20 propiedades del limón (13 de 20) – Hablar con un profesional

Escúcheme. No se deje una coma. No dibuje pollas con alas, tome nota, aunque luego me recuerde con un embudo en la cabeza. A estas alturas ya me importa poco y menos.
La gente siempre acaba sacando a colación la profesionalidad. Y lo hacen a distintos niveles, aunque sea sin darse cuenta. No solo te dicen que recurras a un profesional, también dejan claro que tú no lo eres, en ningún sentido.
Ellos, obviamente, no lo necesitan.
Ustedes trabajan la condescendencia profesional. Pretenden que son los que logran enviar cohetes al espacio de la sociología. Dicen cosas como “oh, no tenga prisa, esto puede ser un trabajo de años”. No crea que no lo entiendo, también tienen hipotecas que pagar ¿verdad? No crea que le trato de usted con distancia irónica, es pura inercia. Tampoco pienso que todos sean iguales, en todo caso que todos forman parte de la misma mentira. Yo siempre fui el candidato a alumno que un día llega armado a clase. Pero en mi ordenador no encontrará catálogos de armas, puede que de tetas. No quiero hablar en nombre de todos los locos oficiales, pero los de su profesión no tienen el monopolio de la retórica.
¿Sabe cómo les imagino? Imagino un campo de batalla después de la confrontación. Ustedes son los que se pasan a saquear los cadáveres. Supongo que es una forma práctica de vivir las cosas desde fuera.
¿Sabe que soy coleccionista? Acumulo toda la obra de los gurús de la psiquiatría y la autoayuda que se acabaron suicidando. Empiezo a quedarme sin espacio. Leo esos libros con delectación. Es como leer recetas de cocina para el cianuro. Seguro que lo encuentra enfermizo. Si no, me decepcionaría.
No crea que no me doy cuenta, sé que he metido la psiquiatría y la autoayuda en el mismo saco. Pero no se confunda, el target de público es el mismo. La gente elige entre venir a verle a usted o leer “El Secreto”. Creen que usted será más efectivo porque es mucho más caro. La educación capitalista me pirra, hace que las cosas parezcan sencillas; caras, pero sencillas. Yo mismo me paseé por esos pasillos de las librerías. Es como ir a comprar kleenex sin pensar en la masturbación.
Ir a ver a un profesional no es más que una muestra de solvencia económica. Es como ofrecer un rasgo de cordura potencial.
Yo hoy lo dejo, señor. Voy a entregarme a lo que sea que venga, a lo que se presente en mi cabeza. Puede que me enamore. Me abriré. Me gusta ser mediocre, ¿sabe?, me gustaría. Voy a intentarlo de verdad. Iré a cenar con gente, les contaré mis historias aburridas después de escuchar las suyas. Conoceré a alguna muchacha más tranquila e inteligente que yo. Le contaré cómo no ametrallé a mis compañeros de clase, violé a varias chicas y abusé de varios críos. Le explicaré cómo uno no aprende a disparar o añadir somníferos en bebidas o sopas. Le detallaré cómo no manipular a los demás para conseguir favores, ya sea sexo o bienes materiales. Le daré a entender cómo eso tan sencillo es una buena base sobre la que construir. Y seré más sincero que la gran mayoría.
Voy a manejar los ingredientes igual que todos los demás. Pero airearé mis pensamientos oscuros. Los tenderé en el jardín junto a tangas y pieles sintéticas.
La única forma de lograr un buen resultado es ambicionar uno superior, ¿no?
Si me pasa esa libreta, hasta le diré qué polla con alas es la que le ha quedado mejor, y jamás volveré a discutir su obra.

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20 propiedades del limón (12 de 20) – Pelea con un gitano

Una vez me peleé. Más de una vez, para ser sincero, pero sólo una vez potencialmente grave. Siempre eran peleas infantiles, pero cuando te dan una patada en los huevos o un puñetazo en la sien, duele incluso cuando tienes once años. Los niños, en contra de lo que dice la teoría popular, no son de goma. Son de carne y hueso. Y aunque a veces sepan muy bien lo que hacen, en otras ocasiones no tienen ni idea. Eso, obviamente, no nos pasa a los adultos, ¿verdad? Si quieres entender (o recordar) cómo es un niño, es mejor no escuchar a radicales, nada de ideólogos tribales de izquierdas o derechas, conservadores o buenistas. Para recordar cómo son los niños, lo mejor es hacerles puto caso. Escucharles, tomarles en serio aunque sólo sea cinco minutos. El principal problema de los niños, son los adultos. Los adultos son su red salvavidas y a la vez los tiburones que hay debajo.
Yo crecí en los 90, aunque en el año noventa ya tenía ocho años. Pero lo importante es que eso da igual. Cada puñetera generación construye un discurso sobre por qué ellos son especiales. Los niños también son ajenos a eso. La idea es que un niño no siente que tenga ciertas obligaciones. Y no me refiero al sonsonete adulto sobre pagar un piso y el mérito de ser un grano de arena más. Lo que digo es que el niño no necesita parecer nada o pertenecer a ningún plot sociológico, simplemente es, y tiene la esperanza de que sepamos cómo dejarle en paz.

