo. Visitaron los dos bares y las tres tiendas. Echaron un vistazo por la plaza del Ayuntamiento. Se sentaron aquí y allá. Saludaban a cualquier habitante. Sonreían. Se movieron tanto y con tanta energía, que se acabaron cruzando con Matarife.
Estuvieron hablando con él, largo y tendido. Nuestro héroe, seguramente embriagado de novedad, cogió a una de las dos por el cuello. Lo hizo con las dos manos, y no la soltó hasta que sus piernas colgantes dejaron de temblar.
Un viejo lo veía, y gritó sonriente:
–¡Ay, Matarife!
La compañera se fue corriendo. Gritaba y lloraba, y pedía ayuda. Nadie la entendía. Es decir, sí, ya sabíamos lo que pasaba, pero es que era Matarife.
Matarife mataba.
Eso era lo que hacía Matarife.

Una semana después, vimos entrar en el pueblo una unidad móvil de la tele. Un fulano trajeado comenzó a hacer preguntas a diestro y siniestro. La cosa se complicaba.
Las vecinas de Matarife, oliéndose el percal, habían preparado antorchas. Además de armas blancas de todo tipo, que sus maridos tenían para su tiempo libre. El cámara y un técnico acabaron huyendo. El reportero, ese preguntador de ciudad, ese señor civilizado. Bueno, él no lo logró. Le sujetamos entre varios. Alguien le cedió un antorcha a Matarife. Se la clavó al periodista en la boca, mientras estaba sujeto, tumbado en el suelo. Aullaba y pataleaba. Acabó ardiendo, con todos sus juicios y su ropa cara.
Todos sabíamos que era el fin. Tarde o temprano se llevarían a Matarife. Y no solo a Matarife.
Muchos nos llevamos comida y varias mudas a las dos entradas del pueblo. Nos repartimos. Hacíamos guardia día y noche. Además de las caprichosas antorchas y las armas blancas, teníamos escopetas. Era el fin, pero lo sería a nuestra manera. Poco antes del drama, de la cárcel, de los procesos legales. Antes de todo ese trajín del petulante “sistema civilizado”, cada habitante del pueblo abrazó y besó a Matarife. Era una despedida. Alguno más murió (agradecido) en sus manos. Pero muchos murieron a manos del pueblo, en su nombre. Todos le teníamos cariño al asesino del pueblo. Todos queríamos a Matarife.

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80 ILEGIBLES (67 de 80) – Tebas

Siempre recordaré a mi colega Carlos del pueblo, llevándose el dedo índice a los labios, exigiendo silencio.
Tebas se estaba follando a Eduardo.
Fiesta del pueblo; tres de la mañana; año noventa y uno. Tebas debía tener unos quince años. Eduardo catorce. Eduardo hubiese sido todo un atleta si la mastubarción fuese deporte olímpico. O si lo fuese poner a todo meter a Extremoduro, cabreando a los viejos del pueblo.
No sé por qué llamaban Tebas a Tebas. Mi única referencia –aparte de la ciudad– era la Virgen de Tebas. Pero Tebas no había parecido virgen ni a los diez años. A los quince ya era voluptuosa como para las páginas centrales de cualquier revista. Parecía estar a caballo entre una rubia y una pelirroja, y solía llevar el pelo bastante corto, como mucho hasta los hombros. Un cabello pajizo, liso, desordenado. Ojos azules y mirada incisiva. Tebas era una fiestera, una organizadora, una empollona, el espíritu adolescente y la cubana perfecta. A veces la juventud responde al ideal de su fama.
En la peña que teníamos para las fiestas, en el local, solían pasar cosas de madrugada. Niños y niñas que follaban, para ser precisos. Y raramente con condón, por cierto. Pero no era falta de información, aquí un tertuliano no hubiese podido moralizar. Era escasez de medios. Si ibas a comprar condones a la farmacia de un pueblo que no llegaba a los mil habitantes, probablemente te imaginara follando a los dos días hasta el perro famélico de Cipriano el cojo.

