Sembrar edificios de cristal

Dejaremos a un lado las consideraciones porreras sobre la existencia o la percepción; aquí hablaremos de personas. No de entes abstractos, autómatas o pilas esclavizadas por un orden mayor conformado por máquinas o energías omniscientes que no alcanzamos a comprender.
Daremos por hecha la carne.

Las personas funcionamos sobre el papel. Ahora más que nunca. Somos buenos, fieles y responsables, pero sobre el papel. Intachables, impolutos, morales, puros de mente y corazón. En teoría. No tenemos pensamientos reprochables, oscuros, ninguna señal de lo que se consideraría desequilibrio. Ni mucho menos haríamos nada malo, mucho menos violento. Sólo nos reconoceremos imperfectos puntualmente, en un vano intento de que no se nos vea el cartón.
La civilización se paga. Es más fácil fingir (o contenerse) en un entorno civilizado.
Una de las cosas que encajan a duras penas en todo este fingimiento colectivo, es el sexo.

Hemos crecido nadando en una sopa espesa de religión, política, cultura y ciencia. Todo bien empapado de intereses. Con veinte años, si tu entorno es materialmente limitado, sueles pensar así: La religión es cosa de bobos, la política ha de ser de izquierdas o simplemente no ha de ser, la cultura, ok, es aceptable, todo depende, y la ciencia es lo contrario a la religión.
Paradójicamente, con veinte años eres bastante bobo.
Y no porque la realidad consista en lo contrario de lo que piensas. La realidad sólo es, y la gente se espabila como puede.

Una ciudad grande. No una capital mundial, pero nada de zonas rurales ni casitas monas.
Bloques de pisos, de apartamentos, puro asfalto, tecnología que fluye, que cuando se detiene lo detiene todo. Una ciudad grande y sedienta, voraz, que consume y sólo descansa por exigencia natural. No siempre se pueden burlar las exigencias de la carne.
Véase a cierto tipo de gente relativamente joven. Sanos, treintañeros y no tan treintañeros, prudentes con las modas, ya sean culturales, políticas o ambas. Personas con las que se puede hablar de los puntos fuertes o defectos de todo el espectro social o político. Ninguno se pondrá morado y empezará a gritar pensándose una eminencia avanzada a su tiempo.

Sandra folla con Pedro. O viceversa. O podríamos decir, si quisiéramos molestar a según quién, que Pedro se folla a Sandra. O, si lo que buscáramos fuera según qué aplausos, diríamos que Sandra se folla a Pedro.
Como sea, el sexo es condición sine qua non. Una pareja se define como tal a partir de los primeros polvos, cuando la gente a su alrededor puede al menos intuir con certeza que los echan.
La operación es sencilla: Si te llegas con una persona desconocida (o no) ante tus amigos y la presentas como tu pareja, quieran o no, lo primero que harán es imaginaros follando.
No suena adulto o sofisticado, pero es muy difícil rebatirlo. Nuevamente, el sexo difícilmente encajará del todo en un entorno teóricamente civilizado. Lo trataremos en serio hasta el empalago (acomplejados de modernidad o conservadurismo) o bromearemos eludiendo el tema.

Mateo no folla con nadie. No es que nunca lo haya hecho. Suele culpar a sus padres de su carencia habitual de sexo.
–Llamarse Mateo sólo tiene sentido si tienes seis años y llevas un chalequito de lana que te ha hecho tu abuela. A la abuela se le cae la baba. Ahí vas con tu chalequito gris, corriendo entre las mesas del convite de bodas de tu primo mayor. Yo fui ese puto crío. Mateo. Tan gracioso y mofletudo. Luego no cambié mucho que digamos. Nadie se quiere follar eso.
–Luego la gente cree que la vida se parece más a Ken Loach que a American Pie.
–A la gente le encanta darse aires de obrero saliendo de la fábrica.
Mateo suele tener largas conversaciones con Gabriel.
–Llamarse Gabriel tampoco es el colmo de lo sexy. Hasta los quince años nadie sabía pronunciar mi nombre. Al final decían todos «Gabi». Gabi suena bien si eres una modelo argentina de veintidós años con la cara de Edgar Allan Poe tatuada en un muslo.
–Sí, las modelos son muy de Poe…
–No lo sé, pero entiendes la imagen.
–Es follable.
–Hasta el tuétano.
–¿Crees que Pedro suena más follable que Mateo?
Mateo lleva colado por Sandra desde que Pedro conoció a Sandra hace cinco años;
–Me dejaría sacar las uñas con un folio, poco a poco, si así lograra que ella me cabalgara.
–Eso no me lo creo. Y no, no creo que Pedro sea más follable que Mateo. Ambos son nombres bíblicos, viejos, trillados. Hasta yo soy un arcángel.
–¿La biblia no se está revalorizando a nivel literario o algo así?
–¿Crees que la biblia es follable?
–En la biblia hay mucha violencia…
–Es muy animal, eso es cierto.
–Una puerta abierta para el sexo.
–¿No sabes que ahora no hay que sexualizar a nadie? Ahora la gente se folla los cerebros. Piden permiso siempre en voz alta aunque la predisposición sea evidente, y después proceden a hacer el misionero cerebral. Ahora todo se divide en polvos celestiales y violaciones.
–Todo muy real.
–Es el mundo de la tasación moral, amigo, ¿quieres ser el artículo ideológico más barato del mercado?
–¿Te refieres a que tengo que fingir que un escote me hace pensar en bebés y cáncer de mama antes que en una paja cubana?
–No, pero sí. Creo que tenemos que aprender a fingir como ellos fingen, con pasión.
–¿Quienes son ellos?
–Ellos, ellas, elles… ya me entiendes, la vanguardia del pensamiento emocional. Tienen cogido el toro mediático por los cuernos.
Estas conversaciones se extienden hasta que se hace presente la puesta de sol, perfectamente visible desde la mesa habitual. Un horizonte de viviendas apiladas y alquileres por las nubes, de ciudad mediana, aún activa, de gente agotada por turnos partidos. Y eso en el mejor de los casos.
Rutina materializada.
–“Mañana será otro día”, dicen –murmura Gabriel–, pero luego casi nunca es así.

Otro día y el mismo a la vez, Pedro llega a la abdominal número cien. Se incorpora. Un fulano desconocido del gimnasio le dirige la palabra. El tío habla con todo el mundo, Pedro lo sabe, aunque raramente con otro tío. Las chicas parecen pasar de él como de un semáforo en ámbar.
–Eh, colega. Buena serie.
–¿Cómo?
–¿Te has fijado? Yo me he fijado…
–¿En qué?
–Ahora hay personas que se vuelven irracionales para analizar los temas más delicados y complejos de la realidad. Y por contra son absurdamente racionales y obtusos para todo lo abstracto, principalmente el arte. Son limitados para abordar una ficción, pero creen saber leer sin problema la realidad. Ante esta gente, amigo, lo más inteligente es guardar silencio.
El tipo sonríe, palmea el hombro de Pedro y se va haciendo muecas a cada chica que se cruza.