En el barrio había una conocida familia gitana. Eran conocidos simplemente por ser gitanos. La diferencia marca, luego se etiqueta (esto lo hacen tanto “buenos” como “malos”), y los padres niegan la mayor. Si eres diferente no es que seas peor, es que eres peligroso. Un montón de adultos “de bien” pensaban así aquel día a aquella hora. Aquella familia tenía dos hijos. Los recuerdos de hace tantos años son más bien una interpretación, casi una reformulación. El montaje del director. Intentas conectar una suerte de faros antiniebla de la memoria.
Me tiraron una piedra en la cabeza. La sangre me comenzó a bajar por el cuello. Me acojoné como solo un niño sabe hacerlo. Era una mezcla de miedo atroz y rabia lloriqueante. No sabía quién me había tirado la piedra. Los dos gitanos, los críos, estaban por allí. Los demás niños, y también los adultos, les comenzaron a señalar. Yo no tenía relación con los gitanos por el mismo motivo por el que hice cosas como la comunión. Era lo que la gente hacía. Estaba más o menos en los raíles marcados. Reconozco que de crío me enrabietaba con cierta facilidad. Era como si los demás siempre tuvieran una información vital que yo no tenía, como si les pareciera divertido que eso fuera así.
Muy pocas personas hacen un esfuerzo real por entender la reacción de los demás en base a cómo y dónde crecen. El exponente máximo de ello es el terrorismo religioso. Hay gente que parece que de verdad crea que de haber nacido en Palestina, ellos se mantendrían al margen aunque se vieran en medio de un conflicto; seguirían siendo las personas educadas y abiertas con Vestuta Morla en los auriculares que son. Y ni siquiera son exactamente así con el viento a favor. La empatía es la lección más dura, porque conlleva toneladas de orgullo que tragar, e ignorancia que reconocer.
Las mentalidades más políticas parecen ser las peores, las más sectarias, las más cerradas, incluso cuando basan sus principios en la tolerancia y el respeto a toda costa. Son los más necesitados de enemigos.
La política es a veces la religión de Occidente. Cada vez parece más así. Todos esos movimientos supuestamente justos o libertarios; de un lado o de otro o del supuesto centro… Siempre las banderas, omnipresentes, ya sean de un país, un partido político o una idea. Por más lógica que parezca la idea de turno, el grupo que se adhiere a ella siempre encontrará un modo de emponzoñarla. La sobrecargarán de teoría, le inyectarán Verdad Indiscutible y lemas cerrados hasta que enferme y la mayoría de gente no se quiera acercar a ella, o más bien a los que presumen de ella.
Nadie quiere parecer imbécil por asociación.
Sólo hay una forma para sentirse aún más pequeño que un ser humano en el Universo; y es siendo un ser humano que cree que el símbolo ideológico de su pandilla encierra toda la verdad necesaria para entender las cosas.
Seguramente por eso los que hacen eso suelen ser tan intransigentes, en el fondo saben de la risible debilidad de ese discurso; no del suyo, sino de ese discurso.
La necesidad, por otro lado lógica, de simplificar las cosas, acostumbra a ser nuestra celda abstracta más querida.
Piensa en ese niño. Que no pensaba en nada de todo esto. En esos niños. Los gitanos estaban condicionados, yo también lo estaba, e igual con cada capullo que me rodeaba. ¿Qué había pasado? Yo me fui corriendo a por el gitano al que más señalaban. Nos enzarzamos. Pero él tenía más fuerza que yo, o al menos más habilidad. En anteriores peleas la cosa no había sido igual, todo era mucho menos violento. Por comparación, yo era un pijo, nunca me había peleado de verdad. Acabé de espaldas al suelo. Me dio al menos cuatro puñetazos en la cara, me clavaba a conciencia los huesos de la mano. Me soltó un diente y la boca se me llenó de sangre.
Cuando alguien lo separó de mí (creo que su padre), yo estaba casi inconsciente. Estaba aturdido. Mi padre se llegó hasta donde estaba; se limitó a cogerme por un brazo y empujarme hasta casa. Mi madre estaba asomada por la ventana, mirándome, negando con la cabeza.
Recuerdo haber pensado en aquellos gitanos muchas veces antes de la pelea. Básicamente se les marginaba, era una especie de efecto dominó racista. Era un No te metas con ellos y no se meterán contigo. Se daba por hecha la rivalidad. Ese fenómeno no es exclusivo del ambiente de barrio, ni de una postura ideológica concreta. Sentí que estaba preso de aquella dinámica, aunque no lo supiese articular. Mis amigos hicieron piña a mi alrededor, decían: «putos gitanos». Jamás, después, les volví a oír decir algo así. Los que he visto crecer no muestran una sola traza de xenofobia o racismo. Hay una idea muy impopular sobre el aprendizaje, defenestrada por los que pretenden hacernos creer que nacieron aprendidos, o en cuyo defecto que ellos están aprendiendo mejor.
Tenía la cara hecha un cristo. No recuerdo que luego me volviera a pelear. Creo que aquello me dio cierta fama en el barrio. Tenía casi más valor haber encajado la paliza que si hubiera sido yo el que la diera. Había algo peligroso en ello, como si hubiese ido al infierno y a la vuelta aún pudiese contarlo.

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20 propiedades del limón (11 de 20) – Titanic

Nadie conoce, lógicamente, la pequeña historia de Charlotte Moore, hundida con el Titanic. Moore no viajaba precisamente en primera clase. Tenía treinta y ocho años, era de Southampton y pretendía llegar a Nueva York. Viajaba sola, aunque obviamente no estaba sola en su camarote. Había tres mujeres más y un puñado de ratas.
Moore huía de su marido. Creía en la idea de desaparecer, lo que ahora parece una ironía. Moore no hablaba, pero cuando rompió a hacerlo, les detalló a sus compañeras de viaje hasta la forma y el tamaño del pene de su cónyuge. Les dijo que se fue porque no tenían hijos, porque no le quería, y porque no se le ocurría nada mejor. Las demás la consideraban valiente cuando estaba delante, e insensata cuando no.
Charlotte escribía. No se movía sin su material de escritura, que le costó bastante conseguir. Escribía lo que vivía, lo ficcionaba. Normalmente huía sin moverse del sitio; pero esta vez era una excepción. Estaba escribiendo algo titulado “Titanic”. Imaginaba una historia para ella. Hacía unos años, una Señora para la que había trabajado, se había dignado a enseñarle algunas cosas, como a leer y escribir. No era altruismo, sino más bien ego, pero fue igualmente funcional, una puerta abierta que Charlotte no dudó en cruzar.
Sus compañeras de camarote se quedaron fascinadas cuando Moore les dio a entender que nunca había tenido un orgasmo. Con su marido ni tan siquiera se excitaba, jamás en veinte años. No sabía ser tierno, tampoco duro, y desde luego no era largo (tampoco gordo). Le preguntaron si se tocaba, les dijo que sí, pero que nunca resultaba. Escribía en gran parte por eso, buscando la imagen adecuada, un momento, una idea, lo que demonios fuera que necesitaba.

