Treinta formas de esconder los objetos cortantes (23 de 30) – Sinsentido y sensibilidad

Vino de la ciudad, decía que era una persona. Según su versión digital, tenía muy afilado su sentido de la sensibilidad. Su opinión era siempre cerrada y moral, y no había nada que fuese discutible. Eras un ente acertado o un ente equivocado. Le dabas la razón o estabas en un error. Para dicha persona el mundo era un lugar fácil demasiado difícil para los demás. Tal y como hablaba, nada te hacía suponer que dudara. No condenaba la duda, pero Dios la librase de practicarla. La duda era, en el mejor de los casos, debilidad; pero casi siempre era otras cosas, cosas que si eras susceptible te colocaban en un bando de criminales.
De una forma u otra, decía que era una persona que merecía un respeto, y miraba a su alrededor con confianza, aunque a veces también con miedo. Si tenía miedo, siempre estaba justificado. Si tenía miedo era un fallo del sistema, o tuyo. La equivocación sólo podía ser ligera o cómica. Vaya, otra vez que llueve y no he sacado el paraguas. Un día me dejaré la cabeza.
Pero en lo importante, esta persona, todo el tiempo con la palabra «feminismo» en la boca y llegada de una gran ciudad, siempre sabía quién merecía morir en las llamas de un infierno ateo.

Como he dicho, vino al pueblo. Sus padres no tenían pueblo. Vino porque su pareja conocía a alguien que conocía a alguien. Conocíamos un poco a esta persona sensible de ciudad porque nos había insultado. Nos había insultado decenas de veces. Nunca de forma presencial, pero siempre de formas muy graves. Los insultos no siempre se le devolvían, y no eran necesariamente producto de un gran desacuerdo. A veces sólo se ponía en duda el hecho de que dicho ser no tuviera absolutamente toda la razón en todo.

Un día su pareja se quedó en cama, un mal resfriado veraniego. Pero ella se unió al grupo por amistades de amistades. Sólo uno o dos integrantes le daban conversación de verdad. El resto sentíamos que nos sentiríamos demasiado hipócritas haciendo acercamientos.

Se nos ocurrió algo. Comenzamos a callejear. Sabíamos que esa tarde se celebraba una matanza. En la versión oficial estábamos paseando. Alguien del grupo se encontró con alguien. Nos detuvimos. A pocos pasos, en cierto rincón, se ejecutaba la matanza. Un cerdo pasado a cuchillo. La sangre se iba por un sumidero callejero. Casi nadie en el grupo había querido ver ninguna matanza jamás. Nos resultaba tan desagradable como a quien más. A su vez, teníamos amigos o familiares –en su mayoría mayores– a los que les gustaba asistir a dicho acto. Les queríamos, aunque no compartiéramos ese gusto por los chillidos terribles del animal. La verdad es que no sabíamos si la persona respetable era vegetariana o vegana. Pero sabíamos que no querría ver aquello. Ni de broma. De modo que de forma no muy sutil, nos acercamos al “show”. Queríamos que la persona lo viera todo, o al menos una parte.
Disfrutamos en silencio cuando tuvo sus primeras arcadas. Y seguimos aguantándonos la risa un poco después, cuando, en una callejuela, vomitaba. Algunos de los ruidos que hacía, no eran tan distintos a los del cerdo.

Lo que tienen los pueblos, es que cada verano puede haber gente nueva. Amistades de amistades. Otro año, al grupo vino a parar otro tipo de persona, muy distinta pero igual de parlanchina y “razonable”. Más habitual –machista, homófoba, etc.– aunque igual de insoportable. Ese verano, en fiestas, decidimos que nuestra peña –en la que había casi paritariamente tanto mujeres como hombres–, todos nos vestiríamos de mujer (quisiera la persona en cuestión o no), y seríamos la Peña Mata-Machirulo.

Esas personas de fuera y su discurso, no nos parecían importantes, ni tampoco muy inteligentes. Quizá muy creídas o ignorantes, poco más que un sinsentido.
Sólo era jugar a ser el “otro bando”; jugar con su idea del mundo. Alguien muy mayor –pero muy sabio y viajado– del pueblo, nos dijo una vez que, lo único que se puede hacer con quien no sabe intercambiar ideas, es intentar divertirse a su costa.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (22 de 30) – Humanos y tsunamis

A veces me siento excesivamente representativo. ¿Cuál es el origen biológico y antropológico de ciertas actitudes? Sin que nadie me haya preguntado, diré que tenemos serios problemas de conciencia. Hay algo que no casa en el ser humano. No somos capaces de hacer convivir la conciencia y el instinto.
Pasa a varios niveles con el sexo, pero también con la comida.
Sería capaz de comerme una hamburguesa mientras veo un documental sobre explotación animal. No lo he hecho nunca, pero estoy seguro de que podría. Bien pensado, es probable que ya lo haya hecho sin darme cuenta. Te pones un documental y quizá no te percatas de que te estás cenando el terrible motivo de su existencia. Es como ver Viven en un avión. Creo que hacemos ese tipo de cosas muchas más veces de las que creemos. Sentimos toda la pena mientras nos comemos toda la pierna de cordero. Somos verdes ecologistas conduciendo. No me gustan los toros, hasta los repudio en público, y lo paso bomba pareciendo tan moral, mientras me como una parte del bicho después de la corrida. Veraneé en cierto pueblo, podría haber pasado perfectamente. Los últimos años ya no iba a ver el espectáculo, me parecía repugnante, era mi postura moral, política, de ser humano avanzado, no como todos esos catetos. Mojaba pan en el tomate de acompañamiento a la morcilla. Con la boca llena, el jugo por las comisuras. Basta de crueldad. Esperad, ¿ya se ha acabado el jamón?
Sé que hay muchos matices, y que una cosa es comer y otra una corrida de toros. Perfecto. Pero sigo percibiendo un batiburrillo muy extraño de instinto y moral.
Quizá la duda no sea si podemos ser buenos, si no si podemos aceptarnos como somos. Como sea que seamos.
Hay gente que decide que sabe qué es lo correcto. Dado que el ser humano es el único animal consciente de su existencia (incluso sabe que va a morir), se supone que eso debería hacerle tomar ciertas decisiones.
Está perfectamente documentado que sabemos ser omnívoros. Y que sabemos hacerlo muy bien. Se puede discutir sobre qué está mal, pero no que un bistec sabe bien y alimenta. De modo que, a lo largo de la historia, y como ser omnívoro, el ser humano se ha comido todo lo que ha sabido tratar o cocinar. Todo aquello que no fuera venenoso, quitara el hambre y se pudiera cagar, ha servido.
A veces he pensado lo guay que sería ser vegano; siempre he pensado “lo guay” que sería; nunca me he atrevido a pensar que fuese «lo correcto», no más que no serlo.
Otra cosa es que se puede ser omnívoro y aun así ser consciente de la terrible explotación industrial en torno a los animales, con los que la tortura y la humillación no tienen límites.
Eso está mal. Ni tan siquiera cabe discusión.
Donde yo nunca llego a una conclusión que me convenza, es en el asunto de lo que te llevas a la boca. El mundo no es un lugar horrible ni maravilloso, simplemente ES. Animales comen animales. Pese a todo eso, el ser humano se cree el centro; no ya del Universo, pero sí de la fiesta. No sólo cree ser lo más importante, además también cree ser la especie con más capacidad para la bondad (sea lo que sea).
Eso es paradójico de por sí, ya que el ser humano ni tan siquiera es bueno con el ser humano. Y diría que, al margen de ciertas “heroicidades” y martirios, básicamente es egoísta y miedoso. Mira por los suyos, y cuando se estrecha más el círculo, sólo mira por sí mismo.
Cuando en unos lugares se morirían por poder comer carne, en otros se puede elegir no comerla. Eso es más obsceno que una corrida de toros, y también que la industria alimentaria. No sólo eso, además habla con mucha más precisión de la moral del ser humano que cualquier parrillada o batido de color verde.
Esto va de decisiones personales, y todas son respetables. Pero los que dudamos también tenemos derecho a poner interrogantes y comillas por todas partes. Luego cada cual tendrá en su nevera lo que tenga.