–Jamás le había oído decir nada mínimamente elaborado. Y va me suelta esa perorata sobre la ficción y la realidad.
Pedro y Sandra, momentos de alcoba.
–Más bien sobre la forma retorcida que tiene la gente de ver las cosas –murmura Sandra, manoseando un libro de Ken Follet.
–¿Tú también?
–Lo que me sorprende es lo bien que recuerdas lo que te ha dicho. Parece que le has estado dando vueltas.
–Ahora que lo dices…
–¿Seguro que no te has hecho una idea equivocada?
–¿De él?
–Dices que habla mucho con las chicas, y asumes que ellas no le dan bola. ¿Estás seguro de que eso es así?
–Yo diría que bastante seguro.
–Normalmente «bastante seguro» significa que no te has enterado de la misa la mitad.
–A ver, diría que el tío no es la clase de hombre que os gusta ahora a las mujeres.
–¿Ahora hablas como un activista? Para empezar las mujeres no somos una mente colmena. Hay una distancia enorme entre la increíble diversidad de ideas y gustos de lo que somos y lo que se dice ahora de nosotras, Pedro.
–Ya.
–No somos herramientas ideológicas pasivas. Parece mentira que tenga que decírtelo a ti, que en cualquier foro mínimamente izquierdista ahora serías “cancelado” sólo con abrir la boca.
Un silencio cargado. Y Pedro dice:
–El caso… es que el tío siempre está…
–¿Hablando?
–Sí.
–¿Y crees que habla solo? ¿O lo que pasa es que hablan con él? ¿Quieres que siga pareciendo una antifeminista militante a favor del Wonderbra?
–Bueno, tú puedes ser lo que quieras.
–Aggh, por favor, duérmete ya. Y mantenme informada sobre tu novio.

El mismo día pero en otra fecha;
–¿Puede ser que el café esté empeorando aquí? –susurra Mateo.
Gabriel remueve su café largo;
–Eres tú el que siempre quiere venir aquí, y siempre a la misma mesa; has dicho mil veces que te hace pensar en Los detectives salvajes. Y también eres tú el que siempre pide café con leche, como si fueras tu abuela de noventa años a la que nunca ves. ¿Aún vive, por cierto?
–Oye, esa señora vive en Sonora, o vivía, puedes ir y luego me informas.
–Hay gente que se preocupa por sus mayores, ¿sabes?
–Estoy de coña. Hace poco la vi; está bastante preocupada por la falta de recato de algunas chicas.
–Pues entonces se llevaría con muchas universitarias ahora.
–No creas, dice que el feminismo antes era como una sala de recreativas, y que ahora parece un casino.
–Menuda genia, ojalá viva al menos un par de años más.
–Cuán largo me lo fiáis, amigo Sancho.
–Cuando citas el Quijote te veo venir con el tema.
–El año que es abundante de poesía, suele serlo de hambre.
–Ya estamos.
–Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro.
–Esa en nueva. ¿Qué vas a hacer exactamente?
–La pluma es lengua del alma; cuales fueren los conceptos que en ella se engendraron, tales serán sus escritos.
–¿Estás hablando de un privado por Instagram?
–No se puede quijotear contigo, parece que estés siempre sentado en un pupitre comiéndote la goma del lápiz.
–¿Si algún día Sandra deja a Pedro (esa especie de bloque de hormigón que odia el fútbol y lee a los clásicos rusos), con ella también vas a “quijotear”?
–El Quijote es un idioma universal, tanto que no hace falta haberlo leído para entenderlo.
–Entonces qué.
–Pensaba decirle algo a Sandra. No una declaración, pero algo, para que entienda.
–A ver si lo entiendo, y por favor, dejemos al manco aparcado: ¿quieres que Sandra te dé calabazas?
–Bueno, ¿es que hay otra posibilidad?
–Pero ¿por qué quieres pasar por eso?
–No quiero pasar por eso, pero es que ¿crees que esos dos van a cortar alguna vez? Por Dios, cuando tengan hijos se los rifarán las marca de pañales.
–Y crees que si ella te da calabazas, tú…
–No se trata sólo de las calabazas. Necesito desahogarme, ¿entiendes? Ella sabrá la verdad y… podrá mandarme al carajo amablemente y…
–Y así después… podrás seguir con tu vida, ¿es eso?
–No desees y serás el hombre más rico del mundo.
–Y aquí está de vuelta Miguel.

Un día literalmente como otro cualquiera, Pedro y Sandra comen en uno de los restaurantes más caros de Periferia. Una terracita junto al mar; silencios más largos de lo habitual; certezas disfrazadas de sospechas;
–Parece mentira que con lo leído que eres, no te enteres casi nunca de lo que piensa tu novia –dice Sandra, mientras mastica una sepia.
–Hablar con la boca llena no es tu estilo…
–Tu novia, Pedro: yo, moi.
–Me estoy empezando a acojonar.
Sandra traga y después ríe;
–¿Te crees que voy a cortar contigo o algo así?
–No lo sé, nunca han cortado conmigo. ¿Se hace así, no? Ahora lo sé. A plena luz del día, en un entorno agradable. Yo corté con mi ex en una discoteca cuando habían puesto la canción lenta de “largaos a casa”.
–Eres un Romeo blanco hetero del presente. Tendrías que haberte liado con una feminista moderna, sólo por las risas.
–Pero entonces… ¿vas a cortar conmigo?
No, imbécil. Vaya capullo…
Sandra pellizca con vehemencia la mejilla derecha de Pedro.
–¿Tú no has notado que Mateo siempre me mira más de lo que él cree?
–¿Mateo? Mateo mira a todas las mujeres. Mientras folla con una chica debe estar pensando cómo ligarse a su amiga.
–Tú miras pero casi nunca ves nada, ¿no? Sólo te fijas en los personajes de ficción.
–¿Entonces qué…?, ¿que le gustas a Mateo?
–No, a Mateo le gustan casi todas. Mateo lleva años colado por mí, Pedro.
–Colado… Años… Qué humilde; es lo que más cachondo me pone de ti.
–Sólo te digo lo que hay.
–Ya… ¿Y qué se supone que tengo que hacer yo?
–Nada. Pero creo que él quiere… ¿declararse?
–¿Declararse…? ¿Y por qué lo sabes?
–Porque está la hostia de raro cuando habla conmigo últimamente. Creo que ya lo ha intentando un par de veces. Y el otro día me piropeó.
–¿Te piropeó?
–Sí. Y no de broma. Se puso rojo, el pobre.
–¿Qué te dijo?
–Nada, una tontería, fue muy blando. Fue más un comentario halagador que un piropo.
–¿Hay diferencia? Me tienes en ascuas.
–Dijo que siempre era amable con él o algo así.
–Menudo obrero de la construcción.
–Fue muy mono, si quieres saber mi opinión.
–Oh, por supuesto, ¿y qué más? A todo esto, ¿cuál es el contexto?, ¿paseabais descalzos por la playa acompañados de un chucho blanco y peludo? ¿En qué revista salís?
–Sé que estás de broma; pero por si despuntara alguna posibilidad de celos, en realidad estábamos todos, estábamos sentados en esa cafetería horrible de Bolaño. Tú estabas hablando con Gabriel de Tolstoi o de Grushenka en Los hermanos Karamazov.
–Oh.
–Sí, Romeo. Mateo me podría haber metido la lengua hasta la garganta y tú hubieras seguido en el siglo XIX.
–Eres un poco exagerada.
–La gente del siglo XXI somos así, muy de vivir en el presente.
–Ya… Aun no sé muy bien de qué hablamos, por cierto.
–Hablamos del siguiente movimiento, ya te lo he dicho.
Pedro se limpia con la servilleta y cambia de postura, pone los codos sobre la mesa y junta las manos;
–Vale. O sea que Mateo lleva años colado por ti, te mira mucho y el otro día se dejó llevar y te hizo un comentario halagador en Los detectives salvajes.
–Si lo reduces a factores, sí.
–Y ahora se supone que…
–Que no dejo de pensar en algo que decir cuando él me diga que…
–… le gustaría montarte y hacerte tres bebés que hagan compañía al chucho blanco…
–Digamos que sí.