A las 22:00 horas del catorce de abril, estaba sola en el camarote. Sus compañeras pasaban horas investigando y cuchicheando, y ella aprovechaba para escribir. Estaba embebida de su narración. Una vez su Señora le dijo que en una historia siempre ha de haber una crisis, mayor o menor, algo que interrumpa bruscamente la rutina de los personajes. Si por ejemplo el protagonista conduce, se le puede pinchar una rueda. Ahí ya tienes algo con lo que trabajar. ¿Cómo se podía pinchar una “rueda” del Titanic? Podía oír a veces a sus compañeras, pasillo arriba y pasillo abajo. Salía de la historia y volvía a entrar. No llevaba la cuenta de los folios, pero ya casi la estaba terminando. Puede que no fuera una gran narradora, pero disfrutaba con ello, y no quería que nadie leyera su material aún.
Cuando por fin terminó, sintió esa punzante emoción de quien escribe. Llegaba el momento de releer. Y no solo de releer.
No mucho después, cuando estaba llegando al fragmento erótico (siempre su favorito), arrastró con no poco esfuerzo una de las literas para bloquear la puerta. Pensó que el entorno ayudaba, la incertidumbre, la situación. Ni siquiera sabía bien qué iba a hacer en Nueva York. Pensaba en eso a la vez que recorría las líneas con sus ojos verdes, mucho más encendidos que días atrás. Una mano para los papeles, la otra para buscarse una vez más, para encontrarse en algo más que un baño agradable o un alivio de la vejiga.
Vaya –pensó a los pocos segundos–, parece que está funcionando… Aunque aún se sentía lejos de lograrlo.
En cierto momento notó un gran estruendo.
Todo el camarote se sacudió. Charlotte cayó de culo al suelo, y así se quedó. Apenas paró un momento de estimularse, de intentarlo, de leer.
Continuó, y afuera parecía haber todo un escándalo. De vez en cuando alguien aporreaba la puerta. Eso la desconcentraba, aunque luego volvía a centrarse.
Escuchó algo repetidamente, lo que la gente gritaba. Decían que el barco se hundía.
Moore notó un conato de esa electricidad en su entrepierna. No sabía si por el texto o por los gritos, el pánico. El pánico era bueno, al menos un acceso de él. Estoy a punto de lograrlo, pensaba, no voy a dejarlo ahora, no puedo.
Releía la parte clave. El personaje masculino (un atractivo “niño rico”) y el personaje femenino (una humilde muchacha que viajaba en tercera clase) se lo montaban en la parte de atrás de un taxi que había en el barco. Lo que más la inspiraba, era imaginar los cristales empañados del vehículo; el calor de lo que estaba sucediendo dentro. Cerraba los ojos y se concentraba en ello, la imagen, el momento.
¡Señora!, ¡señorita!, gritaba alguien desde fuera.
¡Charlotte!, gritaron sus compañeras, pero no podían abrir la puerta, ni a golpes y porrazos. Se les acababa el tiempo. Ya ni podía oír el ruido de la sala de máquinas, justo debajo. Lo que más al fondo está, es lo primero que se hunde; funcionaba así en la vida, pero en un barco era literal.
Su entrepierna era exigente, pero, justo ese día, parecía responder. Cuando el camarote se comenzó a ladear, su cuerpo pareció acomodarse mejor en el suelo. En una esquina bajo la litera, vio una caja metálica, debía de ser de una de esas mujeres. Luego cayó en algo: había escrito que el barco se hundía, y el barco se estaba hundiendo. A veces lo evidente, por su enormidad, cuesta de asimilar.
Releyó una vez más su escena. El personaje femenino (ella) apoyaba una mano temblorosa en el cristal del taxi, desde dentro de la cabina. Y Moore lo comenzó a notar, arqueó su espalda. Suspiró, casi con violencia. Comenzó a entrar agua en el camarote, un charco creciente. Agua salada, helada. Charlotte convulsionaba. Era como si sintiera algo nuevo, porque efectivamente lo sentía. Las palabras de su Señora volvieron a resonar. No mueres si dejas algo, por eso escribe la gente.
Ya no se oía nadie por el pasillo. Se notaba cómo todo el barco gruñía, se torcía, se resquebrajaba lentamente. Se escuchaba el agua, entrando aquí y allá, a presión. Y por supuesto, los gritos.
Pero Charlotte no tenía fuerzas, no tenía respuestas, y no tenía miedo.
Se incorporó, aunque aún le temblaban las rodillas, y palpó bajo la litera en busca de esa caja metálica. Era pequeña pero pesada, parecía tener el mecanismo de cierre de una caja fuerte, pero se abrió sencillamente con un clic. Dentro había fotos, alguna joya barata, y ahora el manuscrito de Charlotte, que firmó. Un relato de Charlotte Moore. Cerró la caja y se recostó en su litera.
Esto es mejor, pensó, esta muerte. Esto es mucho más de lo que yo imaginaba.

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20 propiedades del limón (10 de 20) – Canon

Un colega curraba en una central nuclear. Estaría fuera un par de semanas, le pagaban las dietas, y la empresa le alquilaba un piso en la costa. El mar estaba a tiro de piedra. Un fin de semana fuimos varios, nos invitó, nos aprovechamos de las circunstancias.
El sábado por la noche había un concierto improvisado junto a un chiringuito en la playa. Íbamos cinco tíos, eran nuestros veintitantos. Viendo el concierto (percusión hippie para borrachos) mientras tomábamos algo, les caímos en gracia a un grupo de chicas. Más tarde fuimos todos a bañarnos. Era como seguir un guión sobre la juventud escrito en diez minutos. Todas nos parecían guapas y simpáticas, inteligentes y graciosas.
Eran chicas y nos hacían caso.
Se nos hicieron las tantas. El amanecer comenzó a asomar, eléctrico y poco amable.
En algún momento me vi paseando a solas con una de las muchachas. La orilla, la excitación, el cansancio. Pisar algo puntiagudo zapatillas en mano. Fingir para no entorpecer el momento.
Ella era lo que se entiende por una belleza canónica. Delgada, de rasgos simétricos, voz aguda, pelo largo, ademanes de cervatillo. Lo que se ha acordado como ideal de chica joven. Tenía veintitrés años. Hablaba pero yo no conseguía retener la información. Había estudiado algo, vivía en algún sitio, quería dedicarse a no sé qué. Yo era una mezcla de agotamiento y perspectivas guarras. Ella se iba por la tarde, yo también. Yo solo decía chorradas, mi vida me parecía demasiado aburrida para intentar justificarla. A ella no parecía importarle.
Pensé que era la primera vez que me enfrentaba al canon. Había conocido a chicas que me atraían más, pero nunca eran una portada de revista andante. Sólo de caminar con ella, sentí cierto estúpido orgullo.
Pensé en contárselo de alguna forma, pero luego decidí que era un rollo demasiado rebuscado. Nos dirigíamos hacia unas rocas.
Vaya, un lugar apartado, las últimas líneas del guión escritas de forma atropellada. Uno de mis colegas siempre dice que en realidad nadie ha follado nunca en la playa, sólo en las películas. Pero a la gente le gusta contarlo, le gusta más contar que folla que el acto en sí. Te hablan de cómo la arena se les metía por el culo y el cielo era una cúpula estrellada y todo era la hostia de lírico y porno.
Nos sentamos en la arena, y entonces a ella algo le llamó la atención. Se levantó.
–Eh… –dije.
Si yo me levantaba ella vería mi tienda de campaña. Al fin y al cabo, ¿adónde iba? Teníamos el deber de ser la primera pareja que se lo monta en una playa. Como en las películas. Juro por mi tracto intestinal que estábamos a punto de besarnos.
Esperé un momento a que la erección no fuera tan obvia. Había sido por el olor, por tenerla tan cerca. Y por el miedo, claro.
Ella dijo:
–Ven… Mira. ¿Qué es esto?
Había una especie de gruta entre las rocas. No me hacía la más mínima gracia. Cabíamos, así que, como éramos jóvenes y parece ser que esa inercia no se puede combatir, entramos a investigar.
Si eres joven la respuesta tiene que ser que sí, es la forma de hacer amigos, meterse en líos y tener experiencias que luego poder exagerar en futuras cenas treintañeras.
Pero a ver cómo cuento esto. Aquello no parecía normal, incluso para alguien que lo más parecido a una cueva que ha visto es una vagina. Esta vagina de piedra se ampliaba a medida que avanzábamos, hasta que llegamos a un cúmulo de rocas. Para ser preciso, había una roca enorme parcialmente enterrada en otras no tan grandes. No había manera de moverlas, parecían soldadas.
Las observamos. Y sucedió lo que no puedes contar. La roca más grande comenzó a brillar. Lo hacía con una luz azul, algo que parecía proceder de su interior.
Yo di varios pasos atrás, dije algo como:
–Eh, ehh, uh, eh…
Pero ella abrió los ojos como platos, tocó parte de la superficie brillante. Y yo dije:
–Mejor que nos… eh… perdona…
Pero ella no oía nada. Dijo:
–¿No quieres tocarla?
Yo pensaba en mi colega, en su central nuclear, a él le pagaban. No pensaba arriesgarme.
Ella se pasó un buen rato palpando aquella superficie rugosa. Parecía latir. Yo fui alejándome poco a poco. Salí de la gruta. La esperé como diez minutos fuera. Para cuando salió, el momento había pasado. Aún no follaría nadie en una playa. Mi amigo asintió con vehemencia cuando le conté esa parte.