Una vez una niña me preguntó por la carne. Me sentí más acorralado que si me hubiese preguntado por Dios. Pensé que ahora comer carne es casi tan poco atractivo como ser religioso. Preferiría que me hubiese preguntado si Dios existe. La niña tenía nueve años y era mi sobrina. Comíamos lomo de cerdo en un garito al lado del mar. Le dije que comer carne está fatal, y me metí teatralmente un gran trozo en la boca.
Eso le hizo reír, así que lo repetí hasta acabar el plato. Mi hermano, siempre hábil con las preguntas complicadas, le dijo:
–Puedes comer o dejar de comer lo que quieras. Lo que no puedes hacer es decirle a los demás qué tienen que comer, ni directa ni indirectamente. ¿Lo entiendes?
Ella replicó algo que no recuerdo, refiriéndose a algún concepto muy amplio, sobre el mundo o los seres humanos. A lo que mi hermano contestó:
–Si ahora llegara un tsunami muy grande, no haría excepciones. Si no llega, luego nos bañamos. Así funciona el mundo.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (21 de 30) – Jardinería

En un verano de hace ya demasiados años, estuve de mozo para todo en cierto supermercado. Encadené varios trabajos de ese tipo. Antivocacionales. La clase de curros que las personas responsables no consideran de verdad, los trabajos asociados sólo o bien a perdedores o bien a estudiantes. La crisis vino luego a aguar un poco esa percepción, pero ni de lejos cambió las cosas.
Ser reponedor o mozo de almacén, se sigue considerando un trabajo aceptable sólo en ese contexto en que la gente dice cosas como “Sólo es un trabajo”, o “Es tan digno como cualquier otro”. Que son encriptaciones de: “Vaya putada”, o: “Pobre capullo”. O incluso: “Haber estudiado”. O hasta: “Algo habrá hecho”.
En cualquier caso, el año que yo me encargué un tiempo en verano de la sección de Jardinería en cierta gran superficie, aún no había llegado crisis alguna, nada con lo que la gente pudiera verme y pensar que quizá tuviese una carrera o dos, un máster, o cualquier otra cosa enmarcable. Si estaba allí regando las plantas y no tenía edad universitaria, es que simplemente era un pobre capullo. Sólo un trabajo. Uno tan digno como cualquier otro.

Cuando ahora lo pienso, no tengo ni idea de lo que pasó. A decir verdad no me ocupaba sólo de las plantas. Me encargaba también de la zona de cámping, junto a otros compañeros.
La zona de cámping era la que absorbía más tiempo. El problema de las plantas, es que están vivas. Requieren de ciertos cuidados dependiendo de qué plantas sean. Nadie iba a contratar allí a alguien que supiera lo que hacía con ellas, algún puto jardinero sonriente que supiera qué necesidades tenía cada especie. El mismo capullo que descargaba palés de los camiones era el que reponía sombrillas y sillas de jardín, atendía a los clientes y tenía que cuidar de las plantas. Estaba acumulando dignidad por el proceso de discutir con señoras sobre los colores de las sillas de sus catálogos fantasma. La gente iba allí a buscar productos de otras cadenas de supermercados. El catálogo que el cartero dejara en el buzón, les valía para el supermercado más cercano. A veces todos refunfuñamos, nos quejamos de lo idiota que es la gente, de lo estúpida e irritante que es. Pero no te haces una idea hasta que no trabajas de cara al público. Te parece imposible que ciertas personas, por cómo razonan, sean capaces de hacer cosas como limpiarse el culo o pagar el parking.
Estás allí, eres reponedor, nada de lo que haces requiere de ti nada más que tu tiempo, y sin embargo hay personas que te hacen sentir como si estuvieses separando el átomo. No colocas flotadores en estanterías, buscas una vacuna para el cáncer.
Juro que una vez conversé con un tío de unos cincuentas años que hablaba así:
–Zzzz… ozzzzz. Zzzzzzzzzzzi. Azzzzzzzzzzz. ¡ZZZZZZZZZZ!
Tuve que usar mi teléfono de circuito interno para librarme de él.
Para cuando el de seguridad llegó, el tipo ya tenía la cara como un tomate, estaba furioso, me miraba como si fuese culpa mía, que le estaba metiendo la polla en la boca.
Los sábados podías acabar desquiciado. La gente se movía como isobaras en el mapa del tiempo. Sólo te veían si te necesitaban. Si no era así, estorbabas, eras basura suicida de peli indie americana de los noventa.

