Pegar a un poeta

Hice un viaje en tren y en autobús y a pie. Iba a la presentación de un libro. Pero creo que al menos la mitad de misiones tienen un objetivo soterrado, el objetivo real. Dinero, amor o sexo, o puede que sólo sexo. No son objetivos incomprensibles, simplemente pueden sonar demasiado básicos. A menudo la poesía se usa para vestir estos básicos de algo noble. Me encanta leer, pero a priori no necesito a nadie para comprar y leer libros; y desde luego no me interesan las presentaciones de novedades. Aseguro demasiado el tiro a la hora de elegir las lecturas. Me guío según el mejor crítico, que en mi opinión es el Tiempo, o en su defecto por recomendaciones, a lo que sumo mi intuición, que incide en un mínimo porcentaje.
Si iba a la presentación del libro, era principalmente por M., una chica más joven y más preparada que yo, por la que ya había fregado el suelo varias veces Instagram mediante. Uno de los problemas de colarse en serio por alguien, es que el porno deja de motivarte. Tu último pensamiento antes de llegar, siempre va en la misma dirección. Es algo irracional, y por tanto auténtico. Si puedes dar una explicación fácil de por qué te gusta alguien, cuidado con llevar esa relación demasiado lejos, en el futuro podría aparecer una persona que te guste De Verdad. Y ahí nada más se impone; da igual que tengas ya un piso monísimo, una ideología “férrea” y un bebé estándar que se comporta como un César tiránico. No importa que hayas construido ya tu feudo de amor canónico, y que de cara a la galería todo vaya bien. Sólo cuenta lo que guardas de puertas para dentro.
Había visto a M. en contadas ocasiones, aunque habíamos hablado mucho en digital. Ni que decir tiene que tenía novio. Era un chico que había conocido en la universidad. Un buen chico al que odiar. Yo nunca le había conocido en persona, para mí sólo era el fulano que estropeaba la mitad de las fotos. Un muchacho de veintipocos, de barba abundante y perfilada, rapado por los costados y con un tupé a la moda. Un muñeco para la tarta de boda, licenciado y bien colocado. Un cromo repetido, supongo que relajantemente repetido para algunas mujeres. Un Tío Normal; ni muy aburrido ni muy gracioso, ni del todo previsible ni del todo original. El hombre consciente que proyecta responsabilidad. Un bebedor moderado de cerveza con una creciente dosis de izquierdismo específico (lo que se lleve en el momento) en su discurso. Alguien que en los noventa hubiese llevado una camiseta vieja del Che. El conocedor “profundo” pero parcial de la Historia.
Mi odio por él era injustificado, pero totalmente justificable. Soy un ser humano, y por tanto, aunque procuro no ampararme en las contradicciones, soy incapaz de excluirlas de mi forma de pensar y sentir. Si fuera una máquina, quizá sería una cinta transportadora de caja de supermercado. Algo sobre lo que colocar tus productos. En todo caso, seguro que no sería un cohete o un ordenador. Puede que un misil, o una impresora.

Presentaba libro un poeta de maneras más que de méritos, como pasa supongo con la mayoría de poetas. Están hechos más de lo que quieren ser que de lo que son. El chaval dejaba ir un tufillo a soberbia que comunicaba a través de una humildad ahora muy habitual, estrictamente basada en las formas. Era amigo de mi archienemigo.
Había leído cosas suyas en revistas digitales; me parecía poesía en la medida en que puede serlo un ramo de rosas el día de la madre. Protocolario, un exceso de desodorante sobre axilas sudadas. Se notaba el esfuerzo en cada verso, y el “chupádmela, soy feminista” salía a flote como un zurullo en un charco desde la portada del libro.
El tío llevaba un tatuaje en el cuello. Nunca me fijé tanto como para que no me pareciera la caca de Arale Norimaki.
Era sábado por la mañana, y qué demonios, estaba de humor. Tenía curiosidad por conocer al novio ideal, y al poeta, y puede que a algunos tipos modernos más. Quería reconciliarme en cierto modo con todo eso. Las chicas no me interesaban; sólo la que no estaba disponible.
Ese era el plan, y lo mandé a pique como está mandado.