Algún día después pero el mismo, Pedro vuelve a machacarse en la máquina de abdominales. Ciento cincuenta y para; la cara morada, las venas hinchadas. El sudor, la toalla, el ambiente en torno que se vuelve a hacer presente.
El fulano parlanchín se acerca con una sonrisa;
–Pedro, amigo, dale duro.
Y se pone a saludar a una chica a distancia. Y Pedro:
¿Cómo sabe mi nombre? No es difícil averiguarlo, pero ¿por qué querría hacerlo?
–¿Te llamas Pedro, no?
Y el fulano se enfoca otra vez;
–Yo soy Fran. Francisco, pero Fran, mejor.
Se estrechan la mano. El tipo se sienta en la máquina adyacente.
–¿Te has fijado?
Pedro respira hondo;
–¿En qué?
–No hay casi nadie aquí que no tenga pareja. Tampoco hay casi nadie que necesite machacarse en las máquinas para tener un buen aspecto, o incluso un aspecto envidiable. Los fofos quieren más comida y sedentarismo, y los fuertes más ejercicio y comida sana. No sé… ¿Quién crees tú que se lo monta mejor?
Silencio, resoplidos de dolor, repiqueteos metálicos.
–¿Te puedo hacer una pregunta? –dice Pedro.
–Por supuesto.
–¿Tú tienes pareja?
–¿Yo?
Fran sonríe. Se incorpora y mira en torno.
–Yo soy alguien disoluto…, un vicioso, un calavera. Soy un ángel de la redención.

Hola, Sandra.

Creo que es mejor hacerlo así, por mensaje (si no me contestas, no pasa nada).
Seguro que sabes de qué va esto. No tengo ninguna esperanza de “conquistarte”, que conste. Sabes que Pedro y yo nos conocemos desde que nos meábamos en la cama. No pretendo romper nada, sólo soltar lastre.
No sé cómo expresarlo sin que suene peliculero.
Me gustas desde hace mucho. Desde el principio, digamos. Me gustas mucho, mucho. No quiero quedarme corto, porque es mucho. Me gusta todo de ti, lo evidente y lo que no lo es.
Y ya está, no voy a escribir las veinticinco páginas que podría escribir, no citaré a Shakespeare ni a Cervantes. Puedo resistirme.

Como decía, no tienes por qué contestar. Sólo necesitaba verbalizarlo, materializarlo de alguna forma. Quiero que este punto quede muy claro.

Nos vemos por ahí (aunque sea un poco raro al principio).

(Mucho).

Conversaciones de alcoba. Pero ya no es el mismo día;
–El tío se llama Fran.
–¿Qué tío?
–El tío del gimnasio.
–Aaaaaah, tu novio fitness.
–Sí… Pues el tío se llama Fran y me volvió a hablar.
–Ya imagino.
–A ver…, no es un rollo gay ni nada.
–No te preocupes, machote; decía que ya imagino que le caes bien. O quizá le divierte chincharte. ¿Eres simpático con él?
–Mmm… Cordial.
Sandra ya ha leído el mensaje directo en Instagram. Pensaba que resultaría fácil decírselo a Pedro llegado el momento; se equivocaba.
–Cordial…
–Sí, no estoy de morros ni nada por el estilo. De hecho me fijé más en él ese día.
–Oh. ¿Él desfilaba por el gimnasio y tú le mirabas el culo?
–No precisamente. Pero creo que tenías razón.
–Ya. No quiero presumir.
–Vale, ya sé que esto es como una tradición: Yo vivo una experiencia, no sé leerla y luego tú me la explicas.
–¡No he dicho nada! Sólo que no quiero presumir. Sigue, por favor.
–El caso… es que sí, la chicas hablan con él, sonríen, parecen sinceras. No le intentan ahuyentar ni se muestran impacientes por que se largue.
–O sea que adoran a tu novio.
–No diría tanto, y tampoco habla con todas…
–¿Con cuántas dirías que habla?
–Al menos seis o siete.
–¿Crees que ha… con ellas?
–Diría que es bastante probable.
–¿Celoso?
–¿Q… qué?
–No, quiero decir: ¿te gustaría ser así? Hay tíos así, no muchos, pero los hay. Tienen facilidad para conocer a las mujeres que son como ellos. Ahora nos dicen por todos lados que no hay mujeres como él, pero créeme, las hay.
–No sé si te entiendo.
–Hay gente a la que le gusta “llegar hasta el final” sin llegar a nada serio.
–¿Follamigos?
–Follamigos suena un pelín superficial, pero sí, más o menos.
–Me volvió a dar una “lección”, por cierto.
–Eso me interesa. ¿Metafísica esta vez?, ¿implicaciones agropecuarias del veganismo?
–No. Dijo que hay gente enganchada al gimnasio y otra gente enganchada al sedentarismo, y que no tiene claro quiénes son más listos.
–Tu novio es un chico juguete retorcido. Me cae bastante bien. ¿Tendrá novia?
–¿Pues sabes que se lo pregunté?
Asombrada:
–¿Le preguntaste si tenia novia?
–Pues sí, no sé por qué, para frenar su cháchara.
–¿Y?
–No dijo que no, pero lo dijo. Y dijo, atención: que es un “ángel de la redención”.