Las cosas estaban así, además de hacer un calor insoportable. No paraba de escuchar el Reveal de REM. Recuerdo noches de inventario en que volvía a casa a las cuatro de la mañana. Es sorprendente cuántas cosas se pueden contar de lo que no hay nada que contar. Fue el verano más anodino de la historia. No lo salvaba ni el hecho de que yo tuviese poco más de veinte años. El previsible adjetivo adecuado era: Deprimente.
Y encima maté de sed a un montón de plantas.
Se dio cuenta una compañera de cámping. Me había saltado la rutina con la regadera. Debí pensar que quizá las plantas podían pasarlo mal, pero que con un chapuzón de vez en cuando la cosa estaba hecha.
Pasados unos días, se dio cuenta el encargado de la zona. El jefecillo. Lo más deprimente/curioso de ser reponedor, es que incluso el tío que está por encima de ti es el último mono. Hace casi lo mismo que tú, se come más horas, y gana un pelo púbico más de pasta al mes. Te da órdenes, pero muchas veces da la sensación de vivir mucho peor que tú.
Mi jefe se quedó mirando las plantas conmigo al lado. Me habían llamado por megafonía.
Me dijo algo como:
–¿Te has dado cuenta de cómo están las plantas?
Y yo contesté (literal):
–Sí, es una pena.
Como si no fuera conmigo.
Al cabo de un par de semanas, cuando tocaba la renovación del contrato, no hubo tal cosa para mí.
Días después iba en el coche de un amigo, contándole mi experiencia como jardinero, intentando que sonara gracioso. Entonces él, muy serio y compungido, va y me dice que el día anterior había atropellado y matado al perrito de una pareja monísima que estaba paseando. No lo voy a negar, eso me hizo sentir mejor.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (20 de 30) – Suplemento dominical

Ese árbol, le digo a la periodista, es un símbolo para el barrio. Le cuento que una vez alguien se colgó de él. Se ahorcó. Algo relacionado con una historia de amor y una enfermedad terminal; o quizá con una historia terminal y un amor enfermo. Le digo que cada vez que pasamos por delante del árbol, nos replanteamos nuestras propias circunstancias. Como si aquí alguien se replanteara nada. Si quiere un perfil humano, se lo puedo dar. Pero no puede ser real, sólo periodístico. Yo no soy nadie, y en el barrio no pasa básicamente nada, al menos de cara a la galería. La verdad se reduciría largas jornadas de aburrimiento, el asalariado/parado que va y viene. Pero eso es todo.
Por fin hemos llegado, esta es mi cafetería habitual (ni de broma frecuento locales del barrio, me voy al centro). Sin llamar la atención, le digo a la periodista que aquí es donde yo vengo a beber el café que me sirve Pepe. Lástima que hoy no esté para presentártelo. Pepe es un buen tío, sirve café y es un cachondo, un tipo amable que sirve café. ¿Se puede pedir más? Nos bebemos el aguachirri amargo que nos sirve un chino, y le digo a la periodista que me acompañe. En el barrio aún nos aguarda mucha magia, lugares con mucha carga sentimental para mí.
Es un intento periodístico por escribir sobre alguien «normal», de periferia, algo estilo relleno de contraportada, o para completar la maquetación del dominical. Algo con lo que lector pueda decir: ¡Yo también soy así! O aún mejor: Menos mal que no soy así…
Ahora el periodismo es sobre todo algo de lo que defenderse. ¿Que queréis venir a mi barrio? Yo os lo enseño. Dijeron que llamaron a varios teléfonos al azar. Aceptar fue un arrebato por mi parte.
En este banco es donde nos sentamos a leer. Ahora no hay nadie porque son las tres de la tarde. Pero aquí es tradicional traer lo que cada cual tenga encima de la mesilla, y avanzar tranquilamente veinte o treinta páginas.
La periodista parece entusiasmada, o al menos interesada. Su mirada dice algo como: Oh, nadie lo diría, para que luego digan que en los barrios no hay cultura. Claro que sí, el banco para leer del barrio. Un bonito material de tendencias de agosto.
Pero sígueme, aún quedan algunas maravillas.
El fotógrafo que nos acompaña parece hacer lo suyo de forma automática, sin pensar.
Esta es la Plaza de la Mujer, digo, improvisando. La periodista escruta a su alrededor, asiente con gravedad. La posibilidad de que surja el feminismo en la conversación, ahora es un caramelo para cualquier medio.
¿Por qué la llamáis la Plaza de la Mujer? Ese «lo llamáis» se refiere a la gente de por aquí, los que aún hacemos fuego con piedras. Vaya, un banco para leer, un árbol del amor, y ahora una plaza de la mujer. ¿Por qué la llamamos así? Le digo que en los dorados años noventa violaron y asesinaron aquí a una chica un sábado por la noche, una niña muy querida en el barrio. Ni siquiera era mayor de edad, debía tener quince o dieciséis años. Fue terrible. A partir de aquel momento, de forma espontánea, aquella plaza se convirtió en la Plaza de la Mujer. La niña se convirtió en símbolo.
Pero no hay ningún rótulo. ¿Quién comenzó a llamarla la plaza de la mujer? Hay quien dice que fue Pepe, otros que Alfredo, un taxista de por aquí. Y otros aseguran que fue Mary Carmen.
¿Quién es Mary Carmen?
Mary Carmen está muerta.
Oh…
No añado nada más, y espero ir quedando poco a poco como un lunático. A veces hay algo mejor que que no te pillen en las mentiras, y es que se queden dudando, que acaben concluyendo meses después que les tomabas el pelo.
Vamos, aún hay algo más. Voy improvisando, mentir a quienes mienten profesionalmente es placentero. Vale que yo soy un mentiroso amateur, y que además no estoy haciendo daño ni humillando a nadie con mis mentiras. Aunque he de reconocer que en su día pensé en estudiar periodismo…
Llegamos a las afueras, caminamos un buen trecho. Puro perfil humano, ¿no?
Le digo a la chica que eso que tiene delante es el cerro del zapatero. ¿El cerro del zapatero? En realidad esta leyenda existe, pero tiene que ver con el pueblo de mis padres, no con esta ciudad ni sus lugares apartados para follar en coches.
Lo que le digo a la periodista es que todo el mundo aquí conoce la leyenda, al menos en el barrio.
Una vez el zapatero del barrio, en los años sesenta, comenzó a jugar a la cartas. Tal acabó siendo su ludopatía, que un día acabó no solo por perderlo todo, sino que también decidió jugarse el pie. Su propio pie. Dijo que se jugaba su pie (el que quisieran) contra todo lo que tenía su rival directo. Jugaban en una herrería, estaban borrachos, y tenían a mano toda clase de objetos cortantes, auténticos instrumentos de tortura.
Cuando, casi inevitablemente, perdió la partida otra vez, le sujetaron, y comenzaron a serrarle el pie derecho a la altura del tobillo. Se dice que los niños que conocen la historia a veces sueñan con ese sonido, el metal en fricción contra la carne, los tendones y el hueso. Dicen que los gritos se oían por todo el barrio, pero también las risas. Envolvieron el muñón como pudieron, con trapos sucios del taller, lo sacaron de allí, y lo metieron –junto al miembro amputado– en el maletero del coche de uno de ellos. No dejaba de gritar y de lanzar los puños y retorcerse. Los otros cuatro jugadores también se acomodaron en el coche, y pusieron rumbo al cerro.
A partir de cierto momento, dejaron de oír ruido en la parte de atrás. Extraño. Pero no tanto, era posible que con la brutal perdida de sangre se hubiese desmayado.
Se les ocurrió que era una buena idea tirar en el cerro el zapato con el pie dentro. El zapato del zapatero. Ese puto idiota. Ni siquiera habían decidido qué hacer con él, puede que llevarlo al hospital. Pararon el coche en una zona en que empezaba a complicarse el camino. Salieron del vehículo y el conductor se dispuso a abrir el maletero.
¡No hagas ninguna tontería, zapatero!, gritó. Le pareció prudente.
Al abrir la puerta, los cuatro se quedaron más de diez segundos en silencio, mirando. En el maletero no había nadie, excepto el zapato con el pie amputado dentro. ¿Qué demonios había pasado? Si el cabrón hubiese forzado el cierre y se hubiese ido, lo habrían notado. ¿Y aunque hubiese conseguido salir del coche, aprovechando la escasa velocidad mientras subían el cerro, cómo narices iba a haber cerrado el maletero? Por no mencionar que estaba obligado a cojear… Vale que iban borrachos, pero hay ruidos, hay movimientos, intenciones y sombras, que no pasas por alto tan fácilmente.
Tu novia no se folló a aquel tipo porque hubiese bebido mucho y estuviese muy confundida. Se lo folló porque quiso.
Lo que siempre se ha dicho, es que desde entonces el zapatero se aparece en algunas casas, en pisos, sobre todo en el reflejo de cualquier superficie lisa. También se cuenta que, el zapato con el pie dentro, que finalmente los jugadores tiraron en el cerro, a veces aparece ante excursionistas o adolescentes que quieren tener sexo, y que sangra sin parar, formando grandes charcos.
La periodista dice que prefiere volver a la Plaza de la Mujer.
Le digo que sólo es una historia, que me gustan las historias. Hemos perdido de vista al fotógrafo, o quizá se ha hartado y se ha largado. Creo que la chica no sólo está algo asustada por la leyenda. Creo que piensa que quiero hacerle algo.
Por un instante, temo qué barbaridad pueda acabar escribiendo sobre mí. Puede que no en el perfil amable del dominical, pero sí en otros medios más personales.
El imaginario colectivo moderno parece empezar a bullir de indignación.
Le digo que vale, está bien, vamonos. Te voy a enseñar la Fuente de la Compresa.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (19 de 30) – Una presentación