Ahora, a veces, cuando pongo la tele y veo según qué noticias, me pregunto si debería haber tocado aquella roca. Una vez volví a verla, ya no brillaba, era una roca. Supongo que se atrevían los que estaban predestinados, quizá aquel peñasco les detectaba y se ponía cachondo. Y vaya, todos estaban buenísimos, al menos oficialmente, todos eran canon. A todos les queda fenomenal ir embutidos en esos trajes. No creo que yo pudiera manejar esa responsabilidad, ni aunque estuviera así de cañón. Cuando le cuento a la gente que conozco a una de ellos, jamás me creen. Cuando les digo que estuvimos a punto de follar una vez, cambian de tema. Y cuando aseguro que hace dos años salvó a mi abuelo de un incendio imposible para los bomberos, saben que ella podría hacer eso, pero siguen pensando que yo miento más que hablo.

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20 propiedades del limón (9 de 20) – Del revés

En lugar de quedarse quietecito en su cama, en lugar de esperar a que pasara la tormenta, el muy capullo se levantó. A tientas en la oscuridad, con la polla en la mano. La mano dentro del pantalón de pijama. El capullín de catorce años, puede que quince. Una vez manchó el techo, llegó salpicando hasta el puto techo. De crío había sentido rechazo al oír follar a sus padres, pero pronto follar fue más importante que sus padres, y a sus padres se les oía demasiado. De entrada se había puesto nervioso, pero luego se comenzó a poner cachondo. Violento y cachondo.
Era algo nuevo. Estaba cerca, aún fuera de la habitación, oía rechinar la cama de matrimonio. La tenía dura como sólo un niñato puede tenerla dura, mármol adolescente. La gente se ríe de los adolescentes; nunca parecen entender su potencial, su peligro o su capacidad. La gente le teme a lo desconocido, y eso es mucho de lo que tener miedo/burlarse/reírse. Un chico de esa edad puede hacerle un agujero a una sandía y follársela sin contemplaciones. Nunca hay que menospreciar la inexperiencia, la sed, el ansia, la frustración de no ser niño y tampoco adulto. Que nadie te haga puto caso. Es mejor no preguntarse cómo eso alimenta la creatividad, y no solo la creatividad. Aquí hay energías ambiguas en juego.
Esa noche el chaval se comenzó a tocar junto a la cama de sus padres, en la oscuridad, asqueado y excitado, con una punzada desagradable en el estómago y Sade entre las piernas.
No tenía ninguna explicación preparada si le pillaban, y sabía que si eso sucedía, no iba a mejorar nada. La relación con sus padres, ya de por sí incómoda y poco fluida, se convertiría en algo inabordable.
Hasta ese momento no había pasado nada fuera de lo común. Sólo malas notas, desinterés, otro chaval que (¡oh, sorpresa!) por lo que sea, no tiene vocación alguna y no quiere dedicar su vida a madrugar para otros.
Pero masturbarte oyendo a tus padres es un paso más. No entra en la categoría de anécdota sexual adolescente. Cualquier otra cosa se entiende, incluso las más guarras y discutibles. La mente no parece un ámbito particularmente moral, y la de un chico de quince años huele como un pesquero moviendo la mercancía en el puerto.
El había escuchado historias, algunos chavales del barrio.
La paja en la vía del tren.
Calentar el postre en el microondas.
Estar a punto de morir de asfixia.
La aspiradora que te mira fijamente.
Pero hacerte una paja oyendo a tus padres, supera sin duda la visita a urgencias con una botella metida por el culo, o con la polla hecha hamburguesa.
El chaval pensaba en todo eso mientras oía a sus padres, y la erección continuaba su curso, sin problema. Piensa lo que quieras. Ponte a prueba.
Hasta que te pillan.
Normalmente esto funciona al revés. El muchacho se la pela y su madre entra sin querer a su cuarto. Oh, vaya, qué situación tan violenta QUE LE HA PASADO A TODO EL MUNDO.
Lo que nadie puede anticipar, es que el chaval vaya a la habitación de su madre a ejercer su edad. Si te pillan no puedes irte sin más con la polla bamboleando, como si todo hubiese sido fortuito. Luego tienes que desayunar con esa gente. Ellos no esperaban que tú, el resultado de uno de sus coitos, te acabaras tocando con eso. Y no es que esperaran gran cosa de ti, porque ya pasó el tiempo en que ser un crío tenía su gracia. Ahora ya no le haces gracia a nadie, sólo eres un tocapelotas, y la cosa no tiene pinta de mejorar. Creces, y nadie le hace monerías a la gente que hace cola en Hacienda.
Le oyeron suspirar. La mayoría de gente no suspira por sus padres. Suspiras por casi por cualquier otra cosa. Tus padres deberían ser terreno vedado.
El muy capullo se fue corriendo a su habitación, después de oír un
–¡Qué haces!
de su padre que lo daba a entender todo.
La vergüenza, el arrepentimiento, esa clase de arrepentimiento que parece almacenado de mucho antes, porque sabes que lo vas a necesitar. El arrepentimiento nunca es perecedero, siempre está ahí para ti, fresco como el primer día.
Por suerte, la situación acabó por no ser tan violenta. Acabó por ser una oscura historia familiar, seguramente una de tantas que se callan. No se habló, no se analizó, no hubo preguntas, y desde luego nadie quería respuestas. Sí, el chaval reaccionó, se largó pitando a su cama, sentía el corazón a pleno rendimiento, el miedo, las posibles consecuencias, en qué derivaría aquello. Y obviamente, con todo eso en el pecho y en la cabeza, con toda esa inspiración, acabó sin problemas la faena.