Al día siguiente vuelve a ser un día distinto:
–Está claro que el café está peor. Han cambiado de marca, es increíble. Los detectives salvajes sirviendo café barato molido a saber con qué granos yonquis colocados con la nueva moda química en los campos de cultivo.
–Te veo alterado. No pareces el chavalín del convite de bodas.
–No quiero sonar a película americana, pero necesito echar un polvo. Que una tía sin escrúpulos me vacíe a base de bien. Necesito que me utilicen, quiero ser un vibrador humano; el nuevo satisfyer: tu amigo Mateo, la aspiradora humana, la polla de un varón treintañero relativamente sano a tu servicio.
–Entiendo.
–No creo. Necesito que alguna buena chica me pise la cabeza y después se siente en mi cara.
–¿Una buena chica?
–Buena, mala, pensionista… lo que sea.
–Ha sonado excitante, la verdad.
–Una buena chica que me folle como realmente quiere follar, no como lo hace con su novio.
–Ahora te capto.
–Lo dudo mucho, arcángel Gabriel.
–No, creo que te capto de verdad.
–Es más difícil de lo que crees. Ayer mandé el mensaje.
Gabriel se incorpora, los ojos bien abiertos, las manos tensas sobre la mesa;
–Joder, tenías razón: no te captaba.
–Estás bastante espeso.
–Tío… ¿qué le escribiste?
–Nada del otro mundo, pero lo hice, le escribí.
–¿Quijoteaste?
–No.
–¿Mencionaste el Quijote?
–No. Bueno, a Cervantes… y a Shakespeare.
–Lo sabía…
–Oye, no fue nada, sólo le escribí cinco líneas, le dije que me gustaba mucho y que no tenía por qué contestarme. Ya está.
–Y evidentemente no te ha contestado. ¿O evidentemente te ha contestado?
–No. No lo ha hecho.
–Y ahora estás cagado de miedo.
Mateo se lleva las manos a la cara, resopla entre los dedos.
–No estoy “cagado de miedo”; pero quizá no tendría que haber dicho nada. Es una gilipollez. Ahora la pelota está en su tejado, y ella no contaba con pelotas en su tejado, y menos con semejante pelota.
–Una pelota de Nivea, colega… Uno de los mejores amigos de su novio abriendo su pornográfico corazón… Esa chica sabe hasta la clase de videos que ves en Pornhub.
–Sí, muchas gracias…
–Es como si Stifler le confesara su amor a Grushenka.
–Fenomenal.
–Estoy de coña, tío… en parte.
–Quiero irme a vivir al núcleo interno de la Tierra.
–Era mejor lo de follar con Rory Gilmore.

Hola, Mateo.

Lo he pensado y creo que es mejor que hablemos en persona.
Vaya por delante que no estoy decepcionada ni cabreada ni nada por el estilo, así que no te tenses más de la cuenta.

Quedamos cuando quieras. En Los detectives salvajes, si quieres.

–Pero vamos a ver, Pedro, ¿te has fijado o no? –dice Fran, evolucionando entre máquinas, levantando la voz. Sonríe al modo excavadora Fran. Se sienta cerca, se limpia con su toalla.
Esta vez es el mismo día de verdad.
–Eh. Qué tal. –Pedro procura no mostrarse seco.
–Yo siempre estoy bien. O siempre estoy mal. Pero siempre estoy, que es lo que cuenta.
–Ya veo.
–Te veo meditabundo, reconcentrado, viviendo en tu interior, amigo. ¿Nunca miras a tu alrededor?
–Bueno. Diría que sí.
–A ver –atenuando la voz–. ¿Te gustan las chicas, los chicos o ambos? Aquí te podrías regalar la vista, incluso educadamente. Entre tú y yo, el animal de gimnasio no suele molestarse cuando le pegan un buen repaso de vez en cuando; de hecho hay quienes se molestan si eso nunca pasa.
–¿Tú crees?
–Desde luego.
–Hum… Es interesante.
–Disculpa si te estoy juzgando. Hablo demasiado, ya lo sé. Pero es que me gusta la gente, no lo puedo evitar, soy raro de cojones en eso. ¿A quién le gusta la gente? Pues a mí, Pedro. Las personas se abren y escuchan si les das una oportunidad.
–Se abren. Entiendo.
–¿Lo entiendes? –Fran sonríe con picardía.
–Sí, bueno, creo que sí.
–No hablo con dobles sentidos, pero sí, se abren de muchas formas. A veces es bueno… ¿cómo lo diría?
–¿Dejarse llevar?
–Eso era justo lo que no quería decir. –Fran mira fijamente, sonríe con los ojos–. Odio las frases hechas, casi nunca transmiten lo que uno quiere decir.
–Dejarse llevar o… ¿dejar de preocuparse?
–Dejar de preocuparse… eso está mejor, aunque aún es impreciso. Encontremos las palabras, vamos, creo que a ti se te da mejor. Dejar de preocuparse… dejar de…
–O saber olvidar algo, ¿o recordar algo…?
–Creo que va más de recordar, sí, de dejar que el cuerpo de uno recuerde. Has dado en el clavo. El cuerpo no es sólo una máquina a la que cuidar, como si fuera “el planeta”; el cuerpo lleva demasiado tiempo adocenado, despojado de instintos, o con los instintos maniatados.
–Ya… de ahí será de donde sale el cáncer… ¿Me estás hablando de hablar con las chicas?, ¿es eso?
–¿Las chicas? Así que te gustan las chicas.
–Sí, pero tengo novia, desde hace cinco años.
–Aaaamigo. Una bonita novia de ciudad, seguro, fina y bien educada. Hacéis buena pareja, ¿a que sí? Chicos buenos y suegros orgullosos. La ejemplar pareja cultural.
–¿Cultural?
–Pedro: ¿Crees que se puede saber cuándo una conversación ya no sabe ir más allá? Conste que no hablo del respeto o las líneas rojas. ¿Crees que si tú y yo continuáramos hablando el tiempo suficiente, lograríamos dar con un sistema moral mejor, menos hipócrita, más apegado a la naturaleza humana?
–¿Sinceramente?
–Claro, tío.
–Creo que no.
Fran hace una pantomima de carcajada mientras se levanta, se echa la toalla al cuello y se dispone a seguir su camino;
–Vale, Pedro. Pero que conste que tienes que fijarte más, colega. ¡Echa un buen ojo siempre que puedas!