Sólo siento que tengo razón de verdad cuando me siento como una mierda. Eso debería darme alguna pista. Es un secreto. Hablar en voz alta suele estar sujeto a cierto catálogo de discursos y giros. Es importante evitar las preguntas. Hay un guión, pero esto va más allá.
El autor ríe desde su silla. Quien le presenta el libro ríe a su vez. Los asistentes acomodamos el culo. El siguiente comentario procura aplacar la hilaridad del anterior. Estamos aquí y somos serios. Una «chica misteriosa» se mueve por la sala. No se sienta, va de un lado a otro. Hacemos como que no la miramos. Imagino la pesadilla de publicar, lo bonito y horrible que sería. ¿Quién diantres es toda esta gente? ¿Son todos amigos del autor? ¿Cómo se ha podido llenar esta sala? Un primer libro y ya tenemos a Paul Auster…
Se llama Bicicletas de papel.
Odio los libros con títulos de libro.
Una novela corta, el tipo tiene unos treinta y tantos. Yo estoy aquí porque cuando conoces a una chica que te gusta, siempre tienes que imaginar su pasado. Nunca tienes la suerte de que sea solitaria y haya sido desgraciada, para así no tener que enfrentarte a la gente guay que la rodea. El pensamiento egoísta, incluso el más natural, es una de esas cosas no incluidas en el catálogo de lo que puede decirse en voz alta.
Bicicletas de papel. Un mamón amable. Es amanerado, pero creo que hetero, ha de tener un montón de historias de bullying para contar. Me ha parecido verle besar a una chica en los labios al llegar. Lo cual, bien pensado, no tiene por qué significar nada.
Es gracioso al modo escandaloso, intentando proyectar una sinceridad descarada. Es tímido y a la vez explosivo. Encaja en cierta dinámica de carácter que ahora hace las delicias de la gente que no se pierde un desfile del Orgullo.
Si se equivoca, se regodea, estalla, las risas le responden y yo me reconcentro.
Se leen algunos fragmentos. Es curioso que el libro suene tan hetero. Incluso el título parece el de un autor apocado con la misma novia desde el instituto.
Mis prejuicios practican capoeira en mi cabeza, pletóricos.
Mi único interés aquí está sentado a mi izquierda. Todo lo demás son víctimas de mi mente. Pero no me siento mal, de modo que lo más probable es que esté equivocado.
La mujer misteriosa ha desaparecido. Hacemos como que no la buscamos con la mirada, también mi compañía, que además se ha referido a ella. ¿Quién sera?
Quizá una terrorista, he pensado yo.
Quizá fuese un deseo.
He estado esperando escuchar una explosión cercana. Mi compañera me cuchichea que parece que en todas las presentaciones haya una mujer misteriosa. Ella trabaja en una editorial, pero apenas hemos hablado de eso.
Jamás he sabido qué hacen exactamente en la editoriales. Cuando se les pregunta a autores o gente del mundillo si en ellas se leen manuscritos, a menudo ríen hasta el borde del vómito.
Al terminar la presentación, y tras varios intentos en falso, me presentan al autor.
Me cae bien. Parece desubicado, deseoso de que el show termine. Cuando advierte que he venido con quien he venido, parece rebajar su simpatía. Llego a pensar que ella le gusta. En un aparte me comenta lo simpática que es, y que qué, que qué hay. Me tantea. Lanzo pelotas fuera. Sí, bueno, ella me gusta, me cae muy bien. ¿A quién no? Nadie es pareja de nadie hasta que se demuestre lo contrario, o hasta que lo digan abiertamente. Pero lo que la gente quiere saber es si estáis follando. Si no folláis podéis decir misa. Si preguntas te dirán que el sexo no es suficiente ni de lejos para la vida en pareja. Suena maduro. Pero a la vez, es el sexo lo que determina, por encima de todo lo demás, si tienes o no una relación. El sexo sólo es una parte y a la vez lo es todo.
Yo sólo he quedado un par de veces con ella, en calidad de vete a saber qué. Hablamos paseamos tomamos algo. Es mejor estar con ella que estar con la mayoría de gente. Y me tolera, de momento. Ella decidirá sobre el sexo, ella controla ese semáforo, yo no soy más que otro conductor harto de atascos. Tampoco estoy con ella por eso (aunque eso siempre esté ahí), estoy con ella porque necesito estar cerca de ella. Si supiera razonar lo que me pasa con ella, seguramente no estaría con ella. Estaría en casa, tocándome con su Instagram.
Tampoco estoy con ella porque curre en una editorial y eso me haya encendido ninguna bombilla.
Tardo un poco en darme cuenta de que le estoy contando todo esto al autor del puñetero Bicicletas de papel.
Me estoy saltando las normas del catálogo oral.
Lo peor es que le he dado a entender que escribo.
¿Ah sí?
Oh, sí. Un autor publicado hablando con «alguien que escribe».
Estoy atrapado en sus redes. Me siento obligado a decir algo más sobre el tema. Que si un puto blog, que si algún texto suelto en papel, que si revistas digitales… Nada que no pueda hacer nadie ahora con conexión a Internet y una pequeña ración de ínfulas.
Estoy en la palma de su mano, mi vocecita de pitufo maquinero, mis ideas peregrinas sobre edición, mi modestia forzada. Me siento intelectualmente violado. Él disfruta, y más cuando mi acompañante se une a la conversación. Oh, sí, todo es relativo, haber publicado no tiene por qué significar nada, lo mismo que no haberlo hecho. Todos somos adultos aquí. Claro que sí. Pero sabemos que no, no se percibe así, hay conseguidores y hay gente como yo. De qué depende es lo de menos. Bicicletas de papel no será Kafka, pero será. Yo de momento no he logrado nada en ese ámbito.
Igualmente, izamos las velas de la relatividad, y navegamos a unos ocho nudos de velocidad hacia el puerto de Ciudad Peloteo. Aumenta el amaneramiento de él, y de alguna forma decide que le caigo bien. Creo que siente que se ha establecido la pequeña jerarquía que necesitaba, y ha decidido que no soy una amenaza para su ego, su libro o sus perspectivas.
Es entonces cuando de fondo oímos un pequeño jaleo.
El presentador del acto está estirado en el suelo, suda copiosamente y tiene los ojos cerrados. Se agarra el brazo izquierdo con la mano derecha. Varios presentes hablan de infarto. Teléfonos. Dicen que la ambulancia debería estar en camino. El infartado es un periodista joven que lleva unos dos años trabajando en uno de los grandes medios. Luce una previsible barba en ningún caso producto de la pereza, y su vestimenta parece producto de decenas de factores; desde los relacionados con la moda del momento, hasta los que tienen que ver con severos problemas de autoestima (por exceso).
Luego la ambulancia llega justo a tiempo, para llevarse el cadáver.
No se me quita de la cabeza la imagen del autor llorando, la cara contraída de dolor, sujeto por amigos porque las rodillas le fallan. Es posible que tuviesen una relación que se nos ha escapado. Hemos salido sin despedirnos de nadie. Tras un par de instantes de aturdimiento, nos hemos puesto a buscar algún sitio para cenar, en el que no haya posibilidades de topar con gente de la presentación. Cuando nos decidimos, y cuando ya estamos en una mesa para dos, vemos en una esquina, sentada sola, a la mujer misteriosa. Por algún motivo que se me escapa, me cuadra de alguna forma con el curso del día, y lo hace de un modo espeluznante.