La noche que Eduardo perdía el virgo, todos esperábamos fuera del local. Queríamos ver su cara después de follar con Tebas. Tebas se había reído siempre de él, y a veces con cierta saña, aunque luego parecía arrepentirse. Eduardo siempre hablaba de pajas y se hacía el misógino, sobre todo porque las chicas le paralizaban, y porque estaba enamorado de Tebas desde los cinco años.
Follar con ella podía ser el principio de algo, o simplemente una caricia sexual de Tebas a un chaval que sabía siempre había estado colado por ella.
Todo dependía de Tebas, obviamente.
El portón de la peña estaba abierto. Llegamos a oír algún suspiro de Tebas, algún murmullo de Eduardo. Nos mirábamos entre nosotros. Hasta cierto punto estábamos orgullosos de Eduardo. No porque “se lo mereciera”, o porque fuera “un buen chico”. Sencillamente era nuestro amigo, y si uno le deseaba el Bien a un amigo, que echara un polvo con Tebas era claramente algo de lo que alegrarse. No es que Tebas se follara a todo el mundo (aunque tenía fama de eso). Tebas era menos bruta de lo que quería aparentar. Era melosa y necesitaba sentirse querida como cualquiera.
Su presencia no ayudaba a verla como una más, porque era absolutamente arrolladora. Cuando era un poco más crío, no me hubiese extrañado verla flotar o mover objetos con la mente. Era lo que había al otro extremo de tu madre.

Al cabo de diez minutos que se nos hicieron eternos, vimos a Tebas salir del local. Estábamos a unos cinco pasos de la entrada. No nos dijo nada; no nos sorprendió, el protocolo no iba con ella. Se fue andando. Tenía la tez enrojecida (era MUY blanca de piel), y se reajustaba la ropa. No sonreía, no lucía triste, todo funcionaba hacia dentro.
Poco después salió Eduardo, de entrada también serio o circunspecto. Sonrió enseguida, quizá para no inquietarnos. Sus ojos brillaban.
Multitud de detalles de los últimos años, cobraban sentido. Era el principio de algo.

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80 ILEGIBLES (66 de 80) – Pureza

Cada vez que estaba con esta persona, me hablaba sobre su pureza. Eran conversaciones forzadas, un entorno laboral, a veces digital. Esta persona no creía que hablara sobre su pureza, obviamente, sino sobre la injusticia, pero no era muy difícil darse cuenta. Lo del gato encerrado se nota enseguida.
Hace tiempo que hay uno enorme con este tipo de gente (un gato). Creo que incluso quienes más caso les han hecho, se empiezan a percatar de ello.
Esta persona, tan autoetiquetada como un campeón de motociclismo, tenía la necesidad moral de clasificar a todo el mundo. Si no te autoetiquetabas igual (o simplemente no te autoetiquetabas), automáticamente te consideraba el enemigo, o en su defecto gravemente ignorante. Hay que tener en cuenta que, este tipo de personas, creen que existe cierta clase de pureza moral. Parecen a dos pasos de no considerarse mamíferos, sino apenas un haz de luz que ha llegado para hacer el bien.
La superioridad moral es el orgasmo del hipócrita terminal.
Esta gente parece haber monopolizado no sólo la Bondad, sino también la Humildad. Creo que todos sabemos ya a estas alturas que la humildad es cada vez más sospechosa.

Lo cierto es que nadie que la conociera, tragaba a esta persona. Se refugiaba en las redes sociales, donde tenía no poco seguimiento.
Ahí es donde se han encontrado, donde se han hecho fuertes, y donde parecen ahora debilitarse.
Los quince minutos de fama. Y oye, no es que no les hayan sacado partido. Algunas de estas personas hasta han ganado pasta, y pasta gansa, gracias a esta especie de discurso de la luz. Una retórica que raramente suele aguantar un pequeño análisis racional.
Estas personas vampirizan las emociones, también las propias. Sacan partido de ellas y se regodean en ellas. Se incorporan en el sillón y tuitean que han llorado por cualquier chorrada sin problema.
Siempre me imagino el Futuro esperando para masticarles a medio plazo. La generación que llora a la más mínima no parece que sea la que vaya a mejorar por fin el mundo.

Esta persona, persona de personas, parece fantasear con un ojo femenino morado. Sueña con una orgía de injusticia, maltratos y asesinatos. Un mundo de mierda que poder ver desde la barrera, que poder juzgar, que poder vampirizar. Un mundo que nunca mejore, en el que siempre haya “mucho trabajo por hacer”.
A veces incluso me da pena. Cuando este teatro se acabe, cuando el público ya no asista a la obra, ¿donde recalará toda esa representación de la pureza?