Pasan varios días, extraños, distintos entre sí. Periferia parece reflejar la luz de otro modo durante el día, y brilla por las noches como si la vida de todos sus habitantes estuviera cambiando. Impresiones subjetivas, personales, todo depende del entorno en que te muevas.
Durante un buen rato, Mateo y Sandra no hablan de Mateo y Sandra. Sandra conduce la conversación y Mateo se muestra expectante como copiloto. Decide que es mejor mantener un perfil bajo. Al fin y al cabo él ya dijo lo que tenía que decir, y no sabe muy bien qué barrunta la bonita cabeza que tiene en frente.
–¿Por qué llamáis a este sitio Los detectives salvajes? ¿Fue idea tuya, no?
–Algo así. Surgió. ¿No conoces el libro?
–Lo conozco, pero no lo he leído.
–Pues no sé qué decirte. Es como el típico sitio… cutre en el que se reunirían los poetas y vagabundos del libro. Es una broma, más que nada.
–Ya… Yo creo que es más serio que eso, te he oído hablar de ese libro.
–Bueno, para mí el libro sí es serio…. ¿Puedo ser sincero? Si soy capaz de explicarme…
–¿Más sinceridad en crudo? Adelante.
–Bien, vale…
A Mateo que le temblaría el pulso como a un octogenario si enseñara su mano extendida en el aire.
–La verdad es que no envidio la rutina de nadie que conozca. No envidio sus trabajos, lo que hacen cada día en turno partido o intensivo (a veces incluso con horas extras y sábados), la verdad es que no entiendo cómo lo soportan… Bueno, lo soportan igual que yo, imagino: malamente.
»Pero sí me dan cierta envidia los personajes del libro. Me da envidia su… malvivir, su vivir a trompicones, su forma de viajar, de dormir donde sea, de escribir, de conocerse, de follar… Sé que es literatura…, pero creo en serio que hay formas erráticas e irresponsables de vivir que son mejores que nuestras formas ordenadas y teóricamente responsables. Creo que eso es realmente posible, creo que a veces pasa, seguramente más de lo que creemos.
–Vaya… Pues tendré que leer el libro.
–Bueno, cada cual se relaciona a su manera con los libros, así que… Pero sí, es mi forma de verlo. Lo frustrante es que yo sería completamente incapaz de ser esa especie de vagabundo funcional (por decirlo así) que rebota de un lado a otro. Y no es que quiera irme a vivir al campo ni nada de eso, pero me gustaría sentirme menos atrapado.
–La famosa rueda de hámster…
–Sí. Estamos atrapados en tópicos. Bueno, estoy.
–No, sí que lo estamos
»A lo mejor lo que te pasa no es que… ¿cómo lo diría?… ¿Crees que yo… te gusto como cuando idealizas a alguien?, ¿o más bien me asocias con algo importante para ti? ¿Me parezco en algo a esta cafetería? Lo digo porque si me has idealizado, eso al menos tendría algo que ver conmigo, pero si te gusto por asociación…
–Oye… ¿Puedo decir que esto es… increíblemente incómodo?… Pero no querría estar en otra parte, no te ofendas.
–Yo lo he provocado, puedes decir lo que quieras.
–Creo que está claro que eres más inteligente que yo, y no me sorprendería que me descubrieras algo sobre mí mismo. Pero diría que lo que siento por ti es el cuelgue intenso estándar; no es que me recuerdes a ninguna película o las pirámides de Egipto ni nada parecido. Sólo se trata de ti.
–No estaría mal que te recordara a las pirámides de Egipto…
–Ya. Disculpa que no me ría, pero estoy más bien…
–Mateo… Lo siento. Tendría que haber pensado que esto sería demasiado incómodo para ti.
–¿Para ti no lo es?
–Bueno. Es que yo… He estado pensando en esto de…
–¿Sí?
–No sé cómo explicarme. Ten paciencia si divago, por favor.
–Claro.
–No sé, a lo mejor es más sencillo de lo que parece…
–…
–Pedro… creo que Pedro me está dando el salto… Al menos lo ha hecho una o dos veces. Creo. Pero no puedo saberlo con seguridad.
–Y… y ¿por qué piensas eso?
–Pues… lo sé y no lo sé. Creo que ha hecho “amistades”. En el gimnasio. Más tópicos, ya ves. Trabajos aburridos y cuernos inesperados.
Mateo intenta digerir;
–Pedro engañándote…
–Eso es lo que creo…
–Sandra…, no es por defender a nadie, pero me cuesta un poco creer que Pedro se haya ido detrás de las mayas de alguna Cristina del gimnasio Hércules.
–Ya… Oye, que quede claro que no te he citado para sacarte información ni nada. Es que…
–Yo no sé nada, Sandra. No he pisado jamás ese gimnasio, ni ningún gimnasio, ya puestos… Y él no habla nunca de mujeres. No sé si me explico.
–Te explicas perfectamente. Ni siquiera estoy enfadada… Lo irónico es que creo que todo esto es porque ha conocido a un tío.
–¿Un… tío?
–No de esa manera. Pero creo que ha conocido a un tío que sabe… no sé, que tiene facilidad para hablar con las mujeres. Él no se hubiera puesto a hablar con las chicas. Es como si… ¿cómo lo diría?
–Lo cuentas de una forma que parece que ha entrado en una secta.
–Oh, no es una secta… Es lo de siempre, en realidad.
–Lo de siempre…
–Sí. La tentación… Estas cosas pasan. Él antes iba al gimnasio como quien coge el metro. Pero ahora ha conocido a este tío. Y creo que quizá le haya presentado a un par de chicas… Y bueno, estas cosas, una vez empiezan…
–Ya… Mira, yo…
–El caso… El caso es que…
–…
–Perdona. Es que lo voy a decir en voz alta y va a sonar ridículo. Pero el caso es que, al sospechar de todo este asunto del gimnasio, no me sentí tan mal…
–Oh…
–Una parte de mí… Es como si una parte de mí hubiese visto una puerta abierta.
–Una puerta abierta… Perdona que repita todo lo que dices.
–Estás perdonado… Y… Mateo:
–…
–Sólo quiero proponerte algo. Y créeme que tengo en cuenta lo que sientes. Y no quiero que pienses que te quiero utilizar de ninguna manera. Eso sería lo último.
–Creo que estoy un poco confundido…
Mateo nota más que nunca el perfume (¿natural?) de Sandra. La mira, atento, un cosquilleo intenso en el estómago. Un leve despertar en la entrepierna.
–Lo que me gustaría es que te vinieras conmigo el próximo fin de semana. Nos iríamos por ahí, en mi coche. Ni siquiera he pensado adónde. Podría ir con alguna amiga, pero no quiero hablar con ellas de esto aún. Y tampoco soy capaz de enfrentarme aún a lo que podría estar pasando. Y necesito pensar. Porque no estoy enfadada con Pedro, y no sé aún qué significa eso. Él y yo hemos bromeado mucho sobre la monogamia y la poligamia y… De hecho casi siempre hablamos bromeando, y tampoco sé qué significa eso.
–Ya…
–Lo que necesito es a alguien que me haga compañía un par de días. Sin juzgarme ni juzgar a nadie, sin acribillarme a consejos, sin hablar en clave de hombres y mujeres y toda esa mierda moderna rancia de tías teñidas de rojo y tíos acomplejados… No sabes lo difícil que puede ser aislarse ahora de todo eso. O sí, no lo sé, pero ya me entiendes.
Mateo intenta centrarse;
–Vale… O sea que quieres hacer un viaje en coche. Salir pasado mañana por la mañana y volver el domingo por la noche, entiendo.
–Sí. Sé que quizá tienes planes, o no, no es asunto mío. Sólo quiero saber si querrías acompañarme. No será como en Los detectives salvajes (me refiero al libro), pero quizá sí logremos esquivar algún tópico. Por una vez.

