Treinta formas de esconder los objetos cortantes (7 de 30) – Un sorbo refrescante

La vecina de arriba delira. Grita cada dos segundos. Tiene más de setenta años. Está en ese momento en el que podría morir mañana o vivir veinte años más. Estuvo fuera unos seis meses, supongo que en algún tipo de residencia, pero deduzco que por cuestiones de dinero la volvieron a traer a casa. Su movilidad es precaria y es un tercer piso sin ascensor. Básicamente no sale nunca. Debe hacer unos cuatro años que empezó.
El marido está perfectamente cuerdo, sano, casi se diría en forma. Esa es la peor parte. A los demás, obviamente, al margen de lo que digamos, las situación nos importa objetivamente un carajo. No es agradable, pero es ajena.
Excepto que yo vivo en el piso de abajo.
A menudo tengo que ser testigo auditivo. Oír a una septuagenaria llamar a su madre muerta mientras intentas leer o dormir, desde hace cuatro años. Cosas peores que la muerte, seguir viva cuando se te ha acabado el combustible, como un avión planeando sobre el mar, sin saber cuándo chocará contra el agua.
Muy pocas cosas más irritantes.
Algo así como una voz de ultratumba. Toda la iconografía gráfica y sonora del género de terror, salidas de la vejez que se tuerce. El Infierno para el marido. Oírlos hablar dibuja un mapa humanitario sobre la eutanasia.
Nadie se merece eso. Ni siquiera escuchar las cosas que oigo yo cada día. Deducir la espeluznante soledad, hijos mayores con sus propios hijos, lejos, ver a tu mujer con la mirada muerta, evitar ver a tu madre. Lidiar con ella, esté lejos o cerca.
Yo escucho parte de todo eso, y lo quiera o no, mi cerebro llena los huecos.

Un día oigo un golpe. Un ruido seco. Pasos. (Por fin, pienso). Estoy en el lavabo a las tres de la mañana, sentado en la taza. Mi cerebro actúa otra vez. La bendita ignorancia, el no saber qué pasa exactamente arriba, me deja deliciosamente al margen. Después de años de gritos, de auriculares, de poner el ventilador al máximo, de buscar siempre un ruido blanco con el que tapar el de la muerte, me merezco mi porción de morbo malsano. Me quedo un rato escuchando.
Al día siguiente, domingo, me cuesta recordar, darme cuenta. Hacia media tarde me noto relajado, mejor; mejor que de costumbre para ser yo y mi piso.
Aun siendo agosto, hoy por fin con silencio, parece hacer menos calor. Saco una lata de cerveza de la nevera. Me siento ante la tele, dan El Padrino II. Abro la lata, relajado, y sorbo la espuma.

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