Mira que Satanás os busca

Sales por ahí sin dar explicaciones a nadie, y seguro que todos comenzarán a decir memeces. Que si ha ido a ver a alguien, que si anda por ahí con una “amiga”, que si alguien conoce a alguien que nos vio, que si les pareció vernos por no sé qué parque, que si yo estuve esperando un buen rato, que si ella es guapa, que si ella es fea, delgada, gordita, diminutivos, eufemismos, mentiras, medias verdades, maldad de andar por casa, tópicos, familias estúpidas, amistades de mierda basadas en vivir a través de los demás…
–Así que no fuiste a ver nadie.
Claro que fui, esta vez fui a ver a alguien, una tía, una amiga, una chica, un ser vivo, alguien. Sin más, nada serio; vaya, nada más serio de lo que pueda serlo relacionarse libremente con otro ser vivo cualquiera. Pero esa modernidad tan cacareada no existe, la gente va de abierta, individualista y entendida, pero siguen siendo cerrados, colectivistas e ignorantes. Peor aún; lo siguen siendo a sabiendas de que lo son. No les importa, es como comer mierda pudiendo comer tarta y decir: “es que yo soy así, como mierda, qué le voy a hacer…”.
»–Pues come tarta.
»–Pero es que la tarta es rara.
»–No es rara, es tarta, solo tienes que probarla.
»–Pero es que yo como mierda, porque soy libre.
»–Eres libre también si comes tarta.
»–Pero elijo la mierda, es libertad de elección.
»–Pero podrías tener ambas, alternarlas.
»–Pero es que la tarta es rara, parece espuma de afeitar.
»–¿Y la mierda es apetitosa?
»–Mis abuelos comían mierda, mis padres comen mierda, y yo como mierda. Todos los que conozco comen mierda…
»–¿Pero te gusta la mierda?
»–… además es una tradición, tengo muchos recuerdos de mierda.
»–Pero puedes comer también otras cosas, ¿o no?
»–Puedo, pero soy libre de no comerlas.
»–Pero la libertad funciona en ambas direcciones, puedes no hacer cosas, pero también puedes hacer cosas nuevas.
Y todo es mierda por aquí y mierda por allá, y lo he adornado, no te creas que hablan con expresiones como «libertad de elección», etc., incluso aunque te entiendan si les hablas sin tapujos, pero no piensan ampliar el vocabulario ni nada por el estilo, porque les debe parecer tarta gramatical o qué sé yo. Es muy curioso verles actuar, verles mirarte como si te hubieran pillado follándote a sus gatos (ahora todos tienen gatos). Es la leche cómo pueden ser como son y a la vez tener toda la formación que tienen (o quizá tenga todo el sentido…). Es como ver un chimpancé vestido con ropa de marca que fuese pavoneándose; o como una cría de seis años que desfilara con unos zapatos de tacón de su madre, y pensara que de verdad parece una mujer. Se hacen tatuajes y se agujerean el cuerpo, pero se les sigue cayendo el monóculo a la taza de té como a una señora del siglo XIX. Creen que viven en una novela aún no escrita, y en realidad siguen en un libro de Jean Austen.
–Pero esta vez iban a tener razón respecto a que fuiste a ver a la chica.
No iban a tener nada, ellos siempre dicen las mismas cosas. Aciertan igual que un reloj estropeado acierta la hora dos veces al día. No piensan, se limitan a repetir patrones de conducta.
–Pero no me estás hablando de ti.
–Todo va ligado, si es que tengo que contar cómo llegué aquí. O eso creo. Quizá me lleve un rato.
–No es que el tiempo sea un problema.
No te confundas, no es que yo sea mejor que ellos, pero al menos intento no fardar de mediocridad a través de una pose de humildad. Yo estaba sentado en mi parque favorito… Era un mortal más, pues, sentado en el banco de un parque, esperando. No era la chica que a mí me…, pero era una chica, esa historia es muy larga. El caso es que puede que a ti te pirre la vainilla, te vuelve loco la vainilla, sueñas con comer vainilla sin parar, imaginas nadar en un océano de vainilla, has soñado muchas veces con vainilla, hasta te has visto casándote y teniendo pequeñas tarrinas de vainilla, toda la familia viviendo en una casa color vainilla con una valla color ídem y césped con aroma a vainilla bajo un cielo de tono amarillo ya sabes cómo. Pero quizá no puedas tener vainilla, por circunstancias que no viene al caso enumerar; así que si te surge la oportunidad, puede que de vez en cuando pases una tarde con alguna que otra fresa. No te gusta tanto la fresa, ni de lejos, y todas las demás lo son, pero es peor morir de inanición.