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20 propiedades del limón (8 de 20) – Filtro

Me armo de valor. Entro y me llego hasta el mostrador. Una mujer de unos cuarenta años. Parece que logre verme en detalle sin mirarme; hace lo justo para percatarse de que tiene una persona delante. Con gestos de una eficacia que ya quisieran los robots, me pasa un formulario. Tres folios.
–Puede sentarse ahí y rellenarlo.
Me da un bolígrafo. Me acerco hasta una zona con una mesa baja de cristal y varios butacones. La disposición del mobiliario no parece pensada para rellenar nada. Quizá esa es la idea, que no te acomodes demasiado, promover la realidad que la gente entiende por real. Funcionarial, seca, espartana en un sentido estrictamente administrativo.
Intento vomitar todos mis datos personales, no se me da especialmente bien, tiro de esa parte de mi cerebro encargada de la memoria automática, la que pierde tus datos si piensas demasiado. Aquí pensar, en general, no es una buena idea. Adaptarse es la única premisa. Entra más gente, miradas de martes por la mañana. Casi agradecerías un buen atraco. Podrías hacer amistad con el resto de rehenes, llegar al final del día y sentir que has vuelto a nacer.
Sentirse vivo no se parece en casi nada a estarlo.
Me encorvo y practico mi mejor caligrafía. Abandoné muy pronto el estilo colegial de letras redondas de cuaderno de primaria. No se me daba bien, empataba en desastre estético con una niña llamada Noelia. Recuerdo que no se duchaba. Yo me frotaba fuerte en la bañera, me obsesioné durante un tiempo con eso.
Un tipo le pregunta a la mujer si no puede hacer todo esto por Internet. Ella le mira como te mira una llama. Ambos sabéis que no hay química. Ella no va a escupir, pero apenas tiene que respirar para hacerse entender. Hay que reconocer que sabe de qué va esto, la gente y vivir, firmar y tragar. Lo que llaman colaborar. Se hace una interpretación muy amplia del significado de colaboración; es más bien jerarquía disfrazada, todo depende del contexto.
El formulario se vuelve denso como un relato de David Foster Wallace, pero sin Kafka, sin aridez existencial, sin maximalismo, sin diversión. Por momentos me cuesta recordar a qué he venido. Quizá eso también tenga sentido para ellos.
Hay que hacer un esfuerzo consciente imposible para recordar que ellos son como tú. De hecho, ninguno de los presentes acordó esto. Como suele suceder, viene de lejos. Lo que hacemos es encajar en la burocracia que otros idearon.
Todos estos procesos parten de la misma idea esencial. Renovar tu condición de persona productiva, fiable, cabal según el criterio general establecido. No siempre te dan el visto bueno, a veces te consideran erróneo o no apto. Estoy aquí como podría estar en cualquier otro interior oficial dedicado a tareas similares. No importa tanto la gestión como el denominador común que la establece. Estoy en 2018 como podría estar veinte años antes o veinte años después. Soy yo como podría ser cualquier otro. Esa es la idea, la esencia. El sol entra por las ventanas, ajeno a todos los niveles, aquí no hay mamíferos como tales, el proceso no es natural, es la pantomima de poner orden en el caos.
Al final tengo que firmar los tres papeles. Ahora la mujer del mostrador mastica chicle. Quizá ya lo hacía antes. Es imposible imaginarla en la playa, comiéndose una hamburguesa o follando. En su mirada puedes distinguir su asombrosa habilidad para abstraerse de su entorno laboral. Intuyes que el reloj no es su único amigo, pero sí el más importante.
Coge mis papeles con vaga desconfianza. Trata con gente todos los días, con desconocidos que no saben muy qué hacen aquí. Ella tampoco lo sabe, pero conoce las operaciones, los pasos. Sabe qué error hace que los documentos viajen y luego vuelvan otra vez con la falla marcada. Ella tiene que filtrar.
No se precipita, pero tampoco se demora. No puedo imaginar hacer su labor con resaca o sueño. Seguramente ella sí. Llega al último folio y luego vuelve al segundo. Parece no estar segura de algo. Un sudor frío me baja por la espalda. Me pasa con las citas oficiales, también con las románticas.
Miro hacia un lado, hacia el otro, hacia el techo. Meto las manos en los bolsillos. Hago lo que se hace, interpretar al hombre tranquilo. Estamos en el primer mundo, aquí sabemos cómo hacer las cosas, somos civilizados, sobre el papel no hemos conocido otro mundo.
La mujer me dice que falta algo, algo está mal, y luego me hace una pregunta que no entiendo. Balbuceo intentando encontrar el tono de la conversación. La mujer levanta un dedo: “espere”; y luego levanta el teléfono. ¿Llama por mí, o el teléfono ha sonado y no me he percatado? Mira mis papeles, parece consultar algo. Llama por mí. Apoyo una mano en el mostrador, mostrando interés. Cuelga el teléfono, presto atención por si me dice algo, vuelve a levantar el teléfono. Habla con monosílabos. No pasa nada, me digo, esto es solo uno de esos minutos largos, cuando el tiempo es más relativo, cuando esperas y quieres irte. Solo es burocracia, nada que no se pueda arreglar. No tengo antecendentes, nada que ocultar. A esta mujer no le importa cuánto tiempo hace que no llamo a mi madre. No quiere saber nada de mis pecados, sólo le intereso como profesional, como contribuyente.
Respiro hondo. Entonces ella se levanta y vuelvo a prestar atención. Aprieto los labios y la miro: “¿y bien?”. Entonces ella sonríe abiertamente. Se vuelve de lado, corre con todas sus fuerzas y choca violentamente contra la pared más cercana.
Todos nos alteramos (incluso se oye un grito) menos los empleados. La mujer se ha abierto la cabeza y ha quedado inconsciente. Dos tíos de seguridad la levantan y se la llevan fuera de nuestra vista. Hay un rastro de sangre en el suelo. Cuando me quiero dar cuenta, tengo a otra mujer delante en el mostrador, aunque mucho más joven. Me mira con prestancia y dice:
–¿Estos son su papeles?
Les echa un vistazo, apenas unos segundos. Me sonríe y me dice que todo está en orden. Me llevo los documentos que me pertocan. Salgo de allí con brío. Fuera la cola se extiende con espíritu de día laboral. Nunca me ha parecido buena idea contar esto.