El día que sigue: Viernes; uno nuevo y eléctrico.
Pedro intenta aguantar un poco más. La chica tiene veintitrés años. Forma parte del club dentro del club.
Está el gimnasio, su gente, el ambiente general, común, cordial. Y después está el ambiente dentro del ambiente. Tres chicas y tres chicos. Pedro es el último fichaje. Su trabajo en la máquina de abdominales debió impresionar a alguien.
Cuando el gimnasio cierra para el común de los mortales, se pone en marcha el club dentro del club. Luces más tenues y absoluta predisposición.
No es difícil intuir que Fran convenció a alguien para poder usar el local. Pedro empieza a sospechar, además, que tiene el dinero por castigo.
Es incapaz de sentirse culpable mientras folla con alguna de las chicas. Cada día una distinta. Un día, dos a la vez. Jamás había estado con dos mujeres a la vez. Mientras ambas estaban de rodillas sobándole y chupándole toda la entrepierna (ano incluido), se oyó a Fran gritar:
–¡Pedro, amigo! ¿Te has fijado o no?
Y una gran carcajada. Como si ahora todo cuadrara, como si todos ellos entendieran que en ese gimnasio, durante un par de horas después del cierre, un grupo de personas honestas y generosas dejan por fin a la naturaleza ser.
La chica mueve el culo a cuatro patas, sobre una de las máquinas, como bailando. Pedro no puede aguantar más. Se corre fuerte, gruñendo, llena la punta del condón (antes nunca gruñía follando, siempre lo piensa). Le flojean las rodillas y está a punto de perder el equilibrio.
–No te caigas, colega.
Todos van desnudos. Fran le palmea el culo. Pedro ya ha comprobado que todos son bisexuales menos él. La opinión general en el club, dicta que la bisexualidad sólo es una cuestión de ponerse. Pedro aún no ha querido, aunque ha notado algunas insinuaciones.
La rutina habitual suele constar de un largo polvo inicial, después un buen descanso, y luego vuelta a empezar.
–Los tíos no aguantáis con una tía de verdad –dice Anais, mientras se va en busca de alguien que quiera más.
–¿Cómo lo llevas, buen y noble Pedro? –susurra en confianza Fran. De pie, su polla blanda ya alcanza un tamaño considerable. Polla de carne.
El pene de Pedro, en cambio, se hace más y más pequeño una vez ha descargado. Polla de sangre.
Lecciones gratuitas de Fran que puedes aprender todos los días.
–Oye, vaquero, siempre te veo un poco callado después de cabalgar. Sabes que esto es una reunión de amigos, puedes ir y venir cuando quieras, o puedes no volver. Podemos seguir hablando de la vasta complejidad de estar vivo antes del cierre.
–Lo sé. Lo sé.
–Y puedes traer a alguien si quieres. Normalmente somos discretos, pero algunas personas vienen de vez en cuando, aunque la mayoría se asustan. Ya sabes cómo son ahí fuera las cosas de la carne.
–Las cosas de la carne… Haces que todo suene como comerse un bistec.
–Bueno… No sé si todo es como comerse un bistec, pero en lo que tiene que ver con conocer a los demás…
–Conocer, meter…, ¿todo es lo mismo, no?
–¿Me estás provocando?, ¿quieres que saque toda la artillería?… Oye, no te ofendas, pero si algo me gustaría es que tu novia acabase aquí de un modo u otro. Aunque sólo follase contigo. No sería la primera virgen que folla que acaba descubriendo que en la realidad hay gente que gusta de follar como en un video porno.
–¿Vírgenes que follan?
–¡Claro! ¿No los conoces? Están por todas partes, van por ahí avergonzados sólo con pensar en la próxima vez que se desnudarán delante de alguien. Pierden la virginidad, pero la mayoría no la pierden nunca. Follan y permanecen vírgenes, tienen hijos y siguen siendo vírgenes. Creen que han de mantener la compostura incluso follando. Vírgenes que follan, amigo. No follan mucho, pero follan. Y luego se encogen como animales asustados, pensando si a la próxima se atreverán a pedirle una mamada o un beso negro a su pareja.
–Ya… Pues creo que mi novia te sorprendería.
–Oh. Eso me gusta, eso suena pero que muy bien.
–Pues sí, creo que…
–Adelante, dime.
–Vale. Joder… Me estás tirando de la lengua.
–¿Tan evidente ha sido? Bueno, hombre, es natural que sienta curiosidad por tu inteligente damisela.
–En todo caso dudo mucho que ella quisiera venir aquí.
–Y sin embargo algo me dice que no es de las que grita y tira objetos. Monógama, puede, pero también curiosa, menos absorbida de lo habitual por la inercia cultural. ¿Me equivoco?
–Pues… no te sabría decir. –Aunque por dentro Pedro se pregunta cómo demonios se puede acertar tanto teniendo tan poco con lo que trabajar.
–Ya… –sonrisa–, creo que no me equivoco… No quiero sonar a “líder espiritual” en plan Jared Leto o lo que sea, pero se puede saber mucho de alguien sólo viendo cómo folla, buen Pedro. Incluso si también folla así con su pareja habitual. Y creo que contigo no hay mucha diferencia… Creo que tu novia conoce los mismos movimientos y arrebatos que nuestras amigas aquí presentes.
Pedro guarda silencio, pero no tiene claro que esta vez Fran acierte. De todos modos no quiere dar pie a otro monólogo sobre la carne.
–Tú crees que mi novia sigue estando en el centro de todo, ¿no?
–No lo sé; pero si tuviera que apostar, diría que como mínimo ella es muy parecida a ti, y que por eso sólo logras sacártela de la mente cuando metes con otra.
–Está bien… Por si te interesa saberlo, aciertas como en un 80%.
–Vaaaaya… Chico, no está mal, ¿no?
–…
–¿Puedo preguntarte cómo se llama esa sabia y estoy seguro que arrebatadora mujer?