–Hay manera peores de morir…
–¿Eso ha sido un sarcasmo, aquí se estila el sarcasmo?
–No existe un mundo literal; no te pongas ansioso, aún estás sólo en la puerta.
Estaba allí sentado. Era la tercera vez que quedaba con ella, nos usábamos mutuamente; ella también anhelaba su propio mundo de vainilla, yo también era fresa, lo cual equilibraba y sentaba perfectamente las bases de la relación. Eramos dos personas tristes follando, ¿hay imagen más representativa de la humanidad? Creo que, a gran escala, es lo más importante que hemos logrado; y luego le hemos puesto mil disfraces a ese logro quedándonos claramente estancados… Es peor morir en un bombardeo, digo yo. Ella se estaba retrasando, o bien yo había entendido mal la hora. El caso es que el parque estaba vacío, era una zona bastante pija, eran las siete de la tarde, como mucho veías a alguien con su mascota. Ella vivía en esa zona, sus padres tenían pasta, hasta había visto fotos de la fresita con su uniforme de colegio privado. Era un contacto digital que casualmente vivía a media hora a pie de mí. Luego hablamos por teléfono. Nos contamos miserias, y cuando ya estábamos a punto de matarnos de aburrimiento el uno al otro, decidimos quedar.
Me quedé medio grogui en el banco, nada propio de mí, duermo con muchas dificultades. Fue como volver al colegio, cuando enterraba la cabeza entre mis brazos por las mañanas cuando no podía evitar contagiarme del aburrimiento y amargura del profesor de turno, lo cual era casi siempre. Pero en este caso solo me estiré en el banco y dejé pasar el tiempo al estilo indigente, algo que comenzaba a estar muy de moda. ¿Por qué me suena todo esto ya tan lejano?… Tuve uno de esos sueños en los que parece mezclarse el entorno real con alucinaciones. El parque estaba soleado, trufado de árboles, había unas barras de ejercicios cerca de mí, era un barrio situado a un extremo de la ciudad, más bien a las afueras, de modo que podía ver colinas y sistemas montañosos (¿se dice así?); lo que quiero decir es que no era el ambiente habitual de la habitación a oscuras en la que solemos dormir siempre; me da la sensación de que eso condicionó el sueño para bien, así como la habitación oscura podría hacerlo al contrario. Pero no voy a sacar conclusiones logístico-sociales o lo que sea.
Vino a mí el mundo de vainilla. La vi venir a Ella entre árboles y apenas recuerdo detalles, pero recuerdo que se sentó conmigo en el banco, y fue amable y comprensiva, lo cual era ya un chute de vitalidad y, no sé cómo decirlo, motivación para hacer planes de futuro o algo así. No suelo tener sueños agradables, habré tenido cuatro o cinco en toda mi vida. No es que el resto hayan sido pesadillas, suelen ser sinsentidos sin más, conceptos relacionados con cosas y gente que he visto, a veces gente que hace diez o veinte años que no veía; son sueños secos, desprovistos de emoción alguna, y muy fugaces. No es que no recuerde muy por encima algunos, pero la gran mayoría desaparecen por completo.
La cuestión es que el sueño era impactante, entre otras cosas porque hacía mucho tiempo (¿dos años?) que no la veía en persona. No tenía sentido que ella estuviese allí, ni siquiera en aquella ciudad; tenía que tener un motivo concreto, que tuviese familia allí, algo así, aunque fuera raro que no me lo hubiese contado antes; pero quizá esa familia se hubiese mudado recientemente. O quizá se follaba alguien de esa zona… pero jamás me llegaba a plantear ese escenario (esto tenía que ver, supongo, con mi egoísmo respecto a todo el asunto), y de todas formas ella apareció del modo en que aparecen las hadas o las criaturas mitológicas, sencillamente estaba allí porque era una proyección mía. Fue lúcido y agradable; ella me hablaba como si yo no fuera el paria social en que todo indicaba que me estaba convirtiendo; el tío muy poco práctico y nada realista del que toda mujer moderna se alejaría, a la vez que no dudarían en leer a Kerouac para recitar sus bondades. Leer ‘Ponche de ácido lisérgico’, sí, pero luego ir en coche a la vuelta de la esquina y seguir rutas turísticas a la vez que se reirían de los ancianos por viajar con el imserso. Yo sabía que ella formaría parte de ese mundo, sabía que lo hacían casi todos. Como digo, no recuerdo de qué hablaba con ella en el sueño, y tampoco recuerdo cómo acababa; tengo una imagen de ella recostándose en mi hombro, pero ahora no tengo claro si es algo que he construido yo a posteriori.