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Ilustración de Andrew Ferez

Treinta formas de esconder los objetos cortantes (18 de 30) – Geniales

Son la repanocha. Es la expresión adecuada. Fíjate en cómo visten. Uau, qué colores, qué peinados. Me encanta ese tatuaje. Son jóvenes o no, pero sobre todo son geniales, y no tienen el más mínimo reparo en decírtelo. Te lo dejan bien claro, para que no dudes. No se suelen llevar bien con la duda, dudar es de perdedores. No tienen tiempo para nada, ellos sí aprovechan su vida. ¿Y su pareja? Molona, guapa, en la onda. Cuando no es una es otra. Las expresiones adecuadas. Incluso cuando se muestran humildes están dándote una lección. Así no, así. Te hablan de su locura sin remedio, de su creatividad desatada. ¿Y su sensibilidad? A prueba de bombas. En cuanto ven la noticia, la comparten. ¡Mirad su cara! ¡Que no escape el malnacido! Son admiradores de quien se muera y toleran a los vivos. ¡Los toleran a todos! Es increíble, toleran a los gays, a las lesbianas, a los negros, a… ¡A todos! Y tienen amigos en todos esos colectivos. Por supuesto también toleran todas las preferencias sexuales, y se saben un montón de palabras para identificarlas. Y todo eso, obviamente, desde siempre. Aprendieron antes que los demás. Tomaron conciencia antes de nacer. Son de verdad admirables ¡Qué locura! ¡Qué creatividad! ¡Qué bondad sin límites! Fíjate, les parece fatal la violación, y también el asesinato. ¿Las guerras?, las repudian. Aman a todos los animales, aunque a veces (haciendo gala de un irónico y calculado humor) se muestran reticentes con los insectos o los artrópodos (¡arañas, qué asco, ugh!). Otras veces se enfadan con todo el mundo. Con lo fácil que es ser justo, ¡como ellos! Comparten viñetas, travesuras posmodernas, la vida en pareja, hacer turismo en el extranjero, ¡ver Netflix juntos! Es gracioso porque es verdad, y se sienten identificados. Saben cómo llegarte ¡Maldito lunes! ¡Por fin es viernes! Pies, pies por todas partes, chanclas, o descalzos, y el perrito, y el gatito, y la mascota, y ¡mira lo que hacen! Un plato delicioso. Señalad todos ahí, ¡sexismo! Saben cuándo un chiste está mal. Saben cuándo te has equivocado. Saben que son buenos y dónde están los malos. Saben que no tienen por qué ser discretos. Si eres tan genial ¿a qué viene la discreción? Si son un torrente de ocurrencias, ¿por qué resistirse? ¿Por qué no autoadularse? Si estás en paz con el mundo y eres un ejemplo para los demás, ¿cómo vas permitir que se lo pierdan? Las chicas buenas van a cielo, las malas a todas partes. Los chicos dejan pelos en la ducha y se dilatan los lóbulos. ¿Vosotros cuándo pilláis vacaciones? Depende de mi chico. Quiero que coincida con las de mi chica. Y ahí están, mezclados con toda clase de humanidad y animales, enterrados en buenas decisiones, queridos por todos, cansados pero felices. Quieres que les vaya bien, que crezcan, que se reproduzcan, y sobre todo que mueran.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (17 de 30) – Hijxs de puta