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80 ILEGIBLES (65 de 80) – Nicolás

Mi amigo Nicolás se tiró por un balcón mucho antes de que se le hubiera puesto nombre a eso. Era un tercer piso. Éramos tres amigos, pero yo sólo lo cuento, y el otro prefiere preservar su identidad.
Nicolás no, porque Nicolás nunca se arrepintió de lo que hizo. No al menos en voz alta. Si surge el tema, escurre el bulto. Hace poco le pregunté: ¿Lo puedo contar, Nicolás? Ante mi sorpresa, dijo: Por supuesto. Y añadió: Pero no quiero leerlo. Es comprensible, al menos en parte. Hace mucho que decidí no intentar descifrar a las personas, me basta con una presencia inofensiva.
Eran los noventa, la infancia de Internet, el unplugged de Nirvana y el bullying como chiquillería. Si hacías alguna trastada, tu padre te pegaba una hostia. No era elegante, pero era eficaz. Cuando se habla de un tiempo pasado, se asume que era peor, al menos ahora. Yo diría que la mayoría de veces sólo era distinto. Pero enfréntate si puedes a la soberbia del ser humano. La modernidad se ha convertido un alzatetas, en un alargapollas.
Estábamos solos en el piso de los padres de Nicolás, jugábamos a la consola. Master Sytem II. Alex kid. El verano. La felicidad.
Nicolás salió al balcón después de una partida lamentable. Estaba rabioso. Teníamos trece años. Recién masturbados por primera vez.
Las pajas son el descubrimiento de la bombilla del adolescente. Como si hasta ese momento hubieses estado a oscuras. Era una salida que se nos había revelado. Un milagro natural.
Salimos con Nicolás al balcón. Dijo:
–Ya mismo me haré una paja, o sea que os vais a ir.
Le entendíamos perfectamente. El tiempo libre era algo con lo que jugar, pero sólo un rato. Nicolas dijo entonces:
–Esperad.
Le miramos.
–¿Queréis que salte por el balcón?
De repente eso le parecía lo más divertido que podía hacer en ese justo instante. Había un árbol frondoso justo bajo nosotros. Casi podíamos agarrar sus ramas. Dijo que podía agarrase a las ramas a medida que iba cayendo. Estaba convencido de que no se haría nada, como mucho algún rasguño, algún moratón.
Nos pareció una idea magnífica. Esa es la verdad. Queríamos ver qué pasaba.
No es que a nosotros se nos pasase por la cabeza saltar; ni de coña. Pero Nicolás era el cabroncete del grupo, el echao palante. Era el que ya mentía sobre chicas. Si pasabas tres días sin verle, llegaba con una historia sobre un magreo de tetas o un dedo en la rajita de alguna niña. Un día incluso nos dijo que había follado con la panadera, y que estaba preocupado de que les hubiesen visto, porque la podían denunciar a ella. Decía que le parecía injusto, porque la panadera follaba como una campeona.
Saltar por el balcón era para él, supongo, una forma de ganar credibilidad. No es que se la fuéramos a conceder, pero actuábamos como si así fuera.
Vamos, Nicolas. Salta de una puta vez.
Se colocó al otro extremo de la baranda y miró hacia abajo. No podía ver nada, sólo el verde del árbol. Y nadie podía verle a él, a no ser desde un extremo de la calle y desde un buen ángulo.
Contamos.
Uno. Dos. ¡Y tres!
Le oímos atravesar el árbol, chocar contra su copa y caer aparatosamente al suelo.
Crujidos.
Entonces comenzó a gritar. Gritaba de dolor como yo no había oído gritar a nadie por ningún motivo.
Ni hicimos nada, estábamos paralizados, aunque al principio reíamos con ganas. Vaya hostia se ha pegado.
Supongo que alguien debió llamar a urgencias.