Cuando desperté, todo era exacto excepto que no estaba ella. Es entonces cuando se comenzó a descontrolar todo. Creo sinceramente que mi sueño, ese sueño en un banco en la calle (cuando yo a veces no duermo ni en la cama) me estaba avisando. Quizá mi cerebro actuó, mi subconsciente; no tengo ni idea, pero aquello fue raro de cojones. Creo que algo me intentó alertar de lo que iba a pasar en el mundo real. Creo que fue el desconcierto brutal que sentí lo que me puso patas arriba (literalmente) después.
De golpe llegó fresa. Muy bien; hola, fresa, qué tal, ¿qué tal un café a treinta y cinco grados? Comenzamos a caminar y yo comencé con mis bromas basura, que hacen gracia a las mujeres las primeras semanas, hasta que se vuelven en mi contra con el tiempo denotando que bromeo para levantar muros de defensa y apostar cientos de arqueros contra posibles “ataques”, etc. Es una dinámica que se vuelve agotadora, y que yo planeo de forma más o menos inconsciente… Pero con ella aún funciona, de modo que ahí estamos, yo diciendo memeces y ella caminando a mi lado, y todo encaja porque ella también cuenta de alguna forma con su muro y sus arqueros, y nuestra relación se basa en que a los dos nos da igual eso del otro. Andamos por la zona residencial, hacemos tiempo; el plan es que sus padres se van a ir por la noche (ella solo quería hacerlo en su casa). Íbamos a tener unas cuatro o cinco horas para nosotros. La idea de que sus padres nos pillaran no me inquietaba especialmente, puede que yo le sacara diez años, pero ella ya tenía veintidós. Sería un momento incómodo para mí, no lo niego (aunque pequeño), y no sé bien el qué para ella; puede que supusiera una bronca, aunque no se me ocurre el motivo; es decir, si tienes una hija de veintidós años y la sorprendes tirándose a alguien y te enfadas, ¿no es como enfadarte contigo mismo por haber tenido una hija (y proyectar esa mierda en ella)? No sé, el caso es que no me preocupaba apenas ese asunto, y ella parecía estar muy segura de los tránsitos de sus padres.
Lo que tienen a veces esos barrios pijos es que solo hay viviendas, hay calles y calles llenas de casas, sin centros comerciales ni bares ni papelerías ni nada de nada. Son barrios diseñados para que tengas que fardar de cochazo para cualquier recado. De modo que para poder tomar el café o el granizado o lo que fuere, teníamos que salir un poco de esa zona, y flirtear con la mía, la zona que abunda en cualquier ciudad, mucho menos agradable a la vista, más ruidosa, desordenada, sucia, etc.
Aún teníamos que cruzar casi todo el barrio, hacía mucho calor, había que tirar del pequeño recoveco masoquista de cada uno; creo que eso se le da bien a la gente sobre todo en verano: pueden estar chamuscándose y le siguen llamando Buen Tiempo. Que la gente es, en esencia, gilipollas, no es ningún secreto; el problema mayor en nuestros días, es que creo que ya se están dando cuenta, pero les da igual. Les resulta más cómodo ser gilipollas, porque ser gilipollas es tu mejor carta de presentación en un mundo estúpido; y ser un cabrón es lo mejor que puedes hacer en un entorno social injusto aunque “responsablemente” mantenido. Brillando como brilla el sol cada dos por tres, la negación es tan fácil como beber agua. Es nuestra época, predomina una especie de coma ilustrado global. No hacen falta zombis ni virus ni olas gigantes para que se acabe el mundo. Ni siquiera tiene que haber ruinas; puede estar todo en pie, brillante y aparentemente funcional. Todo el mundo vivo. Puede ir todo a toda leche, a la velocidad punta de la rutina occidental, y estar todo perfectamente paralizado. Quizá no sea casualidad la apología constante de lo superficial. Puedo imaginar un ovni que provenga de una planeta más avanzado que el nuestro (y no hablo de puta tecnología); puedo imaginarlo dándose un garbeo y observando nuestras estructuras y nuestra idea de la movilidad, nuestra inmovilidad y nuestra gestión de recursos; y sin ni tan siquiera colocarnos cámaras ni micros ni contactarnos o leernos la mente, largarse de la Tierra mientras alguien entre ellos murmura en la nave: “Nada. Vámonos a comer…”.