El aspecto esencial inherente a la información es la Inexactitud. La información nunca es completa, y casi siempre está contaminada. Esto no es más que la vigésima vez que escribo sobre una experiencia en concreto. Se han cambiado los nombres y no se ha maltratado a ningún animal en el proceso. Pero creo que aún no he usado nombres, y bajo cierto criterio nadie maltrató a animal alguno aquel día. No voy a tener que describir más que mi relativa estupefacción ante mis propios dichos y actos.

Todo sucedió dentro de un centro comercial, en un apartado dedicado a presentaciones, firmas, actos, charlas y derivados. Llegué tarde, pero no como Marilyn; llegué tarde sudando, respirando hondo, mirando al suelo, procurando no tropezar, intentando no hacer ruido ni molestar, molestando y haciendo ruido.
Tomé asiento. Cuando me fijé en la pinta que tenía el poeta, se me escapó un “no me jodas” audible en un radio de al menos cinco metros. El flamante escritor estaba sentado frente a los presentes junto a una editora y alguna clase de mentor. Era rubio, parecía un niño, y su mirada denotaba un orgullo intelectual que debía estar mojándole los calzoncillos. Olía más a enchufe que en una tienda Apple.
Y que conste que no estoy en contra del enchufe, no al menos por defecto; cada cual usa lo que tiene. Pero no por eso deja de ser enchufe, con todo lo que eso conlleva.
El chico era una monada, enrojecía y se mostraba articulado en cada respuesta. Era mucho mejor actor que escritor. No dejaba de enjabonar a la editora y al mentor, con el que le imaginaba una relación de lo más guarra a espaldas de la mujer del mismo. Al muchacho le gustaba proyectar un halo de joven y apetecible erudición. Daba rodeos complicados y trufados de retórica y vocabulario rebuscado para responder las preguntas más sencillas. Era como ver a un portero lanzarse por los aires a por el balón más centrado, bombeado y fácil de atajar.
Yo no le conocía en absoluto, y por eso donde los demás se quedaban encantados o impresionados (o al menos lo fingían sin demasiado esfuerzo), yo tenía cada vez más ganas de coger cierto extintor y aplastarle la cabeza con él.

La presentación en sí se me hizo larguísima. A juzgar por todo lo dicho, estábamos ante el nuevo Truman Capote, una mezcla de Truman Capote, Edgar Allan Poe y Jane Austen, más unas gotas de Simone de Beauvoir y un pellizco de Margaret Atwood. (Y todos esos autores se nombraron, o que me caiga un rayo aquí ahora mismo.)
El chico tenía veintiún años. Yo con veintiún años tenía bastante con disimular la erección.
Una vez todos de pie, evolucioné por la sala, buscando caras conocidas. Vi a M. y la saludé. Luego conocí a su novio, y a su barba, ambos simpáticos y de mirada recelosa, lo que me complació bastante a decir verdad. No hay nada como sentirse una amenaza para según quién, aunque sea a pequeña escala; puedes llegar a entender a los dictadores, o a los bebés. Notas que, en parte, tienes en tu puño a alguien. Surge la tentación de provocar el caos. Pero lo mejor es no dejarse llevar, no apretar el botón rojo. Lo mejor es callarse. Cállate, sonríe, charla de forma neutral, y luego vete. Despídete de su barba cordialmente. Camina, y luego al autobús, y luego al tren. Eso es lo que hubiese hecho mi versión cuerda. Siempre he pensando que podría no ser exactamente yo, sino el doppelgänger. Estoy deseando pillarme por banda.