Dos días después, fuimos a verle al hospital. No era muy propio de nosotros, pero nuestros padres nos presionaron en esa dirección. El capullo había saltado por el balcón, ¿qué culpa teníamos nosotros? ¿Íbamos a tener que ir al hospital cada vez que un chaval del barrio hiciera una idiotez?
Entramos en la habitación que nos indicaron, incómodos, sin saber qué decir. Estaban sus padres. Ellos no conocían la dinámica más bien lánguida y cruel de nuestra amistad, de modo que reaccionaron complacidos al vernos. Salieron de la habitación para dejarnos solos.
–Eh, tío –dijimos.
Tenía vendada la parte superior de la cabeza y parte del torso, y una pierna entera enyesada. Nos comenzó a contar cómo una enfermera le hizo una paja la primera noche.
–Tenía unas tetas que te cagas. Quería que me hiciera una cubana, pero ella no quería que nos pillaran in fraganti.

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80 ILEGIBLES (64 de 80) – Ser un soldado

Me gustaría vivir en tiempos de guerra. Alistarme en el ejército, demasiado joven para entender mi decisión. Con todos los tíos de mi generación. Todos ilusionados por combatir por nuestro país. Todos embarcados hacia la zona de conflicto, lejos de casa, embutidos, con miedo y a la vez esperanza. Todos con los uniformes: uno de civil, otro de combate.
Me gustaría dar largas caminatas por donde nunca se suelen dar, con mis compañeros, con los oficiales. La cadena de mando. Todos recibiendo órdenes de su superior, yo recibiendo órdenes de todos. Me gustaría ser carne de cañón como sólo lo ha sido un hombre. Caminaríamos sin descanso, afrontando puntuales tiroteos, cubriéndonos bajo mortales bombardeos.
Me gustaría llorar en secreto, de puro terror, mirando durante una hora seguida la foto de mi novia por las noches.
Me gustaría agarrar con fuerza la mano de mi mejor amigo mientras muere, sus tripas a la vista, sus últimas palabras, confiando totalmente en mí. Visitaría a su familia, si lograba sobrevivir, le daría a su novia esa medallita que sólo tenía valor para ellos dos.
Me gustaría llevar a cabo una gesta heroica. Salvar a mi pelotón de una muerte segura, gracias a una decisión estratégica inesperada, puramente intuitiva.
Me gustaría matar al menos a un enemigo. Poder mirarle a los ojos mientras le clavo el cuchillo de combate, después de gastar ambos todas las balas.
Me gustaría costumizar mi casco, llevar sujeto a él mi paquete de tabaco.
Le pondría nombre a mi arma. Marybeth. O Sofía.
Escribiría largas cartas a mis allegados, dudando sobre los motivos de la guerra.
Aprendería sobre todas las formas de matar y morir.
Querría caminar entre cadáveres, habiendo convertido eso en rutina. Sin sentir nada. Mutilaciones, heridas terribles, torsos sin cabeza.
Me gustaría arrastrarme por la noche, viendo los destellos de los bombardeos en el horizonte. Y luego dormir oyéndolos, sobre una superficie dura.
Me gustaría tener pesadillas de veterano de guerra. O callar de un modo estoico cuando alguien me preguntara qué se sentía.
En el fondo sabes que no, que ni de broma, incluso aunque creas que las películas romantizan el Mal, pero me encantaría ser un soldado.

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80 ILEGIBLES (63 de 80) – Breve crónica de un puñetazo