Si existen y nos han visto, ellos lo saben igual de bien que nosotros.
Caminamos entre esas casas tan monas que parecen de juguete, como si una niña pequeña de treinta metros de altura pudiera venir en cualquier momento a babear sobre ellas con su pañal gigante. Verjas y elegantes entradas empedradas, jardincitos y alguna estatua, fachadas de aspecto suave como un glande en erección. Incluso el cielo parece mejor diseñado, una paleta de colores más sofisticada. Vemos llegar un cochazo familiar típico de la zona, aparca frente a una casa a unos cuarenta metros de nosotros. Ningún coche tiene problemas para aparcar, simplemente llegan y frenan junto al bordillo de la ancha acerca (luego cada uno tiene su garaje, obviamente). El bordillo es de un color blanco roto que parece defecado por la Venus de Milo y aplanado al cabo de los años sólo con correteos de niños felices. No hay arquitectura, son sentimientos, esa es la idea. La casa no envía un mensaje práctico, más bien te mira con obscena confianza, como si no llevase bragas y hubiera bebido más de la cuenta. Una casa Bollycao. No yace, desfila sin moverse del sitio.
Del coche comienzan a salir personas, y un perro grande de esos de marca, con pedigrí, de los que corren a cámara lenta en los anuncios. Esto no pretende ser una sorpresa, ya sabes quién va a aparecer. Pero primero vemos al padre de familia, un tipo con pantalones, cincuenta y muchos, bronceado, canoso, está echando barriga, su sonrisa dice cosas como “sé montar a caballo” o “mañana se pasa la criada”. Tras el cual aparece la que ha de ser su mujer, solo unos pocos años más joven, raquítica, tensa a primera vista, lame con desgana un helado de chocolate, es todo dientes y tendones, ropa muy cara, y una mueca algo más ambigua; parece murmurar para sí misma entre dientes: “no me ha puesto los cuernos con una niña, no me ha puesto los cuernos con una niña, no me ha pues…”. De las puertas traseras salen dos chicas, una por cada lado, ambas de veintimuchos. Supongo que una es la hija, y la otra…
Me quedo paralizado y detengo a Fresa con mi brazo, que se apoya involuntariamente en sus tetas.
–Lo siento –digo.
Me doy la vuelta como si fuese un robot; le doy la espalda a la escena. Está claro que ya todos me han visto, ya habíamos salvado mucha distancia respecto al coche. Comienzo a sudar a chorros. Hago el ridículo. Fresa se ríe nerviosamente y pregunta qué pasa. Oigo los pasos de alguien que se acerca, alguien que levanta una voz conocida en mi dirección. Comienzo a caminar absurdamente hacia atrás hacia delante sin saber qué hacer, y doy un traspiés. Sé que detrás había alguna especie de nomo de jardín, uno romo y pesado, con un sombrero puntiagudo y una sonrisa de dibujos animados que decía “ni te imaginas lo que pagaron por mí”…
–Entiendo. Todo tu rollo, tus esquemas y parámetros se van al carajo, porque ya no tienes el control.
–¿Tú no eras Santo? No te imaginaba hablando así…
–…
–¿Qué es eso?, antes no tenías nada…
–Es un cucurucho, mmmh, aquí los tenemos solo con pensarlo. Es de fresa, vainilla y chocolate.
–Me tomas el pelo…
–No. Es que no es tu momento.
–Eres un cabrón…
–Ya casi estás. Ahora piensa en algo que decir.

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