Seguramente yo sea un gran capullo. Pero hay tantos tontos ahora, tantas tontas. Nuevas categorías. Los motivos por los que pienso así no son fáciles de exponer. No hay que olvidar mi propia incapacidad, mis limitaciones, que yo no soy de otra especie. Mi subjetividad también está ahí. Intento no perder jamás eso de vista. Es lo que te hace mantenerte cuerdo, aunque sólo sea un poco: no olvidar que tú también puedes ser un gran gilipollas.
Pero ahora los tontos ya no son sólo tíos hetero blancos de mediana edad. Ahora los tontos también son tontas, o tienen todo tipo de gustos sexuales, edades, razas, apetencias, profesiones e hipocresías. A medida que el mundo se abre a la Realidad, a medida que empieza a aceptar que el hombre blanco hetero no es lo único que existe, muchos parecen festejar un nuevo rumbo hacia la tolerancia.
Lógico.
Excepto que no se tiene en cuenta que cualquiera puede decir chorradas, y es importante poner de relieve que las chorradas son chorradas, las diga quien las diga. También ahora cualquiera puede pecar de torpe, intransigente, cruel, intolerante o injusto; da igual que lleve encima la bandera multicolor o asegure que es la coherencia y la bondad personificadas.
Este mundo le vuela la cabeza a la gente demasiado política. Comienzan a razonar en base a estadísticas, colores y banderas. Se ciñen a un discurso (o al último discurso leído), marcan bandos a fuego mientras elaboran cierta clase de intelectualidad para compensar. No aceptan los grises, sino que a menudo se fabrican otros más convenientes. Retórica. Dado que al hombre (blanco, etc.) le ha sido concedido, por decirlo así, ser la especie dominante hasta ahora, el ser político concienciado ha de convertirlo en un símbolo de la maldad. Todos Los Hombres. Ha de hablar de él no sólo como un ser despreciable por defecto (asesino, violador, etc.), sino incluso como si fuese un ente que antes de nacer hubiese pateado cabezas para poder ser hombre, para poder tener sus ventajas y privilegios.
Por la misma regla de tres, cualquier otra cosa que no sea ese hombre, es, a nivel de debate, intocable. La magia de la retórica te permite dejar de ser un observador de la realidad para adaptar la misma a tu ideario. Cuando las bases de tus ideas son particularmente sólidas (no nos engañemos, ¿cómo a estas alturas las mujeres aún aceptan salir con hombres?), la arcilla para moldear es de la mejor calidad. Aunque luego pretendas hacer pasar un cenicero por Arte.
Ahí en medio, con temas como el machismo, la homofobia y otras lacras evidentes y aún latentes, los mencionados grises –el análisis de los casos de forma individual, por ejemplo– no son bienvenidos. A no ser que jueguen a favor de Discurso.

Pero incluso la idiotez tiene grados. Hay gente que a veces dice idioteces, y también hay idiotas aparentemente sin remedio. Gente que no parece haber recibido una educación básica sobre el respeto, y que ahora pretenden formarse una política según preceptos radicales provenientes no de razonamientos propios, sino de credos ajenos muy concretos.
Ahora hay reductos digitales para dichos idiotas. Reductos donde además pueden pasearse como “combatientes” anónimos, no tienen que mirar a los ojos a nadie, no tienen que demostrar nada, y pueden insultar sin problema. El lado más terrible de la libertad de expresión.
Este tipo de gente no responde, a su pesar, a un solo grupo ideológico. Se adhieren a todo tipo de colectivos. Cuando estás en desacuerdo con un miembro, te dicen que eres de otro “equipo”. Etcétera. Se creen originales, o renovadores, pero es como si se guiaran por algún Manual del Perfecto Imbécil de Toda la Vida.
Lejos de asumir algo tan sencillo como que no conocen a la gente con quien hablan por Internet, no necesitan más que una mínima discrepancia tuya para llamar a la humillación.

Os contaré (espero que brevemente) cómo puedes entrar en Twitter y que te llamen pedófilo varias veces sin hacer el más mínimo esfuerzo. Sin que te haga falta insultar, ni usar tacos, ni por supuesto ni tan siquiera bromear con el tema en cuestión.
Nos os penséis que todo se reduce a acusaciones de machista o feminazi. Va mucho más allá. Un hijo de puta, o hija de puta, no tiene ningún límite, y por supuesto tampoco en su facilidad para la hipocresía y maldad verbal más extrema. Existe cierta clase de ignorancia y amargura escalofriante aún no catalogada. Digital y casi siempre impune.