Cambiando de tercio, Pedro habla en esencia de esto: Cuando todos los días son distintos (como pasa otra vez), empiezas a echar de menos la rutina.
Quizá porque no conoces en profundidad la idea de variedad. No sabes lidiar con ella. Tu mente está hecha a la monotonía. Es probable que sea una cuestión ancestral, evolutiva, aquello a lo que el cuerpo y el cerebro se han amoldado. Días repetidos. Envejecer pero pero no necesariamente crecer. Sobrevivir pero difícilmente vivir. Quizá «estar vivo» sea el término medio. Estar. Hay personas que parecen especialmente hábiles para eso. Como si supieran siempre cómo estar en calma (o casi siempre), quedando muy lejos del punto en que comienzas a perder el control, cuando aparecen los síntomas: discusiones, frustración, ansiedad… Y cosas mucho peores.
Gente tranquila por naturaleza. Personas que viven en ciudades enormes y proclives a masticarte, tragarte y cagarte en forma de viejo triste y enfermo. Pero se lo toman con calma.
Gabriel es una de esas personas.
Gabriel está acostumbrado a escuchar. Su forma de ser le convierte en un interlocutor poco habitual. Alguien que no necesita hablar de sí mismo. Forma parte de esa extraña raza de seres humanos capaces de esperar o contemporizar. Es como si aceptaran el mundo tal y como es; como si fueran lo contrario a un activista. Lo cual los convierte en algo mucho más útil que un activista. Hay quien habla y hay quien hace cosas. Gabriel es de los que actúan. De los que además no necesitan hablar de lo que hacen, porque saben que una acción tiene sentido en sí misma, existe en sí misma y tiene su propio eco: no hace falta convertirla en una lección, un mensaje o un chisme.
E. T., el extraterrestre ha mejorado el mundo mucho más que todas las pelis de Ken Loach juntas –dice Pedro–. Ha hecho reír y emocionado a millones de personas que podían estar al borde de un ataque de ansiedad, estoy completamente convencido. Además de despertar vocaciones y haber abierto miles de mentes a la cultura.
–Uau.
–Tú me recuerdas a E.T., Gabriel.
–Vale…
–Lo digo totalmente en serio.
–Lo sé. Llevo un rato escuchando tu monólogo sobre la tranquilidad y la calma, y creo que te pasa algo. No creo que para ti hoy sea un día más.
–Tienes toda la razón.
–Y pese a que he escuchado con interés todo ese preludio…
–Voy al grano, no te preocupes.
Los detectives salvajes y su mobiliario real visceralista. Un sábado distinto.
–Sandra me ha dejado un mensaje raro y se ha llevado su coche.
–¿Un mensaje raro?
–Que se iba (pero sin decir adónde), que no me preocupara (el comentario perfecto para que te preocupes), y que volvería el domingo por la noche.
–Pues sí que es raro.
–Gabriel… ¿Tú sabes algo?
–Yo soy el hombre tranquilo, ¿qué voy a saber?
–¿Donde está Mateo?
–No tengo ni idea.
–¿No debería estar por aquí?
–Podría, supongo, pero viene cuando quiere.
–¿No habláis por whatsapp?
–Apenas. Intercambiamos memes.
–Entiendo… Pero Sandra no me contesta a los mensajes, y Mateo tampoco. Diría que han apagado el móvil o algo por el estilo.
–Oh.
–Así que… no sabes nada en absoluto.
–Pedro, es muy probable que tú sepas mucho más que yo sobre todo eso.
–Ya…
–O sea, puede que no sepas dónde está Sandra, pero las cosas no pasan porque sí…
–Y… ¿me podrías decir lo que tú sabes, aunque sea evidente y no me aporte nada?
–Muy bien… Por lo que yo sé, Mateo lleva años colado por Sandra… Está claro que no de una forma activa. Y también está claro que eso ya lo sabes. Lo sabe todo el mundo, lo sabe hasta el dueño de este local.
–Ya…
–Así que, como hombre tranquilo que lo ve todo desde fuera, Pedro, lo que intuyo es que tú has debido de hacer algo. Y que después es Sandra la que ha reaccionado a lo que sea que has hecho.
–Hum.
–Si no, ¿por qué habrías de sospechar que Sandra y Mateo se han largado en coche a pasar el finde juntos?
–Ya… ¿Cuando dices juntos…?
–No he cargado la palabra de connotación alguna.
Pedro parece dispuesto a hablar;
–Es lo que yo decía… El hombre tranquilo. Por eso tú sabes qué es lo que pasa, porque escuchas.
–…
–Tienes razón. He hecho algo.
»Para empezar, no, no sabía que a Mateo le gustara Sandra. No hasta hace poco, por lo menos. Sólo pensé que la apreciaba, que la valoraba como amiga… Creo que estaba demasiado cerca para verlo.
–Me cuesta creerlo, pero si tú lo dices.
–Te aseguro que no tenía ni idea.
Lo que Gabriel piensa pero no dice: La confianza de Pedro en su físico y cómo contrasta con el de Mateo. Ceguera por levantamiento de pesas.
–No tenía ni idea, y de hecho estaba convencidísimo de que lo que había entre Sandra y yo era sólido. Creo que ni siquiera hemos discutido nunca.
–Da tu versión sin problemas, pero te recuerdo que me faltan datos.
–Lo sé. Es más fácil hacerlo que decirlo…
–…
–Y lo que he hecho ha sido ponerle los cuernos a Sandra.
–…
–Vale, lo sé, no me mires así.
–No sé cómo estoy mirando…
–Como si hubiera puesto una bomba en un Toys R’ Us.
»Ha sido con una chica joven del gimnasio. Ha pasado, ya está, no puedo tirar atrás…
–Entiéndelo, y ni siquiera bromeo: para mí es como cuando Sean Penn le puso los cuernos a Charlize Theron con la doble de Charlize Theron.
–…
–Disculpa, sé que no conozco a… la chica en cuestión. Pero no se ven mujeres como Sandra a cada vuelta de la esquina. Ni siquiera viendo la tele se ven mucho. Y no me refiero sólo al físico, que conste.
–Ya…
–Disculpa que divague, pero ¿cómo ha pasado? Me siento como si me acabaras de decir que eres un espía internacional.
–Madre mía… No sé si esto ha sido buena idea.
–Soy el hombre tranquilo, pero no como para no tener fuegos artificiales ahora mismo en la cabeza.
Se produce un silencio, quizá tenso. Pedro busca las palabras.
–Muy bien. A lo mejor la idea que te hayas hecho de mí, empeora, pero voy a intentar explicarme.
–…
–Creo que si no hubiera sido tan monógamo y exclusivo antes, todo esto no hubiera pasado. Créeme que hasta ahora, durante toda mi vida, incluso apartaba la mirada de las demás mujeres cuando he tenido pareja.
»Era monógamo de un modo casi religioso. Siempre he pensado que tenía eso controlado. Debo ver una media hora de porno al año, y cuando me masturbo casi nunca pienso en…
–O sea que un “exceso de monogamia”…
–No me estoy explicando bien. Lo que quiero decir no es que debería haberle puesto los cuernos a mis ex de vez en cuando (para aprender y así ser bueno con Sandra ahora). Lo que quiero decir es que estaba excesivamente autorreprimido, incluso de pensamiento. Y alguien me sacó a patadas de esa doctrina mental, por así decirlo.
–La chica del gimnasio te curó de tu adoración a la monogamia.
–No. Las chicas llegaron después.
–Las chicas
–Sí… Mierda.
–No te voy a juzgar. Ya te he dicho que cuentes tu versión.
–Voy a ser el gilipollas oficial, así que de perdidos al río.
»Conste que no intento justificar nada. Sólo intento explicar lo que ha pasado. Si al final parezco un demonio treintañero que folla con jovencitas, joder pues que así sea.
»Han sido tres. Tres chicas. En el gimnasio, después de que cerraran, con otros dos tíos más. Uno de ellos me…, me invitó a quedarme un día.
»Una de las chicas comenzó a hablar conmigo, aunque yo no quería hacer nada al principio… Creo que fue por el olor. No solo por eso, pero algo se desgarró dentro de mí. El dique se rompió y me vi con unas ganas increíbles de besarla en la boca, de probar su saliva, concretamente.
»Era un chica de veinticinco años, mulata, delgada y llena de curvas a la vez. En fin. Yo nunca me había sentido como un crío frente al escaparate de una heladería, pero ese día no pude contenerme. Ni de coña. Era yo y no era yo… O sea, era yo, pero se trataba más de mi cuerpo que de mí.
–Vale. Creo que te sigo.
–¿Lo puedes entender?
–Más o menos.
–Ella… Cuando empezamos a besarnos, las otras dos parejas ya estaban follando como animales. Te lo aseguro. Me sentía como deslizándome por un puto tobogán en un parque acuático. La chica me llevaba como quería, tenía condones, me lamía el cuello… Era como si se asegurara de que yo no me iba a echar atrás. Joder, claro que no me iba a echar atrás. Estaba completamente…
–Ya…
–Estaba ido… O no ido, sino… era como si por primera vez en años no existieran ni el futuro ni el pasado.
»Había sido el chico bueno toda mi puta vida. Escuchaba a los demás hablar de sus aventuras, de sus cuernos, de los que habían puesto y les habían puesto, de sus broncas, sus roces, sus rollos en la universidad, en fiestas de fin de año en oficinas… Y te aseguro que nada de todo eso me interesaba.
»Y mientras follaba con esa mulata, Sonia, era como si entendiera por primera vez todas esas historias.
–¿Nunca habías sentido antes ninguna tentación? ¿No te habías imaginado nada con ninguna compañera de trabajo o…?
–Cuando tenía pareja, no. Sólo muy puntualmente con el porno. Porque hay algo frío en el porno, despersonalizado, que te permite ponerte cachondo y la vez olvidarte de las personas frente a la cámara.
–Entiendo.
–Seguramente el porno es el consolador de los tíos.
–Podrías tener razón.
–Ya. Probablemente Sandra me corregiría.
–Bueno, Sandra corrige a todos.
–Pero casi siempre con razón.
–Eso también.
La conversación no acaba aquí, pero el resto es redundante. Otra vez se hace tarde en Los detectives salvajes. Nadie se ha enemistado, nadie ha dejado de entender. Puede no compartirse todo, pero a veces lo más importante es entender. Nadie aquí camina derecho y libre de culpa siempre.