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20 propiedades del limón (7 de 20) – La lámpara mágica

Es brillante e irreal como en los dibujos animados. A mi alrededor todo es oscuridad. Una voz animada, cálida, puede que femenina, me dice:
–¿A qué esperas? ¡Frótala!
Miro en todas direcciones, no hay nadie, o bien no veo a nadie. No me preocupa. Me siento bien, esperanzado. No siento la inquietud habitual, ni el miedo, el miedo crudo. Sopeso la lámpara, parece un sueño, mágica de verdad, su brillo invita. Es dorada como el medallón de un rapero, y promete también su cuenta bancaria.
–¿Qué haces?, ¿a qué esperas?
No es inseguridad, estoy tan seguro de que esto funcionará que alargo el momento. Saboreo el premio arbitrario, inmerecido. Estoy en lo alto del podio, y aquí nadie ha entrenado, nadie compite ni presume, nadie juzga ni tiene ideas parciales, aquí no hay pista de atletismo ni Twitter.
–¿Tío…? El genio, tío, ¡tres deseos!
No recuerdo cómo he llegado hasta aquí, y prometo que no me inquieta lo más mínimo. Esta noche pienso dormir como un tronco.
–¿Pero qué coño te pasa?
El suelo parece de tierra, parece el interior de una cueva. Me pregunto cómo será el genio de la lámpara. Que sea como quiera, yo he venido a participar. No, he venido a ganar. Por una vez.
–Ajá…
Es increíble, creo que en realidad me lo merezco, ¿por qué no?
–En serio, no tengo todo el día.
Alzo la lámpara para verla mejor, pero no funciona así en la oscuridad. ¿Con qué intensidad tendré que frotar?
–Otra vez no. Por favor.
Me gustaría llevármela, tenerla en casa, como recuerdo.
–Santo Dios.
Este lugar me gusta. Tendría que inquietarme, pero no lo hace. Me siento a gusto aquí. Aquí de pie.
–Por Dios, sería como quedarse a vivir dentro de un avión, o en un vagón de tren. No, sería como dormir en un coche cada día. Esto es el medio, no el fin. Sólo tienes que frotar la lámpara. Son tres deseos, no hay que ser un genio, no en tu caso. Sólo tienes que dar el paso.
Pero yo me pregunto, ¿qué prisa hay? ¿Porque esta presión?
–Nadie te presiona, amigo mío. No es la presión, es tu inacción. Lo tienes delante, cógelo.
Ya lo tengo en la mano.
–Ya sabes a qué me refiero.
Muy bien, voy a hacerlo.
–Venga.
Estoy a punto. Pero miro nuevamente alrededor, ya no tan confiado.
Un momento, ¿tú quién eres?
–…
En serio.
–¿Y se puede saber qué importa eso? No sabes quién es la mayoría de gente, y tampoco te importan. Tienes coche, consumes todo tipo de ropa y trastos y juguetes fabricados por niños escuálidos. ¿Qué clase de escrúpulos tienes ahora. No soy el Diablo, o lo soy tanto como lo puede ser tu jefe o tus padres. O incluso tu pareja.
No tengo pareja.
–No me seas tan literal, ¿lo que te está pasando te parece literal?
Bueno, literalmente tengo la lámpara en las manos.
–Un mendigo puede coger una tele de la basura, y eso no significa que vaya a pasar la noche viéndola mientras cena.
Creo que me he perdido.
Estás perdido. Pero esa no es la cuestión. Lo que importa es que tienes la solución entre las manos.
Me parece demasiado sencillo.
–Porque a veces lo es, ¿tan difícil es de entender? Cómo quieres que te lo diga: ESTO NO TIENE MORAL NI MORALEJA. O lo tomas o lo dejas.
Voy a hacerlo.
–Es tu decisión. Mañana estarás gestionando tu riqueza, y pasado sólo tendrás que señalar lo que quieras. No te confundas, todo funciona así.
Es verdad.
–Adelante.
Muy bien.
–…
Sujeto la lámpara con energía. Venga, aguántala con la izquierda, frótala con la derecha. Hazlo bien, con sutileza, hazlo como Spielberg te pediría que lo hicieras.
–Eso es, haz teatro, pero hazlo.
Algo parece haberse movido en la oscuridad. Me desconcentro.
–¡No necesitas concentración!

–…
¿Sabes qué? Acabo de recordar que tengo que ir a un sitio.
–¿Cómo?
Tengo un cosa pendiente, tiene que ser hoy.
–¡Eso es mentira!
No, de verdad. Lo siento, tengo que… Además voy a llegar a tarde.
–Vaya. Adonde no vas a llegar tarde es a tu funeral, amigo.
Vale. Oye, nos vemos, ¿vale? Dejo aquí esto.
–…
Lo siento, de verdad.
–Gracias por hacerme perder el tiempo.
Lo siento.
Me pongo a buscar la salida, extiendo los brazos. Es una sensación familiar, el presente, el futuro. No me siento ni bien ni mal, sólo vagamente adulto, e ingenuo. No he madurado, no he ganado nada, no he aprendido nada, no era una lección. Lo siento.
Topo con una cola de gente, se iluminan con mecheros y móviles, algunos rezan sujetando sus rosarios, los hay de todas las edades y sexos. No recuerdo haber estado ahí con ellos, y a la vez no hay nada más que recordar.

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20 propiedades del limón (6 de 20) – Ese olor