La pareja no dejaba de hablar de lo bien que maridaba el vino con la comida. Ese vino en concreto con esa comida en particular. Una y otra vez. P. no sabía qué demonios hacía allí, cenando con ellos. Lo llaman aguantavelas; el siguiente paso a lo que llaman pagafantas. No sabía qué hacía allí, o lo sabía demasiado bien. P. jamás había pegado a nadie, ni siquiera de crío. Jamás se había enzarzado: tragaba saliva, contaba hasta cien, a veces se mordía la muñeca de pura rabia, se dejaba marca. Pero P., aunque jamás lo hubiese dicho en voz alta, no se consideraba exactamente un pacifista.
P. se estaba reservando para el momento adecuado.
La violencia, pese a formar claramente parte de la naturaleza humana, no está lo que se dice bien vista. Los más virtuosos la demonizarán siempre que tengan ocasión. A P. eso siempre le pareció menos una señal de bondad que de hipocresía; como si uno de los cuchillos de la cocina se hubiese convencido de ser una flor.
La mujer que tenía delante había sido amiga suya desde la infancia. P. no supo abrirse a tiempo con ella. Luego, la historia de siempre: Nunca es un buen momento, siempre resulta violento, siempre parece extraño entre amigos tan añejos, vas a romper algo importante, sin duda, la vas a cagar, ella no va a entender ni de lejos que “de golpe” ya no la quieras como amiga. No va a querer ni de broma un novio que no haya conocido hace cuatro días en una discoteca inmunda.
Se lo tomaría como si fuera su amorosa hermana, y querer follarte a tu hermana es enfermizo y asqueroso.
P., sin embargo, seguía ahí. Novio tras novio de ella. Novia tras novia (no tantas) comparada siempre con ella. Salidas deprimentes de pareja. P. había ganado varios galardones al mejor actor principal en los oscars de la masturbación. Se la había imaginado de tantas formas, y a él declarándose con éxito con tantas sutilezas. Había imaginado el sexo más cariñoso y afectuoso, y también el mas guarro y digital. Le parecía imposible que ella no sospechara nada. O al menos que estuviese tan desencaminada respecto a lo que él sentía.
Prefería no pensar en lo que ella leía en él.

Su nuevo novio era particularmente pijo. En determinado momento, cuando ya ni siquiera le escuchaba, P. se levantó, cerró el puño, cargó el brazo y descargó un puñetazo brutal en la cara del tío.
Sólo era un figurante, uno más, otro actor invitado que pronto se iría otra vez de castings. Pero P. no lo tenía previsto. No lo planeó. Le salió prácticamente sólo, mientras el tío volvía a hablar del vino. Lo dejó inconsciente, tirado en el suelo. La silla y el fulano, ambos de costado. A la mierda la cena.
Ella se levantó, miró a P., se tapó la cara con las manos, y se fue a paso ligero.
Echaron a P. del local. Volvió a casa caminando, pensando. No se sentía mal, sólo cargado de adrenalina. No sentía que hubiese perdido nada. Había, de hecho, algo que le ofrecía una brizna de esperanza. Era posible que ese acto, esa hostia, hubiera ayudado a empezar a romper la programación. Cómo ella le veía a él, incluso como él la veía a ella. Cómo ambos se veían como pareja.

Pasaron las semanas. Ella no le contactó. Él tampoco dijo nada. Para P. era un pequeño paso adelante. Seguramente para poder ser pareja, antes tenían que aprender a dejar de ser amigos. Ambas cosas son demasiado distintas, al menos al principio. La amistad hace que el morbo se convierta en algo ridículo. Elimina a menudo cualquier atisbo de atracción sexual. Hace que el sexo se convierta en algo inadmisible. Y el sexo es lo que define a una pareja. El sexo la bautiza, la formaliza, la hace sólida. La hace creíble.
No tiene por qué ser siempre así, pero casi siempre es así.
Ella estuvo un tiempo con otro tío. El fulano del puñetazo se recuperó y cortó por lo sano. P. no le caía bien (siempre tan cerca), y ella debía ser para él poco más que un polvo descomunal.
P. Continuó pensando que ese acto violento, improvisado y desagradable, podía darle puntos de una forma retorcida. Se puede reconocer o no, pero algo así te puede reafirmar a veces como persona. Probablemente lo hace más que aguantar velas o pagar fantas.
Decir: ESTOY AQUÍ. Aunque sea de mala manera. Aunque repetirlo fuera algo estúpido.
Incluso la gente más supuestamente pacifista y sensibilizada, podría notarlo, podría percibirlo. Entenderlo. Aunque jamás lo reconocieran.

P., dos meses después del puñetazo, y tras enterarse de que Ella volvía a estar libre, le escribió un correo. Se disculpó, pero no como lo hubiera hecho antes. Más bien con reservas. Se hizo el duro. Aunque en realidad era así como se sentía. Tenía que renacer, tenía que reivindicarse como hombre. Nadie quiere follarse lo políticamente correcto.
Ella le contestó el correo, con un escueto:

Eres gilipollas

Lo acompañó con un emoticono sonriente.