Entré en un hilo. El mismo demonizaba cualquier pareja en la que uno de los miembros tuviera de quince a diecisiete años y el otro fuera mayor de edad, de unos veintitantos. Obviamente el hilo se limitaba a generalizar y criminalizar, en absoluto relativizaba nada, usaba los parámetros legales a favor (esta vez venía bien), y no había margen para el debate. Dicho tono es nada más que irritante, al menos para mí; no me deja espacio a otro sentimiento.
Aunque a mí también me pueden chocar ciertas parejas con determinada diferencia de edad, al ver el hilo pensé que, como pasa con todo, no todas esas parejas tenían por qué regirse por una mera relación de acosador y víctima. En el hilo, por cierto, no se comentaba la posibilidad de un chico de diecisiete años con una chica de veinticinco, por ejemplo; obviamente se daba a entender que el acoso era siempre, y siempre era masculino (otra vez arcilla de calidad y sólo un cenicero como resultado). Yo sé de parejas que, aunque no sean cercanas, comenzaron hace décadas su relación con las diferencias de edad que aquí se criminalizaban. Son parejas de buenas personas, que ahora tienen hijos mayores, y en las que no se intuye que jamás haya habido una “relación tóxica”. ¿Anticuada?, puede ser, pero en absoluto forzada.
De modo que (y aquí es donde yo actué como un bobo y un gilipollas perdido) pensé que podía dar mi opinión.
El triunfo de Twitter, es que, debido a su formato, es el peor sitio posible en el que desarrollar una postura, y donde más gente parece entrar a ello.
Es, consciente o inconscientemente, un campo de minas. Ese es su principal combustible. Es el hogar ideal para el Insulto, para la Vejación. Curiosamente, un supuesto reducto para debatir sobre temas tan complejos como el Feminismo, en el que la máxima que triunfa por encima de todas, es el “No hay huevos”. Los más políticos son los más agresivos y anárquicos. Los que más demandan respeto son los más irrespetuosos. Los que más se quejan de que les den lecciones, son los que más lecciones dan. Los que más dicen que no tienen obligación de enseñarte nada, lo siguiente que hacen es encadenar veinte tuits “iluminándote”, todo aderezado con insultos y simplezas sacadas del pozo más antiguo de la vergüenza ajena.
En más de diez tuits, de una forma u otra, se me llamó pedófilo. Casi nunca indirectamente. Escribieron la palabra pedófilo, tranquilamente, pretendiendo haberme desenmascarado, pero sobre todo buscando humillar, buscando vejar y hundir. Un peldaño más del bullying, aunque fuese momentáneo, ya que yo apenas repliqué (y no por falta de ganas).
Eran tres, tres auténticas hijas de puta. Da igual que fueran chicas, da igual que se autodenominaran feministas. Eran tres hijas de puta, tres malcriadas, amargadas, pretenciosas cabronas, tanto que usaban temas capitales, tremendamente serios, para sacar pecho y “hacer ideología”. Hay gente así en la izquierda y en la derecha; y en todas partes. A veces se hacen llamar feministas, o de centro, o de derechas, o comunistas, o Lo Que Quieras, y a veces simplemente son skinheads, alguna clase de skinheads 2.0.
En el fondo ahí no hay nada que tenga que ver con nada. Sólo personas absurdas, rehenes de la era digital, incapaces de tomar distancia con nada, incapacitadas para la neutralidad. Lo simple, lo llano, el vacío hecho carne y hueso. Malnacidos e hijas de puta, abanderados y disfrazadas. Nada más que una nueva evolución de los tarados y las taradas.
En un mundo aún machista, homófobo, tránsfobo, injusto y aún ahogado por el dinero, hay un nuevo lastre: Los que no pueden dejar de repetir que quieren salvarlo.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (16 de 30) – Valla blanca

Lo que puedo ver es una especie de postal de la vida ideal si un mantel o un posavasos pudieran opinar. La vida perfecta si una cortina o una sabana de raso te pudieran hablar de eso. La intro de Terciopelo Azul; si me espero un rato es probable que vea pasar el camión de los bomberos con una gran sonrisa y saludando. Tienen hasta césped que cortar, setos que arreglar, hasta una valla blanca. Y dos niñas relucientes, el plato perfecto del día para un pedófilo. Una valla blanca, ¿os lo podéis creer? El símbolo definitivo para proyectar felicidad.
También tienen una piscina con forma de riñón en la parte de atrás. El tejado rojo, de casa de muñecas. Cuando llega el cartero, deja el correo en un buzón también rojo de juguete para adultos. La casa viste a juego. Debe pasar un coche por delante cada ocho o nueve horas. Tranquilidad es una palabra pornográfica para el caso. Se pueden oír todo el día los putos pájaros, las garzas. Desde doscientos metros oigo el polvo posarse en los muebles, sobre el que se abalanza la chica de la limpieza que también pueden pagar. Jornada completa. Ella limpia ordena lava cría a las niñas. El día es perfecto, soleado, sábado, once de la mañana, las crías juegan en el jardín. Tan guapas que no entiendes qué hacen fuera de un anuncio de televisión. Versiones Bratz de la madre. El padre, por lo que sé, está muerto. Ahora, sin embargo, da vueltas con el cortacésped. Es algo que podría hacer la chacha, pero imagino que al tipo le gusta conservar la ilusión de que ayuda en casa.
A la señora señorita de la casa la conocí hará unos veinte años. El resto son historias aburridas que a mí me volvieron loco. Ella me dejó, con razón. Esta gente tan pulcra siempre tiene razón. Fue todo una combinación de su obsesión con ser una adulta acomodada con vete a saber qué que me dio a mí por comenzar a decir.
En las prácticas de tiro, el tipo que me enseña me dijo que tiene a su mujer enterrada detrás de su casa. Vive en una granja. Creo que fue después de mi arrebato de sinceridad. ¿Por qué quiere usted aprender a disparar?
El antipatriarca moderno corta que te corta el oro verde. Mi fantasía es que ellos se enrollaran encima de la hamaca del jardín, y hacerlo cuando la postura sexual haga que su cabeza esté apartada de ella.
Lo que puedo ver por el visor, es que es muy difícil que eso pase. Las niñas. ¿No tienen un puñetero abuelo encantador que quiera cuidarlas de forma ambigua? ¿O una abuelita que se mee encima con ellas mientras se le cae la dentadura en el puré?
¿De qué va este enclaustramiento?
El problema es que cuando están solos no están en casa, y son las niñas las que se quedan con una canguro. O con la Lupita de siempre.
El granjero, cuando nos sentamos un día en su cocina, me preguntó que si amor o sólo venganza. Le dije que café, solo, con hielo.
Estoy siempre en una posición elevada. Aún lo siento en el estómago cuando la veo. Siempre lo veo también a él. Me desespero, apunto, y veo los sesos de ese cabrón salpicar la valla blanca.
Pero nunca lo hago. Sólo me acomodo y espío. Cada cual pasa los sábados como le da la gana. Aunque siempre tenga el arma cargada.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (15 de 30) – Intentarlo

Tienes que fijarte más, tienes que esforzarte. No estoy delante. ¿Seguro que es el lado correcto de los prismáticos? Estoy detrás. Más atrás. Delante tengo a gente luchando por sus derechos, o al menos gritando. Estoy más atrás que eso, en una terraza. No tiene parasoles. Soy el tío que suda. Llevo una camiseta tipo niño de nueve años, uno de los ochenta. Oscura, una inscripción insípida. Aún estás mirando muy adelante, estoy muy lejos de la piscina y las tías en biquini. Nada de auto-instagram, yo le hago fotos al cielo. No estoy en esa barra, no tengo tanto para gastar. Sí, en la otra parte. ¿Qué?… Disparando a sueldo serías lamentable. En La Cafetería. Mi presupuesto es en torno a dos euros. Nada de otra ronda. Tengo la prensa delante, y el móvil. No hay manera. Me estás gastando el saldo. Ahí no, no, no. Tampoco. Al lado tengo una mesa con cuatro señoras. Quieren morirse. No me lo han dicho, sólo las he visto. Casi. Casi. No, otra vez estás lejos. Los obreros que cavan una zanja están a un kilómetros lo menos. ¿Cómo? Ya, ya, ya, ya… sí. Pues no, no estoy al lado de la paradita de bocadillos. Ni siquiera sé si son bocadillos. Ahora pasa un señor oscuro vendiendo rosas. Muy delgado. ¿Qué estás mirando? Ya te lo he dicho: La Cafetería. Se llama así. Con un cortado. Lo he pedido con hielo, sí, un cortado, le he echado hielo a la leche… ¿De verdad miras en esta dirección? Llevo un rato, no sé, una hora, aunque ya me parecen diez años. ¿En serio? ¿Quién dices que viene? Oh, ya… No, nada. Pensaba que sólo venías tú. ¿Y por qué tienes unos prismáticos? Ah… No, me da igual. Pensaba que vendrías sola. Sigo en La Cafetería. ¿Y quién dices que…? Ah. Porque… Ya. A mí me da igual, pero igual debería moverme, quedamos en… ¿Eh?… Vale. Entonces me quedo, pero estoy detrás. No me gusta delante, hay mucho follón. ¿Y no me has visto? Pues estoy justo ahí, aquí. Justo aquí, ahí. Estoy en la terraza. ¿Eh? ¿Que ya vienes?… ¿Eh?

