Cosa diaria (8 de 10) – 1995

El dueño de la casa estaba reflexionando. Demasiado, como siempre. Estaba llegando a la horrible conclusión de que la palabra «inspiración» solo significaba el acto mecánico de inspirar aire para la mayoría de gente. Y cuanto más mayores se hacían, más era así.
Tenía miedo de que a él le estuviese pasando eso también últimamente.
Estaba con las luces apagadas y miraba por la ventana del salón su piscina privada iluminada desde el fondo, buscando el otro tipo de inspiración. Había comprado la casa gracias a un golpe de suerte económico. Una herencia inesperada. Uno de esos casos que se dan en los que un miembro lejano de la familia con quien apenas tenías relación te cede sus bienes simplemente para no dárselos a sus hijos, a sus familiares directos.
Son los complejos mecanismos de las rencillas y el odio. Ahora él sabía que había mucha gente que le odiaba. Unos cuantos, al menos.
Mientras meditaba sobre todo eso, y sobre algunas cosas más, una chica se coló en su jardín. Estaba sola. El hombre sabía que lo normal era dar un bote, salir de la casa y gritarle a la muchacha que estaba en una propiedad privada.
Pero no hizo nada.
Solo le acometió una breve variación en el pulso. Enseguida se sintió tranquilo otra vez. La chica se desvistió con calma y se quedó en biquini. Era muy joven, demasiado. Quizá ni tan siquiera estuviese del todo desarrollada. El dueño se encendió un cigarrillo observando cómo ella, con toda calma, se metía en la piscina y evolucionaba lentamente, haciendo pie, metiendo la cabeza y peinando su pelo hacia atrás con las manos. Su cara estaba relajada, incluso parecía sonreír para sí misma. No parecía preocuparle que pudieran pillarla.
El hombre decidió esperar unos minutos, y luego encendió la luz del salón. Pensó que la muchacha se asustaría y saldría corriendo con su ropa echa una bola. Pero no cambió nada. Él se plantó nuevamente de pie frente a la ventana; pensó que para ella solo debía ser una silueta según cómo daba la luz. Ella se limitó a mirar y seguía con esa media sonrisa en la cara. No salía de la piscina. De vez en cuando observaba al hombre. Sus ojos (los de ella) parecían enviar un mensaje de tranquilidad. Aquí no pasa nada. El dueño de la propiedad decidió no salir a hablar con ella. Resultaba algo extraño, no podía negarlo, pero sintió que era lo mejor que podía hacer.
Al cabo de una media hora, la chica salió de la piscina; se puso la ropa con calma, recogió su pelo en un moño con algún tipo de goma, y se fue por donde había venido.
Era el verano de 1995. Esa situación se produjo durante varios días seguidos. La muchacha llegaba pasadas las diez de la noche y se colaba siempre por el mismo hueco entre los setos que rodeaban la propiedad. Luego nadaba, o se hacía la muerta boca arriba mirando al cielo nocturno. De vez en cuando sonreía al hombre.
Éste era aficionado a escribir. Llevaba tres años viviendo solo. Había perdido a su hija y a su mujer en un accidente de tráfico; uno más. Lo que las visitas de esa chica representaban para él, era algo difícil de definir. Pero le hacían sentir bien, a salvo. Se sentía bien por primera vez en tres años.
Gracias a esto, tuvo la fuerza e inspiración necesarias para escribir los primeros textos realmente interesantes desde hacía mucho. A veces, mientras tecleaba, podía oír cómo salpicaba el agua de la piscina. Solo el sonido de algún grillo y la muchacha.
Nunca hablaron. A ninguno de los dos les preocupaba: la comunicación estaba hecha. Ni siquiera había exactamente un acuerdo silencioso. Se trataba más bien de la simple y llama calma. Se trataba de justo lo contrario de lo que regía la vida de la mayor parte de la gente que ambos conocían. De alguna forma se habían dado las circunstancias adecuadas para que surgiera esa extraña, curiosa y agradable situación. El hombre estaba aún vagamente aislado por su propia desgracia familiar, y la chica era lo suficientemente joven y atrevida como para normalizar ciertas cosas, como para ser especial.
El dueño pensaba que había sido duro llegar a ese momento, había sido producto del odio y la muerte. Y era agradable saber que la muchacha seguramente no sabía aún nada de todo eso.

A finales de Agosto la chica dejó de aparecer.

No dejó nota alguna de despedida. No es que el dueño de la propiedad lo esperara. Lo que hizo fue dejar las piezas de su biquini flotando en la piscina. Era un detalle y había estado bien así. O mejor aún, daba igual lo que hubiese hecho al final, ya no habría podido estropearlo.

S

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