El poeta comenzó a disertar sobre el Atolón de Bikini. Servían alcohol. M. me escuchaba cuando hablaba. Fueron muchos factores, una cosa llevó a la otra, y siempre fue más o menos lo que pareció. Un observador casual diría simplemente que yo iba borracho, pero lo cierto es que el alcohol necesita materia prima con la que trabajar, algún pequeño o gran trauma. Si mezclas alcohol con obsesión, celos, narcisismo, egolatría, atracción animal, interés o cualquier otro rasgo incluido en el caballo de Troya llamado Amor, tienes la combinación ganadora. Boleto premiado para todos, para el pobre y para el rico, para el virtuoso y para el cómico. Queramos o no, hemos venido a jugar. Todo lo demás es ilusión de control.
Hicimos corrillo. M., su novio, el poeta y yo. Esperaba que sucediese algo así. La lógica es algo muy voluble cuando la razón se ha quedado en el campamento base. Mientras tanto, tú intentas hacer cima, abotargado, preguntándote por qué esa puñetera montaña otra vez.
Había tenido peleas de crío, pero nada más allá de los diez u once años. Luego me comenzó a caracterizar la pasividad. Pelearse daba tanta pereza como cualquier otra cosa.
El novio de M. comenzó a monopolizar la conversación. Me alegró saber que era incluso un poco más imbécil de lo que dictaba mi fantasía. Asentíamos a todo lo que decía, y de vez en cuando pasaba una chica con una bandeja, con más cava. Ácido de batería. Mis luces de emergencia se encendieron cuando llegó el “apagón” cerebral. Pero yo necesitaba más visibilidad. El poeta no tiene culpa de nada, pero quizá es mejor atizarle a él, pensé. No sé por qué, pero llevaba días barruntando la posibilidad de pegarle un puñetazo a alguien en la presentación. (¿Sería ese en el fondo mi objetivo?). Es la clase de evento, rumiaba, al que le vendría muy bien una agresión. Nada representativo, sólo puntual. Un poco de salsa para un plato habitualmente tan intelectual como seco; tan sano como insípido. Durante un par de semanas, desperté y me fui a dormir con esa idea, como si me estuviera enamorando de ella. Conocía la sensación.
No estaba decidido a hacerlo, sólo sonaba divertido, apropiado. Creo, pensé, que nos vendrá bien a todos.
Tendremos una historia que contar.
En principio el objetivo lógico de mi puñetazo habría de ser el novio de M., pero no me lo planteaba exactamente así. Podía ser él, no sería raro que fuese él, pero bastaría con que él lo viera. No había razón concreta alguna, pero nunca me había peleado de adulto, y pensé: qué coño.
Mientras el barbas hablaba, cargué el brazo, cerré el puño, y lo descargué con todas mis fuerzas contra la carita mona del poeta.
Cayó a plomo al suelo. Me quedé sólo un instante más, para ver la reacción de los presentes. El novio de M. levantó los brazos y enrojeció, sintiéndose amenazado. M. me escrutó con la mirada, ambivalente, como si acabara de regalarle una pistola y se preguntara por su utilidad.
El resto primero se alejó, y después se acercó a ver los desperfectos. Estaban horrorizados, mudos, encantados.
Había un médico en la sala, de hecho más de uno. El chaval estaba inconsciente. Le había desencajado la mandíbula, literalmente. Pensé en King Kong y los tiranosaurios. Mi mano se estaba hinchando, pero no me había roto nada. Me di la vuelta y caminé hacia la salida. La gente preguntaba qué había pasado, por qué, quién. Había quien me señalaba. Hubo a quien se le escapó la risa floja. Con el tiempo, hubo quien pensó que el muchacho se lo había buscado. No caía particularmente bien a quienes le conocían en profundidad, y esto no incluía a su editora, su mentor y sus padres. Se habló de plagio, de mentiras, de intereses. Se habló de lo capullo que era el niñato. Se habló mal de mí, por supuesto, y no poco, pero ni de lejos tanto. No hubo denuncias ni consecuencias, el libro tuvo ventas irrelevantes, y M. continuó con el barbas. Retomamos la conversación digital con fuerza. No me preguntó por la presentación, como si diera algo importante por sentado. Decidí que había elegido bien, aunque sólo fuera de casualidad. Quizá tenía un raro don para canalizar la violencia. Sólo un puñetazo, sólo pegar a un poeta.

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