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80 ILEGIBLES (62 de 80) – El momento te-estás-follando-a-mi-hija

O. acabó reunido con el padre de Ella en el balcón. Quería pensar que había pasado lo peor. Habían comido en familia, la charla había sido distendida, la comida era deliciosa. Pero aún no había llegado el momento te-estás-follando-a-mi-hija. O. pensó que quizá se había librado, o incluso que ese tipo de cosas no pasan como en las películas. Había que ponerse en el lugar de ese padre; cincuenta y largos, enjuto, canoso, aparentemente amable, aunque con cierto brillo en el fondo de su mirada, algo que decía : Te podría matar a martillazos.
Era contable. No parecía tener el perfil; te lo imaginabas más bien llegando a casa por las noches con el mono manchado.
Fumaba, de modo que de alguna forma le perdonaba a O. el que también fumara. De hecho O. había salido al balcón a fumar; no si antes pedir permiso y un cenicero. Quizá se montó la encerrona a sí mismo. Suele ser un error relajarse con el entorno inmediato de tu pareja. Al fin y al cabo son extraños. No eliges a tus padres, pero mucho menos a tus suegros, y aún menos a cuñados y amigos ajenos, y un montón de críos anónimos insoportables. Aquello era como alguna clase de familia italiana o griega, ruidosa, siempre encantada de reunirse, empapada en tradiciones y dispuesta a arrugar el ceño ante cualquier acto, palabra o condición que no fuese lo acostumbrado.
O eso parecía.
El tipo se encendió un cigarro y miró a O. como si fuera una chapuza. Algo que alguien hubiese arreglado en su casa de mala manera.
O. decidió no agobiarse. Somos personas, ¿no?, pensó. El fulano hablaría y O. le correspondería. Le preguntaría y O. le contestaría con claridad y educación. No necesariamente con la verdad, que a veces no trae nada bueno, pero sí al menos con buenas aproximaciones.
–¿Qué hacéis cuando estáis solos? –soltó de sopetón.
–¿Cómo?
–¿Que qué hacéis cuando estáis solos?
–Bueno. Vamos mucho al cine, salimos a…
–No– interrumpió–, digo que qué hacéis cuando estáis solos. Cómodos. A gusto. ¿Cómo os lo montáis?
–Creo que no te entiendo.
–Me entiendes perfectamente, chico. ¿Te has fijado en mi mujer?
–¿Que si me he fijado…?
–Joder. Chico, no me lo pongas difícil.
–Bueno, me parece muy buena persona, muy amable y…
–Tío. Ya sé que no es una niñita de veinte como mi hija, pero ¿te has fijado o no?
–…
–Te lo creas o no, esa mujer y yo también tuvimos veintitantos. Y cuando éramos tan jóvenes… Dios… Aprovechábamos cualquier rincón, fornicábamos como conejos. Ella pedía más y más y más, y ¿sabes qué?
–…
–Yo se lo daba. Le daba por la boca y le daba por el culo, y le encantaba.
–Vaya… –murmuró O.
–¿Vaya qué? Le encantaba. Pero ¿sabes qué? Le sigue encantando, chaval. Vale, sí, no follamos tanto ahora, joder, es imposible, fíjate.
Señaló hacia el interior, abarrotado de gente.
–Ahí hay algún que otro condón roto… Pero nosotros siempre hemos apechugado. ¿Sabes lo que es apechugar?
–Cargar… con las consecuencias desagradables de una acción.
–Qué eres, ¿un puto diccionario? Te lo voy a volver a preguntar: ¿Qué hacéis cuando estáis solos?
–¿Quieres que te diga… cómo follamos?
–Ah… Así que ¿folláis?
–Bueno. Claro. Sí.
–Y dime: ¿Cómo te follas a mi hija?
–…
–¿Es como su madre? ¿Le gusta que la llames puta mientras se la metes? ¿Se deja dar por el culo? ¿Te la chupa? ¿Te la chupa con ganas?
–…
–¿Sabes qué hacía yo con su madre?
–…
–Me bebía su pis.
–…
–¿Y crees que me gustaba? Pues sí, joder, me ponía como una moto, aunque estuviera asqueroso. Pero de eso se trata, chico, de tragar. Tragar, chico. Si tragas con fuerza, y luego te limpias así, con el dorso, y sonríes, satisfecho, ella se correrá para ti.
–¿Puedo decir que estoy un poco incómodo?
–¿Incómodo? Si no te da apuro hacerlo, no te da apuro contarlo. Así que, voy a intentarlo otra vez: ¿Qué hacéis cuando estáis solos?
–Muy bien… Pues… Nos desnudamos… completamente. La acaricio y…
–Qué eres, ¿un cura pedófilo? ¿Ella se confiesa contigo? ¿Le tocas el muslo y le das un besito en el cuello? ¡Cuenta de una puta vez!
–Pero…, ¿qué… quieres que te cuente?
–¿Mi hija está con un niño, o está con un tío? ¿Eres un pipiolo de la nueva ola? ¿Crees que el consentimiento sólo se puede dar en voz alta, con un puto megáfono? ¿Si alguien se mete algún día con ella, vas a cogerla del brazo y vas a huir con el rabo entre las piernas?
–…
–¿Qué hacéis cuando estáis solos?
–Follamos… Follamos duro y…
–¿Qué es ese tonito? ¿Eh?… ¿Qué hacéis cuando estáis solos?
–Jugamos a Violación –suelta O., ya cansado, mirando al hombre a los ojos.
–…
–…
–Jugáis a Violación… Muy bien. Habla.
–Ella se mete en la cama antes que yo. Yo no puedo ir hasta que haya pasado al menos media hora. Después, como decía antes, follamos duro.
–¿Por qué te saltas tantos pasos?
–Vale. Nos montamos historias, ¿vale? Como que ella me denuncia por violación, porque no la he follado bien, y hablamos de todo eso mientras follamos. Me llama maricón para que le dé más fuerte. Por ejemplo.
–Vaaaaya, vaya. Así que los jovencitos de la justicia social sois unos guarros igual que todo el mundo.
–…
–¿Sabes qué?, yo sí he pensado que eras un maricón. ¿Sabes que es una forma de hablar, verdad? Esto no es la tele ni Internet. La verdad es que en mis buenos tiempos envidiábamos la promiscuidad de los maricones. Yo mismo quise comerme alguna polla, pero entonces tu suegra (no te asustes, sigue siendo una forma de hablar), en fin, apareció tu suegra y ya sólo se me levantaba con ella.
–Claro.
–Exacto. Claro.
El tipo le dijo a O. que esperara. Llegó al cabo de dos minutos, con sendos puros. Traía también dos copas, que llenó de algún tipo de Jerez barato. Alzo la suya; dijo:
–Por los maricones.