Hola… Por fin. Qué tal… Sí… Encantado… Sí, alguna vez, de vista… ¿Y cuándo decís que os conocisteis? Espera, me llaman… A ver… Hola. Sí.
Estoy en La Cafetería. No, en La Cafetería. Se llama La Cafetería. Sí, no. ¿Me prestas los prismáticos? A ver, a ver. No, aún no te veo. ¿No vienes aquí?… Oh, ah, ya…, bueno, entiendo. Sigo sin verte. Espera, espera, espera. Hum… ¿Sabes qué? Voy a colgar, ¿vale? Si, lo siento. Una urgencia.
Tomas tus prismáticos.
Me voy a casa.
A masturbarme.

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Treinta formas de esconder los objetos cortantes (14 de 30) – Rango de edad

Sé muchas cosas sobre el aburrimiento. Y también que no tiene mucho que ver con no hacer nada. Tiene que ver o bien con hacer cosas aburridas o bien con la espera para hacerlas. Todas esas cosas obligatorias. Tiene que ver mucho con el trabajo meramente alimenticio; pero también con las actividades de ocio forzadas. Me pasé años yendo a discotecas porque tenía de diecisiete a veinticinco años, y prácticamente sólo por eso. Allí estaba la gente, mis amigos, pero nada más que me atrajera más allá de acumular un puñado de fantasías masturbatorias.
Creo que fue la última vez que cumplí a rajatabla con el guión, con el orden establecido.
Recuerdo que para cuando comencé a salir (cosa por la que me tuve que pelear con mis padres), pensé que era el principio de algo que en el fondo no me apetecía en absoluto, y ya entonces me preguntaba cuándo tendría un sentido popular dejarlo.
En cuanto a hacer nada, tiene sentido si lo has elegido tú. Lo paradójico es que sólo se considera correcto cuando los demás te han dado permiso.
Yo iba por esas salas metiendo codos para ir a todas partes, a la barra, al lavabo, a la calle. Ni siquiera me gusta mucho el alcohol. Me acostumbré a beber vodka.

Había una gogó sobre patines. Puede que fuera un eco de moda de Rollergirl, el personaje de Heather Graham en Boogie Nights. La música a todo trapo y el alcohol, y aún se podía fumar en interiores, y Rollergirl, y ser joven. Pensaréis que nada de todo eso suena aburrido, que sólo hace falta una pizca de predisposición para pasarlo bien. No tiene por qué haber nada equivocado en ese razonamiento; el único problema es que no era el mío. Me sentía ajeno, como si viera el engranaje que hacía funcionar esa fantasía tan auténtica para los demás. Ellos pensaban Esto es real; y yo pensaba Esto es lo que toca. No veía tanto una fiesta como una tradición, una tan oxidada como tantas otras. Una guardería para veinteañeros, el lugar que la sociedad tenía preparado para nosotros, para que siguiéramos viéndonos como grupo, y nunca como individuos.
No tenía por qué ser muy premeditado, marchaba solo, era algo Generacional. A la gente le encanta esa forma de parcelar las cosas. Me sentía como un pez apretado a todos los demás, sin poder ver la red de arrastre que nos izaba.

Nos soy tan estúpido para pensar que yo era el único que se sentía así. Pero me parece evidente que mucha gente, seguramente la mayoría, aceptaba ese trato sin problemas. Unos pensaban en dinero, otros en sexo, y otros quizá ya en emborracharse y olvidar algo. Intentaban convertirse en esas cosas, o al menos fundirse con ellas; algo tangible, un número, los genitales de alguien, otro trago. Reducir el mundo hasta que quepa entre tus manos. El culo de alguien, los billetes, el cubata. Pensar Me merezco Esto, mi Recompensa; lo que era la codificación de: Me merezco ser gilipollas y superficial, he pagado con muchas horas de aburrimiento a cambio. Es la clase de dinámicas que convierten a las mujeres en objetos, el alcohol en una respuesta, y el dinero en una religión.

Pero qué sabía yo, ¿verdad? El hipocritilla redicho de turno. Yo también me eché mis buenas risas, y estaba algo colado por Rollergirl.
Iba sobre sus ruedas repartiendo nubes o gominolas con una bandeja. Si me traía más de dos en toda la noche, pensaba que yo también le gustaba. Una vez hablamos un rato, no recuerdo quién rompió el hielo.
Casi no pasó nada, pero debía haber alguna lista de reglas tiránicas para las empleadas. A la semana siguiente ella ya no estaba. Ni tampoco a la siguiente.
Llegué a pensar que la habían echado por mi culpa. Seguramente era mera fantasía. Aunque una fantasía mayor es que la hubiese librado del aburrimiento, al menos por un tiempo. Nuestro romanticismo generacional era justamente intentar librarnos de él.

Esa etapa duró hasta que mi entorno tuvo que seguir el guión. Lo siguiente era la pareja fija y el pisito. Lo cual al menos me libró a mí de las discotecas. A veces casi puedo ver a la gente leyendo su papel por las mañanas sentados el váter.
Una ventaja de estar en todo ese proceso en mayor o menor grado, es que apenas acumulas grandes recuerdos, o más bien que son iguales a los de todos los demás, sobre todo el qué y el cuándo. Todos juntos en movimiento, sincronizados. No se trata de destacar, sino de lo jodido que es abandonar la masa. Creo que una vez volví a ver a Rollergirl currando en una panadería, por cierto, pero no estoy seguro.

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