–Creo que se ha acabado –dice Sandra.
–…
–Sí. Se ha acabado.
–…
–Lo bueno es que creo que no van a volar platos ni… en fin. No vamos a salir en el telediario.
–…
–Eso es bueno, ¿no?
–Sí. Sin duda es bueno no salir en el telediario.
–A no ser que seas futbolista o algo así, si sales en el telediario es porque tu vida se ha acabado o se ha partido en dos.
–Sin duda.
Es por la noche. Una habitación barata en Sonora.
–Vale –murmura Sandra como para sí misma–, lo voy a decir.
–¿Cómo?
–La verdad es que mi plan al principio era follarte.
–¿Cómo?
–No solo follarte. Bueno, sí, follarte.
–¿Cómo?
–No es broma, no re rías… Pero no voy a intentarlo. Hoy sería una falta de respeto, a ti y a mí misma.
–Ya. Creo que eso no ha detenido muchas veces al sexo…
–Ya te dije que a lo mejor podíamos sortear algún tópico.
–Es verdad.
Una amplia cama de matrimonio. El contacto a dos palmos.
–Pero tampoco quiero ser una calientabraguetas ni nada por el estilo.
–Bueno, sin duda eso podría pasar.
–¿Que yo fuera una calientabraguetas?
–No. Que a mí se me calentara la bragueta.
–De lo que deduzco que aún no ha pasado.
–No. De todas forma tengo un control total sobre los actos de mi bragueta, así que no te preocupes.
–No estoy preocupada.
–Ya. De todas formas no creo que pudiese… dar la talla. Al menos hoy. Estoy demasiado petrificado.
–Lo entiendo. Yo también.
–Por no decir que aún no sé muy bien lo que pasa.
–Bueno. Yo tampoco. Aunque supongo que vuelvo a estar soltera… O desnoviada o lo que sea.
Muy cerca: el aeropuerto de Sonora. Cada cierto tiempo, atrona el aterrizaje de un avión comercial a unos seiscientos metros.
Mateo, en posición fetal, de cara la ventana;
–Sólo he viajado una vez en avión, ¿te lo puedes creer? Y eso que me encantan… ¿Cómo se llama lo contrario a tener miedo a volar?
–…
–Bueno. El caso es que sólo he viajado una vez en avión.
–Eso tiene solución.

Dos semanas después.
Pedro sigue sin tener noticias de Sandra. Tampoco de Mateo. Las tardes con Gabriel en Los detectives salvajes se han convertido en cita obligada.
No se siente particularmente molesto, tampoco preocupado. Sólo se pregunta cómo ha podido suceder. Ha sido como si su relación amorosa hubiera muerto debido a alguna clase de hipertensión arterial filosófica. Un asesino silencioso de lo que mantiene estable lo abstracto.
Había muerto mucho antes de los cuernos y su fuga animal.
No sabe nada y lo tiene todo claro. Sabe que la próxima vez que vea a Sandra, será para darse la mano y desearse buena suerte.
Ya no asiste a esas prórrogas orgiásticas del gimnasio. No eran exactamente lo suyo. Ahora le parece que atajó de forma inconsciente y estúpida para romper con Sandra.
Ahora conoce otra parte de sí mismo. Resulta que eres de carne. Civilizado sólo sobre el papel.
Hablar con Fran le sienta bien. Él sonríe, divaga, bromea, evita hablar de su posible cuelgue con una de las chicas del gimnasio. Es una de las que no se queda después del cierre. No se atreve a hablar con ella como con las demás. Pedro se ha tenido que enfrentar por fin a su yo animal, y Fran parece va a tener que aceptar que también siente y padece; sea eso algo químico, cultural o sencillamente un misterio.
La sed de exclusividad. La carne. La huerta. La civilización.
No se pueden sembrar edificios de cristal. Un sueño no florece en el asfalto.
Gabriel llega por fin y se sienta a la mesa. Un poco tarde. Se acerca el famoso atardecer.
No mucho después la mesa se queda vacía. El dueño de la Cafetería Coral le pasa un paño. Permanece un momento de pie, quieto, observando el tráfico al otro lado de la ventana. Parece sonreír. Nadie sabe lo que piensa.

1366_2000

2 comentarios en “Sembrar edificios de cristal

  1. A veces parece que todo gira entorno al sexo, lo llamamos atracción, lo encerramos entre corazones y decimos que es amor, pero al final es eso, sexo. El tiempo, si la cosa funciona, y bien raro es que funcione, apaga eso y añade otras cosas, pero la base de todo es el sexo. Parece que es lo que lo mueve todo, ¿verdad?

    Los detectives salvajes, sí, recuerdo haber pensado algo parecido. No eran felices sus protagonistas, ni alegres sus historias, pero sus vidas parecían tener ese algo que siempre encuentro faltante en la mía….

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