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80 ILEGIBLES (61 de 80) – Dos pilotos cojonudos

A. se sienta en su caza de combate, lo deja todo listo. Sólo queda esperar el momento, la orden. Observa a su compañero en el caza de al lado. B. hace la visera a modo de saludo. Como si dijera:
–Eh, colega.
Y A. le devuelve el gesto de la visera:
–Eh, amigo.
Y B., nuevamente:
–Ya estamos aquí, colega.
B vuelve a hacer el gesto de la visera:
–Somos cojonudos.
Se entienden a la perfección. Años de preparación. De química.
A. hace la visera:
–Genial, tío.
B. vuelve a hacer la visera:
–Eres cojonudo, te lo mereces.
A. otra vez, tensando los músculos del brazo:
–Vamos a joderles, amigo.
Y B.:
–Eres el mejor.
Visera:
–No. Tú eres el mejor.
–Somos la hostia.
Todo sin hablar.
Visera.
Visera.
A. atiende a los controles.
B. se centra.
Todo está listo.
–Salimos, tío –dice la visera de A.
–Tenemos pollones –dice la visera de B–, y los vamos usar. Con ellos.
–Con ellos, tío.
–Con ellos, colega.
Visera.
Visera.
A. coloca la foto de su novia en un lugar visible.
B. coloca la foto de su novia en un lugar visible.
Retoman el contacto con la mirada
A. dice:
–¿Nos los vamos a follar?
B. contesta:
–Por el culo, tío
–Por el culo –insiste B.–, por el culo.
A. sonríe. Dice:
–La polla les va a salir por la boca.
B. le devuelve la sonrisa.
–Por la boca, colega.
Visera.
Visera.
Sonrisas.
Reciben la orden. Ambos bajan la cabeza. Se centran durante un minuto. Se miran por última vez.
Se miran.
Se miran.

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