Una tarde, después de muchos años de mi etapa estudiantil, pasé por delante de mi colegio. La ESO, incluso la FP. Pasé allí muchos años. Diría que en algunos países a los niños les faltan años de colegio, y en otros les sobran. La infancia no me parece el pasado, me parece otro mundo, el tiempo corría lento, los colores eran más vivos y la atmósfera más respirable, y las preguntas se reducían a exámenes fotocopiados.
Guardo un buen recuerdo de la época, pese a haber sido un niño de relleno, figuración. No era un estudiante justito, era una sombra, un habitual en septiembre, una bronca descomunal cada trimestre. Aquello no estaba mal, ahora brilla con luz propia al recordarlo. El sol ahora es el mismo, pero en aquel entonces te sonreía, te ayudaba a ver bajo las faldas, guiaba tu mano.
Esa tarde de adulto deambulante, al quedarme embobado frente a los portones mientras salían los niños a las cinco de la tarde, un profesor me reconoció.
Era mejor que pasar por un pedófilo, pero tampoco era cómodo para mí. Algo que he comprobado es que la gente, los compañeros, los docentes, no recuerdan tus notas o méritos. Con el tiempo, ya sea para bien o para mal, pasas por uno más. Eso me tranquilizaba.
Me dio la mano y se la estreché. Había sido mi profesor, pero no conseguía recordar de qué. Él recordaba mi nombre, pero yo el suyo no. Quizá era Toni o Manel, un nombre de profesor. Había encanecido por completo, pero conservaba su aire juvenil. Llevaba una chaqueta de cuero y un casco en el codo.
Me animó a entrar, a echar un vistazo. Me apetecía, pero acepté sobre todo para quitármelo de encima. Mientras él se iba hacia su moto, entré y subí los peldaños hasta el pórtico. Me sentía viejo, pasado, pero sobre todo sentía que había perdido un montón de tiempo, de años. Se suponía que el futuro era una promesa, no sólo habitaciones hechas de preocupación y más exámenes, aunque los exámenes ya no fueran por escrito. No me sentía más sabio, sólo más oxidado, menos idealista, algo demodé.
No es fácil explicarlo, o quizá es simplemente que no me apetece. Deambulé por el pórtico y salí al patio. El cielo se estaba tapando. Mi estado de ánimo cambió. No se me agolpaban los recuerdos, más bien me invadía cierta sensación. No sé si era nostalgia, pero no era desagradable.
No sé por qué, pero lo que más me atraía era volver a ver los lavabos para chicos del patio. Estaban de cara a las canchas de baloncesto. Tenían una especie de biombo de piedra que había que rodear, y dentro los urinarios de pared y los habitáculos para aguas mayores. Era adonde yo iba sin falta a la hora del patio, nunca le quitaba el papel de plata al bocadillo sin pegar antes mi meada.
Cuando entré, me pasaron por encima los años noventa. Si olía exactamente igual o sólo era mi imaginación, no lo sé, pero era esa misma electricidad. Aquel lavabo es lo más cerca que he estado de una máquina del tiempo. Era un olor fresco y fétido, a meados y ambientadores incapaces de hacer bien lo suyo. La polla se te congelaba en invierno. Las chicas entraban y salían corriendo. Vi nevar por primera vez saliendo de ese lavabo.
Respiré hondo ese ambiente. Lo mejor de todo es que sólo me importaba a mí; todas esas minucias en mi cabeza, que en realidad son todo lo que tengo.

Ya había hecho la gracia, así que me dispuse a salir de allí. Lo sentimental de la situación eliminó por completo mi sentido logístico. No había pasado tanto tiempo, ni tan siquiera recorrí los amplios patios. Pero los portones estaban cerrados.
No había nadie. Es un colegio de curas, antaño las puertas permanecían abiertas durante horas después de las clases. También abrían los sábados y los domingos por la mañana. Las canchas de baloncesto y futbito estaban operativas toda la semana. Ahora ya no. Era como si el colegio hubiese envejecido conmigo; o mejor dicho: igual que yo.
Empezó a llover, por supuesto. Me metí en el pórtico. No tenía prisa. Sólo había que encontrar a alguien. Estas situaciones sólo son peligrosas en las películas de terror. En la realidad sólo es una cuestión de tiempo. Al principio es tiempo, luego aburrimiento. Al principio me muevo, busco a alguien, un cura, una administrativa, un profesor rezagado, unas llaves. Recorro el largo pórtico.
Entonces echo un vistazo al patio a través de los cristales, y veo a un niño a lo lejos. Se me hiela la sangre, aunque de entrada no entiendo por qué. Está quieto y parece mirar en mi dirección. Mira desde donde un segundo antes no había nadie. Por disposición de los elementos, parecía imposible que hubiese aparecido un niño ahí justo en ese instante. Bajo la lluvia, como si hubiese crecido del suelo. No se parece a mí de crío, más bien parece una foto mía de crío, pero ninguna de las dos opciones me tranquiliza. Me asusta especialmente su ropa. Prendas que no recordaba, pero que reconozco sin problema al volver a verlas. Lo que yo era y vestía a los ocho años.
Aparto la vista y procuro respirar, para luego volver a mirar y que el niño haya desaparecido. Al levantar la cabeza sigue ahí. Se está quedando empapado. Es curioso que un crío o una cría sean una representación tan eficaz de lo desconocido.
Un acceso de raciocinio me dice que debería ir hasta él, darme cuenta de que es un niño anónimo, preguntarle qué hace ahí, y resolver el problema como un adulto.
No para de llover, pero salgo al patio. Moverme, hacer algo, me tranquiliza. El niño no se parece menos a mí por estar cada vez más cerca. Eso hace que me detenga a cierta distancia. Digo:
–¿Hola?
Claro que no dice nada. No va a decir nada porque eso era lo que yo hacía. Esperar a tener al adulto de turno encima, haciendo preguntas, levantando el dedo.
Cuando estoy justo al lado, decido hablar como yo hablo con los niños anónimos de ocho años. Entonces me percato de que yo nunca hablo con niños. Apenas sí hablo con adultos, sólo cuando no queda más remedio.
Pero él no espera tanto de mí. Se limita a mirar con sus exagerados ojos marrones. Estamos en la zona de las canchas de futbito, y señala con el dedo hacia las de minibasket. Miro hacia donde señala, y entonces veo a Toni, a Manel, al profesor ya canoso. Está desnudo, su cuerpo flácido, delgado pero fofo, arrugado. Se coge la polla y los huevos con la mano derecha, y los sacude, me saca la lengua, a modo de invitación repugnante. Entonces miro otra vez al niño, me miro. Y dice:
–Se te congelaba la polla.
Crece sin remisión un dolor en mi nuca, comienzo a notar los pantalones húmedos y la espalda dolorida. Vuelvo a notar ese olor. Al abrir los ojos, veo el techo del lavabo. Aparece en mi campo de visión la cara de una niña de unos once años, luego la de un crío algo menor. Me incorporo, toco con las manos el suelo húmedo y resbaladizo, puede que en parte pis. La niña me dice:
–¿Está bien?
Le digo:
–No. Pero no me trates de usted.

