20 propiedades del limón (11 de 20) – Titanic

Nadie conoce, lógicamente, la pequeña historia de Charlotte Moore, hundida con el Titanic. Moore no viajaba precisamente en primera clase. Tenía treinta y ocho años, era de Southampton y pretendía llegar a Nueva York. Viajaba sola, aunque obviamente no estaba sola en su camarote. Había tres mujeres más y un puñado de ratas.
Moore huía de su marido. Creía en la idea de desaparecer, lo que ahora parece una ironía. Moore no hablaba, pero cuando rompió a hacerlo, les detalló a sus compañeras de viaje hasta la forma y el tamaño del pene de su cónyuge. Les dijo que se fue porque no tenían hijos, porque no le quería, y porque no se le ocurría nada mejor. Las demás la consideraban valiente cuando estaba delante, e insensata cuando no.
Charlotte escribía. No se movía sin su material de escritura, que le costó bastante conseguir. Escribía lo que vivía, lo ficcionaba. Normalmente huía sin moverse del sitio; pero esta vez era una excepción. Estaba escribiendo algo titulado “Titanic”. Imaginaba una historia para ella. Hacía unos años, una Señora para la que había trabajado, se había dignado a enseñarle algunas cosas, como a leer y escribir. No era altruismo, sino más bien ego, pero fue igualmente funcional, una puerta abierta que Charlotte no dudó en cruzar.
Sus compañeras de camarote se quedaron fascinadas cuando Moore les dio a entender que nunca había tenido un orgasmo. Con su marido ni tan siquiera se excitaba, jamás en veinte años. No sabía ser tierno, tampoco duro, y desde luego no era largo (tampoco gordo). Le preguntaron si se tocaba, les dijo que sí, pero que nunca resultaba. Escribía en gran parte por eso, buscando la imagen adecuada, un momento, una idea, lo que demonios fuera que necesitaba.

A las 22:00 horas del catorce de abril, estaba sola en el camarote. Sus compañeras pasaban horas investigando y cuchicheando, y ella aprovechaba para escribir. Estaba embebida de su narración. Una vez su Señora le dijo que en una historia siempre ha de haber una crisis, mayor o menor, algo que interrumpa bruscamente la rutina de los personajes. Si por ejemplo el protagonista conduce, se le puede pinchar una rueda. Ahí ya tienes algo con lo que trabajar. ¿Cómo se podía pinchar una “rueda” del Titanic? Podía oír a veces a sus compañeras, pasillo arriba y pasillo abajo. Salía de la historia y volvía a entrar. No llevaba la cuenta de los folios, pero ya casi la estaba terminando. Puede que no fuera una gran narradora, pero disfrutaba con ello, y no quería que nadie leyera su material aún.
Cuando por fin terminó, sintió esa punzante emoción de quien escribe. Llegaba el momento de releer. Y no solo de releer.
No mucho después, cuando estaba llegando al fragmento erótico (siempre su favorito), arrastró con no poco esfuerzo una de las literas para bloquear la puerta. Pensó que el entorno ayudaba, la incertidumbre, la situación. Ni siquiera sabía bien qué iba a hacer en Nueva York. Pensaba en eso a la vez que recorría las líneas con sus ojos verdes, mucho más encendidos que días atrás. Una mano para los papeles, la otra para buscarse una vez más, para encontrarse en algo más que un baño agradable o un alivio de la vejiga.
Vaya –pensó a los pocos segundos–, parece que está funcionando… Aunque aún se sentía lejos de lograrlo.
En cierto momento notó un gran estruendo.
Todo el camarote se sacudió. Charlotte cayó de culo al suelo, y así se quedó. Apenas paró un momento de estimularse, de intentarlo, de leer.
Continuó, y afuera parecía haber todo un escándalo. De vez en cuando alguien aporreaba la puerta. Eso la desconcentraba, aunque luego volvía a centrarse.
Escuchó algo repetidamente, lo que la gente gritaba. Decían que el barco se hundía.
Moore notó un conato de esa electricidad en su entrepierna. No sabía si por el texto o por los gritos, el pánico. El pánico era bueno, al menos un acceso de él. Estoy a punto de lograrlo, pensaba, no voy a dejarlo ahora, no puedo.
Releía la parte clave. El personaje masculino (un atractivo “niño rico”) y el personaje femenino (una humilde muchacha que viajaba en tercera clase) se lo montaban en la parte de atrás de un taxi que había en el barco. Lo que más la inspiraba, era imaginar los cristales empañados del vehículo; el calor de lo que estaba sucediendo dentro. Cerraba los ojos y se concentraba en ello, la imagen, el momento.
¡Señora!, ¡señorita!, gritaba alguien desde fuera.
¡Charlotte!, gritaron sus compañeras, pero no podían abrir la puerta, ni a golpes y porrazos. Se les acababa el tiempo. Ya ni podía oír el ruido de la sala de máquinas, justo debajo. Lo que más al fondo está, es lo primero que se hunde; funcionaba así en la vida, pero en un barco era literal.
Su entrepierna era exigente, pero, justo ese día, parecía responder. Cuando el camarote se comenzó a ladear, su cuerpo pareció acomodarse mejor en el suelo. En una esquina bajo la litera, vio una caja metálica, debía de ser de una de esas mujeres. Luego cayó en algo: había escrito que el barco se hundía, y el barco se estaba hundiendo. A veces lo evidente, por su enormidad, cuesta de asimilar.
Releyó una vez más su escena. El personaje femenino (ella) apoyaba una mano temblorosa en el cristal del taxi, desde dentro de la cabina. Y Moore lo comenzó a notar, arqueó su espalda. Suspiró, casi con violencia. Comenzó a entrar agua en el camarote, un charco creciente. Agua salada, helada. Charlotte convulsionaba. Era como si sintiera algo nuevo, porque efectivamente lo sentía. Las palabras de su Señora volvieron a resonar. No mueres si dejas algo, por eso escribe la gente.
Ya no se oía nadie por el pasillo. Se notaba cómo todo el barco gruñía, se torcía, se resquebrajaba lentamente. Se escuchaba el agua, entrando aquí y allá, a presión. Y por supuesto, los gritos.
Pero Charlotte no tenía fuerzas, no tenía respuestas, y no tenía miedo.
Se incorporó, aunque aún le temblaban las rodillas, y palpó bajo la litera en busca de esa caja metálica. Era pequeña pero pesada, parecía tener el mecanismo de cierre de una caja fuerte, pero se abrió sencillamente con un clic. Dentro había fotos, alguna joya barata, y ahora el manuscrito de Charlotte, que firmó. Un relato de Charlotte Moore. Cerró la caja y se recostó en su litera.
Esto es mejor, pensó, esta muerte. Esto es mucho más de lo que yo imaginaba.

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