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20 propiedades del limón (5 de 20) – El tambor

Lo había visto en películas, incluso había soportado a críos escandalosos en algunos lugares públicos. Pero nunca había comprobado por qué pocos días después de la mañana de Reyes, no es raro ver tambores de juguete junto a contenedores.
Era el día tal del año dos mil y pico, mediodía, siglo XXI, millennials, comida familiar, más o menos. Había comenzado a frecuentar a una chica, y por algún motivo que se me escapa no me pareció mala idea que me llevara un día a comer a su casa con sus padres, sus hermanos, sus tíos, sus sobrinos, sus primos, su perro, hasta había una chimenea. Era todo violentamente íntimo y formal, lo contrario a follar en un hotel de dos estrellas. Todo eso que la gente se hace la picha un lío al valorar, lo que un día te dicen que es la felicidad y al siguiente una trampa que no supieron sortear.
Millennials, al parecer yo también lo soy, ahora nadie te pide permiso para colgarte etiquetas. Estábamos rodeados de ellos, algunos incluso tenían hijos. Por suerte a veces hay tanta gente que pasas desapercibido. No fue el caso.
Tuve que contarlo todo: que no era nadie, que claramente no tenía un futuro claro, que no sabía tomar decisiones, que me equivocaba casi siempre, que no se me daba bien la gente, y que aun así me estaba follando a «la niña», seguramente por haber conseguido engañarla, embaucarla, atraparla en mis redes de ya treintañero baboso, perdido y millennial por los pelos. No es que lo contara así.
Fue un momento violento de verdad, como es debido, como es tradición, como mandan los cánones del protocolo. Todos sonreíamos como si tuviéramos los dientes llenos de típex.
La comida, obviamente, se hizo eterna. Normalmente me siento fuera de lugar, ese día me sentía como un reloj de arena en una montaña rusa. Así era como funcionaba. Pensé que si alguien me daba un capón en la nuca, me dejaría inconsciente una semana.
Supongo que hablo tanto de los millennials porque ellos no dejaron de hacerlo. Millennials poniendo a parir a millennials, millennials dando la bendición a millennials. Nadie puso en entredicho la aceptación natural de la etiqueta, ellos eran millennials igual que una nube es una nube. En las seis horas que duró la comida, nadie se reivindicó como persona libre e individual.
Creo que por eso al principio el tambor me hizo cierta gracia.

Uno de la casi decena de niños que había, sacó un tambor de algún rincón. Alguna tía Encarna se lo había regalado días antes, Reyes. Un ejemplo de lo que es la reflexión es regalarle un tambor a un niño de cinco años: le va a encantar, no va a dejar de dar golpes y armar ruido, ¿no es lo que le gusta a un niño, armar ruido?, ¿eh? La lógica de esta tía Encarna –cuya idea de algo romántico en Facebook es la imagen del torso de un tío que se siente incómodo fuera del gimnasio a cuyos pies se aferra una rubia que se siente incómoda fuera del machismo–, cantaba ópera, lo importante era el niño, su regocijo. Un tambor infantil es sencillo, es como una pistola, sólo sirve para una cosa.
Esta tía Encarna en particular había pasado por su propio proceso de oscuridad, durante un tiempo su idea de hacer planes tenía que ver sobre todo con cuchillas de afeitar y bañeras llenas de agua tibia. Un par de intentos de irse y una incipiente (aparente) vuelta a las ganas de vivir, hacían que todo tuviera sentido. Si el niño quería tocar el tambor que le había regalado su tía viva de milagro, tocaría el tambor.
No recuerdo el nombre del niño, creo que era Pau, o Unai, o algo así, un nombre de niño, blando o supuestamente moderno.
El crío cogió el tambor justo después del último bocado que se había dejado meter en la boca a presión. Desde ese instante quedaban tres horas para que la familia se dispersara; tres horas y media si contamos el proceso de despedida y promesas vacías.

No es difícil empatizar. Y no es que los padres del crío no le llamaran la atención en ningún momento. Pero nadie obviaba al elefante suicida en la habitación. Las conversaciones se diluían y mezclaban. Había quien ya no hablaba, o se salía al balcón a fumar. El niño sonreía como si supiera lo que pasaba; probablemente lo sabía, o al menos lo entendía a su manera.
Este tambor no es nuevo. Esto, de hecho, es la batucada de siempre. Los condicionantes. A veces es más metafórico o sutil, pero hay días que todo se vuelve escandalosamente literal.
A veces el pacto tácito de no marcharse hasta que se marchen todos no es rígido. No era el caso.
Durante la despedida, todos de pie, esperando a que se extinguieran de una puñetera vez las últimas conversaciones, el ruido era ensordecedor. No había pausas, no había tregua.
Una vez ya en la calle, sólo podía pensar en drogas. Vi a quien se apoyaba pesadamente en las paredes, vi ojos cerrados más tiempo de lo normal, vi incluso a una de las familiares vomitar junto a un coche. En realidad no soy un narrador fiable, no entendí tan bien lo que había pasado. No volví a ver a nadie de aquella casa.

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20 propiedades del limón (4 de 20) – Qué tal

Un largo paseo. Iba caminando por un puente. La vía pasaba por debajo. Vi a alguien caminar junto a ella. Hay más gente de la que parece a las afueras, merodeando, pensando, intentando no pensar. No todos pasean al perro o están entregados a la última droga deportiva. Hay gente que simplemente disfruta de estar sola.
El chaval era Víctor, lo reconocí, era un ex compañero del colegio, bastante colega, un buen chaval, nos hacía reír. Era esa clase de persona que es capaz de existir sin necesidad de rivalizar. Tenía su grupo de amigos, claro, pero era atento y amable también con el resto. Una rara avis. Inteligente y sin embargo confiado.
Hicimos contacto visual. Era sábado por la mañana, el sol caía a plomo, mi momento favorito de la semana. Casi primavera. Me encanta respirar el aire y bordear los huertos urbanos, es relajante, es tranquilo, es infancia, una sosegada felicidad, para mí mucho mejor que los colocones de adrenalina o el histérico amor, extenuante y con fecha de caducidad.
–Qué tal –le dije, levantando algo la voz.
Sonrió, sus gestos y muecas no habían cambiado, era su versión treintañera perfecta. Se le veía saludable, estable, equilibrado, todo ese rollo de anuncio de yogurt. Me alegré por él. Creo que de muy crío incluso llegué a estar algo enamorado de él, me fascinaba su ligereza, esa facilidad para tratar con todos, también con las chicas. Él era el timbre de vuelta a casa, el fútbol, el baloncesto, el chiste, olía bien, tu día mejoraba cuando le veías, y sobre todo si te sonreía o decía algo. Todo eso me volvió a la cabeza al verle. No tenía intención de interrumpir su paseo, y quería seguir con el mío, pero aun así le dije:
–¿Todo bien?
–Sí, tío, todo bien. ¿Qué tal tú?
–Ya ves, en mi paseo matinal.
Mi sinceridad puede ser de lo más cruda.
Él asintió, su flequillo aún presente, llevaba unos tejanos, una camisa blanca, unas deportivas. Me lo imaginaba casado o con pareja estable, con un trabajo aburrido pero funcional, un adulto del montón, pero también una persona buena, cuidadosa. Probablemente tenía algún crío, o quizá no, no quise preguntar.
Nos dedicamos un par de comentarios más, parcos, amables, inofensivos. Se acercaba el tren y de algún modo eso (el ruido) ponía punto y final a nuestro encuentro. No había bajado del todo la mano para despedirme, cuando le vi arrojarse a la vía.

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